(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

Capitulo 11.

A Candy le parecía que apenas había cerrado los ojos cuando noto una mano en el costado. Gruño y se estremeció cuando alguien descorrió las cortinas y dejo entrar el sol.

-Despierta.

Lógicamente, era Albert.

Candy se revolvió bajo las mantas y tiro de ellas para cubrirse la cabeza, pero el capitán las agarro y las agarro al suelo. Con el camisón enrollado en los muslos, la muchacha se estremeció.

-Hace frio –se quejo, y se abrazo las rodillas. No le importaba disponer únicamente de unos cuantos meses para derrotar a los otros campeones, pero necesitaba dormir. Habría estado bien que el príncipe heredero se hubiese planteado sacarla de Endovier un poco antes y darle así algo de tiempo para recobrar fuerzas; ¿desde cuando conocía la existencia de la competición?

-Levanta –Albert le arranco las almohadas de debajo de la cabeza -. Estas haciéndome perder el tiempo.

Si el capitán percibió la cantidad de piel que Candy estaba enseñado, no dio muestras de ello.

Rezongando, la chica se deslizo hasta el borde de la cama y estiro un brazo para tocar el suelo.

- Tráeme las zapatillas –murmuro-. El suelo esta frio como el hielo.

El capitán gruño, pero Candy no le hizo caso y se puso de pie. Trastabillo y se arrastro hasta el comedor. Allí, sobre la mesa, le esperaba un abundante desayuno. Albert señalo la comida con la barbilla.

-Come bien, el torneo empieza dentro de una hora.

Si estaba nerviosa, se guardaba mucho en demostrarlo. Candy suspiro exageradamente y se dejo caer sobre una silla con la gracia de un enorme animal. Luego le echo un vistazo a la mesa. Ni un cuchillo a la vista. Pincho un trozo de salchicha con el tenedor.

-Y ¿se puede saber por que estas tan cansada? – pregunto Albert desde el umbral.

Candy apuro el zumo de granada y se limpio la boca con una servilleta.

-Estuve leyendo hasta bien avanzada la noche –contesto ella -. Le envié una carta a vuestro principito pidiéndole permiso para tomar prestados algunos libros de la biblioteca. Me concedió el deseo y me envió siete libros de su biblioteca personal que me ordeno leer.

Albert negó con la cabeza sin dar crédito a lo que oía.

-No estas autorizada para escribirle al príncipe heredero.

Candy le dedico una sonrisa tonta y tomo un poco de jamón.

-Podía haber ignorado mi carta. Además, soy su campeona. No todo el mundo se siente obligado a ser tan desagradable conmigo como tu.

-Eres una asesina.

-Si digo que soy una ladrona de joyas, ¿me trataras con más gentileza? – agito la mano con desdén -. No contestes.

Candy se metió una cucharada de gachas en la boca, considero que estaban insulsas y deposito cuatro montoncitos de azúcar de caña en aquella masa grisácea.

¿Serian sus competidores unos adversarios dignos de ella? Antes de que pudiese empezar a preocuparse, echo un vistazo a la ropa negra del capitán.

-¿Es que nunca llevas ropa normal?

-Date prisa – se limito a decir el. El torneo aguardaba.

De pronto, Candy perdió el apetito, y aparto el cuenco de gachas.

- Entonces, debería vestirme –se volvió para llamar a Phillippa, pero se lo pensó mejor -. ¿Qué clase de actividades voy a tener que llevar a cabo hoy? Lo digo para vestirme en consecuencia.

-No lo se. Nos darán los detalles hasta que llegues – el capitán se levanto y tamborileó con los dedos en el pomo de su espada antes de llamar a la doncella. Cuando Candy entro en el dormitorio oyó a Albert hablar con la criada -: Que se ponga pantalones y camisa…, algo holgado, nada recargado ni demasiado revelador, y una capa.

La doncella desapareció en el vestidor. Candy la siguió y se desnudo son mas ceremonias hasta quedarse en ropa interior, y disfruto como una loca al ver que Albert se ponía como la grana y se daba la vuelta rápidamente.

Unos momentos después, Candy frunció el seño al verse en el espejo del comedor mientras seguía al capitán a toda prisa.

-¡Estoy ridícula! Estas calzas son absurdas y esta camisa es horrible.

-Deja de quejarte. A nadie le importa como vayas vestida –Albert abrió la puerta que daba al pasillo y los guardias que había apostados fuera se cuadraron al instante -. Además, podrás quitártelos en los barrancones. Estoy seguro de que todo el mundo le encantara verte en ropa interior.

Candy maldijo entre dientes, se envolvió en la capa de terciopelo verde y echo a andar detrás de el.

El capitán de la guardia la condujo a buen paso por el castillo, que aun estaba helado por el frio matutino, y enseguida entraron en los barrancones. Allí los saludaron unos guardias protegidos con armaduras variadas. Al otro lado d una puerta abierta se veía un enorme comedor, donde muchos d los guardias estaban desayunando.

