Capítulo 18
EL ACECHO DE LA BESTIA
Un aullido distante, fuerte y agudo resonó en el rescoldo del bosque, en aquella tórrida y apacible tarde de verano. No hubo respuesta, y eso fue lo que ella temió.
Sakura sabía que Satoshi aun era demasiado joven para cazar conejos.
No estaba listo aun; no, ni siquiera para rematar una presa acorralada, herida y casi desfallecida. Pero ahora, el pequeño lobezno de pelaje azabache y grisáceo oscuro y brillantes orbes verdes, estaba en la jovial etapa en que hasta una simple mariposa bastaba para desencadenar una ardua persecución por los bosques y prados de alrededor del palacio blanco, para luego, al caer del mediodía, terminar tendiéndose exhausto en el regazo de su madre como solía hacerlo tras una mañana de exploración, en las que solía escabullirse de la vigilante mirada de ésta, Kurenai o de alguna de sus "tías"; Ino o Karin.
Pero eso sería más tarde. Ahora su única concentración se rebatía en aquella difusa manchita blancuzca agazapada en la hierba, y él no volvería a casa hasta no haberle pillado del cuello y traído orgulloso como un trofeo ante la mirada de sus padres.
Satoshi había logrado superar aquel invierno desde su primera transformación, y el invierno del siguiente año.
Ahora era junio, una preciosa mañana en sus primeras horas, con el rocío todavía sobre la hierba. El calor que Kurenai le había predicho a Kakashi ya había llegado; eran los primeros días de junio más calurosos desde hacía muchos años y aquellos dos últimos años habían sido medianamente extraños: un verano casi escueto y carente de comida, un invierno demasiado adosado de vendavales y aguanieve y una primavera poco poblada de presas. Los rebaños habían emigrado al noroeste del bosque y la manada había tenido que dividirse para cubrir terreno de caza y eso equivalía a utilizar al máximo las menguadas fuerzas de los ahora escasos miembros. Kakashi e Itachi, siendo los únicos machos aptos para liderar persecuciones de caza mayor, solían ausentarse desde el amanecer hasta el ocaso hacia el territorio este; el anterior campo de caza del kyuubi, mientras que las hembras hacían cuanto podían por conseguir algo en los territorios del norte aledaños al palacio blanco, pero el vasto campo que daba hasta el terraplén colindante con las vías del tren no tenía más presas que pequeños roedores y alguna que otra ave mustia a la que no valía mucho hincarle el diente.
No obstante, podía ser un excelente campo de práctica para un cazador principiante, y pese a que éstas eran las usuales palabras usadas por Itachi, aun había algún resquicio de duda por parte de Sakura. Conocía el terreno y sabía que aquella tranquilidad tan silenciosa acaecida esa mañana, era demasiado sospechosa e inusual.
…Algo que más le preocupaba, tomando en cuenta la carente experiencia de Satoshi.
El pequeño recién había cumplido dos años, y era bastante despierto e inquieto como podía esperarse a su edad, sin embargo la naturaleza lobuna aun hacía mella en su inexperta e infantil fisionomía; el cambio seguía tomándole un minuto completo y el dolor ocasionalmente le arrancaba algunas lágrimas en el proceso.
Sus pasos todavía levemente inseguros sobre cuatro patas, hacían acopio de fuerza para no perder la velocidad y el equilibrio en su trastabillada persecución. El peso de la cola todavía era un problema al balancearla sin tener que caer de costado y pese a que intentaba equilibrar la caminata y el vaivén de la cola tal y como le había dicho su padre, Satoshi aun seguía tropezando y cayendo con la torpeza de un cachorro de pocas semanas.
Se quedó quieto, escuchado la segunda llamada de su madre. Conocía aquel tono agudo en su voz, al resonar la nota en el segundo aullido, pero Satoshi no respondió, quedándose agazapado entre los altos matorrales. El conejo, que era grande, pardo y rollizo, no tenía ni la menor idea de que Satoshi estaba allí, hacia el fondo del campo del norte, a un kilómetro y medio del palacio blanco. El viento estaba soplando en dirección adversa para el conejo.
