Capítulo 7
MAESTRO
La lluvia había amainado en aquel cielo giboso que se cernía a millas de distancia de Konohagakure. El rostro enjuto de Jiraya seguía fijo en el grisáceo cielo, como hipnotizado por aquel entorno monocromático mientras su mente seguía dando un remolino de recuerdos casi difuminados.
En el secante del escritorio todavía estaba el sobre de la carta escrita por puño y letra de Tsunade y el papel, desdoblado seguía debajo del sobre.
¿Cuánto ha sido ya?... quince… veinte años, quizá, desde la última vez que estuvo en Konoha. Su mente aun lo recapitulaba con la nitidez de una niebla matinal y así de nebulosa eran también los recuerdos de las últimas y escuetas conversaciones con aquella mujer rubia, que solía ser condiscípula de él en sus años mozos.
Cuanto tiempo… ¿y ahora ésto?, se dijo, tomando la carta casi distraído. Releyó la funesta noticia narrada por Tsunade y sus ojos se quedaron fijos en el apartado que describía el peculiar suceso en el bosque de Konohagakure.
Y su mente evocó algo que había pensado relegar al olvido.
Kushina…
—¿Piensa volver entonces a Konoha, Jiraya-sama? –espetó el hombre que había permanecido sentado en una de las adosadas sillas para invitados. Jiraya casi se sobresaltó al emerger de su meditabundo silencio.
—No estoy seguro –Jiraya carraspeó, volviendo al tema—No creo que sea propicio por ahora, Ebisu-san. Y el muchacho aun no ha terminado su entrenamiento. Esto no es algo que se tome a la ligera.
Ebisu, uno de los primordiales heraldos a servicio de Tsunade, espetó un bufido de inconformidad ante la premisa reluctante del apodado sannin ermitaño. Pero no podía rebatírselo, después de todo, él sabía lo que hacía. Pese a la fama ganada hacia años, Jiraya seguía siendo uno de los más arteros cazadores de la franja de los reinos… claro, la personalidad hoscamente desenfadada, distaba mucho de lo que uno esperaría.
Volvió su atención en la pared, adosada de los trofeos y preseas que el ufano ermitaño presumía de muro a muro. Ebisu chasqueó levemente la lengua, en señal de interés.
—¿Quién mató al lobo?
Jiraya parpadeó.
—¿Cómo?
—Al lobo. —Señaló Ebisu la disecada cabeza gris de un lobo colgada encima de la chimenea—. ¿Quién lo mató?
—Ah, eso… digamos que fue lo trajo Naruto, mi pequeño aprendiz el verano pasado. —un atisbo de orgullo brilló en el gesto de Jiraya.—¿Habías escuchado de Morino-san?
Ebisu sacudió la cabeza.
—Morino Ibiki. El cazador del noroeste del país del Fuego. Todos los periódicos hablaron de él hace dos años, cuando mató aquel Nibi No Bakeneko en Kumo. —Ebisu siguió dando muestras de ignorancia—. Nos hicimos buenos amigos hace años y aceptó tomar a Naruto bajo su tutela el año pasado, mientras yo me encargaba de algunos asuntos en Amegakure. Naruto me envió el lobo desde Yukigakure. Un hermoso ejemplar, ¿no te parece?
Ebisu asintió. Miró los restantes trofeos que decoraban las paredes. La mayoría enmarcados y disecados por el mismo Jiraya —las cabezas de un búfalo, un magnífico ciervo, un leopardo con manchas negras y redondas, y una pantera negra, pero su mirada volvió a posarse en el lobo.
—Yukigakure —enunció—. ¿Así que al muchacho huérfano que "adoptaste" no le ha ido nada mal, eh?
El "muchacho de nadie" como recordaba Jiraya que le apodaban al pobre chiquillo y cuya madre casi había estado a punto de fallecer, aquella noche de mellado invierno en que Jiraya encontró casi congelada a una mujer de largos cabellos rojizos, tumbada ante el umbral del portón de la aldea de Konoha, sosteniendo en sus lánguidos brazos a un bebé de no más de una semana de nacido.
