Capítulo 10

DESTRUCCIÓN

La tarde del segundo día después de ser enterrados los pequeños, Karin tomó del brazo a Sakura, que estaba arrodillada fuera del palacio blanco buscando ramas en la tierra blanda. Karin le levantó.

—Vamos —dijo—. Tenemos que ir a un sitio.

Echaron a andar, encaminándose hacia el sur a través del bosque. Karin miró atrás. Nadie las había visto; así era mejor.

—¿Adónde vamos? —preguntó Sakura cuando Karin la empujó hacia delante:

—Al Jardín —respondió ésta—. Quiero ver a mis hijos.

Sakura trató de desprenderse del agarrón de Karin, pero ésta le apretó el brazo con más fuerza. Estuvo a punto de gritar pero la manada no lo hubiera visto con buenos ojos. Itachi se habría disgustado. Este asunto sólo le incumbía a ella.

—¿Para qué me necesitas?

—Para cavar —dijo Karin—. Ahora cállate y camina más deprisa.

Mientras se alejaban del palacio blanco y el bosque cerraba sus puertas verdes detrás de ellas, Sakura comprendió que Karin no debía hacer aquello. Tal vez las leyes de la manada no permitían abrir las tumbas después de enterrados los pequeños; tal vez estaba prohibido a la madre ver a sus hijos muertos. No estaba segura de por qué, pero sabía que Karin la quería utilizar para hacer algo que no gustaría a Kakashi. Andaba arrastrando los pies, pero Karin le tiró del brazo para obligarle a seguir.

Resultaba difícil mantenerse a la altura de la pelirroja porque ésta daba unas zancadas que pronto hicieron resoplar a Sakura.

—¡Eres floja como el agua! —gruñó Karin—. ¡Te digo que andes más aprisa!

Sakura tropezó con una raíz y cayó de rodillas. Karin le levantó y siguieron andando. Se notaba ferocidad en el pálido rostro y en los ojos escarlatas de Karin; la cara del lobo era aún visible a través de la máscara humana. Tal vez cavar en las tumbas traía mala suerte, pensó Sakura. Por esto el Jardín estaba tan lejos del palacio blanco. Pero la humanidad de Karin se había impuesto; como cualquier madre humana, ardía en deseos de ver el fruto de su vientre.

—¡Vamos, vamos! —decía a Sakura, mientras corrían a través del bosque.

Después de unos minutos llegaron al claro donde estaban los cuadrados de piedras, y Karin se detuvo en seco. Sakura chocó contra ella, pero Karin permaneció sin moverse.

—¡Dios mío! —exclamó.

Sakura se dio cuenta entonces de que las tumbas del jardín habían sido abiertas y que había huesos desparramados por el suelo. Cráneos pequeños y grandes, algunos humanos, algunos bestiales y algunos mixtos, yacían rotos alrededor de los pies de ambas muchachas. Karin se adentró más en el Jardín, con las manos contraídas como garras junto a los costados. Casi todas las tumbas habían sido excavadas, y su contenido había sido esparcido en pedazos de un modo salvaje.

Sakura contempló un cráneo que hacía una mueca, mostrando los dientes afilados y mechones de cabellos grises. Cerca de ella estaban los huesos de una mano, y más allá un hueso de brazo. Le llamó la atención una pequeña y retorcida médula espinal, y después vio un cráneo infantil que había sido aplastado con tremenda fuerza. Karin siguió andando, atraída por el lugar donde habían sido enterrados los últimos cadáveres. Pasó sobre huesos viejos y chocó con una calavera cuya mandíbula inferior se rompió como un trozo de madera amarillenta. Se detuvo, tambaleándose y miró fijamente las fosas, ahora abiertas, donde habían sido enterrados sus hijos dos días antes. Un harapo rasgado estaba tirado en el suelo.

Karin lo levantó, y algo rojo, destrozado y lleno de moscas cayó sobre las hojas.

La criatura había sido partida por la mitad. Karin pudo ver las señales de grandes colmillos. La mitad superior, incluidos la cabeza y el cerebro, había desaparecido. Volaron moscas alrededor de la cara de Karin, y con ellas el olor nauseabundo de sangre y podredumbre. Miró a su derecha y vio otra mancha roja en la tierra. Una piernecita cubierta de un fino vello rojizo oscuro.

