Capítulo 7

INVIERNO DE MUERTE

El tejido dorado de los días se tiñó de plata. La escarcha brillaba en el bosque, y los árboles de madera dura se erguían desnudos ante el crudo viento. Iba a ser un mal invierno, había dicho Kakashi, observando el grueso de la corteza de los árboles. Las primeras nieves cayeron a principios de octubre y tapizaron de blanco el bosque.

Cuando los vientos de noviembre aullaban y empujaban la nieve a ráfagas, la manada se acurrucaba en lo más hondo del palacio alrededor de un fuego que nunca se permitía que ardiese demasiado ni que se extinguiese del todo.

El cuerpo de Sakura estaba perezoso, y la joven quería dormir mucho, aunque Kakashi le llenaba siempre la cabeza de preguntas tomadas de los libros; Sakura nunca había imaginado que se pudiese preguntar tantas cosas, e incluso cuando dormía soñaba en signos de interrogación. Pero la mente de Sakura se había agudizado, al igual que su instinto, y estaba aprendiendo.

El vientre de Karin comenzaba a hincharse. Permanecía mucho tiempo hecha un ovillo, y los otros siempre le daban porciones extraordinarias de sus presas. Nunca cambiaban en presencia de Sakura; siempre subían la escalera y andaban por los pasillos sobre dos piernas, antes de salir del palacio blanco para cazar a cuatro patas.

A veces traían carne fresca y jugosa, y otras, volvían enfurruñados y con las manos vacías. Pero había muchas ratas por allí, atraídas por el calor del fuego, y eran presas fáciles.

Sakura sabía que ahora era parte de la manada, y que era aceptada como tal, pero todavía se sentía como lo que era: una temerosa y a menudo infeliz muchacha humana.

Los huesos y la cabeza le dolían a veces con una intensidad que casi le hacía llorar. Casi. Algunas veces había sorbido por la nariz a causa del dolor, y las miradas que había recibido de Itachi o Kakashi le habían recordado que el llanto no era tolerado en quien no padeciese de gusanos en las tripas.

Pero la transformación seguía siendo un misterio para ella. Una cosa era vivir con una manada y otra muy distinta incorporarse plenamente a ella. Cada día se formulaba más preguntas: ¿Cómo cambiaban? ¿Respiraban hondo, como si fuesen a sumergirse en una agua oscura y helada? ¿Estiraban sus cuerpos hasta que se abría la piel humana y se liberaban los lobos? ¿Cómo lo hacían? Nadie se ofrecía para decírselo, ni siquiera Itachi quien se había responsabilizado por ella; y Sakura, la debilucha de la manada, era demasiado asustadiza para preguntarlo. Ella sabía únicamente que cuando los oía aullar después de una matanza y sus voces resonaban en los bosques nevados, sentía que le ardía la sangre.

Una ventisca soplaba desde el norte, que bramaba más allá de las paredes del palacio, el ventarrón se hizo continuo, y día tras día fue soltando su propia música. El fuego perdió su calor, y la comida fue totalmente consumida. Entonces empezaron a cantar los estómagos. Kakashi, Itachi y Shikamaru tuvieron que salir a cazar en pleno vendaval. Estuvieron ausentes durante tres días y tres noches, y cuando volvieron Kakashi e Itachi, trajeron el cuerpo medio congelado de un venado. Shikamaru no volvió. Itachi le vió por última vez zigzagueado a través de la tormenta, detrás de un caribú.

Ino lloró durante un rato, y los otros la dejaron en paz. Pero lloró menos que comió. Aceptó la carne sangrante con el mismo afán que los demás, incluida Sakura. Y ésta aprendió una nueva lección: a pesar de las tragedias, a pesar de los tormentos, la vida continuaba.

Sakura se despertó una mañana y escuchó el silencio. La tormenta había cesado. Siguió a los otros escalera arriba y a través de las cámaras, donde había nieve arremolinada sobre las piedras y ramas revestidas de hielo se extendían sobre sus cabezas. El sol brillaba en el exterior y el cielo era azul sobre un mundo de blanco deslumbrante. Habían cavado un sendero en la nieve hasta el patio del palacio, y Sakura salió con los demás para gozar del aire puro y helado.

Respiró hondo hasta que le ardieron los pulmones. El sol era fuerte, pero no hacía mella en la lisa nieve. Sakura estaba completamente arrobada por la belleza del bosque invernal cuando una bola de nieve chocó contra su cabeza.

—¡Buena puntería! —gritó Kakashi—. ¡Lánzale otra!

Sai, sonriente, estaba apresando más nieve. Echó el brazo atrás para lanzarla, pero en el último segundo dio media vuelta y la arrojó contra la cara de Sasuke, que estaba a unos seis metros de distancia

—¡Imbécil! —chilló Sasuke, agachándose para hacer a su vez una bola de nieve.

Kurenai lanzó una que rozó la cabeza de Itachi, e Ino arrojó otra, con magnífica puntería, a la cara de Karin.

