Saludines estimado público lector... bueno, antes que nada agradezco a todos y todas los ke leen este fanfic... ejem, en especial a Marianita Uchiha cuyas suposiciones CASI caen en el nudo de esta peculiar trama, jejeje... bueno, me alegra encontrar lectores y lectoras que cuestionan la trama y mejor aun, la analizan escrupulosamente (de Kaio no digo nada, él sabe porque jejeje) pero bueno, este capítulo desenreda algunos puntos y otros... los enredará más.

A leer!


Capitulo 9

AMENAZA

—Morino-san eligió un lugar muy solitario para vivir, ¿verdad? —Ebisu alzó la gruesa bufanda que cubría su cuello, subiéndola casi al mentón, protegiendo la trémula piel de la gélida brisa que se cernía en Yukigakure. Una nubecilla de vapor escapó de su boca, apenas notándose en la sombría penumbra del atardecer—. No sé cómo alguien de Konoha podría acostumbrarse a semejante clase de tiempo.

—Tenemos que acostumbrarnos a la fuerza —respondió Asuma Sarutobi. Sonrió con la mayor cortesía posible—. O al menos tenemos que aceptarla.

—Ya.

Ebisu observó las nubes grises y bajas, anunciando una próxima ventisca. No había visto el sol desde hacía dos semanas, y el frío le producía dolor en los huesos. Asuma guiaba, andando levemente separado del arrogante Ebisu, llevándole por un camino estrecho empedrado que serpenteaba entre oscuros riscos envueltos por las nubes y espesos bosques de pinos. El último pueblo por el que habían pasado, había quedado treinta kilómetros atrás.

—Por esto están ustedes tan pálidos —siguió quejándose Ebisu—. Aquí todos parecen fantasmas. Si viene un día a Konoha, le mostraré lo que es un sol de primavera.

—Dudo de que mi calendario me lo permita —dijo Asuma, tensando levemente las riendas de su caballo.

Tenía treintaiocho años, tez macilenta y rala barba que surcaba por su quijada. Era un oficial que estuvo muy cerca de la muerte cuando se sumergió en una zanja en Suna cuando la inminente guerra civil entre aldeas de la Franja de los Reinos atenazó el corazón del País del Viento. Pero esto había sido en agosto de hacía doce años, y ahora ningún frente de batalla se había siquiera avistado en las infértiles y gélidas tierras del norte como Yukigakure.

—¿Dice que Uzumaki sirvió destacadamente en Kumogakure? —Ebisu lo miró inexpresivamente con sus ojos brillando a través de las gafas.—. Esto fue hace casi dos años. Si ha estado fuera de servicio desde entonces, ¿qué les hace pensar que será apto para este trabajo?

Asuma espetó un bufido.

—Ese muchacho, como cazador es bastante certero, no en vano Ibiki le tomó como aprendiz desde el verano pasado. Es listo.

—Yo también lo soy, Sarutobi-san. Y esto no me capacita para arrojarme directamente a las garras de la muerte, ¿verdad? Y no he estado sentado durante veinticuatro meses, se lo aseguro.

—Sí, señor —convino Asuma, simplemente porque creía que debía hacerlo—. Pero los... los suyos pidieron ayuda en este asunto, y como es en beneficio de ambos, mis superiores creyeron...

—Sí, sí, esto ya lo sé —dijo Ebisu agitando una mano con impaciencia—. Pero los míos me han dicho que no me entusiasme demasiado con el historial de Uzumaki. Me atrevería a decir por su falta de experiencia en batalla; pero al parecer tengo que juzgar basándome en un encuentro personal. No es como lo hacemos en Konohagakure. Allí nos regimos por el historial. El que haya cazado a un gato feral y una tortuga no garantiza gran cosa.

—Aquí nos guiamos por el personaje, señor —dijo Asuma, en tono bastante frío.—Y de haber visto el tamaño del Nibi o del Sanbi, seguro se hubiera impresionado, Ebisu-san; y no le hablo de un simple gato salvaje o una tortuga de agua salada, me refiero a bestias de media tonelada. Ambos.

Asuma sonrió débilmente, esperando imponer un poco de veracidad ante aquel estirado y aristocrático sujeto de Konoha. Éste pareció eludir el gesto, sin embargo su boca estaba levemente torcida en un ademán de mustia protesta.

