(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

Capitulo 4.

Cuando Candy se dejo caer en la cama tras la reunión del salón del trono, no logro conciliar el sueño pese al cansancio que aplastaba cada palmo de su cuerpo. Unas rudas criadas la habían bañado sin ningún miramiento. Le escocían las heridas de la espalda y se sentía como si le hubieran lijado la cara hasta llegar al hueso. Se dio media vuelta para tumbarse de lado y así aliviar el dolor que sentía en la espalda vendada. Paso una mano por l colchón y parpadeo al darse cuenta de cuanto había echado de menos aquella libertad de movimientos. Antes de que se metiese a la bañera. Albert le había quitado los grilletes. Candy había permanecido atenta a cada detalle: la vibración de la llave al girar en la cerradura de las manillas, el ruido de los grilletes al soltarse y caer al suelo. Todavía tenia la sensación de que unas esposas fantasmas le tensaban la piel de las muñecas. Miro al techo, movió las articulaciones, que seguían en carne viva, y dejo escapar un suspiro de satisfacción.

Estar ahí, tumbada sobre un colchón, le producía una sensación extraña: la caricia de la seda en la piel, la presión de la almohada contra la mejilla. También había olvidado el sabor de cualquier alimento que no fueran gachas y pan duro, e incluso la increíble sensación de tener el cuerpo limpio y la ropa recién lavada.

Todo aquello le resultaba ajeno.

Aunque la cena no había resultado maravillosa. Aparte de que el pollo asado había dejado bastante que desear, después de unos cuantos bocados tuvo que precipitarse al excusado para depositar el contenido de su estomago. Quería comer hasta hartarse, llevarse la mano a la barriga hinchada, lamentar su glotonería y jurarse que jamás volvería probar bocado. En Rifthold le darían bien de comer, o eso esperaba. Y, lo que era aun mas importante, su estomago volvería a funcionar con normalidad.

Estaba escuálida. Se le marcaban las costillas a través del camisón y donde debería de haber carne solo se veían huesos. ¡Y sus pechos! Antes llenos y bien formados, ahora no eran mayores que cuando estaba en medio de su adolescencia. Aquel colchón tan mullido la estaba asfixiando, de modo que volvió a cambiar de postura para tumbarse de espaldas, a pesar dl dolor que le provocaba el roce.

Cuando se miro en el espejo del baño, sus facciones no le habían causado mejor impresión. Estaba demacrada: tenia los pómulos afilados, la mandíbula muy marcada y los ojos hundidos, no excesivamente pero si de un modo inquietante. Trato de respirar a un ritmo mas regular y se dedico a saborear la esperanza. Se hincharía a comer. Y haría ejercicio. Volvería a estar en forma. Por fin, imaginado que disfrutaba de sus asuntos banquetes y que recuperaba su antigua gloria, logro conciliar el sueño.

Cuando Albert acudió a buscarla a la mañana siguiente, se la encontró durmiendo en el suelo, envuelta en una manta.

- White – la llamo. Ella murmuro algo y enterró la cara aun más en la almohada -. ¿Qué haces durmiendo en el suelo?

Candy abrió un ojo. Por supuesto, el capitán se abstuvo de mencionar cuan distinta estaba ahora que le habían quitado toda aquella mugre.

Cuando se puso en pie, no se molesto en taparse con la manta. Los metros de tela a los que denominaban camisón ya tapaban bastante.

- La cama era muy incomoda – empezó a decir, pero se le olvido del capitán cuando vio la luz del sol.

Unos rayos frescos, puros, cálidos. Si lograban la libertad, pensaba pasarse días y días disfrutando de la luz del sol, hasta ahogar en ella la interminable oscuridad de las minas. Los rayos se colocaban a través de las pesadas cortinas y se derramaban por toda la habitación en haces gruesos. Candy estiro un brazo con cautela.

Tenia la mano pálida, casi esquelética, pero algo en ella – mas allá de las magulladuras, los cortes y las cicatrices – la hacia aparecer hermosa y nueva bajo aquella luz matutina.

