Capítulo 20

DUELE MORIR, DUELE VIVIR

Las armas se habían silenciado. Los gritos habían sucumbido ante la última detonación.

Una lluvia de granito, cristal y escombros abatieron cuando la pólvora hizo estallar los cimientos de aquella sinuosa construcción asentada a medios de aquella zona maldita alejada de la mano de Dios. El antiguo Palacio Blanco se desplomó con una densa cortina de polvo, convirtiendo todo a su alrededor en una pesada neblina, en medio de aquella mortal tormenta de purificación.

Ahora, a semanas del desastre, la mitad del pelotón emprendía el largo camino de vuelta a la civilización. Había que reportar todo ante Jiraiya y Pain, y para fortuna de éste último, no volvían con las manos vacías.

Y aquello no pudo sino provocar que un profundo sentimiento de rencor y rabia envolviesen a Naruto Uzumaki como una mortaja de seda.

La vida era una cosa preciosa; ¿cómo podía haber seres que la odiasen tanto? Pensó en el humo oscuro que brotaba de los últimos resquicios del Palacio Blanco al ser dinamitado por uno de los subordinados del propio Asuma Sarutobi… y en los cadáveres de aquellas cosas encontradas en el vasto jardín a espaldas del edificio, medio humanas y medio bestiales que ahora yacían en una inmensa hoguera, contaminado el aire con un hedor a carne quemada y los cuerpos se habían desvanecido en humo.

Algo más que seres humanos estaba siendo destruido aquí; mundos enteros eran convertidos en blancas cenizas. ¿Y para qué?

Pensó en nuevamente Asuma, quien ahora se había convertido en uno de los tantos vasallos obedientes y sin escrúpulos de aquel impasible hombre de cabellera naranja, y todo… ¿Porqué?

Porque el horror de aquellas bestias había contaminado su propia existencia.

Llorar a un ser humano en una tierra asolada por la muerte era como apagar una vela en una casa incendiada.

Naruto apartó de su mente el recuerdo. Tenía los ojos húmedos, y se dio cuenta de que podía volverse loco en aquel agujero infernal.

Un grito estridente sonó más fuerte que todas las frenéticas voces. Un llanto agudo e infantil, que se elevó en un crescendo histérico cuando dos soldados se adelantaban hasta una de las celdas que había quedado a su custodia.

El cerrojo de hierro chirrió al abrirse.

—¡Sacad al crío! —ordenó uno de los tres soldados que estaban allí.

Una mano, joven pero de nudillos fuertes, experimentados en el combate mano a mano sujetaron un brazo tosco y moreno. Naruto se interpuso entre uno de los hombres de la Orden; un hombre mucho mayor que el capitán Sarutobi, de ralas facciones, malencarado y enjuto, un bastardo con poco tacto y fuego en las venas de nombre Kakuzu.

—¡Es sólo un niño! ¡Déjale en paz! —clamó Naruto con voz ronca por el viento helado—. Por favor, déjalo en paz. ¿No has sufrido bas...?

—¡Apártate, mocoso estúpido! —sin miramientos, Kakuzu empujó al rubio toscamente contra la pared, como si apartase una mosca.

Dentro de una oscura celda, mientras yacía sobre la sucia paja en la maloliente oscuridad una pequeña silueta se había despertado y estaba temblando en un rincón. Gemía débilmente, como un conejo atrapado.

Naruto no pudo aguantar más. Se levantó, quedándose delante de la puerta; sus ojos azules brillaban delante del oscuro rostro de aquel hombre.

—Si tanto les interesa —dijo en siseo casi gutural. Algo en su interior se había inflamado… algo quemaba y no era la primera vez—, entra y búscalo.

Alguien amartilló un fusil y le apuntó con él.

—¡Apártate, sabandija!

—¡Naruto! —alguien tiró de él—. ¿Te has vuelto loco?

Naruto permaneció donde estaba.

—Vamos, brutos. Tres contra uno. ¿Qué están esperando? —gritó—. ¡Vamos!

Ninguno de los soldados de la Orden aceptó su invitación.

"No dispararían" pensó Naruto, porque sabían que tendrían cuentas que rendir ante Pain. Uno de los soldados lanzó un salivazo; la puerta se cerró de golpe y corrieron de nuevo el cerrojo.