—Su Servicio Secreto puede haber recomendado a Uzumaki, pero a mí eso me parece totalmente superfluo. Tengo entendido que el muchacho ni siquiera procede de casta, si bien Jiraya me ha contado, es huérfano, ¿no?

—Tiene la nacionalidad de Konoha —fue la cuidadosa respuesta de Asuma—. El apellido Uzumaki es de su madre, así que por lo menos tiene un antecedente.

—Entonces lleva en la sangre antecesores de la desaparecida Aldea del Remolino. No se puede confiar en ellos. Por algo perdieron la guerra. —enunció Ebisu en tono hostil—Y sumemos el hecho de que desconocemos enteramente quien haya sido el padre…

—Hay una laguna en sus informes. Ni siquiera Jiraya lo supo— Se había hecho de noche cuando Asuma se adelantó levemente, entre los bosques azotados por el viento y las montañas talladas por los dedos del tiempo.

—Bueno, esto es suficiente para que yo no desee confiarle este trabajo. Pero son decisiones del Hokkage, por más que quisiera yo, no tengo inferencia en ello.

El maltrecho empedrado se adentraba en los espesos bosques. Por fin, al cabo de otros tres o cuatro kilómetros brutales, el camino se hizo un poco mejor, pero no mucho. El viento soplaba a través del bosque, el aguanieve seguía cayendo y, de pronto, Ebisu se sintió muy lejos de Konoha.

Su caballo se encabritó y retrocedió trastabillando. Por un momento Ebisu sintió perder la brida, afianzó los nudillos en ésta y tiró de los estribos.

—¡Eh! ¿Qué es eso? —dijo éste hacia una silueta amorfa que cruzó casi a dos metros a su espalda. Tres perros grandes estaban plantados en la carretera, con el viento agitando su pelambre—. ¡Dios mío! —Se quitó las gafas, limpió rápidamente los cristales y se las caló de nuevo—. ¡Parecen lobos!

Asuma alzó levemente la vista, quedándose inmóvil mientras su mano libre soltaba el estribo y se dirigía al interior de su capa, sujetando el mango de la daga que siempre cargaba por protección.

Los tres animales desaparecieron en la oscura arboleda de la izquierda.

—Parte del campo de práctica –musitó Asuma casi ensimismado—Por si las dudas, siempre es mejor venir prevenido. La naturaleza salvaje nunca es de fiar.

Se puso de nuevo en marcha y siguieron una larga curva a través del bosque, para salir a un sendero totalmente cubierto de nieve. Y allí estaba el actual "campamento" de Ibiki Morino. Parecía una iglesia de piedras de un rojo oscuro, unidas con mortero blanco. Ebisu pensó que años atrás habría sido una iglesia, porque tenía una torre estrecha, rematada por una aguja blanca y un camino a su alrededor. Brotaba luz de las ventanas de la primera planta, y en lo alto de la torre resplandecían vidrieras de colores en tonos azul oscuro y carmesí. A la derecha había un pequeño edificio de piedra, posiblemente un cobertizo.

El sendero trazaba un círculo delante de la casa.

Los dos oficiales bajaron de sus caballos y los dejaron en el interior del cobertizo. Avanzaron bajo el aguanieve con los hombros encogidos dentro de los abrigos. Encima de tres escalones de piedra había una mellada puerta de roble, con un verde picaporte de bronce que representaba algún animal con un hueso entre los dientes. Asuma levantó el hueso y la mandíbula inferior, de afilados colmillos, se alzó con él. Llamó a la puerta y esperó, empezando a temblar.

Se descorrió un cerrojo. Ebisu estuvo a punto de espetar el formal saludo hacia el hombre a quien Jiraya había mencionado, pero al abrirse la puerta sobre unos goznes engrasados y apareció un muchacho de despeinados cabellos rubios y artera mirada, enarcada por unos orbes azules y brillantes como un cielo despejado en primavera.

Fue entonces cuando todo el argumento que esperaba debatir en torno a la caza del Kirigakure no Kaijin se esfumó como el viento, ante la incipiente mirada de aquel muchacho.

0—

En la penumbra de las profundidades del palacio blanco, Sakura Haruno sentía que la mano derecha palpitaba y ardía, como si en vez de sangre circulase fuego líquido por sus venas.

"¡Mi mano! —pensó Sakura aterrorizada, incorporándose en su lecho—. ¿Qué le pasa a mi mano?"

