(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 25.
Candy soñó que volvía a recorrer el largo pasadizo secreto. No llevaba vela ni hilo para no perderse. Eligio el portal de la derecha, ya que otros dos eran fríos y húmedos y poco acogedores y este parcia cálido y agradable. Y el olor… no era a moho, sino a rosas. El pasadizo estaba lleno de recodos y Candy tuvo que bajar la escalera estrecha. No sabía por que, pero evitaba rozar la piedra. La escalera bajaba abruptamente, dando vueltas y más vueltas, y ella seguía el aroma a rosas siempre que se encontraba ora puerta o arco. Cuando ya se estaba cansando de andar tanto, llego al pie de una escalera estrecha y allí se detuvo. Estaba ante una vieja puerta de madera.
En el centro había una aldaba de bronce con forma de cráneo que parcia estar sonriéndole. Espero sentir aquella terrible brisa, u oír a alguien gritar y olía estupendamente, así que Candy armada de valor, giro el picaporte. La puerta se abrió sin hacer ruido.
Esperaba encontrarse una habitación oscura y olvidada, pero era muy diferente. A través de un agujerito en el techo se colocaba un rayo de luz de luna y caía sobre la cara de una hermosa estatua de mármol tendida sobre una losa de piedra. No…, no era una estatua. Era un sarcófago. Era una tumba.
En el techo de piedra había grabados unos arboles que se extendían por encima de la figura de la mujer dormida. Junto a la mujer había un segundo sarcófago con la figura de un hombre. ¿Por qué la cara de la mujer estaba bañada por la luz de la luna y la del hombre estaba a oscuras?
Era guapo, tenia la barba recortada, la frente ancha y despejada y la nariz recta y robusta. Llevaba una espada de piedra entre las manos, y la empuñadura reposaba sobre su pecho. Candy se quedo sin aliento. Sobre su cabeza descansaba una corona.
La mujer también llevaba corona. No era enorme no de mal gusto, sino que un aro del que salía un esbelto pico con una joya azul incrustada en el centro…, la única joya que había en toda la estatua. Su pelo largo y ondulado, se derrama alrededor de la cabeza y caía sobre un lateral de la tapa de una manera que Candy habría jurado que era real. La luz de la luna caía sobre la cara y a Candy le tembló la voz al estirar el brazo y tocar la lisa y juvenil mejilla.
Estaba fría y dura, como corresponde a una estatua.
-¿Qué reina eras tú? –pregunto, y su voz reverbero por toda la cámara en silencio.
Le paso la mano por los labios y luego por la frente. Entorno los ojos. En la superficie había grabada una marca, prácticamente invisible a la vista. Le repaso con el dedo un y otra vez. Candy decidió que la luz de la luna debía de estar haciéndola menos visible y protegió aquel punto con la mano. Un diamante, dos flechas atravesando el costado y una línea vertical partiéndolo en dos…
Era la marca del Wyrd que había visto antes. Dio un paso atrás para apartarse de los sarcófagos y de repente sintió frio. Aquel era un lugar prohibido.
Tropezó con algo y, al trastabillar, se fijo en el suelo. Se quedo boquiabierta: estaba cubierto de estrellas, de grabados en relieve que reflejaban el cielo por la noche. Y el techo representaba la tierra. ¿Por qué estaban cambiados? Miro las paredes y se llevo una mano al corazón.
En las paredes había grabadas incontables marcas del Wyrd. Describían arabescos, líneas y cuadros. Las pequeñas marcas del Wyrd componían marcas grandes, y las mas grandes componían otras aun mayores, hasta que le pareció que la sala significaba algo que ella no llegaba a entender.
Candy se fijo en los ataúdes de piedra. Había algo escrito a los pies de la reina. Se acerco a la figura de la mujer. En letras de piedra se leía: "¡Ah! ¡La grieta del tiempo!".
Aquello no tenia sentido. Debían de ser gobernantes importantes y tremendamente antiguos, pero…
Se acerco de nuevo a la cabeza. Había algo tranquilizador y familiar en la cara de la reina, algo que le recordaba el olor a rosas. Pero seguía habiendo algo raro en ella.
Candy estuvo a punto de gritar al verlas: las orejas puntiagudas y arqueadas. Las orejas de las hadas, las inmortales. Pero ningún hada se había casado con ningún miembro de la casa de Grandchester durante mil años, y solo había habido una, y para colmo había sido una mestiza. De ser cierto. Si era un hada o un hada mestiza, entonces era… era…
Candy tropezó al apartarse de la mujer y se golpeo contra la pared. Una nube de polvo se levanto a su alrededor.
Entonces aquel hombre era Gavin, el primer rey de Adarlan. Y aquella era Elena, la primera princesa de Terrasen, la hija de Brannon, y la reina y esposa de Gavin.
