Capítulo 19

CANCIÓN DE MUERTE

La mañana cayó con un estruendo en los aposentos de la Orden de la Nube Roja.

Las tropas mandadas al inmenso bosque de Konohagakure No Sato, capitaneadas por Asuma Sarutobi, volvieron al alba. Había bajas de elementos, como era de esperarse… Naruto Uzumaki, quien había estado expectante sólo por órdenes de Jiraiya, vio a los escasos soldados restantes, llegar como si un cortejo fúnebre se tratase. Vociferaban, clamaban y discutían sobre una inminente y mortal amenaza que se cernía en el bosque… allá en los burdos dominios de la naturaleza.

El muchacho aguzó mas el oído, cuando escuchó a Asuma espetar algo en voz bajísima al mismo Pain. El tipejo de las pupilas concéntrica le dirigió un gesto evasivo pero firme. El joven rubio hizo un intento por intervenir –más por enterarse y detener cualquier disputa innecesaria- pero Pain le detuvo.

Y órdenes eran órdenes, pese a que a él no le parecía. Sin embargo, ya tendría su tiempo para enterarse.

Precisamente por la tarde. Tras llegar Jiraiya y tomar las riendas de los últimos reportes. Momento de distracción de los altos mandos, sin embargo Naruto sabía que aun había alguien más a quien podía pedir explicación: Asuma no se negaría, de eso estaba seguro.

Bajó hasta la cámara de disección. El aire de la bóveda estaba helado, casi tanto que podía ver el hálito de su propio aliento formando una nubecilla delante de su boca.

Naruto notó esto en el semblante del adusto y experimentado cazador y creyó que este estaba fumando como acostumbraba hacerlo durante las disecciones; más apenas dirigirse a él, constató que no había sido más que el aliento cálido y entrecortado de éste.

—Asuma-sensei… ¿qu…? —la pregunta se le atoró en la garganta.

Una sombra amorfa se erguía sobre la mesa de disección. Algo deforme y de tamaño grande…casi como un ser humano yacía de costado cubierto por una manta. Lo único que emergía de entre los pliegues de ésta, era una extremidad… un brazo humano. Femenino.
La coyuntura del codo estaba entredoblada y ahí perdía la contextura de la piel tersa y blanquecina, tornándose oscura y cubierta de un ralo y difuso pelaje corto y castaño.

Asuma se giró hacia él, con mirada triste al pasado mientras Naruto lo observaba desde el otro lado del cuarto.

—Kurenai… su nombre era Kurenai Yuhi. Era mi esposa… —volvió su mirada al cuerpo yaciente—Recién nos casamos, cuando yo aun era un simple cadete de la milicia de Konoha, y en una excursión… una simple excursión al bosque… le perdí. Sabía que no tenía que alejarse del sendero… fue mi culpa. Yo… yo soy responsable de esto…

—Ellos… —la frase de Naruto se detuvo, indesciso y sin encontrar las palabras adecuadas. Un sudor frío recorría su frente y sus puños estaban apretados como si conteniese algún despojo de ira—En el bosque…

—Bestias… —completó Asuma secamente— ¡SON BESTIAS, MUCHACHO! ¡NO SON MÁS QUE VILES Y ASQUEROSAS BESTIAS!

Tuvo que parar, con un nudo de ira en la garganta. El corazón de Naruto se partió al escucharlo.

Asuma parpadeó para contener las lágrimas y continuó:

—Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, habría podido salvarla. Si me hubiese enlistado en la Orden… si hubiésemos encontrado aquellas huellas en el bosque, si…—Naruto oyó pesar y culpa en su voz—Si hubiera hecho algo…

Se encogió de hombros con despreocupación, una actitud fingida que contrastaba profundamente con sus auténticos sentimientos.

Volvió a alzar la mirada hacia el joven. Naruto, quien antes había encontrado cierta empatía fraternal… o casi paternal en la mirada del capitán Sarutobi en años anteriores, ahora sólo veía un profundo pozo de odio, miseria y angustia. Era como ver hacia el mismo abismo, y esto le hizo estremecer aun más que el frío de la propia cámara.

Su voz era ahora profunda y severa…

—Vamos a destruir ese maldito bosque. —se irguió, seguro, ominoso y enfurecido—Vamos a acabar con todos ellos.

