Kung fu panda no me pertenece, es propiedad de DreamWorks.
Engaños
Lía ni siquiera nota que la observo. Esta demasiado entretenida mordiendo la oreja de la muñeca de trapo en forma de tigresa que sostiene entre sus patas, mientras que con sus piecitos empuja la sabana hasta destaparse… Esa era mi muñeca y aunque no recuerdo habérsela dado, supongo que Po lo hizo y no le tomo mucha importancia.
Sonrío, apoyada en el barandal de la cuna, y estiro una mano para acomodar la sabana, aunque no pasa ni un minuto y Lía vuelve a destaparse.
—¿No crees que hay algo raro con ella?—.
Arrugo el entrecejo al oír la voz de Po y sin voltear a verlo, niego con la cabeza.
—No se a que te refieres— Replico.
Admito que no me agrado el tono de su voz, aunque supongo que por algo lo dice.
Lo escucho caminar por el cuarto hasta detenerse detrás de mi y rodear mi cintura con sus brazos. Sus manos sobre mi abdomen, jalan de mi y pegan mi cuerpo al suyo, con su barbilla sobre mi hombro... No es que me moleste que Po me abrace, ni nada parecido, pero desde esta mañana está un poco mas "cariñoso" que de costumbre, y no poder pasar ni cinco minutos sin que me ese abrazando o tocando se torna un poco fastidioso.
Es como si quisiera mostrarse mas... Posesivo, lo que en realidad considero una gran estupidez.
—Es como si quisiera quedar aquí todo el rato— Murmura —Y muchas veces la he oído reírse sola—.
Hum... No recuerdo haber notado eso.
—Eso solo una bebé, Po. Hay muchas cosas que no conoce y le causan gracia—.
—Humm—.
No parece convencido, pero ni modo. Desde esta mañana, el que actúa extraño es él. Cuando despertamos, no me dejo besarlo, pero unos minutos después, coloco un brazo sobre mis hombros y no me soltó hasta que llegamos a la cocina. Además, el jueguito de perrito guardián no le queda y me molesta que me esté siguiendo a todos lados.
Sin embargo, no quiero preguntarle que sucede. No creo que lo haga con malas intenciones y quiero parecer que me molesta tenerlo cerca, ni nada parecido.
—¿Tigresa?—.
—¿Si?—.
—¿Te puedo preguntar algo?—.
Volteo para quedar de frente a él y asiento. Po parece dudar y esquiva mi mirada, lo que me hace pensar que no es una pregunta agradable... Bien ¿Que cominos esconde este panda?
—¿Fuiste al valle mientras... mientras... emm... mientras no estaba aquí?—.
¿Que carajos...? ¿Así que de eso se trataba todo? Arqueo una ceja y no puedo evitar gruñirle.
Le sujeto las muñecas y aparto sus brazos de mi cintura, empujándolo para que retroceda. Po intenta acercarse otra vez, pero levanto una mano a la altura de su pecho y le indico que se detenga... Quiero golpearlo, realmente quiero, pero me contengo. Solo porque Lía esta despierta en la cuna detrás de mi.
—¿Por qué quieres saber?— Pregunto.
No me cuesta nada decirle que no o que bajé un par de veces con Víbora a comprar comestibles, pero que se joda. Por metiche.
—Solo quiero saber—.
—¿Por qué?—.
—Porque...
—¿Es que acaso tengo te tener tu permiso para bajar al valle?—.
—Emm... ¡No! ¡Claro que no!... Bueno, supongo que...
Se lleva una mano a la nuca, nervioso, y sus mejillas se tiñen de un rojo escarlata.
—Mejor cállate, Po—.
El intenta replicar, de seguro para emendar torpemente lo que acaba de decir, pero no lo dejo hablar. Lo hago a un lado y salgo del cuarto, caminando con zancadas largas y fuertes por el pasillo... No puedo creer que me interrogue por algo tan simple y en realidad, podría no haberme molestado, después de todo solo era un pregunta, pero lo dijo con tal desconfianza que por un momento me pareció que esperara que yo confesara algo.
—Tigresa, espera... No quise decir eso—.
Lo escucho correr detrás de mi y una cantarina risita me dice que tiene a Lía en sus brazos.
—¡Claro que quisiste!— Replico.
—Pero... ¡Pero no así!... Yo solo...
