(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 7.
Los heraldos anunciaron la llegada de la comitiva cuando la compañía atravesó las imponentes murallas de alabastro de Rifthold. Banderas rojas con guivernos de oro bordados ondeaban al viento sobre la capital. No circulaban vehículos por las adoquinadas calles y Candy, desencadenada, vestida, maquillada y compartiendo montura con Albert, frunció el ceño cuando el hedor de la cuidad penetro su nariz.
Por debajo del olor a especias y caballos se percibía un tufo a basura, sangre y leche agria. En el fondo flotaba también un efluvio de aguas saladas de Avery, tan diferente de la sal de Endovier. Por el curso del rio llegaban buques de guerra procedentes de todos los océanos de Erilea, barcos mercantes abarrotados de mercancías y esclavos, y barcos de pesca con pescado viscoso y putrefacto que la gente se las arreglaba para comerse. Desde barbudos vendedores ambulantes hasta criadas cargadas de sombrereras, todos se paraban al paso de los portaestandartes, que avanzaban orgullosos al trote mieras Terrence Grandchester saludaba con la mano a su pueblo.
Ellos seguían al príncipe heredero, que, al igual que Albert, iba envuelto en una capa roja que se había prendido a la parte superior izquierda del pecho con un broche con el sello real. Terrence llevaba una corona dorada sobre el pelo bien peinado, y Candy tuvo que reconocer que parecía un autentico soberano.
Un grupo de muchachas acudió a recibirlo y lo saludo con la mano. Terrence les guiño un ojo y sonrió. Candy no pudo evitar fijarse en las miradas irritadas de aquellas mimas mujeres cuando la descubrían en el sequito del príncipe. Sabia que ahí sentada sobre un purasangre parecía una dama de alta alcurnia que fuera escoltada al castillo. Candy les sonrió, se echo la trenza hacia atrás y pestañeo en dirección a la espalda del príncipe.
Noto un pinchazo en el brazo.
- ¿Qué pasa? – le susurro al capitán de la guardia, que la había pellizcado.
- Estás haciendo el ridículo – respondió entre dientes, sin dejar de sonreír a la multitud.
Candy imito el gesto del capitán.
- Ellas si que son ridículas.
- Cállate y compórtate con normalidad – repuso el.
La asesina notaba el aliento del capitán en el cuello.
- Debería saltar del caballo y echar a correr – amenazo Candy mientras saludaba con la mano a un joven, se quedo boquiabierto al ver que una dama de la corte reparaba en el -. Desaparecería en un instante.
- Si – contesto Albert -. Desaparecerías con tres flechas clavadas en la espalda.
- Que conversación tan agradable.
Entraron en el distrito comercial, donde la gente se amontonaban entre los arboles que flaqueaban las anchas avenidas de piedra blanca. Las fachadas d cristal apenas se veían por detrás del gentío, pero a Candy le entro un hambre voraz al pasar por delante de una tienda tras otra. En todos los escaparates había vestidos y sayas expuestos, que se alzaban orgullosos por detrás de filas de relucientes joyas y sombreros de ala ancha amontonados cual ramos de flores. Por encima de todo se levantaba el castillo de cristal, tan alto que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para ver las torres mas elevadas. ¿Por qué habían elegido un camino tan largo y poco práctico? ¿De verdad les gustaba desfilar?
Candy trago saliva. De repente, se acabaron los edificios y unas velas desplegadas como alas de mariposa los saludaron cuando torcieron por la avenida que discurría en paralelo al rio Avery. A lo largo del muelle había barcos atracados de maromas y redes y marineros que se gritaban los unos a los otros, demasiado atareados para reparar en el desfile real. Al oír el restallido de un látigo, la muchacha se volvió a mirar rápidamente.
