Bueeeeno… Creo que ya se me ha hecho costumbre escribir y publicar desde cualquier lugar que no sea mi compu. Por ejemplo ahora, en el colegio, mientras el profesor de informática está dándoselas de coqueto con la preceptora… ¡Puaj! Mayores de cuarenta y cincuenta años coqueteando. ¿Por qué ellos si pueden y si una lo hace ya está mal visto? ¡Ah, no! ¡Eso es injusticia!... Ok, solo tonteaba.

Yo solo venía a dejar esto aquí… Kung fu panda no me pertenece. Bla, bla, bla.


Sin mirar atrás.

No sé qué sucede, ni en qué momento. No escucho nada. Mi mente se queda en blanco, como si hubiera entrado en un mundo aparte, como si tuviera un vacío. Pero de repente, en aquel vacío escucho un eco, vago y lejano, casi inaudible. Poco a poco, aquel eco va tomando fuerza, repitiéndose una y otra vez en las paredes de aquel espacio en blanco, hasta que llegan a ser palabras. Cinco palabras. Una pregunta. Un tono de voz severo, pero angustiado. Un reproche… Y de repente, el "plaf" de un golpe llena mis oídos y un fuerte ardor recorre mi palpitante y caliente mejilla izquierda. Me descubro a mí misma, aun sentada en el suelo del Salón de los Héroes, con el rostro ladeado y ambas manos en aquella mejilla.

Mi vista se nubla, invadida por lágrimas que no comprendo, y un bajo y lastimero maullido escapa de entre mis labios entreabiertos. ¿Qué ha pasado? Me pregunto, aún perdida en aquella especie de tiempo muerto, donde todo lo que escucho es mi agitado corazón latir dolorosamente desbocado en mi pecho.

Entonces, el frío y la humedad de las lágrimas contrastar con el calor de mis mejillas me devuelven a la realidad… Shifu me ha abofeteado. Mi padre, que nunca en mi vida me ha levantado la mano de esta manera, me ha echado una bofetada en toda la mejilla izquierda. El corazón se me retuerce y un asfixiando nudo en mi garganta me arranca y ligero sollozo.

—¡Tu hermano, Tigresa! —La enfurecida voz de mi padre y maestro hace retumba en las paredes— ¡¿Cómo pudiste siquiera pensar que eso era correcto?!

—Yo…

Otra bofetada.

—¡Responde, Tigresa!

Quiero llorar. Estoy llorando. Las lágrimas simplemente corren por mis mejillas, sin pedir permiso, sin importar cuanto luche por detenerlas La voz de Shifu destila ira, nunca lo he oído gritar de tal manera, a nadie, y tengo que admitirlo, me da miedo voltear y dar la cara. Tenso la mandíbula, ocultando un bajo sollozo, y dejo caer las manos al suelo, cerrándolas en puños, con tal fuerza que consigo clavarme las garras en la palma. Shifu no dice nada más, aunque aún puedo oír su jadeante respiración. Trago grueso por milésima vez y volteo.

Está parado frente a mí, con los hombros rectos y el pecho salido. Sus brazos a cada lado de su cuerpo y sus manos cerradas en puño. Mi mira, me observa, con ojos fríos y acusatorios. Decepción, es todo lo que demuestra su mirada, una profunda y dolorosa decepción. Mis ojos vuelven a llenarse en lágrimas. La mejilla me palpita, duele.

—No sé de qué estás hablando.

Mi voz es ronca y áspera, un murmullo casi inaudible. Sus ojos se entrecierran e inmediatamente me arrepiento de haber dicho aquello.

—¡¿Que no sabes?! —Grita, furioso— Todo este tiempo… Pensé que estaba cuidando a mi hija, pensé que te estaba apartando de un peligro innecesario… —Se interrumpe. Cierra los ojos, como si aquello le doliera, y cuando los abre, estos son mucho más duros e inexpresivos — ¡Pero no entiendo! ¡No puedo creer como tú, Tigresa, como aquella hija que eduqué se pudo haber rebajado tanto!... ¡¿Es que no tienes nada de respeto hacia ti...?!

