(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 24.
Candy estaba tumbada en la cama, contemplando un charco de luz de luna en el suelo. Llenaba los huecos polvorientos entre las baldosas de piedra y le daba a todo un tono entre plateado y azulado que la hacia sentir como si se hubiese quedado congelada en un momento eterno.
No temía a las noches, aunque encontraba poco consuelo en sus horas oscuras. Simplemente, era el momento en que dormía, el momento en que acechaba y mataba, el momento en que las estrellas emergían con una belleza resplandeciente y la hacían sentir maravillosamente pequeña e insignificante.
Candy frunció el ceno. Solo era medianoche y, aunque al día siguiente tenia otra prueba, no podía dormir. Los ojos le pesaban demasiado para leer, no quería tocar el pianoforte por miedo a tener otro encuentro embarazoso, y desde luego no se divertía imaginándose como seria el banquete. Aun llevaba el vestido entre azul y esmeralda, demasiado perezosa para cambiarse.
Siguió el rastro de la luz de la luna hasta el lugar donde tocaba la pared, cubierta por un tapiz. El tapiz era extraño, viejo y no estaba demasiado bien cuidado. Su amplia superficie estaba salpicada de imágenes de animales del bosque entre arboles caídos. Una mujer –el único ser humano en el tapiz- estaba de pie cerca del suelo.
Estaba representada a tamaño natural y era extraordinariamente hermosa. Aunque tenía el pelo plateado, su cara era joven y su vestido blanco de larga cola parecía moverse a la luz de la luna y…
Candy se incorporo de la cama. ¿Se había movido ligeramente el tapiz? Miro hacia la ventana. Estaba completamente cerrada. El tapiz se estaba balanceando un poco hacia fuera, no hacia un lado.
"¡Era posible!"
Sintió un cosquilleo y encendió una vela entes de acercarse a la pared. El tapiz dejo de moverse. Extendió un brazo hasta el extremo de la tela y tiro de ella. Allí solo había piedra. Pero…
Candy aparto los pesados pliegues y los metió detrás de un baúl para mantener el tapiz en alto. El la pared vio una hendidura vertical diferente a los demás. Y luego otra menos de un metro. Salían del suelo y, justo por encima de la cabeza de Candy, se encontraban en un…
"¡Es una puerta!"
Candy apoyo el hombro en la losa de la piedra. Cedió un poco y el corazón le dio un vuelco. Volvió a empujar, con la vela parpadeando en su mano. La puerta crujió al moverse levemente. Con un gruñido, empujo y por fin se abro del todo.
Ante ella se extendía un oscuro pasadizo.
Soplo una brisa en dirección a las negras profundidades que hizo que algunos mechones de pelo le cubrieran la cara. Un escalofrió le recorrió la espalda. ¿Por qué soplaba el viento hacia dentro, cuando un momento antes había hecho mecerse el tapiz hacia fuera?
Miro atrás, en dirección a la cama, que estaba cubierta de libros que no iba a leer esa noche. Dio un paso al frente en el pasadizo.
La luz de la vela revelo que estaba hecho de piedra y revestido de una espesa capa de polvo. Retrocedió para volver a la habitación. Si iba a explorar, necesitaría aprovisionarse. Era una pena que no tuviera una espada o una daga. Dejo la vela en su sitio. También necesitaría una antorcha… o por lo menos algunas velas más. Aunque podía acostumbrarse a la oscuridad, no era tan estúpida como para creer que podía confiar en ella.
Moviéndose por la habitación y temblando de emoción, Candy cogió dos madejas de hilo costurero de Philippa, además de tres tizas y uno de sus cuchillos improvisados. Metió tres velas más en los bolsillos de la capa y se envolvió en ella.
Se coloco de nuevo ante el oscuro pasadizo. Estaba terriblemente oscuro y parecía llamarla. La brisa volvió a soplar en el pasadizo.
Candy coloco una silla en el umbral, no quería que la puerta se cerrara de golpe y ella se quedara encerrada para siempre. Ato un hilo al respaldo de la silla, le hizo cinco nudos y sostuvo la madeja con la mano que le quedaba libre. Si se perdía, esto le permitiría volver. Tapo con cuidado la puerta con el tapiz por si alguien entraba en la habitación.
