Bueno, antes quisiera aclarar una duda que me comentaron en los reviews sobre la edad de Tigresa y Tai Lung, y la última vez que se vieron… Entre ambos hay tres años de diferencia. La última vez que se vieron, fue cuando Tigresa se coló en la prisión de Shorh-Gom, como cuenta el prologo, y para ese entonces ella tenía quince años y él dieciocho… Creo que eso sería todo, espero haber aclarado las dudas.
Kung fu panda ni sus personajes me pertenece, todo eso es propiedad de Dreamworks
Pasos
La maternidad es hermosa. Si, es hermosamente agotadora... Todos me han hablado de lo lindo de cuidar a un bebé. De lo lindo que es verlo dormir en su cuna, de lo dulce que es darle su primer baño o de aquella conexión única entre una madre y su hijo cuando lo alimenta del pecho. Pero nadie te dice que dormirás la mitad de las horas necesarias, o que tu tiempo de dedicación a ti misma disminuirá considerablemente. Nadie te dice lo difícil que es cambiar un pañal, porque si es difícil, o lo que cuesta lograr que se duerma cuando se ha despertado a las tres de la madrugada.
Sinceramente, es agotador. Por suerte, Po me ayuda bastante. Pero al segundo dia ya parece zombie por la falta de sueño, así que decido levantarme mas veces en las noches y darle mas horas de sueño, además Shifu no me permite entrenar aún... La tercera noche ya no tengo dolores, ni molestias, y cuando los llantos de la bebé me despiertan no dudo en salir de la cama e ir a verla.
Po no estaba a mi lado, supongo que se habrá levantado mas antes. Cruzo el pasillo, a la habitación de enfrente, que cuando niña era mía y ahora pertenece a mi pequeña Lía. Entro y una tierna sonrisa curva mis labios al ver a Po semi-dormido en la mecedora, con una mano sosteniendo la cuna, en donde Lía esta mucho mas espabilada que durante el día.
Tomo a la bebé de la cuna y la sostengo contra mi pecho, con la cabecita sobre mi corazón. Eso la calma y ayuda a que se duerma.
—¿Po?— Lo llamo, sacudiendo su hombro —Po, despierta—.
—Cinco minutos más, pa'—.
Mueve el hombro, soltándose de mi mano, y gira en la mecedora, con el codo en el posa-brazo y la cabeza recargada en la mano vendada... Según Po, Víbora, la doctora y todos los demás, se la quebré en el parto. Aunque no recuerdo haberlo hecho.
Cambio el peso de mi cuerpo de mi pierna derecha a la izquierda, meciendo a Lía en mis brazos. ¿No se supone que los recién nacidos duermen mucho?
—¡Despierta, panda!—.
—¿Que?... ¿Como?... ¡No me dormí!... Duerme mi niña, duérmete ya...
Se despierta con un salto, enderezándose en la silla, y comienza a mecer la cuna... Es cruel, pero no puedo evitar reír cuando voltea a verme y ve a la bebé en mis brazos. Parece cansado, con sueño y cuando quiere arrugar el entrecejo, seguro para reprochar que lo haya despertado de aquella manera, su cabeza se cae hacia delante y murmura incoherencias, antes de volver a enderezarse de un respingo.
—Ve a dormir— Le digo, con voz suave —Yo me encargaré de Lía—.
Echo una mirada de reojo hacia abajo, rogando con encontrarla aunque sea cansada. Pero sus ojitos verde esmeralda están tan abiertos como unos platos y sin rastro de sueño. Po se levanta de la silla, bostezando, y se acerca a nosotras para besar mi frente.
—¿Segura?— Pregunta —Deberías hacer reposo y además yo puedo dormirla—.
—Estoy bien, ya has hecho demasiado— Me coloco de puntitas y le beso la mejilla —Tienes que descansar o Mono te pateará el trasero en el entrenamiento de mañana—.
Le sonrió, burlona, y él me devuelve la sonrisa junto a una ceja arqueada.
—Esta bien— Acepta —Pero si te cansas o necesitas algo me hablas ¿Si?—.
Arqueo una ceja.
—¿Cree usted, guerrero dragón, que no podré con mi propia hija?—.
Se inclina y me besa en los labios, colocando una mano en mi cintura.
—Hasta mañana—.