Corrió hacia la ventana y estuvo a punto de arrancar las corinas al abrirlas de un tirón para poder contemplar las montañas grises y el desolado paisaje de Endovier. Los guardias apostados bajo la ventana no alzaron la vista y Candy se quedo mirando boquiabierta el cielo azul grisáceo y las nubes que se desplazaban perezosas hacia el horizonte.

"No tengo miedo". Por primera vez en mucho tiempo le pareció que aquellas palabras adquieran sentido.

Separo los labios y sonrió. El capitán arqueo una ceja, pero no dijo nada.

Estaba contenta – radiante, en realidad -, y su humor mejoro aun más cuando las criadas le recogieron la trenza en un moño y la vistieron con una saya de montar sorprendentemente refinada que disimulaba su patética delgadez. Le encantaba la ropa – adoraba notar el roce de la seda, el terciopelo, el satén y la gasa en la piel – y le fascinaba la gracia de las costura y la intricaba perfección de una superficie repujada. Cuando ganase aquella ridícula competición, cuando fuese libre… podría comprarse toda la ropa que quisiera.

Se echo a reír cuando Albert, harto de esperar a que dejase de mirarse en el espejo, la saco a rastras de la habitación. Al ver aquel cielo matutino le entraron ganas de bailar y saltar por los pasillos que conducían al patio principal. Sin embargo, su alegría se disipo cuando vio los montículos de roca color hueso que se erguían en la otra punta del complejo y las pequeñas figuras que entraban y salían de los muchos agujeros semejantes a bocas excavados en las montañas.

La jornada de trabajo ya había comenzado, un trabajo que proseguiría cuando ella partiese y los dejase a todos abandonados a su miserable suerte. Con un nudo en el estomago, Candy evito mirar a los prisioneros e intento seguir el paso del capitán, que la conducía hacia una caravana de caballos situada junto a la imponente muralla.

Se oyeron ladridos y tres perros negros salieron corriendo del centro de la caravana a saludarlos. Los tres eran delgados como flechas y sin duda procedían del criadero del príncipe heredero. Candy apoyo la rodilla en el suelo y sus heridas vendadas protestaron cuando poso las manos en la cabeza de los animales para acariciarles el suave pelo. Le lamieron los dedos y cara mientras azotaban el suelo con unas colas semejantes a los látigos.

Unas botas negras se detuvieron ante ella. Los perros se calmaron de inmediato y se sentaron. Candy levanto la vista y su mirada se cruzo con los ojos azul zafiro del príncipe heredero de Adarlan, que la observaba con una leve sonrisa en los labios.

- Que raro que se hayan fijado en ti – comento a la vez que rascaba a uno de los perros por detrás de las orejas -. ¿Les has dado algo de comer?

Candy negó con la cabeza mientras el capitán se situaba tras ellas, tan cerca que sus rodillas rozaron los pliegues de su capa de terciopelo verde hoja. La muchacha calculo que se necesitaría dos movimientos para desarmarlo.

- ¿Te gustan los perros? – pregunto el príncipe. Ella asintió. ¿Por qué hacia tanto calor a una hora tan temprana? -. ¿Voy a tener el placer de oír tu voz, o estás decidida a guardar silencio durante todo el viaje?

- Me temo que vuestras preguntas no merecen una respuesta verbal.

Terrence le hizo una exagerada reverencia.

-¡Disculpadme pues, Milady! ¡Que terrible debe de ser rebajarse a contestar! La próxima vez, intentare discurrir preguntas mas estimulantes.

Dicho esto, giro sobre sus talones y se alejo seguido de los perros.

Candy frunció el seño. Y aun se enfurruño mas cuando descubrió que el capitán de la guardia sonreía mientras avanzaban hacia la compañía de soldados que los aguadaba en mitad del barullo de los preparativos. Sin embargo, el irresistible impulso de estrellas a alguno de sus acompañantes contra la pared desapareció cuando le ofrecieron una yegua torda como montura.