Satoshi se fue hacia el conejo, más por deporte que por la carne. El conejo estaba mascando alegremente los nuevos tréboles que un mes después iban a estar asados y quemados bajo el implacable sol. Si hubiera cubierto tan sólo la mitad de la distancia inicial entre él y el conejo cuando el conejo le vio y pegó un brinco, Satoshi lo hubiera dejado correr. Pero estaba tan sólo a quince metros cuando la cabeza y las orejas del conejo se levantaron. Por un instante, el conejo no se movió en absoluto; era la congelada escultura de un conejo con sus negros ojos estrábicos cómicamente desorbitados. Después emprendió la huida.
Y entonces el cachorro de lobo olvidó el silencio furtivo que como cazador era más que obligado; menos mal que su padre no le vio en ese momento, le hubiese reprendido seguramente.
Ladrando furiosamente, Satoshi inició la persecución. El conejo era muy chico y Satoshi todavía era muy torpe, pero la posibilidad de la cosa infundía una ración adicional de energía en las patas del lobezno. Éste llegó a acercarse hasta el extremo de rozar al conejo con su pata. El conejo se movió en zigzag. Satoshi se lanzó con más fuerza, hundiendo las pequeñas patas en la oscura tierra del prado, perdiendo un poco de terreno al principio, pero recuperándolo rápidamente. Los pájaros levantaron el vuelo al oír sus agitados gruñidos.
El conejo cruzó en línea recta el territorio del norte. Satoshi lo persiguió enérgicamente, empezando a sospechar que no iba a ganar la carrera.
Pero lo intentó con todas sus fuerzas y estaba dando nuevamente alcance al conejo cuando éste se introdujo en un pequeño agujero de la ladera de un suave y pequeño altozano. El agujero estaba cubierto de altas hierbas y Satoshi no vaciló. Agachó su pequeño y nervudo cuerpo azabache-grisáceo como si fuera una especie de peludo proyectil y se dejó llevar por su propio impulso... quedando inmediatamente encajonado como un tapón de corcho en una botella.
El hueco se abría a una pequeña cueva natural de piedra caliza. Tenía seis metros de profundidad y hubiera sido muy fácil que un roedor o alguna presa mediana lograra introducirse en el mismo, se deslizara hasta el fondo y después no consiguiera salir. Eso les había ocurrido a animales de pequeño tamaño en el pasado. La superficie de piedra caliza de la cueva permitía deslizarse hacia abajo con facilidad, pero dificultaba la subida y su fondo estaba tapizado de huesos: una mofeta, un par de ardillas listadas, un par de ardillas vulgares y un ratón de campo.
El conejo se había revuelto, deslizándose hasta el fondo y ahora estaba allí, temblando, con las orejas levantadas y el hocico vibrando mientras los gruñidos torvos y agudos del cachorro Uchiha llenaban el lugar.
Satoshi había quedado atrapado por los hombros. Hubiera podido hacer marcha atrás y retroceder, pero aún seguía queriendo pillar al conejo. Intuía que éste se encontraba acorralado y que lo tenía a su disposición. Podía olfatear la humedad y podía olfatear los restos de los animales muertos, antiguos y recientes... pero, sobre todo, podía olfatear el conejo. Cálido y sabroso como los que solía cazar su madre para él.
Satoshi sintió crujir sus pequeñas tripas. La comida está servida.
Entonces resolló un imponente eco. Un estallido, proveniente del exterior pero lo suficientemente fuerte y aterrador como para hacer que el cachorro retrocediese por impulso al tiempo que provocaba una pequeña avalancha de tierra. Se sacudió para eliminar de su pelaje la tierra y los restos de maloliente piedra caliza. Y entonces aquella cosa monstruosa captó su atención.
El aroma acre y sulfuroso como el de una árida llamarada se cernía en la brisa y él podía percibir ésa peste extraña; un olor que él nunca había conocido y que le había asustado tanto como esa siniestra sombra que se cernía a pocos metros de allí. Un gruñido severo bufó cerca de su nuca pero Satoshi estaba demasiado asustado como para moverse o siquiera resollar ante la estoica reprimenda de su madre y sólo atinó a acurrucarse entre las protectoras zarpas de ésta.
Sakura gruñó bajo sin obtener más protesta de Satoshi que un tembloroso gemidito. Alzó la vista y sus pupilas jade se encontraron con aquella cosa.