Kushina Uzumaki era el nombre de aquella mujer, abandonada a su suerte luego de que las inclemencias de una guerra civil entre la comarca del Remolino y allegados de Otogakure le empujasen –al igual que a los pocos sobrevivientes- a emigrar a cualquier otro lugar donde las balas y los cañones no les alcanzasen. Él le dio asilo y por lo menos hizo todo lo posible porque no sucumbiese a la hipotermia que seguramente había pillado.
Pero Konoha tenía sus prejuicios.
Y aunque él no era considerado en ese entonces más que un simple trampero y cazador de poca monta, los rumores que circundaron tras su obra samaritana no fueron nada agradables. Darle cobijo a una mujer no casada, que llegaba de la nada, con un niño cuyo padre era de dudosa procedencia –o mas bien cuya identidad negaba la mujer rotundamente- era como tener una manta roja delante de un corral atestado de toros embravecidos.
La gente dice lo que le viene en gana y el que hace caso de aquello, peca de ingenuidad, pero él no lo hizo, tal vez por el desprolijo placer de sentirse aludido y llamar un poco la atención del pueblo o tal vez sólo porque le vino en gana. Un año después, la mujer; Kushina Uzumaki, falleció de difteria, dejándole a su cargo a un remilgoso bebé de cabellos rubios, al que él decidió llamar resueltamente Naruto.
—Naruto Uzumaki —recalcó Jiraya, todavía con el endose de aquel brillo ladino en sus ojos—Si, podría decirse que ha sido de los mejores alumnos que he tenido. Claro, aun no termina el entrenamiento.
Ebisu pareció asentir. Se llevó una mano al mentón.
—Se nota destreza y se necesita tener las agallas adecuadas para enfrentarse a semejantes alimañas —Se encogió de hombros, volviendo a ver hacia el animal empotrado en la pared—. Bueno, un lobo es un lobo, ¿no?
Jiraya no respondió. Después lo miró con ojos penetrantes y sonrió.
—Ése es sólo una bestia ordinaria… —dijo y señaló hacia un cuadro, enmarcado y arrinconado contra el dosel de la chimenea. No había en él nada más allá de un trozo , una de piel anaranjada, cortado con el desprolijo filo de una navaja. Jiraya descolgó el cuadro y lo levantó ante la mirada de Ebisu—Esto, es propiamente una presa y lo demás, simples perdices.
—Eso es de un…
—Kyuubi. —la voz de Jiraya retumbó levemente en la alcoba, con un eco casi gutural. Sus ojos, enmarcados por las pronunciadas arrugas destellaron—… y el invierno está por llegar. Tal vez podríamos echar un vistazo a aquellos bosques en Konoha para entonces.
Y la lluvia volvió a arreciar.
—0—
—Sígueme —dijo Kakashi, una mañana de finales de septiembre, y Sakura siguió su sombra.
Dejaron atrás las cámaras iluminadas por el sol y bajaron a un lugar del palacio blanco donde el aire era helado. Sakura llevaba un blusón remendado de un lánguido color rojizo que le había hecho Kurenai, y lo apretó sobre sus hombros mientras seguía andando con Kakashi.
Se había dado cuenta, en las últimas semanas, de que sus ojos se acostumbraban rápidamente a la oscuridad, y de que a la luz del día parecía capaz de ver con absoluta claridad e incluso de contar las hojas rojas de un roble a una distancia de cien metros. Pero Kakashi tenía aquí bajo el primer piso del palacio algo que quería que viese, y se detuvo para encender una antorcha de trapos y grasa de jabalí con las ascuas de un pequeño fuego que había preparado previamente. La antorcha parpadeó.
Descendieron a un lugar donde los murales de monjes encapuchados conservaban todavía sus colores. Un estrecho pasadizo conducía a una amplia cámara a través de un arco y de una puerta de hierro abierta. Sakura miro hacia arriba, pero no pudo ver el techo.
—Hemos llegado. Quédate dónde estás —dijo Kakashi.
Sakura obedeció, y Kakashi empezó a caminar por la estancia. La luz de la antorcha reveló estantes de piedra llenos de gruesos libros encuadernados en cuero: cientos de ellos. No; muchos más, pensó Sakura. Los libros llenaban todo el espacio disponible, e incluso se amontonaban en el suelo.