—¿Quieres guerra? —vociferó Karin, arteramente—. ¡Pues la tendrás!

Lanzó una bola de nieve que dio en el hombro de Ino. Sakura se colocó entonces a la sombra de ésta y tiró otra bola que alcanzó a Sasuke entre los ojos y le hizo tambalearse hacia atrás.

—¡Tú... pequeña molestia! —gritó Sasuke, y Kakashi esquivó sonriente una bola de nieve que pasó sobre su cabeza.

Ino fue alcanzada por dos al mismo tiempo, una de Sai y otra de Karin. Sakura metió las entumecidas manos en la nieve para hacer otro proyectil. Itachi se encogió para evitar una de Kakashi y se dirigió a un lugar donde la nieve permanecía intacta. Sumergió profundamente ambas manos en ella...

Y las sacó con algo muy diferente. Algo helado, rojo, mutilado.

La risa de Kurenai terminó con una nota ahogada. Una última bola de nieve lanzada por Karin se rompió sobre su hombro, pero ella contemplaba fijamente lo que sostenía Itachi. Sakura dejó caer la nieve de su mano al suelo. Ino, con la cara y los cabellos goteando, se puso a gritar.

Itachi había sacado una mano cortada y mutilada de la nieve. Era tan azul como un mármol pulido, y dos dedos habían sido arrancados. El pulgar y el índice estaban doblados hacia dentro —el último vestigio de una garra— y un vello fino y castaño cubría el dorso de la mano.

Ino dio un paso adelante. Después otro, con nieve hasta las rodillas. Pestañeó, aturdida, y entonces gimió y pronunció un nombre.

—Shikamaru...

—Llévala dentro —dijo Kakashi a Kurenai

Esta cogió inmediatamente a Ino del brazo y trató de llevarla dentro del palacio, pero la rubia se desprendió de su apretón.

—Vete dentro —le dijo Kakashi, plantándose delante de ella para que no pudiese ver lo que Itachi, Sasuke y Karin estaban sacando del montón de nieve—. ¡Ahora mismo!

Ino se tambaleó. Sai le cogió el otro brazo, y entre él y Kurenai llevaron a Ino dentro del palacio, como una sonámbula de ojos hundidos.

Sakura empezó a seguirlos, pero la voz de Kakashi lo detuvo en seco:

—¿Adonde vas? ¡Ven aquí y ayúdanos en esto!

Kakashi se arrodilló para empujar la nieve a un lado y Sakura se acercó para contribuir con sus menguadas fuerzas.

Lo que sacaron era una masa de huesos rojos y sanguinolentos. La mayor parte de la carne había sido arrancada, pero quedaban unos pocos restos de músculos. Kakashi se dio cuenta inmediatamente de que algunos huesos eran humanos y otros de lobo; el cuerpo de Shikamaru, en la muerte, había luchado entre sus polos.

—Miren esto —dijo Sasuke, y levantó parte de un omóplato.

Había en él profundas señales. Kakashi asintió con la cabeza y dijo:

—Colmillos.

Había más pruebas del trabajo de unas mandíbulas poderosas: surcos en un hueso del brazo y bordes mellados de la rota espina dorsal.

Y entonces Sasuke apartó al fin una nieve endurecida y encontró la cabeza.

El cuero cabelludo había desaparecido. El cráneo estaba aplastado y el cerebro había sido extraído de él; pero se podía ver la cara de Shikamaru menos la mandíbula inferior, que había sido arrancada. También la lengua había sido arrancada de raíz. Los ojos estaban abiertos, y pelos café cubrían sus mejillas y su frente. Los ojos estuvieron vueltos unos segundos hacia Sakura, hasta que Sasuke volvió a mover la cabeza y Sakura vio en ellos un reflejo mate de puro terror. Desvió la mirada, temblando, pero esta vez no de frío, y retrocedió unos pasos. Itachi levantó un hueso de pierna que todavía conservaba unos pocos fragmentos de músculo rojo y helado, y examinó los bordes del hueso fracturado.

—Debió de morder con mucha fuerza —dijo Itachi a media voz—. La pierna fue rota de un solo mordisco.

—También los dos brazos —dijo Karin.

Kakashi se puso en cuclillas, mirando los huesos extendidos a su alrededor sobre la nieve. Un mosaico de sombras y luz de sol se había pintado sobre la cara de Shikamaru, y el hielo del único párpado que se conservaba empezaba a fundirse. Sakura observó con aterrorizada fascinación cómo rodaba una gota de agua por la mejilla azul de Shikamaru, como si fuese una lágrima.

Kakashi se levantó, echando chispas por la mirada y contempló lentamente en todas direcciones. Sakura comprendió lo que debía de estar pensando: ya no eran ellos los únicos depredadores del bosque. Algo les había estado observando y sabía dónde estaba su cubil. Había aplastado los huesos de Shikamaru, arrancado su lengua y extraído el cerebro del cráneo. Entonces había llevado allí los restos de esqueleto como una burla.

O como un desafío.