—¡Eso no te lo permito!

—¡No me alces la voz, jovencita!

—¡Entonces tu deja de gritarme como si tuviera quince años!

—¡Entonces no actúes como tal y se responsable de tus actos!

Shifu me mira, furioso, jadeando por haber gritado tan fuerte, y yo tan solo puedo sostenerle aquella mirada. Bien, está furioso, está decepcionado de mí, sea como sea que se haya enterado, o mejor dicho, de lo que se haya enterado, porque ande una a saber qué tanto sabe, pero no le permito que me insulte. Eso sí que no… ¿La hija que él educó? Bueno, él educó una hija que sabe defenderse de quien sea, incluso de él, y a la cual le enseñó que la manera más baja de pelear mediante un insulto. No, él no me va a insultar por algo de lo cual no le incumbe.

¿Quiere que sea responsable? Bien.

Me enderezo en mi lugar, aún sentada en posición de loto, y sin apartar la mirada de sus ojos, duros y severos, junto mi puño derecho con la palma izquierda, realizando una leve y respetuosa reverencia. Shifu arquea la ceja y alza la barbilla, altivo, pero no me importa.

—Con todo el respeto, maestro, esto a usted no le incumbe —Replico, con voz neutral.

Los puños de Shifu tiemblan a cada lado de su cuerpo y por un momento, tengo la ligera idea de que me volverá a abofetear. Pero esta vez, no lo permitiré. Aun así, no lo hace.

—Te equivocas, Tigresa —Su voz es calmada, pero no por eso menos dura— Como tu padre y maestro, me incumbe. Me incumbe el cómo pudiste ser capaz de acostarte con tu propio hermano, en cómo pudiste ser capaz de serle infiel a tu marido, actuando como una cualquiera —Su mandíbula se tensa. No respondo— Te eduqué para que seas una mujer de moral, Tigresa, y aun así, mucho menos puedo creer cómo pudiste darnos la espalda a todos ¡Revolcándote con un asesino y ayudándolo a escapar!

—¡CÁLLESE DE UNA JODIDA VEZ, SHIFU!

La garganta me pica por levantar tanto la voz y mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas nuevas, pero no de tristeza, ni dolor, son lágrimas de ira. Los ojos de Shifu se entrecierran hasta no ser más que una delgada raja en su rostro, destilan desprecio en su más puro estado, y por un momento, me siento intimidada… Pero ¿Que he hecho? Simplemente no pensé, tan sólo quería callarlo de una jodida vez. Sus palabras dolían, pero no por el insulto hacia mí, no por su significado o el sentimiento de desprecio que profesaban, simplemente me dolía oírlo. Lo observo avanzar unos pasos hacia mí y por acto reflejo, no puedo evitar retroceder unos centímetros. Me siento pequeña, insignificante. Entonces, mete la mano derecha en la manga izquierda y saca lo que parece una carta y la deja caer al suelo, justo frente a mí.

No dice nada, tan solo me observa y con un asentimiento de cabeza, me indica que mire al suelo. Trago grueso y temerosa, obedezco.

Es una carta. Es la carta que Tai Lung me ha escrito cuando tenía quince años, aquella que guardaba en mi armario, y cuando la abro, cae sobre mi regazo aquella flor ya marchita y casi deshecha, que en aquel entonces, adornó mi oreja derecha aquella noche. El recuerdo me golpea con fuerza el pecho, haciendo galopar mi corazón, y crea un asfixiante nudo en mi garganta. Me tiemblan las manos y al levantar la mirada, los ojos se me llenan de lágrimas al ver la dura y severa mirada de Shifu.

—D… De… ¿De dónde lo sacaste?

