Saludines! bien, un capitulo más y, bueno este esta levemente larguito así que, sentaos cómodamente y... a leer se ha dicho!
Capítulo 11
KYUUBI
Durante la noche amainó la tormenta. Pasó de largo dejando el bosque cubierto de montones de nieve de dos metros y medio de altura y los árboles con las ramas dobladas por el hielo ártico. Un frío que se calaba hasta los huesos siguió a la ventisca, y el día amaneció blanco, con el sol oculto detrás de nubes del color del algodón mojado.
Era la hora de almorzar.
—¡Menudo frío que hace! —dijo Karin mientras caminaba dificultosamente con Sakura por aquel desierto blanco donde solía estar la verde maleza.
Sakura no le respondió; se gastaba demasiada energía al hablar y tenía heladas las mandíbulas. Miró atrás, hacia el palacio blanco; estaba a unos cincuenta metros, pero era casi invisible en aquella blancura.
—¡Maldito sea este sitio! —dijo Karin—. ¡Maldita sea toda la manada! ¿Quién se imagina que es Kurenai para darme órdenes cómo a una sirvienta?
—No encontraremos nada si armas tanto ruido —dijo Sakura a media voz.
—¡Por aquí no hay nada vivo! ¿Cómo vamos a encontrar comida? ¿Tenemos qué crearla? ¡Yo no sé hacer milagros! —Se detuvo, husmeando el aire; le escocía la nariz debido al frío y no podía oler bien—. Si Kurenai es la encargada, ¿por qué no va ella a buscar comida? ¡A ver, contéstame a eso!
No hacía falta contestar nada. Habían echado a suertes —los que sacasen las ramas más cortas del fuego— lo de ir a buscar el desayuno. Sakura había sacado la rama más corta, y Karin la siguiente.
—Aquí —siguió diciendo Karin— todo bicho vivo está enterrado en su agujero, para mantenerse caliente. ¿Qué podemos hacer nosotras? Huele el aire. ¿Lo ves? ¡Nada!
Como para demostrar lo equivocada que estaba Karin, una liebre de pelaje gris cruzó de pronto la nieve delante de ellas, dirigiéndose a un grupo de árboles medio enterrados.
—¡Allí! —dijo Sakura—. ¡Mira!
—Tengo hielo en los ojos.
Sakura se detuvo y miró a Karin reacomodarse las gafas.
—¿No vas a transformarte? Si lo haces, puedes alcanzarla.
—¡Claro que no! —Las mejillas de Karin se habían puesto coloradas—. Hace demasiado frío para el cambio. Se me helaría el trasero, si no se ha helado ya.
—Si no cambias, no cazaremos nada —le advirtió Sakura—. ¿Tanto te costaría dar alcance a ese conejo, si...?
—Oh, ¿ahora vas a ser tú la que me dé órdenes? —le gritó Karin—. Escucha, niñata inútil: tú sacaste la rama más corta. Transfórmate y atrapa algo. ¡Ya es hora de que hagas algo de provecho!
Sakura se sintió herida porque sabía que había algo de verdad en ello. Siguió caminando, con los brazos cruzados para darse calor, y la nieve helada crujiendo bajo sus sandalias.
—Bueno, ¿por qué no te transformas? —le pinchó Karin, con ganas de pelea. Caminó detrás de la joven de pelo rosa—. ¿Por qué no te transformas para poder cazar conejos y aullar a la maldita luna como todos?
Sakura no respondió; no sabía qué decir. Buscó a la liebre con la mirada, pero había desaparecido entre la nieve. Miró hacia atrás, al palacio blanco, que parecía flotar como un espejismo lejano entre la tierra y el cielo bañados del mismo color. Empezaron a caer de nuevo grandes copos, y si Sakura no hubiese tenido tanto frío ni se hubiese sentido tan inútil, habría pensado que eran hermosos.
Karin se detuvo a pocos metros de ella y se sopló las manos. Tenía nieve en los rojizos cabellos y en las pestañas.
—Tal vez a Kakashi y a Kurenai les gusta esta vida —dijo amargamente—, y tal vez también a Ino; pero, ¿qué eran ellos antes? Yo estaba casada con un pescador. Nos dirigíamos a la boda de su hermano. Le dije a Suigetsu que se había equivocado de camino. ¿Crees que me escuchó? Desde luego que no. —Sacudió la cabeza y los copos de nueve resbalaron por su rostro—Suigetsu murió durante el cambio. Fue..., oh, hace seis primaveras, me parece. En todo caso, no valía mucho como hombre; habría sido un lobo lastimoso. Pero yo le quería. —Sonrió, pero con una sonrisa fugaz. Karin observó una vez más el cielo y cómo caía la nieve—. A mí me incorporaron a la manada como reproductora. Por la misma razón que te trajo Itachi.
—¿Cómo reproductora?
