(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 8.
Candy avanzaba por un pasillo de mármol y su vestido flotaba tras ella describiendo una ola morada y blanca. Albert andaba a su lado a grandes zancadas, con una mano en el pomo con forma de águila de su espada.
- ¿Hay algo otra cosa interesante al final de este pasillo?
- ¿Qué otra cosa quieres ver? Ya hemos visto los tres jardines, los salones de baile, las habitaciones de interés histórico y las mejores vistas del castillo de piedra. Si no quieres entrar en el castillo de cristal, no hay nada más que ver.
Ella cruzo los brazos. Había logrado convencerlo para que le enseñase el castillo alegando un aburrimiento mortal… cuando, de hecho, había aprovechado casa momento para imaginar una docena de maneras de huir de su habitación. El castillo era muy antiguo y gran parte de los pasillos y escaleras no llevaba a ninguna parte; para huir tendría que trazar un plan. Pero dado que el torneo empezaría al día siguiente, no tendría otra cosa que hacer. Y ¿Qué mejor manera de prepararse para un potencial desastre?
- No entiendo por que te niegas a entrar en el edificio de cristal – prosiguió el capitán -. Por dentro, es exactamente igual al resto: ni siquiera sabrías que estas allí a menos que alguien te lo dijese o mires por la ventana.
- Solo un idiota se pasearía por una casa hecha de cristal.
- Es tan resistente como el acero y la piedra.
- Si, hasta que entre alguien muy pesado y lo rompa.
- Eso es imposible.
La ideas de pisar suelos de cristal la hacia sentir tranquila.
- ¿No hay alguna clase de fieras o alguna biblioteca que podamos visitar? – estaban pasando junto a unas puertas cerradas. Oyeron el sonido de una voz cantarina y el suave rasgueo de un arpa -. ¿Qué hay ahí dentro?
- Son las dependencias de la reina.
Albert la agarro del brazo y tiro de ella para que siguiera adelante.
- ¿La reina Eleonor?
¿No se daba cuenta el capitán de la información que le estaba proporcionando? Quizá pensaba sinceramente que no representaba una amenaza. Candy frunció el ceño a escondidas de Albert.
- Si, la reina Eleonor Grandchester.
- ¿El joven príncipe esta en casa?
- ¿Hollin? Esta en la escuela.
- Y ¿es tan guapo como su hermano mayor?
Candy sonrió y Albert se puso tenso.
Todo mundo sabia que el príncipe de diez años era horrible y malcriado por dentro y por fuera, y ella recordaba el escandalo que había estallado unos meses antes de su captura. Al descubrir que sus gachas estaban quemadas, Hollin Grandchester le había dado una paliza a una de las criadas que no hubo posibilidad de esconder el incidente. Se había sobornado a la familia de la mujer y al príncipe lo habían enviado a una escuela en las montañas. Por supuesto, todo el mundo lo sabía. La reina Eleonor se había negado a alternar como la corte durante todo un mes.
- Con el tiempo, Hollin se comportara como corresponde a su linaje – rezongo Albert.
Candy siguió avanzando con un paso saltarín mientras dejaban atrás las dependencias de la reina. Se quedaron callados durante unos instantes antes de que sonase una explosión allí cerca, y luego otra.
- ¿Qué es ese ruido tan espantoso? – pregunto Candy.
El capitán hizo pasar por unas puertas de cristal y señalo hacia arriba al acceder a un jardín.
- El reloj de la torre – contesto Albert, cuyos ojos de color azul brillaron divertidos mientras el reloj ponía fin a su grito de guerra. Candy nunca había oído unas campanas parecidas.
En el jardín se erguía una torre hecha de piedra negra como el carbón. En cada una de las cuatro caras del reloj había encaramadas dos gárgolas con las alas abiertas como para alzar el vuelo, que rugían en silencio a los que pasaban por debajo.
- Que cosa tan horrible – susurro ella. Los números parecían pinturas de guerra en la blanca cara del reloj, y las manecillas, espadas que cortaran la superficie nacarada.
- Cuando era pequeño, no me atrevía a acercarme – reconoció Albert.
- Uno esperaría ver algo así frente a las puertas de Wyrd…, no en un jardín. ¿Es muy antigua?
- El rey ordeno construirla en la época del nacimiento de Terry.
- ¿Este rey? – Albert asintió con la cabeza -. Y ¿Por qué iba a construir algo tan retorcido?
- Venga – dijo antes de dar media vuelta sin responder a su pregunta -. Vámonos.
Candy aun se quedo mirando el reloj durante unos instantes. Una gárgola la apuntaba con una gruesa garra. Habría podido jurar que las fauces se le habían abierto. Cuando se decidió a seguir a Albert, se fijo en una losa en el camino empedrado.