La voz me tiembla. Las manos me tiemblan. Todo yo tiemblo. Shifu no contesta. Arquea una ceja y dirige la mirada hacia más allá de mí, hacia la puerta. Ahogo un sollozo y sin pensarlo, volteo a ver. Grulla está parado ahí, derecho, con la cabeza en alto y el pecho hinchado, como si acabara de hacer algo de lo cual está muy orgulloso. Y de hecho, lo está. Lo veo en sus ojos, brillan, con burla, con satisfacción… ¡El desgraciado está orgulloso de haberme delatado! Su mirada se posa en mí y la ira me quema la sangre al verle sonreír.

No puedo contenerme. El rugido hace vibrar mi pecho y raspa en mi garganta, resonando fuerte y amenazador. De reojo, veo que incluso Shifu retrocede un paso… ¡Malditos! ¡Desgraciados! Mis garras parecen tener voluntad propia, clavándose en la palma de mis zarpas cerradas en puño, y se me eriza todo el pelaje de la nuca. La carta cae al suelo y los pétalos de la marchita flor se deshacen en mis puños. De repente, paso de estar arrodillada a agazaparme y cuando quiero darme cuenta, estoy corriendo hacia Grulla. Voy a matar a esa ave metiche. Le torceré el jodido cuello hasta oír el crujido de sus huesos romperse.

—¡Eres un hijo de… !

—¡Tigresa, no!

Escucho varias voces a coro, pero son lejanas, casi inaudibles. Decido ignorarlas. Los ojos de Grulla de abren como platos, el miedo dilata sus pupilas y torpemente, retrocede unos pasos al verme correr en cuatro patas hacia él. Pero cuando salto, justo en el aire, algo sujeta y jala de mi tobillo. Tan solo tengo tiempo de llevar mis manos al frente, antes de caer de cara al suelo. Intento levantarme, pero alguien sujeta mis brazos y los dobla por detrás de mi espalda, reteniéndome. Es Shifu. Su pie aplasta mis muñecas y apoya uno de los extremos del bastón de Oogway contra mi cuello, asegurándose de que no me mueva. La respiración se me acelera y el corazón me late a mil por hora.

Con los ojos envueltos en lágrimas, dirijo la mirada hacia la puerta. Todos están ahí. Víbora se enrosca en el cuello de Grulla, quien corresponde al abrazo cubriéndola con sus alas, y me dirige una fría mirada. Gruño, retorciéndome en vano para soltarme del agarre de Shifu. Entonces, es la mirada de Po la que hace que me quede quieta, la que paraliza cada músculo de mi cuerpo. Sus ojos pierden brillo y su mirada se vuelve distante, como si no me reconociera, como si estuviera viendo a alguien más. Me duele, sinceramente, duele que me mire así, pero no puedo hacer otra cosa que apartar la mirada y ignorar los balbuceos de Lía, que aprisionada en los brazos de su padre, no deja de retorcerse al verme en tal… Condición.

—¿Qué sucedió? —Escucho la voz de Mono.

Shifu me suelta las muñecas, pero el bastón presiona con fuerza en mi cuello.

—Enciérrenla en su cuarto —Ordena, ignorando la pregunta del simio— Y asegúrense de alejarla de Lía.

¡¿Que carajos… ?!


—Quiero ver a mi hija —Repito, por décima vez— ¡Ahora!

Lía llora en alguna parte. Mis orejas se mueven en varias direcciones, inquietas, siguiendo el sonido. Es en el cuarto de Po. Estoy a diez pasos de mi hija y no puedo verla… ¡Está llorando! ¡Quiere estar conmigo! Un tic nervioso sacude mi rodilla. Llevo unas tres horas aquí. Po está sentado al otro extremo de la cama, con aquella carta en su mano. Esta tenso. Me mira de reojo, arqueando una ceja cuando le exijo por milésima vez ver a mi hija, pero no contesta. La tentación de noquearlo y salir corriendo de aquí es grande. Me siento atrapada y estoy segura que en cuanto siga en este jodido cuarto, me va a dar un ataque o algo. No he comido nada, tengo hambre, el estómago cerrado y la cabeza me duele. Quiero ver a mi hija. Pero no me dejan salir de este lugar y no parece que ello vaya a cambiar pronto. Me levanto de mi cama y me dedico a pasear por el lugar. Todo está tal como lo dejé antes de ir a "hablar" con Shifu. Las mantas revueltas en la cunita de Lía, sus almohaditas ahí, un biberón ya vacío sobre el cambiador, la muñeca de tigresa sin la oreja sobre saliendo del bolso de bebé que Po ha dejado colgado del extremo del barandal de la cuna.

