Capítulo 5
VIDA CRUEL, VIDA FRÁGIL
Tsunade sintió que el alma se le iba. Sus manos temblaban y su rostro aun con breves vestigios de una juventud acogida en un ambiente aristocrático, denotaba una tragedia casi inverosímil en ella.
No, esa no era una de sus usuales expresiones.
No de alguien como ella. Sin embargo, ella misma sentía que el pulso y la sangre se le iban hasta los tobillos. Shizune pudo apreciar el brillo consternado en su mirada.
Negó. Negó por tercera vez; inútilmente ante el informe de Izumo.
—No. –susurró la dama.
Sus nudillos apretaban aquella prenda. La capa castaña de Sakura estaba acuñada y cuidadosamente doblada entre sus manos. La tela estaba mancillada de barro, hojas y una mancha carmesí, densa y oscura bajo la mortecina luz.
—Ella no…no puede estar muerta.
Izumo, ex capitán al servicio de las fuerzas del Pais del Fuego, relegado al cargo de la comisaría de Konoha, sólo se limitó a bajar la mirada. Kotetsu, su mano derecha y segundo oficial de confianza; había eludido el contacto visual con la respetable dama Tsunade.
—Hicimos cuanto pudimos –comenzó a decir Izumo, con una voz tan baja que parecía el resoplo de un niño regañado. Le entregó la prenda a Tsunade y esta la tomó por reflejo, mientras sus amielados ojos estaban fijos en la desgastada capa—…buscamos en derredor al sendero. Esto es todo lo que encontramos, el resto…
—Una estremecedora masacre –irrumpió Kotetsu, negando con la cabeza y ambas manos en los bolsillos de su saco—. Lo poco que vimos a medio kilómetro de la aldea, eran los restos de tres forasteros, puede que sean de esos pillastres de Otogakure, suele vérseles por los alrededores de varias aldeas que…
—¡Y a mi que me importan los de Otogakure! –Tsunade arrojó inmediatamente la prenda. Sus ojos habían adquirido un brillo traslúcido, producido por unas lágrimas prontas a brotar—¡Es la vida de mi ahijada la que esta en juego, allá quien sabe donde! ¡Y ustedes pierden el tiempo con escoria que…!
—Tsunade-sama, eso fue lo único que encontramos de su ahijada –Izumo irrumpió con un susurro escueto y serio. Alzando el rostro y encarándole como si estableciese un argumento en definitivo—…y de esos pobres bastardos no quedó ni el recuerdo.
La rubia mujer negó en silencio. Un suspiro largo surcó sus labios.
—Hablaré yo misma con el Hokage si es necesario, esto no va a quedarse asi –enunció.
Ambos hombres no espetaron palabra alguna. Tsunade les acompaño a la salida y fue hasta un par de calles después, que éstos recuperaron la conversación.
—Maldito invierno –resolló Kotetsu, dando pie a diálogo y alzando el cuello de su grueso abrigo—, si el frío no nos mata, aquello que ronda el bosque lo hará.
—Te quejas demasiado. –masculló Izumo.—Nos irá peor con el Hokage si dejamos el asunto como esta.
Kotetsu emitió un hosco gemido de afirmación.
—¿Has pensado en algo?—inquirió.
El viento hacía mecer el desgarbado cabello de éste y unos te, mientras el cielo de la mañana estaba tapizado de un blanco apagado. Izumo se ajustó el pañuelo que cubría su cabeza.
—Podemos organizar un grupo de búsqueda pero eso sería hasta antes del ocaso. –dijo con aire ausente—Pero dudo que el tiempo nos ajuste para hoy y es obvio que no muchos irían; ningún guardia sería tan idiota como para internarse en ese maldito bosque después de que se pone el sol.
Un suspiro largo escapó de los labios de Kotetsu y el vaho de su aliento se difuminó en el viento que comenzaba a helar.
—Olvidalo, aunque reportemos esto a Jiraya o a Morino, es demasiado tarde ya. Esa muchacha ya debe de estar muerta.