Quien había tirado de su hombro aun seguía sujetándole. Naruto se giró y se encontró con un semblante que esperaba apoyase a su causa aun –a diferencia de Asuma- sin embargo, el brillo de sus azules orbes se apagó al encontrar todo lo contrario.

El primer capitán al mando, un hombrón de casi dos metros de alto. Una sonrisa férrea y torcida se proyectaba hacia él. Hoshigaki Kisame le contemplaba expectante. Obligó al muchacho a darse la vuelta y a mirarle la cara. Pero no vio ni miedo ni remordimientos en su mirada desdeñosa y eso lo enfureció todavía más.

—¿Cómo osas faltar al respeto a la Orden de semejante manera? —gritó, mientras le clavaba los dedos en el brazo—¡Te estas poniendo en vergüenza! ¡Toda la Orden sabe que eres el mejor cazador de Konoha y ahora resulta que estás defendiendo a esas bestias!

—¡¿Bestias?! ¡Lo único que hay aquí son seres humanos! ¡HUMANOS! ¡Ahí en esa celda esta un niño! ¡¿Acaso usted se ha vuelto loco?! —repuso Naruto con voz desafiante. Sus ojos lo miraban con repugnancia. —Sabe, empiezo a pensar que las únicas bestias son ustedes…

El capitán perdió completamente los estribos. Lo lanzó con fuerza contra las ventanas selladas y las persianas de metal crujieron.

—Vas a presentarte ante Pain-sama para decirle exactamente lo que intentaste hacer. A partir de este momento, harás todo cuanto te diga. —sus pupilas blanquecinas y pequeñas, como las de un tiburón demostraron la profundidad de su disgusto—. ¿Está bien claro?

Naruto respondió con un golpe rápido como el rayo. ¡Wham! Sus nudillos golpearon la nariz del regente con la fuerza justa: no la suficiente para partirla pero sí para provocar un aturdimiento momentáneo.

—¡Maldito hijo de puta! —esta vez la enorme mano de Kisame fue a parar en el cuello del muchacho, casi al instante—¡Voy a matarte…!

—Hoshigaki —ordenó una parsimoniosa voz, profunda y ominosa. Una silueta emergió de entre la penumbra—Suelta a mi ahijado, ¡Ahora!

El regente levantó una mirada sorprendida cuando su superior entró en la cámara de aislamiento. Los anchos dedos se alejaron de la yugular de impulsivo muchacho rubio.

—Jiraiya-sama… el… el chico…

—Sin más no recuerdo, Uzumaki-san tiene mayor rango que usted, Hoshigaki, ¿porqué no muestra algo de respeto y le da su lugar? —el viejo cazador enunció en un tono severo.—Agradezca que no denuncié esto ante Pain-sama, o de lo contrario estaría fuera de nuestras filas. Retírese.

Hoshigaki asi lo hizo. Naruto sonrió, agradecido a la comprensión de Jiraiya. Una abrumadora sensación de alivio lo envolvió. Puede que aquel encuentro no fuera tan terrible como había temido.

El aire de complicidad del rostro de Jiraiya y su sonora voz cobró un tono más severo. Naruto comprendió con un escalofrío que tal vez había cantado victoria demasiado pronto.

—Y ahora, dime, ¿qué te ha llevado a creer que alguien con una tarea tan noble como nosotros, somos igual que ésas escorias que abundaban en el bosque?

Naruto tragó hondo.

—Jiraiya-jiisan… —hacía mucho que no le nombraba así, creyó que tal vez el gesto aprensivo pudiese estar a su favor—He estado en Sunagakure, Yukigakure… y hasta en las aldeas que están fuera de la Franja de los Reinos, he combatido criaturas y monstruos… verdaderos monstruos y esto… —sus azules ojos denotaron un apuro y una culpabilidad que el mismo Jiraiya hacía tiempo que no veía—ESTO no es algo que yo haría.

—Muchacho, los tiempos cambian y…

—¡Capturaron a una chica y a un niño! —estalló Naruto a voz en grito—¡Nunca antes habíamos tomado rehenes! ¡Ellos no son bestias…!