Naruto solamente asintió.

0—

—¡Papá! ¡Papá!

Una temblorosa manita agarró el hombro de Itachi, sacándole de dos horas de sueño intranquilo. Miró a Sakura, que ya estaba despierta, Satoshi se encaramó entre los brazos de su padre, éste volvió a mirar a Sakura.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Kakashi a sus espaldas, susurró:

—Silencio —dijo poniéndose en cuclillas junto a él—. Escucha sólo.

—Cazadores —resolló Ino—. Los he visto desde la torre. Seis o siete, o tal vez más.

Hablaba con la voz tan baja como el susurro del viento y sus pupilas carmesí reflejaban un silencioso y pronunciado miedo. Los había visto en la penumbra azul del crepúsculo matutino, pasando de un árbol a otro, creyendo que eran invisibles. Y estaban armados.

—¡Tenemos que irnos! —A Karin le temblaba la voz, al borde del pánico—. ¡Tenemos que salir de aquí ahora que aún estamos a tiempo!

Kakashi miró hacia el fuego mortecino y asintió lentamente con la cabeza.

—Está bien —dijo—. Nos iremos.

—¿Irnos? —preguntó Satoshi—. ¿Adonde? —miró renuente a Sakura—Mami, esta es nuestra casa.

Sakura quiso contestarle, pero las palabras se le atoraron en la garganta al ver el brillo aprensivo en los orbes del pequeño. Sintió que el corazón le daba un doloroso vuelco.

—Karin tiene razón —convino Kakashi—. Tenemos que irnos. Nos esconderemos en el bosque. Tal vez podremos volver cuando se hayan marchado los cazadores. —Pero el tono de su voz les indicó que no lo creía; cuando aquellos hombres encontrasen la guarida, se trasladarían a ella antes de que cayesen las primeras nieves. Kakashi se levantó— No podemos permanecer aquí un momento más.

Karin no vaciló. Arrojó su bastón y empezaron a crecer pelos rojizos sobre su piel. Cambió en menos de un minuto, y su cuerpo se mantuvo en equilibrio sobre tres patas. Itachi también se había transformado, pero Satoshi aún tenía piel humana y por tanto tampoco Sakura podía cambiar. Ino tampoco lo hizo. La cara y el cráneo de Kakashi iniciaron la transformación. Se despojó de su vestidura mientras unos finos pelos blancos brotaban de su pecho, de los hombros y de la espalda. Itachi empezó a subir la escalera de piedra. Sakura cogió la mano de Satoshi y tiró del niño.

Totalmente cambiado, Kakashi tomó la delantera. Los otros le siguieron a lo largo de los serpenteantes pasadizos y más allá de la alta ventana abovedada por la que entraban las ramas de los árboles y de pronto vieron que se iluminaba el cielo. No por el sol, que era todavía una mancha roja en el horizonte, sino por una bola de fuego blanco, resplandeciente y sibilante, que se elevó desde el bosque y cayó trazando un arco y bañándolo todo con una luz fuerte, incandescente. La bola de fuego fue a caer en el patio del palacio, y otras dos se elevaron en el bosque y cayeron detrás de aquélla. La tercera rompió el cristal de colores que se había conservado en una ventana y penetró en el interior del palacio, chisporroteando y resplandeciendo como un sol en miniatura.

Kakashi gruñó para darles prisa. Sakura levantó una mano para resguardarse los ojos del brillo cegador, y apretó la de Satoshi con la otra. Karin corrió con sus tres patas detrás de Itachi y de Kakashi. Más allá de las ventanas, la oscuridad se había convertido en una falsa luz diurna, fría y blanca. A Sakura aquello le parecía un sueño, como si se moviese a lo largo de los pasillos de una pesadilla con piernas entumecidas. La luz proyectaba sombras grotescas y deformes en las paredes, confundiendo las de los seres humanos y las de los lobos en nuevas formas de vida.

La impresión de irrealidad de Sakura persistió incluso cuando un hombre —una forma sin cara— apareció en el corredor delante de ellos, levantó su fusil y disparó.

Itachi estaba ya saltando sobre él, pero Sakura oyó un gruñido y supo que la bala había dado en el blanco. Itachi le derribó con su peso, y cuando el hombre se puso a gritar le desgarró el cuello de un furioso zarpazo.