—0—
Al incorporarse oyó que goteaba agua de una pared de viejas piedras. Su visión estaba nublada por el sueño y el estado febril de la mente, pero una pequeña fogata de ramas de pino ardía sin llamas en el centro de la habitación, y a su rojizo resplandor, Sakura pudo ver la figura de un hombre de pie junto a ella. Dijo lo primero que le pasó por la cabeza:
—¿Dónde… estoy?
—Hace seis días que estás con nosotros —Era la voz de Itachi, que le hablaba con ligera irritación—. No comes nada, ni siquiera los arándanos. ¿Quieres morirte?
Sakura pestañeó, tratando de enfocar la mirada. El muchacho de cabellos negros y profundas ojeras se erguía, imponente, a su lado: llevaba una maltrecha camisa desabotonada. Sus oscuros orbes brillaban, con un vago reflejo rojizo. Sakura se tapó la cara con la mano. Estaba sudando, pero en su interior sentía frío, como si fuese julio para la piel y enero para la sangre. Sus huesos vibraban, como si un hacha roma golpease un tronco de jabí. ¿Dónde estaba ella?, se preguntó. Tsunade, Shizune… ¿dónde estaban? Empezó a recordar, en la oscuridad de su memoria: el escape, los ladrones, los disparos en el prado, los cuerpos yaciendo sobre la hierba teñida de escarlata. Y los hombres que le perseguían, el ruido de cascos de caballos entre la maleza. Los lobos.
Los lobos.
Su mente se extravió al llegar aquí, y los recuerdos huyeron como chiquillos al pasar por delante de un cementerio. Pero en lo más hondo de su ser sabía dónde estaba —en el centro del palacio blanco— y que el joven que se hallaba en pie delante de ella, era a un tiempo más y menos que humano.
—Quiero ir a casa —respondió Sakura, con voz débil.
—Estás en casa —dijo Itachi.
Alguien tosió violentamente, e Itachi miró con sus penetrantes ojos ónice hacia el lugar donde yacía Chouji cubierto de mantas. La tos se convirtió en un sonido ahogado, y el cuerpo de Chouji se convulsionó. Cuando se extinguió el ruido de la enfermedad mortal, Itachi volvió a prestar atención a la joven.
—Escúchame —le ordenó, y se sentó en cuclillas junto a Sakura—. Pronto vas a estar enferma. Muy pronto. Necesitarás de toda tu fuerza, si quieres sobrevivir.
Sakura se apretó el vientre, que parecía caliente e hinchado.
—Ahora estoy enferma.
—Vas a estarlo mucho más. —Los ojos de Itachi brillaban bajo la mortecina luz—. Eres una hembra muy flaca —declaró—, ¿Acaso tus padres no te daban carne para comer? —Sin esperar respuesta agarró la barbilla de Sakura con sus nudosos dedos y le levantó la cabeza, para que le diese mejor la luz del fuego—. Pálida como la mantequilla —dijo—. Yo diría que no podrás aguantarlo.
—¿Aguantar qué?
—El cambio. La enfermedad que vas a padecer. —Itachi le soltó el mentón—. Bueno, no comas. Sería malgastar una buena comida. Estás acabada, ¿no?
—No… no lo sé —confesó Sakura, y sintió un escalofrío en todos los huesos.
—Yo sí que lo sé. He aprendido a distinguir los seres fuertes de los débiles. Muchos seres débiles yacen en nuestro jardín. —Itachi señaló hacia fuera, más allá de la cámara, y Chouji sufrió otro espasmo de tos—. Todos nacemos débiles —dijo Itachi a Sakura—. O aprendemos a ser fuertes o perecemos. Es un hecho simple de vida o muerte.
Sakura estaba cansada. Pensó en un paño que Shizune había usado una vez para lavar los amplios ventanales, y se sintió como aquel viejo trapo. Se tumbó de nuevo, sobre un jergón de hierba y hojas de pino.
—¿Sabes algo de lo que te está ocurriendo? —le preguntó Itachi.