—¡Tu solo ¿Qué?!—.
Me detengo en seco, con los brazos en jarra, y volteo. Po casi choca conmigo, pero logra detenerse a tiempo... Sus ojos evitan los míos. Echa atrás la cabeza y sujeta firmemente a Lía contra su pecho, como si quisiera alejarla de mi. Tartamudea palabras sueltas, que no llegan a formar ni una frase, y cuando arrugo el entrecejo, Po traga grueso.
—Ti... Tigresa... Solo...— Se detiene. Entonces, toma una bocanada de aire y un poco mas seguro, continua: —Solo quería saber—.
Lo miro, molesta, y sin decir nada, volteo y continuo caminando. Necesito golpear algo y prefiero que sea un muñeco antes que mi inseguro y desconfiado esposo.
Po me sigue todo el camino, balbuceando excusa tras excusa, pero lo ignoro. Llego al salón de entrenamientos y sin molestar en si las bisagras se rompen o no, abro la puerta de un azote. La hubiera cerrado de igual manera, pero a tiempo recuerdo que Po está tiene a Lía en sus brazos... ¡Claro! Lleva a la bebé, así no puedo golpearte. Tramposo cobarde.
—¡Espera, Tigresa!—.
Mono, Mantis, Víbora y Grulla detienen su entrenamiento y voltean a ver, curiosos, al oír gritar a Po. Los ignoro, a todos, y continuo camino a los muñecos de madera.
—¡Hablo enserio, Po! ¡Déjame en paz!—.
De un salto, entro en los muñecos y a medida que los voy golpeando, se activa el circuito de movimiento... Uno al frente, esquivo otro a mi derecha, golpeo el de la izquierda y me agacho para esquivar el golpe del muñeco detrás mío, para luego tirarlo con un barrido.
—¡Tigresa, estas exagerando las cosas!—.
—¡¿Yo?! ¡¿Quien fue el idiota que inicio todo?!—.
—¡¿Y es que acaso no puedo preguntar?!— Grita, elevando la voz mucho mas que yo. Lía comienza a llorar —¡¿O qué?! ¡¿Acaso me estas ocultando algo y es por eso que estas tan alterada?!—.
Sus palabras me duelen, pero no por su desconfianza, sino porque por un momento, me parece que habla de lo que pasó hace veinte años y no puedo evitar sentirme culpable... ¡Por todos los dioses! Po tiene razón. De una manera u otra, lo estoy engañando.
Prefiero no contestar y continuo golpeando los muñecos, cada vez con mas fuerza, aunque con menos agilidad. Siento mis brazos pesados y en mas de una ocasión, alguna de las partes móviles casi consigue golpearme. Escucho a Po llamarme, decir que hablemos con calma y también los llantos de Lía. Pero quiero ignorarlos, quiero ignorar todo y por un momento, olvidarme de...
—¡Tigresa, cuidado!—.
...La voz de Po se oye lejana y ante de que voltee, un punzante dolor se expande desde mi nuca hasta la cabeza y me impulsa hacia delante, tirándome de boca al suelo...
Todo está borroso y las voces de los demás se oyen lejanas, como en un sueño, todos ellos pronunciando mi nombre. Y luego... Nada.
Salí del baño, con el pelaje húmedo y una toalla firmemente aferrada alrededor de mi torso, y me dirigí hacia el pasillo de las habitaciones... Había entrenado durante todo el día, cruzando una y otra vez el circuito, golpeando algunos arboles en el bosque. Sola. Tal vez no era el entrenamiento lo que me hubo agotado, sino el haberlo hecho sola.
Se volvía aburrido cuando él no estaba ahí, corrigiendo mi postura y ayudándome a realizar cualquiera golpe, siempre con una torcida sonrisa en su rostro.
Me preguntaba a donde pudo haber ido. Cuando desperté esta mañana, él no estaba. Solo había una nota en mi mesita de noche, en donde decía que había bajado al valle. Pero Tai Lung ni a propósito tardaría tanto en volver.
En fin, supongo que fue a otro lado. La idea me molesta. Ya verá cuando vuelva, no se salvará de esta... Sin embargo, cualquier pensamiento es remplazado por curiosidad, cuando al girar en el pasillo camino a mi cuarto, siento algo suave hacer cosquillas en la planta de mi pie descalzo.