Mis ojos se llenan de lágrimas. Tomo la muñeca entre mis manos, acariciándola con mimo, y la mantita que cuelga junto al bolso. Las presiono contra mi pecho y las lágrimas corren por mis mejillas al percibir el aroma de mi bebé. Mi pequeña Lía. Sigue llorando. Escucho que Víbora le canta, pero sé que esa tonta canción de "arrorró mi niño" no la calmará. De espaldas a Po, presiono la muñeca y la manta contra mi pecho, aferrándolos a mi como si la vida me fuera en ello, y dejo las lágrimas correr libremente, ahogando los sollozos en el nudo que oprime mi garganta… ¿Que he hecho? Por milésima vez, ¿Como pude llegar a esto? Y lo peor de todo, es que no me arrepiento. Lo volvería a hacer. No me avergüenza que Shifu haya descubierto aquello, aunque la rabia se une al nudo en mi garganta al pensar en el metiche de Grulla. ¿Cómo pude ser tan descuidada y dejar que se enterara?

El crujido de un papel llama mi atención. Dejo todo dentro de la cuna y sin importarme las lágrimas, volteo a ver a Po. Arrugo el entrecejo y no puedo evitar gruñir al ver la carta de Tai Lung hecha bollo en su mano derecha… ¡¿Pero quién demonios se ha creído?! A zancadas camino hacia él y de un jalón, le quito la carta hecha bollo. Po me mira de reojo, una mirada fría y distante, pero me hago la ciega. Estiro a carta, alisándola con mis manos, fingiendo que no noto sus ojos fijos en estas, y la doblo en cuatro.

—¿Hace cuánto te ves con él?

Su voz es calmada, serena, sin ira o señal alguna de que esté molesto. Pero su mandíbula permanece tensa y sus manos se cierran en puños, estrujando disimuladamente el borde de la cama.

—¿Por qué debería de decirte?

Po entrecierra los ojos, escudriñándome con la mirada, tal como ha hecho Grulla en este último mes.

—Tigresa…

—No te incumbe, Po —Le interrumpo— ¿Hace cuánto que Tai Lung está libre?... ¿Cuánto tiempo pensaban ocultármelo?

—No entiendes.

—¡¿Que no entiendo?! ¡¿Eh?! ¡¿Qué, Po?! —La voz me tiembla, al igual que las manos— ¿Por qué debo dar explicaciones de lo que hago? ¿Por qué debo responderle a sus preguntas?... Sinceramente, no hallo motivo para hacerlo. Tal vez en otro momento si, pero ahora no.

Bajo la mirada, ocultando las lágrimas en mis ojos, y observo la carta en mis manos. Shifu se ha encargado de que estuviese en mano de todos. Empezando por Víbora y terminando por Po. No entiendo qué pretendía con eso. ¿Que sintiera vergüenza? ¿Que diera explicaciones de algo que pasó hace veinte años? Sea lo que sea, solo quiero decirle que no lo ha logrado. La cama rechina cuando Po se levanta y lo escucho caminar hasta detenerse frente a mí, pero no levanto la mirada. No quiero verlo. Su mano me acaricia la mejilla, deslizando los dedos por el contorno de mi mandíbula, pero ladeo el rostro y lo aparto. No quiero sus caricias, su compasión, ni su pena, lástima o lo que sea que sienta por mí. Porque no creo que aquello pueda llamarse amor. No, Po ha dejado de amarme cuando he visto esta carta. Lo sé, lo veo en la manera en que me mira.