El pasadizo era frio, pero seco. Colgaban telarañas por todas partes y no había ventanas, solo una escalera muy larga que bajaba hasta mucho mas allá de lo que alumbraba la pequeña vela. Se puso tensa al bajar el primer escalón, a la espera de oír algún sonido que le hiciera volver corriendo a sus aposentos. El pasadizo siguió sumido en el silencio… en el silencio y en la inquietud más absolutos, completamente olvidado.
Candy levanto la vela en alto y avanzo arrastrando la capa, dejando rastro de limpieza en las escaleras cubiertas de polvo. Pasaron varios minutos y la asesina escruto las paredes en busca de grabados o marcas, pero no vio ni una cosa ni la otra. ¿Seria solo un olvidado pasadizo para el servicio? Se sintió decepcionada.
Enseguida llego al pie de la escalera y se encontró tres portales igual de oscuros e imponentes. ¿Dónde estaba? Se le hacia fácil imaginar que un espacio así pudiera haber quedado olvidado en un castillo donde viva tanta gente, pero…
El suelo estaba cubierto de polvo. No había siquiera el menor rastro de huella.
Candy sabía como funcionaba aquello y levanto la vela para alumbrar los arcos que había sobre los portales en busca de alguna inscripción que hablara de la muerte segura que le aguardaba si pasaba por debajo de un arco en concreto.
Sopeso la madeja de hilo que llevaba en la mano, convertida ya en poco más que un bultito de hilo. Dejo en el suelo la vela y ató la otra madeja al extremo del hilo. Quizá debería haber cogido un mas. Bueno, al menos tenía una tiza.
Eligio la puerta del medio solo por que era la que tenía más cerca. Al otro lado, la escalera continuaba había abajo: de hecho, bajaba tanto que se pregunto si estaría ya por debajo del nivel del castillo. El pasadizo se había vuelto húmedo y frio, y la vela de Candy chisporroteo ante tanta humedad.
Había muchos pasadizos abovedados, pero Candy eligió ir recta, siguiendo la humedad que crecía a cada paso. Las paredes rezumaban agua y la piedra estaba resbaladiza debido a los hongos que llevaban siglos criándose libremente. Los zapatos de terciopelo rojo se le atoraron demasiado finos para la humedad de aquel lugar. Se habría planteado dar media vuelta ni no hubiera sido por el sonido que oyó.
Era agua que corría… lentamente. De hecho, al avanzar, el pasadizo se fue iluminando. No era luz de vela, sino la sueva luz blanca del exterior iluminado por la luna.
Se le acabo el hilo y lo dejo en el suelo. No había más gritos que señalizar. Sabia que era aquello…, aunque no se atrevía a albergar esperanzas de que fuera realmente lo que creía. Avanzo a toda prisa y resbalo en dos ocasiones, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que pensó que le iban a reventar los tímpanos. Ante ella apareció otro pasadizo abovedado y al otro lado…, al otro lado…
Candy se quedo mirando la cloaca que salía del castillo. El olor era desagradable como mínimo.
Se quedo ahí plantada, aun lado, observando la cancela abierta que daba a un arrollo ancho que indudablemente desembocaba en el mar o en el Avery. No había guardias ni cerraduras, aparte de la verja de hierro que había en la superficie, lo bastante alta para permitir el paso de la basura.
Había cuatro puertas mas –una de madera, otras de hierro- que daban a aquella salida. Debía de tratarse de una ruta de huida para el rey, aunque por el estado semiputrefacto de algunas barcas, se pregunto si el monarca sabría de su existencia.
Avanzo hasta la veja de hierro y metió la mano por unos de los huecos. El aire de la noche era fresco, pero no frio. Al otro lado del arroyo se alzaban imponentes arboles. Debía de estar en la parte de aras del castillo, en la parte que daba al mar…
¿Habría algún guardia apostado en el exterior? Encontró una piedra en el cuelo –un fragmento de techo caído– y la arrojo al agua al otro lado de la puerta. No se oyó ruido alguno de armadura ni movimiento, ni murmullos, ni maldiciones. Se quedo contemplando el otro lado. Había una palanca para subir la puerta para las barcas. Candy dejo la vela en el suelo, se quito la capa y se vacío los bolsillos. Se agarro con fuerza con las manos, puso un pie en la verja y luego el otro.
