(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Perdón por no haber subido los caps, pero tuve problemas técnicos y no podía subirlos pero aquí están, los dos restantes los subiré el domingo.
Varias, bueno en realidad todas me preguntan con quien se quedara, si con Terry o con Albert, así que están indeciso yo también tengo muchas preguntas y si les soy sincera este es el primer libro de la saga o trilogía, la verdad aun no me he informado muy bien. Por ahora es la única información que me permito decir hasta que no llegue "ese" capitulo.
Disfruten de la lectura.
Capitulo 22.
El viento tiro de ella, pero Candy siguió concentrada en Nox, que caía a toda velocidad, lejos de sus manos extendidas.
Por debajo de ella grito la gente, y la cegó la luz al rebotar en el castillo de cristal. Pero allí estaba Nox, a una mano de distancia de sus dedos, con los ojos grises abiertos como platos y agitando los brazos como si pudiera transformarlos en alas.
En un segundo, Candy le rodeo la cintura con los brazos y se estampo contra el con tanta fuerza que se quedo sin aliento. Juntos cayeron como una piedra, más y más hacia el suelo, que parcia alzarse a su encuentro.
Nox se agarro a la cuerda, pero ni siquiera eso basta para aliviar al atroz impacto contra el torso de Candy cuando la soga se tenso. La muchacha se agarro a Nox con todas sus fuerzas, con la esperanza de que sus brazos no soltaran al ladrón. La soga hizo que avanzaran a toda velocidad hacia la pared. Candy apenas alcanzo a apartar la cabeza de la piedra y recibió el impacto en el hombro y el costado. Se agarro con fuerza a Nox y concentro su atención en sus brazos y en su respiración superficial. Se quedaron allí congelados, pegados a la pared, jadeando mientras miraban al suelo, a diez metros por debajo de ellos. La cuerda aguanto su peso.
-Lillian –resolló Nox. Apretó su cara contra el pelo de Candy -. Por los dioses del cielo.
Desde el suelo se oyó una ovación que ahogo sus palabras. A Candy le temblaban tanto los brazos que tubo que concentrarse en agarrar a Nox, y el estomago se le revolvió una y otra vez.
Pero aun así estaba en mitad de la prueba… y aun debían completarla, así que Candy miro hacia arriba. Todos los campeones se habían quedado parados para ver como salvaba al ladrón. Todo menos uno, que estaba encaramado muy, muy por encima de ellos.
Candy se quedo boquiabierta cuando Neil arranco la bandera y bramo para celebrar su triunfo. Se oyeron mas ovaciones y Neil agito la bandera para que la vieran todos. A Candy le hirvió la sangre.
De haber tomado el camino fácil, habría ganado. Habría llegado en la mitad de tiempo que Neil, pero Albert le había dicho que no llamara la atención. Y su recorrido había sido mucho más impresionante y más adecuado para demostrar sus habilidades. Neil solo había tenido que saltar y balancearse: así que escalaban los aficionados. Además, si hubiera ganado ella, si hubiera tomado el camino fácil, no habría salvado a Nox.
Candy apretó los dientes. ¿Podría llegar allí arriba a tiempo? Quizá Nox podría quedarse con la cuerda, y ella escalaria por la pared con las manos desnudas. Pero mientras pensaba, Verin, Tumba, Pelor y Renault escalaban los últimos metros hasta llegar al lugar donde antes estaba la bandera, le daban una palmada y se disponían a descender.
-Lillian. Nox. Daos prisa –grito Brullo, y Candy miro hacia abajo, en dirección al maestro de armas.
La muchacha frunció el ceño y comenzó a deslizar los pies por las grietas de la piedra en busca de un punto de apoyo. Su piel, en carne viva, le escocia al encontrar un hueco donde meter los dedos de los pies. Poco a poco, muy poco a poco, se fue aupando.
-Lo siento –susurro Nox, y sus piernas golpearon las de ella mientras buscaba el también un punto de apoyo.
-Tranquilo –contesto ella.
Temblorosa y entumecida, Candy volvió a escalar por la pared y dejo a Nox encontrara por su cuenta el modo de subir. Que estupidez. Salvarlo había sido una estupidez. ¿En que había estado pensando?
-Anímate –dijo Albert, y bebió de su copa de agua -. El puesto decimoctavo no esta mal. Al menos, Nox ha quedado por detrás de ti.
Candy no respondió y se limito a apartar las zanahorias en su plato. Había hecho falta dos baños y una pastilla de jabón entera para limpiarse la brea de sus doloridos manos y pies, y Philippa se había pasado treinta minutos limpiando y vendando sus heridas. Aunque Candy había dejado de temblar, aun podía oír el grito ruidoso y sordo de Ned Clement al estrellarse contra el suelo. Se había llevado su cadáver antes de que Candy terminara la prueba. Solo su muerte había salvado a Nox de la eliminación. A Tumba ni siquiera lo habían reprendido. No había reglas contra el juego sucio.
-Estas haciendo las cosas tal y como las habíamos planeado –prosiguió Albert -. Aunque yo no diría que tu valiente rescate haya sido especialmente discreto.
Candy lo fulmino con la mirada.
-Aun así, he perdido.