—No…
Sakura cerró los ojos y los apretó con fuerza. Sintió como si su cara estuviese hecha de la cera de la vela en la que solía introducir un dedo y observar cómo se endurecía.
—Nunca lo saben —dijo Itachi para sí—. ¿Sabes algo acerca de los gérmenes? —prosiguió, dirigiéndose de nuevo a la joven.
—¿Gérmenes?
—Gérmenes. Bacterias. Virus. ¿Sabes lo que son estas cosas? —Tampoco esta vez esperó respuesta—. Mira esto. —Itachi escupió en su mano y puso la palma mojada de saliva delante de la cara de Sakura. La chica miró, obediente; no vio nada, salvo saliva—. Está aquí. La peste y el milagro. Aquí, en mi mano. —La retiró, y Sakura vio que lamía la saliva para ponerla de nuevo en su boca—. Estoy lleno de esto. Lo llevo en la sangre y en las entrañas. Estoy infestado de ello —dijo, y miró enérgicamente a Sakura—. Como ahora lo estás tú.
Sakura no estaba segura de entender lo que decía el muchacho. Se incorporó de nuevo, sintiendo fuertes pulsaciones en la cabeza. Los escalofríos y la fiebre se habían apoderado de su cuerpo y le atormentaban.
—Estaba en mi saliva. —Itachi tocó el hombro de Sakura, donde se había aplicado un apósito de hojas y una pasta marrón a base de hierbas, preparadas por Kurenai, sobre la herida inflamada y bordeada de pus. Sólo fue un contacto instantáneo, pero el dolor hizo que Sakura se estremeciese y contuviese el aliento—. Ahora está en ti, y una de dos: o te matará o... —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. Te diré la verdad.
—¿La verdad? —Sakura sacudió la cabeza, desconcertada—. ¿Sobre qué?
—Sobre la vida —dijo Itachi. Su aliento llegó a la cara de la muchacha; olía a sangre y a carne cruda. Sakura vio motas de algo rojo en la comisura de sus labios—. Una vida sin sueños... o pesadillas, según cómo lo mires. Algunos lo llamarían una dolencia, una enfermedad, una maldición. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?
Una idea obsesionaba la mente de Sakura.
—Quiero ir a casa, ahora —dijo.
—Tu única casa está aquí, con nosotros —dijo Itachi, casi gruñendo. Se levantó, empujó con la sandalia un trozo de carne que había en el suelo, cerca del jergón de la muchacha; era carne de conejo, y aunque Kurenai la había pasado varias veces sobre una llama, todavía sangraba un poco—. ¡No comas! —vociferó Itachi—. En realidad, te ordeno que no comas. ¡Cuanto antes mueras, antes podremos despedazarte y comerte! —Sakura sintió un escalofrío de terror; pero su cara, mojada de sudor, permaneció impasible—Así que no toques esto, ¿me oyes? —Empujó el pedazo de conejo con el pie, acercándolo unos centímetros a Sakura—. ¡Queremos que te debilites y que te mueras!
La tos de Chouji interrumpió la diatriba de Itachi. Éste volvió la espalda a la joven de cabellos rosas, cruzó la cámara con pasos pesados, miró con el ceño fruncido a Sakura y salió de la habitación.
Sakura permaneció inmóvil, escuchando el ruido de las sandalias de Itachi al subir la escalera. La pequeña fogata chisporroteaba, y la respiración de Chouji era como el ruido sordo de vagones de mercancías en una vía lejana. Sakura tembló de frío y contempló el pedazo sangrante de carne de conejo.
"Te ordeno que no comas", había dicho Itachi. Sakura miraba la carne y observaba una mosca que volaba despacio a su alrededor. La mosca se posó sobre la carne y corrió afanosamente sobre ella, como buscando el mejor sitio para el primer sorbo de su jugo.
"Te ordeno que no comas".
Sakura miró a otra parte. Chouji tosió ásperamente, se agitó y volvió a quedar inmóvil. Sakura se preguntó qué debía pasarle, ¿por qué estaba tan enfermo? Miró de nuevo el pedazo de conejo. Pensó en colmillos de lobo, afilados y goteantes, y vio mentalmente un gran montón de huesos mondos y tan blancos como la nieve de octubre. Sus tripas maullaron como un gato.