—Envuélvanlo en esto. —Kakashi se quitó su hakama y se la dio a Karin—. No dejes que Ino lo vea.

Y empezó a caminar, únicamente cubierto con los raídos pantalones y dando resueltas zancadas, alejándose del palacio blanco.

—¿Adonde vas? —le preguntó Itachi.

—A buscar una pista —le respondió Kakashi, con la nieve crujiendo bajo sus pies.

Entonces empezó a correr, proyectando una larga sombra. Sakura lo observó mientras se abría paso entre el laberinto de árboles y arbustos espinosos que rodeaban el lugar; vio que unos pelos grises surgían sobre la ancha espalda blanca de Kakashi y que su espina dorsal empezaba a retorcerse, y entonces desapareció en el interior del bosque.

Entre Itachi, Sasuke y Karin envolvieron los huesos de Shikamaru en la gruesa tela. En último lugar, la cabeza sin mandíbula inferior. Sasuke se levantó, con aquel bulto en los brazos, y el rostro macilento y gris. Miró a Sakura e hizo una mueca.

—Llévalo tú —dijo en tono frío e dominante, poniendo los restos en los brazos de la escuálida joven de cabellos rosas. Su peso hizo que ella cayese al instante de rodillas.

Itachi fue a ayudarle, pero la pelirroja se interpuso. Sasuke sólo espetó un gruñido hosco.

—Deja de sobreprotegerla. —bufó Karin socarronamente— Que lo haga sola, si es que está tan empeñada en ser parte de la manada.

Sakura miró a Karin y a Sasuke a los ojos; se estaban burlando de ella, esperando que fallase. La joven sintió que una chispa saltaba en su interior. La chispa provocó una llamarada, y la cólera hizo que Sakura pusiera todo su empeño en levantarse con el paquete de huesos en brazos. Lo había conseguido a medias cuando le resbalaron los pies. Sasuke avanzó unos pasos.

—¡Vamos! —dijo con impaciencia.

Itachi le contemplaba en silencio, luego de dirigirle una mirada helada a Sasuke, el cual ignoró por completo. Sakura redobló su esfuerzo, chirriando de dientes y con los brazos doloridos. Pero había conocido el dolor antes de ahora, y esto no era nada. No dejaría que Karin, Sasuke… o Itachi le viesen derrotada; no dejaría que nadie le viese derrotada, ni ahora ni nunca. Consiguió levantarse del todo y caminó con pasos inseguros, sosteniendo los restos de Shikamaru.

Itachi alargó los brazos para llevar los huesos durante el resto del camino, pero Sakura dijo "No" y llevó la carga hacia el palacio blanco. Olía el aroma metálico de la sangre coagulada en los restos de Shikamaru, La hakama de Kakashi tenía aun impregnado el aroma de éste, pero había otro olor en el aire frío, y Sakura lo percibió al llegar a la puerta. Era un olor agrio y salvaje, un olor a brutalidad y astucia. El olor de un animal, y tan diferente de los de la manada de Sakura como el negro del rojo. Se dio cuenta de que procedía de los huesos de Shikamaru: era la pista de la bestia que le había asesinado. El mismo olor que seguía ahora Kakashi sobre la nieve lisa y esculpida por la ventisca.

La promesa de violencia flotaba en el aire. Sakura la sentía como si se deslizaran unas garras a lo largo de su espina dorsal. Itachi, Sasuke y Karin la sentían también, mientras miraban a su alrededor y a través del bosque, con los sentidos aguzados, recogiendo impresiones, valorándolas con una rapidez que ahora era su segunda naturaleza. Shikamaru no había sido el más vigoroso de la manada, pero sí muy veloz y muy astuto. El animal que le había despedazado tenía que haber sido más rápido y más listo. Y ahora estaba allí, en alguna parte del bosque, observando y esperando para ver cuál sería la respuesta a su mensaje de muerte.

Sakura entró tambaleándose en el palacio y vio a Ino plantada allí, con Kurenai y Sai, boquiabierta pero sin pronunciar palabra al contemplar la tela doblada que la joven llevaba en brazos. Kurenai avanzó rápidamente, cogió el bulto y se lo llevó de allí.

Se puso el sol. Salieron las estrellas, centelleando en la oscuridad del cielo. Una pequeña fogata chisporroteaba en las profundidades del palacio blanco cuando Sakura y el resto de la manada se acurrucaron en el círculo de su calor. Esperaron, mientras el viento empezaba a levantarse en el exterior y a silbar a lo largo de los pasillos. Y esperaron.

Pero Kakashi no volvía.


CONTINUARÁ


Capítulo Siguiente: AMENAZA


N/A:

Capitulo cortito, pero porque este mas bien es por si solo importante para delimitar que algo muy, muuy malo se cernirá en el horizonte. Algo que... no es humano y que podría ser más peligroso que la propia manada...

Ya veremos lo que será.

Gracias por leer y como siempre, se agradece por comentar! Nos leemos!

HIGURASHI´S OUT!