(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 20.
Candy cerro el libro y dejo escapar un suspiro. Que final tan terrible. Se levanto de la silla sin saber adonde ir y salió del dormitorio. Había deseado pedirle disculpas a Albert cuando la encontró entrenando con Annie esa misma tarde, pero su comportamiento… Comenzó a pasearse por sus aposentos. El capitán tenía cosas más importantes que hacer que vigilar al criminal más famosa del mundo, ¿verdad? Candy no disfrutaba siendo cruel, pero… ¿acaso el capitán no se lo merecía?
Candy había hecho el ridículo al mencionar lo de los vómitos. Y le había dicho cosas desagradables. ¿Albert confiaba en ella o mas bien la odiaba? Candy se miro las manos y se dio cuenta de que se las habían retorcido tanto que tenia los dedos rojos. Ella, que había sido la prisionera mas temida de Endovier, ¿Cómo se había convertido en alguien tan sentimental?
Tenía cosas más importantes de las que preocuparse, como la prueba del día siguiente. Y el campeón muerto. Ya había sido modificado las bisagras de todas sus puertas para que crujiesen casa vez que alguien las abriera. Si alguien entraba a su habitación, lo sabría de antemano. Y había logrado ocultar algunas agujas de coser en una pastilla de jabón para disponer de una improvisada pica en miniatura. Era mejor que nada, sobre todo si aquel asesino tenía debilidad por la sangre de los campeones. Puso las manos en jarras para librarse de du intranquilidad y entro en el salón de música y juegos. No podía jugar al billar ni a las cartas ella sola, pero…
Candy miro el pianoforte. Antes lo tocaba… Le encantaba tocarlo, le encantaba la música, y como la música podía romperlo y curarlo todo y hacer que todo pareciese posible y heroico.
Con cuidado, como si estuviese acercándose a una persona dormida, Candy se aproximo al oír un ruido que hacia al arrastrarlas. Levanto la pesada tapa y apoyo los pies en los pedales para probarlos. Miro las suaves teclas de marfil y las teclas negras, que se parecían a los huecos que quedaban entre los dientes.
Antes era buena; mejor que buena, incluso. Arobynn Hamel le hacia tocar para el cada vez que se veían.
Se pregunto si Arobynn sabría que había salido de las minas. ¿Intentaría liberarla si se enteraba? Aun no se atrevía a enfrentarse a la pregunta de quien podía haberla traicionado. N el momento de su captura todo había sido confuso: en cuestión de dos semanas había perdido a Anthony y su propia libertad; y también había perdido algo se si misma en aquellos días borrosos.
Anthony. ¿Qué hubiese pasado el de todo aquello? De haber estado vivo en el momento de su detención, la habría sacado de las mazmorras reales entes de que el rey se hubiese enterado de su encarcelamiento. Pero Anthony, al igual que ella, había sido traicionado…, y a veces su ausencia le resultaba insoportable que se le olvidaba respirar. Toco una nota grave. Era profunda y vibrante y estaba llena de ira y dolor.
Con cautela, con una sola mano, toco una melodía lenta y sencilla. Los ecos… o los jirones de recuerdos se alzaron en el vacío de su cabeza. Reinaba tal silencio en sus aposentos que la música parecía molesta.
Movió la mano derecha y toco los bemoles y sostenidos. Era una pieza que solía tocar una y otra vez hasta que Arobynn le gritaba que tocara otra cosa. Toco un acorde, luego otro, añadió unas cuantas notas con la mano derecha, empujo el pedal con el pie y lo demás llego solo.
Las notas se le agolpaban en la punta de los dedos; vacilantes al principio, pero cada vez mas confiadas a medida que la emoción iba adueñándose de la música. Era una pieza triste, pero ella la hizo sentir limpia y renovada. Le sorprendió que sus manos no hubiesen olvidado tocar, que en algún lugar de su cabeza, después de un año de oscuridad y esclavitud, la música siguiera viva y palpitante. Y que en alguna parte, entre las notas, estuviera Anthony. Se olvido del tiempo al pasar de una pieza a otra, expresando lo indescriptible, abriendo antiguas heridas, tocando y tocando mientras el sonido la perdonaba y salvaba.
