Holaaa… Antes que nada, solo quiero aclarar que no estoy obsesionada con esta historia. Bueno, tal vez un poquito ¡Pero es temporal, lo juro!... ¡Puedo dejarlo cuando quiera!... Ok, eso no xD

En fin, ¡A Leer!

Kung fu panda no me pertenece. Es propiedad de DreamWorks


¿Por qué?

Cada paso se siente forzado, casi doloroso, y mi pecho se contrae cada vez que pienso en lo que acaba de pasar. No lo volveré a ver. Tengo que hacerme a la idea, aunque no quiera, aunque me duela. He pasado veinte años sin él y aunque al principio fue doloroso, puede superarlo y seguir mi vida. Sin embargo, aquella vez tuve el consuelo de mi mejor amigo. Esta vez, estoy sola en esto. Po me odiará cuando se entere de todo. Al menos, tengo el consuelo de saber que Tai Lung se fue para vivir mejor, para alejarse de aquí y de todo el daño que ha hecho.

Tal vez algún día lo vuelva a ver. Tal vez lo busque, para saber que vive feliz, o tal vez por azares del destino. ¿Quién sabe?

Exhalo un suspiro, a la vez que alzo la mirada para ver hacia las escaleras frente a mí. Nunca me quejé de ellas, incluso más de una vez regañé a Po por ello, pero esta vez tan solo verlas me hacen sentir cansada y aún más adolorida de lo que ya estoy. No es que me queje por esto último, solo que las escaleras no ayudan.

Te acompaño. Nadie me verá. —Había ofrecido Tai, antes de que me fuera del prado.

Pero no quería arriesgarme, ni arriesgarlo. Le dije que no. Aunque igualmente me acompañó hasta la entrada al valle. No sé si decir que fue un momento triste, o uno de los mejores en los últimos meses. No dejó de recordarme que me amaba y cuando tuve que seguir sola, me detuvo un buen rato entre besos y abrazos. Estaba igual o más afligido que yo, lo sé, aunque vi algo en su mirada que desde hace rato me tiene intranquila.

Ni modo.

Echo otra mirada a las escaleras y bufo, gritando una palabrota en mi mente. No quiero subir y ver a todos a la cara, fingiendo que no pasa nada. Mucho menos quiero soportar las acusatorias miradas de Grulla, que de seguro no me dejaran en paz. Esa ave se queja de que su madre es una metiche, pero él es igual. Solo que en versión masculina. En fin. Tomo una bocanada de aire, llenando mis pulmones con todo el aire fresco que me es posible y subo el primer escalón...

Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Me siento una tonta repitiendo una y otra vez eso en mi mente, como si de dejar de hacerlo pudiera olvidarlo y caer. Pero necesito ocupar mi mente en algo y aparte de pensar en que Lía despertará en cualquier momento, no se me ocurre otra cosa.

Cada paso se siente como cargar ladrillos en mi espalda: pesado y agotador, pero finalmente llego arriba y me dirijo a las barracas. Ronquidos, murmullos incoherentes, algunos quejidos de los cuales prefiero ignorar. Todos duermen y no puedo contener un suspiro de alivio. Me siento como una chiquilla que ha escapado de la casa a espalda de sus padres, caminando de puntitas de pie por el pasillo y pegando un respingo cada vez que escucho crujir la madera del suelo.

Sonrío, no sé si satisfecha de haber llegado sin que nadie me viera y tan solo por esa mezcla de emoción y nervios de saber que se está haciendo algo incorrecto, y con sumo cuidado, deslizo la puerta de mi cuarto para abrirla...

—¿A dónde fuiste?

Y entonces, la tranquila, pero severa, voz de Shifu, acompañado por la tierna risita de Lía me hacen pegar un respingo.

—¿Tigresa?

La voz de Po es algo impaciente. Cierro los ojos, reteniendo el aire en mis pulmones, y mi agarre a la puerta se tensa, hasta que un ligero "crack" me dice que he partido la madera. Pero eso no me interesa en este momento.

—Salí a correr. Temprano.

No volteo. No abro los ojos. No suelto la puerta. El corazón se me acelera de manera dolorosa y mis pulmones comienzan a arder por la leve falta de aire. Estoy nerviosa, demasiado. Siento las miradas de Po y Shifu clavadas en mi nuca, ambas igual de severas.

—Qué raro. —Comenta Po, sin cambiar el tono de voz—. Aun no amanecía cuando desperté.

Quiero hablar, pero mi garganta se siente tan seca que carraspeo varias veces antes de hacerlo.

—Sí. Es que... No podía dormir... Y... Salí a correr un poco, para relajarme. He estado tenso últimamente.

No sé qué más decir.

—Ha llovido toda la noche. —Replica Shifu.

¡Carajos! Ambos me conocen y no me creen ni la mitad de lo que digo.

—Es que... Yo...

—¡Dame la cara cuando te hablo, Tigresa!

Me jodo a la... Como si algo mas me manera a mí, penas escucho de grito de Shifu, enderezo los hombros y volteo, quedando de frente ellos. Es un acto reflejo, creo. De pequeña me daba terror que Shifu gritara y nunca replicaba una orden suya, menos si estaba furioso por algo que haya hecho. Es obvio que está furioso, tal vez porque no me cree la historieta, o por haber salido tan temprano a "correr".