El dolor que le había despertado fue extendiéndose por el brazo hasta el hombro. Los dedos se contraían y retorcían, y Sakura apretó los dientes para no gritar. Se agarró la muñeca con unos dedos espasmódicos que se abrían y cerraban; oía débiles chasquidos, cada uno de los cuales le producía una nueva y terrible punzada de angustia. Su cara empezó a sudar. No se atrevía a gritar, porque los otros se burlarían de ella.

Después de unos segundos de tortura, la mano se hizo nudosa y deforme, una cosa monstruosa en el extremo de la muñeca blanca y pulsátil. Tenía unas ganas furiosas de chillar, pero de su garganta sólo salían gemidos. Tiras de pelo rosáceo surgían de la carne y se entrelazaban alrededor de la muñeca y el antebrazo de Sakura como cintas lisas y brillantes. Sus dedos se encogían, crujiendo al cambiar de forma los nudillos. Jadeó, a punto de desmayarse; su mano estaba cubierta de pelaje rosáceo, y en lugar de dedos tenía unas uñas curvas. La oleada de pelo subió por el antebrazo, saltó por encima del codo, y Sakura supo que dentro de un instante tendría que levantarse y salir corriendo en busca de Itachi.

Pero pasó el instante, y ella no se movió. El pelaje empezó a ondear y a introducirse de nuevo en la carne con un dolor fuerte y punzante, y los dedos crujieron de nuevo y se alargaron. Las garras curvas se introdujeron en la piel, dejando los restos de uñas humanas. La mano volvió a surgir, pálida como la luna, y los dedos pendieron como extraños trozos de carne. El dolor fue disminuyendo hasta desaparecer. Todo ello había durado tal vez quince segundos.

Sakura suspiró, a punto de sollozar.

—El cambio —dijo Kakashi, sentado en cuclillas a unos dos metros de Sakura—. Empiezas a tenerlo.

Dos liebres grandes, rezumando sangre, yacían sobre las piedras, a su lado.

Sakura se sobresaltó. La voz de Kakashi despertó inmediatamente a Itachi, quien yacía tumbado cerca de la joven. El resto de la manada, se hallaba acurrucado cerca del fuego. Ino, todavía aturdida por la muerte de Shikamaru, se agitó en su jergón arrinconada entre los protectores y pálidos brazos de Sai. Detrás de Kakashi estaba Kurenai, que le había esperado fielmente durante tres días, desde que él se había ido para seguir la pista de lo que había matado a Shikamaru.

Kakashi se levantó. El fuego había menguado mucho y estaba consumiendo los últimos restos de las ramas de pino.

—Mientras duermen —dijo—, la muerte está en el bosque.

Kakshi caminó alrededor de ellos, con su aliento condensándose en el aire frío. La sangre de las liebres se estaba ya congelando.

—Un kyuubi —dijo.

—¿Un qué? —preguntó Sasuke levantándose, reacio a apartarse del calor de la embarazada Karin.

—Un kyuubi —repitió Kakashi—. Un lobo que mata por el gusto de matar. Es el que asesinó a Shikamaru. Encontré sus huellas a unos tres kilómetros al norte de aquí. Es un bicharraco que debe pesar unos cien kilos. Se dirigía hacia el norte a paso regular, y le seguí. —Se arrodilló junto al débil fuego para calentarse las manos. Su cara se cubrió de destellos carmesíes—. Y es listo. Me olió, a pesar de que yo tenía cuidado en ir de cara al viento. No iba a dejar que descubriese su cubil; me condujo a través de un terreno pantanoso y a punto estuve de hundirme en un sitio donde él había roto el hielo. —Sonrió débilmente, observando el fuego—. Si no hubiese olido su orina en el hielo, a estas horas estaría muerto. Sé que es un lobo naranja; encontré algunos pelos enganchados en espinas. Fue lo más que pude acercarme a él —se frotó las manos, dando masaje a sus contusos nudillos, y se levantó—. Su campo de caza le parece poco. Quiere el nuestro y sabe que tendrá que matarnos para conseguirlo. —Kakashi paseó la mirada sobre el círculo de su manada—. De ahora en adelante nadie saldrá solo. Ni siquiera para recoger un puñado de nieve. Cazaremos en parejas y nunca nos perderemos de vista. ¿Entendido? —Esperó a que asintiesen con la cabeza. Kakashi miró a Sakura—. ¿Entendido? —repitió.

—Sí, señor —respondió rápidamente Sakura.