Una densa columna de humo, negro, cálido y pestilente como las fauces de un demonio se cernía no más allá de lis límites de la pradera, casi a quince kilómetros del palacio blanco. Crecía y parecía tragarse las gibosas nubes del cielo estival, como la boca de algún monstruo insaciable y voraz, tornando el jovial azul del cielo en un rojizo casi sanguinolento.
Dios mío…
Satoshi seguía inmóvil y tembloroso. Ella le tomó del lomo cerniendo suavemente la mandíbula contra el pellejo del cachorro, alzándole mientras Satoshi permanecía hecho una temblorosa bolita de pelo negro incapaz de moverse. Sakura se abrió fácilmente camino a través de la crecida hierba del campo del norte, obligando a levantar el vuelo a algún que otro pájaro.
El estallido volvió a producirse y otra negra y amorfa tolvanera secundó a la primera, con aquel olor a muerte.
Muerte provocada por una bestia, de piel blanca como el mármol y corazón gélido y despiadado como las nieves de enero.
—0—
Kakashi lo había visto también esta misma tarde, y con aquel gesto mortificado enarcado en su semblante con un rictus pétreo, habló casi a media voz.
Hacia el noroeste, a menos de ocho kilómetros del palacio blanco, unos hombres habían empezado a talar árboles. Habían hecho ya un claro, estaban construyendo chozas con troncos sin desbastar, y estaban abriendo un camino entre la maleza. Aquellos hombres tenían muchos carros, sierras y hachas. Kakashi dijo que se había acercado, en su forma de lobo, para ver cómo trabajaban, y añadió que uno de los hombres lo había visto y señalado a los otros antes de que pudiese adentrarse de nuevo en el bosque.
—¿Qué significaba eso?—había preguntado Sakura cuando le mencionó a Kakashi acerca de la humareda levantada en el norte del bosque aquella mañana.
—El comienzo de una operación de tala de árboles—comentó Kakashi.—En ninguna circunstancia…— dijo a la manada— no se acerquen allí, fuese en forma humana o de lobo. Probablemente los hombres trabajen durante el verano y se marcharán. Es mejor dejarles en paz.
Pero Itachi advirtió que a partir de entonces Kakashi estaba silencioso y pensativo. Prohibió a todos salir de caza salvo de noche. Estaba nervioso y paseaba arriba y abajo por la cámara hasta mucho después de que todos los demás se hubiesen retirado a descansar. Y muy pronto, y cuando el viento era favorable, Kakashi y los demás pudieron oír, cuando se tumbaban a tomar el sol fuera del palacio blanco: el ruido lejano de hachas y sierras destrozando el bosque.
Y entonces llegó el día fatídico.
—0—
Aquel viernes al atardecer, bajo la estival sombra de una nube, tres soldados ataviados con el reglamentario uniforme de la Orden de la Nube Roja bajaron hacia el claro este del denso bosque.
El eco de sus pesados pasos resonaba entre la desgarbada y mellada maleza que el pelotón anterior se encargó de cortar y quemar, denotando un sendero desvaído y amorfo.
El campamento se había montado en el centro de aquella solitaria pradera. Cuatro tiendas de loneta yacían dispersas en un intento fútil de semi-círculo, rodeadas por la protectora barrera de dos cañones de motor a vapor.
Asuma Sarutobi dejó caer el peso monstruoso de su mochila contra el suelo una vez que parte de la hoguera central se encendió. El recién nombrado capitán de escuadrón se tumbó contra el tronco de un abedul, ahora cortado a modo escueto y hosco como parte de la barricada. Sus negros ojos escrutaron a sus subordinados con un silencioso pero meticuloso ademán.
—Asi que este es el punto clave de Pain… —dijo en un aire casi distraído. Un mero intento por captar la agudeza de aquellos inexpertos muchachos dejados a su cargo—…no le veo mucho caso, si me lo preguntan, hemos visto peores escenarios en Yukigakure o…
—Pain-sama insiste en que despejemos esta zona… —argumentó uno de los subordinados; un muchacho delgado y pelirrojo, con facciones aun infantiles—… y lleguemos hasta allá.
Su mano pálida señaló hacia un pináculo blanquecino que parecía flotar entre las copas de los densos árboles; era la cúpula de un edificio, a casi media milla de distancia del campamento.
Asuma parpadeó desconcertado.
—Trasladarnos de un país a otro… ¿sólo para volar una ruina?