Po suspira y deja caer la mano, rendido ante su fallido intento. Decido levantar la mirada. Sus ojos están fijos en la carta entre mis manos. No tiene la mandíbula tensa, sus manos no están cerradas en puño, ya no hay señales de que este enfadado. Está más tranquilo. Pero es como esa calma antes de la tempestad. Las personas como Po, cuando se enfadan, no se calman de un segundo a otro. Tan solo reprime y sé que en cualquier momento estallará, en cualquier momento no lo soportará y terminará gritando lo que sea que tenga por gritar.

Y cuando lo haga, lo escucharé.

—¿Por qué lo hiciste? —Su voz es baja, casi un murmullo— ¿Por qué Tai Lung? Él… Él te ha hecho mucho daño, Tigresa. ¿Es que acaso eso no te importa?

Niego con la cabeza y me encojo de hombros, como una niña que no sabe cómo justificar su travesura… Tonto ¿No? Pues así me siento. Tonta. Pequeña y estúpida. Me siento como aquella niña en el orfanato, aquella que por no saber medir su fuerza, provocaba desastres y cuando la reprendían, tan solo podía encogerse en sus hombros. Pero esa niña ya no está, ya no existe, esa niña ha quedado en el pasado y ya no puede excusarse de sus errores con un simple movimiento de hombros.

No respondo. No quiero hacerlo. Prefiero sentarme en la cama, con la carta aun en mis manos, subir los pies y abrazarme las rodillas contra mi pecho.

Odio admitirlo, pero Po tiene razón. Tai Lung me ha lastimado desde que era pequeña. Primero con sus insultos, con sus miradas despectivas, con su rechazo. El no toleraba la idea de que Shifu me hubiera adoptado, no me quería aquí y siempre lo dejó en claro. Luego vinieron las peleas. Insultos, algún que otro golpe, e incluso tirarnos con algo. No sé si aprendimos a llevarnos o simplemente maduramos, pero por un tiempo, todo pareció ir bien. Nos llevábamos como hermanos, aunque siempre con aquella particular manía de molestar al otro. Pero era inofensivo, sin ánimos de lastimarnos y ofendernos… ¿Que pasó después? ¿Cuándo todo comenzó a cambiar? No lo sé. Si me preguntaran, tan solo podría contestar que simplemente lo vi un día y no era mi hermano. No era mi amigo. No lo veía de la misma manera de siempre, algo había cambiado.

—¿Tigresa?... Contéstame, por favor.

—Lo amaba —No levanto la mirada. Mi voz es baja, casi un murmullo, y mi vista se nubla con nuevas lágrimas— Ya sé que me hizo daño, nunca me olvidé ni me olvidaré de eso, pero… Lo amo.

No sé realmente qué quiero que me conteste. No sé si guardará silencio, si me reñirá, si me echará la bronca por lo que le hecho. No lo sé. Pero para mi sorpresa, Po emite una amarga y sarcástica carcajada. Lo observo por debajo de mis pestañas, con la cabeza gacha, y no puedo evitar apartar la mirada al notar sus ojos puestos en mí… ¿Por qué se ríe? ¿Es que acaso le hace gracia lo que he dicho? Presiono mis manos en puños y tenso la mandíbula, molesta por aquella reacción. Se está burlando. Pero sinceramente no me siento con el derecho de reclamar.

Las maderas del suelo rechinan cuando Po camina. Se detiene frente a mí. No levanto la mirada. Entonces, su mano izquierda sujeta una de las mías, con la palma hacia arriba, y con la derecha deja algo sobre esta. Es el anillo de matrimonio, el mismo anillo que se negó a sacarse todas estas semanas. Lo observo, con expresión neutra, sin saber muy bien qué pensar.