Po está parado detrás de mi padre, con Lía ya despierta en sus brazos. Evita mi mirada, desviando los ojos hacia cualquier punto indefinido del lugar, mientras que mi pequeña ríe con tiernas carcajadas y estira los bracitos hacia mí, pidiendo que la alce. Sin embargo, al darse cuenta de ella, Po le sujeta los brazos y la estrecha más contra su pecho, de tal manera que ella queda e espaldas a mí.

¿Qué carajos...? No puedo evitar gruñir y arrugar el entrecejo.

—No debiste salir a esas horas. En medio de esa lluvia. —La voz de Shifu es severa y su semblante sombrío—. Mucho menos sin decir nada.

Apoya el bastón de Oogway en el suelo y se para sobre él, manteniendo el equilibrio tan solo con la punta del pie derecho, de tal manera que queda a la misma altura que yo. Luce preocupado, además de enojado, pero cuando estira las manos hacia mi rostro, no puedo evitar apartárselo...

Me mira, incrédulo, con cierto reproche en sus ojos. Pero mantengo me semblante serio.

—Perdón. —Mascullo, sarcástica—. Ahora resulta que debo pedir permiso para salir.

—Tigresa...

—No. Nada de Tigresa, hija o lo que sea. —Ni siquiera sé de donde saco valor para replicarle—. Con todo respeto, maestro, no soy una niña. Soy mayor de edad y no tengo por qué darle explicaciones.

—Antes que maestro, soy tu padre, Tigresa. Así que guárdate ese tono.

Cierro mis manos en puños, estrujando un poco la tela de mi pantalón, y tenso la mandíbula. Lo observo, con el mejor semblante inexpresivo que puedo, y tengo que morderme la lengua para no decir nada de lo que después pueda arrepentirme. Mal que me pese, tiene razón. Es mi padre y maestro. Le debo respeto y no puedo contestarle así. Además, no estoy realmente enojada con él, tan solo estoy algo alterada por los nervios.

Finalmente, junto mi puño derecho con la palma izquierda, a la altura de mi pecho, e inclino la cabeza hacia delante.

—Lo lamento. —Murmuro, esforzándome por sonar amable—. No quise.

Levanto la mirada y veo hacia Shifu, que tan solo se limita a observarme. Pero luego de unos segundos, asiente y yo me vuelvo a enderezar.

No dice nada. Se baja del bastón y sin siquiera dirigirme una última mirada, se voltea en dirección al pasillo. En medio del silencio, sus pasos hacen crujir la madera dl suelo, a medida que se va alejando. Me obligo a contener un suspiro de alivio. Al parecer, no seguirá con su interrogatorio.

Sin embargo, antes de doblar en la esquina del pasillo, se detiene y veo sus manos, que sostienen el bastón detrás de su espalda, tensarse en torno a este.

—Bien. —Masculla, de espaldas a nosotros—. Te veo luego del desayuno.


—¿Y cómo es que no pudiste avisarme antes?

—Duermes como un tronco, Po.

—Pero...

Ruedo los ojos, conteniendo un gruñido, mientras que Po sigue con su extenso sermón sobre lo preocupado que estuvo al ver que yo no estaba en la cama cuando despertó por los llantos de Lía. Sé que eso no es todo, lo veo en sus ojos e incluso se nota en su manera de hablar, con reproche contenido y cierto matiz afligido, pero decido ignorarlo por el momento. Aun no estoy lista para hablar de eso con él.

Escucho sus pasos por el suelo, yendo y viniendo por el cuarto. Está histérico, incluso veo que se jal las orejas de vez en cuando, un hábito que tomó de niño y que solo le pasa cuando realmente está alterado, pero poco puedo hacer al respecto. Dejo a Lía sentada en la cama y me dirijo al armario. Aún tengo la ropa algo húmeda y aunque aparentemente Po se ha creído lo de salir a correr, quiero cambiármela antes de que repare en...

—Oye ¿Que tienes ahí?

¡Carajos!... Estoy inclinada frente al armario, buscando algo para cambiarme de entre la ropa, cuando su voz me hace pegar un respingo, que por poco no choco la cabeza con la pequeña repisa que hay en este. Rápidamente me enderezo, sosteniendo una blusa en mi mano derecha, y me volteo para quedar de frente a él. Está a unos pasos de distancia, pero me siento acorralada y mi estómago se retuerce dolorosamente por el susto.

Sonrió, disimulando un poco mis nervios, y le dirijo una interrogante mirada.

—¿De qué hablas?

Po arquea una ceja.

Lo veo avanzar hacia mí y por acto reflejo, retrocedo unos pasos. Él no parece darle importancia, ya que no se detiene, y yo sigo retrocediendo hasta que mi espalda choca con el armario y me veo acorralada contra este. Ya no hay salida y lo que son segundos, me parecen horas. El sudor frio me cubre la frente y mi corazón duele con cada latir. Trago grueso e ignoro el ya familiar ardor en mis pulmones, mientras observo la mano derecha de Po posarse en mi hombro. Me sujeta, sin ejercer demasiada fuerza, y me obliga a voltearme. No pongo resistencia, ni siquiera tenso mi cuerpo.

