Capítulo 5.

SOBREVIVENCIA

Los días se confundieron, uno tras otro, y en la cámara no había luz de sol ni de luna; sólo el resplandor y las chispas del fuego cuando alguien —Kurenai, Sasuke, Shikamaru, Ino, Sai, Karin o Itachi— echaban ramas de pino a las llamas.

Kakashi nunca cuidaba del fuego, como si una tarea tan doméstica fuese indigna de él.

Sakura se sentía exhausta y dormía la mayor parte del tiempo; pero cuando se despertaba solía encontrar un trozo de carne medio cruda, arándanos y un poco de agua en una piedra ahuecada a modo de copa. Comía resueltamente y sin preguntar, pero la piedra pesaba demasiado para levantarla y tenía que inclinarse sobre ella y lamer el agua. Advirtió otra cosa: quienquiera que cociese la carne, cada vez la dejaba más sangrante. Y no todo era carne. De vez en cuando era algo rojo y violáceo, como arrancado de las entrañas de una criatura. Al principio Sakura se había negado a tocar aquellos horribles bocados, pero no le llevaban nada nuevo hasta que se los había comido, y pronto aprendió a no dejar nada demasiado tiempo allí, por crudo o repugnante que fuese, para que no viniesen las moscas.

También aprendió que tirar algo era inútil: nadie venía a limpiarlo.

Una vez se despertó, temblando de frío por fuera y ardiendo por dentro, al oír un coro de aullidos de lobos en la cercanía. De momento le aterrorizaron. Pasó por unos segundos de pánico loco en que quiso levantarse y salir de la cámara, correr a través de los bosques e intentar encontrar el largo camino que condujese a la aldea… pero el pánico pasó como una sombra y entonces escuchó aquellos sonidos como si fuesen música con notas que ascendían hacia el cielo y se entrelazaban como las enredaderas. Por un instante pensó incluso que podía comprender el lenguaje de aquellos aullidos; una sensación extraña, como si de pronto hubiese aprendido a pensar un poco en otro idioma. Era un lenguaje mezcla de alegría y añoranza, como la visión de alguien que está en medio de un campo de flores amarillas, con un cielo azul ilimitado en todas direcciones, sosteniendo la cuerda rota con la que solía sostener una cometa. Era el lenguaje del que quería vivir para siempre y sabía que la vida era de una belleza cruel. Los aullidos hicieron brotar lágrimas en los ojos de Sakura, que se sintió pequeña, como una mota de polvo flotando en una ráfaga de viento sobre una tierra de peñascos y abismos.

Se despertó de nuevo y vio las fauces de un lobo de pelambre negro con sendos bordes grises en el hocico y el pecho. Unas marcas de pelo más oscuro pasaban por debajo de sus ojos negros y brillantes; éstos le contemplaban fijamente.

Sakura permaneció inmóvil, con el corazón palpitante, cuando el lobo empezó a husmear su cuerpo. Ella olió también al lobo, un olor almizcleño y dulzón de pelo lavado por la lluvia y de un aliento que conservaba el recuerdo de sangre fresca. Se estremeció, yaciendo como si estuviese atada, mientras el lobo olía lentamente su cuello.

Ella jadeó entrecortadamente.

—¿Itachi?

Este asintió, sacudiendo levemente el encrespado rabo. Espetó un gañido corto, sacudió la cabeza, abrió la boca y dejó caer once zarzamoras sobre las piedras, junto a la cabeza de Sakura. Después se retiró hasta el borde del círculo de luz de la fogata, se sentó y observó cómo la joven comía las zarzamoras y lamía la piedra hueca llena de agua.

Y los días pasaban, con el tortuoso tormento de un vendaval interior.

Dia, noche… a todas horas, un dolor sordo y palpitante empezó a crecer y a extenderse por todos los huesos de Sakura.

Moverse, e incluso respirar, se convirtió para ella en un ejercicio angustioso. Y el dolor seguía creciendo, hora tras hora, día tras día. Alguien le limpiaba cuando vomitaba y alguien le envolvía con las raídas mantas, como a una niña pequeña.

Temblaba de frío, y el temblor encendía el dolor que se transmitía a lo largo de los nervios y le hacía gemir y llorar.

Y oyó voces a través de la brumosa penumbra.