Unos esclavos bajaban tambaleándose por la plancha de un barco mercante. Representaban una mezcla de países conquistados y todos tenían esa cara huesuda y fiera que ella había visto tantas veces antes. Casi todos eran prisioneros de guerra, rebeldes que habían sobrevivido a las carnicerías y a las filas interminables de soldados que componían los ejércitos de Adarlan. Probablemente algunos habían sido capturados o estaban acusados de practicar magia, pero otros eran personas normales que se encontraban e el lugar equivocado en el momento más inoportuno. Candy reparo entonces en que había innumerables esclavos encadenados trabajando en los muelles, levantando cargas y sudando, sosteniendo sombrillas y sirviendo agua, con la mirada fija en el suelo o en el cielo, nunca al frente.
Quiso saltar del caballo y correr hasta ellos, o simplemente gritar que no formaba parte de la corte del príncipe, que ella no era responsable de que los hubiesen llevado allí, encadenados, famélicos y destrozados, que ella también había trabajado y sufrido como ello, con sus familiares y amigos. En definitiva, que ella no era como aquellos monstruos que arrasaban con todo. Que ella hizo algo, casi dos años atrás, cuando libero cerca de doscientos esclavos del Señor de los Piratas. Ni siquiera aquello era suficiente.
De pronto se sintió ajena a la ciudad. La gente seguía saludando y haciendo sus reverencias, ovacionándolos y lazando flores y otras tonterías ante sus caballos. A ella le costaba respirar.
Antes de lo que le habría gustado, frente a ella apareció un portón de hierro y cristal del castillo, se abrieron las puertas enrejadas y apareció una docena de guardias que flaqueaban el camino de adoquines que recorría el arco de la entrada. Tenia las lanzas en alto, escudos rectangulares y ojos oscuros por debajo de nos cascos de bronce. Todos llevaban capas rojas. Sus armaduras, aunque deslustradas, estaban muy bien fabricadas a partir de cobre y cuero.
Al otro lado del arco ascendía un camino junto al que se alineaban arboles dorados y plateados. De entre los setos que bordeaban el sendero asomaban unas farolas de cristal. Los ruidos de la ciudad que desvanecieron cuando pasaron por debajo de otro arco, aquel hecho de cristal resplandeciente, y de pronto el castillo se irguió imponente ante ellos.
Albert suspiro al desmontar en el patio abierto. Unas manos bajaron a Candy de la silla y la depositaron sobre sus temblorosas piernas. El cristal relucía por todas partes, y una mano la agarro con fuerza del hombro. Unos mozos de cuadra se llevaron su caballo rápidamente, en silencio.
Albert la obligo a acercarse de un tirón y la cogió con fuerza por la capa cuando se acerco al príncipe heredero.
- Seiscientas habitaciones, dependencias para el servicio para el ejercito, tres jardines, una reserva natural y establos a cada lado – dijo Terrence contemplando su hogar -. ¿Quién podría necesitar tanto espacio?
Candy logro esbozar una sonrisa, algo perpleja ante su repentino encanto.
- No se como puedes dormir por la noche cuando dolo una pared de cristal os separa de la muerte.
La muchacha miro hacia arriba, pero enseguida bajo la mirada hacia el suelo. No le daban miedo las alturas, pero pensar que estaría tan arriba protgida tan solo por un muro de cristal le provocaba vértigo.
- Entonces eres como yo – replico Terrence, y se echo a reír -. Da gracias a los dioses que te haya dado nos aposentos en l castillo de piedra. No me gustaría que estuvieses incomoda.
Candy pensó que fruncirle el ceño no era la decisión más sensata, así que miro hacia las enormes puertas del castillo. Estaban hechas de cristal rojo translucido y se abrían ante ella como la boca de un gigante. Pudo ver que en el interior estaba hecho de piedras, y fantaseado con la idea de que habían dejado caer el castillo de cristal sobre el edificio original. Que idea tan ridícula: un castillo hecho de cristal.
- Bueno – dijo Terrence -. Has engordado un poco y ahora tu piel tiene algo d color. Bienvenida a mi hogar, Candy White.
Saludo con la cabeza a unos cuantos nobles que pasaban, que hincaron la rodilla en el suelo e hicieron su reverencia.
- La competición comienza mañana. El capital Andley te enseñara tus aposentos.