—¡Están aquí! ¡Aquí! —gritó otro hombre—. ¡Hay por lo menos una docena!

Resonó un ruido de botas sobre las piedras. Un segundo fusil disparó y saltaron chispas de la pared, justo encima de la cabeza de Karin. Kakashi se volvió y golpeó a Karin para que se volviese por donde habían venido. Ino vio tal vez ocho o nueve cazadores en el pasillo que tenía delante; escapar por allí era imposible. Itachi aullaba, con la voz ronca por el dolor. Sonaron otros dos disparos y las dos balas rebotaron en las paredes.

—¡Hacia el otro pasillo! –clamó Ino.

Sakura se volvió y echó a correr, alzando al niño y cargándolo. Y entonces dobló la esquina de un pasillo y se detuvo en seco, frente a tres cazadores.

Le miraron boquiabiertos, sorprendidos de ver un ser humano.

Pero el primero de ellos recobró su aplomo y apuntó el cañón de su fusil contra la mujer de cabellos rosas.

Sakura gruñó sin darse cuenta. Alargó rápidamente un brazo, agarró el cañón y lo levantó en el mismo instante en que disparaba el arma. Sakura sintió el calor de la bala al rozar su hombro, y cuando las uñas ganchudas se hundieron en los ojos del hombre advirtió que su mano había cambiado. Había sucedido en un instante, en un milagro de la mente sobre el cuerpo, y al arrancar los ojos del hombre, éste chilló y se tambaleó de espaldas a sus compañeros. El tercero huyó, pidiendo ayuda a gritos, pero el segundo empezó a disparar alocadamente su fusil, sin apuntar. Rebotaron balas en las paredes y en el techo.

Alguien más había disparado.

Otros dos hombres aparecieron entre el torbellino de humo, escupiendo fuego con los cañones de sus fusiles. Sakura sintió como un martillazo en un costado y se quedó sin aliento.

—¡Mami! —el clamor del pequeño niño resonó tan fuerte como el eco del disparo.

Una forma saltó junto a Sakura; tenía tres patas y se lanzó de cabeza contra el vientre del cazador. El hombre luchó contra Karin, pero eran las patas de ésta, no los colmillos, las que estaban lisiadas. Arañó la cara del cazador y le clavó los dientes en el cuello.

Hubo un destello metálico. El cazador bajó el brazo, y el cuchillo que había sacado se hundió en el cuello de Karin. Ésta se estremeció pero no soltó su presa El hombre arrancó el cuchillo y golpeó una y otra vez. Karin apretó más los dientes hasta destrozar la tráquea del cazador. Entonces el cuchillo se hundió hasta el mango en el cuello de Karin y un chorro de sangre brotó de sus fosas nasales.

Satoshi había estado a punto de caer, Sakura le alzó por ambos brazos. Otras dos sombras se acercaban y una había alzado aquel mortífero objeto que escupía fuego y hierro. Cerca y más cerca.

Y estaba el pasillo lateral… aquel hueco, antes de que ellos llegaran.

Cerca.

Los cazadores se estaban acercando y si bloqueaban la otra salida…

—¡Llévate a Satoshi! –clamó Sakura hacia Ino, dejándole al pequeño en sus brazos.

Sus orbes jade señalaron hacia el derruido hueco cernido a su izquierda. Sería una acción desesperada; pero, ¿acaso no había desesperación en el vestigio de la sobrevivencia?

Ino pestañeó aún teniendo la mente nublada. Asintió, tomando al niño. Corrió trastabillando entre las húmedas piedras. Satoshi lloraba a pulmón henchido, y la bala de un fusil rebotó en el pavimento entre ellos.

—¡Corre! –clamó Ino a Sakura—¡Corre!

Una bala silbó junto a la cabeza de ésta, disparada desde la almenada. Y Sakura Haruno echó a correr.