Acaricia la cabecita de Lía, que arruga la nariz y emite un suave ronroneo, y sale del cuarto... Bien, estamos solas. Yo y mi pequeña, que no parece tener ni la más mínima ganas de dormirse. La paseo por todo el cuarto, le hablo, la cambio de posición en mis brazos e intento alimentándola. Pero una hora después, ella esta igual de despierta y yo tengo una húmeda mancha en el hombro de mi camisola blanca.
Finalmente, la acuesto en la cuna y me siento en la mecedora.
—Bien, niña, creo que te abusas del cariño—.
Bosteza, formando una tierna "O" con su boquita, y se lleva una manito a la boca, pero sus ojitos siguen tan espabilados como hace una hora.
—¿Y si te cuento un cuento? ¿Te dormirás?— Se que no responderá, que tal vez ni siquiera me entiende, pero me gusta hablarle —Había una vez...
Recargo la cabeza en el barandal de la cuna y estiro un brazo en el interior, acariciando su mejilla con la yema de mis dedos mientras relato el cuento de una pequeña guerrera que se me acaba de ocurrir. Para cuando termino, unos minutos después, ella ya esta dormida... Tengo sueño, pero me quedo uno minutos a observarla dormir.
Se ve tan pacifica, tan tierna y adorable, que nadie sospecharía que esta bebé de tan solo días es capaz de sacar de quicio a Grulla, alterar a Víbora, hacer desesperar a Mantis, interrumpir la paz interior de mi padre, angustiar a Mono y despertar a Po de su sueño pesado. Todo a base de llantos.
Esta solo en pañales, por lo que puedo ver todos sus detalles: Las rallas negras de sus brazos, su pancita completamente lisa de pelaje blanco y el manto de pelaje negro, que forma un chaleco en su pecho y la mitad de su espalda, cubriendo los hombros... Po dice que es más parecida a mí, con sus rayas y aquella cola larga como la de un felino. Pero creo que también se parece mucho a él, con el pelaje tan suave como el de un oso y las pequeñas zarpas.
En fin, es una mezcla de ambos. Tiene características felinas, así como las de un oso panda, que la hacen hermosa. Solo por ser única.
—Duerme bien, pequeña—.
Con extremado cuidado de no hacer ni el más mínimo ruido, me levanto de la mecedora y camino de puntitas hasta la puerta. Pero antes de salir, no puedo evitar detenerme y echar una mirada por encima del hombro... Por un momento, me imagino este cuarto años atrás. Donde está la cuna, junto a la pared de la derecha, habría un baúl de madera con varias muñecas de trapo, pergaminos que solía traerme a mi cuarto (que luego devolví) y las fichas de madera con las que jugaba de niña. Junto a la pared de la izquierda, donde esta el cambiador de la bebé, estaba mi cama y junto a esta la mesita de noche. En la pared de enfrente, a la esquina derecha, el armario es lo único que sigue en su lugar, pero con ropa de bebé, y en la esquina a la derecha de la puerta estaría un espejo de cuerpo completo.
Este cuarto no es solo mi infancia, si no el lugar en los que más recuerdos guardo. Tanto lindos, como malos. Recuerdo las pesadillas sobre el orfanato, donde los niños me apuntaban y llamaban monstruo, recuerdo las guerras de cosquillas, recuerdo aquellas charlas hasta tarde y también peleas infantiles. Entonces, es cuando unos ojos ambarinos aparecen en mi mente y prefiero volver a la realidad, completamente alejada de aquel oscuro e indeseado recuerdo.
No es hasta entonces, que me doy cuenta que tengo la mano izquierda sobre las cicatrices de mi brazo derecho y me apresuro a apartarla. Arrugo el entrecejo y sacudo la cabeza, liberándome de aquellas imágenes, para luego salir del cuarto.
Cruzo el pasillo, entrando en mi habitación, y me acuesto junto a Po, que ya esta roncando, no sin antes dejar un pequeño beso en su mejilla. Nos cubro a ambos con la manta y utilizando su brazo como almohada, cierro los ojos para dormir... Pero no pasan ni diez minutos, cuando unos potentes llantos me hacen pegar un salto.
—¡Po! ¡Tigresa! ¡Buda o quien sea! ¡Que alguien calle al bebé!—.
Oigo gritar a Grulla desde su cuarto, notablemente molesto, seguido de la voz de Víbora, reprendiéndolo por su falta de comprensión.
Gruño, molesta, a la vez que vuelvo a hacer a un lado la manta y salgo de la cama.
—¡Tigresa, la niña!— Grita Mono, cuyo cuarto esta junto al de Lía.