De reojo, veo a Lía sentada en la cama: Nos observa, en silencio, con el biberón en sus manitas y la cabeza levemente ladeada a un lado, con inocente curiosidad.

Entonces, los dedos de Po en mi espalda me sacan de mis pensamientos, a la vez que me hacen pegar un respingo. Él ríe, divertido, aunque con cierta amargura, a la vez que murmura algo parecido una burla.

—Esto. —Dice, risueño.

Y por un momento, pienso que se refiere a los rasgones en la tela, que son tan pequeños que apenas si parecen deshilachados. Pero su mano presiona en mi espalda y en vez de detenerse, sube hasta mi nuca. Me acaricia el pelaje, lo aparta, y presiona suavemente justo sobre el borde del cuello del chaleco…

Un ligero escozor me hace arrugar el entrecejo y la fugaz imagen de las zarpas de Tai Lung recorriendo mi espalda invade mi mente.

—Parece un rasguño. —Prosigue.

Sus dedos enganchan el borde del cuello del chaleco, pero entes de que lo aparte, muevo los hombros para apartar su mano y me volteo, quedando de frente a él. No es "un rasguño". Son cuatro líneas rosadas, nada profundas, que inician en mi nuca y descienden hasta ambos lados de mi cintura. Definitivamente, no puedo dejar que Po vea eso.

—Me llevé unas ramas por delante. —Es lo primero que se me viene a la mente. Po sonríe, divertido, y yo me encojo de hombros—. Es que iba distraída.

Admito que ni yo misma me lo creería. Mi voz no me delata, logro mantener un tono bajo y tranquilo, pero mis manos tiemblan y estrujan la tela del chaleco. Po parece ignorar aquello, ya que decide pasarlo por alto, y se acerca aún más a mí hasta eliminar el poco espacio de tan solo centímetros que nos separaba. Su mano derecha se posa en mi cadera y la izquierda en el armario, acorralándome, e inmediatamente me invade la necesidad de apartarlo.

Sin embargo, no puedo. Me quedo de piedra, mientras sus labios se posan suavemente sobre mi hombro. Tal como sucedió anoche, no siento nada. Ni un estremecimiento, ni una pizca de anhelo, ni siquiera aquella sensación de cosquilleo que eriza la piel. Nada. Tan solo quiero apartarlo. No es asco o repulsión, ni nada que se le parezca, es solo que no deseo tenerlo cerca de esa manera. Es como ser besada por aquel amigo al que quieres solo como un hermano. Es como… como cuando niños.

Po nunca ha dejado de ser mi mejor amigo. Vi protección en él, el apoyo que necesitaba en aquel entonces, y confundí aquel cariño con amor.

Po sube por mi hombro, con besos tiernos y suaves, pero apenas llega a mi cuello, coloco mis manos en su pecho y lo empujo. No muy fuerte, solo lo suficiente para indicarle que se aparte. Él obedece, no pone resistencia o intenta insistir, pero cuando mi mira, el verde jade de sus ojos se nubla por la falta de brillo. Es una mirada amarga, con lágrimas contenidas, casi suplicante. Su frente se arruga y sus labios entre abiertos tiemblan. Está por decir algo, pero se arrepiente y frunce los labios, hasta formar una delgada línea torcida.

Lo miro… Lo miro… y lo miro. Debo decírselo ¿ahora?

Sin embargo, cuando abro la boca para hablar, las tiernas risitas de Lía, junto al sonido del gong, nos obliga a voltear la mirada. Pronto, el pasillo se llena con el ruido de las puertas al abrirse y el "buenos días, maestro" se escucha a coro. No pasará mucho para que nos busquen o mínimo, pregunten por nosotros. Pero cuando giro de vuelta hacia Po, este me deja helada en mi lugar con un ligero beso en mis labios...

—Por favor. No me dejes. —Murmura, con su rostro a centímetros del mío—. Una oportunidad, Tigresa. Sea lo que sea, podemos superarlo. Por favor.

Me abraza. Sus brazos se aferran a mi cintura, como si de esto dependiera su vida, y esconde el rostro en mi cuello. Está llorando. Las lágrimas humedecen mi hombro y su pecho se sacude con los espasmos del llanto contenido. Lo escucho sorber por la nariz, a la vez que se le escapa un bajo sollozo, y sus brazos afirman aún más su agarre.

Nunca lo he visto llorar de esa manera y verlo me parte el alma. Pero no puedo hacer más que pasar mis brazos por su cuello y acariciarle la cabeza, con ciertos aires maternales.

—Lo lamento. —Murmuro, cerca de su oído—. Lo lamento, Po. No quise hacerte daño.

No es un sí, tampoco es un no. Es solo una disculpa, pero a Po parece reconfortarle aunque sea un poco, porque sus labios se curvan contra mi hombro y el agarre de sus brazos se afirma aún más, mientras acaricia mi espalda con sus manos. Murmura algo, que queda amortiguado por mi cuello y no logro entender, pero a lo cual respondo estrechando mi abrazo a su cuello.