Apoyado en la puerta, Terry estaba completamente paralizado. Candy llevaba un rato tocando de espaldas a el. Se pregunto cuando repararía en su presencia y si dejaría de tocar en algún momento. No le hubiera importado quedarse escuchándola eternamente. Había entrado en sus aposentos con la intención de avergonzara a una asesina insidiosa y se había encontrado a una muchacha que vertía sus secretos en un pianoforte.
Terry se aparto de la pared. A pesar de toda su experiencia asesina, Candy no reparo en el hasta que se sentó en el banco que había junto a ella.
-Tocas muy bi…
Los dedos de Candy resbalaron sobre las teclas y sonó un vibrante y horrible ruido metálico. Ya estaba a mitad de camino de la pared, donde se encontraban colgados los tacos de billar, cuando lo miro. Terry hubiera jurado que tenia los ojos húmedos.
-¿Qué haces aquí? –miro hacia la puerta. ¿Estaría planteándose usar uno de aquellos tacos de billar contra el?
-No me acompaña Albert, si es eso lo que te preguntas –dijo sonriendo -. Discúlpame si te he interrumpido –dudo si la habría incomodado, ya que Candy se puso colorada. Parecía un sentimiento demasiado humano para la Asesina de Adarlan. Quizá su anterior plan de avergonzarla aun no se hubiese frustrado del todo -. Pero estabas tocando tan bien que…
-No pasa nada –echo a andar hacia una de las sillas. El se quedo de pie, bloqueándole el paso. Candy era de altura mediana; Terry la miro desde arriba. Independientemente de cual fuese su altura, sus curvas eran tentadoras -. ¿Qué haces aquí? –repitió.
Terry sonrió con picardía.
-Habíamos quedado en vernos esta noche. ¿No te acuerdas?
-Pensaba que era una broma.
-Soy el príncipe heredero de Adarlan –se dejo caer sobre una silla ante el fuego -. Nunca bromeo.
-¿Tienes permiso para estar aquí?
-¿Permiso? Soy un príncipe, puedo hacer lo que me plazca.
-Si, pero yo soy la Asesina de Adarlan.
No lograría intimidarlo ni aunque pudiera agarrar el taco de billar y ensartarlo n cuestión de segundos.
-Por como tocas, yo diría que eres mucho mas que eso.
-¿Qué quieres decir?
-Bueno –dijo intentando no perderse en sus extraños y hermosos ojos -. No creo que nadie que toque así pueda ser solo una criminal. Parece que tienes alma –bromeo.
-Pues claro que tengo alma. Todo el mundo tiene alma.
Seguía estando colorada. ¿Tan incomoda la hacia sentir? Intento no reírse. Aquello era demasiado divertido.
¿Qué te han parecido los libros?
-Estaban bien –contesto Candy en voz baja -. Es mas, eran maravillosos.
-Me alegro.
Sus miradas se cruzaron y ella retrocedió hasta quedarse detrás de la silla. Si el príncipe no hubiese sabido que papel representaba cada uno, podría haber llegado a pensar que el asesino era el.
-¿Cómo va el entrenamiento? ¿Tienes problemas con algún competidor?
-Genial –contesto, aunque las comisuras de sus labios se volvieron hacia abajo -. Y no, después de lo que ha sucedido hoy, no creo que ninguno de nosotros de mas problemas –Terry tardo en un segundo comprender que estaba refiriéndose al competidor al que le habían matado cuando intentaba escapar. Candy se mordió el labio inferior y un segundo después pregunto-: ¿Ha sido Albert quien ha dado la orden de matar a Sven?