La de Karin: "Demasiado escuálida y débil. Los débiles no viven. ¿Tanto querías una hija, Kurenai?" Y la de Kurenai, irritada: "No he pedido su opinión a una tonta. ¡Guárdatela y déjanos en paz!" Y entonces la voz de Kakashi, lenta y precisa: "Tiene mal color. ¿Crees que tendrá gusanos? Denle algo de comer y veamos qué hace." Apretaron un pedazo de carne sangrante contra sus labios; Sakura, sumida en un mar de dolor, recordó: "No comas. Te ordeno que no comas", y sintió que el desafío le hacía abrir la boca. Una nueva angustia se apoderó de ella, y las lágrimas corrieron por sus mejillas; pero aceptó la comida y la sujetó con los dientes, para que no se la quitaran.

La voz de Shikamaru llegó hasta ella, con tono de admiración: "Je, la pelirrosa es más fuerte de lo que parece. ¡Ten cuidado no vaya a arrancarte los dedos!"

Sakura comía todo lo que le daban. Su lengua empezó a ansiar sangre y jugos, y sabía qué era lo que comía —conejo, ciervo, jabalí o ardilla; a veces incluso rata—, y si era carne fresca o el animal llevaba varias horas muerto. Su mente dejó de rebelarse contra la idea de consumir carne empapada de sangre; la comía porque tenía hambre, y porque no había nada más. A veces sólo le daban bayas o alguna clase de hierba basta; pero todo lo tragaba sin poner reparos.

Su visión se hizo confusa, y todo se volvió gris alrededor de los bordes. Le dolían los ojos, e incluso la débil luz del fuego los torturaba. Y entonces —no sabía exactamente cuándo, porque el tiempo era incierto— le envolvió la oscuridad y quedó ciega.

El dolor no le abandonaba nunca; más bien iba en aumento, y sus músculos se ponían tensos y crujían como las tablas de una casa a punto de estallar debido a una presión interior. No podía abrir suficientemente la boca para comer, y pronto se dio cuenta de que unos dedos metían en ella una carne que ya había sido masticada. Una mano helada le tocó la frente, e incluso aquella ligera presión le hizo lanzar un gemido.

—Quiero que vivas. —Era la voz de Itachi, murmurándole al oído—. Quiero que luches contra la muerte, ¿oyes? Quiero que luches por aguantar.

—¿Cómo está? —Ahora era la voz de Ino, ciertamente preocupada—. Ha adelgazado.

—Todavía no es un esqueleto —replicó agriamente Itachi, y entonces oyó Sakura que su voz se suavizaba—. Vivirá. Sé que vivirá.

—El camino que tiene que andar es largo —dijo Sasuke a espaldas de Itachi—. Todavía no ha pasado lo peor.

—Lo sé. —Itachi guardó un largo silencio, y Sakura sintió una de las ásperas manos del joven pasarse cuidadosamente detrás de su nuca—. ¿Cuántos ha habido que no han vivido tanto como ella? Necesitaría diez manos para contarlos.

Los pasos firmes de Kakashi resonaron en la penumbra también.

—Al menos no ha dejado de comer —dijo.

—Bueno, sus tripas aún funcionan. ¡Esto es buena señal! Sólo cuando se paran y se hinchan sabemos que van a morir. –resolló Kurenai—No, ésta niña tiene hierro en el alma, yo entiendo de estas cosas.

—Espero que así sea —dijo Kakashi. Se había acercado a Itachi, dirigiéndose a éste—. Y espero que aciertes sobre ella. —Dio unos cuantos pasos, y prosiguió—: Si se muere no será por culpa tuya. Todo depende... de la naturaleza. ¿Comprendes, Itachi?

Éste emitió un leve gruñido de asentimiento.

Un salto en el tiempo, una oscuridad de días. Angustia. Angustia. Sakura no había sentido nunca tanta angustia, y si hubiese sabido que tenía que pasar este tormento, se habría dado de cabeza contra una esquina y hubiera pedido a Dios que la llevase. Le pareció que los dientes se le movían en las mandíbulas, ajustándose a sangrantes alvéolos. Se sentía como si tuviese rotas las articulaciones, como un muñeco de trapo viviente y erizado de alfileres.