—Para procrear —le explicó Karin—. La manada necesita cachorros, para perpetuarse. Pero los bebés no viven. —Se encogió de hombros—. Tal vez Dios sabe lo que se hace, a fin de cuentas. —Miró hacia los árboles, donde se había escondido la liebre—. Escucha a Kakashi o a Kurenai y te dirán que esta vida es muy noble y que deberíamos estar orgullosas de lo que somos. Yo no encuentro nada noble en tener pelo en el culo y roer huesos sanguinolentos. Es una vida miserable. —dio una patada hacia un cúmulo de nieve—. Espera a que entres en celo —susurró amargamente— y será la única razón por la que el estúpido de Itachi te siga, igual que Sasuke. Esto es una mierda; no me importa lo que diga Kurenai, yo nací humana y te aseguro que soy humana.
Se volvió y empezó a caminar dificultosamente los cincuenta metros que les separaban de las paredes del palacio blanco.
—¡Espera! —gritó Sakura—. ¡Espera, Karin!
Pero Karin no esperó. Miró por encima del hombro a Sakura.
—Transfórmate y tráenos un conejo sabroso —dijo con acritud—. Si tienes suerte, tal vez puedas encontrar algunas perdices gordas. Yo me vuelvo e iré a buscar a...
Karin no terminó la frase, porque en aquel instante, lo que parecía ser un montón de nieve a pocos pasos de distancia a su derecha se abrió y salió de él el lobo grande y naranja, cerrando las mandíbulas sobre la pierna de Karin.
Los huesos se rompieron con unos chasquidos que parecían disparos de pistola al derribar el kyuubi a Karin y rasgarle la carne en rojos jirones. Karin abrió la boca para gritar, pero sólo brotó de ella un jadeo ahogado. Sakura se quedó pasmada, con la cabeza dándole vueltas. El kyuubi había estado esperando bajo la nieve y asomando sólo la nariz para respirar, o se había abierto paso bajo los montones para tenderles una emboscada. No era momento de pensar lo que habría sido de Kakashi, Ino o Itachi. Ahora lo único real era que el kyuubi descuartizaba la pierna de Karin y vertía su sangre sobre la nieve.
Sakura empezó a gritar para pedir ayuda; pero cuando llegasen Kurenai y Sasuke, si le oían, Karin estaría muerta. El kyuubi soltó la pierna destrozada de Karin y le mordió en el hombro, mientras la joven luchaba desesperadamente por mantener los colmillos lejos de su cuello. Karin estaba pálida como la muerte y sus ojos desorbitados por el terror.
Sakura miró hacia arriba. Había una rama recubierta de hielo a un metro por encima de su cabeza. Saltó, la agarró, y la rama se rompió en sus manos. El kyuubi, con los dientes hundidos en los músculos del hombro de Karin, no le prestó atención. Sakura saltó entonces hacia delante, afirmó los talones dentro de la nieve y clavó la afilada punta de la rama en uno de los ojos rojos del kyuubi.
El palo saltó el ojo de la fiera, y el lobo soltó el hombro de la pelirroja con un rugido de dolor y rabia. Al tambalearse hacia atrás y sacudir la cabeza para mitigar el dolor, Karin trató de alejarse a rastras. Pero sólo se había arrastrado un par de metros cuando se estremeció y desmayó, con la pierna y el hombro destrozados. El kyuubi mordió estúpidamente el aire y, con el ojo que le quedaba, encontró a Sakura.
Algo pasó entre ellos; Sakura pudo sentirlo tan fuerte como las palpitaciones de su corazón y la sangre que fluía por sus venas. Tal vez era una comunión de odio o un reconocimiento instintivo de inminente violencia; pero fuera lo que fuese, Sakura lo comprendió perfectamente y agarró la afilada rama como una lanza cuando el kyuubi se arrojó hacia ella sobre la nieve. El lobo naranja abrió las mandíbulas de par en par y preparó las vigorosas patas para el salto. Sakura se mantuvo firme. Le temblaban los nervios y su instinto humano le apremiaba para echar a correr, pero el lobo que llevaba dentro esperó con frío discernimiento. El kyuubi hizo una finta hacia la izquierda, que Sakura captó inmediatamente, y se lanzó sobre la joven.
Sakura se hincó de rodillas, bajo aquel cuerpo enorme de afiladas garras, y levantó el palo. Éste se hundió en el vientre blanco del kyuubi al caer sobre la chica. El palo se partió por la mitad, con la punta profundamente clavada en el vientre de la bestia, y el lobo se retorció en el aire, golpeando con una de las patas delanteras la espalda de Sakura y clavando dos garras en la ropa, Sakura sintió como si le hubiesen dado con un martillo; cayó de bruces sobre la nieve y oyó que el kyuubi gruñía al caer sobre el vientre a pocos metros de distancia. Sakura torció el cuerpo, llenando de aire frío los pulmones, y se enfrentó a la bestia antes de que ésta pudiese saltar sobre su espalda. El lobo tuerto se había puesto en pie, con el palo tan hundido en el vientre que casi no se veía. Sakura se levantó y sintió que sangre cálida goteaba por su espalda. El kyuubi se movió hacia la derecha, colocándose entre Sakura y el palacio blanco. El palo que ahora sostenía con la mano derecha tenía unos veinte centímetros de largo, la longitud de un cuchillo de cocina. El kyuubi resopló, fintó de nuevo a un lado y a otro, cerrando el paso a Sakura para que no corriera hacia la casa.