Candy echo los hombros hacia atrás y busco a sus competidores, pero no los vio por ninguna parte.
El príncipe volvió a asentir con la cabeza al ver que otro grupo de cortesanas que susurraban entre si, y no miro ni a la asesina ni al capitán de la guardia cuando volvió a hablar.
- Tengo que reunirme con mi padre – dijo paseando la mirada por el cuerpo de una dama especialmente hermosa. L guiño el ojo y ella se tapo la cara con un abanico y siguió andando. Terrence le hizo un gesto con la cabeza a Albert -. Los veré esta noche.
Sin decirle una palabra a Candy, subió a grandes zancadas los escalones que llevaban al palacio con su capa roja ondeando al viento.
El príncipe heredero cumplió su palabra. Sus dependencias estaban en un ala del castillo de piedra y eran mucho más grandes de lo que jamás hubiera imaginado. Estaban compuestos de un dormitorio con un cuarto de baño y vestidor anexos, un pequeño comedor y un salón de música y de juegos. Cada sala contaba con muebles en tonos rojos y dorados, y su dormitorio también estaba decorado con un enorme tapiz que cubría toda una pared, además de sofás y sillas con grandes cojines dispuestos con mucho gusto. Su balcón daba a una fuente de uno de los jardines, y fuera cual fuese, era precioso. Le daba igual que hubiera guardias apostados debajo. Cuando Albert la dejo sola, Candy no espero a oír como se cerraba la puerta para encerrarse en el dormitorio. Entre murmullos de admiración mientras Albert le enseñaba rápidamente sus aposentos, había contado las ventanas – doce -, las salidas – unas – y los guardias apostados el otro lado de la puerta, de las ventanas y del balcón – nueve -. Todos iban armados con una espada, un cuchillo y una ballesta, y aunque habían mantenido la posición de firmes mientras el capitán pasaba por delante, ella sabia que una ballesta no era precisamente un arma ligaras como para sostenerla durante horas y horas.
Candy se acerco a hurtadillas hasta la ventana del dormitorio, se apego a la pared de mármol y miro hacia abajo. Obviamente, los guardias se habían colgado las ballestas a la espalda. Tardarían unos segundos muy valiosos en coger las armas y cargarlas…, unos segundos que ella podría aprovechar para robarles las espadas, cortarles el cuello y desaparecer en los jardines. Sonrió y s planto ante la ventana para examinar el jardín. El extremo mas alejado desembocaba en un coto de caza. Conocía el castillo lo suficiente como para saber que estaba en la parte sur, y que si atravesaba el coto de caza, llegaría a la muralla de piedra, al otro lado de la cual discurría el rio Avery.
Candy abrió y cerró las puertas del armario, del aparador y del tocador. Como era de esperar, allí no había arma alguna, ni siquiera un atizador, pero cogió unos cuantos alfileres para el pelo tallados en hueso que habían quedado olvidados en el fondo de un cajón del aparador y un trozo de cordel que encontró en un costurero de su enorme vestidor. No había ninguna aguja. Se arrodillo en el alfombrado suelo del vestidor – completamente desprovisto de ropa – y, sin perder de vista la puerta que había a sus espaldas, rompió las cabezas de los alfileres y los ato todos juntos con el cordel. Cuando hubo terminado, levanto el objeto y frunció el ceño.
No era un cuchillo precisamente, pero aso, todas juntas, las puntas de los alfileres podrían hacer algo de daño y acerco un dedo a las puntas y compuso un gesto de dolor cuando una púa de hueso le atravesó la piel. Si, si se lo clavaba a un guardia en el cuello, desde luego que iba a lastimarlo. Y lo dejaría fuera de combate el tiempo necesario para robarle el arma.
