Primero que nada, este capitulo, tal como dice mas abajo, será narrado por Po... Este y el siguiente, ya que es un cap dividido en dos partes.

Kung fu panda no me pertenece... Y ustedes saben que me da flojera escribir el resto jejejeje

(POV. Po)


Mentiras

Aun no amanece, pero en el horizonte el cielo comienza a adquirir un color mas claro. La brisa del viento aún es fresca, pero no tanto, y la luna en el cielo no es más que un pálido fantasma de lo que era hacia unas horas. Uno a uno, con paso monótono, subimos los escalones hacia el Palacio de Jade... Ninguno de nosotros habla. Ninguno de nosotros puede procesar aún lo que hemos visto, hacia varios días ya. La prisión de Chorh-Gom destruida, los cuerpos de los guardias rinocerontes e incluso Zeng. Muertos. Todos acecinados por aquel jaguar que tanto daño ha causado y sigue causando.

Pienso en Tigresa, en como se lo tomará, y el recuerdo de aquella tarde que ella me invitó al palacio me atormenta otra vez... Yo esperaba adentro. Los oía discutir e incluso pensé en ir y decirle al jaguar aquel que dejara de gritarle. Pero era un niño tímido y he de admitir que un poco cobarde también. Minutos después, Tigresa entró al salón. Llorando. Se sostenía el brazo derecho con la mano izquierda y estaba sangrando...

—¿Po?—.

La voz de Mono me saca de mis recuerdos y rápidamente volteo a verlo.

—¿Esta todo bien?— Pregunta.

No. No está todo bien. El mismo loco psicópata que hace años lastimó a Tigresa esta suelto y temo por ella... Sin embargo, tan solo me limito a asentir.

—Que silencio... ¿No?—.

Nos detenemos a mitad de camino y miramos con una ceja arqueada a Mantis, sentado en el hombro de Mono. Nadie responde. Seguimos caminando y yo vuelvo a sumergirme en mis pensamientos... Recuerdo las veces que Tigresa bajaba al valle y se quedaba en casa de mi padre. Solía contarme sobre los entrenamientos, sobre como le costaba mover bien ese brazo e incluso llegó a llorar un par de veces, dolida por lo ocurrido. Ella lo quería mucho y Tai Lung la lastimó.

Luego sucedió lo del rollo... ¡Se volvió loco! Recuerdo haber despertado a media noche, asustado por los gritos de las personas del valle. La destrucción fue casi total y no fue hasta el día siguiente, cuando vi a Tigresa, que me enteré de lo que realmente había pasado.

Ella estuvo deprimida durante meses. Comía poco, dormía menos, y con el pasar de los días aquello comenzó a notarse. No era ella. Ya no tenía aquel brillo en sus ojos y su voz era monótona, como si cada palabra que dijera no fuera de ella, sino de una especie de libreto que memorizar... Tardó años en ser la misma de antes y aún así, siempre había algo raro en ella. Sé que algo me oculta, que siempre hubo algo que no me ha dicho, y que tiene que ver con Tai Lung, pero nunca quise presionarla para que me lo dijera.

Shifu, que va unos escalones al frente, se detiene y estoy tan perdido en mi mente que por poco no choco con él. Aunque Grulla y Mono si chocan con mi espalda y poco esperan para quejarse.

—Ni una palabra de esto a mi hija—.

Su voz es cortante, severa. No admite replicas.

—Con todo respeto, Maestro Shifu, Tigresa tiene tanto, o mas, derecho de saber como nosotros—.

Mono y Grulla me dan un codazo en la barriga y escucho a Mantis mandarme a callar. Pero aquella decisión es injusta para Tigresa y me importa un bledo que me hagan subir y bajar las escaleras por replicar a una orden.

—He dicho: ni una palabra a Tigresa, panda— Shifu ni siquiera voltea —La noticia solo lograría alterarla, aún más de lo que ya está, y no creo que eso sea bueno. Ni para ella, ni para la bebé—.

¿Acaso ha dicho que Tigresa está de los nervios?... Y hubiera replicado, pero en menos de un minutos, el panda rojo ha desaparecido de nuestras vista ¿Como demonios hace eso? Nunca lo entendí. En fin, no nos queda más que seguir nuestro camino hasta las barracas. Pues aun es muy temprano y podemos descansar un par de horas hasta que suene el gong. Tal vez, luego piense en una manera de avisarle a Tigresa sin que Shifu se entere.

—Po, sin ruidos, por favor... Necesito mi sueño de belleza...