—¡Auxilio! —gritó la muchacha hacia el palacio blanco, con la voz ahogada por la nieve que caía—. ¡Kurenai! ¡Ayud...!
La bestia se lanzó hacia adelante y Sakura dirigió el palo contra el otro ojo. Pero el kyuubi se detuvo y giró hacia un lado, levantando nieve con las patas, y el palo sólo encontró el aire vacío. El lobo torció el cuerpo, pasando alrededor del lado no protegido de Sakura, y saltó sobre ella antes de que pudiese volver a clavarle el trozo de palo.
El kyuubi chocó contra la muchacha. Sakura se imaginó el tren de mercancías, con el faro encendido, al rodar cuesta abajo por la vía. Cayó al suelo como un muñeco de trapo, y se habría roto la espalda de no haber sido por la nieve. Se quedó sin aliento y con el cerebro aturdido por el golpe. Olió a sangre y a saliva animal. Un peso brutal le oprimió el hombro, sujetándole la mano y el palo. En la confusión que le producía el dolor, vio las fauces del kyuubi encima de ella y los colmillos que se abrían para hacer presa en su cara y arrancarla del cráneo como un trapo. Tenía atrapado el hombro y los huesos a punto de saltar de sus articulaciones. El lobo se inclinó hacia delante, tensos los músculos de los flancos, y Sakura olió la sangre de Karin en su aliento. La fiera abrió más la boca para aplastarle el cráneo.
Dos manos humanas, sujetaron las mandíbulas del kyuubi. Karin se había levantado y había saltado sobre el lomo del animal. Con el rostro contraído por un rictus de dolor, gritó:
—¡Corre! —mientras torcía la cabeza de la bestia con toda su fuerza.
El kyuubi se sacudió, pero Karin le sujetaba con firmeza. El animal cerró la boca, y los dientes se clavaron en las manos de Karin. Sin el peso en sus hombros, Sakura levantó el brazo, crujiéndole los huesos, y clavó el palo afilado en el cuello del kyuubi. Se hundió ocho centímetros antes de encontrar un obstáculo y romperse de nuevo. El lobo lanzó un aullido y se estremeció de dolor, exhalando un vaho carmesí. Sakura salió de debajo del animal, que se echó atrás y trató de sacudirse a la pelirroja de la espalda.
—¡Corre! —gritó de nuevo Karin, sujetándose con las ensangrentadas uñas.
Sakura se levantó, cubierta de nieve. Empezó a correr, y lo poco que quedaba del palo roto se le cayó de la mano. Copos de nieve giraron a su alrededor, como ángeles danzantes. Le dolían los músculos del hombro. Miró hacia atrás y vio que el kyuubi se sacudía con violento frenesí. Karin salió despedida. El lobo se aprestó para saltar sobre el cuerpo de la pelirroja y acabar con ella, pero Sakura le detuvo.
—¡Eh! —gritó, y el kyuubi volvió la cabeza hacia ella, echando chispas por su único ojo.
Algo se inflamó también dentro de Sakura. Sintió como un fuego que se hubiese encendido en el fondo de su ser, y para salvar la vida de Karin —y la suya propia— tendría que sumergirse en aquellas llamas abrasadoras y agarrar lo que se hubiese forjado en ellas.
"Lo quiero", pensó, y fijó en su mente la imagen de una mano que se retorcía en una garra. Creyó oír un gemido interior, como si se hubiese desatado un vendaval. Pinchazos de dolor subieron por su columna vertebral. "Lo quiero." Brotó vapor de sus poros. Se estremeció, y una presión estrujó sus órganos.
El kyuubi le observaba, paralizado por la visión, con la boca todavía abierta, y presto a romper el cuello de Karin.
Sakura levantó la mano derecha. Estaba cubierta de pelos finos y rosáceos, y los dedos se habían encogido en zarpas blancas. "Lo quiero." El pelaje se engrosó y extendió por su brazo. La mano izquierda estaba cambiando. Sentía como si una argolla de hierro le ciñese la cabeza, y su mandíbula inferior se alargaba con secos chasquidos. "Lo quiero."
Ahora no podía volver atrás, no se podía negar al cambio. Se despojó de su ropa, que cayó sobre la nieve. Apenas se había quitado las sandalias cuando sus pies y piernas empezaron a deformarse. Esto le hizo perder el equilibrio y cayó sentada.
El kyuubi olió el aire, lanzó un gruñido y observó cómo tomaba forma aquella cosa.