Candy volvió a entrar en el dormitorio bostezando y se quedo de pie junto al colchón para esconder el arma improvisada en uno de los pliegues del dosel que cubría parcialmente la cama. Una vez que la hubo escondido, echo otro vistazo al dormitorio. Había algo raro con respecto a las dimensiones; algo relativo a la altura de las paredes, pero no estaba segura. Fuera como fuese, el dosel ofrecía muchos escondrijos. ¿Qué otra cosa podía coger sin que se diera cuenta? Albert seguramente habría ordenado que revisaran la habitación antes de su llegada. Candy se acerco a la puerta del dormitorio para escuchar alguna señal de actividad en el exterior. Cuando tuvo la certeza de que no había nadie mas en sus aposentos, entro en la sala y cruzo hasta llegar al salón de juegos. Contemplo los tacos de billar que había en la pared en la mesa de fieltro verde y sonrió. Albert no era ni de lejos tan listo como se creía.
Al final, decidió no tocar el equipo de billar, aunque solo fuera porque despertaría sospechas se desaparecería todo, pero seria fácil conseguir un palo si necesitaba escapar, o usar las pesadas bolas para dejar inconscientes a los guardias. Agotada, regreso al dormitorio y por fin se tendió en la enorme cama. El colchón era tan mullido que se hundió unos cuantos dedos, y lo bastante ancho para que en el durmieran tres personas sin enterarse de la presencia de los demás. Candy se aovilló de costado, incapaz de mantener los ojos abiertos.
Durmió durante una hora, hasta que una criada anunció la llegada del sastre que la vestiría con un atuendo apropiado para la corte. Y así transcurrió otra hora, mientras que le tomaban las medidas, sujetaban la tela con alfileres y le hacían sentarse para enseñarle diferentes telas y colores. No le gusto ninguna. Unas cuantas le llamaron la atención, pero cuando intento explicar que estilos en concreto la favorecían, recibió por única respuesta un desdeñoso movimiento de la mano y un fruncimiento de labios. Candy se planteo seriamente clavarle al sastre en un ojo uno de sus alfileres de cabeza de perla.
Se baño, pues se sentía casi tan sucia como en Endovier, y dio las gracias a las amables criadas que la atendieron. Muchas de las heridas estaban curadas o se habían reducido a unas finas líneas blancas, aunque el dolor de la espalda seguía siendo intenso. Después de casi dos horas de cuidados – durante las cuales le cortaron el pelo, dieron forma a sus uñas y le limaron los callos de pies y manos -, Candy sonrió al mirarse al espejo del vestidor.
Solo en la capital podían unas criadas hacer un trabajo tan bueno. Estaba espectacular. Absolutamente espectacular. Llevaba un vestido de organza y largas mangas blancas adornadas con un motivo de rayas y lunares morados. El corpiño de color añil estaba ribeteando en oro, y de los hombros le colgaba una capa blanca. El pelo, parcialmente recogido y enrollado con una cinta fucsia, le caía en gruesas ondas. Pero su sonrisa desapareció cuando recordó por que, exactamente estaba allí.
Así que la campeona del rey. Ya. Mas bien parecía el perrito faldero del rey.
- Preciosa – dijo una voz mayor.
Candy se giro y, con ella todas aquellas engorrosas capas de tela que llevaba encima. El corsé – aquella cosa estúpida – le apretaba tanto que las costillas que casi no podía respirar. Pero eso prefería las sayas y los pantalones.
La recién llegada era una mujer corpulenta, embutida en el vestido color cobalto y melocotón que la señalaba como una de las doncellas de la casa real. Aunque tenía algunas arrugas, sus mejillas gozaban de un saludable color rojo. Hizo una reverencia.
- Philipa Spindlehead – dijo la mujer al incorporarse -. Soy vuestra doncella personal. Vos debéis de ser…
- Candy White – contesto ella monótonamente.
Philipa abrió unos ojos como platos.
- no se lo digas a nadie, señorita – susurro -. Yo soy la única que lo sabe. Y los guardias, supongo.
- Entonces, ¿a que atribuye la gente tanta escolta? – pregunto la chica.
Philipa se acerco sin hacer caso omiso del ceño fruncido de Candy, ajusto los pliegues del vestido de la asesina y los ahueco en los lugares necesarios.