La voz de Mantis se deforma por un bostezo y las carcajadas de los demás le siguen a su odioso comentario. Murmuro un par de palabras poco bonitas y les dirijo una mirada por sobre el hombro, pero mis sonrojadas mejillas solo hacen que rían mas fuerte... Entonces, el azote de una puerta los hace callar, y cuando volteo, veo la segunda cosa más peligrosa que Tigresa con mal humor: Víbora enojada.

—¡Ustedes cuatro!— Sisea.

Superando la velocidad de Mantis, la serpiente repta hacia nosotros, con una gélida mirada que nos hace temblar... Mono y Grulla se acurrucan detrás mío, asomando tímidamente la cabeza por sobre mis hombros, y creo que eso que tiembla en mi nuca es Mantis.

Víbora se detiene frente a nosotros y se endereza hasta quedar a mi altura, inclinándose hasta que su rostro queda a peligrosos milímetros del mío.

—Te voy a matar, panda— Masculla y les dirige una rápida mirada hacia los demás, aun escondidos tras de mi — ¡Y a ustedes también!... ¡Tres horas estuve para dormir a tu hija, panda! ¡Solo para que un grupo de retardados la despierte a las cuatro de la madrugada con sus carcajadas!—.

¿Y cree que sus gritos no la van a despertar?... Bien, si quiero agrandar la familia, más me vale no exteriorizar ese comentario. Ella jadea, furiosa, y su mirada ha pasado de gélida a arder en fuego celeste. Wou. Solo estuvo una semana con Tigresa y ya se le pegó la mirada de "muerte estúpido".

Retrocedo un paso, al igual que los chicos, pero terminamos tropezando con nuestros pies y caemos todos de culo al suelo.

—Víbora... ¿Q... Que sucede?—.

Mi sonrisa es nerviosa y mi voz aún mas. Entonces, cuando creo que nos llegó la hora, la reptil agacha la mirada y retrocede unos centímetros.

—Lía ha estado muy alterada— Murmura —Creí... Creí que les había pasado algo... Ya saben, los bebes pueden presentir cosas y creí... Perdón, no debí gritar—.

—Oh, Víbora...

Mono es el primero en reaccionar. Sale de detrás de mi y camina hacia la reptil, rodeándola con sus brazos. Ella le rodea el cuerpo a modo de abrazo y apoya la cabeza en su hombro, sollozando un poco por los nervios.

—¡Hey! Yo también tengo derecho a un abrazo— Reclama Grulla.

Y es cómico ver como el ave se dirige hacia ellos e ignorando la acecina mirada de Mono, rodea a la reptil con sus alas. Es un abrazo de tres y Víbora ni cuenta se da de las miradas acecinas, y los mal disimulados empujones entre sus amigos para apartarse mutuamente de ella.

—¿Crees que...?

Mantis, parado en mi hombro, deja la pregunta al aire y yo solo me encojo de hombros. Grulla y Mono compiten por la atención de Víbora desde mucho antes de que yo llegara aquí… Y siempre es lo mismo. Mono elogia a Víbora, ella se sonroja, Grulla se enoja, Grulla se pone celoso, Grulla hace alguna tontera para llamar su atención, Víbora se vuelve a sonrojar, Mono se pone celoso y el ciclo comienza otra vez.

—Lo raro, es que ella no se de cuenta— Murmuro.

Entonces, Víbora nos dirige una divertida mirada y guiña un ojo en nuestra dirección... ¡Oh! Eso es jugar sucio.

—Bueno— Interrumpe Mantis, saltando desde mi hombro hasta el suelo —Dejen a la señorita ir a dormir, romeos... ¡Y nada de cosas raras!—.

1... 2... 3...

—¡Mantis!—.

Me llevo las manos a las orejas, justa a tiempo para amortiguar en ensordecedor chillido de la dulce Víbora. Ahora es mi turno de reír al ver las mejillas de Mono y Grulla enrojecer hasta tal punto que parecen pintadas por una de las pinturas para los labios de Víbora… ¡Jah! Dulce, dulce venganza. Mantis emite una nerviosa risita, que a mi opinión parece más de mujer, y se aleja como alma que persigue el diablo hasta encerrarse en su cuarto.

—Lo voy a matar— Masculla la reptil, bostezando —Pero mañana—.