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En Yukigakure, la ventisca amainó, dejando solo el frío del aguanieve restante.

Naruto Uzumaki se sentó en la cama y encendió una lámpara de aceite. No había dormido; había estado esperando. Cogió el reloj de bolsillo que Jiraya le había regalado hacía tres años y miró la hora, aunque su sentido del tiempo le decía que eran más de las tres. Eran las tres y siete minutos.

Husmeó el aire y entornó los párpados. Un olor a humo de tabaco fuerte de pipa. Conocía el olor, y éste le llamaba.

No se había desnudado; llevaba el pantalón caqui y grueso abrigo naranja. Se puso los zapatos, cogió la lámpara y, alumbrándose con su resplandor amarillo, bajó la escalera de caracol.

Había un par de leños más en la chimenea, y ardía en ella un fuego alegre. Naruto vio unas volutas de humo de pipa que subían desde el sillón de cuero colocado delante de las llamas. El catre estaba vacío.

—Hablemos, muchacho —dijo Asuma Sarutobi.

—Sí, señor.

Arrastró un sillón y se sentó, dejando la lámpara encima de una mesa entre los dos.

Asuma rió en silencio, con la pipa entre los dientes. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos, y ahora no parecía tan mustio e inseguro como había alardeado Ebisu, delante de Ibiki y del mismo Naruto.

—Menudo inútil han mandado desde Konoha… —dijo, y se echó a reír de nuevo. Su verdadera voz, no disimulada, era ligeramente áspera—. Se nota que la influencia de Suna y de Kirigakure han hecho mella allá.

—Si –convino Naruto—Jiraya oji-san me había hablado de él.

—Te advierto que es un oficial muy capacitado. No te dejes engañar por sus fanfarronadas; el comandante Ebisu conoce su oficio. —Los ojos penetrantes de Ebisu se fijaron en los del muchacho— .Y tú también.

Naruto no respondió. Asuma siguió fumando en silencio durante un momento.

—Naruto, quiero que te ocupes del Kirigakure no Kaijin.

—¿Tan vital es la cuestión como para que usted intervenga, Asuma-san?

—Sí. Es vital. —Soltó una bocanada de humo y se quitó la pipa de la boca—. Tendremos una oportunidad, y sólo una, de que la captura sea un éxito, antes .—Soltó un gruñido y sonrió débilmente— Si Amegakure está vigilando tan de cerca a aquello que ha masacrado gente en Kirigakure, puedes estar seguro de que tienen una información que no quieren que salga de allí. Tenemos que saber de qué se trata. Con tus... facultades especiales, existe la posibilidad de que podamos entrar y salir antes de que se den cuenta.

Naruto observó el fuego.

—Pero Jiraya oji-san dijo que se encargaría de eso, al menos todo lo relacionado con Amegakure. És el kyuubi lo que me había asignado…

—Hay una relación entre la cosa de Kirigakure, el kyuubi y la bestia de Kumo.

—¿El Nibi?

—Si, pero aun no tenemos los cabos suficientes como para atarlos. –dijo Asuma, después de un momento de silencio—. Hay una cosa que me intriga como a ti, Naruto. ¿Por qué está un pueblucho demacrado como Amegakure de por medio? Konoha tiene sus razones para hacerse de la vista gorda ante los horrores que sabemos que ocurren en el denso bosque que le separa de las otras aldeas, Kirigakure y Kumo no son más que pozos de mala muerte, pero Ame pareciera que oculta algo, y Jiraya tampoco ha encontrado más pistas al respecto. —miró a Naruto a los ojos—. ¿Harás el trabajo?

No, pensó Naruto. Pero sintió una presión en las venas parecida a la de una caldera de vapor. En dos años no había pasado un día sin pensar en cómo había muerto Iruka Umino, su anterior superior a manos del llamado Gato Demonio de Dos Colas. Encontrar a aquello que parecía orquestar la liberación de aquellas bestias podría ser como hacer borrón y cuenta nueva. Probablemente no, pero sería una satisfacción cazar al cazador. Y la situación que parecía franquearse entre las aldeas era un problema vital por sí solo.

Anteriormente, el kyuubi era su prioridad. Jiraya le había entrenado arduamente para ello y Morino Ibiki también le había preparado, sin embargo, no podía permitirse perder a más miembros ante sea lo que sea que comenzase a cernirse como amenaza mortal en aquel vasto e incierto campo de batalla.