—Son parte del despojo dejado por esas criaturas infernales —terció alguien más. Pain se adelantó con paso casi solemne—…están malditos, Uzumaki-san. Es nuestro deber cortar de raíz todo lo que aquellas bestias consumen a su paso…

—Muchacho, son tiempos muy diferentes, estas criaturas no son como el Matatabi o Shukaku —Jiraiya posó ambas manos en los hombros de su ahijado y pupilo— Has visto cómo las bestias consumían la humanidad de los otros "malditos", esto es muy distinto. Lo que viste en aquellos libros, lo que Pain y yo perseguíamos antes de que tu nacieras, son los descendientes de Madara Uchiha, el legado de su maldición perpetuada por la sangre contaminada y continuada por consanguineidad, eso es lo que debemos detener y destruir, es una infección…

—Una infección diabólica e inmunda — dijo Pain con tono desdeñoso. Su mirada pasó de Naruto hasta Jiraiya— Un fuego que sólo debe combatirse con fuego.

La expresión de Jiraiya se tornó seria.

—Y tú eres ése fuego, muchacho.

—¿Qué?

Había en su voz una aspereza que Naruto Uzumaki no había oído nunca. El venerado Sannin había sido como un padre para él desde la muerte de su familia mortal, su mentor, y ahora, debería poner en claro todo aquello que había estado ocultando. Años enterrados bajo una avalancha de represión personal. Recuerdos reprimidos sólo en aras de un bien común.

Hablar ahora… o seguir confiándole una mentira cruel y fantasiosa.

—Humano… y bestia, si prefieres llamarlo de esa manera. Lo mejor de ambos mundos, entrenado para cazarlos y combatirlos. Muchacho, tu desciendes de uno de ellos, y por lo tanto, eres nuestra mejor arma.

Naruto sintió como si algo le estrujase el corazón. Un puño intangible y frío como un témpano.

—Por eso… por eso no me mataste —su voz se tornó un susurro amargo. Traicionado—… por eso me entrenaste, ¿verdad? Todo este tiempo, ¡Yo confiaba en ti y cuando te pregunté sobre mi madre, tú dijiste…!

—La verdad, Naruto. —interrumpió Jiraiya, sin nada de alteración en su voz—Te dije la verdad, tu madre era humana… pero tu padre no. Y no podía hacértelo saber hasta ahora, porque creí que no lo asumirías como se debe, y por lo visto, dudo que lo hagas ahora.

El joven estuvo a punto de replicar algo y como si el mismo Pain pudiese leerle los pensamientos próximos a expresar, alzó una mano, en tono apaciguador hacia él.

—Tiempo al tiempo —fue todo cuanto dijo.

El hombre apenas había terminado aquella escueta frase, cuando tres figuras entraron a la cámara. Dos soldados, uno de cabello platinado y otro al que Naruto reconoció al instante, se apostaron uno a cada lado del rubio. Kakuzu y Hidan, respectivamente le sujetaron del brazo como si escoltasen a un prisionero. Jiraiya no se inmutó, pese al improperio que su joven pupilo expresó llanamente.

—Terminarás tu entrenamiento, muchacho. —espetó el Sannin sin mayor inflexión en su voz—Aun te queda por dominar algunas… "ventajas" y ahora que lo sabes, te será más fácil, sin embargo, ahora estarás bajo la estricta vigilancia de estos caballeros.

—¿Qué? ¿Porqué? —incitó Naruto— ¿Y Asuma-sensei?

—El capitán Sarutobi nos será más útil en la incursión al área éste del bosque. —respondió Pain lentamente—Por ahora, concéntrese en mejorar sus habilidades, Uzumaki-san

Naruto asintió a regañadientes, mirando desafiadoramente a los ojos de aquel sujeto. Hubiera dado cualquier cosa porque Jiraiya interviniese, pero ahora, esa latente idea no era mas que un infantil deseo ya. Ahora todo había adquirido un rumbo distinto y una nube negra cubría su cielo personal. Todo cuanto había creído y luchado… todo…

…todo se había ido ya.

—Kakuzu y Hidan, llevarán al muchacho a la misión asignada al norte, mientras que el resto —dijo Pain, luego dirigiéndose a Jiraiya—…nos encargamos de limpiar el desastre que quedó aquí.