Desvió de nuevo la mirada de la carne. Era sanguinolenta, era... horrible. Una carne tan cruda no había estado nunca en los platos dorados de la mesa de los Haruno.
La idea volvió a aflorar en su mente:
¿Cuándo iba a volver a casa?
Oh, sí. Nunca.
Algo atenazó su mente, como un puño cerrándose sobre un secreto, y ya no pudo pensar en su abandonado hogar ni en nada más. Miró fijamente la carne de conejo, y la boca se le hizo agua.
Un bocado, pensó. Sólo uno. ¿Sería tan malo?
Alargó una mano y tocó la carne. La mosca, sorprendida, voló alrededor de su cabeza hasta que la espantó con la mano. Sakura miró las débiles manchas escarlata en la punta de sus dedos. Las olió. Olor a metal. Entonces se lamió los dedos y probó el sabor de la sangre. No era ni malo ni particularmente bueno. Sabía un poco a humo y era un poco amargo. Pero aun así, hizo que sus tripas roncasen más fuerte y se le humedeciese más la boca. Si moría, los lobos —e Itachi era uno de ellos— le despedazarían. Por consiguiente, tenía que vivir; ésta era la pura verdad. Y si quería vivir, tenía que comer aquella carne sanguinolenta.
Espantó de nuevo la obstinada mosca y cogió el trozo de conejo. Era resbaladizo y ligeramente pegajoso entre sus dedos. Tal vez había incluso un poco de pelo, pero no se esforzó en averiguarlo. Cerró los ojos y abrió la boca. Sintió arcadas, pero tenía que llenar el estómago para poder vaciarlo. Empujó la carne dentro de la boca y la masticó.
Fluyeron jugos sobre su lengua; eran dulces y picantes, con un sabor a tierra salvaje. Sakura sentía palpitaciones en la cabeza y dolor en la espalda, pero sus dientes seguían masticando como si fuesen los dueños y todo lo demás estuviese a su servicio. Arrancaba pedazos de carne y la trituraba con dificultad; era un conejo viejo y duro, correoso, y oponía resistencia a ser engullido.
Sangre y jugos goteaban de la barbilla de Sakura Haruno —a seis días y un mundo de distancia de lo que solía ser—, que desgarraba la carne con los dientes y la tragaba con famélica satisfacción. Cuando llegó a los huesos los mondó y trató de abrirlos para extraer el tuétano. Uno de los huesos más pequeños se partió, y apareció el tuétano. Sakura introdujo la lengua en el hueso roto y chupó la sangre coagulada. Comió como si fuese el bocado más sabroso que se hubiese servido en un plato de oro.
Un poco más tarde, los huesos vaciados cayeron de sus ensangrentados dedos, y la joven se sentó en cuclillas sobre el pequeño montón y se lamió los labios.
Algo se impuso a ella con fuerza irrebatible: le gustaba la carne sangrante. Le gustaba muchísimo. Y esto no era todo. Quería más.
Chouji sufrió otro ataque de tos, que terminó con un gemido ahogado.
—¡Kakashi! ¡Kakashi!
—No… no le he visto —resolló Sakura.
Pero Chouji siguió llamando a Kakashi con una voz que subía y bajaba. Había terror en aquella voz, y también un horrible cansancio. Sakura se arrastró sobre las piedras hasta ponerse al lado de Chouji. Olía mal; un agrio olor a podredumbre.
—¡Kakashi! —murmuró Chouji, con la cara oculta bajo las mantas y mostrando solamente los cabellos castaños mojados de sudor—. Kakashi..., por favor..., ayúdame.
Sakura alargó una mano y descubrió la cara de Chouji.
Tendría unos dieciocho o diecinueve años, y su cara, resplandeciente de sudor, era gris como un trapo de cocina muy usado. Miró a Sakura con ojos castaños y hundidos, y le cogió el brazo con unos dedos temblorosos.