El corazón de Candy latió con tanta fuerza que sintió nauseas, pero era incapaz de lograr que sus pies se pusieran en movimiento. No debería haber entrando en la tumba, no debería haberse internado en los lugares sagrados de los muertos estando ella tan mancillada y corrompida por sus crimines. Algo la perseguiría, la atormentaría y la torturaría por perturbar su tranquilidad.
Pero ¿Por qué estaba su tumba tan descuidada? ¿Por qué no había ido nadie a honrar a los muertos aquel día? ¿Por qué no habían depositado flores junto a su cabeza? ¿Por qué olvidado a Elena Galathynius Grandchester?
En la otra puna de la cámara se amontonaban joyas y armas. Una espada ocupaba un lugar prominente delante de una armadura dorada. Candy conocía aquella espada. Avanzo hacia el tesoro. Era la legendaria espada de Gavin, la espada que había blandido en las feroces guerras que habían estado a punto de desgarrar el continente, la espada que había matado al Señor Erawan. Mil años después, no se había oxidado. Aunque la magia se hubiera desvanecido, parecía que el poder que había forjado la hoja de la espada seguía vivo.
-Damaris –susurro llamando a la espada.
-Conoces su historia –dijo una suave voz de mujer, y Candy dio un respingo. Se le escapo un grito cuando tropezó con una lanza y se cayó en un cofre lleno de oro. La voz se echo a reír. Candy busco una daga, un candelero, cualquier cosa. Pero entonces vio a la dueña de la voz y se quedo helada.
Era imposiblemente hermosa. Su pelo plateado caía alrededor de su cara juvenil como un rio de luz de luna. Sus ojos eran de un azul brillante y cristalino, y su piel era blanca como el alabastro. Además, tenía las orejas ligeramente puntiagudas.
-¿Quién eres? –susurro la asesina. Ya conocía la respuesta, pero quería oírla.
-Tú sabes quien soy –dijo Elena Grandchester.
En el sarcófago habían reflejado a su imagen a la perfección. Candy no se movió del cofre donde había caído, aunque le dolía la espalda y las piernas.
-¿Eres un fantasma?
-No exactamente –dijo la reina Elena ayudando a la muchacha a levantarse del cofre. Su mano era fría, pero real -. No estoy viva, pero mi espíritu no frecuenta este lugar –miro hacia el techo y su rostro adopto una expresión de gravedad-. He arriesgado mucho viniendo aquí esta noche.
Candy, a pesar de todo, retrocedió un paso.
-¿Arriesgado?
-No puedo quedarme mucho tiempo… y tú tampoco –dijo la reina. ¿Qué clase de sueño era aquel?-. De momento están distraídos, pero…
Elena Grandchester miro hacia el sarcófago de su marido.
A Candy le dolía la cabeza. ¿Gavin Granchester estaría distrayendo a alguien que se encontraba por encima de ella?
-¿A quien hay que distraer?
-A los ocho guardianes; ya sabes a quien me refiero.
Candy se quedo mirándola sin entenderla, pero de pronto lo comprendió.
-¿Las gárgolas de la torre del reloj?
La reina sintió con la cabeza.
-Vigilan el portan entre nuestros mundos. Hemos logrado ganar algo de tiempo y he podido colarme… -agarro a Candy de los brazos. Para su sorpresa, le dolió-. Tienes que prestarme atención. Nada es casual. Todo tiene un objetivo. Tienes que venir a este castillo del mismo modo que tenias que ser una asesina a sueldo, para aprender las destrezas necesarias para sobrevivir.
Candy volvió a sentir nauseas. Deseo que Elena no le hablara de los que su corazón se negaba a recordar. Deseo que la reina no mencionara lo que había pasado tanto tiempo olvidando.
-En este castillo mora algo malvado, algo lo bastante perverso para hacer temblar las estrellas. Su maldad resuena en todos los modos –prosiguió la reina-. Debes detenerlo. Olvídate de tus amistades, olvídate de tus dudas y juramentos. Destrúyelo antes de que sea demasiado tarde, antes de que abra un portal tan amplio que no haya forma de dar marcha atrás –de pronto volvió la cabeza, como si hubiera oído algo-. Se nos acaba el tiempo –dijo, con los ojos en blanco -. Tienes que ganar la competición y convertirte en la campeona del rey. Tú comprendes la difícil situación del pueblo. Erilea necesita que seas la campeona del rey.
-Pero ¿Qué es…?
La reina se metió las manos en los bolsillos.
-No deben encontrarte aquí. Si te encuentran…, todo estará perdido. Ponte esto –dijo, y deposito algo frio y metálico en la mano de Candy-. Te protegerá de todo mal –tiro de Candy hasta la puerta-. Esta noche alguien te ha hecho venir, pero no he sido yo. A mi también me han hecho venir. Alguien quiere que descubras la verdad; alguien quiere que abras los ojos… -miro bruscamente a un lado al oír un gruñido -. Ya vienen –susurro.