El soldado de pelo platinado espetó un bufido.

—Meeeh, ¿Tenemos que ir justamente ahora? ¡Si el jodido invierno esta por venir! —quejó. Estuvo a punto de proferir otra sarta de improperios; pero el ceño fruncido de Kakuzu y el gesto autoritario de Pain le callaron al instante.

—Mejor ahora que las ventiscas se acercan —corroboró Jiraiya—Si tenemos suerte, el clima podrá encargarse de lo que sea que se haya sobrevivido ahí. Ni un lobo ni un humano sobrevivirían sin un refugio, y tenemos la ventaja de haber terminado con su cubil, no tendrán dónde ocultarse.

—Si es que sobrevivió algo, je… —carraspeó Kakuzu.

Pain asintió con un gesto perentorio.

—Entonces que así sea.

Naruto siguió en silencioso y dolido silencio. No opuso resistencia, sabía lo que era enfrentarse a cazadores más experimentados y toscos que él, ya había tenido roces con sujetos del tamaño de una roca como el apodado Killer Bee o de apariencia frágil y mordaces ataques como Utakata. Ahora que si sumaba aquello que Jiraiya había revelado, podría ser una ventaja… o su perdición.

No iba a arriesgarse; no, aun no.

Pasó por un lado de su mentor, y se detuvo momentáneamente, sólo para dirigirle una simple frase.

—Yo confiaba en ti, erosenin

0—

Y así como se había esperado, el invierno azotó Konohagakure con férrea mano de hielo y un manto blanco cubrió todo aquello que viviese.

La espesura invernal reinaba con silencio sepulcral, mientras una sombra oscura contemplaba agazapada entre los matorrales, la agonía que aún se aspiraba en las ruinas del Palacio Blanco.

Un lobo negro emergió de entre los despojos que quedaban de la que fuera una de las torres del Palacio Blanco. Aspiró el aroma todavía impregnado en los escombros, de carbón, dinamita, plomo y tragedia.

Un hogar reducido a nada. Un pasado sepultado en medio de grava, ladrillos y detonaciones de centella.

Un hogar abandonado hacía años…

Ahora el peso de su propio orgullo no debatía más en su mente. Todo cuanto había estado librando en soledad, desapareció apenas al encontrar que todo el Palacio Blanco y el Jardín habían sucumbido y mancillados por algo más salvaje y cruel que la misma vida del Bosque: el ser humano.

Un gruñido atávico se formó en la garganta de Sasuke Uchiha y se tornó un aullido de furia, desolación y abatimiento. La nota creció hasta desvanecerse con el bramido del viento.

Nadie secundó su llamado.

Una sutil cortina de copos comenzó a caer. El viento amainó, rugiendo más impiadosamente. Era momento de irse, ahí no encontraría nada… ni nadie.

Irse… ¿a dónde? Había estado rondando en los alrededores del bosque casi dos años, casi llegando al límite con Yukigakure y regresado…

Regresado por redención y ahora… no hay nada. Les han matado a todos.

Nuevamente aquel bufido pesaroso en su garganta. A la mente humana podía engañársele, pero al lobo no. El lobo sabía y sentía lo que debía hacer.

Irse. Nuevamente… hacia el norte. O hacia el este, tal vez podría encontrar alguna otra manada o… alguien. Lo que fuese. Vida era vida, y la vida era para los vivos. Morir dolía, pero vivir también.

Ya no quedaba nada para él aquí.

Kakashi… Ino… Karin… Itachi…

Sakura…

Todos se habían ido. Y Sasuke, haría lo mismo.

El lobo negro volvió a emprender marcha, alejándose de las tormentosas ruinas.

Hacia el norte. Hacia la vida.

0—

Cuando el invierno se volvió más crudo e inmisericorde, Sakura e Itachi llevaban más de diez días viviendo en una de las cuevas donde habían buscado al kyuubi. Había en ella espacio para dos lobos, pero no para dos seres humanos. El viento se hizo más frío porque soplaba desde el norte, y volver a la forma humana habría sido un suicidio.

Sakura estaba aletargada y dormía de noche y de día. Itachi cazaba por los dos, haciendo presa en todo lo que se ponía a su alcance en el bosque.

