Redención
Acuno a Lía en mis brazos y en cuanto mi pie choca en el primer peldaño, sé que no es buena idea, sé que he perdido todo. Las lágrimas se acumulan en mis ojos y no puede evitar estrechar a mi pequeña contra el pecho. La amo. La amo, pero no supe ser buena madre, no supe cumplirle… Oh, ¿por qué fui tan estúpida? Quiero llorar, pero la pesada zarpa de Tai Lung sobre mi hombro me impide hacerlo. No en frente de él. Me sigue en silencio. Su ambarina mirada fija en mí, en Lía. Gruño al percatarme de ello último y escondo a mi pequeña contra el pecho, ocultándola de su escudriñadora mirada.
Ante mí, las pesadas puertas del palacio están cerradas. Me detengo y contengo el aire por un momento, para luego simplemente exhalarlo.
Los recuerdos me marean, me aturden. Fue aquí donde Shifu me presentó ante Oogway y Tai Lung como su hija, fue aquí donde todo comenzó. Las lágrimas corren mis mejillas y de repente, no puedo más… Me derrumbo en el suelo, caigo sentada en aquellos fríos peldaños de piedra, aferrando a mi pequeña Lía contra el pecho, aferrándome a ella para contener los violentos espasmos que los sollozos crean e mi pecho. No puedo. No puedo entrar ahí y simplemente renunciar a todo. Porque este lugar lo es todo. Es mi vida, es quien soy. No sé por qué no lo he visto antes, por qué no he sido capaz de darme cuenta aquella noche en que acepté ir en busca de Tai Lung. ¿Tan ciega estaba? ¿Tanto me ha costado darme cuenta de lo grave que era darle la espalda a todo lo que soy?
Tai Lung no se sienta junto a mí, pero me observa. Siento su zarpa en mi hombro y no puedo evitar gruñir. Por instinto, por un mero acto reflejo, ladeo el rostro, con mis dientes listos para clavarse en su mano. Él apenas si puede esquivar el bocado por centímetros. Lía duerme, no es consciente de esto. Me alegro por ella. Tan pequeña, tan inocente, aún demasiado ignorante de la vida como para ver en lo que su madre se ha convertido.
—Tranquila, enana.
Hay cariño en las palabras de Tai Lung. No puede creerlo. La risa que escapa por entre mis labios es amarga, sin sentido del humor.
—Te odio —Mascullo— Te odio, Tai Lung.
Es mentira, lo sé, él lo sabe, pero ¿Qué más puedo hacer?
Tai Lung suspira, pero no dice nada más. Guarda silencio, mientras yo no puedo hacer más que llorar. No lloro de dolor. No lloro por mí, por Po o Tai Lung, ni siquiera por lo que he dejado atrás. Lloro de bronca, de ira, de impotencia. De odio. Odio lo que he hecho, odio mi vida, odio como he traicionado a todos los que en mi confiaban, a quienes me querían. Mis amigos, Po, mi padre… Miro de reojo a Tai Lung y me pregunto si ha valido la pena. No, no lo ha valido. Tai Lung no es ni una décima parte de lo que he perdido. Lo amo, es cierto, y aunque sé que él a mí, también sé que no lo suficiente.
Me ama, pero es tan poco ese amor, a comparación del mío, que aquella noche, hace veinte años, no pensó en mí. No pensó en cuanto me dolerían sus acciones, no le importó mis sentimientos para con él, no le importó nada más que él mismo. Fue egoísta. Si, tal vez me ame, tal vez sea sincero cuando dice que le importo, pero él jamás me ha dicho que le importe mucho más que sus tontos objetivos, él jamás me ha dicho que me ame mucho más que al poder de aquel rollo.
Entonces, la solución está ahí, en eso…. El rollo. Él aún quiere el Rollo del Dragón, solo por eso me ha traído aquí. Bien, si lo quiere, yo misma se lo daré. A ver qué tal le sabe la decepción.
Sin decir nada, me coloco de pie, ignorando las lágrimas que mojan el pelaje de mi rostro. Tai Lung me mira, sorprendido, formulando mil preguntas silenciosas, pero le ignoro y sin más rodeos, me dirija hacia las pesadas puertas que cierran el paso al Salón de los Héroes. Reposo a Lía en mi brazo izquierda y como puedo, me las arreglo para abrir las puertas usando únicamente el derecho. Tai Lung no me sigue. Se queda al principio de los peldaños. Volteo a verlo y articulo con mis labios que se esconda. No, él no tiene que oír esto, mucho menos ver.