—Me prometí a mí mismo estar siempre contigo, Tigresa, apoyarte en todo sin importar las circunstancias —Murmura, aún parado frente a mí— Pero esto… Es demasiado. Te quiero y me temo que siempre lo haré, pero tú… Te creí más sensata, Tigresa.

No respondo. Sus palabras no me duelen. La decepción en ellas, el ver el anillo en mi mano. No significa nada para mí. Al final, Po decide irse y me deja sola en el cuarto. Sus pasos se alejan por el pasillo, lentos y pesados, y en cuanto dejan de oírse, sé que es una oportunidad de salir de aquí. Tengo que buscar a Lía e irme. No puedo quedarme. Pero me siento tan débil. La cabeza comienza a darme vueltas y en cuanto coloco un pie en el suelo, siento mis piernas temblar y caigo sentada en el cama… ¿Que me sucede? Todo a mí alrededor da vueltas. Estoy mareada y de repente, el dolor de estómago se convierte en arcadas. Como puedo, me levanto y camino hacia la pequeña ventana junto a la cuna. Me apoyo en el marco de esta y me arrimo, sacando la cabeza. El aire fresco golpea con fuerza en mi acalorado rostro. Tomo una gran bocanada y lentamente lo exhalo, aunque la sensación de haber girado sin control en la Tortuga de Jade sigue presente.

La puerta se abre y vuelve a cerrarse. Alguien ha entrado, pero no tengo intenciones de ver.

—¿Qué haces, Tigresa?

¡Demonios! Es Shifu… Y de repente, se me ocurre una idea. En situaciones así, tan solo se puede hacer una cosa.

—No me siento bien —Murmuro, aún inclinada sobre el marco de la ventana— Yo… Creo que estoy mareada.

De hecho, estoy mejor. Pero de alguna manera, tengo que salir de aquí y me fío de aquel lado paternal de Shifu para ello. Sé que duda en si acercarse o no, sus pies tantean en el suelo y siento su mirada, llena de angustia y preocupación, clavada en mi nuca. Bien, está funcionando. Me enderezo, colocando los hombros rectos, y tanteo con mi pie hacia la derecha, como si fuera a girar, pero en vez de eso, finjo tener que sostenerme del marco de la ventana para no caer de rodillas.

Suficiente con eso. En menos de cinco segundos, Shifu está junto a mí. Ya estoy bien, el mareo se ha ido tan rápido como apareció, pero aun permanezco con la cabeza gacha.

—¿Hace cuánto te dan estos mareos? —Pregunta.

Hay genuina preocupación en su voz y por unos segundos, me siento culpable. Pero entonces, recuerdo todas sus palabras y aquella culpabilidad no es más que una ilusión. ¿Culpa? ¿Por qué habría de sentirla?

—Un par de días.

Ahora que lo pienso, comenzaron hace tres días, cuando estaba entrenando. Intentaba mantener el equilibrio en La Tortuga de Jade y caí dentro de esta al marearme. No le tomé importancia, pero cada vez son más frecuentes y fuertes. No es momento de preocuparse por eso. Shifu me sujeta el brazo y me guía hasta sentarme en la cama. Entonces, aprovechando que está distraído, llevo una mano hasta su cuello sin que él se dé cuenta y le pellizco en los puntos de presión. Uno… Dos… Tres… Shifu cae inconsciente al suelo. Por unos segundos tan solo lo observo, pues en realidad no me creo que lo haya hecho, aunque ya nada debería de sorprenderme. Sin embargo, debo apurarme. No tengo mucho tiempo. Shifu despertará pronto.

—Lo lamento, padre.

Rápidamente, tomo el bolso que aún cuelga de la cuna. Lo vacío sobre el cambiador y corro hacia el armario a buscar ropa de Lía y algo mío. El corazón me late dolorosamente desbocado y mis pulmones exigen más aire del que puedo respirar con cada bocanada. El temor de ser atrapada y la emoción de poder salir de aquí no son una buena mezcla para mis nervios inestables. Ropa de Lía, pañales, un par de mantas y la pequeña muñeca de tigresa. Todo adentro del bolso. Observo de reojo a Shifu. Se mueve… ¡Demonios! La pierna derecha me tiembla. Tan rápido como puedo, saco la pequeña bolsa de tela roja que guardo dentro del armario de Lía y la meto en el bolso. Qué bueno que se me ocurrió ahorrar.