El pelo se extendió sobre el pecho y los hombros de Sakura. Se entrelazó en el cuello y le cubrió la cara. Las mandíbulas y la nariz se estaban alargando en un hocico, y los colmillos surgieron violentamente, desgarrándole las encías. Músculos y huesos chasquearon y Sakura se estremeció bajo en intermitente dolor de las articulaciones. Exhaló un estridente grito de agonía en el momento en que la cola brotó desde la rabadilla. Las orejas se cubrieron también de pelo y empezaron a tomar una forma triangular. El dolor se intensificó, y entonces disminuyó rápidamente. Sakura iba a llamar a Karin para decirle que se alejase a rastras; abrió la boca y brotó de ella un estrepitoso aullido que le asustó.
Dio gracias a Dios de no poder verse, pero la impresión que se reflejó en el ojo del kyuubi fue lo bastante elocuente. Había querido el cambio, y éste se había producido. Se había transformado totalmente. Vio que el kyuubi le volvía la espalda y empezaba a inclinarse de nuevo sobre Karin, que se había desmayado y era incapaz de defenderse. Sakura saltó hacia delante, pero se le enredaron las patas de delante con las de atrás y cayó sobre el vientre. Se levantó de nuevo, vacilando como un cachorro recién nacido. Gritó al kyuubi, pero el grito no fue más que un delicado aullido que ni siquiera llamó la atención al lobo naranja. Sakura saltó torpemente sobre la nieve, perdió pie y cayó una vez más, pero entonces estaba ya junto al lobo e hizo algo sin pensarlo: abrió la boca y clavó los colmillos en la oreja del kyuubi. El animal gruñó furiosamente y volvió la cabeza a un lado. Entonces Sakura le arrancó la oreja de raíz. El kyuubi se tambaleó, aturdido por el nuevo dolor, giró enloquecido, mordiendo el aire. Sakura se volvió, casi perdiendo de nuevo el equilibrio por el impulso de la cola, y echó a correr.
Pero las patas le traicionaron. Tenía el suelo debajo de su cara y toda perspectiva le resultaba extraña. Tropezó, resbaló en la nieve sobre el vientre, se levantó y trató de huir, pero dar el ritmo adecuado a cuatro patas y balancear la cola era todavía un misterio para ella. Oyó el ronco aliento del kyuubi a sus espaldas y comprendió que estaba a punto de saltar; hizo una finta hacia la izquierda y giró hacia la derecha, perdiendo una vez más el equilibrio. El kyuubi saltó más allá de ella, levantando un cúmulo de nieve al intentar cambiar de dirección. Sakura, con los rosados pelos del lomo erizados, se levantó trabajosamente, e hizo un regate violento, con una sorprendente agilidad. Oyó el chasquido de unos colmillos al cerrarse las mandíbulas del kyuubi cerca de su flanco. A Sakura le temblaron las patas pero se volvió de cara al anaranjado animal, con la nieve girando en el aire entre los dos. El kyuubi se lanzó contra ella, exhalando vaho y sangre. Sakura se quedó plantada, con las patas entumidas y el corazón a punto de estallar. El kyuubi, esperando que la hembra de pelaje rosado hurtase el cuerpo hacia un lado o hacia el otro, se detuvo de pronto y afirmó las patas en la nieve. Sakura se incorporó entonces sobre las de atrás, como un ser humano, y saltó hacia delante.
Abrió las mandíbulas, en un movimiento instintivo, las cerró sobre el hocico del kyuubi y hundió los colmillos en la pelambre y en la carne, hasta los cartílagos y los huesos, al tiempo que levantaba la pata delantera izquierda en un furioso arco y clavaba las uñas en el ojo que le quedaba a la fiera.
Ésta aulló, cegada, y sacudió el cuerpo para quitarse de encima a la inexperta loba; pero Sakura no se soltó. El kyuubi se levantó sobre las patas de atrás, vaciló un solo instante y se dejó caer sobre Sakura. Ésta sintió que se rompía una costilla y sintió un dolor terrible, pero la nieve volvió a salvarle la espina dorsal. El kyuubi se levantó de nuevo tanto como pudo, y entonces Sakura soltó el sangrante hocico y se apartó renqueando y con el rabo entre las patas, mientras el dolor de la costilla rota le dejaba casi sin respiración.
El kyuubi daba zarpazos al aire con ciego furor. Corrió en un círculo, tratando de encontrar a Sakura, y se dio la cabeza contra el tronco de un roble. Aturdido, giró en redondo, cerrando inútilmente los colmillos. Sakura se apartó de él, dejando una buena distancia entre los dos, y se plantó cerca de Karin, encogidos los hombros para mitigar el dolor de su pecho. El kyuubi lanzó una serie de furiosos aullidos, y después volvió la cabeza a derecha e izquierda, buscando un olor con su aplastada nariz.