Su pulso tenía un ritmo endiablado. Sakura trataba de abrir la boca para gritar, pero los músculos de la mandíbula se tensaban y la arañaban como alambre espinoso. La angustia aumentaba, menguaba, y crecía de nuevo con más fuerza. De pronto toda ella era un horno, y un instante después una casa de hielo. Se daba cuenta de que su cuerpo se sacudía, se contorsionaba, para adquirir una nueva forma. Los huesos se arqueaban y retorcían, como si tuviesen la consistencia de palos de azúcar. No tenía control sobre estas contorsiones; su cuerpo se había convertido en una máquina extraña, al parecer empeñada en destruirse.

Ciega, incapaz de hablar o de gritar, apenas capaz de lanzar un suspiro para aliviar la angustia de los pulmones y del palpitante corazón, sintió que su espina dorsal empezaba a doblarse. Sus músculos se volvieron locos; le enderezaron el torso, tiraron de sus brazos hacia atrás, le retorcieron el cuello, le estrujaron la cara como entre grapas de hierro. Cayó de espaldas al relajarse los músculos, pero éstos le levantaron de nuevo al ponerse rígidos como cuero secado al sol. En el centro de aquel torbellino de dolor, el corazón de Sakura Haruno luchaba por no perder la voluntad de vivir. Y entonces el dolor le acometió de nuevo, le agarró por las entrañas y le sacudió. Sakura sintió que el espinazo se combaba y alargaba, con un chirrido de nervios sacudidos. Flotaron voces a su alrededor, como venidas de un mundo de fantasmas.

—¡Sujétale! ¡Itachi! ¡Sujétale! ¡Se romperá el cuello!

—No lo aguantará... demasiado débil...

—¡Ábrele la boca! ¡Se morderá la lengua!

Las voces se alejaron en un remolino de ruidos. Sakura sintió que no podía dominar las contorsiones de su cuerpo y que las rodillas se encogían hacia el pecho mientras yacía de costado. La columna vertebral era el centro de su angustia, y la cabeza una cafetera hirviente. Las rodillas le tocaron la barbilla, golpeándola con fuerza. Los dientes chirriaron, y oyó en su cerebro un gemido como los que anuncian un vendaval que amenaza con arrancar de cuajo todo cuanto encuentra a su paso. El viento de tormenta arreció, bramando con un ruido que no dejaba oír nada más, y su fuerza se dobló y triplicó. Sakura se pudo ver con los ojos de la mente corriendo a través de un campo de flores amarillas, mientras negros nubarrones se cernían sobre la casa de los Haruno.

Sakura se detuvo, y se volvió:

" ¡Madre! ¡Padre!", gritó, pero no hubo respuesta desde la casa, y las nubes estaban hambrientas.

Entonces se volvió de nuevo y siguió corriendo, palpitándole el corazón; oyó un estruendo, miró hacia atrás y vio que la casa volaba en fragmentos delante del viento. Y entonces empezaron a perseguirle las nubes, prestas a engullirla. Aunque corría, no podía hacerlo con la necesaria rapidez. Más deprisa. Más deprisa. La tormenta rugiendo detrás de ella. Más deprisa. Su corazón, palpitando. El alarido de la Parca en sus oídos. Más deprisa...

Y de pronto, como un estallido, se produjo un cambio en ella. Pelos gruesos de un tono rosáceo oscuro brotaron de sus manos y sus brazos. Sintió que la espina dorsal se doblaba, arqueándole los hombros. Las manos —que ya no eran manos— tocaron la tierra. Corrió más deprisa, sacudiendo el cuerpo y despojándose de su ropa. Las nubes de tormenta la cogieron y lanzaron al cielo.

Sakura tiró los zapatos, levantando polvo y flores con los dedos de los pies. La tormenta trató de alcanzarle, pero ella corría ahora a cuatro patas, saltando del pasado hacia el futuro.

La lluvia cayó sobre ella, una lluvia fría y limpiadora, y Sakura levantó la cara hacia el cielo y... se despertó.

