(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 16.
A pesar de sus intentos pero respirar a un ritmo constante, Candy jadeaba en busca de aire mientras corría junto a Albert por la reserva natural. Si el capitán estaba cansado, no lo demostraba más que en el brillo del sudor que le cubría la cara y la humedad de su camisa blanca.
Estaban corriendo en dirección a una colina cuya cima aun estaba envuelta en la niebla de la mañana. Le temblaron las piernas al ver la pendiente y se le revolvió el estomago. Dio un grito ahogado para llamar la atención de Albert de aminorar el paso hasta detenerse, y acto seguido apoyo las manos contra el tronco de un árbol.
Se estremeció al tomar aire y se agarro con fuerza al árbol mientras vomitaba. No soportaba las lágrimas calientes que le caían por la cara, pero no podía limpiárselas porque ya la asaltaba la siguiente arcada. Albert se quedo cerca y se limito a mirar. Candy apoyo la frente en la parte superior del brazo, estabilizo su respiración y se convenció de que debía relajarse. Habían pasado tres días desde la primera prueba y diez desde su llegada a Rifthold y aun estaba en muy mala forma física. Faltaban cuatro días para la siguiente eliminatoria y, aunque había retomado el entrenamiento como de costumbre, había empezado a despertarse un poco mas temprano de lo normal. No pensaba perder en manos de Neil, ni de Renault, ni de ningún otro.
-¿Has acabado? -pregunto Albert. Candy levanto la cabeza para fulminarlo con los ojos, pero todo le daba vueltas y sintió otra arcada -. Ya te dije que no comieras antes de salir.
-¿Habéis acabado con la suficiencia?
-¿Has acabado de vomitar los higadillos?
-De momento, si –le espeto Candy -. Quizá no se tan considerada la próxima vez y te vomite encima.
-Antes tendrás que alcanzarme –contesto el capitán esbozando una sonrisa.
A Candy le dieron ganas de borrarle la sonrisa de un puñetazo, pero al dar un paso hacia el, le temblaron las rodillas las manos en el árbol a la espera de sentir la siguiente arcada. Por el rabillo del ojo que vio que el capitán le miraba la espalda, casi todo a la vista por su camiseta interior blanca estaba empapada en sudor
-¿Disfrutas mirándome las cicatrices? –pregunto poniéndose de pie.
Albert se paso la lengua por el labio inferior.
-¿Cuándo te las hicieron?
La asesina supo a que se refería a las tres líneas enormes que le bajaban por la espalda.
-¿Tú cuando crees? –respondió ella. Albert no contesto, y ella levanto la vista hacia las hojas del árbol que las cubrían. La brisa de la mañana las hizo temblar y arranco unas cuantas de las ramas desnudas -. Estas tres me las hicieron el primer día que pase en Endovier.
-¿Qué hiciste para merecértelas?
-¿Merecérmelas? –la asesina soltó una carcajada -. Nadie se merece que lo azoten como un animal –Albert abrió la boca, pero ella lo corto -. Llegue a Endovier, me arrastraron hasta el centro del campo y me ataron a la picota. Veintiún latigazos –se quedo mirándolo sin verlo del todo mientras el cielo, gris como la ceniza, se transformaba en el sombrío paisaje de Endovier y el silbido del viento se transformaba en los suspiros de los esclavos -. Eso fue antes de que pudiese trabar amistadad con ninguno de los otros esclavos… y me pase la primera noche preguntándome si sobrevivirá hasta la mañana siguiente, si se me infectaría la espalda o si me desangraría y morirá antes de comprender que estaba pensando.
-¿No te ayudo nadie?
-Hasta la mañana siguiente no. Una muchacha joven m paso disimuladamente un tarro de bálsamo mientras hacíamos cola para el desayuno. Nunca pude darle las gracias. Ese mismo día, mas tarde, cuatro capataces la violaron y la mataron. –apretó los puños al notar que le escocían los ojos -. El día en que explote, hice una parada en su sección de las minas para vengarme por lo que le habían hecho – algo helado corrió por sus venas -. Murieron demasiado rápido.
-Pero tú también eras una mujer en Endovier –dijo Albert con la voz ronca -. ¿Nadie intento…? –no pudo acabar la frase, incapaz de pronunciar la palabra.
Candy sonrió lentamente, con amargura.