Afuera, alguien toca la puerta y las voces de Mantis y Mono no se hacen de esperar. Al parecer, mueren de hambre. Pero me basta con una simple amenaza de una semana sin poder caminar por los golpes para que dejen de molestar y se vallan.

Poco a poco, deshago mi agarre y deslizo mis manos por su cuello, hasta sujetarle el rostro y obligarlo a mirarme. Sus ojos están vidriosos y las lágrimas humedecen sus mejillas, pero aun así sonríe. No sé cómo lo hace. Es algo que siempre voy a admirar de él: aquella fuerza para ponerle buena cara al mal tiempo. Pero también me duele, porque de entre todas las personas del mundo, él es quien menos se merece esto.

Sonrió, más para animarle que porque así me plazca, y limpio los rastros humeado de su rostro con mis pulgares.

—Hablaremos de esto ¿Si? —Digo, como quien negocia con un niño: con toda la ternura de la que soy capaz—. Ahora debemos desayunar algo.

Po asiente, aun con la pequeña sonrisa en sus labios, y se aparta unos pasos para dejarme lugar a que salga. Sin embargo, cuando me volteo en dirección a Lía, la mano de él sujeta mi muñeca y me detiene.

—¿Tigresa? —Llama, tímido.

—¿Si?

—Me... ¿Me darías un beso?

Giro el rostro hacia él y pos unos segundos, tan solo lo observo. Sus mejillas sonrojadas, su mirada clavada en sus pies, que se mueven de manera nerviosa en el suelo, y los labios entre abiertos y algo secos. Está nervioso. Se ve tímido y me recuerda a nuestro primer beso, durante el primer festival por el Día del Guerrero Dragón. No respondo. Me acerco a él y le acuno el rostro entre mis manos, acariciándole las mejillas con los pulgares. Sus ojos se quedan fijos en los míos y en ellos no solo puedo ver angustia o tristeza, sino también amor y ternura. Sonrío, una sonrisa un tanto forzada, e inclino mi rostro hacia el de él. Lo beso en la comisura de los labios. Un beso inocente, que dura unos cuantos segundos, sin pasar a ser más que un ligero roce.

Me separo de él, con la mirada gacha, y le suelto el rostro. Nos quedamos en silencio, uno frente al otro, como si intentáramos analizar lo que acaba de pasar. Un beso. El mismo que nos dimos hace tan solo unos días, pero diferente. Más frío y distante, sin sentimientos que nos provoque cosquillas en el estómago. Po no dice nada. Coloca una mano en mi mejilla y me planta un beso en la frente, para luego salir del cuarto, a pasos rápidos y ligeros…

Escucho los pasos de Po alejarse por el pasillo y en cuanto sé que se ha ido de las barracas, camino hacia la cama y me siento en el borde, junto a Lía, apoyando los codos en mis rodillas y la cabeza entre mis manos, aun sujetando la blusa. Tengo sueño y mis parpados se sienten tan pesados, que cada tres segundos se me cierran los ojos. Cabeceo, a punto de quedarme dormida, y la sensación de estar a punto de caerme desde algún lugar alto me hace enderezarme con un respingo.

Lía ríe junto a mí, de seguro divertida por mi reacción, y sus manitos hacen palmitas en mi pierna izquierda. La observo y esbozo una pequeña sonrisa al verla gatear hasta quedar en mi regazo. Arruga el entrecejo y balbucea, a la vez que se sujeta del cuello de mi chaleco e intenta pararse. Esta niña tiene cuatro meses, pero es tan inquieta que no me sorprendería verla caminar antes de cumplir un año. No la agarro, ni la detengo, tan solo coloco mis brazos a su alrededor, sin tocarla, en casa de que caiga y necesite que la atrape.

Sin embargo, tras un par de intentos, vuelve a caer sentada en mi regazo y se cruza de brazos, esbozando un puchero que amenaza con convertirse en llanto.

—Hey, lo hiciste bien. —La felicito, con una pequeña sonrisa.

La vuelvo a sentar en la cama, ignorando sus pucheros y balbuceo, y me cambio el chaleco que tengo puesto por la blusa que he sacado del armario: Roja, de mangas largas y con bordes negros. Creo que Víbora tenía razón, le tengo cierta manía a esos colores. Ni modo. Levanto a Lía en mi brazo izquierdo, sujetándola contra mi cadera, y con mi mano derecha le acerco el biberón para que se lo acabe. Pero ella lo aparta, arrugando el entrecejo, y antes de que pueda hacer algo, me jala del borde del cuello de la blusa, dejando casi la mitad de mi hombro al descubierto, y entierra el rostro en mi pelaje…

Río, por lo graciosa de la escena, e intento apartarla. Pero no quiere.

—Lía… Lía ¿Qué haces?

Me hace cosquillas. Es como si olfateara mi pelaje… Y de hecho, eso está haciendo. Su nariz es bastante desarrollada para su edad, y la prueba de ello son las veces que he pillado a Po buscando las galletas de mono con ayuda del olfato de esta pequeña, y de seguro el aroma del prado no es lo único que ha detectado. Ella ya ha visto a Tai, incluso ha estado en sus brazos, no me sorprendería que reconozca su aroma.