—Esto —dijo pausadamente Kakashi— es lo que hacían los monjes que vivían aquí hace cien años: copiar y guardar manuscritos. Hay tres mil cuatrocientos treinta y nueve volúmenes —declaró con orgullo, como si instruyera a alumnos predilectos—. Teología, historia, matemáticas, filosofía y medicina..., todo está aquí. —Hizo un amplio movimiento con la antorcha y sonrió ligeramente—. Como puedes ver, los monjes no llevaban una vida social. Enséñame las manos.
—¿Mis... manos?
—Sí, esas dos cosas que tienes en los extremos de los brazos. Muéstramelas.
Sakura levantó las manos hacia la luz de la antorcha. Kakashi las estudió.
—Tienes manos de estudiante —dijo—. Has vivido una vida privilegiada, ¿no?
Sakura se encogió de hombros, sin comprender.
—Han cuidado bien de ti —siguió diciendo Kakashi—. Por lo visto eras de familia aristocrática. —Kakashi levantó una de sus propias manos de delgados dedos y la expuso a la luz—. Hace mucho tiempo fui profesor de la Universidad de Kumo —dijo. No había jactancia en su voz, sólo el recuerdo—. Enseñaba literatura e idiomas—Un destello duro pasó por su único y brillante ojo—. Aprendí a pedir dinero para alimentar a mi esposa en tres lenguas diferentes, pero por lo visto, el País del Rayo no premia la inteligencia humana.
Siguió adelante, alumbrando los libros con la antorcha.
—A menos, desde luego, de que puedas inventar un método más económico para matar —añadió—. Pero me imagino que todos los gobiernos son más o menos iguales: codiciosos y cortos de vista. Tener inteligencia y no saber cómo emplearla es la maldición del hombre. —Hizo una pausa para coger delicadamente un volumen de un estante. Le faltaba la cubierta posterior, y las hojas de pergamino pendían del lomo—. La República de Platón —dijo Kakashi—. Afortunadamente en japonés, porque no conozco el griego. —Olió la encuadernación como inhalando un perfume de lujo, y después volvió a dejar el libro en su sitio—. Las crónicas de Julio César, las teorías de Copérnico, el Infierno de Dante, los viajes de Marco Polo..., todo está aquí, las puertas de tres mil mundos. —Trazó un delicado círculo con la antorcha y se llevó un dedo a los labios—. Silencio —murmuró—. No hagas ruido y podrás oír unas llaves que giran allí, en la oscuridad.
Sakura agudizó el oído y oyó un débil sonido, como de algo que arañase; pero no era el de una llave en la cerradura, sino el de una rata en alguna parte de la vasta cámara.
—Bueno —dijo Kakashi, encogiéndose de hombros y continuando su inspección de los libros—, ahora me pertenecen. —De nuevo un atisbo de sonrisa, oculta por la bufanda que siempre cubría su boca—. Puedo decir sinceramente que tengo la biblioteca más grande de todos los licántropos del mundo.
—Su esposa… —inquirió Sakura—, ¿dónde está?
—Muerta. —Kakashi se detuvo para quitar unas telarañas de algunos volúmenes—. Enfermó de pulmonía, después de perder yo mi trabajo y de que a ella la echaran de una de las más prestigiosas clínicas de Kumo, por culpa de un mequetrefe embaucador. Técnicamente podría decirse que el país nos echó a ambos; fue por una cuestión política. Fuimos vagabundos durante un cierto tiempo. Y también pordioseros. —Miró la luz de la antorcha y Sakura vio centellear su pupila—. Yo no era buen mendigo —dijo Kakashi a media voz—. Cuando ella murió, tomé una resolución. Decidí salir del País del Rayo e irme tal vez a Suna. En el País del Viento hay hombres cultos. Tomé un camino que me condujo a través de estos bosques... y un lobo me mordió. Se llamaba Minato; él fue mi maestro. —Movió la antorcha para alumbrar a Sakura—. Rin, mi esposa tenía el mismo ímpetu que tú; era una mujer espléndida y de carácter fuerte. —La antorcha cambió de dirección y Kakashi siguió andando alrededor de la cámara—. Has hecho un largo camino, Sakura, pero todavía te queda mucho por andar. Has oído cuentos sobre hombres lobos, ¿verdad? Todos de pequeños nos asustamos al menos una vez al ir a la cama después de escuchar uno de ellos.