Seria facilísimo subir la puerta. Se sintió imprudente…, imprudente y temeraria. ¿Qué hacia ella en un palacio? ¿Por qué estaba ella -¡la Asesina de Adarlan!- participando en una competición absurda para demostrar que era la mejor? ¡Es que era la mejor!
Sin duda, ahora estarían borrachos. Podría coger una de las barcas menos maltrechas y desaparecer en la noche. Candy comenzó a escalar la verja. Necesitaba su capa. Oh, que necios habían sido al pensar que podían domarla. ¡A ella!
Resbalo en un travesando y apenas logro reprimir un grito mientras se aferraba a los barrotes, maldiciendo cuando se golpeo en la rodilla. Agarrada a la puerta, cerró los ojos. Solo era agua.
Se tranquilizo y dejo que sus pies volvieran a encontrar apoyo. La luz de la luna resultaba casi cegadora, tan brillante que las estrellas apenas se veían.
Sabía que podía escapar fácilmente, y que hacerlo seria una insensatez. El rey lograría encontrarla. Y Albert caería en desgracia y seria relevando de su puesto. Y la princesa Annie se quedaría sola en compañía de necios. Y…
Candy se puso recta y levanto la barbilla. No huiría de ellos como un delincuente común. Se enfrentaría a ellos –se enfrentaría al rey- se ganaría la libertad honradamente. ¿Por qué no iba a aprovecharse de la comida y el entrenamiento gratis durante un tiempo? Por no hablar de que tendría que acumular provisiones para su huida, y en eso podría tardar varias semanas. ¿Por qué apresurarse?
Candy volvió al punto de partida y recogió la capa. Pensaba ganar. Y cuando ganara, si en algún momento quería escapar de la servidumbre del rey…, bueno, ahora conocía un camino.
Aun así, le costo salir de aquella cámara. Dio gracias por el silencio reinante en el pasadizo mientras subía por la escalera, con las piernas cansadas de tantos escalones. Estaba haciendo lo que tenía que hacer.
No tardo en hallarse frente a los otros dos portales. ¿Qué otras decepciones encontraría en ellos? Había perdido el interés. Pero volvió a soplar la brisa, esta vez con tanta fuerza hacia el arco de la derecha que Candy dio un paso al frente. Se le erizo el vello de los brazos al ver como la llama de la vela se inclinaba hacia delante y apuntaba a una oscuridad que parcia mas negra que las demás. Por debajo de la brisa oyó unos susurros que le hablaban en idiomas olvidados. Se estremeció y decidió ir en dirección contraria y entrar por el portal de la izquierda. Seguir unos susurros en Samhuinn solo podía ocasionarle problemas.
A pesar de la brisa, el pasadizo era cálido. A cada escalón que subía por las escaleras de caracol, los susurros se fueron apagando. Subió más y más; lo único que oía era su respiración pesada y el ruido de los pies al arrastrarlos. Cuando llego a lo más alto no se encontró con ningún pasadizo lleno de recodos, sino con un pasillo recto que parecía extenderse eternamente. Lo siguió con los pies cansados. Pasando un rato, le sorprendió oír música.
En realidad se trataba de un gran jolgorio; demás, al frente vio una luz dorada que se filtraba a través de una puerta o una ventana.
Doblo una esquina y subió escalones que llevaban hasta un pasillo considerablemente más pequeño. De hecho, el techo era tan bajo que tuvo que agacharse mientras avanzaba hacia la luz. No era una puerta ni una ventana, sino una rejilla de bronce.
Candy parpadeo ante la luz al contemplar desde lo alto el banquee que se estaba celebrando en el gran salón.
¿Habrían construido aquellos túneles para espiar? Candy frunció el ceno. Había más de cien personas comiendo, cantando, bailando… Y ahí estaba Albert, sentado junto a un anciano, hablando y…
¿Riéndose?