Karin aulló al recibir un balazo, pero se lanzó hacia delante, con el cuchillo clavado todavía en el cuello y hundió los colmillos en la pierna de uno de los cazadores. El otro hombre le disparó a quemarropa, pero Karin continuó arañando y mordiendo furiosamente. Itachi salió de pronto de entre el humo, con sangre oscura brotando de su hombro, y arremetió contra el segundo hombre, derribándolo. Kakashi, con el olor de la sangre y la violencia encendiendo su furor, saltó sobre el hombre a quien había atacado Karin, y entre los dos lo liquidaron con rapidez. Entonces Kakashi dio media vuelta y se lanzó contra el adversario de Itachi, desgarrando su cuello con los colmillos.

Un disparo resonó, la bala había siseado y alcanzó su objetivo.

—¡Mami! ¡Maaami!

Sakura vio a Ino de rodillas. Satoshi lloraba, con el rostro oculto entre el hombro de la mujer y las manitas firmemente sujetas en sus ropas mientras ella lo estrechaba con fuerza. tenía los ojos vidriosos. Un hilo de sangre brotaba de una comisura de sus labios. Pero estaba arrodillada sobre un charco de sangre, sosteniendo todavía al niño.

Sakura saltó por encima de un cazador muerto intentando tomar en brazos a su hijo.

El hombre que estaba en la entrada dirigió el fusil contra su presa y disparó.

Algo chocó contra el lado de la cabeza de Sakura.

Algo caliente. Algo inflamado. Dio tres pasos más y cayó. Su propio impulso le hizo resbalar. Pensó que le estaba ardiendo la cabeza. Apretó una mano en la sien izquierda y sintió una cálida humedad. Tenía torpe el cerebro, como licuado por el golpe.

"¡Satoshi!", se dijo, haciendo aplomo de fuerzas. Mientras se ponía de rodillas, una segunda bala chocó contra la pared, a pocos palmos de ella. Le dolía y picaba la piel. El aire olía mal. ¿Qué era aquel olor amargo? Su piel..., ¿qué le pasaba a su piel? Se miró las manos. Estaban cambiando; los dedos se convertían en zarpas. Los huesos de la espina dorsal crujieron y cambiaron de forma. Sintió un nuevo olor en las articulaciones, pero comparado con la angustia de su cabeza, aquel dolor era casi agradable.

¡Satoshi!, estuvo a punto de gritar, pero el sonido era ronco y entrecortado y no tenía sentido.

Agitó el cuerpo contra el obstáculo de sus sandalias; aquellas cosas extrañas que sujetaban sus patas. Algo se rasgó a lo largo de su peluda espalda, y también se desprendió de aquélla. Las cosas que había arrojado despedían un olor terrible.

Olor a humano.

Oyó que llegaban más cazadores por el pasillo lleno de humo. Kakashi aulló, apremiándole a seguirle. Sakura se quedó donde estaba, con la mente aturdida, y las articulaciones y los músculos entumecidos.

Itachi le mordió en la oreja herida y tiró de ella. Los cazadores estaban casi encima de ellos, e Itachi podía oír el eco de sus mortíferos pasos.

Karin avanzó tambaleándose, agarrando a Sakura de la cola con los dientes y tirando de ella hasta casi arrancársela. El dolor atacaba todos los nervios de Sakura. Satoshi seguía llorando; los cazadores se acercaban e Ino yacía inmóvil sobre las piedras. Itachi y Karin continuaban tirando de Sakura, para que se levantase.

Satoshi lloraba y ella intentaba encontrarle con la mirada, pero en la bruma de aquella tragedia el cuerpo no aprestó a movimiento alguno. Estático y trémulo.

Las sombras de los hombres se destacaban entre el humo. Sonó un ruido de metal contra metal; se estaba descorriendo un cerrojo.

Karin levantó la cabeza, torpemente porque aún tenía clavado el cuchillo en el cuello, y aulló. El sonido resonó en el pasillo y detuvo el dedo que iba a apretar el gatillo de la ametralladora. Y entonces avanzó Karin, cojeando, en dirección a los cazadores, tensando el cuerpo para el salto. Se lanzó en medio del torbellino de humo, abriendo la boca para destrozar cuanto se pusiera al alcance de sus colmillos. Abrieron fuego y las balas partieron a Karin por la mitad.

Itachi tiró de Sakura una vez más y entonces lo vio, reflejado en los brillosos orbes jade de ésta. Aquel miedo, aquel desconcierto que pareció ceñirle el corazón como si le hubiesen atizado con una argolla de hierro a fuego vivo.