Parece exageradamente preocupado.
—¡Ya la oí, chango! ¡No estoy sorda!—.
A paso pesado, gruñendo algunas palabras un poco ofensivas al macaco llorón y al ave casca-rabias, salgo de mi cuarto y me dirijo al de Lía... Esta promete ser una larga noche.
Y con algo de esfuerzo, organización y paciencia, logramos "sobrevivir" los primeros tres meses... Shifu y el Sr. Ping son los perfectos ejemplos de abuelos consentidores. Víbora quiere estar a cada rato con su sobrina y todo los días me invento alguna excusa para no dejarla que la utilice de modelo en miniatura. Mono comienza a exasperarme, es un exagerado y cada vez que escucha a Lía llorar se altera con posibles dolores o malestares de la bebé. Mantis es un inmaduro, siempre que volteo le hace muecas a Lía para molestarla.
—Tigresa—.
Estaba en la cocina, preparando el biberón para Lía, cuando escuché la voz de Mono.
Dejo el biberón en la mesa junto a la cocina y apago el fuego (si, luego de bastante practica aprendí a calentar la comida sin quemar nada). Cuando volteo a ver, Mono me señala con un asentimiento de cabeza la silla alta donde minutos atrás he sentado a Lía. Ella esta haciendo pucheros y Mantis esta parado en la bandejita, mostrando la lengua y poniendo ojos bizcos.
—¡Mantis!—.
El bicho grita como una nenita y de un salto se voltea a verme.
—Ti... Ti... Tigre... Sa—.
Le tiemblan las patas y esta sudando. Gruño y le dirijo un mirada de "vas a morir". Tomo el trapo que cuelga de la cocina entre mis manos y lo enrollo hasta tensarlo, para luego soltarlo en su dirección, como si fuera un látigo.
Mono hace una mueca de dolor, algo burlona, y ahoga una carcajada al ver al insecto volar hasta chocar con la puerta cerrada y caer al suelo.
—Para que dejes de molestar a Lía— Murmuro.
Y estoy por voltear de nuevo, pero una tierna risita me interrumpe y me detengo en seco... Lía esta riendo, a carcajadas, y golpea sus palmitas en la bandeja de la silla. Es la primera vez que la oigo ríe a carcajadas y me es imposible reprimir la sonrisa boba que curva mis labios. La primera risita de mi bebé.
—Oh, es tan linda—.
Mono sorbe por la nariz y se limpia una inexistente lágrima. Arqueo una ceja en su dirección y le doy un zape en la parte posterior de su cabeza, por tarado.
Es tan lindo escucharla reír por primera vez y verla estirar sus bracitos hacia mí, que camino hacia ella y la levanto en mis brazos, estampando un sonoro beso en su mejilla... Es mi nena, mi bebé, mi vida. Dia a dia la veo crecer. Cada vez más bonita. Es risueña como su padre, aunque se enoja peor que yo, y con el correr de los días, sus rasgos felinos son más notorios que los de oso. ¡En tu cara, panda!
—¡Hey! ¿Que se festeja?—.
La puerta se abre, dejando ver a Po y Shifu.
—Lía se ha reído— Contesta con simpleza Mono.
Pero para mi es algo hermoso e importante, algo que recordar. Lo se, parezco esas madres empalagosas.
—Y que le ha causa tanta gracia a mi princesa ¿Eh?—.
Po camina hacia nosotras, ofreciendo sus brazos a Lía, que vuelve a reír y se mueve en mi agarre, pidiendo ir con su padre... Sin preguntar, Po sujeta a Lía por debajo de los brazo y la levanta, para luego sujetarla contra su pecho. Lo miro, arqueo una ceja y ruedo los ojos. Desde que nos reconoce a todos, Lía prefiere estar con Po antes que conmigo. Esté con quien esté, si ve a su padre inmediatamente exige ir con él. Eso no es justo y para ser sincera conmigo misma, me da un poco de celos.
¿Por qué el si y yo no?
—¿Que sucede?— Pregunta Po.
Lo miro... lo miro... y lo miro, sin decir nada. Lía se ha aferrado con sus bracitos a él, como si temiera que la sacaran de aquellos brazos, con su cabecita recostada en su pecho, y no puedo evitar el nudo en la garganta.
—Nada. No pasa nada—.
Estira una mano hacia mi mejilla, pero lo esquivo y me apresuro a tomar asiento en una de las sillas, ignorando las miradas confusas de los demás... Me mantengo neutra, conversando sobre temas sin mucha relevancia con mi padre, mientras Po prepara los fideos, con Lía placidamente dormida en su brazo izquierdo.