Una forma negra corrió sobre la nieve y se lanzó de cabeza contra el flanco del kyuubi. Las uñas de Sasuke arrancaron mechones de pelos naranjas y jirones de carne, y el kyuubi fue a parar entre una maraña de espinos. Antes de que pudiese agarrarlo, Sasuke se apartó de un salto y dio una vuelta con cautela. Una loba, de pupilas carmesí, surgió al otro lado del kyuubi, y Kurenai le clavó una zarpa en el costado. Al volverse la fiera contra ella, Kurenai se echó atrás de un salto y Sasuke hizo presa con los dientes en una pata de atrás del kyuubi. Sacudió la cabeza y la pata dio un chasquido y se rompió. El lobo naranja se tambaleó sobre tres patas. Kurenai le arrancó con los dientes la oreja que le quedaba. Saltó hacia atrás al levantar el kyuubi una zarpa, pero los movimientos de éste se estaban volviendo lentos. Dio unos pasos en una dirección, se detuvo y se volvió en dirección contraria, dejando un rastro rojo sobre la nieve.
Pero era vigoroso. Sakura observó desde lejos cómo le agotaban entre Kurenai y Sasuke, matándole de mil mordeduras y arañazos. Finalmente el kyuubi trató de huir, arrastrando la pata rota detrás de él. Pero Sasuke lo embistió por el flanco, haciéndolo caer al suelo, y le aplastó una pata de delante con las mandíbulas, mientras Kurenai le agarraba la cola. El kyuubi intentó levantarse, pero Sasuke le clavó las uñas en el vientre y se lo rasgó con una habilidad que casi resultó hermosa. El kyuubi se retorció sobre la nieve ensangrentada. Sasuke se lanzó sobre él y clavó sus colmillos en el cuello indefenso del lobo naranja. El kyuubi ya no contraatacó. Sakura vio que Sasuke tensaba los ágiles músculos; entonces soltó el cuello del monstruo y se alejó. Él y Kurenai miraron a Sakura.
De momento no comprendió por qué Sasuke no había partido el cuello del kyuubi. Pero lo entendió al ver que los dos lobos le miraban impasibles: le estaban ofreciendo la matanza.
—Vamos —dijo Karin, en un ronco murmullo. Estaba sentada, apretándose el hombro con las desgarradas manos. Y entonces Sakura, se asombró pero por otra razón; había oído la voz humana con la misma claridad de siempre—. Mátalo —le dijo Karin—. Es tuyo.
Sasuke y Kurenai esperaban, mientras seguía nevando. Sakura lo vio en sus ojos: esperaban esto de ella. Avanzó, torpemente y resbalando, y se irguió sobre el lobo derrotado.
El kyuubi tenía más de dos veces su tamaño. Era un lobo viejo; algunos de sus pelos se habían vuelto grises. Sus músculos eran fuertes, curtidos en la lucha. Levantó la cabeza, como escuchando los latidos del corazón de Sakura. Brotaba sangre de los agujeros donde habían estado los ojos, y una pata aplastada arañaba débilmente la nieve.
"Está pidiendo la muerte —pensó Sakura—. Está ahí, pidiendo que le maten."
El kyuubi emitió un gruñido ronco, como la voz de un alma enjaulada. Sakura sintió algo que saltaba dentro de ella: no era rabia, sino compasión.
Bajó la cabeza, hundió los colmillos en el cuello de la bestia y apretó con fuerza. El kyuubi no se movió. Y entonces Sakura apoyó las patas en el cuello de la fiera y tiró hacia arriba. No conocía su propia fuerza; el cuello se abrió como un paquete de Navidad, y salió de él el brillante regalo. El kyuubi se estremeció y arañó el aire, tal vez no luchando con la muerte sino con la vida. Sakura se echó atrás, tambaleándose, con carne entre los dientes, y los ojos nublados por la impresión. Había visto cómo los otros desgarraban el cuello de la presa, pero hasta ese momento nunca había experimentado la sensación de supremo poder.
Kurenai levantó la cabeza hacia el cielo y aulló. Sasuke colaboró con su voz más grave, y la música vibró sobre la nieve. A Sakura le pareció entender el tema de la canción: un enemigo había sido muerto; la manada había triunfado, y había nacido un nuevo lobo. Escupió la carne del kyuubi que tenía en la boca, pero el sabor de la sangre había inflamado sus sentidos. Todo era mucho más claro: todos los colores, todos los sonidos, todos los olores habían cobrado una intensidad que le entusiasmaba y le asustaba al mismo tiempo. Se daba cuenta de que hasta el momento de su transformación había vivido sólo la sombra de una vida; ahora se sentía real, llena de fuerza, y esta forma de músculos y pelaje denso debía ser su verdadero cuerpo, no aquella pálida y débil envoltura de muchacha humana.
Estimulada por la fiebre de la sangre, también ella levantó la cabeza y abrió la boca; lo que brotó de ella tuvo más de graznido que de música, pero ya tendría tiempo de aprender a aullar. Todo el tiempo que quisiera. Y entonces terminó la canción. Las últimas notas resonaron en la lejanía, y Kurenai empezó a tomar de nuevo forma humana. Tardó tal vez cuarenta y cinco segundos en convertirse de loba de fina pelambre en mujer desnuda y de cabellos ensortijados, y después se arrodilló al lado de Karin. Sasuke se transformó también y se acercó a la pelirroja, mientras Sakura se quedó de cuatro patas.