Ella nos sonríe a los tres y murmura un "Nos vemos mas tarde", para luego reptar hasta su cuarto. Mono y Grulla, embobados, hacen el intento de seguirla. Pero antes de que puedan dar un paso, dejo caer mis manos en sus hombros y les doy un ligero apretón, indicándoles que se detengan… Víbora es como una hermana pequeña para mí, de hecho, es mucho más pequeña que cualquiera de nosotros, y estos dos están locos si creen que van a ir a buscarla a su cuarto.

Son mis amigos, pero la nena aquí es ella.

—Vamos, no seas malo— Se queja Mono.

Grulla se suelta y cruza las alas sobre el pecho, dirigiéndome una acusatoria mirada.

—¡Yo no soy el pervertido!—.

Me encojo de hombros, restándole importancia, y les dirijo una burlona sonrisa. Grulla y Mono arrugan el entrecejo y se preparan para replicar, pero cualquier excusa que vallan a dar es opacada por un agudo chillido… Nos quedamos en silencio, mirándonos entre sí, pensando que tal vez solo fue nuestra imaginación. Pero entonces, aquella voz vuelve a gritar y esta vez, es un nombre lo que pronuncia: Tai Lung.

—¿Esa era…?

No dejo hablar a Mono, los empujo a ambos y salgo corriendo en dirección al cuarto…

—¡Tigresa!—.

Cuando abro la puerta, Tigresa esta sentada en la cama, abrasándose las piernas contra el pecho y con el rostro oculto entre sus rodillas. Su cuerpo tiembla, con audibles sollozos, y cuando levanta la mirada hacia mi, veo sus ojos envueltas en lágrimas y sus mejillas húmedas por las mismas… La vuelvo a llamar por su nombre y corro hasta sentarme en el borde de la cama, frente a ella. Sujeto su rostro entre mis manos, buscando alguna herida, y cuando no encuentro ninguna, intento preguntarle que sucede, porque llora. Pero eso solo parece angustiarla más.

Finalmente, decido callar y tan solo rodearla con mis brazos, sentarla en mi regazo y mecerla un poco para ayudar a calmarla. Ella se aferra a mí y esconde el rostro en mi pecho. Su cuerpo entero tiembla por los sollozos y aunque no veo nada que pudo haberla alterado tanto, la ausencia del brillo en su mirada comienza a asustarme… Cuando entré, tenía la misma mirada que aquella noche, cuando se apareció en la casa de mi padre, con una capa larga cubriéndola de la fuerte tormenta. Fue la noche en que arrestaron a Tai Lung y ella se negaba a regresar al palacio, así como también se negaba a decirme de donde venía o al menos, porque había salido en medio de tal tormenta.

Una mirada triste, vacía.

—Shh, tranquila— Susurro, con la mejilla apoyada en su cabeza —Estoy aquí. No pasa nada—.

Por unos minutos, guardo silencio mientras ella llora desconsoladamente en mi pecho. De reojo veo a los chicos en la puerta, pero tan solo le hago señas para que se larguen y ellos no preguntan nada.

Poco a poco, Tigresa se va calmando y cuando creo que ya puede hablar sin hipar, le pregunto si esta mejor.

Con voz ronca, ella contesta que si y me aclara que solo fue una pesadilla… La veo, con mis manos acunando su rostro, y no puedo disimular el alivio al oír eso. Por un momento, por unos minutos, pensé en lo peor. La oí gritar su nombre y llegué a pensar que él había llegado aquí, que tal vez le hubiera hecho daño, y verla sin ninguna herida aparente es como volver a respirar.

La beso. Ella me responde de manera algo tímida, deslizando sus manos por mi pecho hasta entrelazarlas tras mi nuca, y cuando nos separamos vuelve a recostar la cabeza en mi pecho... Por unos minutos, nos quedamos en silencio, abrazados, hasta que ella decid preguntarme a donde hemos ido. Mis brazos se tensan a su alrededor y me toma unos segundos extra decidirme entre decirle la verdad, pidiéndole luego que no le diga a Shifu que se lo dije, o si decir alguna mentirita piadosa. Finalmente, contesto algo a cerca de un pueblo al otro lado del bosque de bambú.

La oigo murmurar algo, mas no entiendo qué, y si me ha creído, o no, no lo sé.

Le pregunto sobre su pesadilla, pero ella se limita a responder que solo fue un mal recuerdo de cuando era niña y volvemos a quedar en silencio... No pasa mucho para que Tigresa quede profundamente dormida en mis brazos, aun aferrada a mi cuello y con la cabeza recostada en mi pecho. Llevo una mano a su mejilla y la acaricio con la yema de los dedos, recorriendo su pómulo y bajando hasta su barbilla. Ella ronronea, pero no despierta, y sonrió para luego acostarla en la cama y besar su frente.