El mal humor no me dura mucho, ya que no puedo reprimir una sonrisa a ver a Lía sonreír y ronronear en dormida. Bueno, no es como que el pelaje del panda no sea suave, cómodo y calentito. El pensamiento trae imágenes un poco inapropiadas a mi mente y mis mejillas se calientan por el sonrojo, por suerte nadie lo nota... Cuando ya falta veinte minutos para que los fideos estén listos, cada quien se sientan en su lugar y Mantis va a llamar a Víbora y Grulla, que supuestamente quedaron en el salón de entrenamientos, aunque se demoran demasiado y cuando llegan, Mantis tiene la marca de un coletazo de la reptil.
—¿Que te pasó?— Pregunta Mono.
Mantis dirige una rápida mirada a Víbora, que como única respuesta entre cierra los ojos y le sisea.
—Nada. Me caí y me golpee la cara con el suelo— Responde el bicho.
Mono le responde no-se-que, pues no les presto atención. Sentada en mi lugar, observo como Po va y viene por la cocina cerca peligrosamente cerca de la hoya de fideos, mientras sostiene a Lía únicamente con su brazo izquierda... ¡La puede tirar! Pero cuando le pregunto si puede pasarme a la bebé, niega y responde que no es necesario. Al parecer, no se da cuenta que solo quiero a mi bebé sana y sala en mis brazos.
—Tigresa ¿Estas bien?— Pregunta Víbora.
No es hasta entonces que caigo en cuenta de que tengo el entrecejo arrugado y las manos cerradas en puños. No le respondo, me levanto de la silla y camino hasta pararme frente a Po, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Podrías pasarme a Lía?— Pregunto, con un tono mas amable del que me gustaría.
Mira de reojo a Lía, que duerme placidamente en su brazo, y luego vuelve la mirada hacia mi.
—¿Que tiene? Esta dormida—.
—Entonces, déjame acostarla en la cuna—.
—No, no es necesa...
—¡Panda!— No se por qué me molesta, pero no lo puedo evitar —Vas y vienes por la cocina, sostienes a Lía con un solo brazo ¡Se te puede caer! Así que, si no es mucha molestia ¿Me la darías, así puedo ponerla en su cuna?—.
Me mira, inexpresivo, como si estuviera meditando mis palabras. La cocina entera se ha sumido en un pesado silencio y la falta de respuesta de Po comienza a exasperarme. Finalmente asiente, sin decir nada, y evitando mi mirada coloca con delicadeza a Lía entre mis brazos... Emite unos suaves quejidos y se mueve en mis brazos, pero se calma cuando coloco su cabecita sobre mi corazón y vuelve a dormir. No miro a nadie, tan solo giro sobre mis talones y salgo de la cocina.
Me tomo mi tiempo en ir hasta las barracas, tarareando una suave melodía cada vez que Lía amenaza con despertarse... No se que me pasa. Me siento insegura, casi asustada, cuando no tengo a Lía en mis brazos. Es como si un mal presentimiento se apoderara de mi, volviéndome paranoica. Suspiro ante el pensamiento, expulsando el aire que inconcientemente he acumulado en mis pulmones. Supongo que le debo una disculpa a Po, no debí hablarse así.
En cuanto pongo un pie en el pasillo de las habitaciones, un estremecimiento me eriza los pelos de la nuca y automáticamente me invade la sensación de ser observada. Lo ignoro y sigo caminando, con Lía placidamente dormida en mi pecho, pero el crujir de una madera me detiene a mitad del pasillo.
Mi corazón se acelera, golpeando dolorosamente contra mi pecho, y Lía emite un quejido. Le palmeo la espalda, haciéndola callar, y agudizo el oído. Trato de concentrarme, solo escucho mi respiración y el suave ronroneo de Lía, por lo que me digo que solo es mi imaginación y cuento mentalmente hasta diez para calmarme, pero cuando llego a siete, escucho otro ruido. Son pasos, lentos y pesados.
Vienen del cuarto de Lía.
No se si ir a ver o ir a buscar a los demás, no porque tenga miedo, si no porque tengo a Lía en mis brazos.