El crudo invierno hundió en la tierra sus heladas raíces. Itachi se acercó hasta el campamento de los cazadores y lo encontró vacío.

Allí no había rastro de Satoshi. La nieve había llenado las rodadas de los carros y eliminado todos los olores de los hombres. Itachi evitó la amplia zona de árboles quemados y las ruinas de lo que había sido aquel cálido hogar, y volvió a la cueva.

En las noches claras, cuando brillaba la Luna ribeteada de azul y el cielo estaba tachonado de estrellas, el lobo negro grisáceo aullaba. Su canto era ahora de dolor y de añoranza; la alegría se había acabado para él. Sakura permanecía en la cueva, hecha una bola de pelambre rosácea, y sólo de tanto en tanto erguía las orejas, cuando escuchaba el clamor de su compañero; pero Itachi aullaba solo.

Su voz resonaba en el bosque, llevada por el viento vagabundo.

No había respuesta.

Durante las semanas y meses que siguieron, Sakura se sintió cada vez más apartada de la humanidad. No necesitaba aquel cuerpo blanco y frágil; cuatro patas, garras y colmillos eran lo adecuado para ella. Las matemáticas superiores, la medicina y las teorías sobre religión: todo esto pertenecía a otro mundo. En el reino que era ahora el de la naturaleza salvaje, el único tema de estudio era la supervivencia. Olvidar sus lecciones significaba la muerte.

Pasó el invierno. Las ventiscas se convirtieron en chaparrones, y un verdor nuevo apareció en el bosque. Itachi y Sakura habían salido de caza, y al volver, se encontraron con algo enteramente distinto.

Una silueta, alta, humana… envuelta únicamente en los despojos desgarrados de una harapienta hakama.

Kakashi estaba sentado en cuclillas sobre un montón de piedras en el punto más alto del barranco. Entrecerraba el único ojo para resguardarlo del fuerte sol, tenía el rostro arrugado y pálido y sus cabellos, ralos y encrespados, que antaño solían ser de un marfileño tono grisáceo, eran ahora completamente blancos, como cubiertos por una densa ventisca.

Observó cómo ascendía el Sol en el cielo, con su único ojo, ahora también sin luz. Inclinó la cabeza a un lado, como si hubiese oído un sonido familiar.

—¿Kurenai? —llamó con voz débil—. ¿Kurenai?

Itachi gruñó en mero gesto preventivo. Sakura yacía de bruces cerca de allí, en lo alto de la hondonada, masticando su comida y tratando de cerrar los oídos a aquella voz temblorosa. Al cabo de un rato, Kakashi se tapó la cara con las manos y lloró, y Sakura sintió que se le partía el corazón.

Kakashi levantó la mirada y pareció como si viera al lobo negro grisáceo y a la loba de pelaje rosado por primera vez.

—¿Quiénes son? —preguntó—. ¿Qué son?

Itachi siguió comiendo. Sabía de lo que se trataba.

—¿Kurenai? —llamó Kakashi de nuevo—. Ah, estás ahí. —Sakura vio que sonreía débilmente, dirigiéndose al aire sutil—. Kurenai, ellos creen que son lobos. Creen que van a quedarse aquí y correr a cuatro patas para siempre. Han olvidado lo que es realmente milagroso; que son humanos, debajo de aquella piel. Y piensan que cuando yo me haya convertido en polvo e ido donde tú estás, continuaran aquí, cazando ratones almizcleros para cenar. —Rió un poco, compartiendo su broma con un fantasma. Su mirada se entornó en Sakura—. ¡Y pensar en todo lo que te he enseñado, hora tras hora, Sakura Haruno!

Sus débiles dedos pellizcaron la cicatriz oscura del hombro y apretaron el bulto duro de la bala que aún tenía alojada allí. Entonces volvió su atención al lobo negro-grisáceo.

—Cambia —dijo. Miró a la hembra de pelambre rosada—Cambien.

Itachi lamió los huesos del ratón y no le hizo caso.

—Cambien —repitió Kakashi—. Ustedes no son lobos. Cambien de nuevo.

Sakura agarró el pequeño cráneo, lo abrió de una dentellada y se comió el seso.

—Kurenai también quiere que cambien —le dijo Kakashi—. ¿No la oyen? Les está hablando.

