(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 19.
Sentada en una silla junto a la chimenea del gran salón, Kaltain miro al duque Perrigton mientras este conversaba con la reina Eleonor en lo alto del estrado. Había sido una pena que Terry se fuese tan apresuradamente una hora antes; ni siquiera había tenido ocasión de hablar con el. Algo especialmente irritante, ya que se había pasado buena parte de la mañana vistiéndose para la ocasión: llevaba el pelo moreno recogido en un moño y su piel brillaba con tonos dorados a los sutiles polvos relucientes que se había aplicado en la cara. Aunque los ribetes de su vestido rosa y amarillo le aplastaban las costillas, y las perlas y diamantes que llevaba al cuello estaban a punto de estrangularla, mantenía la cabeza bien alta. Terry se había marchado, pero la aparición de Perrigton había sido una inesperada sorpresa. El duque rara vez hacia acto de presencia en la audiencias de la reina; debía de tratarse de algo importante.
Kaltain se levanto de su silla junto al fuego el duque le hizo una reverencia a la reina y se echo a andar a grandes zancadas hacia las puertas. Kaltain se interpuso en su camino y el se detuvo al verla; sus ojos brillaron con ansia que a ella le hizo querer morirse de vergüenza ajena. El duque hizo una profunda reverencia.
-Señora.
-Excelencia –contesto Kaltain, y sonrió para obligarse a tragarse toda aquella repulsión que sentía.
-Espero que estés bien –dijo el duque ofreciéndole el brazo para acompañarla afuera del salón. Ella volvió a sonreír y lo acepto. Aunque Perrigton era bastante grueso, su brazo resultaba musculoso al tacto.
-Muy bien, gracias. Y ¿usted? Tengo la impresión de que hace días que no lo veo ¡Que sorpresa tan agradable que haya venido a esta audiencia!
Perrigton sonrió con sus amarillentos dientes.
-Yo también la he echado de menos, señora.
Kaltain intento no estremecerse cuando los pelos canosos dedos del duque le acariciaron la piel, y en lugar de eso agacho la cabeza delicadamente.
-Espero que su majestad goce de una buena salud. ¿Vuestra conversación con ella ha sido agradable?
Oh, que difícil resultaba husmear en aquellos asuntos, sobre todo teniendo en cuentes que si ella estaba ahí, era gracias a el. Haberlo conocido la primavera anterior había sido un golpe de suerte. Y convencerlo para que la invitase a la corte –insinuando lo que podría aguardarle una vez que estuviese lejos de casa de su padre y sin carabina- no había sido tan difícil. Pero no estaba allí solamente para disfrutar de los placeres de la corte. No, estaba harta de ser una dama menor, a la espera de casarse con el mejor postor, cansada de asuntos políticos sin importancia y de necios a los que le resultaba fácil manipular.
-Su majestad esa bien –dijo Perrigton mientras acompañaba a Kaltain a sus aposentos.
A ella se le hizo un nudo en el estomago. Aunque el no había ocultado en ningún momento que la deseaba, no la había forzado a acostarse con el… todavía. Pero con un hombre como Perrigton, que siempre conseguía lo que quería…, no tenia demasiado tiempo para encontrar el modo de evitar cumplir la sutil promesa que le había hecho meses antes.
-Pero con un hijo en edad en casarse, esta muy ocupada – Añadió el duque.
Kaltain mantuvo el rostro inexpresivo. Tranquilo. Sereno.
-¿Podemos espera alguna noticia de un compromiso en un futuro próximo?
Aquella era otra pregunta peligrosa.
-Eso espero –gruño el duque. Se le oscureció el rostro por debajo del pelo rojizo. La cicatriz que le cruzaba la mejilla destacaba en toda su crudeza -. Su majestad ya tiene una lista de muchachas que podrían ser apropiadas...
El duque se quedo callado al recordar con quien estaba hablando, y Kaltain le hizo una caída de ojos.
-Oh, lo siento mucho –susurro ella -. No tenía intención de husmear en los asuntos de la casa real.
Kaltain le dio un golpecito en el brazo y se le acelero el corazón.
¿A Terry le habían dado una lista de posibles novias? ¿Quién estaba en aquella lista? ¿Cómo podía ella…? No, ya pensaría en eso mas tarde. De momento, tenia que averiguar quien se interponía entre ella y la corona.
-No tiene que disculparse –dijo el duque sin que dejasen de brillarle los ojos -. Venid… Cuénteme que ha estado haciendo estos últimos días.
-Poca cosa. Aunque he conocido a una muchacha muy interesante –dijo como de pasada mientras bajaban una escalera jalonada de ventanas en la sección de cristal del castillo -. Una amiga de Terry. Lady Lillian, la llamo el.