- ¿Qué es esto?
El capitán se detuvo.
- Que es ¿Qué?
Ella señalo un signo grabado en la pizarra. Era un círculo con una línea vertical que lo cruzaba por el centro y que se extendía más allá de la circunferencia. Los dos extremos de la línea acababan en forma de gancho, uno apuntando hacia abajo y el otro hacia arriba.
- ¿Qué es esta señal del camino?
Albert rodeo la mara hasta llegar a su lado.
- No tengo ni idea.
Candy volvió a mirar la gárgola.
- Esta señalándolo. ¿Qué significa el símbolo?
- Significa que me estas haciendo perder el tiempo –contesto el capitán -. Probablemente sea una especie de reloj de sol decorativo.
- ¿Hay otras marcas?
- Estoy seguro de que si las buscas, las encontrarías.
Candy consintió al fin en abandonar el jardín y lo siguió por los pasillos de mármol del castillo. Por más que lo intentara y por más que se alejase, no podía quitarse de encima la sensación de que aquellos ojos saltones seguían clavados en ella.
Pasaron ante las dependencias de la cocina, un barullo de gritos, nubes de harina y fogones. Luego enfilaron un largo pasillo, vacío y de silencioso salvo por el ruido de sus pasos. Candy se detuvo de repente.
- ¿Qué… es eso? – pregunto señalando unas puertas de madera de roble de seis metros de altura y abriendo los ojos como platos al ver los dragones que se asomaban de la pared de piedra, a ambos lados de la entrada. Dragones de cuatro patas, no los sanguinarios guivernos bípedos que aparecían en el escudo real.
- La biblioteca.
Aquellas dos palabras brillaron como un rayo en la obscuridad.
- La… - Candy miro los tiradores de hierro n forma de garra -. ¿Podemos… podemos entrar?
El capitán de la guardia abrió las puertas a regañadientes. Los músculos de su espalda se tensaron al empujar con fuerza la gastada madera de roble. Comparado con el pasillo parecía increíblemente oscuro, pero al entrar vio candelabros, además de suelos de mármol blanco y negro, enormes mesas de madera de caoba con sillas de terciopelo rojo, un fuego que ardía apaciblemente, entreplantas, puentes, escaleras, barandillas y libros…, libros, libros y mas libros.
Acababan de entrar en una ciudad construida enteramente de piel y papel. Candy se llevo la mano al corazón. Al infierno las formas de escapar.
- Jamás había visto… ¿Cuántos volúmenes hay aquí?
Albert se encogió d hombros.
- La última vez que alguien se molesto en contarlos, había un millón. Pero de eso hace doscientos años. Yo diría que hay mas, sobre todo si creemos las leyendas que hablan de una segunda biblioteca oculta bajo tierra, en catacumbas y túneles
- ¿Mas de un millón? ¿Un millón de libros? – el corazón de la muchacha dio un brinco y en su rostro se esbozo una sonrisa -. ¡Moriría y no habría leído ni la mitad!
- ¿Te gusta leer?
Candy arqueo una ceja.
- ¿A ti no?
Sin esperar respuesta, se interno en la biblioteca barriendo el suelo con la cola del vestido. Se acerco a una estantería y miro los títulos. No reconoció ninguno.
Sonriendo, se puso a dar vueltas y a desplazarse por el piso principal, pasando una mano por los lomos polvorientos.
- No sabia que los asesinos fueran aficionados a la lectura – se extraño Albert.
Si Candy hubiese muerto en ese preciso momento, lo habría hacho en la felicidad más absoluta.
- Dijiste que eras de Terrasen – prosiguió el capitán -. ¿Alguna vez has visitado la Gran Biblioteca de Orynth? Dicen que es el doble de grande que esta… y que albergaba todo el conocimiento del mundo.
Ella aparto la vista de la pila de libros que estaban examinando.
- Si – reconoció -. Cuando era más joven. Aunque no me dejaban explorarla. Los maestros eruditos temían que pudiera estropear algún códice valioso.
No había vuelto a la Gran Biblioteca entonces… y se prosiguió cuantas obras de valor incalculable habría ordenado destruir el rey de Adarlan cuando prohibido de la magia. Por el tomo de Albert al decir "albergaba" con un deje de tristeza, Candy supuso que la mayoría de aquellas obras se habían perdido. Aunque en parte abrigaba la esperanza de que los maestros eruditos hubiesen logrado poner a salvo muchos de aquello valioso libros…, y que cuando asesinaron a la familia real y el rey de Adarlan invadió el reino, aquellos viejos estirados hubiesen tenido el sentido común de esconder dos mil años de pensamiento y aprendizaje.
De repente, un vacío se abrió en su interior. Necesitaba cambiar de tema.