-No –contesto el príncipe -. Mi padre mando a todos los guardias que dispararan si alguno de ustedes intentaba escapar. No creo que Albert hubiese dado esa orden –añadió, aunque no estaba seguro por que. Pero al menos ceso la desconcertante calma de la mirada de la mirada. Como no dijo nada, Terry le pregunto con toda la indiferencia de la que fue capaz-: Por cierto, ¿Cómo se llevan Albert y tú?
Por supuesto, era una pregunta de lo mas inocente.
Candy se encogió de hombros y el príncipe heredero intento no buscar demasiadas pistas en el gesto.
-Bien. Creo que el me odio un poco, pero teniendo en cuenta s su puesto, no me sorprende.
-¿Por qué piensas que te odia?
Por algún motivo, el no quiso negarlo.
-Porque soy la asesina a sueldo y él es el capitán de la guardia, que se ve obligado a rebajarse a hacerse cargo de la aspirante a campeona del rey.
-¿Desearías que las cosas fueran de otro modo?
Terry le dedico una sonrisa perezosa. Aquella pregunta ya no era tan inocente.
Candy rodo la silla y se acerco a el. Al principio se le encogió el corazón.
-¿Quién quieres que lo odien? Aunque prefiero que me odien a ser invisible. Pero eso no cambia las cosas.
Sus palabras no resultaron convincentes.
-¿Te sientes sola? –pregunto Terry sin poder evitarlo.
-¿Sola?
Candy negó con la cabeza y por fin, después de tanta persuasión, se sentó. Tuvo que resistir el impulso de salvar la distancia que los separaba para comprobar si el pelo dl príncipe era tan sedoso como parecía.
-No, puedo sobrevivir por mis propios medios… siempre que me suministren buen material de lectura.
Terry miro el fuego, intentado no pensar donde la había encontrado tan solo una semanas antes… y que clase de soledad debía de haber experimentado. En Endovier no había libros.
-Aun así, no puede ser muy amigable tenerse a uno mismo por única compañía en todo momento.
-Y ¿Qué piensas hacer? –pregunto y se echo a reír-. Preferiría que la gente no pensara que soy una de tus amantes.
-¿Qué tiene eso de malo?
-Ya soy famosa como asesina a sueldo. No me apetece ser famosa por compartir tu cama –al príncipe se le escapo una carcajada, pero ella prosiguió-: ¿Te gustaría que te explicara por que, o basta con que diga que no acepto joyas y baratijas como pago por mi cariño?
Terry soltó un gruñido.
-No pienso debatir sobre moralidad con una asesina a sueldo. Matas a gente a cambio de dinero.
La mirada de Candy se endureció y le señalo la puerta.
-Puedes marcharte ya.
-¿Me estas dando permiso para marcharme? ¿A mi?
No sabía si reírse o ponerse a gritar.
-¿Debería llamar a Albert para preguntarle que opina él?
Candy se cruzo de brazos; sabia que había ganado. Quizá también se había dado cuenta de que podía divertirse irritándolo.
-¿Por qué me echas de tus aposentos por decir la verdad? Básicamente, me has llamado putañero –hacia una eternidad que no se divertía tanto -. Cuéntame cosas te tu vida… ¿Cómo aprendiste a tocar tan bien el pianoforte? Y ¿Qué pieza estabas tocando? Era muy triste. ¿Estabas pensando en algún amante secreto? –pregunto, y le guiño el ojo.
-Estaba practicando –se puso de pie y echo a andar hacia la puerta -. Y si, estaba pensando en eso –le espeto.
-Esta noche estás muy quisquillosa –contesto el príncipe siguiéndola. Se detuvo a medio metro de ella, pero el espacio que los separaba le pareció curiosamente íntimo, sobre todo cuando añadió -: No estas tan habladora esta tarde.