Por fin, Albert se detuvo en algún lugar de la planta baja. La gigantesca sala rectangular en la que entraron tenía el tamaño del gran salón d baile. A ambos lados había columnas que sostenían una entreplanta, el suelo estaba enlosado a cuadros blancos y negros, y las puertas de cristal de suelo a techo que ocupaban una pared entera estaban abiertas, con las vaporosas cortinas mecidas por la fresca brisa que entraba en el jardín. La mayoría de los veintitrés campeones estaban ya diseminados por toda la sala entrenando con quienes solo podían ser los hombres de confianza de sus patrocinadores. Todos estaban meticulosamente controlados por guardias. Nadie se molesto en mirarla, salvo aquel muchacho vagamente guapo de ojos grises, que esbozo una sonrisa antes de seguir disparando flechas a un blanco situado en la otra punta de la sala con una precisión desconcertante. Candy levanto la barbilla y echo un vistazo a un armero.

-¿Esperas que me ponga a usar una maza una hora después de salir el sol?

Tras ellos entraron seis guardias con las espadas desenvainadas y se sumaron a las docenas que había ya en la sala.

-Si intestas hacer alguna tontería – dijo Albert en voz baja -, ellos están aquí.

- No soy más que una ladrona de joyas, ¿recuerdas?

Se acerco el armero. Que decisión tan insensata, dejar todas aquellas armas a su alcance. Espadas, dagas de defensa, hachas, arcos, picas, cuchillos de caza, mazas, lanzas, cuchillos arrojadizos, garrotes de madera… Aunque normalmente prefería el sigilo de una daga, estaba familiarizada con cada una de aquellas armas. Miro a su alrededor y reprimió una mueca. Al parecer, el resto de los competidores también lo estaban. Mientras los observaba, con el rabillo del ojo vio moverse algo.

Neil entro en la sala flanqueado por dos guardias y un hombre fornido lleno de cicatrices que debía de ser su entrenador. Candy se irguió mientras Neil avanzaba hacia ella a grandes zancadas con una sonrisa bailando en los labios.

- Buenos días – dijo Neil con una voz profunda y áspera. Pareo sus ojos cafés por el cuerpo de la chica hasta llegar a su cara -. Pensaba que ya te habrías ido corriendo a casa.

Candy sonrió sin separar los labios.

- ¿Ahora que empieza la diversión?

Habría sido tan, tan fácil volverse, agarrado del cuello y estamparle la cara contra el suelo. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba temblando de ira hasta que vio a Albert.

-Resérvate para el torneo –dijo el capitán en voz baja.

-Voy a matarlo –susurro ella.

-Ni hablar. Si quieres cerrarle la boca, derrótalo. No es más que un bruto del ejército del rey. No malgaste fuerzas odiándolo.

Candy puso los ojos en blanco.

-Muchas gracias por salir en mi defensa.

-No me necesitas para defenderte.

-aun así, habría sido agradable.

-Puedes librar tú sola tus propias batallas –dijo Albert, y señalo el armero con la espada -. Elige una –al capitán le brillaron los ojos cuando la asesina se quito la capa y la tiro a sus espaldas -. Veamos si estas a la altura de arrogancia.

A Neil le baria cerrado la boca… metiéndolo en una tumba sin nombre para siempre; pero ahora…, ahora pensaba hacer que Albert se comiese sus palabras.

Todas las armas tenían un buen acabado y brillaban a la luz del sol. Candy fue desechándolas una tras otra, juzgando cada arma por el daño que podría causar en el rostro del capitán.

Se le acelero el corazón mientras pasaba un dedo por los filos y los mangos de cada arma. No acababa de decidirse entre las dagas de caza y un encantador estoque con una guarnición llena de adornos. Con aquello podría arrancarle el corazón a una distancia prudencial.

La espada brillo cuando la empuño para sacarla del armero. Tenía una buena hoja: fuerte, lisa y ligera. En la mesa no le dejaban un cuchillo de untar, pero ¿tenia acceso a aquello?

¿Y si lo cansaba un poco?

Albert dejo su capa sobre la de ella y flexiono su musculoso cuerpo bajo los hilos oscuros de su camisa. Desenvainó la espada.

-¡En guardia! –exclamo, y adopto una postra defensiva. Candy lo miro aburrida.

"¿Quién te crees que eres? ¿Qué clase de persona dice: "En guardia"?".

- ¿No vas a enseñarme primero lo mas básico? – pregunto en voz baja para que el solo pudiese oírla, la espada le colgaba de una mano. Acaricio la empuñadura y cerro los dedos sobre la superficie fría -. No se si eres consiente de que me he pasado un año en Endovier. Seme podría haber olvidado.

-Con todas las personas que murieron en tu sección de las minas, dudo mucho que se te haya olvidado algo.