Oscuridad sobre oscuridad. Sus párpados, pegados por las lágrimas. Se esforzó en abrirlos y un débil fulgor carmesí se filtró entre ellos. La pequeña fogata aún estaba encendida, y había en la cámara un fuerte olor a cenizas de pino. Sakura se incorporó, sintiendo dolor con cada movimiento. Los músculos palpitaban todavía, como si hubiesen sido estirados para darles una nueva forma. Le dolía todo: la cabeza, la espalda, la rabadilla. Todo. Trató de ponerse en pie, pero la espina dorsal protestó. Ansiaba aire fresco, el aroma del viento a través del bosque; un hambre física le empujaba. Se arrastró cubierta por la gruesa manta sobre las toscas piedras, apartándose del fuego.

Varias veces trató de ponerse en pie, pero sus huesos no estaban dispuestos para ello. Siguió arrastrándose sobre las manos y las rodillas hasta la escalera, y la subió como un animal. Al llegar arriba, gateó a lo largo de un pasillo cubierto de musgo, y miró sólo de pasada hacia un montón de huesos de ciervo.

Pronto vio luz delante de ella: una luz rojiza, que podía ser de la aurora o del ocaso. Entraba por las ventanas sin cristales, teñía las paredes y el techo, y donde tocaba no crecía el musgo. Sakura olió aire fresco, pero aquel olor le produjo en su cerebro un tic-tac y un zumbido como los engranajes de un reloj de bolsillo. Ya no era el penetrante aroma de flores de finales de la primavera. Era un olor diferente, seco, frío en su centro: el fuego combatiendo con la escarcha.

Era el olor del verano moribundo.

Había pasado tiempo. Esto estaba claro para ella. Se sentó, con los sentidos aturdidos, y se llevó la mano al hombro izquierdo. Los dedos encontraron costurones de carne rosada, y unas cuantas costras se desprendieron de la piel y cayeron al suelo. Le dolían las rodillas y pensó que debía ponerse en pie antes de seguir adelante. Lo intentó. Si los huesos tenían nervios, éstos estaban inflamados. Casi pudo oír chirriar sus músculos, como los goznes de una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada. El sudor le cubrió la cara, el pecho y los hombros, pero no se dio por vencida ni lloró. Su esqueleto le parecía extraño. ¿De quién eran estos huesos, clavados como astillas en su carne?

"Levántate —se dijo—. Levántate y anda. Un Haruno nunca se rinde."

Y se levantó.

Su primer paso fue vacilante, inseguro. El segundo no fue mucho mejor. Pero el tercero y el cuarto le dijeron que aún sabía andar, y avanzó por el pasillo hasta una habitación de alto techo, donde la luz del sol pintaba las vigas de color naranja y las palomas arrullaban suavemente en lo alto.

Algo se movió en la sombra del suelo, a la derecha de Sakura. Oyó un ruido de hojas. Yacían dos cuerpos en el suelo, entrelazados, subiendo y bajando lentamente. Era difícil decir dónde empezaba una cosa y acababa la otra.

Sakura pestañeó, librando los ojos de la última niebla del sueño. Una de las figuras que estaban en el suelo gimió —un gemido de mujer— y Sakura vio piel humana cubierta de pelo animal surgiendo, ondeando y desapareciendo de nuevo en la carne húmeda.

Un par de ojos negros le miraron fijamente desde la penumbra. Sai agarró un hombro en el que unos pelos rubios claros ascendían y descendían como las ondas de un río. Ino volvió la cabeza y vio a la joven de pelo rosa plantada allí, entre el sol y la sombra.

—¡Dios mío! —murmuró, impresionada—. ¡Lo ha conseguido! —Se separó de Sai, cubriéndose con la blusa y se puso en pie de un salto.

—¡Kakashi! —gritó.—¡Kurenai! ¡Itachi! —Sus gritos resonaron en los corredores y las cámaras del palacio blanco—. ¡Que venga alguien! ¡Enseguida!

Sakura contempló el cuerpo desnudo de Sai, que no hizo el menor movimiento para taparse. Una ligera capa de humedad brillaba sobre su pálida carne.

—¡Kakashi! ¡Itachi! —siguió gritando Ino a lo largo del pasillo—. ¡Está viva! ¡Está viva!


CONTINUARÁ


Siguiente Capítulo: MAESTRO


N/A:

Bueno... ya un poco menos dramáticos con la trama. Re editado solo un poco, la verdad no le vi mucho que cambiar al original salvo los fragmentos con Itachi (maldito y sensual Itachi w) ejem... bueno el resto, ya lo veremos.

Gracias por leer y comentar:)