Nuestro hijo… ¡Satoshi!…

Pero Itachi tampoco podía contestarle. La lengua de lobo no podía articular palabras de amor humano, ni de necesidad, ni de dolor.

Kakashi se volvió en la otra dirección y corrió a lo largo del pasillo, saltando por encima de los cazadores muertos. Los otros seguían disparando, y las balas rebotaban en las paredes como avispas. Vio el cuerpo de Kakashi estremecerse, sacudiéndose por el impacto de tres proyectiles y Sakura se halló ante un dilema: morir allí o tratar de escapar.

Captó la pista de su propio olor. Tres monstruos de caras pálidas y odiosas les vieron a ella y a Itachi, y uno de los monstruos chilló aterrorizado; incluso un lobo podía comprender esta emoción. Otra de las figuras levantó un palo, y una llama brotó de él. Itachi le apartó, haciendo que se levantase y le siguiese.

Un viento cálido agitó los pelos de la parte de atrás de su cuello, y ella siguió corriendo.

¡Satoshi!

En cuanto echó a correr, oyó que dejaban de disparar. Satoshi seguía llorando. Uno de los hombres gritó:

—¡Alto el fuego! ¡Allí hay un niño! ¡Capitán Asuma! ¡Alto al fuego! ¡Dattebayó!

Sakura no se detuvo y los fusiles no volvieron a disparar. No miró atrás; siguió corriendo detrás de Itachi y sin mirar atrás al mundo que abandonaba, se echó en brazos del bosque.

Cuando se hubieron alejado y puesto a salvo se detuvieron jadeando bajo la fría luz del amanecer, salpicando de rojo las hojas muertas. Itachi hizo un hueco entre ellas y se tumbó allí, medio oculto, gruñendo de dolor. Sakura anduvo en círculos, aturdida, hasta que cayó al suelo, con las fuerzas agotadas.

Empezó a lamerse el costado herido, pero su lengua no encontró ninguna bala; ésta había perforado la piel en sedal, sin afectar las costillas ni los órganos internos. Pero estaba perdiendo mucha sangre.

Se arrastró para refugiarse debajo de un pino, y allí perdió el conocimiento.

0—

Tuvo un sueño extraño. Su cuerpo estaba cambiando, se volvía blanco y monstruoso. Sus zarpas, sus colmillos y su pelaje liso y rosáceo desaparecían. Entraba desnuda en un mundo de horrores. Y estaba a punto de levantarse sobre sus carnosas piernas, una acción inconcebible, cuando terminó la pesadilla y recobró el conocimiento.

El lobo negro grisáceo se acercó para husmear mientras ella estaba acurrucada entre las hojas. Sentía en el cráneo un dolor terrible que aumentaba y disminuía a intervalos, y su visión era borrosa en los bordes. Pero podía ver al lobo, incluso a la luz azul del ocaso. Él estaba de pie en una roca, a unos veinte metros encima de ella, y observaba su sufrimiento.

Algún tiempo más tarde —no sabía cuánto pues el tiempo era para ella como un sueño—, percibió un olor a hombres. Cuatro, pensó... O tal vez más. Pasaban cerca de su escondite. Un momento después oyó el roce de sus botas sobre las piedras. Siguieron adelante, buscando...

Buscando, ¿qué?, se preguntó. ¿Comida? ¿Cobijo? No lo sabía; pero los hombres, aquellos monstruos de carne blanca, le daban miedo, y decidió permanecer lejos de ellos.

Una explosión le sacó de un sueño febril. Miró con sus nublados ojos verdes: unas llamas surgían en la oscuridad. El hambre roía el vientre de Sakura, pero estaba demasiado agotada para cazar. Caminó dificultosamente en una dirección y después en otra, incapaz de decidir lo que tenía que hacer. Así que se quedó quieta, con la cabeza gacha y el costado sangrándole de nuevo.

Aquel sordo estruendo se repitió. Sakura irguió las orejas. Se dio cuenta de que procedía del sudeste, de donde estaba el palacio blanco.

Itachi subió a un montículo rocoso y se quedó allí inmóvil, mirando fijamente algo. Al cabo de un rato Sakura hizo acopio de fuerzas y subió para ponerse a su lado.