Sakura oía el viento, el gruñido entrecortado de Itachi y la voz de un hombre trastornado. Terminó de comer y se lamió las patas.

—¡Dios mío! —dijo suavemente Kakashi—. Me estoy volviendo loco. —Se levantó y miró hacia el abismo—. Pero no lo estoy tanto como para pensar que soy realmente un lobo. Soy un hombre... ¡Soy un ser humano! Y ustedes también lo son. Cambien de nuevo. Por favor.

Itachi no cambió y Sakura tampoco. Ésta yacía sobre el vientre, observando cómo volaban en círculo unos cuervos en lo alto, y lamentó no poderse comer alguno de ellos. No le gustaba el olor de Kakashi; le recordaba demasiado aquellas formas sombrías armadas con fusiles.

Kakashi suspiró y agachó la cabeza. Empezó a bajar por las rocas, despacio y cuidadosamente, crujiéndole las articulaciones. Sakura se levantó y le siguió para impedir que se cayese.

—¡No necesito tu ayuda! —gritó Kakashi—. Soy un hombre. ¡No necesito tu ayuda!

Siguió bajando hasta la cueva, se metió en ella y se acurrucó, con la mirada perdida. Itachi se sentó en la cornisa de delante y Sakura se tumbó a su lado, con la brisa agitando su pelambre.

El sol de primavera hizo florecer el bosque.

Kakashi no volvió a su forma de lobo, y Sakura e Itachi no volvieron a su constitución humana.

Al caer el estival calor de marzo, ella e Itachi se separaron. El lobo negro grisáceo había salido de caza, siguiendo el rastro de un ciervo. Dos días pasaron y no regresó. Sakura tampoco escuchó sus llamados en el viento. Su instinto clamaba por buscarle, pero no quería dejar a Kakashi solo.

Kakashi se iba debilitando. En las noches frías, Sakura entraba en la cueva y se tumbaba junto a él, comunicando al sensei el calor de su cuerpo; pero Kakashi dormía mal. Le atormentaban constantemente las pesadillas y se incorporaba llamando a Kurenai, a Karin o a otro de los seres perdidos. En los días calurosos se sentaba en las rocas, sobre el abismo, y miraba hacia el brumoso horizonte occidental.

—Deberías ir a Suna —dijo Kakashi a la loba de pelaje rosáceo—. Sí, a Suna —asintió con la cabeza—. Ahi son gente civilizada. No matan a sus hijos.

Se estremeció. Incluso en los días más cálidos, su piel estaba fría como el pergamino.

—¿Me oyes, Sakura?

La loba levantó la cabeza para mirarle pero no respondió.

—¡Kurenai! —continuó Kakashi al aire—. Estaba equivocado. Vivíamos como lobos, pero no somos lobos. Éramos seres humanos y pertenecíamos a aquel mundo. Hice mal en retenerlos aquí. Hice mal. Y cada vez que le miro —y señaló hacia Sakura, la loba—, sé que estaba equivocado. Para mí es demasiado tarde. Pero no para ella. Podría irse si quisiera. Debería irse. —Juntó los flacos dedos, como tratando de solventar un problema—. Yo tenía miedo al mundo humano. Me daba miedo el dolor. Y a ti también, ¿verdad, Kurenai? Creo que todos sentíamos lo mismo. Habríamos podido marcharnos si hubiésemos querido. Habríamos aprendido a sobrevivir en aquel mundo salvaje. —Levantó la mano hacia el oeste, hacia pueblos y ciudades invisibles más allá del horizonte—. Oh, es un lugar terrible —dijo a media voz—. Pero Sakura pertenece a él, no a esto. Ya no. —Miró a la loba—. Kurenai dice que tienes que irte.

Sakura no se movió; dormitaba bajo el calor, pero podía oír lo que Kakashi estaba diciendo. Espantó una mosca con la cola; una reacción involuntaria.

—Yo no te necesito —dijo Kakashi con irritación—. ¿Crees que sigo viviendo gracias a ti? ¡Ay! ¡Puedo agarrar con mis manos desnudas lo que escaparía cien veces a tus dientes! ¿Crees que esto es fidelidad? ¡Es una estupidez! ¡Transfórmate!, ¿Me oyes, hija?