No hubo respuesta más que unos suspiros escuetos por parte de dos muchachos. Se levantó y comenzó a armar su propia tienda de acampar, mirando distraídamente sobre el hombro… hacia el desolado horizonte.
"Al menos el chico se safó de esto… ya se habría puesto insoportable", pensó con cierto alivio al recordar que Naruto no había sido enviado a esta misión… o al menos que él supiese.
Oscureció, cayendo la densa noche en el bosque. La fogata menguó y encendieron dos más. Asuma echó tres vastos y frondosos leños en ella y entonces lo vio.
Un reflejo fluctuante… fugaz y casi imperceptible…
Sintió congelarse su aliento, no por la sorpresa… no, había visto todo tipo de bestias a lo largo de su vida como cazador pero nada, nada como aquello.
Dos ojos que le contemplaban en la lejanía… en la penumbra de la nada de aquellos burdos y salvajes dominios de la naturaleza.
Una mirada intensa… brillante…
…humana…
—Dios… mio…—la voz del hombre quedó sumida en un murmullo en medio del fuego abierto por el rugido de tres escopetas casi al unísono.
—0—
El sonido había reverberado en la lejanía.
Itachi y Kurenai habían salido de caza, bajo la luz de una luna en cuarto creciente y resonando en el bosque los cantos de los grillos. Había pasado más de una hora cuando un ruido de disparos lejanos hizo callar a los insectos y resonó en los pasillos del palacio blanco.
Ino contó cuatro disparos al levantarse de su jergón de heno; Karin se sobresaltó. Sakura dejó caer el libro de que había estado leyendo a Satoshi y el niño se acurrucó entre sus brazos.
—Silencio… —susurró Kakashi, en medio de la oscuridad que cubría la entrada hacia la cámara.
Sonaron otros dos disparos, y su estampido hizo que Sakura se estremeciese; recordaba muy bien el ruido de los tiros y lo que podían hacer las balas.
Y al extinguirse el eco del último disparo empezó los aullidos. Era la voz grave y ronca de Itachi, pidiendo auxilio.
—Quédense aquí —dijo Kakashi a Karin y a Sakura, empezando ya a cambiar al dirigirse hacia la escalera de piedra.
Ino le siguió, y ambos lobos salieron del palacio blanco y anduvieron en la oscuridad en la dirección marcada por el aullido de Itachi. No habían andado un par de kilómetros cuando percibieron el humo de la pólvora y el olor de hombres: un olor acre de sudor fruto del miedo.
Brillaban linternas en el bosque y los hombres se llamaban los unos a los otros. Itachi lanzaba ahora un estridente y frenético sonido que condujo a Kakashi y a Ino directamente hacia él. Lo encontraron agazapado sobre una peña, en medio de una densa vegetación. Delante de ellos había un círculo de tiendas alrededor de una fogata. Kakashi golpeó con un hombro las costillas de Itachi para hacerle callar, y el lobo negro y grisáceo se tumbó sobre el vientre en posición sumisa, con los ojos aterrorizados por lo que estaba ocurriendo en el claro iluminado por el fuego.
Dos hombres con rifles colgados de los hombros arrastraban algo fuera del bosque y lo acercaban a la luz. Había otros seis hombres, todos ellos provistos de faroles y armados con pistolas o rifles. Se reunieron alrededor del cuerpo tirado en el suelo, proyectando sobre él la luz de sus faroles.
Ino sintió que Kakashi se estremecía. Sus pulmones parecían llenos de agujas heladas.
Allí, en el suelo, estaba el cuerpo de un lobo de pelo castaño muy oscuro y con tres orificios de bala. La sangre de Kurenai parecía negra a la luz de las lámparas.
A la vista de todos, estaba un lobo muerto, con un brazo y una pierna humanos.
"Dios mío —pensó Ino—. Ahora ellos lo saben".
Uno de los cazadores empezó a rezar, con voz ronca y rimbombante. Cuando hubo terminado la oración, apoyó el cañón de su rifle en la cabeza de Kurenai y disparó.
—Oímos a los hombres —dijo Itachi cuando hubieron vuelto a la cámara. Estaba temblando y brillaba el sudor sobre su piel—. Reían y hablaban alrededor del fuego armando tanto ruido que había que estar sordo para no oírlo.