- Oh, también hay guardias apostados ante los aposentos de los otros… campeones. Si no, la gente pensaría que eres otra amiga del príncipe.
- ¿Otra?
Philipa sonrió, pero no aparto la vista del vestido.
- Su alteza tiene un corazón muy grande.
Candy no estaba sorprendida.
- ¿Es un rompecorazones?
- No me corresponde hablar de su alteza. Y vos también deberías tener cuidado con lo que dices.
- Hare lo que me venga en gana.
Miro atentamente el semblante de la criada. ¿Por qué habían puesto a su servicio a una mujer tan débil? Podría dejarla fuera de combate en un abrir y cerrar de ojos.
- Entonces, antes o después volverás a las minas, tesoro – Philipa se llevo una mano a la cadera -. Oh, no frunzas el ceño, que echas a perder tu cara.
Estiro el brazo para pellizcarle la mejilla a Candy, pero esta se aparto.
- ¿Estas loca? ¡Soy una asesina, no una cortesana idiota!
Philipa chasqueo la lengua.
- Para mi sigues siendo una mujer, y mientras estés a mi cargo, te comportaras como tal. ¡Si no, que el Wyrd me asita!
Candy la miro de hito en hito.
- Eres una descarada. Espero que no te comportes así con todas las damas de la corte – dijo lentamente.
- Bueno, no es casual que me hayan encomendado vuestro cuidado.
- Comprendes lo que implica mi oficio, ¿verdad?
- No es faltarte al respeto, pero esas galas vales mucho mas que mi cabeza rodando por el suelo.
Perpleja, Candy enseño los dientes superiores mientras la criada se daba media vuelta para salir de la habitación.
- Y no pingas esa cara – dijo Philipa por encima del hombro -. Se te arruga esa naricilla tan linda que tienes.
Candy se quedo boquiabierta mientras la criada se alejaba arrastrando los pies.
El príncipe heredero de Adarlan miraba a su padre sin pestañear, a la espera de que decidiese a hablar. Sentado en su trono de cristal, el rey de Adarlan le devolvió la mirada. A veces, Terry se olvidaba de lo que se parecía a su padre: era su hermano pequeño, Hollin, quien se asemejaba al rey, con su frente ancha, su cara redonda y sus ojos de lince. Pero Terry, alto fuerte y elegante, no guardaba ningún parecido con el. Para colmo, estaba en cuestión del color de los ojos. Ni siquiera su madre tenía los ojos de un azul zafiro. Nadie sabía de donde habían salido.
- ¿Ha llegado ya? – pregunto su padre.
Hablaba en un tono severo que recordaba al repiqueteo de los escudos al entrechocar y al zumbido de las flechas. Probablemente aquel era el saludo mas amable que le iba a dispersar.
- No debería suponer ningún problema ni amenaza mientras este aquí – dijo Terry con toda calma que pudo.
Elegir a White había sido una apuesta contra la tolerancia de su padre. Estaba apunto de averiguar si había valido la pena.
- Piensas como todos los necios a los que ha asesinado – Terry se irguió con ademan ofendido, pero el rey siguió hablando -: No le debe lealtad a nadie salvo a si misma y no vacilara en atravesarte el corazón con un cuchillo.
- Y por eso será muy capaz de ganar nuestro torneo – su padre no respondió y Terry continúo con el corazón en un puño -. De hecho, la competición podría resultar innecesaria.
- Lo dices porque temes perder dinero.
Si su padre supiese que no se había arriesgado a buscar un campeón solo por el oro, si no que también para salir de allí…, para alejarse de el mientras pueda…
Terry hizo acopio de todo valor al disponerse a pronunciar las palabras que llevaba todo el viaje ensayando, desde que había salido de Endovier.
- Os garantizo que será capaz de cumplir con su deber. No hay necesidad de entrenarla. En cambio, si gana y se corre la voz de cual es su identidad, nos enfrentaremos a un escandalo. Ya os lo he dicho: me parece una estupidez celebrar esa competición.
- Si no tienes cuidado con lo dices, hare que use a ti para sus entrenamientos.