—Kakashi —murmuró. Trató de levantar la cabeza, pero su cuello no tenía fuerza para ello—. Kakashi... no me dejes morir.
—Kakashi no está aquí.
Sakura quiso apartarse, pero los dedos le apretaron el brazo con más fuerza.
—No me dejes morir. No me dejes morir —suplicó el joven, con ojos vidriosos.
Tosió suavemente, y Sakura vio que se hinchaba el pecho. La tos se fue haciendo más fuerte y todo el cuerpo de Chouji se estremeció. Después la tos se hizo ahogada, y Sakura trató de apartar el brazo, pero él no quiso soltarle. Sonó un terrible estertor en el pecho de éste; un ruido de algo húmedo, espeso, resbaladizo. Chouji abrió la boca de par en par y tosió violentamente, brotando lágrimas de sus ojos.
Algo salió de la boca del muchacho. Algo largo, blanco y ondulante.
Sakura pestañeó y se sintió palidecer al ver el gusano que se retorcía sobre las piedras junto a la cabeza de Chouji.
El muchacho tosió una vez más, y hubo un ruido como de una masa pesada que se rompiese en sus pulmones. Y entonces brotaron a raudales de su boca. Los gusanos blancos se entrelazaban unos con otros, los cien primeros limpios y blancos como fantasmas, pero los siguientes manchados de carmesí por la sangre de los pulmones. Chouji se estremeció y arqueó, mirando fijamente a la joven paralizada por el miedo, pero no podía abrir la boca lo bastante para que pudiesen salir todos los gusanos. Éstos empezaron a hacerlo también por la nariz, y Chouji se atragantaba y ahogaba al expeler el cuerpo toda su carga.
Y sin embargo continuaban saliendo, ahora perezosamente y teñidos de escarlata oscuro. Al derramarse sobre las piedras, Sakura se puso a chillar y desprendió al fin el brazo, dejando trozos de piel debajo de las uñas de Chouji. Trató de incorporarse, tropezó con sus propios pies y cayó hacia atrás, golpeándose con fuerza la rabadilla. Chouji alargó los brazos, tratando de encontrar su mano y levantándose de su lecho, con gusanos ahora negros surgiendo de su boca. Sakura empezó a arquear también, y al apartarse a rastras sobre las piedras regurgitó la carne de conejo; la engulló de nuevo, pensando en colmillos de lobo despellejándolo. Chouji se puso de rodillas, y con una tos terrible que parecía destrozarle los pulmones expelió un negro montón de gusanos, del tamaño del puño de un hombre. Salían de su boca y se deslizaban por su pecho, seguidos de oscuros hilos de sangre.
Chouji cayó de bruces. Estaba desnudo y su cuerpo tenía ya el color gris amarillento de un cadáver. Sus nervudos músculos se estremecieron, y su carne tembló y se agitó bajo una capa de sudor. Sakura vio que la espalda del muchacho se oscurecía con unos pelos castaños que brotaban de los poros. En cuestión de segundos, aquellos pelos cubrieron toda la espalda y los hombros y se extendieron a las nalgas y los muslos, oscurecieron sus brazos y brotaron de sus manos y sus dedos. Chouji levantó la cara, y Sakura vio que también ella experimentaba el cambio, goteando todavía sangre de la cada vez más larga mandíbula interior.
Los ojos se habían hundido más bajo los salientes arcos superciliares; los pelos de la cabeza eran lisos y brillantes, y oscuros los del cuello. Chouji se estremeció y su espina dorsal empezó a crujir y a retorcerse, y la boca de largos colmillos se abrió para lanzar un aullido, una mezcla horrible de angustia animal y humana.
Una mano agarró a Sakura por el cuello de la blusa y la levantó del suelo. Otra mano, de dedos ásperos y firmes, le hizo volver la cara del terrorífico espectáculo. Alguien la retenía sobre un hombro, y percibió un penetrante olor a piel de ciervo.
—No mires. —Era la voz de Kurenai—. No mires, pequeña —dijo ella, apretándole firmemente la cabeza con la mano.