Se elevaba una humareda negra, arremolinada por el viento. En su centro ardían llamas rojas. Mientras Itachi y Sakura estaban observando, se produjo una tercera explosión. Pudieron ver cascotes saltando en el aire, y ambos supieron lo que sucedía: los cazadores estaban volando el palacio blanco.

Otros dos estampidos izaron banderas de fuego en la creciente oscuridad. Itachi vio tambalearse y derrumbarse la torre almenada. Sonó una explosión todavía más fuerte, y la onda expansiva proyectó lo que parecía ser una bandada de furiosos murciélagos. Fueron atrapados por el viento, giraron en turbulentos remolinos, y al cabo de un momento Itachi y Sakura pudieron percibir el olor a quemado de una insensata destrucción. Los enfurecidos murciélagos volaron sobre el bosque y empezaron a caer.

Algunos lo hicieron alrededor de los dos lobos. Ninguno de éstos necesitó mirar para saber lo que eran. Las hojas ardientes de los libros de la cámara inferior todavía conservaban restos de ilustraciones en colores, pintadas por manos de maestros. Durante un momento cayeron copos negros de lo que habían sido sueños de la civilización, y entonces el viento se los llevó de allí y ya no quedó nada. La noche envolvió al mundo. Los incendios arreciaron con el viento y empezaron a cebarse en los árboles.

Los dos lobos permanecían de pie en su montículo rocoso. Las llamas se reflejaban rojas en dos pares de ojos: unos habían visto la verdadera naturaleza de la bestia y aborrecido esta visión; los otros miraban fijamente con torpe sumisión, nublados por la tragedia final. Las llamas saltaban y bailaban, con ficticio regocijo, y los pinos verdes se volvían pardos antes de que aquéllas los tocasen.

Itachi empujó a Sakura: era hora de marcharse, de ir a alguna parte; pero Sakura no se movía.

Sólo mucho más tarde, cuando sintieron que se acercaba el calor, Sakura lanzó un gruñido grave y terrible: el gruñido de la derrota.

Itachi bajó del montículo y aulló para que Sakura le siguiese.

Sakura volvía por fin la espalda a las llamas y bajó también, con el cuerpo tembloroso y la cabeza gacha.

Había algo que podía aplicarse por igual a los lobos y a los seres humanos, pensó Sakura mientras caminaban por el bosque. La vida era para los vivos. Kakashi, Ino, Kurenai, Karin... todos se habían ido.

¿Y Satoshi? ¿Yacían sus huesos en las ruinas del palacio blanco? ¿Qué sería de él, en esta tierra salvaje?

Ellos.

Aquellos monstruos de piel blanca y dos patas. Aquellos asesinos…

De pronto se le ocurrió pensar que ella también era una asesina. Había matado a seres humanos, rompiéndoles el cuello, desgarrándoles la garganta y... por Dios que había sido fácil.

Y lo peor era que había encontrado placer en la matanza.

Aunque los libros se habían convertido en cenizas, sus voces permanecían en la mente de Sakura Haruno. Entonces oyó una de estas voces; resonando con el aplomo de la muerte y el fracaso de la batalla:

Camina con Caín en la sombra de la noche

y no asomes nunca la cabeza de día o con luz.

Señores, yo protesto, mi alma está afligida,

aquella sangre debería salpicarme para hacerme crecer.

Siguió adentrándose en el bosque con Itachi delante de ella, mientras el viento continuaba soplando y los árboles ardían a su espalda.


CONTINUARÁ


Siguiente Capítulo: DUELE MORIR, DUELE VIVIR

N/A: Y bueno, tras SIGLOS sin actualizar... tenia que dar alguna señal de vida, en fin, ejem.. mi opinion personal respecto mi propio fic cambió mucho pero eso no es tema para discutir aqui... aun. Por el momento les dejo este preámbulo "Shakesperiano" y con una nota final muuuy acorde. Quien me adivine de qué es esta nota que incerté al final del capítulo, puede comentarlo en la seccion de reviews... jejeje, solo a ver que tanto saben de literatura.

Y damas y caballeros... el siguiente capítulo es EL PENULTIMO DE LA SAGA! estamos a DOS capitulos de que este fic termine su primer temporada!

Nos leemos!

Higurashi´s Out!