La felicidad del capitán la hizo ruborizarse, y Candy dejo la vela en el suelo. Miro en dirección a la otra punta del enorme salón; había unas cuantas rejillas más justo debajo del techo, aunque no logro ver nada más allá de los adornos de metal. Candy se concentro en los bailarines. Entre ellos estaban algunos campeones, vestidos con ropa refinada, pero no lo suficiente para esconder sus pobres dotes para el baile. Nox, que ahora se había convertido en su compañero de entrenamiento, también estaba bailando, quizá de manera algo mas elegante que los demás…, aunque Candy compadecía a las damas que estaban bailando con el. Pero…
¿Los otros campeones tenían permitido asistir y ella no? Agarro la rejilla y apretó la cara contra ella para ver mejor. Ciertamente, había más campeones sentados en las mesas… ¡hasta Pelor, con su cara llena de granos, estaba sentado cerca de Albert! ¡Un asesino de medio pelo! Candy apretó los dientes. ¿Cómo se atrevían a negarle una invitación al banquete? La tirantez de su pecho se alivio solo ligeramente al comprobar que Neil no estaba entre los juerguistas. Al menos a él también lo tenían encerrado en una jaula.
Vio al príncipe heredero bailando y riéndose con una idiota rubia. Quiso odiarlo por negarse a invitarla; ¡al fin y al cabo, ella era su campeona! Pero… le costaba no mirarlo fijamente. No deseaba hablar con él, sino simplemente mirarlo, ver aquella gracia fuera de lo común, y la bondad en sus ojos, que había logrado que ella le hablara de Anthony. Aunque un Grandchester, era… Bueno, deseaba besarlo con todas sus fuerzas.
Candy frunció el ceño cuando acabo el baile y el príncipe heredero beso la mano de la mujer rubia. Aparto la mirada de la rejilla. Allí acababa el pasadizo volvió a mirar hacia el banquete y vio que Albert se levantaba de la mesa y echaba a andar en dirección a la salida del gran salón. Y ¿si entraba en sus aposentos y descubría que había desaparecido? ¿Acaso no le había prometido llevarle algo del banquete?
Candy refunfuño al acordarse de todos los escalones que había tenido que subir, recogió la vela y el hilo y se apresuro a regresar al consuelo que le ofrecían unos techos más altos mientras devanaba la madeja. Bajo la escalera corriendo, tomando los escalones de dos en dos.
Pasó a toda prisa por debajo de los portales y subió corriendo la escalera que llevaba hasta su habitación. La luz procedente de allí crecía a cada paso. Albert la encerraría en la mazmorra si la encontraba n un pasadizo secreto…, ¡sobre todo si el pasadizo llevaba al exterior del castillo!
Estaban sudando cuando llego a sus aposentos. Aparto la silla de una patada, cerro la puerta de piedra, la cubrió con el tapiz y se echo en la cama.
Después de haberse pasado varias horas divirtiéndose en el banquete, Terry entro en la habitación de Candy sin saber a ciencia cierta que estaba haciendo en los aposentos de una asesina a las dos de la madrugada. La cabeza le daba vueltas por culpa del vino, y estaba tan cansado por todo lo que había bailado que lo embargaba el convencimiento de que si se sentaba, acabaría durmiéndose. Los aposentos estaban sumidos en el silencio y la oscuridad, y el príncipe abrió una rendija de la puerta del dormitorio para mirar adentro.
Aunque Candy estaba dormida sobre la cama, aun llevaba aquel curioso vestido. El príncipe no sabía por que, pero ahora que estaba despatarrada sobre la manta roja, le parecía que el vestido le quedaba mucho mejor. Tenía el pelo dorado extendido a su alrededor, y a sus mejillas asomaba un arrebol.
A su lado había un libro tirado, abierto a la espera de que ella pasara la página. Terry se quedo en el umbral, pues le daba miedo que Candy se despertara si daba un paso más. Menuda asesina. Ni siquiera se había removido. Pero en su cara no había ni rastro de la asesina. Ni una sombra de agresividad ni de crueldad en sus rasgos.
En cierto modo, podía decirse que la conocía. Y sabia que no le haría daño, aunque no tuviera sentido. Cuando hablaban, por afiladas que fueran normalmente las palabras de la muchacha, Terry se sentía igual, después de los que le había contado de Anthony, fue quien fuera. Así que allí estaba el, en plena noche. Ella coqueteaba con el, pero ¿lo hacia en serio? Oyó un ruido y vio a Albert de pie al otro lado dl vestíbulo.