Karin lanzó un terrible gemido, y huesos viejos crujieron bajo sus pies al echarse atrás para apartarse de aquellos restos carmesíes.

—¡El kyuubi! —exclamó.

Los pájaros cantaban en las copas de los árboles, felices y sin darse cuenta de nada. En todas partes había tumbas abiertas y fragmentos de esqueletos, de pequeños y de adultos, de humanos y de lobos.

Karin se volvió hacia Sakura y la joven vio su cara, con la carne tirante sobre los huesos, y los ojos vidriosos. El penetrante olor a podredumbre penetró en las fosas nasales de Sakura.

—El kyuubi —repitió Karin con voz débil y temblorosa. Después miró a su alrededor.

Tenía la nariz enrojecida y la cara sudorosa—. ¿Dónde estás? —gritó, y de pronto cesó el gorjeo de los pájaros—. ¡¿Dónde estás, maldito bastardo?! —Dio un paso en una dirección y otro en otra; las piernas parecían querer dividir su cuerpo en dos mitades—. ¡Sal! —rugió, mostrando los dientes—. ¡Muéstrate, maldito cobarde! —Cogió un cráneo de lobo y lo arrojó contra el tronco de un árbol, donde se estrelló con un ruido semejante a un disparo de pistola—. ¡Te mandaré al infierno! ¡Sal!

Unas moscas golpearon la cara de Sakura y se alejaron, asustadas por la furia de la pelirroja. Ésta bufaba de cólera, con brillantes manchas rojas en las cetrinas mejillas y el cuerpo tembloroso como un muelle tenso y peligroso.

—¡Sal, bestia asquerosa! —gritó.

Los pájaros volaron asustados, de sus ramas.

Nada respondió al desafío de Karin. Las calaveras hacían muecas como testigos mudos de una matanza, y las moscas cayeron sobre su roja carne infantil como una lluvia oscura. Antes de que Sakura pudiera moverse para defenderse, Karin la levantó en el aire y la puso de espaldas contra un árbol con tal fuerza que vació de aire sus pulmones.

—¡Tú no eres nada! ¿Lo oyes? —rugió mientras sacudía a Sakura—. ¡No eres nada!

Había lágrimas de dolor en los ojos de Sakura, pero no las dejó brotar. Karin quería destruir algo, como había destruido el lobo cruel los cuerpos de sus hijos. Golpeó de nuevo el cuerpo de Sakura contra el árbol, con más fuerza que antes.

—¡No te necesitamos! —gritó—. ¡Eres una mier...!

Ocurrió rápidamente. Sakura no sabía exactamente cuándo, porque todo estaba confuso. Una llamarada brotó dentro de ella, quemándole las entrañas; sintió de nuevo un dolor cegador, y entonces alzó su mano derecha —una garra de lobo cubierta de lisos pelos rosáceos que se enroscaban en su brazo casi hasta el codo— y arañó la mejilla de Karin. Ésta echó la cabeza atrás, con surcos ensangrentados donde los habían trazado las uñas. Karin se quedó aturdida, con el miedo brillando en sus ojos. Soltó a Sakura y retrocedió. La sangre le goteaba de las mejillas.

Sakura se puso en pie, con el corazón palpitante; estaba tan sorprendida como Karin y contempló fijamente su garra lobuna, con sangre roja y brillante y pedacitos de piel en las puntas de las uñas blancas. El pelo subía ahora por encima del codo, y sintió una presión en los huesos cuando éstos empezaron a cambiar de forma. Sonó un chasquido sordo al descoyuntarse el codo y acortarse el brazo, con los huesos engrosándose bajo la húmeda y velluda carne. Los pelos subieron brazo arriba hacia el hombro y brillaron con un resplandor rosado claro donde les alcanzaba la luz del sol. Sintió un dolor palpitante en las mandíbulas y en la frente, como si empezasen a apretarle el cráneo con una argolla de hierro. Las lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas. La mano izquierda estaba cambiando, chascando y acortándose los dedos, creciendo en ella pelo y jóvenes garras blancas. Algo les ocurría a sus dientes; se apiñaban sobre su lengua, y sentía que desgarraban las encías. Tenía sabor de sangre en la boca. Estaba aterrorizada, y miró desesperadamente a Karin, pidiéndole ayuda. La pelirroja la miraba fijamente, con ojos vidriosos y goteando sangre de la barbilla.

