(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 26.
Las puertas de su dormitorio se abrieron de par en par y en un instante, Candy ya estaba de pie con un candelabro en la mano.
Pero Albert no le presto atención al entrar como un vendaval, apretando los dientes. Candy protesto y se dejo caer de nuevo sobre la cama.
-¿Es que no duermes nunca? –farfullo tapándose con las mantas -. ¿No estuviste de celebración hasta las tantas de la madrugada?
Albert se llevo una mano a la espada, destapo a la muchacha y la saco de la cama a rastras agarrándola del codo.
-¿Dónde estuviste anoche?
Candy procuro olvidar el miedo que le atenazaba la garganta. Era imposible que el capitán supiera de los pasadizos, así que se limito a sonreírle.
-Aquí, por supuesto. ¿Acaso no me visitaste para darme esto?
Candy se negó a retroceder mientras el estructuraba su cara, luego sus manos y luego el resto de su cuerpo. Ella hizo lo propio. El capitán llevaba la camisa desabotonada a la altura del cuello y ligeramente arrugada… y su pelo corto estaba despeinado. Fuera lo que fuera lo que había llevado hasta allí, era una emergencia.
-¿A que viene esto? ¿Es que no tenemos una prueba esta mañana?
Candy se toqueteo las uñas a la espera de que Albert respondiera.
-Se ha cancelado. Esta mañana hemos encontrado muerto a otro campeón. Xavier…, el ladrón de Melisande.
Candy levanto los ojos y luego volvió a mirarse la uñas.
-¿Es que crees que lo he matado yo?
-Espero que no, por que el cadáver estaba medio comido.
-¡Comido! –exclamo Candy, y arrugo la nariz. Se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama y se apoyo en las manos-. Que truculento. Quizás haya sido Neil; es lo bastante bestia para hacer algo así.
Se le encogió el estomago. Otro campeón asesinado. ¿Tendría algo que ver con el mal que había mencionado Elena? Los asesinatos del Comeojos y de los otros dos campeones no habían sido casualidad, ni una reyerta de borrachos, tal como había determinado la investigación. No, había una pauta.
Albert resoplo.
-Me alegro de que te parezca gracioso el asesinato de un hombre.
Candy se obligo a sonreírle.
-Neil es el candidato más probable. Tú eres de Anielle: deberías saber mejor que nadie como son los habitantes de las montañas de Colmillo Blanco.
Albert se paso una mano por su pelo corto.
-No acuses tan alegremente. Aunque Neil sea un bruto, es el campeón del duque Perrigton.
-¡Y yo soy la campeona del príncipe heredero! –se echo el pelo por detrás del hombro-. Creía que eso significaba que puedo acusar a quien me plazca.
-Dímelo sin rodeos: ¿Dónde estuviste anoche?
Candy se puso resta y lo miro a los ojos.
-Como podrían atestiguar mis guardianes, me he pasado la noche entera aquí. Aunque si el rey quiere interrogarme, siempre puedo decirle que tú también puedes dar fe de que lo que digo es cierto.
Albert se quedo mirando el anillo y ella oculto su sonrisa mientras un ligero arrebol asomaba a las mejillas del capitán.
-Seguro que te complace aun más saber que tú y yo no vamos a entrenar hoy.
Candy sonrió al oírlo y suspiro mientras volvía a colarse bajo las mantas y se acurrucaba contra las almohadas.
-Me complace enormemente –tiro de las mantas hasta que le llegaron a la barbilla y le hizo ojitos-. Y ahora fuera. Voy a celebrarlo durmiendo cinco horas más.
Era mentira, pero él se lo creyó.
Candy cerró los ojos antes de poder ver como Albert la fulminaba con la mirada, y sonrió para si al oírlo salir de la habitación. Solo se incorporo cuando oyó el portazo.
¿Se habían comido al campeón?
La ultima noche en su sueño… No, no había sido un sueño. Había sido real. Los alaridos de todas aquellas criaturas… ¿Una de ellas habría matado a Xavier? Pero estaban en la tumba, no había modo de que se hubieran colado en los corredores del castillo sin que nadie las hubiera visto. Algunas alimañas debían de haber encontrado el cadáver antes que los guardias. Unas alimañas muy, muy hambrientas.
Volvió a estremecerse y salió de debajo de las mantas. Necesitaba fabricarse unas cuantas armas más y encontrar el modo de reforzar las cerraduras de puertas y ventanas.