En cuanto doy un pie dentro, Mono, Mantis, Grulla, Mantis y Víbora me rodean, observando con escudriño cada uno de mis movimientos. No dejo que me afecten. Los observo a todos por el rabillo del ojo, con la postura relajada, simplemente inalterable. No, no dejaré que me afecten.
—Tigresa —La voz de Víbora destila veneno.
Precavida, la serpiente se acerca y no comprendo sus intenciones hasta que desliza la punta de la cola por entre mis brazos. Gruño, amenazante, y estrecho a Lía aún más contra mi pecho. No me la quitará.
—Ni lo intentes, Víbora.
—¿La usarás de escudo? —Inquiere ella, mordaz— ¿Usarás a tu pequeña hija como escudo? ¡Qué valiente!
No respondo. No vengo a pelear. Al menos, no con ella.
—¡Basta! —La voz de Shifu interrumpe en la habitación. Lo busco con la mirada. Se encuentra frente al estanque de la luna, observando el reflejo en el agua de aquel dragón dorado— Entrégale la bebé a Víbora, Tigresa.
Gruño en respuesta.
—No.
—Entonces dámela a mí —Po entra al salón. Serio. Nunca lo he visto con ese semblante— Dame mi hija, Tigresa.
Estrecho aún más fuerte a Lía.
—¿Podemos hablar? —Pregunto. Miro de reojo a todos— A solas.
Po mi mira, dudoso, es obvio que n confía en mí. Finalmente asiente. Uno a uno, incluso Shifu sale del salón, dejándonos solos. El corazón galopa en mi pecho, nervioso, y el estómago se me retuerce. Po no me mira. Se para frente al estanque, de espaldas a mí, con su mirada fija en las tranquilas aguas. Me pregunto qué pensará, me pregunto si estará esperando que yo hable primero y si tan solo está pensando en qué recriminarme primero. Tengo que exhalar un suspiro para expulsar el aire que acumulo en mis pulmones. Estoy demasiado nerviosa.
En silencio, me acerco a él, hasta detenerme a su lado. Esto es extrañamente familiar. Claro, es aquí donde me propuso matrimonio. No la propuesta formal, con el anillo, las palabras cursis y todo eso. Sino una propuesta sencilla, como una visión de un futuro no muy lejano, como la proposición de una idea. ¿Y si te pidiera ser mi esposa? Dijo aquella noche, luego de un largo silencio, mientras todos se encontraban en un festival en el valle.
Era el festival de él, del Guerrero Dragón, pero ambos nos escapamos para estar solos. El recuerdo duele, no como debería, sino con un toque de nostalgia. Si, eran buenos momentos y estoy segura que fui sincera al decirle que lo amaba, al decirle que quería pasar mi vida con él. Estoy segura que, aquella noche, no le mentí.
Po suspira, llamando mi atención. No puedo evitar cerrar los ojos, esperando lo peor. ¿Gritará? ¿Me insultará? Po no es de quienes devuelven los males que le han hecho, no es de quienes quiere venganza, pero… No sé qué esperar, ya no.
—¿A qué has vuelto?
Definitivamente no esperaba eso. Su voz es tranquila y hubiera jurado que hasta podría haber preocupación en ella.
—¿A qué te refieres?
Él sonríe. ¿Sonríe?
—Vamos, Tigresa, seamos claros —Responde. Hay cierto humor en su voz— Tú no eres tonta y si has vuelto, mas con Lía en brazos, es por algo.
Lo observo. Tiene razón. Una ladina sonrisa curva mis labios, a la vez que devuelvo la mirada hacia las aguas del estanque. Tan tranquilas, tan quietas… Puedo ver mi reflejo en ellas y junto a mí, veo el reflejo de Po. No hay odio en su manera de mirarme, no hay rencor. Esto es grave. ¿Es que no puede ver la realidad? ¿Es que tan ciego está? No puede simplemente ser indiferente a todo esto.
—¿Qué tengo que hacer para que me odies?
Él arquea una ceja.
—¿Quieres que te odie?
—No —Es la verdad— Pero deberías.