—Sí —dijo, con voz tensa.

—Sabía que podía contar contigo en la hora once —dijo Asuma, sonriendo débilmente—. La hora del lobo, ¿no?

Hablaron durante un rato más, sobre la guerra mientras el fuego roía silenciosamente los leños de roble y el viento aullaba antes del amanecer.

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Pasó tiempo, un sueño de días y de noches. Mientras se hinchaba el vientre de Karin, Kakashi instruía a Sakura con los libros polvorientos de la cámara inferior.

Y cuando la sombra gris de la última ventisca pasó a través del bosque, llegó la primavera al enorme bosque del centro del País del Fuego; primero un torrente de lluvia; después un verde esplendor.

Los sueños de Sakura se volvieron extraños: corría a cuatro patas, lanzándose a través de un reino oscuro. Cuando despertaba de ellos, estaba temblando y cubierta de sudor. A veces tenía una breve visión de unos pelos rosáceos que ondulaban en sus brazos o sus piernas. Los huesos le dolían, como si se hubiesen fracturado y soldado nuevamente. Cuando oía las bellas y resonantes llamadas de Kakashi, de Kurenai o de Itachi, al ir de caza, se le contraía la garganta y le dolía el corazón.

El cambio se acercaba; lentamente se estaba apoderando de ella.

Una noche de primeros de mayo, Karin empezó a retorcerse y a gritar mientras Ino y Sai la sujetaban, a la luz del fuego, y las manos ensangrentadas de Kurenai extraían dos bebés.

Sakura los vio, antes de que Kurenai murmurase algo a Kakashi y envolviese los cuerpos en unos trapos; a uno de ellos, una pequeña forma humana inerte, le faltaba el brazo y la pierna izquierdos y estaba lleno de mordiscos. El segundo cadáver, estrangulado por un cordón gris, tenía garras y colmillos. Kurenai ató fuertemente los trapos alrededor de aquellas cosas muertas, antes de que Sasuke o Karin pudiesen verlas. Karin levantó la cabeza, con el sudor resplandeciendo en su semblante, y murmuró:

—¿Son varones? ¿Son varones?

Sakura se marchó antes de que Kurenai respondiese. El alarido de Karin le alcanzó, y la joven de pelo rosa casi tropezó con Sasuke en el pasillo. El muchacho le empujó bruscamente a un lado al pasar corriendo.

Cuando salió el sol, llevaron a las criaturas envueltas a un lugar situado metros al sur del palacio blanco: el Jardín, dijo Kurenai a Sakura cuando ésta le preguntó. El Jardín, dijo ella, era donde yacían todos los pequeños. Los cachorros o los miembros más jóvenes de la manada a los que la vida impidió su curso.

Era un lugar rodeado de altísimos abedules, y había cuadrados de piedras sobre el blanco suelo cubierto de hojas, para indicar dónde reposaban los muertos. Sasuke y Karin se pusieron de rodillas y empezaron a cavar las tumbas con las manos, mientras Kakashi sostenía los cadáveres. Al principio, Sakura pensó que era una cosa cruel porque Karin sollozaba y resbalaban lágrimas por sus mejillas mientras cavaba; pero al cabo de unos momentos dejó de llorar y trabajó con más empeño. Sakura se dio cuenta de que era la manera en que la manada enterraba a sus muertos: las lágrimas daban paso a la fuerza, y los dedos cavaban resueltamente la tierra. Karin y Sasuke cavaron tan hondo como quisieron. Entonces Kakashi colocó los cadáveres en las fosas y éstas fueron cubiertas de nuevo con tierra y hojas.

Sakura miró a su alrededor los pequeños cuadrados de piedras. Sólo había niños en esta parte del Jardín; más lejos, y bajo una sombra más intensa, había cuadrados más grandes. Sabía que Chouji y Shikamaru yacían allí, así como miembros de la manada que habían muerto antes de que Sakura hubiese sido mordida. Vio que los pequeños que habían muerto eran más de treinta, y se le ocurrió pensar que la manada se esforzaba en tener hijos, pero que los pequeños morían.

¿Podía haber algún bebé que fuese en parte humano y en parte lobo?, se preguntó, mientras la cálida brisa agitaba las ramas de los árboles.

No comprendía cómo podía un recién nacido soportar el dolor; el bebé, que sobreviviese a semejante tormento, debía tener un alma muy fuerte.