Al bajar la mirada, me encuentro con lo que parecen pétalos de alguna flor. Están regados por todo el pasillo y forman un camino hasta mi cuarto... El corazón se me acelera y una tonta risita escapa de mis labios, como si no creyera lo que veo. De puntitas de pie, sigo caminando por el pasillo hasta llegar a mi habitación y entrar.
Esto es tan... Lindo. El suave aroma a incienso se mezcla con el perfume de las flores de cerezo, las velas encendidas estaban esparcidas de manera decorativa por el lugar, iluminando lo escasamente necesario, y en mi cama, junto a una hermosa flor de cerezo, hay una hoja de papel doblada a la mitad, con mi nombre escrita en ella.
Sonrío mientras camino hacia mi cama. Me sujeto la toalla con la mano izquierda y con la derecha, recojo la carta...
Tus ojos me hipnotizaron, tus caricias me sedujeron, tus labios me hechizaron... Y fuiste tu, con tus virtudes y tus defectos, que me enamoraste. Capturaste mi corazón y lograste grabar a fuego tu nombre en él. Poco a poco, pedacito a pedacito, te instalaste hasta ocuparlo por completo.
Ahora, ya no puedo imaginar una vida sin ti. No puedo imaginar dormir solo en mi cama, ni despertar sin ti en mis brazos. Ni siquiera sé como viví tanto tiempo ocultándolo, negando este sentimiento solo por temor a ser débil... Aunque lo cierto es que te lastimé, algo que jamás me lo voy a perdonar, y no espero que tu lo hagas. Pero si que puedas mirar mis ojos y ver mi alma, ver cuanto lo siento y cuan arrepentido estoy.
Quiero que esta noche, sepas cuando significas para mí, que tu valor es mayor al de mi vida.
Te diría te amo, pero las palabras se quedan cortas. No definen el sentimiento que despertaste en mi, no alcanzan para encerrar un significado tan grande... Pero lo diré igual, solo para ver aquella hermosa sonrisa curvar tus labios. Solo para sentir tus mejillas ruborizarse bajo mi mano y ver tus ojos iluminarse con aquel brillo especial, lleno de inocencia y ternura.
Te amo.
No en pasado, ni presente, ni futuro. Ni siquiera un 'por siempre'. Solo te amo, sin tiempo que pueda definirlo, ni siquiera el infinito.
Solo... Te amo
...Mientras leo, lo escucho entrar al cuarto y pararse tras de mi. Sus manos se posan en mis caderas, pegando mi cuerpo al suyo, y suben hasta mi abdomen. Besa mi cuello y me recuerdo mentalmente no ronronear cuando sus dientes raspan la piel de mi hombro, enviando un estremecimiento por todo mi cuerpo.
—¿Que crees que haces?—.
Ladeo la cabeza, dándole un mejor acceso a mi cuello, y esbozo una burlona sonrisa.
—Besando a mi novia— Contesta, seguro y confiado.
Lo escucho reír y su respiración choca contra la sensible piel en la unión de mi hombro con mi cuello, erizándome los pelos de la nuca.
—¿Acaso te di permiso?—.
—¿Necesito uno?—.
Su voz es burlona, casi incrédula. A veces, su arrogancia es tal que dan ganas de patearlo, pero sé que no lo hace de malas, sino mas bien jugando.
Sonrío. Dejo la carta de vuelta en la cama y me sujeto de sus brazos, que me abrazan por la cintura. Sus labios siguen su recorrido, bajan por mi cuello, hasta mi hombro, y un largo suspiro escapa de mis labios cuando los siento posarse en mi nuca y luego deslizarse a mi espalda, besando la piel que la toalla no alcanza a cubrir.
Se siente tan bien, como miles de cosquilleos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Pero la realidad golpea con fuerza en mi, como un balde de agua fría, y me devuelve un poco de la cordura perdida.
—Espera, Tai— Mi voz es baja y él no parece oírme —Tai... Tai Lung, detente—.
Obedece y se detiene. Me gira en sus brazos, colocándome de frente a él, e inmediatamente agacho la cabeza al sentir el rubor cubrir mis mejillas y cuando lo miro, lo hago por debajo de mis pestañas.
—Lo siento— Dice —No era mi intención asustarte, ni incomodarte—.
—Es solo...— Me siento una tonta, tratando de dar explicaciones ridículas —Tengo miedo—.