Para Sakura, olía como el vino tinto que bebían sus padres en copas de cristal, en otra vida. Sus músculos se ponían tensos y temblaban, engrosándose sobre los hombros y a lo largo de la espalda y pelos gruesos surgieron con fuerza en su piel, bajo la raída ropa.

—¡No! —gimió instintivamente Sakura, con el ronco jadeo de un animal asustado—. ¡No..., por favor!

No quería aquello. No podía soportarlo aún y cayó de rodillas sobre la hierba, bajo el peso de los huesos que se doblaban y de los músculos que crecían.

Un momento más tarde, la pelambre que se había enroscado sobre el hombro derecho empezó a retroceder en el brazo. Las garras chascaron y se alargaron para convertirse nuevamente en dedos. Los huesos se enderezaron y los músculos se transformaron de nuevo en los de una muchacha humana. Las mandíbulas y los huesos de la cara crujieron ligeramente al recobrar su forma primitiva. Sintió que los dientes se encogían en los alvéolos, y esto fue tal vez el dolor más fuerte. Y antes de que transcurrieran cuarenta segundos de inicio del cambio, éste se invirtió completamente. Sakura pestañeó, con los ojos irritados por las lágrimas, y miró sus manos humanas y lampiñas. Brotaba sangre de debajo de las uñas. Había desaparecido la extraña pesadez de los nuevos músculos. La lengua tocó dientes humanos y la saliva se tiñó de sangre.

La cosa había terminado.

—Hija de puta —dijo Karin, aunque bastante más aplacada—. No has podido hacerlo, ¿eh? —Se tocó los arañazos de la mejilla y miró la palma ensangrentada de la mano—. Debería matarte —dijo—. Me has marcado. ¡Debería hacerte pedazos, estúpida!

Sakura intentó levantarse pero le flaquearon las piernas y no pudo hacerlo.

—No merece la pena que te mate —decidió Karin—. Todavía eres demasiado humana. Debería dejarte aquí. Seguro que no encontrarías el camino para volver. —Se enjugó la sangre de las heridas rezumantes y se miró de nuevo la palma de la mano—. ¡Mierda! —exclamó llena de irritación.

—¿Por qué... me odias tanto? —consiguió preguntar Sakura—. Yo nunca te he hecho nada.

Karin no respondió de momento, y Sakura pensó que no iba a hacerlo. Pero entonces dijo con voz agria:

—Todos creen que eres "especial". —Pronunció mal la palabra, como si le repugnase—. Kurenai dice que nunca había visto a nadie luchar por su vida como lo has hecho tú y Kakashi tiene puestas en ti grandes esperanzas. —Lanzó un bufido y prosiguió—: Yo pienso que no vales para nada, pero te diré una cosa: tienes suerte. Itachi no cazaba nunca para nadie, ni siquiera para su hermano… Y lo hace por ti, porque dice que no estás preparada para el cambio. Pero yo digo que o te conviertes totalmente en parte de la manada, o tendremos que comerte. Y yo seré quien te parta el cráneo y te chupe el cerebro. ¿Qué dices a esto?

—Yo... digo... —Sakura trató nuevamente de ponerse en pie. Su cara estaba sudorosa. Empezó a levantarse, a fuerza de voluntad y de los doloridos músculos. Casi volvieron a doblársele las piernas, pero acabó por ponerse en pie, respirando fatigosamente, y encaró a Karin—: Creo que... algún día... tendré que matarte —dijo.

Karin se quedó boquiabierta. El silencio se alargó; unos cuervos graznaron a lo lejos. Y entonces la pelirroja se echó a reír —o más bien a gruñir— y la risa le hizo estremecerse y apretar los dedos sobre la mejilla arañada.

—¿Tú? ¿Matarme a mí? —Se echó a reír de nuevo e hizo una mueca de dolor. Sus ojos eran fríos, crueles—. Hoy te dejaré vivir —dijo; dándoselas de misericordiosa; Sakura sospechó que era porque temía a Kakashi—. Ya te he dicho que tienes suerte.