Kurenai examinó la pierna destrozada de Karin.
—No tiene buen aspecto, ¿verdad? —le preguntó Karin, con voz vacilante.
—Tranquila —le dijo Kurenai. Se le puso carne de gallina porque estaba desnuda. Tenían que llevar a Karin adentro, antes de que se helasen todos. Miró a Sakura, la loba—Transfórmate otra vez —le dijo—. Ahora, más que dientes necesitamos manos.
" ¿Transformarme otra vez?", pensó ella. Ahora que estaba aquí, ¿tenía que volver allí?
—Ayúdame a levantarle —dijo Kurenai a Sasuke, y ambos intentaron poner a Karin en pie—. ¡Vamos, ayúdanos! —dijo a Sakura.
Pero ésta no quería cambiar. Le daba miedo volver a tener aquel cuerpo débil y lampiño. Pero tenía que hacerlo, y mientras pensaba esto sintió que empezaba el cambio de otra dirección, de loba a humana. Se dio cuenta de que el cambio empezaba siempre en la mente. Vio su piel, suave y blanca; las manos terminando en dedos en vez de zarpas, y el cuerpo tieso sobre unos largos palos. Y así empezó a ocurrir la cosa, a medida que las imágenes se sucedían en su mente, y de igual manera desaparecieron los pelos rosados, las uñas como garras y los colmillos largos. Hubo un momento de agudo dolor que hizo que se le doblasen las rodillas; la costilla rota se estaba convirtiendo en la de una chica, pero seguía estando rota, y por un momento se rozaron los bordes astillados. Sakura se sujetó el costado blanco con dedos humanos, y cuando se hubo mitigado el dolor se irguió. Le temblaban las piernas, amenazando con doblarse. Las mandíbulas recobraron su posición anterior, los últimos pelos rosáceos se encogieron en los poros, y Sakura se mantuvo en pie en medio de una niebla de vapor.
Su rostro se ruborizó como un tomate al notar que Sasuke le miraba fijamente.
Kurenai dijo:
—No hay tiempo para eso. ¡Ayúdanos!
Ella y Sasuke estaban tratando de llevar a Karin entre los dos, y Sakura se acercó dificultosamente para contribuir con sus menguadas fuerzas.
Trasladaron a Karin al palacio blanco, y por el camino Sakura recogió su vestidura y se envolvió rápidamente en ella. Las ropas de Kurenai y Sasuke estaban tiradas sobre la nieve, junto a la pared del palacio. Las dejaron allí hasta que hubieron bajado a Karin al sótano, un trayecto peligroso, y le hubieron depositado cerca del fuego. Entonces subió Kurenai a buscar las prendas. Mientras estuvo fuera, Karin abrió los sanguinolentos ojos y agarró a Sakura por la ropa y la atrajo hasta que la cara de la muchacha estuvo cerca de la suya.
—Gracias —dijo, y se soltó su mano y la pelirroja se desmayó de nuevo, lo cual fue una suerte pues su pierna estaba casi totalmente cortada.
Sakura sintió un movimiento detrás de ella. Olió el almizcleño aroma del sudor de Sasuke. Miró por encima del hombro y se encontró de cara al serio y escrutante semblante de éste. Ella se movió por reflejo pero las poderosas manos del joven le asieron por los hombros, acercándole más, sin quitarle la vista de encima, con los ojos centelleantes bajo la luz rojiza.
—Hmp… nada mal. Ya era hora de que hicieras algo —enunció, a media voz. Se acercó más y la joven sintió el acompasado vapor de su respiración.
—Sasuke... —un peculiar arrebato, aprensivo y azorado hizo presa de Sakura. La mirada de Sasuke era intimidante—. Suéltame...
Pero las manos de él no se apartaron y su rostro rozó levemente el cuello de la joven. Aspirando hondamente, cerca de la cicatriz del hombro; la marca dejada por Itachi.
—No le perteneces… —jadeó, inhalando más profundamente el aroma de Sakura—No tienes porqué…
—¡Eh, apártate de ella, Sasuke! —Kurenai entró en la cámara—. ¡Todavía es una niña!
Arrojó las ropas a Sasuke.
—No —respondió éste, mirando todavía a Sakura—. Ya no es una niña.
Se puso la camisa renuentemente, pero sin cubrirse del todo. Sakura le miró a los ojos, con el rostro aún ruborizado, los nervios a flor de piel, y desvió la mirada.
—Si tu hermano se hubiera enterado… —dijo Kurenai al muchacho.—Dudo mucho que te hubiera quedado la boca en su lugar.
Una mirada gélida pasó por los orbes ónice de Sasuke.
—Hmp, eso lo veremos.