Ya tengo todo. No necesito nada más… Y entonces, veo la carta de Tai Lung sobre la cama. Todo esto lo hago por él. Siempre ha sido por él. He sacrificado mi vida, mis amigos, mi familia. Tal vez muchos no lo comprendan, tal vez para muchos yo sea una cualquiera, una tonta, una estúpida o como me quieran llamar, pero no me importa. No me arrepiento de nada de lo que haya hecho y jamás me arrepentiré. Tomo la carta y cuidadosamente la guardo. La llevaré conmigo. Esta es una última vez. Un último sacrificio. Y me juro a mí misma que será el último.

Miro una última vez a Shifu y con el bolso colgado de mi espalda, salgo del cuarto. No hay señales de que alguien ande cerca. Ni voces, ni pasos, ni nada. Perfecto. Cruzo el pasillo y cuidando de no hacer ni el más mínimo ruido, abro la puerta del cuarto de Po… Doy un paso dentro. El suelo rechina bajo mi pie. ¡Mierda! Con el corazón a mil, levanto la mirada hacia la cama, temiendo despertar a alguien. Pero no. Víbora duerme plácidamente enroscada alrededor de Lía. ¡Asquerosa serpiente! ¿Cómo se atreve a tocar siquiera a mi nena? Doy otro paso. La madera vuelve a rechinar. Víbora murmura en dormida y se aferra más a Lía. Tomo aire y lo retengo, para luego expulsarlo y como si caminara sobre fuego, entro de puntitas de pie.

Cuando llego hasta la cama, Lía despierta. Sus ojitos brillan al verme, comienza a balbucear y se retuerce en el agarre de la reptil, estirando sus bracitos hacia mí. Rápidamente, me llevo el dedo índice a los labios, indicándole que calle. Lía sonríe, como si de un juego se tratara, e imita el gesto con sus manitas. Sonrió.

—Chica lista.

Como puedo, me las arreglo para sacar a Lía de aquel agarre, lo cual no es muy fácil, ya que Víbora se ha enroscado incluso alrededor de las piernitas de la bebé, de tal manera que no pueda ni moverla sin que ella se dé cuenta. Pero finalmente lo logro y cuando tengo a mi bebé en brazos, simplemente no puedo parar de estrecharla contra mi pecho. Mi bebé, mi tesoro, mi nena, lo único que tengo y de ahora en adelante, lo único por lo cual lucharé. Las manitos de Lía se aferran a los hombros de mi chaleco y ella esconde el rostro en mi cuello. Le beso la cabeza, entre las orejas, y con el mismo cuidado con el que he entrado, salgo del cuarto.

Es hora de dejar este lugar. Me iré lejos… El corazón se me encoje al pensar que tal vez no vuelva. Pero ya no hay caso. Este ha sido mi hogar desde que era tan solo una cachorra. Pero ya no hay caso, no hay nada que me ligue a este lugar. Debo irme y no pienso voltear y mirar atrás. No. Este ya no es mi hogar.

Lía se aferra a mí con cada paso que doy. Balbucea, tan bajo que parecen murmullos, e incluso un par de veces amenaza con ponerse a llorar. Pero le doy unas leves palmadita en la espalda y se tranquiliza. Sin embargo, está tensa. Tal vez sabe que algo pasa, tal vez siente que algo no va bien. La madera rechina bajo mis pies y sinceramente, tengo miedo. ¿Qué pasa si me atrapan? Po no me perdonará que me quiera llevar a nuestra hija y sé que tomará medidas al respecto. Estoy en serios líos y por primera vez, me pregunto si es correcto traer a Lía conmigo en esto… ¡¿Pero en qué pienso?! No la voy a dejar, no me voy a apartar de mi niña.