Miró a su alrededor, con los ojos entrecerrados y los sentidos alerta. No había señales del kyuubi, salvo las tumbas abiertas y los huesos rotos. No había huellas en el suelo revuelto ni en la capa de hojas. No había pelos prendidos en la maleza, y la bestia se había revolcado sobre la carne corrompida para disimular su olor. Karin calculó que este sacrilegio contra la manada había sido cometido seis o siete horas antes. Hacía tiempo que la fiera se había marchado. Se apartó unos pasos, se inclinó, y espantó las moscas. Cogió un bracito arrancado que todavía conservaba la mano, y se irguió en toda su estatura. Tocó delicadamente los dedos, examinándolos como si fuesen pétalos de una flor extraña.

—Esto era mío…y de Sasuke —dijo a media voz.

Se agachó de nuevo, levantó unos puñados de tierra, puso el destrozado bracito en el hoyo y lo cubrió cuidadosamente. Apretó la tierra y la revistió de hojas. Permaneció un buen rato sentada en cuclillas mientras las moscas zumbaban alrededor de su cabeza en busca de la carne perdida. Algunas se posaron en su mejilla para chupar la sangre, pero ella no se movió. Contemplaba fijamente, e inmóvil, el montón de tierra y hojas que tenía delante.

Y de pronto se levantó bruscamente. Se volvió de espaldas al arruinado Jardín y se adentró rápidamente en el bosque, sin mirar a Sakura.

Ésta le dejó marchar; conocía el camino de vuelta a casa. Y si se desorientaba, podía seguir el olor de la sangre de Karin. Estaba recobrando las fuerzas, y la cabeza y el corazón habían dejado de palpitar dolorosamente. Contempló el Jardín lleno de huesos y se preguntó dónde yacerían los suyos y quién cuidaría de cubrirlos.

Se volvió, apartó de la mente estas ideas y caminó detrás de Karin, siguiendo su rastro en la mellada tierra.

0—

Aquella noche de abril, había emergido envuelta en sombras de perla y gris oscuro; la niebla era tan espesa que Naruto Uzumaki no podía ver los robles que adosaban el mullido sendero que dividía los densos páramos de la aldea de Kririgakure.

El poblado aún estaba durmiendo a su alrededor, pero no había descanso para ellos. Nunca.

Los aromas estivales de todas las cosas estaban muy difuminados en la densa bruma y el aire ya estaba tibio. Hacia el este, justo por encima de la leve sombra correspondiente al cinturón de pinos situado al final de los pastizales del este, pudo ver el reflejo fluctuante de una luna llena y gibosa, reacia a emerger entre los densos nubarrones. Se veía tan pequeña y plateada como un agujero de plata. Incluso ahora la humedad era una cosa densa, pesada y silenciosa. La niebla desaparecería hacia el amanecer, pero la humedad persistiría.

Para ese entonces, ya deberían haberle encontrado y matado. Aquello que había mutilado a tres campesinos y dos pescadores cerca del arrollo parecía haberse desvanecido en medio de la niebla, como si fuese el viento mismo. Había perdido el rastro de Izumo, Kotetsu y Raido.

Se encontraba solo y únicamente la diminuta luna plateada le estaba mirando. Aspiraba el olor del polvo, la humedad.

Y entonces empezaron los gruñidos.

El corazón le subió a la garganta y él retrocedió un paso al tiempo que sus músculos se ponían en tensión como rollos de alambre. Un nuevo coro de gritos y chillidos se extendió en el vacío de la noche.

—¡Raido-san!

Naruto vio su sombra, abalanzarse contra algo. No. alguien, que había aprestado a empujarle contra uno de los gruesos robles. Naruto corrió hasta él, su corazón palpitaba y la sangre zumbaba en sus venas, pero el cerebro estaba frío. Oyó el chasquido de la espalda del hombre y vio que el cuerpo de Raido Namiashi se estremecía y se ponía rígido. Algo líquido y cálido goteaba entre los castaños cabellos de atrás de Raido y por su cuello, empapando las ropas de éste. Naruto se dio cuenta de que el golpe de aquello –sea lo que fuese- hacia el hombre, se había llevado un buen trozo de cráneo y que los músculos del muerto se habían inmovilizado en la súbita parálisis de los nervios cortados.