Mientras preparaba sus defensas n dejaba de asegurarse que no había nada de lo que preocuparse. Pero con unas cuantas horas de libertad por delante, cargo con todas las que pudo, cerro con llave la puerta de su habitación y se color en la tumba.
Candy recorrió la tumba entera gruñendo para sus adentros. Allí no había nada que explicara las razones de Elena ni cual era la fuente de aquel misterioso mal. Absolutamente nada.
Durante el día, en la tuba entraba un rayo de sol que hacia que todas las motas de polvo que ella removía se arremolinasen como copos de nieve. ¿Cómo era posible que hubiera luz a aquella profundidad por debajo del castillo? Candy se paro debajo de la rejilla del techo y contemplo la luz que se colaba por ella.
Los lados del hueco brillaron: estaban recubiertos de oro pulido. Mucho oro pulido, puesto que se reflejaban como los rayos del sol hasta ahí abajo.
Candy se paseo entre los dos sarcófagos. Aunque llevaba encima tres armas improvisadas, no encontró ni rastro de la criatura que había estado gruñendo y chillando la noche anterior. Y tampoco hallo ni rastro de Elena.
La asesina se detuvo junto al sarcófago de Elena. La joya azul incrustada en su corona de piedra emitió una pulsación bajo la tenue luz del sol.
-¿Cuál fue tu intención al decirme esas cosas? –mustio en voz alta, y su voz reboto en las paredes, llenas de intrincados grabados-. Llevas mil años muerta. ¿Por qué sigues preocupándote por Erilea?
Y ¿Por qué no se lo pedía a Terry, o a Albert, o a Annie, o a alguna otra persona?
Candy pasó un dedo por la respingona nariz de la reina.
-Cualquiera habría pensado que tendrías mejores cosas que hacer en la otra vida.
Aunque intento sonreír, su voz sonó más baja d los que hubiera querido.
Debía irse, aun con la puerta de su habitación cerrada con llave, alguien iría a buscarla antes o después. Y dudaba mucho que nadie la creyera si decía que la primera reina de Adarlan le había encargado una misión importante. De hecho, hizo una mueca al comprender que tendría suerte si no la acusaban de traición y de usar magia. Eso le garantizaría volver a Endovier, desde luego.
Después de recorrer la tumba por última vez, Candy se marcho. Allí no había nada que pudiera resultarle de utilidad. Además, si Elena estaba tan interesada en que se convirtiera en la campeona del rey, no podía pasarse todo el tiempo persiguiendo aquel mal que acechaba en el castillo. Seguramente aquello haría que empeoraran sus posibilidades de ganar. Candy subió los escalones a toda prisa mientras su antorcha proyectaba extrañas sombras en las paredes. Si aquel mal era tan amenazador como Elena lo pintaba, ¿Cómo iba a poder derrotarlo ella?
No es que la idea de algo malvado que morara en el castillo le diera miedo.
No. No era eso. Candy resoplo. Se concentraría en convertirse en la campeona del rey. Y entonces, si ganaba, intentaría encontrar aquel mal.
Quizá.
Una hora después, flanqueada por guardias, Candy mantuvo la cabeza bien alta mientras recorrían los pasillos en dirección a la biblioteca. Sonrió abiertamente a los jóvenes caballeros con los que se cruzaron… y sonrió con suficiencia a las cortesanas que pasaban revista a su vestido rosa y blanco. No le extrañaba: el vestido era espectacular. Y con el puesto, ella tenía una pinta espectacular. Hasta Ress, uno de los guardias más guapos de los que había apostados junto a la puerta de sus aposentos, se lo habían dicho. Naturalmente, no le había resultado demasiado difícil convencerlo para que la acompañara a la biblioteca.
Candy sonrió para sus adentros al saludar con la cabeza a un noble, que arqueo las cejas al verla. La asesina reparo en que estaba palidísimo cuando abrió la boca para decir algo, pero Candy siguió andando por el pasillo y apretó el paso al oír voces de hombres discutiendo que rebotaban en las piedras según se acercaban a un recodo.
Candy se apresuro y no presto atención al chasquido de la lengua que emitió Ress cuando doblo la esquina. Conocía aquel olor demasiado bien. El penetrante olor de la sangre y el hedor de la carne en descomposición.
Pero no se esperaba ver lo que vio. "Medio comido" era una manera agradable de describir lo que quedaba del delgado cuerpo de Xavier.
