Cap. 8: Sorpresas.

Aparco justo delante de la floristería. Salimos del coche y, tras poner el seguro a distancia, meto la llave y las manos en los bolsillos. Me paro en frente y observo. Pensaba que sería algo más grande, más luminoso, más... no sé, pero diferente a aquel pequeño establecimiento con un pequeño aparador en el que apenas caben cuatro ramos y dos tiestos grandes. Cho me mira y se dispone a entrar. Dejo que pase delante. La campanilla encima de la puerta indica a la dueña nuestra llegada. Sale tras una cortina al fondo de la tienda, a unos cuatro metros de donde estoy. Como ya he dicho, es un sitio muy pequeño.

- Buenos días -nos saluda la mujer-. Ahora estoy con ustedes, voy a lavarme las manos -nos las muestra; están llenas de abono.

Asiento sin quitar las manos de los bolsillos. Cho permanece inmóbil. Aprovechando estos segundos me dispongo a realizar un pequeño análisis. Aunque me parece que Cho ha pensado lo mismo, pues le da una ojeada a todo y se acerca a mí.

- No es anciana, tal vez de unos cuarenta años. Debe de ser la hija de la dueña.

- Eso parece. No tiene pinta de abrir una floristería.

- Quizás nos sorprenda.

- A estas alturas creo que ya lo he visto todo.

La mujer vuelve ya con las manos limpias y un delantal limpio. Se pone tras el mostrador y con una sonrisa de oreja a oreja. Sin duda la tienda le ha sido heredada.

- ¿Qué desean?

- Agentes Lisbon y Cho -digo enseñándole la placa-. Somos de la policía.

- ¿Policía?

- CBI -aclara Cho haciendo lo mismo-. Quisiéramos hablar con la dueña.

- La tienen delante.

Cho me mira de reojo. Su tono no es para nada convincente.

- ¿Podría dejarnos ver el permiso, por favor? -pregunto con una pequeña sonrisa.

La cara de la mujer ha cambiado por completo.

- Es que...

- Usted no es la dueña, lo sabemos -interviene Cho.

- ¿Es de su madre, tal vez? -tan sólo con la mirada me ha respondido-. ¿Podríamos hablar con ella?

- No está aquí. Ha ido a comprar abono.

- Ya -"típico" pienso algo molesta, aunque sin perder la compostura-. ¿Y cuando volverá?

Y por hablar la campanilla de la entrada suena. Una mujer de unos sesenta años abre la puerta y nos mira sorprendida. No sé por qué, pero una extraña sensación invade mi cuerpo. Reconozco mi sexto sentido; no se ha activado. Sin embargo, algo me dice que esta anciana...

- Mamá -la mujer sale del mostrador y yo de mi mente-, ha venido la policía. Dicen que quieren hablar contigo.

Y tan sólo oír el nombre de 'policía' la anciana deja caer la bolsa y sale corriendo. Puesto que estaba en tensión soy la primera en reaccionar y salgo antes de que se cierre la puerta, lo que retrasa un poco a Cho. Para ser una anciana tiene buenos reflejos. La persigo a lo largo de la calle. Podía haberla cogido hace rato, pero no quiero hacerle daño lanzándome encima de ella como lo haría con un hombre de uno noventa. Aprieto un poco más el paso y logro detenerla sin tirarla al suelo.

- ¿Se puede saber qué le pasa? -pregunto cogiéndola del brazo. Trago saliva y cojo aire-. ¿Por qué huye?

La anciana todavía respira con dificultad. Justo ahora llega Cho.

- La tienes -dice soltando el aire retenido.

- Sí -saco las esposas y se las pongo-. Lo siento, pero tendrá que acompañarme.

La anciana me mira de reojo, aunque no dice nada. Es más, ni siquiera opone resistencia. Esto es muy raro. Volvemos atrás y la meto dentro del coche, en el asiento de atrás. La mujer de la floristería no da crédito a lo que ve, y no es para menos.

- Para ser una anciana cómo corre -comenta Cho abriendo la puerta del coche.

- Y que lo digas -subo y cierro la puerta-. ¿Recuerdas que te he dicho que ya nada me sorprende?

- Sí.

- Lo retiro.

Ambos nos ponemos el cinturón y arranco el coche. "Esto sólo me puede pasar a mí" pienso sacando el coche a la carretera. Llegamos a la central y le pido a un agente que la lleve a la sala de reuniones de la planta baja. No quiero arriesgarme a subir a ninguno de los pisos. Mientras se la llevan, veo a Rigsby a lo lejos. Le hago un gesto a Cho y nos dirigimos a donde está.

- ¿Ya estáis aquí? -pregunta, al parecer, algo sorprendido.

- Sí -contesto de mala gana.

- ¿Y eso? Pensaba que íbais a...

- Sí -interrumpo-, pero ha habido un cambio de planes.

- ¿Un cambio de planes?

- Una anciana correcaminos puede que esté implicada -explica Cho.

Rigsby no puede evitar reírse-. ¿Correcaminos?

- Tan sólo vernos echó a correr, pero Lisbon la trincó a tiempo.

- Vaya reflejos, eh, jefa -me dice con una sonrisa en la cara-. Uno no se puede fiar de las ancianas de hoy en día.

- Sigue así y te comes lo que queda de esa bomba -digo señalando la caja quemada y destrozada que sujeta.

Su sonrisa desaparece-. Perdón.

- ¿Qué es eso que brilla? -pregunta Cho indicando el interior de un pequeño compartimento.

- Lo que ha quedado del detonante -me mira-. El fabricante es una marca, si se le puede llamar así, que no había visto nunca. Creo que se trata de alguien que hace los dispositivos a mano, pero no para uso propio, sinó un autónomo, un mercader mañoso.

- Entonces será más fácil encontrarlo -digo optimista.

- O no -dice Rigsby-. Esta gente no está registrada con todo legalizado.

- Con un buen nivel de informática puede saberse en poco tiempo -explica Cho.

No hace falta que me digan nada más. Sé perfectamente que la mejor en informática es Van Pelt, que en menos de dos segundos ella ya lo tendría en su portátil, y también que ninguno de los tres va a lograrlo en tan poco tiempo.

- Necesitamos a un experto -dice Cho con los brazos en la cintura.

Miro a mi alrededor y observo. A veces la observación es la mejor arma. Maldita sea, ya vuevlo a hablar como Jane. No, debo concentrarme. Mi mirada es un radar, y creo que he encontrado lo que buscaba.

- Chicos, id con los periodistas.

- ¿Qué? -dicen los dos al unísono.

- El de la cámara seguro que os puede ayudar -digo señalando con la mirada.

Ambos se giran. Creo que al verle tan liado con el portátil sobre el trípode de la cámara les he convencido. Asienten y empiezan a andar. "Al final servirán para algo" pienso con las manos en los bolsillos y esbozando una pequeña sonrisa. Pero algo me sorprende. Algo hace que mi corazón dé un salto. Me giro al oír la voz del operador de la grúa norte.

- ¡Hemos encontrado algo!

La gente de los alrededores se junta rápidamente. Les hago una señal a Cho y Rigsby para que no vengan. Al mismo tiempo veo a Marvin moviendo los brazos y a Frank grabándome. Ahora eso me da igual, lo que me importa es ese humo gris que ha aparecido del subsuelo. Empiezo a correr, a esquivar gente. Logro colarme entre los oficiales hasta llegar al orígen del humo. Una silueta está entre dos bomberos. Creo distinguir a un hombre... rubio. Mi corazón se acelera de nuevo. ¿Por fín le habremos encontrado?