Terry la había felicitado por haber salvado a Nox, y el ladrón la había abrazado y le había dado las gracias una y otra vez, solo Albert había fruncido el ceño al acabar la prueba. Aparentemente, los rescates atrevidos no formaban parte del repertorio de una ladrona de joyas.
Los ojos azules de Albert brillaron como tonos dorados al sol de mediodía.
-¿Es que aprender a perder con gracia no formaba parte de tu formación?
-No –contesto con amargura -. Arobynn me dijo que el segundo puesto no era más que un titulo agradable para el primer perdedor.
-¿Arobynn Hamel? –pregunto Albert dejando la copa sobre la mesa -. ¿El Rey de los Asesinos?
Candy miro hacia la ventana y hacia la brillante extensión de Rifthold apenas visible al otro lado. Le resultaba extraño pensar que Arobynn estaba en la misma ciudad…, que ahora estaba muy cerca de ella.
-¿No sabias que había sido mi maestro?
-Se me había olvidado –dijo Albert. Arobynn la habría azotado por salvar a Nox y poner en peligro su propia seguridad y su puesto en el torno -. ¿Superviso tu adiestramiento personalmente?
-Me entreno en persona, y luego recurrió a tutores de toda Erilea. Los maestros luchadores de los arrozales del continente meridional, los expertos en venenos de la selva Bogdano… Una vez me envió con los asesinos silenciosos del desierto Rojo. Para el ningún precio era demasiado alto. Ni para mi –añadió pasando su dedo por el refinado hilo de su bata -. Hasta que no cumplí catorce años no me dijo que tendría que pagar por todo lo que había hecho por mí.
-¿Te adiestro y luego te hizo pagar el adiestramiento?
Candy se encogió de hombros, pero fue incapaz de esconder el arrebato de ira.
-Las cortesanas viven la misma experiencia: las aceptan en la corte a una edad temprana y acaban en los burdeles hasta que son capaces de devolver hasta la ultima moneda de lo que costo su instrucción, mantenimiento y vestuario.
-Eso es despreciable –el espeto el capitán, y Candy parpadeo al oír su voz airada; una ira que, por una vez, no iba dirigida contra ella -. ¿Se lo devolviste?
Una sonrisa fría que no tuvo reflejo en sus ojos le cruzo la cara.
-Hasta el último penique. Y luego fue a gastárselo todo. Más de quinientas mil monedas de oro. Las dilapido en tres horas –Albert dio un respingo en su asiento. Ella enterró el recuerdo tan profundamente que dejo de dolerle -. Aun no te has disculpado –dijo cambiando de tema antes de que Albert pudiera hacer mas preguntas.
-¿Disculparme? ¿Por qué?
-Por todas las cosas horribles que me dijiste ayer por la tarde cuando estaba entrenando con Annie.
El capitán entorno los ojos y mordió el anzuelo.
-No pienso disculparme por decir la verdad.
-¿La verdad? ¡Me trataste como si fuera una criminal demente!
-Y tú dijiste que me odiabas más que a nadie en el mundo.
-Lo decía en serio –respondió ella. Sin embargo, esbozo una sonrisa… que enseguida encontró reflejo en la cara del capitán. Albert le lanzo un trozo de pan que ella cogió con la mano y volvió a lanzárselo a el, que lo atrapo fácilmente -. Idiota –añadió Candy sonriendo abiertamente.
-Criminal demente –repuso él, sonriendo también.
-Te odio de verdad.
-Al menos no he sido yo quien ha ocupado el puesto dieciocho –dijo Albert.
Candy resoplo enfadada y el capitán hizo lo posible para esquivar la manzana que la muchacha le lanzo a la cabeza.
Poco mas tarde, Philippa les puso al corriente de la noticia: al campeón que no se había presentado en la prueba lo habían encontrado muerto en una escalera del servicio, brutalmente destrozado y desmembrado.
El nuevo asesinato empaño las dos siguientes semanas y las dos pruebas que tuvieron lugar en ese tiempo. Candy pasó las pruebas –sigilo y rastreo- sin llamar demasiado la atención ni jugarse el pellejo para salvar a nadie. No asesinaron a ningún campeón más, afortunadamente, pero Candy no paraba de mirar por encima del hombro, alerta, aunque Albert parecía considerar que los dos asesinatos no habían sido más que incidentes desafortunados.
Cada día se le daba mejor correr: recorría mas distancia más rápido. Además había logrado controlarse para no matar a Neil cuando este la provocaba en los entrenamientos. El príncipe heredero no se molesto en aparecer mas por sus aposentos, y solo lo veía durante las pruebas, cuando este se limitaba a sonreírle, le guiñaba el ojo y le hacia sentir un cosquilleo y un calor ridículos.
Pero tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Solo quedaban nueve semanas hasta el duelo final y alguno de los otros, incluidos Nox lo estaban haciendo tan bien que esos cuatro puestos empezaban a parecer muy preciados. Obviamente, Neil ocuparía uno, pero ¿Quiénes serian los otros tres finalistas? Ella siempre había estado muy segura de que seria una de ellos.
No obstante, si era sincera consigo misma, Candy ya no estaba tan segura.
Continuara…