- ¿Por qué no hay ninguno de los vuestros aquí? – pregunto Candy.
- Los guardias no sirven de nada en una biblioteca.
¡Que equivocado estaba! las bibliotecas estaban llenas de ideas, quizá las armas mas peligrosas y poderosas de todas.
- Me refería a los nobles – contesto ella.
El capitán se apoyo en una mesa con la mano sobre la espada. Al menos uno de los dos recordaba que estaban solos en la biblioteca.
- Me temo que la lectura esta algo anticuada.
- Si, bueno…, pues más podre leer yo.
- ¿Leer? Estos libros pertenecen al rey.
- s una biblioteca, ¿no?
- Es propiedad del rey, y tú no perteneces a la nobleza. Necesitas permiso del soberano o del príncipe.
- Dudo mucho que ninguno de los fuese a echar en falta a unos cuantos libros.
Albert suspiro.
- Es tarde. Tengo hambre.
- ¿Y? – pregunto ella.
El capitán gruño y prácticamente la saco a rastras de la biblioteca.
Tras una cena en solitario durante la cual considero todas las rutas de escape posibles y como hacerse de más armas, Candy anduvo de un lado a otro por sus aposentos. ¿Dónde se alojaban los otros contendientes? ¿Tenían acceso a los libros, si así lo querían?
Candy se dejo caer sobre una silla. Estaba cansada, pero apenas se había puesto el sol. En lugar de leer, quizá podría tocar el pianoforte, pero… bueno, hacia tiempo que no lo tocaba y no estaba segura de poder soportar el sonido de su torpe y forzada interpretación. Repaso con el dedo un motivo fucsia de la seda de su vestido. Tantos libros y nadie para leerlos.
Se le ocurrió una idea, incorporándose de un salto, se sentó al escritorio y cogió un trozo de pergamino. Si al capitán Andley le importaba tanto el protocolo, lo iba a tener de sombra. Mojo la pluma de cristal en un tintero y la acerco al papel.
¡Que raro se le hacia sostener una pluma! Trazo las letras en el aire. Era imposible que se le hubiese olvidado escribir. Sus dedos se movieron con torpeza cuando la pluma toco el papel, pero escribió su nombre cuidadosamente y luego el abecedario, tres veces. Las letras eran irregulares, pero podía hacerlo. Saco otro trozo de papel y comenzó a escribir.
Alteza:
Me ha llamado la atención que vuestra biblioteca no sea en realidad una biblioteca, sonó una colección personal para vuestro disfrute exclusivo y el de vuestro padre. Como buena parte del millón de libros que alberga parece en buen estado aunque infrautilizada, os ruego que me concedas permiso para tomar prestados unos cuantos y que así reciban la atención que merecen de bondad es lo mínimo que una persona tan importante como vos puede hacer por alguien tan humilde, desgraciada y sinvergüenza como yo.
Vuestra humilde servidora,
Candy White.
Candy sonrió de oreja a oreja al releer su nota y se la entrego a la criada mas guapa que pudo encontrar con instrucciones muy concretas de que se le entregara de inmediato al príncipe heredero. Cuando la mujer regreso media hora después cargada de libros, Candy se echo a reír y cogió la nota que coronaba aquella pila de tomos encuadernados en piel.
Mí estimada Asesina:
Adjunto siete libros de mi biblioteca personal que eh leído hace poco y he disfrutado inmensamente. Eres, como no, libre de leer todos los libros que quieras de la biblioteca del castillo, pero te ordeno que leas estos primero para que podamos comentarlos. Te prometo que no son aburridos, pues no soy de los que soportan páginas y más páginas de disparates y palabrería, aunque quizá tu disfrutes con las obras de autores particularmente pagados de si mismos.
Afectuosamente,
Terry Grandchester.
Candy volvió a reírse, cogió los libros de brazos de la mujer y le agradeció las molestias. Entro en el dormitorio, cerro la puerta de un puntapié, se dejo caer en la cama y extendió los libros sobre la superficie roja. No conocía a ninguno de los títulos, aunque uno de los autores le resultaba familia, se tumbo de espaldas y comenzó a leer.
Candy s despertó a la mañana siguiente con el dichoso retumbar del reloj de la torre. Medio dormida, conto las campanadas. Y, lo que era aun mas importante, ¿Qué pasaba con el torneo? ¿No se suponía que empezaba ese mismo día?
Se levanto de la cama y recorrió sus aposentos medio esperando encontrarlo sentado en una silla con una mano en el pomo de la espada. No estaba allí. Asomo la cabeza al pasillo, pero los cuatro guardias hicieron ademan de sacar las armas. Salió al balcón y las ballestas de otros cinco guardias la apuntaron desde abajo. Candy puso los brazos en jarras y se limito a contemplar el paisaje de aquel día otoñal.