Sonó un rugido. Precisamente encima de un hombro de Naruto. Un aliento putrefacto le llegó de pronto. En el segundo que tardó en levantar el rifle, una sombra amorfa había cargado contra él, como una bestia prehistórica.

Dicen que la mirada de la bestia petrifica. Que impide moverse. Que congela la sangre y el aliento hasta que ésta cierra las fauces sobre la garganta de su presa.

Pero Naruto Uzumaki simplemente respondía a aquella incipiente mirada con un destello de recelo y fría meditación en sus orbes azules.

Jiraya le había inculcado que aquellas cosas habían dejado de ser seres humanos; y como tal, no merecían piedad alguna. Y en la naturaleza premeditada de la vida, siempre daba prioridad al cazador ante la presa. Él era el cazador.

Disparó, sin tener más blanco que el brillo rapaz de aquellos ojos y oyó que se rompían huesos. Hubo otro disparo. Y un tercero. Asestaron en los puntos vitales del pecho. El cráneo quedó intacto.

La criatura se retorció. Tenía unos brillantes ojos castaños, brillantes como pozos de odio, unos colmillos blancos y un tosco cuerpo, cubierto de los putrefactos despojos sanguinolentos de sus víctimas. La bestia se sacudió violentamente La boca se abrió de nuevo para repetir aquel horrible sonido. Los ojos se estaban apagando.

Y el muchacho sintió un sobrecogedor escalofrío en su nuca. Conocía éste momento, aquel casi misericordioso instante, en que aquellas bestias, monstruosas e inmisericordes sucumbían ante el gélido abrazo de la muerte, despojándose de su diabólica naturaleza y volviendo a emerger la careta humana, en su frágil constitución. Casi siempre ocurría de ésa manera. Su mente le trajo el recuerdo del gado demonio de Kumo; y el mutilado cuerpo de aquella joven rubia que había emergido de la apestosa pelambre felina, cuando él le decapitó.

Naruto apartó la mirada de aquello. Arrojó el rifle hacia un lado y sujetó con dedos firmes y experimentados la nuca de la bestia. Respiró hondo y torció lo más rápidamente que pudo la cabeza que tenía entre las manos. Oyó el ruido que hacían los huesos al romperse, y el cuerpo de se estremeció.

Cuando se atrevió a mirar de nuevo al monstruo, vio el torso inmóvil y cortado de un lobo con un brazo y una mano humanos.

Una voz le llamó a sus espaldas. Dos siluetas más acudieron. Izumo llevaba su propio rifle colgando hacia un lado y un moretón profundo surcaba su sien. Se detuvo, delante del cuerpo de Raido, desangrándose a sus pies. En silenciosa contemplación, siguió la trayectoria del ataque, encontrándose con el cuerpo de aquella cosa muerta que tenía un brazo de carne blanca.

La bestia de Kirigakure; el Demonio Oculto de la Niebla… Zabuza Momochi, según el informe de Jiraya.

Naruto se sentó en cuclillas, con las rodillas levantadas hasta el mentón. Y en su mente resonó aquella pregunta, escuchada en labios de su mentor. Resonando fuerte, con el eco ambiguo y difuso del pasado. Jiraya, el viejo sannin se lo había planteado a alguien más, pero Naruto nunca supo a quien.

¿Qué es el licántropo a los ojos de Dios?

Y él, tampoco podría contestarlo. Una interrogante más profunda se comenzó a cernir en su mente: ¿Que había sido de aquellos seres, antes de convertirse en bestias? ¿Eran todos seres malditos a los que había que asesinar para liberar su alma?

No podía esperar a preguntárselo a Jiraya. Después de esta misión, esperaba encontrarle en el paso a Amegakure. Este mismo año.


Continuará:


siguiente Capítulo: EN TERRENO MORTAL


N/A:

Saludines estimadas y estimados lectores! bueno, pues un capitulo más y espero que este ultimo párrafo haya servido para aclarar las dudas de ANTOTIS en cuanto a lo de Naruto. Ya la situación se torna más complicada... ya veremos en el siguiente capítulo.

Nuevamente gracias a los nuevos lectores y espero que este fanfic siga siendo de su agrado y continue en sus listas de favoritos.

Nos leemos el viernes!

HIGURASHI´S OUT!