-Fe con un pico – contesto Candy sonriendo abiertamente -. Lo único que tenia que hacer era abrirle la cabeza a un hombre o clavárselo en el estomago –afortunadamente, ninguno de los campeones les estaba prestando atención -. Si consideras que esa tosquedad esta a la altura de la destreza en el manejo d la espada…, ¿se puede saber de que tipo de lucha practicas tu, capitán Andley? – se puso la mano libre sobre el corazón y cerro los ojos para dar mayor énfasis.

El capitán de la guardia arremetió contra ella con un gruñido.

Candy, no obstante, ya lo esperaba, y abrió los ojos como platos en cuanto las botas de Albert rechinaron contra el suelo. Giro el brazo, coloco la espada en posición de bloqueo y sus piernas se prepararon para el impacto dl acero contra el acero. El ruido fue muy curioso y en cierta forma más doloroso que recibir el golpe, pero Candy no se lo planteo cuando el capitán volvió a cargar y ella paro el arma con facilidad. Al despertar de su letargo, noto un dolor en los brazos, pero siguió parando y desviando golpes.

El manejo de la espada s como bailar: hay que seguir ciertos pasos o todo se viene abajo. En cuanto oyó el ritmo, lo recordó todo rápidamente. Los otros competidores se desvanecieron entre las sombras y la luz del sol.

-Bien –dijo el capitán entre dientes, bloqueando su golpe al verse forzado a adoptar una postura defensiva. A Candy le ardían los muslos -. Muy bien –susurro. El también era bastante bueno… mejor que bueno, en realidad, aunque ella no pensaba decírselo.

Ambas espadas se encontraron son un ruido metálico y ejercieron presión sobre el acero del contrincante. El era más fuerte, y Candy resoplo como consecuencia dl esfuerzo que tuvo que hacer para sostener su acero contra el capitán. Pero, por fuerte que fuese, no era tan rápido como ella.

Candy retrocedió y fintó, y sus pies presionaron el suelo y se flexionaron con la gracilidad de un pájaro. Al verse sorprendido con la guardia baja, a Albert solo le dio tiempo a desviar el golpe.

Candy le tomo la delantera y descargo el brazo sobre el una y otra vez, retorciéndose y girándose, encantada con el suave dolor que notaba en el hombro cuando su hoja se estrellaba contra la del capitán. Se movía rápidamente: como una bailarina en un ritual del templo, como una serpiente en el desierto rojo, como el agua que corre ladera abajo.

El no se arredro y Candy le permitió avanzar antes de reclamar la posición. El capitán intento sorprenderla con un golpe rígido a la cara, pero aquello solo despertó su ira; la asesina desvió el golpe levantando el codo, que s estrello contra el puño de Albert y lo obligo a bajarlo.

-Hay algo que debes recordar cuando te enfrentes a mi, White – dijo jadeando. El sol brillo en los ojos azules.

-¿Humm? –gruño ella embistiendo para desviar su ultimo ataque.

-Que nunca pierdo –añadió, y antes de que Candy pudiese comprender sus palabras, algo le segó los pies y…

Tuvo la horrible sensación de caer. Jadeo cuando su espada choco contra el mármol y el estoque salió volando se su mano. Albert le apunto al corazón con la espada.

-He ganado –dejo entre dientes.

Candy se incorporo apoyándose en los codos.

-Habéis tenido que recurrir a ponerme la zancadilla. Yo a eso no lo llamaría ganar.

-No es a mi quien le están apuntando al corazón con una espada.

El ambiente resonaba con el ruido metálico de espadas que entrechocaban y de respiraciones fatigosas. Candy miro a los otros campeones; todos estaban entrenando. Todo menos Neil, claro, que al verla sonrió de oreja a oreja. Candy le enseño los dientes.

- Tienes la destreza –dijo Albert -, pero algunos de tus movimientos siguen siendo indisciplinados.

La asesina dejo de mirar a Neil y fulmino con la mirada a Albert.

- Eso nunca me ha impedido matar – le espeto.

Albert soltó una carcajada al verla tan agitada y señalo el armero con la espada mientras le permitía levantarse.

-Elige otra. Algo diferente. Y que sea interesante. Algo que me haga sudar, por favor.

-Sudaras cuando te despelleje vivo y te aplaste los ojos son los pies – murmuro recogiendo el estoque.

-Así se habla.

Candy devolvió el estoque a su sitio y, sin dudarlo, cogió los cuchillos de caza.

"Mis viejos amigos".

En la cara se le dibujo una sonrisa malévola.

Continuara…

Margarita A: Me alegra que te haya gustado y gracias por seguir la historia, saludos.

Derryan: Estoy de acuerdo contigo, esta vez le toco un papel muy serio a Albert, pero apenas vamos empezando!

Edeny Grandchester: de nada si a mi también m dio mucho coraje que le haya pegado ¡maldito!