Pero aún podía oír, y esto era ya bastante malo. El alarido medio humano y medio lobuno prosiguió, junto con el ruido de chasquidos de huesos. Alguien más entró en la cámara, y Kurenai gritó:
—¡Vete!
Quienquiera que fuese, se retiró rápidamente. El alarido se convirtió en un aullido agudo y estridente que le puso la carne de gallina a Sakura. La joven cerró con fuerza los ojos, mientras Kurenai le sujetaba la parte posterior de la cabeza. Entonces se dio cuenta de que la había abrazado por el cuello. El aullido agónico resonaba en toda la cámara.
Y entonces se oyó un silbido ahogado, como el de una máquina al perder vapor y detenerse. Tras unos últimos y roncos jadeos, se hizo el silencio.
Kurenai soltó a Sakura. Ésta mantuvo la cara vuelta cuando ella se acercó al cadáver y se arrodilló a su lado. Sasuke, el hermano menor de Itachi, entró en la cámara, miró rápidamente a Sakura y después a la mujer.
—¿Chouji ha muerto?
Kurenai asintió con la cabeza.
—¿Dónde está Kakashi? —preguntó ella.
Sasuke espetó un bufido hosco.
—Buscando a mi estúpido hermano, hay una llovizna allá afuera. –gruñó—El muy imbécil sabe que no se puede salir con un clima asi, Kakashi ha ido a buscarle.
—¿Itachi ha salido? ¿Para qué?
—Ha ido de caza. Para ella —dijo el muchacho, señalando con el pulgar a Sakura.
—Me alegro. —Kurenai cogió un puñado de gusanos sanguinolentos y los arrojó al fuego, donde se retorcieron y chisporrotearon—. Kakashi no quería ver a Chouji morir.
Sasuke avanzó y se puso al lado de Kurenai, y mientras hablaban —algo acerca de un jardín—, la curiosidad de Sakura pudo más que ella y le empujó a través de la estancia. Se detuvo entre Sasuke y Kurenai y miró el cadáver de Chouji.
Era el cuerpo de un lobo de pelo castaño y ojos oscuros y ciegos. Su lengua pendía sobre un charquito de sangre. La pata derecha de atrás era todavía una pierna humana y los extremos de las peludas patas de adelante eran dos manos humanas, con los dedos cerrados sobre las piedras del suelo como tratando de arrancarlas. Más que horror, Sakura sintió una punzada de dolor en el corazón. Aquellos dedos pálidos eran los mismos que unos momentos antes le habían estado cogiendo del brazo. El poder absoluto de la muerte le golpeó con fuerza en la cabeza, entre el mentón y la coronilla. Pero fue un golpe que aclaró su visión, y en aquel instante supo que su anterior vida se había ido para siempre.
—¡Échate atrás! —le gritó Kurenai.
Sakura obedeció, y sólo entonces se dio cuenta de que había estado sobre gusanos.
Sasuke y Kurenai envolvieron el cuerpo con una capa de piel de ciervo, lo levantaron entre los dos y se lo llevaron a una parte del palacio blanco donde reinaban las sombras. Sakura se sentó en cuclillas junto al fuego, con la sangre circulando por sus venas como ríos helados. Miró la sangre oscura de Chouji sobre las piedras. Se puso a temblar y alargó las palmas de las manos hacia el fuego.
No podía entrar en calor. Se sentó más cerca del fuego, pero ni siquiera el calor que llegaba a su cara se filtraba hasta los huesos. Sintió un cosquilleo en el pecho y tosió, y el ruido fue tan explosivo como un disparo de pistola entre las húmedas paredes de piedra.
"Pronto vas a estar enferma —recordó que le había dicho Itachi—. Muy pronto."
CONTINUARÁ
Siguiente Capítulo: SOBREVIVIENCIA
N/A:
Bueno... comenzamos a ponernos tétricos. Ya hay algunas variantes a la trama original del 2006, y las seguirá habiendo, conforme avance más la trama.
Gracias a sus comentarios y sus lecturas :D nos leemos pronto!
HIGURASHI´S OUT!