El duque se puso rígido.
-¿La ha conocido?
-Oh, si… Es muy simpática –mintió fácilmente -. Hoy, cuando he hablado con ella, me ha dicho que le gusta mucho el príncipe heredero. Por su bien, espero que su nombre este en la lista de la reina.
Aunque deseaba obtener mas información sobre Lillian, no se esperaba aquello.
-¿Lady Lillian? Por supuesto que no esta en la lista.
-Pobrecilla. Sospecho que eso le va a romper el corazón. Se que no debo inmiscuirme –prosiguió mientras el duque se iba poniendo cada vez mas colorado y furioso -, pero no hace ni una que Terry ha dicho que…
-¿El que?
Kaltain se estremeció por el arranque de ira del duque –aunque no fuese ella, sino Lillian, el objeto de esa ira – y por el arma con la que había obtenido la buena suerte de tropezarse.
-Que esta muy unido a ella. y que posiblemente este enamorado de ella.
-Eso es absurdo.
-¡Es verdad! –contesto ella negando con la cabeza -. Que trágico es todo.
-Ridículo es lo que es –el duque se quedo parado al final del pasillo que daba a la habitación de Kaltain. Su ira hizo que se le desatase la lengua -. Ridículo, descabellado e imposible.
-¿Imposible?
-Algún día se lo explicare por que –un reloj dio la hora y Perrigton se volvió hacia el lugar de donde había partido el sonido -. Tengo una reunión del consejo – el duque se acerco a ella lo suficientes para susurrarle al oído, Kaltain noto su aliento cálido y húmedo en la piel -. Quizá podríamos vernos en la noche.
Le acaricio el costado de la mano y se marcho. La muchacha vio como se iba y, cuando desapareció, dejo escapar un suspiro tembloroso. Pero si a el podía acercarse a Terry…
Tenia que averiguar quienes eran sus competidoras, pero antes tenia que encontrar el modo de librar al príncipe de las garras de Lillian. Estuviese o no en la lista, era una gran amenaza.
Y si el duque la odiaba tanto como parecía, cuando llegase la hora, Kaltain podría tener poderosos aliados para asegurarse de que Lillian dejaba en paz a Terry.
Terry y Albert no hablaron mucho de camino a la cena en el gran salón. La princesa Annie estaba a salvo en sus aposentos, rodeada de sus guardias. Enseguida habían convenido en que, aunque era una locura permitir que Candy entrase con la princesa, la ausencia de Albert era inexcusable, por que tuviese que investigar la muerte del campeón.
-Parece que te llevas muy bien con White –dijo Albert con frialdad.
-Conque estamos celosos… -lo provoco Terry.
-Estoy más preocupado por tu seguridad. Aunque sea guapa y te impresione con su inteligencia, sigue siendo una asesina a sueldo, Terry.
-Hablas como mi padre.
-Es cuestión de sentido común. No te acerques a ella, sea o no sea tu campeona.
-No me des órdenes.
-Solo lo hago por tu seguridad.
-¿Por qué iba a matarme? Creo que le gusta que la mimen. Si no ha intentado matar a nadie, ¿Por qué iba a hacerlo ahora? – le dio una palmadita a su amigo en el hombro -. Te preocupas demasiado.
-Es mi deber preocuparme.
-Pues tendrás el pelo gris antes de cumplir los veinticinco, y White no se enamorara de ti.
-Pero ¿Qué tonterías dices?
-Bueno, si intenta escapar, cosa que no hará, te romperá el corazón. Te veras obligado a arrojarla a las mazmorras, perseguirla o matarla.
-Terry, a mi no me gusta.
Consciente de la irritación de su amigo, Terry cambio de tema.
-¿Qué me dices de ese campeón muerto, el Comeojos? ¿Tienes idea de quien lo mato y por que?
A Albert se le oscureció la mirada.
-Lo he examinado una y otra vez durante los últimos días. El cadáver estaba completamente destrozado –el color abandono las mejillas de Albert-. Le sacaron las tripas y se las llevaron. Hasta el cerebro ha… desaparecido. Le he enviado un mensaje a vuestro padre, pero mientras tanto seguiré investigando.
-Me juego algo a que no fue mas que una reyerta de borrachos –dijo Terry, aunque el se había implicado en la multitud de reyertas y nunca había visto a nadie que fuera por ahí robando tripas. En la mete de Terry prendió una chispa de miedo -. Mi padre probablemente se alegrara al saber que el Comeojos esta muerto y enterrado.
-Eso espero.
Terry sonrió y paso un brazo por encima del capitán.
-Contigo encargado de la investigación, estoy seguro de que todo estará resuelto mañana –dijo mientras conducía a su amigo al comedor.
Continuara…