Como única respuesta, asiente lentamente con la cabeza. No responde y yo no tengo nada que decir, al menos, no por el momento. Estoy nerviosa. Él se acerca y estira una mano en dirección a Lía, acariciando con ternura su blanca mejilla. No la aparto, ni siquiera pasa por mi cabeza la idea de impedírselo.
—Por favor —Murmura— Por favor, Tigresa, déjame cargarla.
Hay dolor en su voz y quiero patearme a mí misma por ser yo la causante. Se la doy. Le dejo tomar a Lía en brazos y acunarla contra su pecho. Una sonrisa curva los labios del panda. Lía se mueve en su agarre y se acurruca contra el pelaje de su padre, aún en dormida le reconoce y la escena me duele. Es tan tierno. Po ama a su hija y su hija lo ama a él. Pensar que hace tan solo unas horas quise separarlos… Me duele incluso a mí
—Perdón —Mi voz apenas es un susurro.
Po levanta la mirada hacia mí. Esta vez, más serio, más frío.
—Sabes Tigresa que no soy una persona de guardar rencores.
—Lo sé.
—¿Por qué crees que no te perdonaría?
Su voz es amable y veo en sus ojos que le cuesta comprender mi postura. Bueno, a mi también me cuesta comprender la postura de él. No creo que se niegue a perdonarme por lo que le hice con Tai Lung o por haberlos traicionado, creo que se negará a perdonarme por haberme llevado a Lía conmigo.
—Porque te conozco —Respondo— Porque sé que no perdonarías a nadie que se metiera con tu hija.
Una sonrisa curva sus labios, de esas sonrisas misteriosas y serenas, a la vez que baja la mirada nuevamente hacia la pequeña. Está despierta y ríe ante la caricia que su padre le regala en la mejilla.
—Exacto —Ríe, aunque sin humor— Pero ¿Guardarte rencor por llevarte a Lía? —Parece incrédulo, casi rozando la burla— No lo creo, también es tu hija y solo has hecho lo que cualquier madre hubiera hecho en tu lugar.
Lo observo, en silencio, sin expresión alguna. Tengo que abrazarme a mí misma para evitar tomar nuevamente a Lía en mis brazos. Me pone nerviosa no tenerla conmigo, pero no puedo quitársela a Po, no puedo separarlos ahora que se ven tan contentos el uno con el otro. El pensamiento me revuelve el estómago. NO puedo. Simplemente no puedo apartar a Lía de él. No puedo contener la risa. Una risa amarga, sin humor, sarcástica.
Po levanta la mirada hacia mí, sorprendido, pero a su pregunta no formulada solo le respondo con una ladina y socarrona sonrisa. Lo observo con cierta diversión, a la vez que deslizo la lengua por mis resecos labios, humedeciéndolos. Recuerdo que ese era un gesto que él detestaba. Decía que me veía demasiado presuntuosa, que me hacía ver demasiado fanfarrona y altiva, como si me burlara de él por algo indebido. Ahora que lo pienso, el gesto se me pegó de Tai Lung.
—Eres un tonto —Mascullo— Po Ping, es usted demasiado tonto e ingenuo.
A pesar de que mis palabras van en serio, él sonríe. No responde. En lugar de eso, cambia el peso de Lía a su brazo izquierdo y levanta la mano derecha hacia mi rostro, acunando mi mejilla en ella. La caricia no es nada. No supone más que un mero contacto para mí. Esto me lleva a preguntarme como pude ser sincera todo este tiempo, cuando le decía que lo amaba, pero ahora simplemente no sentir nada. No lo comprendo. Aunque es un mero contacto al cual no opongo resistencia. Supone un consuelo. El consuelo de aquel amigo que, a los quince años, simplemente me dejó llorar en su pecho sin hacerme una sola pregunta.
—¿Puedo preguntarte algo, Tigresa?
Lo miro. No, no quiero que haga preguntas, no quiere responderlas, pero es lo mínimo que puedo hacer por él.
—Claro.
—¿Desde cuándo? —Pregunta. Su voz seria, con cierto dolor en ella— ¿Cuándo comenzó todo esto? —Aclara— ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Años?... Tal vez…
No termina la frase, pero sé a cuando se refiere. Lentamente, su mano abandona mi mejilla y es ahí cuando comprendo la importancia de su toque. ¿Por qué desee sus caricias todo este tiempo? Porque simplemente no podía soportar que se apartara, porque es cuando ya no están que las extraño. Porque él es el consuelo a mis dolores, es la luz en mis tristezas, es quien siempre estuvo ahí para mí.