Los arboles del jardín tenia colores dorados y marrones, y la mitad de las hojas ya yacían secas en el suelo. Sin embargo, hacia tanto calor como en pleno estío. Candy se apoyo en la barandilla y saludo a los guardias que la apuntaban con las ballestas. A lo lejos, atisbo las velas de los barcos, los carros y la gente que trajinaba por las calles de Rifthold. Los tejados verdes de la ciudad relucían como esmeraldas al sol.
Volvió a mirar a los cinco hombres que hacían guardia bajo el balcón. Ellos le devolvieron la mirada y, cuando bajaron lentamente las ballestas, Candy sonrió. Podía dejarlos inconscientes con unos cuantos libros pesados.
Se oyó un revuelo en el jardín y los guardias buscaron con la mirada su procedencia. Por detrás de un seto, aparecieron tres mujeres enfrascadas en una conversación.
Casi todas las charlas que Candy había alcanzado a oír el día anterior habían sido extremadamente aburridas, y no esperaba gran cosa de las mujeres que se acercaban. Todas llevaban bonitos vestidos, pero la del centro – la del pelo negro – lucia el más exquisito. Su falda roja era del tamaño de una tienda de campaña, y llevaba el corpiño tan ajustado que Candy se pregunto si su cintura mediría mas de cincuenta centímetros. Las otras mujeres eran rubias. Y vestían del mismo color azul claro. Candy dedujo por las vestimentas a juego que eran damas de compañía. Cuando se detuvieron en la fuente cercana, la asesina se aparto de la barandilla.
Desde donde estaba al fondo del balcón, Candy vio que la mujer de rojo se alisaba con la mano la parte delantera de la falda.
- Tendría que haberme puesto l vestido blanco – dijo en voz lo bastante alta como para que la oyera todo Rifthold -. A Terry le gustaba el blanco – se aliso el pliegue del vestido -. Pero apostaría a que todas van de blanco.
- ¿Deseáis cambiaros, Milady? – pregunto una de las rubias.
- No – replico la otra de malos modos -. Al vestido no le pasa nada. Pero mas viejo y deslucido que este.
- Pero… - empezó a decir la otra rubia, aunque se interrumpió al ver que su señora miraba a otro lado.
Candy se acerco de nuevo a la barandilla y echo un vistazo. Difícilmente podía considerarse que el vestido era viejo.
- Terry no tardara en pedirme una audiencia privada – Candy se asomo para ver mejor. Pendientes de las tres muchachas, los guardias parecían tan interesados como ella, aunque por otras razones -. Me preocupa que el galanteo de Perrigton interfiera, pero adoro a ese hombre en haberme invitado a Rifthold. ¡Si mi madre levantase la cabeza! – hizo pausa y añadió -: Me pregunto quien será.
- ¿Vuestra madre, Milady?
- La muchacha a la que el príncipe ha traído a Rifthold. He oído decir que recorrió toda Erilea para encontrarla, y que entro a la ciudad montada en el caballo dl capitán de la guardia. No se nada mas sobre ella, ni siquiera su nombre.
Las dos mujeres se quedaron regazadas e intercambiaron miradas de exasperación por detrás de su señora. Candy dedujo que había tenido aquella conversación en muchas otras ocasiones.
- No tengo de que preocuparme – mustio la mujer -. L ramera del príncipe no será bien recibida.
¿La ramera?
Las muchachas del servicio se pararon bajo el balcón y dejaron caer las pestañas ante los guardias.
- Necesito mi pipa – murmuro la dama frotándose las sienes -. Se que me va a doler la cabeza – Candy arqueo las cejas -. De cualquier modo – prosiguió la mujer alejándose a buen paso -, tendré que estar atenta. Puede que hasta tenga que…
¡CRAS!
Las mujeres gritaron, los guardias se dieron la media vuelta con las ballestas en ristre y Candy puso los ojos en blanco mientras se apartaba de la barandilla y se refugiaba entre las sombras del interior. La maceta no había dado en el blanco. En esta ocasión.
La mujer maldijo de un modo pintoresco que Candy se tapo con la boca con la mano para no echarse a reír. Las criadas se pusieron a susurrar mientras retiraban el barro del vestido y de los zapatos de ante de la mujer.
- ¡Callaos! – exclamo la dama entre dientes. Los guardias, con una actitud muy prudente, permanecieron impasibles -. ¡Callaos y vámonos!
Las mujeres se alejaron a toda prisa mientras la ramera del príncipe entraba corriendo a toda prisa y llamaba a sus doncellas para que la vistiesen con el mejor vestido que pudiesen encontrar.
Continuara…