-Para empezar, me tenían miedo. Y después del día en el que estuve a punto de alcanzar la muralla. Pero si un guardia intentaba propasarse conmigo…, se convertiría en el ejemplo que les recordaba a los demás que podía volver a explotar fácilmente –el viento lo revolvió todo a su alrededor y arranco algunos mechones de pelo de su trenza. No necesitaba expresar su otra sospecha: que quizás Arobynn había sobornado a los guardias de Endovier para garantizar su seguridad -. Cada uno sobrevive como puede.
Candy no entendió bien la suavidad con la que la miro el capitán al mismo tiempo que asentía con la cabeza. Se quedo mirándolo durante unos segundos antes de echar a correr colina arriba, donde comenzaban a asomar los primeros rayos de sol.
Al día siguiente por la tarde, los campeones estaban reunidos alrededor de Brullo, quien les hablaba de diferentes armas y otras tonterías que Candy había aprendido años antes y no necesitaba volver a oír. Se estaba planteando si podría quedarse dormida de pie cuando, por el rabillo del ojo, un movimiento repentino junto a las puertas del balcón le llamo la atención. Se volvió justo a tiempo de ver a los campeones mas altos –uno de los soldados expulsados del ejercito- empujando a un guardia que se encontraba cerca y tirándolo al suelo. La cabeza del guardia golpeo el mármol con un crujido y se quedo inconsciente al instante. Candy no se atrevió a moverse –ni ella ni ninguno de los campeones- mientras el hombre corría hacia la puerta para salir a los jardines y escapar.
Pero Albert y sus hombres se movieron rápido que el campeón fugitivo no llego a tocar la puerta de cristal, pues una flecha le había atravesado ya el cuello.
Se hizo el silencio y la mitad de los guardias rodearon a los campos con las manos apoyadas en las espaldas mientras los demás, Albert incluido, corrían hacia el campeón muerto y el guardia caído. Los arcos gruñeron cuando los arqueros de la entreplanta tensaron las cuerdas. Candy no se movió. Nox, que se encontraba a su lado, tampoco. Un movimiento en falso y un guardia asustado hubiese podido matarla. Ni siquiera Neil se atrevió a respirar hondo.
A través del muro de campeones, guardias y sus armas, Candy vio a Albert arrodillándose junto al guardia inconsciente. Nadie todo al campeón caído, que yacía boca abajo con la mano todavía extendía en dirección a la puerta de crista. Se llamaba Sven…, aunque Candy no sabia por que lo habían expulsado del ejército.
-Por los dioses del cielo –dijo Nox entre dientes, tan bajo que sus labios apenas s movieron -. Lo han… matado –Candy pensó en decirle que se callase, pero le pareció demasiado arriesgado. Algunos de los otros campeones estaban murmurando entre si, pero nadie se atrevía a moverse -. Sabia que lo de no permitirnos salir lo decían en serio, pero… -Nox maldijo y Candy noto que la miraba de soslayo -. Mi patrocinador me garantizo inmunidad. Me localizo y me dijo que no iría a la cárcel si perdía el torneo.
En ese momento, la asesina supo que estaba hablando mas para si que para ella, y, como no le contesto, Nox se quedo callado. Candy miro una y otra vez al campeón muerto.
¿Por qué se había arriesgado Sven? Y ¿Por qué allí y en ese preciso instante? Aun faltaban tres días para la segunda prueba; ¿Qué tenia de especial aquel momento? El día en el que ella exploto en Endovier no había pensado en su libertada. No, había elegido ese tiempo y ese espacio y había empezado a blandir el pico. Su intención no había sido escapar.
La luz del sol brillo a través de las puertas e ilumino las salpicaduras de sangre como si se tratase de una vidriera.
Quizás había comprendido que no tenía ninguna posibilidad de ganar y que una muerte así era mucho mejor que regresar al lugar del que había salido. Si hubiese querido escapar, habría esperado hasta la noche, lejos de todos los otros participantes en el torneo. Candy llego a la conclusión solo por que recordó aquel día en el que había estado a un dedo de distancia de tocar la muralla en Endovier.
Adarlan podía privarles se su libertad, destrozarles la vida, darles una paliza, doblegar su voluntad y dominarlos con el látigo… Podía obligarlos a participar en ridículas competiciones, pero, independientemente de que fuesen criminales, seguían siendo seré humanos. Si no quería participar en el juego del rey, la única alternativa que tenía era morir.
Sin apartar la vista se su mano extendida, que señalaba para siempre un horizonte inalcanzable, Candy rezo una oración en silencio por el campeón muerto, y le deseo buena suerte.
Continuara…