Con pasos ligeros, sin hacer ningún ruido, camino por el pasillo y me detengo frente a la puerta de Lía. Aún se escuchan los pasos, caminan por el cuarto, como explorándolo. Sea quien sea, no sabe que estoy aquí. Sostengo a Lía solo con el brazo derecho, sujeto el picaporte con la mano izquierda y con un brusco movimiento, deslizo la puerta a un lado. Pero no hay nadie. El cuarto esta a oscuras, silencioso, y sin ninguna señal de que haya andado alguien.
No era nada. Solo es tu imaginación. Me repito una y otra vez, pero cuando me acerco a la cuna veo que hay cuatro fichas de madera paradas, una detrás de otra, sobre el barandal. Son mis fichas, con las que Shifu me enseñó a controlar la fuerza cuando niña, pero si mal no recuerdo, se supone que están guardadas en el armario de mi cuarto ¿Como llegaron aquí?...Y la respuesta llega a mí en forma de dos nombres: Mono y Mantis. Es entonces cuando cualquier temor que haya tenido hace unos minutos es remplazado por un bajo gruñido y ganas de golpear al macaco y el insecto.
¡Les he dicho miles de veces que no tocaran mis cosas! ¡Y cientos de veces los he golpeado por hacerlo! Es que nunca aprenden los muy inmaduros... Acomodo a Lía en la cuna, arropándola con las mantas y poniendo las almohadas a sus costados de tal manera que simulen los brazos de alguien, para que duerma mas tranquila (Pequeño y útil concejo del Sr. Ping).
—Duerme, pequeña—.
Tomo las fichas del barandal y sin hacer ruido alguno salgo del cuarto, no sin antes echar una mirada a la ventana y asegurarme de que el seguro esté bien puesto... De seguro solo eran Mono o Mantis los que andaban aquí, tal vez buscando algo para una de sus bromas o desafíos. Aunque cuando salgo al pasillo, noto que el aire esta impregnado con un olor raro. No reconozco de qué o quien es, pero me es familiar y extrañamente no me da motivos para desconfiar, por lo que no le presto mucha atención.
Entro en mi cuarto y guardo las fichas en el primer cajón de la mesita de noche, para luego volver a la cocina... Durante el camino, no puedo sacarme de la cabeza el sonido de esas pisadas. Si bien en un principio pensé que eran de Mono o de Mantis, pero eran demasiado pesadas para ser de cualquiera de los dos. En más de una ocasión, me detengo en medio del camino y dudo si volver a ver a Lía o no, pero entonces me digo que solo estoy exagerando y sigo caminando.
Finalmente llego hasta la cocina y estoy por abrir la puerta, pero los murmullos de los demás me detienen. Hablan bajo, como si no quisieran que alguien mas los escuchara, así que me quedo tras la puerta a medio-cerrar y agudizo el oído, tratando de escuchar de escuchar algo.
—¿Cree que Tigresa deba saberlo?—.
Es la voz de Po la que pregunta, parece mas serio de lo usual e incluso preocupado.
—Supongo que si— Contesta Víbora —Después de todo, a ella también le...
—No— La voz de mi padre es severa —Tigresa no tiene porqué saberlo, no ahora—.
¿Que se supone que no debo saber?... Quiero entrar y preguntarles. Pero de alguna manera, sé que si lo hiciera me contestarían con evasivas.
—Con todo respeto, maestro, creo que ella si tendría que saberlo— Replica Víbora.
—No le dirán nada y es una orden ¿Entendido?—.
Por unos segundos, todos guardan silencio, para luego responded a coro un "si, maestro".
—¿Pero es posible que él haya...?
Grulla deja la pregunta al aire y un pesado silencio le siguen. Nadie contesta y luego de unos minutos, sé que han dado la charla por terminada... No puedo reprimir el gruñido que escapa de mi garganta y soy conciente de que he clavado las garras en la puerta. Esto es indignante. ¿Me creen tonta o que carajos? No entiendo qué puede ser tan "grave" para que me lo ocultaran. Igualmente, voy a averiguarlo.
Abro del todo la puerta y entro, azotándola al cerrarla. Todas las miradas se posan en mí, pero las ignoro y me dirijo a mi silla.
—¿Sucede algo, hija?— Me pregunta Shifu.
Me fuerzo a ablandar el semblante y le dirijo una amable sonrisa, o lo intento.
—No, padre. No sucede nada—.
Mi padre no contesta y agradezco que así sea, no quiero hablar con él. Ni con él, ni con nadie.
Continuará...
Y bueno, hasta aquí todo. Cualquier duda, sospecha, idea u opinión me la dejan en un review...