—Sí, Kakashi-san —respondió Sakura.
Aun podía recordarlo vagamente, su madre le había contado historias sobre hombres malditos que se convertían en lobos y despedazaban a las ovejas.
—Son mentiras —dijo Kakashi—. La luna llena no tiene nada que ver con esto. Tampoco la noche. Podemos efectuar el cambio siempre que queramos, pero aprender a controlarlo requiere tiempo y paciencia. Tú tienes lo primero; aprenderás lo segundo. Algunos de nosotros cambiamos selectivamente. ¿Sabes lo que quiere decir?
—No, Kakashi-san.
—Podemos decidir qué parte cambia primero. Por ejemplo, las manos en zarpas. O los huesos de la cara y los dientes. Es cuestión de dominio de la mente y el cuerpo —suspiró lánguidamente—Es horrible cuando un lobo, o un hombre, pierde el control de sí mismo. Pero ya te he dicho que es algo que tendrás que aprender. Y no es tarea fácil; tardarás años en dominarlo, si es que llegas a hacerlo.
Sakura sentía como si su mente se hubiese desdoblado: con una mitad escuchaba lo que le decía Kakashi, y con la otra oía a la rata rascando en la oscuridad.
—¿Has leído alguna vez algo sobre anatomía? —Kakashi cogió un libro grueso de un estante. Sakura lo miró sin comprender—. Anatomía: el estudio del cuerpo humano —tradujo Kakashi—. Éste contiene ilustraciones del cerebro. He pensado mucho en los virus que hay en nuestro cuerpo, y en por qué razón nosotros podemos efectuar el cambio, y sin embargo no pueden hacerlo las personas normales. Creo que el virus afecta a algo profundo del cerebro. Algo mucho tiempo encerrado y que se ha querido olvidar. —Su voz se iba animando, como si de nuevo estuviese en una cátedra de universidad—. Este otro libro —devolvió el volumen de anatomía al estante y cogió otro libro— es un tratado de filosofía de la mente sacado de un manuscrito medieval. Sostiene que el cerebro humano tiene muchas capas. En su centro está el instinto animal; la naturaleza de la bestia, si lo prefieres...
Sakura estaba distraída. Seguía oyendo a la rata. El hambre sonaba en sus tripas como una campana hueca.
—...y aquella porción del cerebro es la que libera el virus. ¡Qué poco sabemos del magnífico aparato que tenemos en el cráneo, Sakura! ¿Sabes qué quiero decir?
En realidad, ella no lo sabía. Toda aquella charla sobre animales y cerebros no le causaba impresión. Miró a su alrededor, con los sentidos agudizados, y oyó de nuevo el ruido producido por la rata.
—Si lo deseas puedes tener tres mil mundos —dijo Kakashi—. Yo seré tu llave, si quieres aprender.
—¿Aprender? —Sakura desvió la atención de su hambre—. ¿Aprender, qué?
Kakashi perdió la paciencia.
—¡No te comportes como una tonta porque no lo eres! Escucha lo que te digo. ¡Quiero enseñarte lo que hay en estos libros! Y también lo que sé acerca del mundo…
—¿Por qué? —le interrumpió Sakura. Kurenai le había dicho que el palacio blanco y este bosque serían su hogar para el resto de su vida, como lo eran para los otros de la manada—. ¿De qué van a servirme estas cosas, si voy a quedarme aquí para siempre?