Sasuke y Karin buscaron piedras y las colocaron alrededor de las tumbas. Kakashi no dijo nada, ni a ellos ni a Dios. Cuando se hubo terminado el trabajo se alejó, con la maleza crujiendo bajo sus sandalias. Sakura vio que Sasuke alargaba una mano para coger la de Karin, pero ésta se apartó rápidamente y siguió andando sin él.

Sasuke se quedó un momento mirando cómo se alejaba, con el sol resplandeciendo sobre sus ralos y despeinados cabellos ébano. Sakura vio que le temblaban los labios, pero entonces él se irguió y entrecerró los ojos con frío desdén. Sakura comprendió que no había amor entre él y Karin; todo afecto había sido enterrado con los pequeños. O tal vez Karin lo apreciaba menos ahora. La joven le observó y entonces Sasuke volvió la cabeza y le miró con sus fríos ojos ónice.

Sakura le devolvió la mirada sin moverse.

—Tendré un hijo. Lo tendré —dijo Sasuke.

—Tu cuerpo está cansado —le dijo Itachi, que estaba detrás de Sakura, y ésta se dio cuenta de que Sasuke tenía la mirada fija en Itachi—. Espera otro año.

—Tendré un hijo —repitió el joven, enérgicamente.

Su mirada se posó entonces en Sakura y se detuvo en ella. La chica tembló en lo más profundo de su ser. Y entonces Sasuke se volvió bruscamente y salió del Jardín, siguiendo al resto de la manada.

Un brillo gélido se había apostado en los orbes ónice de Itachi. Sakura sintió su respiración acompasada y cuando volvió la vista hacia él, notó aquel gesto difuminado y meditabundo. Casi… como si fuese una especie de culpa oculta y silenciosa. Su mirada se había posado en las recientes tumbas.

Miró de nuevo a Sakura.

— ¿Me odias? —preguntó, simple y llanamente.

Sakura parpadeó, levemente confundida.

—¿Odiarte? —La pregunta le había impresionado—. No, Itachi-san.

Volvió a mirar hacia el horizonte del denso bosque.

—Comprendería que me odiases —dijo él—. A fin de cuentas, yo te traje a esta vida. Yo odiaba al que me mordió. Yace allí, en el borde del Jardín. —Señaló con la cabeza hacia las sombras.

La joven dejó escapar un suspiro lánguido. Había pasado una temporada desde que estaba consciente de que Itachi cuidaba mayoritariamente de ella y habían pasado cortas y escuetas conversaciones entre ambos. Un vago y leve lazo de confianza, puede que incluso más firme y confianzudo que el que tenía con Kakashi o Kurenai se había comenzado a enhebrar y puede que esto haya sido el leve fustigue para inquirir aquella pregunta:

—¿Desde cuándo ustedes…?

Itachi entornó la mirada hacia ella antes de que terminase la pregunta. Un gesto empático podía verse tenuemente en su semblante.

—¿Desde cuando Sasuke y yo estamos aquí? –resolló retórico—Hmp… desde hace cinco primaveras, creo. Fue en invierno… Nuestros padres eran comerciantes, y Sasuke y yo les habíamos acompañado a entregar un pedido a Iwagakure…—Sacudió levemente la cabeza y el viento de la tarde hacía que el fleco le cubriese levemente el rostro—. Nos sorprendió una tormenta, una tormenta muy parecida a la del invierno anterior. Mi madre fue la primera en morir de frío. Entonces mi padre, Sasuke y yo encontramos una cabaña no lejos de aquí. Bueno, ahora ya no existe; la nieve la derribó hace años. —Itachi miró hacia arriba buscando el sol, pero no pudo encontrarlo—. Mi padre comprendió que no podíamos quedarnos allí. Si queríamos vivir, teníamos que encontrar un pueblo. Así que empezamos a andar. Recuerdo... que llevábamos abrigos forrados de piel y botas muy caras, pero nada de eso nos daba suficiente calor, con aquel viento que nos azotaba la cara. Encontramos un agujero y tratamos de encender fuego, pero toda la madera estaba helada. —Miró a Sakura—. ¿Sabes lo que quemamos? Todo el dinero que llevaba mi padre en la cartera. Ardía muy bien, pero no daba calor. ¡Qué no habríamos dado por tres pedazos de carbón! Mi padre murió de congelación, sentado pero tieso. Yo tenía la responsabilidad de Sasuke y comprendí que íbamos a morir si no encontrábamos un refugio. Eché a andar, llevando a Sasuke casi inconsciente a cuestas. No habíamos ido muy lejos cuando nos encontraron los lobos. Uno de ellos se lanzó directamente hacia mi hermano y me mordió en el brazo en cuanto le empujé antes de que le arrancase parte de la pierna a Sasuke. Recuerdo haberle dado una patada tan fuerte en el hocico que le hice saltar tres dientes. Aquel pobre se llamaba Obito, nunca volvió a estar bien de la cabeza después de aquello. Entre todos despedazaron a mi padre y se lo comieron. Probablemente se comieron también a mi madre; nunca lo pregunté.—volvió el rostro hacia la sombra densa que se proyectaba bajo los árboles, hacia los adosados cuadros de piedra.—. Todas estas tumbas tienen sus historias, pero algunas de ellas son incluso anteriores a la época de Kakashi. Creo por tanto que son enigmas silenciosos.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí la manada? —preguntó Sakura.