—¡Fue una estupidez ir allí! —vociferó Kakashi, escupiendo saliva—. ¡Mataron a Kurenai!
—Ella quiso acercarse más —prosiguió Itachi, aun aturdido—. Yo traté de impedírselo, pero ella quería verlos. Quería oír lo que estaban diciendo. —Sacudió la cabeza, tratando de recobrarse—. Estábamos en el borde del claro..., tan cerca de ellos que podíamos oír latir sus corazones... y creo... creo que algo en uno de ellos la hipnotizó. Como si viese criaturas de otro mundo. Ni siquiera se movió cuando uno de los hombres levantó la cabeza y la vio... Creo... —Pestañeó despacio, como si el cerebro funcionase con pereza—. Creo... que durante un minuto... se olvidó de que era una loba.
—Ahora se marcharán, ¿no? —dijo el pequeño Satoshi, apretando con sus manitas el cuello de su raída hakama— ¿Los hombres malos se irán? —Nadie le respondió. Se encogió más entre los brazos de Sakura—. ¿Verdad que sí, mami?
—¡Bah! —Kakashi escupió al fuego—. ¿Quién sabe lo que harán? ¡Los hombres están locos!
Se enjugó la boca con el dorso de la mano. Dio una patada hacia una piedrilla y se quedó quieto, mirando hacia el fuego. Se calmó, dirigiendo una mirada sutilmente más tranquila y segura al pequeño Uchiha.
—Tal vez se irán. Tal vez están muertos de miedo y están empacando sus cosas. Pero ahora saben de nosotros, y no hay nada más peligroso que un aldeano asustado y con un rifle. —Miró rápidamente a Sakura—. Tal vez se irán —reiteró—, pero yo no confiaría en ello. De ahora en adelante montaremos una guardia constante en la torre. Yo subiré el primero. Itachi, ¿querrás ser tú el segundo? —Itachi asintió con la cabeza—. Tendremos que dividirnos en turnos de seis horas.
Kakashi miró a Ino, a Itachi, a Satoshi, a Karin y a Sakura, los miembros supervivientes de la manada. No hacía falta que hablase; su expresión hablaba por él. La manada se estaba muriendo. Kakashi paseó la mirada por la cámara, como buscando a los que faltaban y Sakura vio lágrimas en su ensombrecido ojo.
—Yo amaba a Kurenai… —susurró en un jadeo apagado, torvo y melancólico.
Y entonces se envolvió en su hakama, dio media vuelta y empezó a subir la escalera.
Pasaron tres días. Había cesado el ruido de las sierras y las hachas.
La cuarta noche después de la muerte de Kurenai; Itachi y Kakashi subieron a la peña que había dominado el círculo de tiendas. Éstas habían desaparecido y la fogata del campamento estaba fría. El hedor humano había desaparecido también. Kakashi e Itachi se dirigieron hacia el noroeste, guiándose por los tocones, en busca del campamento principal de los cazadores. También éste había sido levantado. Las chozas estaban vacías y los carros se habían ido. Pero permanecía el camino que habían abierto en el bosque, como una parda cicatriz sobre la tierra. No había rastro del cuerpo de Kurenai; se lo habían llevado.
¿Y qué pasaría cuando la gente del mundo exterior viese un lobo con un brazo y una pierna humanos?
El camino marcaba la dirección hacia el palacio blanco. Un gruñido grave brotó de la garganta de Itachi, y Kakashi comprendió lo que quería decir: ¡Que Dios nos ayude!
Prosiguió el verano, una sucesión de días abrasadores. Los cazadores no volvieron, ni otros carros trazaron rodadas en el camino forestal.
Itachi empezó a volver de noche a la hondonada para ver pasar el tren. Su maquinista parecía conducirlo todavía más velozmente que antes. Se preguntó si aquel hombre habría oído hablar del lobo encontrado y escuchado las historias que sin duda habrían circulado de que en aquellos bosques vivían monstruos.
Corrió algunas veces con el tren, deteniéndose siempre cuando su cuerpo empezaba a cambiar de ser humano a lobo, poniendo en peligro su equilibrio. Las ruedas de hierro silbaban junto a él y le dejaban atrás.
Terminó el verano.
El bosque se tiñó de oro y rojo, los rayos del sol cayeron sesgados sobre la tierra, y la niebla de la mañana se volvió fría y persistente.