Ya ha amanecido y para ser sincero, no tengo sueño. Decido ir a ver a Lía, pues se me hace raro que no haya llorado aún, y luego ir a preparar algo para desayunar. Pero antes de irme, la mano de Tigresa me sujeta de la muñeca… Intento soltarme, pues el agarre se vuelve doloroso, e incluso la hablo para que despierte. Sin embargo, ella solo arruga el entrecejo y murmura varias incoherencias, de las cuales solo puedo distinguir un nombre.

—Tai Lung— Su voz un bajo murmullo, apenas perceptible —Es… Espera…

Entonces me suelta y gira en la cama, dándome las espaldas y abrazando una almohada... ¿Acaso está soñando con él? No parece una pesadilla, pues ni siquiera tiene el entrecejo arrugado. Más bien parecía como si lo llamara, como si le pidiera que se quede ¿Con ella? No. Eso es ridículo. Tigresa lo odia, él le ha causado mucho daño cuando era niña y conociéndola como la conozco, no creo que alguna vez haya conseguido perdonarlo. Es decir ¡Por culpa de él tiene esas cicatrices en el brazo! Por culpa de él ella se asusta cada vez que alguien la sujeta del brazo, incluso si soy yo. Se pone nerviosa y es como si se sintiera vulnerable, como si pensara que con ese simple gesto podrían lastimarla.

Me quedo parado en mi lugar, esperando escuchar algo más, pero ella ya no vuelve a hablar y por alguna razón, la simple idea de volverla a oír pronunciar ese nombre me deja un sabor amargo en la boca.

Salgo del cuarto y cruzo el pasillo. Estoy por entrar al cuarto de Lía, pero me detengo con la mano en la manija de la puerta al oírla reír... Parece divertirse con algo y no solo ríe, también balbucea y hace trompetillas. Sonrío y abro la puerta, solo lo suficiente para entrar y volver a cerrarla. Lía esta acostada de lado en su cuna, mirando hacia la ventana y estirando sus manitos, como si quisiera alcanzar algo. Junto a ella, hay una muñeca de trapo en forma de tigresa con un pequeño vestido blanco.

Camino hacia la cuna y me apoyo en el barandal, mirando con curiosidad la muñeca... Es la favorita de Tigresa. Recuerdo que una vez, cuando éramos niños, ella se quedó a dormir en casa de mi papá y yo me burlaba de ella por cargar todo el tiempo con esa muñeca de trapo. Si, esa noche corrí como nunca en mi vida para escapar de la furia de mi dulce y tierna amiga.

—Buenos días, princesa—.

Estiro una mano por encima del barandal y no es hasta que le acaricio la mejilla, que Lía parece darse cuenta de que estoy ahí... Deja de reír y se voltea a verme, con una manito en su boca y abrazando la muñeca con un brazo. Sonrío, pero ella solo me mira, seria. Casi puedo decir que me reprocha con la mirada por haberme ido y ese entrecejo arrugado no puede ser más idéntico al de Tigresa.

—¿Estas enojada conmigo?—.

Recuerdo a Mantis burlándose de mi por hablarle a una bebé, pero yo creo que si me entiende. De lo contrario, Lía no inflaría las mejillas como lo esta haciendo en este momento, ni cruzaría los brazos, apretando aún mas la muñeca de trapo, amenazando con arrancarle la cabeza… No entiendo como Tigresa logra cambiarla en menos de diez minutos. Me toma una hora mínimo poner a Lía en el cambiador, quitarle la pijama, cambiarle el pañal y vestirla con un lindo vestidito azul claro, el cual no parece agradarle demasiado, ya que arruga el entrecejo e infla los mofletes.

Sinceramente, se ve adorable cuando se enfada.


Cuando llego a la cocina, Lía sigue con los mofletes inflados y el entrecejo fruncido, aún molesta por usar el vestido. Rio e intento besarla en la mejilla, pero ella coloca sus manitos en mi boca y empuja para apartarme. Aún así, beso sus manitos y la acomodo en su silla... No hay nadie en la cocina, supongo que siguen durmiendo, así que preparo un biberón para Lía y cuando está listo, tomo asiento frente a ella y se lo doy, mientras como algunos panes de frijol como desayuno.