-¡No lo entiendo! No soy… ¡No soy quien crees que soy!
La reina Elena le puso las manos sobre los hombros y le beso la frente.
-El valor del corazón es algo infrecuente –dijo con una calma repentina-. Deja que te guie.
Un aullido hizo temblar las paredes y a la muchacha se le helo la sangre en las venas.
-Vete –dijo la reina empujándola hacia el pasillo -. ¡Corre!
Candy no necesitaba más ánimos. Subió la escalera tambaleándose. Huyo tan deprisa que no tenia ni idea de donde iba. Mas abajo oyó un grito y unos gruñidos y se le hizo un nudo en el estomago mientras subía sin parar. De pronto vio la luz de sus aposentos y, al acercarse a ella, oyó una tenue voz gritar a sus espaldas, casi como si de repente comprendiera algo horrorizada.
Candy entro a toda velocidad en su habitación y alcanzo a ver la cama antes de que todo se oscureciera.
Candy abrió los ojos. Respiraba con dificultada y seguía llevando el vestido. Pero estaba a salvo…, a salvo en su habitación. ¿Por qué era tan propensa a tener sueños extraños y desagradables? Y ¿Por qué estaba sin aliento? "¡Conque tenia que encontrar y destruir l mal que acechaba en el castillo!"
Candy se dio media vuela, y se habría dormido gustosa otra vez de no haber sido por el metal que se le clavaba en la palma de la mano. "por favor, dime que es el anillo de Albert"
Pero sabía que no lo era. En su mano había un amuleto de oro del tamaño de una monada y una delicada cadena. Se resistió al impulso de gritar. Hechos de intrincadas bandas metálicas, dentro del borde redondo del amuleto había una pequeña joya azul que le daba al centro del amuleto la apariencia de un ojo. Una línea lo atravesaba de parte a parte. Era precioso, extraño y…
Candy miro el tapiz. La puerta estaba ligeramente entreabierta.
Se levanto de un salto de la cama y se estampo contra la pared con tanta fuerza que su hombro sonó con un feo crujido. A pesar del dolor, echo a correr hacia la puerta y la cerro del todo. Lo último que necesitaba era que lo que hubiera ahí abajo entrara en sus aposentos. O que Elena se presentara de nuevo.
Jadeando, Candy dio un paso atrás y se quedo mirando el tapiz. La figura de la mujer que salía detrás del baúl de madera. Sobresaltada, comprendió que era Elena, estaba de pie justo donde se encontraba la puerta. Una inteligente señal.
Candy echo mas troncos al fuego, se puso rápidamente el camisón y se coló en la cama agarrando con fuerza su cuchillo improvisado. El amuleto estaba donde lo había dejado. "Te protegerá…".
Candy volvió a mirar hacia la puerta. Ni gritos, ni aullidos…, nada que indicara lo que acababa de suceder. Aun así…
Candy se maldijo por hacerlo, pero se apresuro a ponerse la cadena al cuello. Era ligera y cálida. Se tapo hasta la barbilla, cerro los ojos con fuerza y espero la llegada del cuelo o de unas zarpas que la agarraran para decapitarla. Si no había sido un sueño…, si no había sido una especia de alucinación…
Candy aferro el colgante. Podía convertirse en la campeona del rey. Pensaba hacerlo, de todos modos. Pero ¿Cuáles eran las razones de Elena? Eriela necesitaba que el campeón del rey fuera alguien que entendiera el sufrimiento de las masas. Aquello parecía lo bastante sencillo. Pero ¿Por qué tenia que ser Elena quien se lo contara? Y ¿Qué relación tenía eso con su primera orden: encontrar y destruir el mal que acechaba en el castillo?
Candy tomo aire y se acurruco aun más contra las almohadas. ¡Había sido una estúpida por abrir la puerta secreta en Samhuinn! ¿Todo aquello lo había provocado ella? Abrió los ojos y miro el tapiz.
"Encuentra la fuente del mal"
¿Acaso no tenia ya suficientes preocupaciones? Iba a cumplir la segunda orden de Elena…, pero la primera… Eso podía meterla en un lio. Además. ¡Tampoco podía ponerse a fisgonear por el castillo siempre que quisiera!
Pero… si existía una amenaza así, su vida no era lo único que estaba en peligro. Y aunque hubiera estado más que contenta si alguna fuerza siniestra acababa con Neil, Perrigton, el rey y Kaltain Rompier, so les pasaba algo a Annie, a Albert o a Terry…
Candy tomo aire y se estremeció. Los menos que podía hacer era buscar pistas en la tumba. Quizá descubriera algo relacionado con el propósito de Elena. Y si no obtenía ningún resultado…, bueno, al menos lo habría intentado.
La brisa fantasma invadió la habitación con su olor a rosas. Paso mucho rato antes de que Candy cayera en un sueño inquieto.