Genial, mi hija es una rastreadora.

La aparto de mi hombro, para acomodarme la blusa que Lía ha jalado, y aunque ella hace un intento de berrinche por eso, tan solo basta con que la observe con una ceja arqueada para que entienda y deje de insistir. Sin embargo, mientras camino por el pasillo, el entrecejo arrugado y la mirada de asesina sería no se van de su rostro…


¡Tenía razón!... Grulla no deja de escudriñarme con la mirada durante todo el desayuno. Aunque hago como que no sé nada y sigo charlando con Víbora, mientras lucho disimuladamente para que Lía deje sus intentos de olfatear mi cuello u hombro. Intenta pararse en mi regazo, se estira y retuerce en mis brazos, intenta sujetarme del cuello de la blusa y más de una vez me lo ha jalado, casi hasta rasgar la tela, lo cual ha provocado la risa de casi todos en la cocina (Y que mis mejillas ardan como faroles) Sin embargo, la vuelvo a acomodar en mi regazo y le doy un dumpling, pan de frijol o alguna galleta, lo cual la ocupa por unos minutos. Repito, solo unos minutos, hasta que se aburre de jugar y babosear la comida y decide volver al "ataque".

¡Joder, niña! Esta chiquilla sí que puede ser un dolor de cabeza cuando se lo propone ¡Y solo tiene cuatro meses! Me pregunto qué será cuando tenga cuatro años.

—Al parecer, alguien está inquieta. —Murmura Grulla.

Los demás ríen, incluso Shifu esboza una pequeña sonrisa, pero por la mirada del ave, sé que no ha sido una broma. Lo ha dicho con toda la intención y como respuesta, tan solo le dirijo una mirada de mala muerte, antes de volver a la reciente rutina de darle algo a Lía para que juegue y se deje de molestar un rato.

A la décima galleta, Lía parece hartarte de aquello, ya que la arroja a la mesa y esboza un puchero. Me digo que ya se la pasará y no le doy mucha importancia, pero unos segundos después, le tiembla el labio inferior y comienza a emitir bajo sollozos.

—Ay, no. —Escucho murmurar a Mono.

—Tigresa, calla a...

Pero antes de que Mantis termine la oración, los bajos sollozos de Lía se transforman en un estridente llanto que nos hace taparnos los oídos a todos.

Me contengo de pronunciar un par de palabras muy poco amables y coloco a Lía contra mi pecho, con la cabeza a la altura de mi corazón. Le doy unas palmaditas en la espalda, murmuro algunos "ya está" o "calla bebé, calla mi niña", e intento meciéndola un poco. Generalmente eso la calma, pero esta vez no parece dar resultado.

—Haber, yo la calmo.

Por se levanta de la silla y extiende los brazos para que le dé a Lía. La cabeza me va a explotar, así no dudo en dársela. Pero apeas intento separar a Lía de mi pecho, sus manitos se aferran con fuerza a mi blusa, jalando un poco de mi pelaje, y suelta un potente chillido. ¡Pero qué pulmones!

—Al parecer no quiere. —Canturrea Mantis, al otro lado de la mesa.

"Tal vez tiene sueño", "tal vez le duele la pancita", "tal vez tiene hambre"... Pronto, no sé si son los llantos de Lía o las insistentes voces de todo lo que comienza a sacarme de mis casillas. Me duele la cabeza, tengo sueño y nunca, ni siquiera durante el embarazo, Lía me ha hecho perder la paciencia como lo está haciendo ahora. Amo a mi hija, pero ha decidido un mal momento para iniciar con los berrinches.

Me levanto de la silla y camino de un lado a otro por la cocina, meciendo a Lía en mis brazos. Ella no se calma. Las voces de todos siguen interponiéndose una sobre la otra con sugerencias y suposiciones tontas. Me duele a cabeza. No puedo evitar bostezar. La pequeña rutina se repite una y otra vez, bajo la atenta mirada de todos. En especial de la de Grulla, que me mira con cierta burla. Al parecer, disfruta el espectáculo.

Condenada ave. Más le vale que no lo agarre en el entrenamiento.

Poco a poco, los llantos de Lía comienzan a hacerse más débiles. Se está cansando de hacer berrinche. ¡Y ni siquiera lágrimas ha soltado! ¿Desde cuándo es tan caprichosa? Comienza a quedarse dormida, aun sollozando de vez en cuanto, y su manita derecha se aferra con fuerza al pelaje de mi cuello.

—¿Tigresa? ¿Quieres que...?

Po se para frente a mí y coloca las manos por entre mis brazos, con las intenciones de sujetarla. Dudo un poco, pero Lía está casi dormida, así que no creo que haya inconveniente. Asiento, junto a una mirada agradecida, y haciendo un gran esfuerzo para no parecer ansiosa por sacarla aunque sea unos minutos de mis brazos, se la entrego...

¡Y la muy hija mía comienza a llorar otra vez!

—¡Po! —Gritan las voces a coro de todos los allí presentes, incluso la de Shifu.