No me apetece cocinar, al menos no en este momento. No puedo dejar de pensar en la imagen de Chorh-Gom, en todos aquellos cadáveres y en lo que aquello significa. Tai Lung está libre, quien sabe donde, y creo que Shifu tiene razón cuando dice que hará lo que sea por conseguir el rollo del dragón, por conseguir aquel titulo que me otorgaron hace años.

Miro a Lía, que come con ansias, y sonrío.

De niño soñaba con convertirme en un maestro de kung fu y he logrado mucho mas que eso... Soy el Guerrero Dragón, estoy casado con la mujer que desde niño he amado y tengo una hermosa hija con ella. Realmente, el universo ha sido generoso y creo que no puedo pedir nada mas. Es decir, soy feliz y si me dieran oportunidad a cambiar algo, no cambiaria nada.

—Pero ¿Que es eso que ven mis ojos?—.

La voz de Mantis me hace pegar un respingo, lo que provoca las carcajadas de los demás. Le retiro el biberón, ya vacío, a Lía y volteo hacia la puerta, donde los chicos y Víbora me observan con una burlona sonrisa... ¿Que? ¿Acaso tengo algo en la cara?

—No creí vivir para ver este día— Continua Mono.

Todos entran y toman asiento en sus lugares.

—Po se ha levantado a horario— Se burla Grulla —Esto es un hecho histórico—.

Los miro, inexpresivo, y ellos se largan a carcajadas por su propia broma... Ja ja ja, muy graciosos. Y para colmo, hasta mi propia hija se ríe a costas mías.

Pero las risas no duran mucho. Víbora se levanta de su asiento para poner una tetera con agua a hervir y mientras espera que esté el té, pregunta sobre qué encontramos al llegar a Chorh-Gom... Claro, a ningunos de nosotros nos agrada la idea de recordarlo, así que guardamos silencio y nos miramos entre si, hasta que es Grulla quien contesta a la pregunta de la reptil y relata el paisaje con lujo de detalle, lo que realmente me hace querer vomitar.

—Oh— Musita Víbora y agacha la cabeza —Esto no es bueno—.

Su voz es un murmullo, como si hablara mas para si misma que para nosotros.

—No se sabe a donde ha ido— Agrega Mono —Aunque creemos que vendrá hasta aquí por...

No termina la oración y al igual que los demás, dirige una significativa mirada hacia mi.

—¿Que?— No puedo evitar preguntar.

—Bueno, hasta donde se sabe, tenía una obsesión con el Rollo del Dragón— Aclara Grulla.

—Rollo que, por cierto, tu has conseguido con tu... Barbarocidad—.

Mantis pronuncia con burla la ultima palabra, en un pobre intento de meter humor al asunto, pero ninguno de nosotros ríe. Ellos tienen razón. Si ha escapado, de seguro solo lo ha hecho para conseguir ese rollo y no se detendrá hasta lograrlo. La idea me hace tragar grueso.

Nadie vuelve a hablar y el lugar queda en silencio, hasta que un par de minutos después, Tigresa entra a la cocina.

Murmura un bajo "buenos días", sin mirar a nadie en particular, y toma asiento junto a Lía. Su expresión dura, como hacia tiempo no se le veía, y el carmín de sus ojos cubiertos por lo que parece una muralla invisible, volviéndolos distantes y algo fríos. Lía pide su atención con unas risitas y estira los brazos hacia ella, pero ni aún así Tigresa suaviza el semblante. Tan solo estira una mano para acariciarle la cabeza, justo entre las redondeadas orejas, y luego se voltea para tomar unos de los panes de frijol de la mesa.

—¿Que tal dormiste?— Susurro, solo para que ella escuche.

Voltea a verme y aunque su mirada no cambia, esboza una pequeña sonrisa.

—Bien— Contesta.

Miente, pero no insisto.

Pronto, el ambiente en la cocina mejora un poco, al igual que el humor de Tigresa... Mono y Mantis me comentan sobre una broma, la cual el simio planea usar en Grulla, quien está demasiado ocupado mirando a Víbora como para sospechar la sorpresa que se va a llevar cuando, en la noche, entre a su cuarto y termine bañado en misteriosos fluidos de mal olor, cuyos componentes es un secreto que Mono guarda recelosamente para si mismo.

—Eso es malvado— Les digo.

Mantis, parado en mi hombro, emite una de sus "malvadas" carcajadas y Mono se encoge de hombros, restándole importancia.

—El plumero parlante se lo buscó—.

Entonces, mira con ojos entornados al ave al otro lado de la mesa, que sonríe tímidamente hacia Víbora. Mantis emite una burlona carcajada y salta de mi hombro a la mesa.