Con sus dedos índice y pulgar, sujeta mi mentón y me hace inclinar hacia atrás la cabeza, obligándome a levantar la mirada y verlo. No luce enfadado, ni decepcionado. Me mira con ternura y su sonrisa es cálida y amable.
—Es normal. Es tu primera vez— Sus palabras me hacen sonrojar. Ay, no, que se detenga por favor —Y no voy a obligarte si no quieres—.
—Tai, yo...
—Ven—.
Con una tierna sonrisa, sujeta mis manos entre las suyas y retrocede hasta sentarse en el borde de la cama, sentándome en su regazo.
No parece ni siquiera un poquito molesto, sino que esta incluso mas sonriente que hace unos minutos.
Sus brazos me rodean, acunándome contra su pecho, y se inclina para besarme. No dudo en corresponderle, moviendo torpemente mis labios sobre los suyos, y le rodeo el cuello con mis brazos... Entonces, siento su mano acariciar mi oreja derecha y cuando me doy cuenta, me ha puesto la flor de cerezo que hacia unos minutos estaba en la cama junto a la carta.
—Eres mi bebé, mi niña, mi chica...— Sonríe, con sus labios rozando los míos —Mi mujer— Dice y me regala un ligero beso —No me importa si es esta noche, mañana o si te tardas años en confiar lo suficiente en mi, ni siquiera si jamás lo haces. Te amo, como un hombre puede amar a su mujer, por mas que solo sea de palabra. Te amo—.
Siento mi corazón acelerarse y aunque el rubor de mis mejillas ya es constante, levanto la mirada para ver esos ambarinos ojos, llenos de amor... Es sincero, me ama. ¿Por qué esperar? ¿Por qué negarle algo que, sinceramente, yo también deseo? Lo amo y se que jamás voy a amar a nadie como a él.
Sonrío y sin contestar, me enderezo sobre su regazo, con las rodillas en la cama cada lado de él. Me mira, sorprendido, pero yo solo ensancho mi sonrisa y me agacho para besarlo... Mis manos sobre sus hombros y las suyas en mis caderas. Se arrastra en la cama, subiendo en esta, aún conmigo en su regazo, y poco a poco sus manos suben hasta llegar al nudo de la toalla, justo entre mis pechos.
Jadeando por la falta de aire, ambos cortamos el beso, aunque permanecemos con las frentes unidas.
—¿Puedo?— Pregunta.
Sonrío y coloca mis manos sobre las suyas, moviendo mis dedos sobre los suyos de tal manera que le ayudo a deshacer el nudo de la toalla.
—No necesitas mi permiso—.
Y con un ligero movimiento, estoy desnuda ante él...
Los parpados me pesan, impidiendo que abra los ojos, y un punzante dolor se extiende por toda la parte posterior de mi cabeza... Arrugo el entrecejo y cuando quiero moverme, algo me cubre el cuerpo. Una manta. Entonces, recuerdo la discusión con Po, el muñeco de madera golpeándome, y luego la sensación de sueño. Supongo que me he desmayado.
Sin embargo, también recuerdo aquella noche y un nuevo dolor punzante me tortura la cabeza cuando quiero apartar las imágenes.
—Oh, ya despertaste—.
La voz de Víbora me obliga a abrir los ojos y cuando lo hago, veo a la reptil junto a mi cama, sosteniendo un paño húmedo.
La miro, confundida, y con algo de esfuerzo, me enderezo en mi cama, ignorando el punzante dolor de cabeza.
—¿Que... Que sucedió?—.
Ella sonríe, con aquella sonrisa maternal que nos dedica a todos, y deja el paño en la mesita de noche, para luego sujetarme del hombro con su cola y empujarme hasta que me vuelvo a recostar.
—Te diste un buen golpe en la cabeza— Dice, mientras acomoda la sabana —Muévete con cuidado. Es posible que te duela y puedas marearte—.
—¿Y Po?—.
No se si debería preguntar o no, aunque por su mueca torcida creo que hubiera sido mejor callar.
—No estaba muy contento— Contesta, evitando mi mirada —Te trajo aquí y luego de asegurarse de que estabas bien, dijo que bajaría al valle—.
—¿Y Lía?—.
—En su cuarto—.
—Bien—.
—¿Te puedo preguntar algo, Tigresa?—.
Víbora me mira, expectante, y se muerde el labio inferior, nerviosa.