—¡De qué van a servirme! —le imitó Kakashi, y resopló enojado—. ¡De qué van a servirme! —Avanzó unos pasos, blandiendo la antorcha, y se detuvo delante de Sakura—. Ser lobo es maravilloso. Un milagro. Pero nacimos humanos y no podemos renunciar a nuestra humanidad, aunque la palabra "humano" a veces nos avergüence íntimamente. ¿Sabes por qué no soy siempre un lobo y no corro de día y de noche por el bosque? —Sakura sacudió la cabeza—. Porque cuando tomamos la forma del lobo envejecemos también como los lobos. Si pasáramos un año como lobos, seríamos siete años más viejos cuando volviésemos a tomar forma humana. Y aunque amo mucho la libertad, los olores y..., la maravilla de todo ello, aún amo más la vida. Quiero vivir lo más que pueda, y quiero saber. Mi cerebro está ansioso de saber. Por esto te digo: aprende a correr como un lobo, sí; pero aprende también a pensar como un humano. —Señaló airosamente su sien—. Si no lo haces, desperdiciarás el milagro.
Sakura miró los libros que podía ver a la luz de la antorcha. Parecían muy gruesos y polvorientos. ¿Cómo podía alguien leer un libro tan grueso, y mucho menos todos ellos?
—Soy un maestro —dijo Kakashi—. Deja que te enseñe.
Sakura se quedó pensando. Aquellos libros le asustaban, en cierto modo; eran gordos, impresionantes. Su padre había tenido una biblioteca, pero los libros eran más delgados y tenían títulos dorados en los lomos y se acordó de Shizune, su institutriz. Shizune siempre decía que era importante conocer el mundo para poder encontrar su sitio en él, si uno se perdía alguna vez. Y Sakura nunca se había sentido más perdida en su vida. Encogió los hombros, todavía recelosa; nunca le había gustado hacer deberes.
—Está bien —convino al fin.
—¡Oh si los directores de camisa almidonada pudiesen ver ahora a su profesor! —gruñó—. ¡Les arrancaría el corazón y les enseñaría cómo late! —Escuchó el ruido de la intrusa roedora—. La primera lección no está en los libros. Te están sonando las tripas y yo también tengo hambre. Veamos que tan diestra eres como cazadora. Encuentra la rata y tendremos algo que comer.
Aplicó la antorcha contra el suelo y brotaron chispas hasta que se apagaron las llamas.
La cámara quedó a oscuras. Sakura trató de escuchar, pero los latidos de su corazón eran demasiado ruidosos y le distraían. Una rata podía ser un manjar bueno y jugoso, si era lo bastante grande; por el ruido que hacía, seguramente ésta daría para dos comidas. Ella había comido las ratas que le había traído Itachi. Sabían a pollo fibroso, y sus sesos eran suaves. Sakura miró despacio a derecha e izquierda en la oscuridad, con la cabeza inclinada para captar el sonido. La rata seguía rascando, pero era difícil localizarla exactamente.
—Ponte al nivel de una rata —le aconsejó Kakashi—. Concéntrate en sus movimientos.
Sakura se puso en cuclillas. Después se tumbó boca abajo. Sí, ahora el sonido venía de su derecha.
"En la pared del fondo —pensó—. Tal vez en un rincón."
Empezó a arrastrarse en aquella dirección. La rata dejó de pronto de rascar.
—Te oye —dijo Kakashi—. Lee tu mente.
Sakura siguió arrastrándose hacia delante. Su hombro tropezó con algo: un montón de libros. Estos cayeron al suelo y oyó repicar las uñas de la rata sobre las piedras al escurrirse a lo largo de la pared del fondo.
"Va de derecha a izquierda", pensó Sakura.
Esperó que así fuese. Sus tripas roncaban con fuerza alarmante, y oyó que Kakashi se reía. La rata se detuvo y ya no hizo ruido. Sakura yacía de bruces, con la cabeza inclinada. Un olor fuerte y acre llegó hasta ella. La rata estaba aterrorizada; acababa de orinar. El olor marcaba un camino tan claro como la luz de un farol, pero Sakura no acababa de comprender exactamente por qué era así. Observó más montones de libros a su alrededor, todos ellos de un gris débilmente luminoso. Todavía no podía ver a la rata, pero sí distinguir los volúmenes y los estantes de la pared del fondo.
"Si yo fuese una rata —pensó—, me acurrucaría en un rincón. En algún sitio donde tuviese protegida la espalda."