Uno de sus escoltas maldijo entre dientes, y Ress se acerco mas a ella, le apoyo una mano en la espalda ligeramente y la conmino a que no se parara. Ninguno de los hombres allí reunidos la miro mientras pasaba junto a la escena y lograba ver mejor el cadáver.
La cavidad torácica de Xavier estaba abierta en dos y le habían extraído los órganos vitales. A menos que alguien los hubiera retirado al encontrar el cadáver, no había ni rastro de ellos. Y su larga cara, desprovista de carne, seguía contraída en un grito silencioso.
Aquel asesinato no había sido fortuito. Xavier tenía un agujero en lo alto de la cabeza y Candy alcanzo a ver que también le habían extraído el cerebro. Pero los manchurrones de sangre de la pared parecía que alguien había estado escribiendo algo y luego lo había borrado. Pero aun podía verse parte de lo que habían escrito. Candy intento no quedarse boquiabierta al verlo. Marcas del Wyrd. Tres marcas del Wyrd que formaban un arco que en algún momento debía haber sido un círculo junto al cadáver.
-Santos dioses –murmuro unos de los guardias mientras desaparecían entre el gentío presente en la escena del crimen.
No le extrañaba que Albert estuviera tan desencajado aquella misma mañana. Candy estiro la espalda. Y ¿el capitán pensaba que aquello lo había hecho ella? Que necio. Si hubiera querido eliminar a sus competidores uno por uno, lo habría hecho de un modo rápido y limpio: un cuello rebanado, un cuchillo en el corazón, una copa de vino envenado. Aquello era de mal gusto. Y extraño, ya que las marcas del Wyrd lo convertían en algo más que un brutal asesinato. Algo ritual, quizá.
Alguien se aproximaba de frene. Era Tumba, el asesino sanguinario, que contemplaba el cadáver a distancia. Su mirada, oscura e inmóvil como una charca, se cruzo con la de Candy. Ella hizo caso omiso de sus dientes podridos y señalo con un movimiento de la cabeza los restos de Xavier.
-Una pena –dijo sin que pareciera que lo lamentaba demasiado.
Tumba rio entre dientes y se metió los nudosos dedos en los bolsillos de sus pantalones, sucios y gastados. ¿Es que su patrocinador no se molestaba en vestirlo adecuadamente? Obviamente, no, teniendo en cuenta que su patrocinador era lo bastante asqueroso y estúpido para elegirlo a el como campeón.
-Que lastima –contesto tumba encogiéndose de hombros al cruzarse con ella.
Ella asintió con laconismo y, a su pesar, mantuvo la boca cerrada mientras seguía andando por el pasillo. Ahora solo quedaban dieciséis: dieciséis campeones, y cuatro de ellos debían enfrentarse en un duelo. El torneo se estaba poniendo difícil. Debería haberle dado las gracias al dios macabro que había decidido poner la vida de Xavier, pero por algún motivo no podía.
Terry blandió la espada y soltó un gruñido cuando Albert desvió el golpe fácilmente. Le dolían los músculos después de haberse pasado varias semanas sin practicar, y le faltaba el aliento al tirarle una estocada tras otra.
-Este es el resultado de un comportamiento ocioso –bromeo Albert haciéndose a un lado para que Terry trastabillara al intentar embestirlo. Recordaba un tiempo en el que ambos habían demostrado las mismas habilidades…, aunque eso había sido hacia mucho. Aunque seguía disfrutando de la lucha con la espada, Terry había acabado prefiriendo los libros.
-He tenido reuniones y cosas importantes que leer –dijo Terry jadeando, y arremetiendo contra el capitán.
Albert esquivo el golpe, amagó y le tiro una estocada tan fuerte que Terry tuvo que dar un paso atrás. El capitán se animo.
-Reuniones que has aprovechado como escusa para discutir con el duque Perrigton –Terry blandió la espada y Albert se puso a la defensiva-. O a lo mejor es que estas demasiado ocupado visitando los aposentos de White en plena noche –las gotas de sudor perlaban la frente de Albert-. ¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
Terry soltó un gruñido cuando Albert paso al ataque, y cedió terreno, un paso tras otro, con los muslos doloridos.
-No es lo que estas pensando –dijo entre dientes-. No paso las noches con ella. Aparte de anoche, solo la he visitado una vez, y se comporto de un modo algo menos acogedor, no te preocupes.