La loba de pelambre rosa abrió los ojos verdes; después volvió a cerrarlos.

—Eres idiota —presionó Kakashi—. Perdí el tiempo con una chiquilla idiota. Oh, Kurenai, ¿por qué la trajiste con la manada? Tiene una vida por delante, y rechaza el milagro. Yo estaba equivocado... muy equivocado.

Se levantó, sin dejar de murmurar, y empezó a bajar de nuevo hacia la cueva. Sakura se levantó el instante y le siguió, observando dónde ponía el hombre los pies. Kakashi le increpó, como hacía siempre, pero Sakura le acompañó a pesar de todo.

Durante la siguiente semana, Kakashi subía casi todos los días a las rocas y hablaba a Kurenai.

Sakura se tumbaba cerca de él y se quedaba dormitando. Uno de aquellos días, el silbido lejano de un tren llegó hasta ellos. Sakura levantó la cabeza y escuchó. El maquinista estaba tratando de asustar a un animal para que saliese de la vía. Merecía la pena ir hasta allí aquella noche para ver si el tren había matado algún animal. Volvió a reclinar la cabeza, con el sol calentándole la espalda.

—Tengo otra lección para ti, Sakura —dijo nuevamente Kakashi cuando se hubo extinguido el silbido del tren—. Tal vez la lección más importante. Vive libre. Eso es todo. Vive libre, aunque tu cuerpo esté encadenado. Vive libre, aquí. —Se tocó la cabeza, con una mano entumecida—. Este es el lugar donde nadie puede encadenarte. Este es el lugar donde no hay paredes. Y tal vez sea ésta la lección más difícil de aprender, Sakura Haruno. Toda libertad tiene su precio. Pero la de la mente es inestimable. —Entrecerró la mirada, contemplando hacia el sol, y Sakura levantó la cabeza y le observó. Había algo diferente en la voz de Kakashi. Algo definitivo. Y esto le asustó, como nada le había asustado desde que habían venido los soldados—. Tienes que marcharte de aquí —siguió diciendo Kakashi—. Eres un ser humano y perteneces a aquel mundo. Kurenai está de acuerdo conmigo. Permaneces aquí por un viejo que habla a los fantasmas. —Volvió la cabeza hacia la loba de ojos jade—. No quiero que te quedes aquí, Sakura. Te está esperando una vida allá fuera. ¿Lo comprendes? Tal vez Itachi está esperándote también… y tu hijo.

Sakura no se movió.

—Tienes que ir a buscarlos. ¡Ve, Sakura! —dijo Kakashi—. Quiero que vayas a aquel mundo como humana. Como un milagro. —Se levantó, e inmediatamente lo hizo también Sakura—. Si no vas a aquel mundo, ¿de qué te servirá todo lo que te enseñé? —Unos pelos blancos se rizaron sobre sus hombros, sobre el pecho, el vientre y los brazos. El cabello de Kakashi se enroscó alrededor del cuello, y la cara empezó a cambiar—. Fui un buen maestro, ¿no? —preguntó, con una voz que empezaba a ser como un gruñido—. Te quiero, hija —dijo—. No me defraudes.

Su espina dorsal se torció. Kakashi se puso a cuatro patas, mientras los pelos blancos cubrían todo su débil cuerpo, y pestañeó mirando al sol. Contrajo las patas de atrás, y Sakura se dio cuenta de lo que iba a hacer.

Sakura saltó hacia delante. Lo propio hizo el lobo blanco.

Kakashi se lanzó al aire, todavía cambiando. Cayó, retorciendo lentamente el cuerpo hacia las rocas del fondo del barranco.

Sakura trató de gritar; su voz brotó como un aullido agudo y angustiado, pero lo que había tratado de decir era: "¡Padre!"

Kakashi no respondió.

Sakura desvió la mirada, cerró los ojos con fuerza y no vio cómo se estrellaba el lobo blanco contra las rocas.


SÓLO QUEDA UN CAPÍTULO...

Domingo FINAL DE TEMPORADA: "DONDE EL AIRE ES CENIZA"


N/A:

Ehm... ehem... mentiría si dijera que no lloré mientras escribía esto, pero... aun queda UN CAPITULO, asi que... ¿merece reviews?