El capitán avanzo hacia Terry y lo agarro del brazo. Terry sabia que no era recomendable resistirse. Su amigo lo arrastro por el vestíbulo y se detuvo a la puerta que daba al pasillo.
-¿Qué haces aquí? –pregunto Albert entre dientes.
-¿Qué haces tú aquí? –replico Terry intentado no levantar la voz. No podía haberle hecho una pregunta mejor. Si Albert se pasaba tanto tiempo alertándolo sobre el peligro de relacionarse con Candy, ¿Qué hacia el allí en plena noche?
-¡Por el Wyrd, Terry! Es una asesina. Por favor, por favor dime que es la primera ves que vienes aquí –Terry no pudo evitar sonreír-. Ni siquiera quiero que me expliques. Simplemente has el favor de largarte, idiota inconsciente. Fuera.
Albert lo agarro del cuello de la chaqueta. Terry podría haberle pegado un puñetazo a su amigo si Albert no hubiera sido tan rápido. Antes de saber que le estaba pasando, el capitán lo lanzo bruscamente al pasillo y cerro la puerta tras el.
Terry, por algún motivo no durmió ben esa noche.
Albert Andley respiro hondo. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Tenia derecho a tratar al príncipe heredero de Adarlan de aquel modo cuando el mismo estaba haciendo algo irracional? No comprendía por que le había dado tanta rabia ver a Terry plantado ante el umbral, no quería comprender el motivo de tamaño enfado. No eran celos, si no algo más. Algo que transformaba a su amigo en otra persona, alguien a quien no conocía. Ella era virgen, lo que se deducía de la manera en la que trataba a los hombres, pero ¿lo sabría Terry? Seguramente eso haría que le interesara aun más. Suspiro, abrió la puerta y se estremeció al comprobar que crujía.
Candy seguía vestida y, aunque estaba preciosa, eso no lograba ocultar el potencial asesino que escondía aquella muchacha. Estaba presente en su poderosa mandíbula, el la inclinación de sus cejas, en la perfecta quietud de su figura. Era una espada afilada creada por el Rey de los Asesinos para su propio beneficio. Era un animal dormido –un gato montes o un dragón- y sus manchas de poder estaba por todas partes. Albert negó con la cabeza y entro al dormitorio.
Al oír sus pasos, Candy abrió un ojo.
-Aun no es de día –protesto, y se dio media vuelta.
-Te he traído un regalo.
Se sintió extremadamente tonto, y durante unos segundos se planteo a salir corriendo se sus aposentos.
-¿Un regalo? –pregunto. Se volvió hacia el y parpadeo.
-No es nada. Los repartían en la fiesta. Dame la mano.
Era mentira. Bueno, mas o menos. Se los habían regalado a las mujeres de la nobleza y él había robado uno de la cesta. La mayoría de las mujeres jamás se los pondrían; los guardarían o se los darían a su criada favorita.
-Deja que lo vea –dijo ella, y extendió el brazo.
Albert rebusco en sus bolsillos y caso el regalo.
-Toma.
Se lo dejo en la palma de la mano.
Candy lo examino y sonrió, somnolienta.
-Un anillo –dijo mientras se lo ponía -. Que bonito.
Era sencillo: estaba hecho de plata, y su único adorno consistía en una amatista del tamaño de una incrustada en el centro. La superficie de la joya era lisa y redondeada, y brillaba ante la asesina con un ojo morado.
-Gracias –añadió mientras se le cerraban los ojos.
-Llevas puesto el vestido, Candy –dijo Albert, todavía ruborizado.
-Me cambiare dentro de un momento –contesto ella. El capitán sabía que no lo haría -. Solo necesito… descansar.
Se quedo dormida con una mano sobre el pecho y el anillo descansando sobre el corazón. Con un suspiro contrariado, el capitán cogió una manta del sofá y la cubrió con ella. Tuvo la tentación de quitarle el añillo del dedo, pero… Bueno, aquella imagen le transmitía paz. Se froto el cuello, con la cara todavía arrebolada, y salió de sus aposentos preguntándose como exactamente iba a explicarse a Terry al día siguiente.