Y entonces llegaron los cazadores hasta el límite cercano al Palacio Blanco.
Llegaron veintidós con la primera helada, en cuatro carros tirados por caballos. Kakashi e Itachi se agazaparon entre la maleza y observaron cómo montaban un campamento en las chozas de los anteriores cazadores. Todos llevaban fusiles y algunos también rifles. Uno de los carros era de pertrechos, y junto a cajas marcadas con el rótulo de "¡Peligro! ¡Explosivos!", había un cañón pesado montado sobre ruedas. El hombre que parecía ir al mando apostó centinelas alrededor del campamento, y los otros empezaron a cavar trincheras y a fijar estacas afiladas en el fondo de aquéllas. Desenrollaron redes y las colgaron en los árboles, con alambres a modo de trampas tendidas en todas direcciones. Desde luego dejaron su olor en todo aquello, de manera que las redes y los alambres eran fácilmente evitados; pero entonces la mitad de los hombres con dos carros siguió por el camino forestal hasta el sitio donde habían estado montadas las tiendas, y allí instalaron las suyas, cavaron nuevas trincheras y colgaron nuevas redes.
Descargaron las cajas de explosivos y el cañón sobre ruedas, y cuando lo dispararon para probarlo, pareció que había llegado el fin del mundo y cayeron pinos jóvenes como talados por una docena de hachas.
—Ballestas y rifles… —dijo Kakashi cuando estuvieron de regreso en el Palacio Blanco—. ¡Han traído un arsenal! ¡Para matarnos! —Sacudió la cabeza con incredulidad; tenía el ralo cabello mucho más blanco—. ¡Dios mío! ¡Deben pensar que somos cientos!
—Yo creo que debemos marcharnos mientras estemos a tiempo, Kakashi-san —clamó Ino—. Ahora mismo, antes de que esos tipos nos den caza.
—¿Y adónde vamos a ir si está llegando el invierno? ¿Qué quieres? ¿Que cavemos madrigueras y vivamos en ellas? No podríamos sobrevivir sin un refugio.
—¡Donde no podremos sobrevivir es donde estamos! —resolló Karin— Empezarán a registrar los bosques, y más pronto o más tarde nos encontrarán.
—Entonces, ¿qué hemos de hacer? —preguntó pausadamente Kakashi, con la luz del fuego enrojeciendo su cara—, ¿Ir al encuentro de los soldados y decirles que no deben tener miedo, que somos seres humanos como ellos? —Sonrió amargamente—. Ve tú primero, Karin, y veremos cómo te tratan.
La pelirroja frunció el ceño y se alejó apoyándose en su bastón; andaba con mucha más facilidad sobre tres patas que sobre una pierna. Kakashi se sentó en cuclillas y se puso a pensar. Itachi sabía lo que pasaba por la cabeza de aquel hombre: la caza sería mucho más difícil con los cazadores y sus trampas en el bosque. Ino tenía razón: más pronto o más tarde los encontrarían, y era previsible lo que éstos les harían si los capturaban. Itachi miró a Sakura, que sostenía a su hijo dormido en su regazo. Pensó que aquellos hombres los matarían o encarcelarían. La muerte sería preferible a las rejas de hierro.
—Aquellos malditos me arrojaron de una casa —dijo Kakashi—. No me arrojarán de otra. Yo me quedo aquí pase lo que pase. —Se levantó; había tomado su decisión—. Los demás pueden buscar otro sitio, si quieren. Tal vez puedan utilizar una de las cuevas donde fuimos en busca del kyuubi, pero yo no pienso agazaparme temblando como una bestia en una cueva. No. ¡Ésta es mi casa!
Se hizo un largo silencio que rompió Sakura con voz temblorosa, aferrándose a una falsa esperanza:
—Tal vez se cansarán de buscarnos y se marcharán. No estarán mucho tiempo, con el invierno echándose encima. Se marcharán con las primeras nieves.
—¡Sí! —convino Karin—. No se quedarán cuando llegue el frío, esto es seguro.
Era la primera vez que la manada ansiaba el aliento helado del invierno. Una buena nevada echaría de allí a los cazadores. Pero aunque el aire se enfriaba, el cielo permanecía despejado.