—Son unos tontos— Se burla —Víbora les hincó sus inexistentes colmillos, a ambos ¡Y hasta el fondo! Los tiene como perritos falderos por detrás de ella. No me sorprendería que un día de estos los encuentre con una correa atada al cuello y a ella jalando de ustedes...

Y mientras el habla, Víbora le lanza una acecina mirada desde el otro lado de la mesa.

—Emm... ¿Mantis?—.

—No me interrumpas, Po— Reprocha —Ellos no tienen ni idea de lo que les hace esa culebra venenosa... ¡Los está destruyendo con su encanto de niña buena!—

Mantis ni cuenta se ha dado de que ha gritado, mucho menos de que tras él, hay una realmente enojada Víbora... El silencio cae sobre nosotros y pronto el ambiente se torna tan tenso, que podrías cortarlo con tijeras. Miro a Víbora, que sigue acecinando a Mantis con la mirada, y luego lo miro a él. Mono, sentado junto a mi, está temblando y se ha aferrado a mi brazo como si la vida le fuera en ello,

—Vamos, digan algo— Insiste el insecto —¿Por qué se quedan callados? Es porque saben que tengo toda la ra...

—Así que... Culebra venenosa ¿Eh?—.

La voz de Víbora es lenta, amenazante y acompañada de un ligero siseo,

Creo que Mantis pasa de verde a blanco en menos de un segundo al oírla. Sus patitas tiemblan y se ha encogido tanto en sus hombros que no se distingue su cuello. No voltea, pero si nos mira con ojos entrecerrados y una nerviosa sonrisa.

—Yo... ¡Ya voy, Maestro Shifu!—.

Grita y en menos de un segundo, el bicho se ha ido. Víbora sisea, grita una amenaza que suena de las mas dolorosa y sale de la cocina como alma que lleva el diablo. Creo que se comerá al bicho y esta vez no creo que lo regurgite.

—Iremos a ver... No queremos perder un colega—.

Grulla se levanta de su asiento, seguido de Mono, y ambos se van.

Solo quedamos Tigresa, Lía y yo... Tigresa aún con su taza de té a medio terminar y Lía mirando la puerta, con una ancha sonrisa en su rostro. Las miro y me encojo de hombros, lo que hace reír a Tigresa.

—Mantis se lo buscó— Dice.

Y aunque sonríe, aún suena distante. La observo levantarse, con el biberón vacío de Lía en su mano, y caminar hacia el fregadero. Eso es raro. Ella casi nunca lava los platos, o lo que sea, siempre me toca a mi o a uno de los chicos.

Me levanto de mi lugar y camino hasta ella. Ni siquiera se inmuta. Le rodeo la cintura con mis brazos, colocando mis manos en s abdomen, y beso su hombro. No dice nada. Subo hasta su cuello y jugueteo con el borde de su blusa, amenazando con colar mi mano por debajo. Su respiración se acelera y sonrío al notar que ahoga un quejido.

—Po ¿Que haces?—.

Su voz suave y tranquila. Mi sonrisa se ensancha.

—Beso a la mujer que amo— Susurro contra su cuello —¿Es eso un delito?—.

—Nos pueden ver—.

—Nunca te ha importado eso—.

—Lía nos está viendo—.

—Es una bebé. No sabe—.

Sonrío y deslizo mis manos por debajo de su blusa, acariciando su abdomen... Ya no es tan plano como antes, así como su cintura ya no es tan estrecha y sus caderas se han ensanchado. Pero para mi sigue siendo simplemente perfecta.

—¿Po?—.

—Hablo enserio—.

—¿Eh?—.

—¡Que me sueltes, Po!—.

Y antes de que pueda hacer algo, su codo golpea con fuerza en mi estomago y ella se aparta de mi. No me mira, solo toma a Lía en brazos y se va.

Me quedo solo, con la mirada perdida en la puerta. El estomago me duele por su golpe, pero mas me duele que me trate de esa forma... Quiero entenderla. No debe ser fácil ser madre primeriza y con lo que me contó Víbora, sobre la depresión post-parto, realmente quiero entenderla. Quiero acercarme a ella, demostrarle que la amo. Pero es ella quien se aleja, es ella quien me evita. Y no se siente muy lindo ser rechazado una y otra vez por la persona que, supuestamente, te ama.

Continuara...


Uuhh... Pobre Po, Tigresa le da calabazas... En fin, espero que les haya gustado, me dejan sus comentarios con sus opiniones... Nos vemos en la próxima.