-Al menos uno de los dos tiene sentido común –Albert asestaba cada golpe con tanta precisión que Terry no pudo por menos de admirarlo-. Porque esta claro que tu has perdido el juicio.
-Y ¿Qué me dices de ti? –pregunto Terry-. ¿Quieres que hable de como apareciste en sus aposentos anoche…, la misma noche en la que murió otro campeón?
Terry fintó, pero Albert no cayo en la trampa, si no que le asesto un golpe tan fuerte al príncipe retrocedió tambaleándose, intentando no caerse. Terry hizo una mueca al ver la ira que bullía en los ojos de Albert.
-Esta bien, ese ha sido un golpe bajo –reconoció levantando la espada para desviar otro golpe-. Pero aun así quiero una respuesta.
-Quizá no la tenga. Como tu has dicho, no es lo que estas pensando –Albert lo fulmino con la mirada, pero antes de que Terry pudiera discutirlo, su amigo cambio de tema radicalmente-. ¿Qué tal los asuntos de la corte? –pregunto respirando con dificultad. Terry entorno los ojos. Por eso estaba allí. Si tenia que pasar un momento más sentado mientras su madre recibía a la corte, iba a volverse loco-. ¿Tan terrible es?
-Cállate –le espeto Terry, y entrechocó su espada con la de Albert.
-Hoy ha debido de ser excepcionalmente horrible para ti. Me juego algo a que todas las damas te suplicaban que las protegieran del asesino que anda suelto dentro del castillo.
Albert sonrió con malicia, pero su mirada no lo reflejo. Tomarse tiempo para entrenar con el habiendo un cadáver fresco en el castillo era un sacrificio que a Terry le había sorprendido que Albert hubiera estado dispuesto a hacer, Terry sabia lo importante que era su puesto para su amigo.
Terry se quedo quieto de repente y estiro la espalda. Albert debería estar haciendo cosas más importantes.
-Bata –dijo envainando su estoque. Albert hizo lo propio.
Salieron de la sala de entrenamiento en silencio.
-¿Has tenido noticias de tu padre? –pregunto Albert en un tono de voz que daba a entender que sabia que algo andaba mal-. Me pregunto adonde habrá ido.
Terry soltó un largo suspiro para poder fin a sus jadeos.
-No, no tengo la menor idea. Recuerdo que cuando éramos niños, él ya se marchaba así, sin más, pero hacia años que no sucedía. Seguro que esta haciendo algo especialmente desagradable.
-Cuidado con lo que dices, Terry.
-O ¿Qué? ¿Me encerraras en las mazmorras? –no quería hablarle de mala manera, pero apenas había dormido la noche anterior, y la circunstancia de que un campeón apareciera muerto no había hecho que le mejorara el humor. Como Albert no se molesto en contestar, Terry pregunto-: ¿Crees que alguien quiera matar a todos los campeones?
-Quizá. Pudo entender que alguien quiera acabar con la competencia, pero hacerlo de un modo tan brutal… Espero que no se convierta en una pauta de comportamiento.
A Terry se le helo la sangre.
-¿Crees que intentaran matar a Candy?
-He apostado a unos cuantos guardias más alrededor de sus dependencias.
-¿Para protegerla o para evitar que salga?
Se quedaron parados en el cruce de pasillos de donde se separarían para dirigirse cada uno a sus aposentos.
-¿Cuál es la diferencia? –pregunto Albert en voz baja-. De todos modos, no te importa. La visitaras independientemente de los que yo diga, y los guardias no te lo impedirán porque eres el príncipe.
Había un trasfondo tan derrotista y tan amargo en las palabras que Terry, durante un instante, se sintió mal. Debía mantenerse apartado de Candy: Albert ya tenía suficientes motivos de preocupación. Pero entonces pensó en la lista que había confeccionado su madre y decidió que el también tenia mas que suficientes.
-Tengo que echarle otro vistazo al cadáver de Xavier. Te veré esta noche en el salón para cenar –dijo Albert, y echo a andar hacia sus aposentos.
Terry se quedo mirándolo. El amino de vuelta a su torre se le hizo sorprendentemente largo. Abrió la puerta de madera que daba a sus dependencias y se desvió de camino al cuarto de baño. Tenía toda la torre para si, aunque sus aposentos solo ocupaban el piso de arriba. Le servían para refugiarse de todo el mundo, pero aquel día se le antojaron vacíos.