-¡No soy mercancía a la que puedes mirar embobado? –se hacer a el -. ¡Tampoco soy una atracción de feria, así que no me uses como parte de ningún deseo insatisfecho de aventura y emociones fuertes! No me cabe duda de que fue eso por lo que me elegiste para ser vuestra campeona.
Terry se quedo boquiabierto y retrocedió un paso.
-¿Cómo? –fue lo único que alcanzo a decir.
Ella paso a su lado y se dejo caer en el sillón. Al menos no pensaba marcharse.
-¿De verdad crees que no me daría cuenta de por que has venido esta noche? ¿Cómo alguien que m dio a leer La corona de un héroe, lo cual presupone la existencia de una mente imaginativa que anhela una aventura?
-Para mi no eres una aventura –murmuro el príncipe.
-Ah, ¿no? ¿El castillo nos ofrece tantas emociones que la presencia de la Asesina de Adarlan no es nada extraordinario? ¿Nada capaz de atraer a un joven que lleva toda la vida encerrado en la corte? Y ¿Qué da a entender esta competición, ya puestos? Ya que estoy a merced de nuestro padre. No pienso convertirme también en el bufón de su hijo.
Ahora fue el quien se sonrojo. ¿Alguna vez lo habían reprendido alguien así? Sus padres y tutores quizá, pero desde luego que no una muchacha.
-¿Es que no sabes con quien estas hablando?
-Mi querido príncipe –dijo arrasando las palabras mientras se mirabas la uñas -, estas solo en mis aposentos. La puerta del pasillo esta muy lejos. Puedo decir lo que me plazca.
Terry soltó una carcajada. Candy se incorporo en el asiento y lo miro con la cabeza ladeada. Se había sonrojado y sus azules ojos resaltaban aun más brillantes. ¿Acaso sabia lo que habría querido hacer con ella de no haber sido una asesina a sueldo?
-Me voy –dijo Terry por fin evitando pensar si podría arriesgarse a ser el objeto de la ira de su padre o de Albert, y que podría suceder si decidía no pararse a pensar en las conciencias -. Pero volveré. Pronto.
-No me cabe duda –contesto con sequedad.
-Buenas noches, White –miro a su alrededor y sonrió-. Dime una cosa antes de que me marche: tu amante misterioso… no vive en el castillo, ¿verdad?
Inmediatamente supo que había dicho algo indebido cuando los ojos de la asesina dejaron de brillar.
-Buenas noches –respondió ella con frialdad.
Terry negó con la cabeza.
-No quería…
Candy le hizo un gesto desdeñoso con la mano y miro al fuego. El príncipe entendió que lo estaba escuchando y se dirigió hacia la puerta; cada uno de los pasos retumbo en la habitación, sumida en el silencio. Casi había llegado al umbral cuando ella hablo a lo lejos:
-Se llamaba Anthony.
Candy seguía mirando el fuego. Se llamaba Anthony.
-¿Qué sucedió?
La asesina lo miro y sonrió con tristeza.
-Murió.
-¿Cuándo? -pregunto Terry.
Nunca la hubiera provocado así, nunca hubiera abierto la boca de haber sabido que…
-Hace trece meses –contesto a duras penas.
Le recorrió la cara una sombra de dolor, tan real e interminable hasta que el príncipe la sintió en su interior.
-Lo siento –susurro.
Candy se encogió de hombros, como si eso pudiera reducir la aflicción que Terry seguía viendo reflejada en sus ojos, tan brillantes a la luz del fuego.
-Yo también –dijo ella entre dientes, y volvió a mirar el fuego.
Terry intuyo que esta vez si que había dejado de hablar definitivamente y se aclaro la garganta.
-Buena suerte con la prueba de mañana.
Candy no contesto mientras el salía de la habitación.
Terry no pudo dejar de pensar en aquella música desgarradora, ni siquiera mientras quemaba la lista de posibles esposas que le había dado su madre, ni siquiera mientras leía un libro hasta bien entrada la noche, ni siquiera cuando por fin logro conciliar el sueño
Continuara…