—Oh, no lo sé. Kakashi dice que el hombre que murió el año después de que ingresáramos Sasuke y yo hacía más de veinte años que estaba aquí, y que el viejo conocía a otros que se remontaban a veinte años más atrás.

—¿Quién lo sabe?

Itachi se encogió de hombros.

—¿Ha nacido alguien aquí? ¿Alguien que haya vivido?

—Kakashi dice que oyó hablar de siete u ocho que nacieron y sobrevivieron. Todos murieron con los años, desde luego; pero la mayoría de los pequeños nacen muertos o mueren a las pocas semanas, además de que muchas hembras no logran terminar el embarazo o quedar preñadas... Kurenai ha renunciado a tenerlos, desde el verano antepasado. Ino y Karin aun son todavía lo bastante jóvenes para ser obstinadas; bueno, las compadezco. —Itachi miró a su alrededor, y después a los altos abedules a través de los cuales brillaba el sol—. Sé cuál es tu próxima pregunta —dijo, antes de que Sakura pudiese formularla—. La respuesta es: no. Nadie de la manada se ha ido nunca de estos bosques. Éste es nuestro hogar, y siempre lo será.

Sakura, que llevaba todavía los andrajos del año anterior, asintió con la cabeza. El mundo que había conocido, el mundo humano, parecía vago, como un recuerdo lejano. Oyó los pájaros que cantaban en los árboles y observó que unos pocos volaban de rama en rama.

—Bueno, volvamos —dijo Itachi.

La ceremonia, si podía llamarse así, había terminado. Itachi echó a andar en dirección al palacio blanco, y Sakura lo siguió. No habían ido muy lejos cuando Sakura oyó un silbido lejano y estridente. Tal vez a un kilómetro y medio hacia el sudeste, calculó. Se detuvo para escuchar aquel sonido. No era un pájaro, sino...

—¡Ah! —dijo Itachi—. Ésta es una señal del verano, es el tren que circula. Las vías que cruzan el bosque no están lejos de aquí. —Siguió andando y se detuvo al ver que Sakura no se había movido. Sonó de nuevo el silbido, una nota aguda y breve—. Debe de haber algún ciervo en la vía —observó Itachi—. A veces encontramos allí alguno muerto. No es malo, si el sol y los buitres no se han ensañado con él. —El silbido se extinguió a lo lejos—. ¡Sakura! —le apremió él.

Ella seguía escuchando; aquel silbido le había hecho anhelar algo en lo más hondo de su ser; pero no sabía qué era. Itachi le estaba esperando, y el lobo cruel rondaba por el bosque. Era hora de marcharse de allí.

Sakura se volvió para mirar el Jardín, con sus cuadrados de piedras, y siguió a Itachi hacia casa.


Continuará


Siguiente Capítulo: DESTRUCCIÓN


N/A:

Pues oficialmente empiezan los problemas para la manada... y tenemos el inicio de otra sub-trama que luego se fusionará con la trama principal; y me refiero a lo relacionado con Naruto. Aun edito algunas cosas, para arreglar el formato y que la lectura sea mas fluida, pero les recomiendo leer a conciencia ya que estoy dejando a propósito cabos por ahi (como lo de Obito, jejeje) que luego mencionaré a profundidad.

Muchísimas gracias a los reviewers y espero que tanto este capítulo como el resto os gusten y os mantengan enganchados!

HIGURASHI´S OUT!