- No lo dudes, Terrence – lo desafío su padre -. Aunque pienses que esa… muchacha puede ganar, olvidas que el duque Perrigton patrocina a Neil. Habrías hecho mejor en elegir a un campeón como el, forjado a sangre y hierro en el campo de batalla. Un autentico campeón.
Terry se metió las manos en los bolsillos.
- Y el titulo ¿no os parece un poco ridículo, teniendo en cuenta que nuestros "campeones" no son más que criminales?
Su padre se levantó del trono y señalo el mapa pintando en una de las paredes de la cama del consejo.
- Soy el conquistador de este continente y pronto dominare toda Erilea. No me cuestiones.
Terry, al darse cuenta de lo cerca que había estado de cruzar la línea que separaba la impertinencia de la rebelión – una línea que siempre había tenido muchísimo cuidado de no traspasar -, se disculpo entre dientes.
- Estamos en guerra con Wendlyn – prosiguió su padre -. Tengo enemigos por todas partes. ¿Quién mejor para hacer el trabajo sucio que alguien eternamente agradecido por que le concedí no solo una segunda oportunidad, si no también grandes riquezas y la potestad de actuar en mi nombre? – el rey sonrió cuando Terry no contesto. El príncipe intento no estremecerse mientras su padre lo escrutaba-. Perrigton dice que en este viaje te has portado bien.
- Con Perrigton de guardián, no podía hacer otra cosa.
- No pienso tolerar ninguna campesina llame a la puerta gritando que le has roto el corazón – Terry se ruborizo, pero no bajo la mirada -. He trabajado con demasiado ahínco y durante demasiado tiempo para fundar mi imperio como para que me compliques los planes con herederos ilegítimos. Cásate con una mujer como es debido y pierde el tiempo como mejor te parezca de darme un par de nietos. Cuando seas rey, comprenderás que todo tiene consecuencias.
- cuando sea rey, no pretenderé controlar Terrasen basándome en unos derechos de herencia que no se sostienen.
Albert le había advertido que tuviese cuidado con lo que le decía a su padre, pero cuando el rey le hablaba así, como fuese un bobo consentido…
- Aunque les ofrecieses el autogobierno, esos rebeldes clavarían tu cabeza en una pica frete a las puertas de Orynth.
L rey recibió el comentario con una sonrisa venenosa.
- Que hijo tan elocuente tengo – se lamento, y los dos se quedaron mirándose sin mediar palabra hasta que Terry volvió a hablar.
- Quizá deberíais tomaros nuestras dificultades para superar las defensas navales de Wandlyn como una señal de que deberías de dejar de jugar a ser un dios.
- ¿Jugar? – el rey sonrió y sus torcidos y amarillos dientes destellaron a la luz del fuego -. No estoy jugando. Y esto no es un juego – Terry se puso en tensión -. Aunque parezca agradable, sigue siendo una bruja. Mantén las distancias, ¿entendido?
- ¿Con quien, con la asesina?
- Es peligrosa, hijo mío, aunque seas tu quien la patrocina. Solo quiere una cosa…, y no pienses que no va a utilizarte para conseguirla. Si la cortejas, las consecuencias no serán agradables. Ni por su parte ni por la mía.
- Y si me rebajase a relacionarme con ella, ¿Qué harías, padre? ¿Me condenarías también a las minas?
El padre lo golpeo sin que Terry tuviera tiempo de protegerse. El dorso de la mano del rey se estampo con fuerza contra la mejilla del príncipe, que trastabilló pero recupero el equilibrio. El golpe le escoció tanto que se olvido de contener las lágrimas.
- Seas o no seas mi hijo – gruño el rey -, sigo siendo tu rey. Vas a obedecerme, Terrence Granchester, o pagaras por ello. Ya estoy harto de que me cuestiones.
El príncipe heredero de Adarlan sabia que quedarse dolo serviría para que se metiese en mas líos, así que hizo una reverencia en silencio y se despidió de su padre, con los ojos encendidos por una ira que a duras penas conseguía controlar.
Continuara….