Entonces empujó a Sakura a un lado, dirigiéndose en mustio silencio hacia la cámara iluminada por el fuego. Cuatro horas más tarde llegaron Kakashi, Ino e Itachi. Habían pensado contarles el fracaso de su búsqueda, porque el kyuubi había marcado todas las cuevas con su rastro y además el viento les había atrapado en una estrecha cornisa, donde habían tenido que pasar la noche. Tenían pensado contarles todo esto, cuando vieron al gran lobo muerto sobre la nieve manchada de sangre a todo su alrededor.
Kakashi escuchó atentamente, mientras Kurenai le contaba que Sasuke y ella habían oído aullar al kyuubi, y que al salir se había encontrado con Sakura enzarzada en singular combate. Itachi no dijo nada, pero sus ojos brillaron de orgullo, y desde aquel día ya no volvió a considerar a Sakura como una niña indefensa.
A la luz del fuego, Karin ofreció la pierna derecha al borde afilado de un trozo de pedernal. Los huesos estaban ya rotos, por lo que sólo restaba cortar el músculo desgarrado y unas cuantas tiras de piel. Sudando copiosamente, Karin agarró las manos de Kurenai y apretó un palo entre los dientes, mientras Kakashi hacía su trabajo. Sakura ayudó a sujetar a Karin. La pierna se desprendió y quedó sobre las piedras. La manada se sentó a su alrededor, deliberando, y un olor a sangre perfumó la estancia.
El viento había empezado a silbar de nuevo en el exterior. Otra ventisca estaba barriendo Konoha, cual tierra invernal. Kakashi encogió las rodillas hasta el mentón y dijo, a media voz:
—¿Qué es el licántropo, a los ojos de Dios?
Nadie le respondió. Nadie podía hacerlo.
Al cabo de un rato, Sakura se levantó, apretando la mano sobre el costado herido, y subió la escalera hasta una cámara grande, donde dejó que el gélido el viento que entraba por las ventanas rotas menguase el escozor de su magullado costado.
El cálido aliento de Itachi le alcanzó en la nuca. Al levantar la vista, allí estaba su mirada, tan inescrutable y tan poderosa a la vez. La joven tragó saliva.
—Me supongo que no fue sólo un simple golpe. –susurró él, señalando con la mirada la mano que Sakura posaba contra su costado.
—No fue…gran cosa… —respondió Sakura, intentando aliviar un poco la tensión marcada en las facciones de Itachi.—Estoy bien.
—Lo sé. –dijo él. Un sutil gesto de aplomo que no tenía más intención que la de diluir el lánguido silencio, emergió en sus facciones. En un aire furtivo y distraído, se había llevado una mano al bolsillo de su raido pantalón; el colmillo que había pertenecido al kyuubi, ahora arrancado de tajo y con los bordes mellados pareció resplandecer bajo la mortecina luz como un trozo de piedra casi marfileña—Toma, creo que deberías quedártelo. Tú le mataste, después de todo.
Un fugaz suspiro escapó de los labios de ella, con una nubecilla provocada por su aliento en medio del álgido ambiente.
—Tal vez no debería.
—Fue el enemigo más mortífero que ha tenido la manada, conservarlo sería honrar la derrota de éste.—musitó él, con voz casi apagada por el estrépito de la ventisca— Creo, que es algo digno.
Hablaba áspero, y a Sakura le pareció oír un tono casi tan certero como el que tenia Kakashi durante sus arduas lecciones. Había razón y veracidad tenue en ello. Estuvo a punto de comentar algo, pero el resoplido de su voz se desvaneció en el todavía presente ardor de su costilla rota, dejando escapar un jadeo.
Sintió a Itachi, asirle levemente de los hombros.
—Túmbate, será mejor vendarte la herida por un par de días.
Sakura asintió casi renuente. Miró de reojo como Itachi se situaba a un lado de ella. Llevaba en una de sus manos un trapo, previamente impregnado en agua hervida; le alzó levemente la blusa y comenzó a enrollar el trapo lentamente sobre el denso moretón. El contacto de las manos de éste sobre su trémula piel pareció casi electrificarle. Sakura quería seguir hablando pero no le salían las palabras; toda su atención había quedado prendada al cálido tacto de los ásperos dedos de Itachi, pasándose con un ritmo casi hipnótico.
El silencio se tornó intenso. Expectante, y Sakura sintió el impulso de entrecerrar los ojos.
Menos de cinco centímetros les separaban e Itachi había terminado de ponerle el vendaje y seguía sujetándole.
Calor, él sentía su calor, suave y apremiante más que aquellas noches en que ella se acurrucaba entre sus brazos y sintió que la cercanía de su cuerpo le hacía acelerar su propio pulso.
Ella sintió su cuerpo estremecerse levemente y el aliento de Itachi al posarse contra su cuello pareció arrancarle un entrecortado jadeo. Suspiró. No era la primera vez, y eso lo sabía; cuidaba de ella y había estado tan cerca como ahora cuando volvían de caza y él solía tumbarse a su lado para dormir en aquellas noches de crudo invierno.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Porqué siempre él? Sabía que nadie en la manada le tomaba importancia, más allá de Kakashi quien simplemente le trataba con el aplomo de un alumno más… a diferencia del resto.