Y se arrastró hacia delante, despacio... muy despacio...
Podía oír un ruido sordo, rítmico, a unos diez metros detrás de ella, y se dio cuenta de que eran los latidos del corazón de Kakashi. Sus propias pulsaciones eran casi ensordecedoras, y esperó un rato donde estaba para que se calmasen. Volvía la cabeza a un lado y otro, escuchando.
Allí. Un rápido tic... tic... tic, como de un pequeño reloj. A su derecha, tal vez a unos seis metros delante de ella. En el rincón, naturalmente. Detrás de un montón de libros de bordes luminosos. Sakura se arrastró hacia aquel rincón, en silencio y con movimientos sinuosos.
Oyó cómo aumentaban los latidos del corazón de la rata. La rata estaba alerta y podía olerla, y al cabo de un momento Sakura percibió también el olor del pelo sucio de polvo de la rata. Sabía exactamente dónde estaba. La rata permanecía inmóvil, pero aquellos latidos indicaban que estaba a punto de salir de su refugio y correr a lo largo de la pared.
Sakura siguió avanzando, centímetro a centímetro. Oyó el ruido de las uñas de la rata, y entonces saltó ésta hacia delante, con una confusa luminiscencia, al tratar de cruzar la cámara hacia el rincón más lejano.
Sakura sólo sabía que tenía hambre y que quería comerse la rata, pero su mente trabajaba instintivamente, calculando la dirección y la velocidad de aquélla con fría lógica animal. Se lanzó hacia la izquierda. La rata lanzó un chillido y esquivó su mano. Pero al dar media vuelta y pasar por su lado —como una centella gris—, Sakura se volvió al instante hacia la derecha y agarró al roedor por detrás de la cabeza,
La rata se revolvió, tratando de hincar los dientes en la carne de Sakura. Era grande y vigorosa. Sakura comprendió que se liberaría en pocos segundos y tomó una decisión.
Abrió la boca, puso la cabeza de la rata entre sus dientes y mordió el pequeño y duro cuello.
Sus dientes trabajaron bien; no había rabia ni cólera en ello, sólo hambre. Oyó un crujido de huesos y su boca se llenó de sangre caliente. Arrancó el último trozo de carne, y la cabeza de la rata rodó sobre su lengua. El cuerpo sin cabeza pataleó unas cuantas veces, pero cada vez con menos fuerza.
Y éste fue el final del desigual combate.
—¡Bravo! —exclamó Kakashi. Pero su voz recobró la severidad—. Cinco centímetros más, y se te habría escapado. Suerte que era lenta como una abuela con la panza llena.
Sakura escupió la cabeza cortada en la palma de la mano. Observó cómo se le acercaba Kakashi, orlado con aquella luminiscencia. Era de buena educación ofrecer al sensei lo mejor de cualquier comida, y Sakura levantó la palma de la mano.
—Es tuya —dijo Kakashi, y cogió el cálido cuerpo muerto.
Sakura apretó la cabeza de la rata con los dientes y consiguió partir el cráneo. El seso le recordó un pastel de patata que había comido en otro mundo.
Kakashi abrió el cuerpo de la rata desde el cuello cortado hasta la cola. Aspiró la fuerte fragancia de sangre y carne fresca, y entonces arrancó los intestinos con los dedos y separó trozos de carne y de grasa de los huesos. Ofreció un pedazo a Sakura, que cogió su parte, agradecida.
El hombre y la joven de cabellos rosas comieron la rata en la cámara oscura, con los ecos de mentes civilizadas resonando en los estantes a su alrededor
CONTINUARA
Siguiente Capítulo: INVIERNO DE MUERTE
N/A:
Pues comenzamos con la brecha que separa diametralmente la edición de la versión original, claro, aun hay mucho que pensé dejarle, el agregar a Naruto en uno de los puntos contrarios del tablero en mi trama, es algo que me venía pensando desde hacía tiempo y creo que bien puede sacársele algo de ventaja... la cosa avanza pero lleva su ritmo.
En fin, como siempre se agradece por leer y comentar :D
HIGURASHI´S OUT!