Monto, y al instante se sintió mas cerca del cielo, que se extendía infinito sobre su cabeza y se alejaba en dirección a reinos de los que jamás había oído hablar. Candy se agarro al pomo de la silla. Por increíble que fuera, se marchaba de Endovier. Todos aquellos meses sin esperanza, todas aquellas noches gélidas… habían quedado atrás. Respiro hondo. Sabia – lo sabia, sin mas – que si lo intentaba con todas sus fuerzas, podría salir volando de su silla. Lo supo… hasta que sintió el frio del hierro contra la piel de los brazos.

Era Albert, que le ceñía las manillas a los vendajes de las muñecas. Una larga cadena la unía al caballo del capitán y desaparecía bajo las alforjas. Albert montaba su pura sangre negro y Candy considero la idea de saltar de su caballo y usar la cadena para colgarlo del árbol más cercano.

Era una compañía bastante numerosa, veinte hombres en total. Detrás de los guardias que portaban la bandera imperial cabalgaban el príncipe y el duque Perrington. A continuación marchaba un grupo de seis guardias reales, tan sosos como las gachas de avena, pero bien entrenados para proteger al príncipe… de ella. Candy golpeo las cadenas contra la silla y miro a Albert, que no reacciono.

El sol estaba cada vez más alto. Tras inspeccionar por última vez las provisiones, el grupo partió. Como casi todos los esclavos trabajaban en las minas y solo unos cuantos lo hacían en los destartalados galpones de refinado, el gigantesco patio estaba casi desierto. La muralla se alzaba imponente ante ellos y el corazón de Candy latía con fuerza. La última vez que había estado tan cerca de la muralla…

Sonó el restallido de un látigo seguido de un grito. Candy miro por encima del hombro, más allá de los guardias y del carromato de las provisiones, en dirección al patio prácticamente vacío. Ninguno de aquellos esclavos abandonaría jamás aquel lugar…, ni siquiera cuando muriesen. Todas las semanas excavaban nuevas fosas comunes detrás de los galpones de refinado. Y todas las semanas, las tumbas se llenaban.

De pronto fue muy consiente de las tres largas cicatrices que le surcaban la espalda. Aunque consiguiese la libertad…, aunque lograse vivir en el campo…, esas cicatrices siempre le recordarían lo que había padecido. Y aunque ella fuese libre, otros no lo eran.

Candy miro al frente y desecho esos pensamientos mientras cruzaban el paso que atravesaba la muralla. En el interior, el aire estaba cargado, hediondo y húmedo. Los cascos de los caballos retumbaban como truenos.

Se abrieron los portones de hierro, y la chica atisbo el infame nombre de la mina antes de que se dividiese en dos y le cediese el paso. Unos segundos después, las puertas se cerraron tras ellos con un chirrido. Estaban afuera.

Movió las manos y descubrió que el tramo de cadena que la unía al capitán se balanceaba y tintineaba. Estaba enganchada a su silla, que a su vez estaba cinchada al caballo; cuando hiciesen un alto, podría, disimuladamente, azuzar a su yegua para que arrancase la silla del capitán, que caería al suelo, y entonces ella…

Noto que el capitán Andley la estaba mirando con el seño fruncido y una mueca en los labios. Ella se encogió los hombros y dejo caer la cadena.

A medida que transcurría la mañana, el cielo adquiría un tono azul brillante y las nubes desaparecían del firmamento. Avanzaron por el camino del bosque y rápidamente pasaron los paramos montañosos de Endovier hasta llegar a un paraje mas alegre.

Mediada la mañana, alcanzaron el bosque de Oakwald, que circundaba Endovier y servía como línea divisora entre los reinos "civilizados" del este y las tierras inexploradas del oeste. Aun circulaban leyendas sobre estos peligroso y desconocidos pueblos que habitaban aquel territorio, los crueles y sanguinarios del desaparecido Reino Embrujado. Candy había conocido a una muchacha procedente de aquella tierra maldita, y, aunque efectivamente había resultado ser cruel y sanguinaria, seguía siendo un ser humano. Y había sangrado como la persona que era.

Después de varias horas de silencio, Candy se dirigió a Albert.