E Itachi…
Sakura suspiró en la penumbra.
—Itachi, me preguntaba...— se detuvo, como si le diera vergüenza acabar la frase.
Suficiente para despertar la curiosidad de Itachi. Entornó la mirada hacia ella, haciendo que el visual contacto, firme e inmutable le pusiese nerviosa. Sakura se ruborizó. De repente, ya no le parecía tan buena idea preguntárselo. O quizá sí.
—Me...me preguntaba porqué…
—¿Porqué qué?
—Porque me trajiste a la manada. Porqué… tú, precisamente —balbució, incómoda. Bajó levemente la vista, eludiendo la brillante mirada de éste.—Ésa tarde, bien pudieron haberme asesinado como aquellos sujetos de Otogakure y… tú…
Se detuvo, notando que él no había despegado la mirada ni un segundo. Un tenue brillo en esta le silenció. Itachi resopló y sus labios se alzaron levemente pasivos
—No lo sé. —musitó. —Recuerdo que Kakashi había escuchado el estruendo armado por esos tipos, dirigiéndose hacia nuestro territorio… —respondió él casi en voz baja, mientras un vago torrente de recuerdos difusos pasaba por su mente. Chasqueó levemente la lengua, en actitud dubitativa—El plan original había sido que no hubiese sobrevivientes… yo debí haberte roto el cuello, pero…
—¿Pero?
Itachi bajó la mirada y la posó en las brasas.
—Yo no lo quería así. Creí que sería más justo si te incorporábamos a la manada. Ése año Chouji había enfermado y el invierno anterior, habíamos perdido a tres miembros más, por culpa de unos cazadores; y añadir una hembra más podía asegurar algo de perpetuidad en nuestra especie… —deslizó la mano sobre su suave estómago y dibujó un círculo con los dedos, pensativo.—Kakashi… la única razón por la que había accedido, era porque le recordabas demasiado a Rin, sin embargo no estaba del todo de acuerdo, y supondría que no sobrevivirías.
Sakura exhaló y escuchó a Itachi suspirar con resignación.
—¿Por eso te encargaste de mi?
Itachi asintió.
—Nadie más quería hacerlo. Te veías demasiado frágil… –gruñó él—Creo que inicialmente fue instintivo protegerte. Luego…
—Entonces, ¿Esto es algo instintivo? —murmuró, azorada.
Itachi suspiró y se incorporó sobre los codos para mirarla desde arriba. El pelo le caía a ambos lados del rostro como una cortina, enmarcando una expresión sólida y serena.
—No. —susurró, con los ojos entrecerrados.—Para mí, no lo es…
Lentamente, Itachi inclinó el rostro hacia el suyo, dándole tiempo a apartarle si lo deseaba. Sakura no lo hizo. Ella exhaló, sintiendo el envolvente calor de él, escuchando el fuerte latido de su corazón resonando como una suave y acompasada melodía.
Itachi acercó el borde de sus labios, presionándolos suavemente con los de ella. No había una imposición opresiva, tan sólo una tranquilizadora caricia. Soltó sus manos, deslizando las suyas por su cintura, atrayéndola más hacia él, estremeciéndose al sentirla tan cerca.
Su cuerpo, frágil y vulnerable, sus latidos. Su esencia…
Su Sakura…
Mientras la nieve cubría de blanco aquel falleciente invierno de muerte, apartando su ominosa sombra de sangre y devastación; y trayendo consigo algo más fuerte e insoldable que el primer deshielo de marzo: la promesa de un futuro inequívoco y tangible.
Una promesa de vida.
Continuará
Siguiente Capítulo: CÁLIDA BRISA DE PRIMAVERA
N/A:
Y... bueno menudo cierre que le dejo al capítulo lo sé, ejem... pero os aseguro que no hubo "lemon" implicado, eso me lo reservo, para el siguiente capítulo. Ya acercados los puntos equidistantes con estos dos, y con la amenaza del Kyuubi fuera de terreno... es momento de comenzar a plantearse el otro punto en la trama:
La sobrevivencia de la manada.
Y con esto todo lo que implica, tal vez... un nuevo miembro, posiblemente el primer cachorro que sobreviva... quien sabe, ya veremos lo que resulta de esto. Jejeje.
Como siempre, gracias a todos y todas los que leen, comentan y sacan sus propias conclusiones, eso para un autor es sumamente emocionante, a mi en lo personal me agrada que cuestionen la trama, deja mucho de ver lo que uno como escritor logra.
Ya saben que cualquier duda, comentario o crítica, al apartado de reviews es siempre bien recibida!
Nos leemos en el siguiente capítulo, y como ya he dicho, tendrá lemon, asi que preparaos...
HIGURASHI´S OUT!