Caían hojas muertas de los árboles, y Kakashi, Itachi y Karin observaban desde la espesura a los soldados, que rondaban por el bosque en grupos apretados y con fusiles apuntando en todas direcciones. En una ocasión, un grupo pasó a menos de cien metros del Palacio Blanco.
Cavaron más trincheras, plantaron en ellas estacas afiladas y las cubrieron con tierra y hojas. Trampas para lobos, dijo Itachi a Sakura. Éstas no daban resultado, pero los cazadores registraban el bosque en círculos cada vez más amplios, y un terrible día, Itachi y Kakashi observaron, en angustiado silencio, cómo aquellos hombres tropezaban con el Jardín. Pusieron manos a la obra, excavando con las bayonetas las tumbas que habían sido reparadas después de la muerte del kyuubi. Y cuando empezaron a sacar huesos humanos y de lobo de la tierra, Itachi agachó la cabeza y se volvió, incapaz de soportar lo que estaba viendo.
La nieve espolvoreó el bosque. El viento del norte sopló con fuerza, pero los soldados no se iban.
Transcurrió octubre. El cielo se oscureció, cargado de nubes. Y una mañana, cuando Sakura volvía de caza con un conejo recién muerto entre los dientes, se encontró con que el enemigo estaba a menos de cincuenta metros del Palacio Blanco.
Eran dos hombres armados con fusiles. Sakura se escondió entre la maleza y les vio acercarse. Estaban hablando, decían algo de Amegakure; sus voces eran nerviosas y sus dedos se apoyaban en los gatillos.
Sakura dejó que el conejo cayese de su boca.
"Por favor, deténganse —dijo mentalmente a los cazadores—. Por favor, vuelvan atrás. Por favor..."
Pero no le obedecían. Sus botas continuaban aplastando las hojas muertas, y cada paso que daban les acercaba más a la manada y al niño.
…Satoshi…
…Su hijo.
Los músculos de Sakura se pusieron tensos y su corazón empezó a palpitar.
"Por favor, retrocedan."
Los soldados se detuvieron. Uno de ellos encendió un cigarrillo resguardando la cerilla con la mano.
—Hemos ido demasiado lejos —dijo al otro—. Será mejor que volvamos, si no queremos que Pain nos despelleje.
—¡Ese hijo de puta! —observó el segundo hombre, apoyándose en su fusil—. Yo creo que deberíamos prender fuego al maldito bosque y acabar de una vez. ¿Por qué diablos quiere que montemos un nuevo campamento en esta basura? —Miró a su alrededor, con miedo y respeto, y Sakura pensó que el tipo tal vez era un hombre de ciudad—. Incendiarlo y volver a casa, esto es lo que habría que hacer.
El primer hombre expelió nubecillas de humo por la nariz.
—Por eso no somos oficiales, Hidan —dijo—. Somos demasiado listos para llevar estrellas. Te diré una cosa: si me hace cavar otra maldita trinchera, le diré a Pain que se meta su... —Se interrumpió, con el humo flotando detrás de él, y miró entre los árboles—. ¿Qué es aquello? —preguntó en voz baja.
—¿Qué? —dijo Hidan, mirando a su alrededor.
—Allí. —El primer hombre avanzó dos pasos más y señaló— Allí. ¿No lo ves?
Sakura cerró los ojos.
—Es un edificio —dijo el primer hombre—. ¿Lo ves? Hay un minarete.
—¡Carajo, tienes razón! —convino Hidan, que inmediatamente empuñó y amartilló su fusil.
El ruido le hizo abrir de nuevo los ojos a Sakura. Los dos cazadores estaban a menos de cinco metros de ella.
—Será mejor que hablemos de esto a Pain —dijo Hidan—. No voy a acercarme más.
Se volvió y echó a andar apresuradamente a través del bosque. El primer hombre tiró la colilla de su cigarrillo y siguió a su compañero.
Sakura se puso en pie. No podía dejar que volviesen a su campamento. No podía; no debía. Pensó en los huesos desenterrados en el Jardín como frágiles raíces, en la cabeza de Kurenai hecha pedazos…
…En lo que harían aquellos hombres a Itachi y a Satoshi si volvían con sus armas y explosivos.