—A los quince años —Respondo, sin dudar. No puedo verle los ojos, simplemente no puedo— Lo siento tanto, Po. Debí… Sé que debí decírtelo, pero no pude. Era demasiado… doloroso —Me odio a mí misma al descubrir mis ojos envueltos en lágrimas— Aquella noche que llegué a tu casa, fui a verlo en la prisión. No sé qué espera conseguir con ello, pero debía verlo. Luego no lo volví a ver, me dispuse a olvidarlo y simplemente creí que había sido algo del pasado, creí que lo había hecho, que lo había superado. Con el tiempo, quise convencerme que no fue más que un capricho de adolescentes.
—Pero lo amabas —Hay dolor en su voz.
Quisiera decirle que no, quisiera poder decirle que ahora lo amo a él. Sus brazos están tensos. Me preocupad Lía en su agarre, pero sé que no le hará nada.
—Sí.
—Sigo sin comprenderte —Esta vez, eleva un poco la voz y en sus ojos puedo ver el enfado— ¡¿Es que acaso no viste lo que él era?! Contéstame una sola cosa, Tigresa ¡¿Acaso no te dio asco besar a tu hermano?! —Su voz retumba en todo el salón y no puedo contener un respingo— ¡Y no me salgas con que no lo eran!... Los criaron como tal, de eso no hay dudas. ¡¿Qué fue lo que pasó por tu cabeza para…?!
—¡No lo sé! —No quiero oírlo más— ¡No sé qué demonios pasó! Solo… ¡Solo pasó ¿Si?! —El llanto de Lía le sigue a mis palabras. Po la mece en sus brazos, intentando calmarla, pero no aparta la mirada de mis ojos— Nunca quise a Tai Lung como un hermano, nunca fuimos hermanos… ¡Ni siquiera somos de la misma especie, joder! ¡¿Por qué debíamos sentir vergüenza de amarnos?!
El silencio se instala entre ambos, interrumpido únicamente por los bajos sollozos de Lía. Su mirada es tan extrañada, tan impropia en él, tan fuera de lugar en aquellos ojos verde jade. Llena de ira, de resentimiento. Las lágrimas pican en mis ojos, pero me niego a soltarlas, aunque siento un par deslizarse por mis enrojecidas mejillas. Entonces, todo pasa muy rápido, Po abre la boca para hablar, pero mi cabeza ya da vueltas y de un momento a otro, todo está oscuro y quiero vomitar.
Su voz pronunciando mi nombre se escucha lejana débil y solo soy consciente de su brazo, rodeando mi cintura para evitar que caiga. Apenas si puedo mover mis pies y mis manos resbalan cuando intento agarrarme de Po. Igualmente, él logra conducirme hacia los peldaños al borde de la fuente y me obliga a sentarme allí. El mareo no pasa de inmediato, pero Po no parece tener prisas. Me abraza, apoyando mi cabeza en su pecho, murmurando palabras dulces en mi oído.
No resisto más y las lágrimas nuevamente corren por mis mejillas. La mano de él frota suavemente mi espalda, haciendo más llevadero esto. Estoy bien e intento enderezarme, pero Po no me lo permite, tan solo me estrecha aún más.
—Tranquila —Susurra— No hay prisas.
Es entonces cuando recuerdo a lo que he venido.
—Si… —Mi voz suena débil— Si las hay.
—Claro que no, Tigresa. Yo… No estoy enojado, solo cálmate ¿Si? No hace falta…
—¡Escúchame, Po! —Grito, a la vez que le empujo, obligándole a soltarme. Aún me siento mareada, pero no es tanto— Tai Lung está aquí.
El me mira. Sus ojos asombrados, aturdidos, tal vez hasta temerosos, llenos de preguntas sin formular. Se separa unos centímetros de mí, pero antes de que si quiera se le ocurra decir algo, me dispongo a contarle todo lo que he pensado desde esta mañana. No se me escapa ni un detalle. Conozco todo lo que él necesita saber. Los planes de Tai Lung, sus posibles ataques, sus pensamientos y opiniones. Todo. Esta vez, todo será diferente.
Continuará…