—¡Tigresa se ha ido!...

Entonces, la voz de Grulla me deja congelada en mi lugar… ¡Maldito pájaro afeminado! Pronto, más voces a coro se suman a la del ave y los furiosos gritos de Po suenan por encima de todo. Reclama a Víbora, que como pudo perder de vista a Lía, grita que ya mismo salgan todos, da órdenes, para salir a buscarme. Oh, sí, estoy muerta.

Debo desaparecer… ¡Pero ya!

Sin dudarlo, sujeto a Lía de la piel del cuello y echo a correr de cuatro patas por las escaleras, saltando los peldaños de a cinco o seis. Lía parece divertirse. Ríe y hace palmitas. Yo quiero morirme de los nervios. Están cerca y no tardaran en encontrarme si no me apuro. Además, no me gusta cargar Lía de esta manera. Tengo miedo de lastimarla con mis dientes…. Por todos los dioses, ¡Es una cachorra! ¡Todas las madres cargan de esa manera a sus cachorros! La chillona voz de Víbora hace eco en mi cabeza. No me agrada recordarla en este momento, pero tiene razón. Lía se me resbala. No deja de moverse. Maldigo para mis adentros y sin dejar de correr, la sujeto con algo más de firmeza. Eso sí, cuidando de no ejercer demasiada fuerza.

—¡Tigresa! —La voz de Po se escucha a mis espaldas, lejana— ¡Tigresa, vuelve aquí!

¡No!... Acelero el paso, pero pronto, Po esta pisándome los talones. No sabía que corriera tan rápido. Ladeo el rostro y lo observo por encima del hombro. Sus ojos parecen arder en llamas verdes. Está furioso. Tengo que perderlo. De un salto largo, bajo los últimos nueve peldaños de las escaleras y me dirijo hacia el valle. El festival sigue en curso. La gente se amontona y nadie presta atención a una tonta felina corriendo con su hija en la boca. Sé que Po me sigue y en cuanto veo un pequeño callejón, me meto en este.

El valle es un laberinto. Doblo en la esquina del callejón, otra a la derecha, a la izquierda, derecha, derecha y de repente, ya no escucho ni la música del festival. Me enderezo y acuno a Lía en mis brazos, ocultando su rostro en mi pecho. No sé dónde estoy. El lugar es oscuro, iluminado por unos pocos faroles puestos al azar. El lugar es silencioso. No escucho pasos, ni ningún indicio de que haya alguien cerca. Aquello me tranquiliza, aunque también me inquieta. No recuerdo haber estado en este lugar alguna vez. Es una de las zonas alejadas del valle, casi en las últimas casas. Comienzo a caminar, tanteando por en oscuro callejón, en dirección hacia la salida… Entonces, un par de manos se posan en mis hombros.

Pego un respingo del susto y aferrando a Lía contra mi pecho, giro sobre mi pie izquierdo, acertando una dura patada en las costillas de quien sea que me haya tocado. El sujeto es alto, de cuerpo grande. Usa una capa y la capucha de esta le cubre el rostro. Retrocedo un par de pasos, mientras veo al tipo llevarse las manos a la zona golpeada. Pero antes de que salga corriendo, la familiar voz de aquel tipo me detiene en mi lugar…

—¡Tigresa y tu santa madre! —Masculla entre dientes, quejándose por el dolor del golpe— ¡¿Es que estás loca o qué?!

Unos ambarinos ojos me observan debajo de la capucha, con reproche, pero con cierto alivio.

—¿Tai Lung?

Continuará…


Uhhhhh… ¡Apareció Tai Lung! ¡Tigresa está en apuros!... ¡Po furioso con la gata!... Espero que les haya gustado este capítulo. Ya solo faltan dos para llegar al bello final y tal vez, un pequeño epilogo para cerrar esta ¿Bella? historia… Ni modo. Dejen sus opiniones y nos leemos en la próxima…