Se encendió de ira, y un aullido grave empezó a brotar de su garganta. Los cazadores se abrían camino en el bosque, casi corriendo. Sakura tenía todavía sangre del conejo en la boca; salió disparada detrás de los soldados, como una mancha rosácea en el bosque gris. Corría sin hacer ruido, con la ligereza del predador. E incluso al acercarse a los dos hombres y considerar el punto dónde iniciaría el salto, se dio cuenta de una cosa muy sencilla: las lágrimas de un lobo no eran diferentes de las de un ser humano.
Saltó hacia delante, con las patas de atrás como muelles de hierro, y cayó sobre la espalda del cazador pelirrojo que fumaba antes de que éste advirtiese su presencia.
Sakura derribó al hombre sobre las hojas muertas y cerró las fauces sobre su cuello. Sacudió violentamente la cabeza a derecha e izquierda y oyó el ruido de huesos al romperse. El hombre se agitó, pero fueron los espasmos nerviosos y musculares de la muerte. Sakura acabó de romperle el cuello, y el hombre murió silenciosamente.
Sonó una exclamación ahogada. Sakura miró hacia arriba, con sus ojos verdes brillando.
Hidan se había vuelto y estaba levantando el fusil.
Sakura vio que el cazador apretaba el gatillo. Un instante antes de que saliese la bala saltó a un lado y se hundió entre la maleza, y un proyectil levantó una nubecilla de polvo. Sonó un segundo disparo; la bala pasó por encima del hombro de Sakura y fue a dar en el tronco de un roble. Se detuvo de pronto sobre una alfombra de hojas muertas y oyó que el cazador corría. El hombre gritaba pidiendo auxilio, y Sakura fue tras él como un verdugo silencioso.
El cazador tropezó con sus botas, se levantó y siguió huyendo.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritó, y se volvió para disparar contra lo que creía que se acercaba detrás de él. Pero Sakura estaba girando por el flanco para aislarle de su campamento. El cazador siguió corriendo y chillando, con hojas secas en los cabellos, y Sakura salió de entre la maleza e inició un salto, pero vio enseguida que no era necesario gastar energía.
El suelo se abrió bajo los pies del cazador y éste cayó en la trampa cubierta de tierra y hojas. Sus gritos terminaron con una nota ahogada. Sakura se acercó cuidadosamente al borde de la zanja y miró hacia abajo. El cuerpo del cazador se retorcía, incluso después de haber sido atravesado por siete u ocho estacas afiladas. El olor a sangre era muy fuerte, y esto, combinado con la furia de Sakura, hizo que ésta diese un gemebundo y estridente aullido.
Un momento después oyó gritos: se acercaban rápidamente más hombres. Sakura se volvió y echó a correr hacia el lugar donde yacía muerto el primer cazador. Hizo presa en el cuello del cadáver con los dientes y trató de arrastrarlo dentro de la maleza. Pesaba mucho y la carne se desgarraba; era un trabajo difícil. Por el rabillo del ojo vio un destello negro-grisáceo; Itachi se acercó y le ayudó a arrastrar el cadáver hacia la sombra de un espeso bosque de pinos. Entonces Itachi dio un suave golpe en el costado de Sakura para indicarle que se retirase.
Sakura vaciló, pero Itachi le empujó rudamente con un hombro para que obedeciera. Itachi se agazapó entre las hojas, escuchando el ruido que hacían los cazadores. Eran cinco. Dos se pusieron a desprender el muerto de las estacas, y los otros tres empezaron a registrar el bosque, con los fusiles amartillados y a punto.
Las bestias habían venido, tal como Kakashi había supuesto siempre que ocurriría. Las bestias habían venido, y no les sería negada su carne sangrante.
Itachi se levantó entre los árboles, como un fantasma y volvió corriendo al palacio blanco, con el hedor de las bestias persistiendo en su nariz.
CONTINUARÁ
N/A:
Y citando cierta saga,ejem ... "Brace yourselves winter is coming!" y con ello... el final de esta primer temporada... SÓLO DOS CAPITULOS MAS! y, bueno... tendran tiempo de preparar antorchas y ballestas para demostrarle su afecto a esta humilde escritora xDD... ya en serio, prepárense, el final de temporada esta cerca y, veremos quienes sobreviven a esta cruel lucha entre bestias y cazadores...
Cualquier comentario, queja, crítica, tomatazo (yunques no, no los cubre mi seguro xDD) al apartado de reviews!
Nos leemos, espero yo, un poco más pronto.
HIGURASHI´S OUT!