Po les dirige una mirada de disculpa y con una nerviosa sonrisa curvando sus labios, comienza a mecer a Lía en sus brazos.

—¡Perdón! No es mi culpa que esta niña sea tan chillona como la…

—¡Calla boca, panda!

—…Madre. —Po me dirige una burlona sonrisa, a pesar de mi entrecejo arrugado.

Y en ese momento, es como si solo estuviéramos nosotros. Sonríe, una sonrisa casi sincera, pero aquella sinceridad no llega a sus ojos. Siguen apagados, sin brillo, con ciertos aires melancólicos. Es como si sonriera solo por un recuerdo. Como si la felicidad de su voz, fuera tan solo el reflejo de algo que sucedió hace mucho tiempo.

No puedo evitar agachar la mirada, con cierta culpa revolviendo mi estómago. Murmuro algo que solo él alcanza a escuchar y a lo que tan solo asiente a modo de respuesta. Me da a Lía, que sigue tan histérica como hace unos segundos, y sin decir nada más, se dirige a preparar un biberón. Todos nos observan, extrañados por tal comportamiento, pero tan solo los ignoro y sostengo a Lía contra mi pecho, recostando su cabecita en mi hombro.

Y tal como era de esperarse, entierra el rostro en mi pelaje y no tarda en calmarse. Para cuando Po vuelve con el biberón, ella ya está dormida.

—Bueno, tal vez solo era un berrincho. —Murmura, dejando el biberón en la mesa.

Sonrío a modo de respuesta y asiento.

—Tal parece que solo buscaba el perfume de la madre.

Estaba a punto de dar un trago a la tasa de té, cuando las palabras de Grulla me hacen ahogar con mi propia saliva. Po me palmea la espalda y yo, aún algo ahogada, le dirijo una asesina mirada al ave al otro lado de la mesa, que ni siquiera levanta la vista hacia mí. Decidido, le haré sufrir en el entrenamiento de hoy.

—¿Te pusiste perfume, Tigresa? —Pregunta Víbora, con cierta sorpresa que provoca más de una carcajada.

—No, Víbora. No estoy usando perfume.

—Yo diría que sí. —Me replicó Grulla, con cierto tono de voz que a más de uno le desencajó la mandíbula e hizo arrugar el entrecejo a Po—. ¿Sabes? Me recuerda a ciertas flores lila, que crecen en un pequeño prado cerca de… Creo que era cerca de Bao-Gu.

Y apenas escucho ese nombre, siento que todo mi brazo derecho se duerme y sin poder evitarlo, mi mano deja caer al suelo la taza aún llena de té que sostengo. Sin embargo, el sonido de la porcelana al hacerse añicos y las voces de los demás pronunciando mi nombre son sonidos lejanos, vagos, como los que oyes al despertar luego de haberte dado un buen golpe en la cabeza y aún sigues aturdida. Me quedo de piedra, mirando a Grulla, que me dedica una ceja arqueada y poco a poco, va esbozando una torcida y maliciosa sonrisa.

Nunca me calló mal el ave. Nunca, hasta ahora.


Esa misma noche, me encuentro sentada en uno de los tejados del palacio. El cielo está despejado, iluminado por las miles de estrellas y la redonda luna llena. Poco a poco, a medida que avanza la noche, la suave brisa comienza a tornarse fresca y el rocío humedece mi pelaje. Sin embargo, me siento muy a gusto allí y no me pertenece para nada irme.

Bajo la mirada hacia mis brazo, donde Lía duerme plácidamente envuelta en una mantita rosa, y esbozo una pequeña sonrisa al notar que aun entierra el rostro en el pelaje descubierto de mi brazos y se aferra con ambas manos a mi muñeca. Incluso ronronea entre sueños. Esta niña sí que es todo un caso. Luego del desayuno, la dejé con Po y me fui a dar un baño (más de uno en realidad), me cambie de ropa e incluso me puse algo de perfume, lo cual ni siquiera Po pareció notarlo, pero al volver y tomar a Lía en brazos, ella seguía insistiendo en enterrar la nariz en mi pelaje.

Era como si estuviera obsesionada con eso. Ni siquiera yo podía sentir otro rastro en mi pelaje que no fuera ese asqueroso perfume, el jabón de baño o muy débilmente, el aroma de Po, que se me quedaba por las veces que lo tenía cerca. Entonces ¿Qué demonios era lo que tanto le gustaba a Lía? Por un momento, intenté convencerme de que solo era mi aroma, o tal vez el de Po. Aunque solo era una idea para negar la verdad, porque apenas pensaba en aquella idea, la imagen de Lía en brazos de Tai Lung volvía a mi mente.

Ella se había acurrucado contra su pecho y enterrado el rostro en su pelaje, ronroneando como un manso gatito. A Lía le gustaba el aroma de Tai y aunque he de admitir que me parece un disparate, no puedo evitar que la idea me cause gracia: A mi pequeña hija de cuatro meses le gusta Tai Lung.

Si, completamente loco. ¿Será genético?