- Se rumorea que cuando haya finalizado la campaña del rey contra Wendlyn, empezara a colonizar el oeste – comento en tono indiferente, aunque esperaba obtener una respuesta. Cuanto mas supiese de la situación actual del ray y de sus maniobras, tanto mejor. El capitán la miro de arriba abajo, frunció el seño y desvió la vista-. Estoy de acuerdo -. Añadió ella, dejo escapar un profundo respiro -. Tampoco a mi me preocupa la suerte que corran esas llanuras anchas y vacías y esa miserables regiones montañosas.

El oficial apretó los dientes.

- ¿Hasta cuando piensa ignorarme?

El capitán Andley arqueo las cejas.

- No sabía que estuviese ignorándote.

Candy hizo un mohín para controlar su irritación. No pensaba darle aquella satisfacción.

- ¿Cuántos años tiene?

- Veintidós.

Candy le hizo una caída de ojos y observo atentamente su reacción.

- ¡Que joven! – ronroneo -. Habéis ascendido muy deprisa.

El asintió.

- Y ¿Cuántos años tienes tú?

- Dieciocho – contesto ella, pero el capitán guardo silencio -. Ya lo se. Es impresionante que haya llegado tan lejos a una edad tan temprana.

- El crimen no es ninguna hazaña, White.

- Ya, pero llegar a ser la asesina mas famosa del mundo si lo es – el capitán no contesto -. Podrías preguntarme como me las he ingeniado.

- ¿Para hacer que? – replico el con sequedad.

- Para hacerme famosa y cultivar mi talento en tampoco tiempo.

- No quiero saberlo.

Esa no era la respuesta que Candy esperaba oír.

- No eres muy amable – le espeto ella entre diente. Si quería sacarlo de quicio, tendría que esforzarse mucho más.

- eres una criminal. Yo soy capitán de la guardia real. No estoy obligado a demostrarte ninguna amabilidad no a darte conversación. Da gracias de que no te hayamos encerrado en el carromato.

- Si, bueno me juego algo a que sois bastante arisco os hagáis el simpático con los demás – como el seguía sin responder, Candy no pudo evitar sentirse un poco tonta. Transcurrieron unos instantes -. ¿El príncipe heredero y tu son buenos amigos?

- Mi vida personal no es de tu incumbencia.

La muchacha chasqueo la lengua.

- ¿Sois de alta alcurnia?

- Lo suficiente alta – repuso el, y levanto la barbilla de manera casi imperceptible.

- ¿Duque?

- No.

- ¿Lord? – al no tener respuesta, Candy esbozo una sonrisa – Lord Albert Andley – se abanico con la mano -. ¡Las damas de la corte deben de derretirse por usted!

- No me llames así. El titulo de lord no me pertenece – replico el capitán en voz baja.

- ¿Tiene un hermano mayor?

- No.

- Entonces, ¿Por qué no ostentáis el titulo? – otra vez silencio. Candy sabia que se estaba entrometiendo, pero no podía evitarlo -. ¿Debido a un escandalo? ¿Os han privado de su derecho de nacimiento? ¿En que clase de intriga esta implicado?

El capitán apretó los labios con tanta fuerza que palidecieron.

Candy se inclino hacia el.

- ¿Creéis que…?

- ¿Voy a tener que amordazarte o vas a ser capaz de guardar silencio sin mi ayuda?

Andley se quedo mirando al frente, con semblante inexpresivo, hacia el príncipe heredero. Candy contuvo la risa ente la mueca que el esbozo cuando ella empezó a hablar de nuevo.

- ¿Esta casado?

- No.

Candy levanto la barbilla.

- Yo tampoco estoy casada – Andley resoplo enfadado -. ¿Cuántos años tenias cuando te convertiste en capitán de la guardia?

El apretó con fuerza las riendas de su caballo.

- Veinte.

El grupo se detuvo en un claro y los soldados desmotaron. Candy se quedo mirando a Albert mientras este pasaba una pierna por encima del caballo.

- ¿Por qué hemos parado?

Albert desenganchó la cadena de su silla, tiro de ella con fuerza y le indico con un gesto que debía desmontar.

- Para comer –respondió.

Continuara...

Ya les traigo el siguiente!