—Esta bien— Contesto, reprimiendo un tono de voz cansino.
—¿Por qué discutían esta vez?—.
Ella repta hasta subir en la cama y se sienta/enrosca en frente de mi, observándome con aquella mirada expectante que muchas veces he llegado a odiar. Es como si te obligara a decir la verdad y si intentaras mentirle, ella ya lo sabría de ante mano.
Sin embargo, las ultimas palabras de su pregunta llaman mi atención y no puedo evitar arquear una ceja.
—¿Esta vez?— Inquiero, casi burlona —No creo que discutamos tanto como para usar el 'esta vez'—.
Ella entrecierra los ojos y sisea, molesta.
—No me cambies de tema—.
—¿Y que quieres que te diga?—.
—Para empezar ¿Por qué entraron gritando como dementes?—.
Y aunque su mirada es burlona, su tono de voz es mucho mas duro y da a entender que no está jugando.
En fin, suspiro y no me queda otra que contarle un poco... Ella me escucha, atenta, y asiente cuando es necesario. Le explico un poco, solo lo necesario, sobre la actitud de Po esta mañana y la pequeña discusión antes de llegar al salón de entrenamiento. Víbora no hace ningún comentario, ni siquiera parece que este de acuerdo con alguno de los dos. Tan solo escucha y cuando termino, se toma su tiempo para pensar una respuesta.
Admito que se siente bien hablarlo con alguien.
—Esto es ridículo— Dice finalmente, con el entrecejo arrugado —¿Todo ese escandalo por un tonta pregunta?—.
—No era una tonta pregunta, Víbora—.
—Tigresa, le hubieras contestado la verdad y te hubieras ahorrado todo el numerito—.
¡¿Que?! ¡¿Ahora ella?!... Arrugo el entrecejo y le dedico una de esas miradas que asustan a los chicos, aunque es obvio que en ella no funciona.
—¡Es que no entiendes! No era un simple pregunta. Era como si creyera que le estaba ocultando algo—.
—¿Y acaso es así?—.
La pregunta ofende.
—Claro que...
—¿Entonces, por qué estabas tan alterada?—.
Su pregunta no solo me interrumpe, sino que logra callarme. Su mirada se vuelve algo altiva y su sonrisa satisfecha consigo misma, clara señal de que ha ganado la discusión.
¿Y ahora que le contesto?... No estaba alterada porque le ocultara algo a Po, sino porque me hizo recordar a Tai Lung y por un momento, pensé que lo que él reclamaba era que le dijera eso. Sin embargo, es algo que pasó hace muchos años y se supone que ya no tiene importancia.
¿O si?... ¡No! Por supuesto que no la tiene.
—Tigresa ¿Que ocultas?—.
La voz de Víbora es suave, casi maternal.
—Nada—.
—Se que mientes— Replica —Vamos, soy tu amiga. ¡Olvídate de Po!... Guardaré el secreto y no te juzgaré, no importa que tan malo sea—.
La miro y arqueo una ceja. ¿Acaso está insinuando que yo...? Sin embargo, antes de que pueda decir algo, el llanto de Lía se escucha desde el otro e interrumpe en la conversación.
Le dirijo una mirada de disculpa y me encojo de hombros, a lo que ella contesta rodando los ojos y con un movimiento de cabeza, me indica que vaya... Salimos juntas del cuarto. Víbora, llevando el paño húmedo consigo, se dirige a la cocina y yo me quedo parada a medio pasillo, frente a la puerta de Lía, hasta que la voz de Víbora, mascullando algo sobre que esta conversación no ha terminado, deja de escucharse.
Con un suspiro de alivio, sujeto la puerta para abrirla, pero algo me detiene. La risa de Lía. De repente ha dejado de llorar y está riendo, incluso balbucea, como si jugara con alguien... Arrugo el entrecejo, extrañada, aun mas cuando un fuerte aroma llena el aire del lugar.
Es el mismo aroma familiar de los otros días, pero mas notorio. Un aroma a felino, bastante relajante he de admitir, y junto a este me llega el recuerdo de él. Imposible... No puede ser él... él no...
Entonces, de un brusco jalón, abro la puerta... Y todo lo demás parece derrumbarse a mis pies.
Continuará...
Bueno, espero que les haya gustado... Nos leemos en el próximo.