Sin embargo, mientras dejo a aquellos irracionales pensamientos rondar libre en mi cabeza, algunas imágenes de lo sucedido hoy también aparecen en mis pensamientos. Por ejemplo, que logré pasar desapercibido el pequeño problema con mi brazo, ya que no duró ni cinco minutos, o la escena con Grulla en la cocina esta mañana.

Comprendo que este molesto, tal vez indignado, por mi comportamiento hacia Po. Yo, que siempre los he reprendido por su infantil actitud y que suelo ser quien dice lo que es correcto aquí, he actuado como una cualquiera y engañado a mi esposo. Pero podría habérmelo dicho de frente. Ha estado todo el santo día tirando indirectas y esparciendo ponzoña delante de todos. Incluso Víbora l ha reprendido por uno de sus comentarios hacia "Nadie en particular". Y se supone que él es el maduro aquí. Intenté hablarle, solo para decirle que se deje de pendejadas, pero no ha hecho más que evitarme.

Especialmente en los entrenamientos, en done ha evitado por todos los medios que Shifu lo pusiera conmigo. Valla cobarde ¡Que le den! Es un hijo de...

—¿Tigresa?

Y entonces, la voz de Po interrumpe la sarta de palabrotas mentalmente dirigidas al ave maricona de Grulla.

Exhalo un suspiro, resignada, y me asomo al borde del tejado para verlo. Está parado a unos metros, lo suficientes para verme sin necesidad de echar atrás la cabeza, y sus mejillas están sonrojadas. Juega con sus pulgares, con las manos entrelazadas a la altura de su barriga, y se balancea de atrás para delante sobre sus pies.

Esta nervioso, lo cual solo significa que ha venido a hablar de algo serio. O simplemente ha venido para hacerme compañía. Igualmente, le dirijo una cálida sonrisa, que aunque ni yo lo crea, es bastante sincera.

—¿Que sucede, Po? —Le pregunto.

Sonríe y se lleva una mano a la nuca.

—Te has tardado —Dice, en un bajo murmullo—, y pensé en venir a verte.

—Iba a ir en un momento... Eemm ¿Quieres subir?

—E... Está bien.

No sé ni por qué le pregunto si quiere subir. Se supone que lo que quiero es alejarme un poco de él, con la intención de mantener la mente fría y pensar bien en lo que voy a hacer. Sin embargo, me duele verle tan triste y decaído.

No me toma mucho bajar y ayudarle a subir, ni siquiera con Lía aun recostada en mi brazo derecho, para luego volver a subir y sentarme junto a él. Como cuando éramos niños y yo me bajaba para ayudarle ya que él solo apenas si podía saltar con l regordeta panza que tenía. Lo cual, por cierto, no es que haya cambiado. Hay cosas que jamás cambian, que solo mejoran. La idea me hace sonreír.

Nos quedamos en silencio, observando el estrellado cielo. No pasa mucho para que Po coloque un brazo en mis hombros y me jale hacia su pecho, pero no pongo resistencia. Dejo mi cabeza recostarse en él, mientras su brazo libre se coloca junto a los míos, acunando a Lía entre nosotros.

Lo observo. Sus dedos apartan con delicadeza la manta del rostro de Lía y una risilla se me escapa al ver cómo le presiona los mofletes y le juega con la boquita, haciendo que esboce rara muecas.

—No hagas eso. —Le reprocho, apartándole la mano—. La despertaras.

Ríe y sus labios se presionan en mi cabeza, junto a mi oreja.

—Tiene el sueño pesado. Es imposible. Mira...

Y le sujeto la muñeca, antes de que su dedo índice presione en la regordeta mejilla de Lía, que duerme ajena a todo esto. La alejo un poco de Po, cubriéndole el rostro con mi mano libre, y atajando los continuos intentos del panda por picarle la mejilla con el dedo. Aunque lo consigue de vez en cuando, ganándose algún manotazo de mi parte.

¡Si será de inmaduro!

Es una especie de raro forcejeo. Alejo a Lía de Po y él intenta acercarse más, amenazando con voz ridículamente infantil: "A que la toco", "A que no se despierta", "A que...". Y a lista de frases sigue. Pero nos divertirnos, ambos reímos, como si cualquier problema nuestro hubiera desaparecido. Somos nosotros, los mismos de hacia un par de días. Aquellos que jugaban como niños, sin importar que ya tuviéramos treinta y tantos años, que eran los mejores amigos en todo. Como siempre debió ser.

Entonces, sus manos dejan en paz el rostro de la aun dormida Lía y en vez de eso, se escabullen por entre mis brazos y me hacen cosquillas en la cintura. No hay modo. Caigo de espaldas, aun sosteniendo firmemente a Lía contra mi pecho, y las sonorosas carcajadas no tardan en escapar de mis labios. No puedo defenderme mucho, ya que tengo a Lía en mis brazos, además de que me cuesta respirar por la risa, pero si me retuerzo en un vano intento de alejar las habilidosas manos del panda. Tantas guerras de cosquillas de pequeños le han enseñado al panda donde exactamente están mis "puntos débiles".

Po ríe a carcajadas, obviamente disfrutando del juego, y finalmente se detiene. Sus manos quedan a cada lado de mi cuerpo y sostienen su peso, elevándose por encima de nosotras. Su rostro está a centímetros del mío y sus ojos se iluminan con cierto brillo apagado. Sonríe, una sonrisa un poco amarga, y se inclina para depositar un suave beso en la cabecita de Lía, que reposa sobre mi pecho, profundamente dormida.

—¿Por qué? —Escucho decir a Po, con la mirada fija en nuestra hija— Es… No puedo ni besarte sin pedirte permiso. Es… como si de repente, fuéramos desconocidos. —Levanta la mirada hacia mí, una mirada envuelta en lágrimas y de expresión angustiada y suplicante— ¿Por qué, Tigresa?... ¿Qué sucede?... Es que... Es que tú no...

Su voz se corta y su mandíbula se tensa, con furia contenida. Furia, dolor... ¿Impotencia? Si, impotencia al verse incapaz de arreglar esto, de encontrar la solución, o simplemente de no saber cuál es el maldito problema.

Yo soy el maldito problema. Yo soy la maldita hija de puta.

Sin embargo, le veo a los ojos y no puedo evitar que los míos también se llenen de lágrimas. ¿Es este el fin de todo? Casi toda una vida prometiéndonos mutuamente estar siempre juntos, sea como sea, pero juntos, diez años prometiendo amarnos de por vida, cinco años de "feliz" matrimonio, con planes para una gran familia y un futuro juntos. ¿Es aquí donde todo eso llega a su fin? No quiero herirlo, no quiero verle triste.

Si, hasta aquí hemos llegado.

Sin embargo, antes de que pueda hablar, sus labios presionan con fuerza los míos e inician un urgente y necesitado beso. Exige una respuesta, no se detiene a esperarme. Su pecho vibra con un sollozo contenido y sus labios intentan persuadir a los míos de abrirse y dejarle paso. Pero no quiero besarlo. No siento nada por él, no le deseo, ni siquiera puedo fingir.

Sostengo a Lía con mi brazo derecho y coloco el izquierdo en el pecho de Po, sujetándole del hombro. Lo empujo y aunque al principio hace el intento de insistir, me niego a seguirle el beso y lo empujo más fuerte, hasta lograr que se aparte de mí.

—¿Pero que...?

—No me toques, Po. —Mi voz suena más cortante de lo que pretendo.

Me mira, confundido, y se endereza. Me tiende una mano, con la intención de ayudarme, pero lo ignoro y me siento, acunando a Lía en mis brazos.

—Tigresa…

—Po, basta. No insistas. —Si le dejo hablar, terminaré retractándome.

—Una oportunidad ¿Recuerdas?

— Escucha, no es tu culpa. No eres tú quien debe disculparse. Po, te quiero, nunca dudes de eso, pero... Ya no. Esto está mal y ambos lo sabemos... No... No...

No encuentro ninguna palabra. Quiero cortarlo de la manera más suave que pueda. No lo amo, no como creí, no quiero estar con él de esta manera. Ya no. Prefiero herirlo con la verdad, dándole la posibilidad de apartarse de mí y empezar de nuevo, a retenerlo con una mentira e ir destruyéndolo poco a poco.

Lo quiero. Pero eso no significa que lo ame.

Estoy por volver a retomar la frase, cuando la mano de él sobre la mía m hace pegar un respingo. Entrelaza sus dedos con los míos, que por algún motivo no se niegan al contacto, y me caricia el dorso con el pulgar.

—Lo sé. —Murmura, con la vista gacha—. Y por eso quiero que lo arreglemos.

—Pero Po... No es como...

—Cuando algo no funciona, vuelves a intentarlo. —Me corta. ¿Es que no quiere oírme o qué mierda?—. No echemos esto a la basura. Superémoslo. Juntos.

Lleva mi mano hacia sus labios y la besa, con ternura, con cariño, deslizando sus labios por cada uno de mis nudillos.

—Po... Yo solo te haría daño.

—Por nuestra hija.

Sus ojos verde jade se posan en los míos. Una mirada suplicante, casi humillante, que tan solo logra hacerme sentir más basura de lo que me siento ya. Sin embargo, él sonríe y se inclina hacia mí. La idea de que me vuelva a besar cruza mi mente y me preparo para apartarlo, pero contra todo pronóstico, sus labios se posan tiernamente en mi frente.

—Te amo. —Murmura, con pesar, como si le doliera tan solo pronunciar esas palabras.

Y si más para decir, se baja del tejado y se va. Me deja sola en el tejado, con Lía aun dormida en mis brazos, y por unos minutos, tan solo me quedo ahí: como una roca, quieta, con la mirada perdida en el cielo. Entonces, de la nada, una pequeña risita escapa de mis labios. Risa que convierte en carcajada. Carcajada que termina en llanto...

Presiono a Lía contra mi pecho, hundiendo mi rostro en ella y aspirando su aroma a cachorro para intentar calmar los espasmos de mi pecho por el llanto.

Continuará…


Bueeeno… No se, pero yo me voy a llorar a un rincón… Nah, mentira. Me parto de la risa xD … Espero que les haya gustado este intento de drama y espero sus opiniones en los comentarios… ¡Bye!