(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 27.
Más tarde, esa noche, Candy estaba mirando la torre del reloj, más negra como el ébano. Cada vez se volvía más oscura, como si pudiera absorber los moribundos rayos del sol. En lo más alto, las gárgolas permanecían inmóviles. No se habían movido ni un dedo. Los guardianes, las había llamado Elena. Pero guardianes ¿de que? A Elena le daban el miedo suficiente para mantenerla a distancia. Seguramente, si hubieran sido el mal que había mencionado Elena, lo habría dicho sin ambages. Candy no se planteaba investigarlo en aquel momento… y menos cuando eso podía meterla en un lio y quien sabe si matarla antes de que pudiera convertirse en la campeona del rey.
Aun así ¿Por qué Elena había tenido que ser tan ambigua con respecto a todo?
-¿Por qué estas tan obsesionada con esas feas criaturas? –pregunto Annie a su espalda.
Candy se volvió para mirar a la princesa.
-¿Crees que se mueven?
-Están hechas de piedra, Lillian –dijo la princesa en el idioma común, con un acento eyllwe ligeramente menos marcado que antes.
-¡Oh! –exclamo Candy, sonriente-. ¡Eso ha estado muy bien! ¡Una clase y ya me estas avergonzando!
Desgraciadamente, no podía decirse lo mismo del eyllwe de Candy.
Annie sonrió de oreja a oreja.
-Parecen malvadas –dijo en eyllwe.
-Y me temo que las marcas de Wyrd no ayudan –contesto Candy.
A sus pies había una marca del Wyrd, y se quedo mirando las otras. Había doce en total, y formaban un círculo enorme alrededor de la torre solitaria. No tenia ni idea de que significaban. Ninguna de aquellas marcas coincidían con las tres que habían visto en el lugar donde habían asesinado a Xavier, pero tenia que haber alguna conexión.
-Entonces, ¿de verdad que no sabes interpretarlas? –le pregunto a su amiga.
-No –contesto Annie de manera cortante, y echo a andar hacia los setos que bordeaban el patio-. Y no deberías intentar averiguar lo que dicen –añadió por encima del hombro-. No te deparara nada bueno.
Candy se envolvía en la capa y se apresuro a seguir a la princesa. Comenzaría a nevar en cuestión de días y se acercarían a Yulemas… y al duelo final, para el que aun faltaban dos meses. Se recreo en el calor que le daba la capa, y recordó con claridad el invierno que había pasado en Endovier. El invierno era implacable cuando se vivía a la sombra de las montañas de Ruhnn. Era un milagro que no hubiera muerto por congelación. Si volvía, un invierno más podría matarla.
-Pareces preocupada –dijo Annie cuando Candy la alcanzo, y le puso una mano sobre el brazo.
-Estoy bien –contesto Candy en eyllwe, sonriendo a la princesa-. Es que no me gusta el invierno.
-Yo nunca he visto la nieve –dijo Candy mirando al cielo-. Me pregunto cuanto durara la novedad.
-Esperemos que lo suficiente para que no te importen las corrientes de aire en los pasillos, las mañanas frías y los días sin sol.
Annie se echo a reír.
-Deberías venir conmigo a Eyllwe cuando regrese… y quedarnos el tiempo suficiente para experimentar uno de nuestros veranos abrasadores. Entonces valorarías vuestras mañanas frías y los días sin sol.
Candy ya había pasado un verano abrasador en el calor del desierto Rojo, pero a Annie solo suscitaría preguntas difíciles.
-Me gustaría mucho visitar Eyllwe –se limito a decir.
La mirada de Annie se detuvo en la frente de Candy durante un instante y acto seguido sonrió.
-Pues así será.
A Candy se le ilumino la mirada y echo la cabeza hacia atrás para ver e castillo que se alzaba por encima de ellas.
-Me pregunto si Albert habrá resuelto ese asesinato.
-Mis guardaespaldas me han dicho que al hombre lo mataron con… mucha violencia.
-Como mínimo –murmuro Candy contemplando os colores cambiantes del sol del atardecer le daban a castillo un tono dorado, rojo y azul. A pesar de la naturaleza ostentosa del castillo de cristal, tenia que reconocer que a veces si parecía bastante hermoso.
-¿Has visto el cadáver? A mis guardias no les han permitido acercarse.
Candy asintió lentamente.
-Estoy segura de que no querrás conocer los detalles.
- Dame el gusto –la presiono Annie, sonriente.
Candy levanto una ceja.
-Bueno…, pues estaba todo embadurnado de sangre. Las paredes, el suelo…
-¿Embadurnado? –pregunto Annie en un susurro-. ¿No salpicado?
- Eso creo. Como si alguien la hubiese restregado por allí. Había unas cuantas marcas del Wyrd pintadas, pero casi todas las habían borrado a base de frotar –negó con la cabeza al recordar la imagen-. Y al cadáver le faltaban los órganos vitales…, como si alguien o hubiera abierto en canal desde el cuello hasta el ombligo y… Lo siento, cualquiera diría que te vas a poner a vomitar. No debería haberte contado nada.
-No, continúa. ¿Qué más faltaba?
Candy se quedo callada unos momentos antes de seguir.
-El cerebro –añadió-. Alguien le había hecho un agujero en lo alto de la cabeza y le había quitado el cerebro. Y le habían arrancado la piel de la cara.
Annie asintió mientras miraba el arbusto desprovisto de hojas que tenían delante. La princesa se mordió el labio inferior y Candy reparo en que apretaba y relajaba los puños, con los brazos caídos a los lados de su largo vestido blanco. Soplo una brisa fresca que meció as numerosas y finas trenzas de Annie. El oro con el que estaban entretejidas tintineo suavemente.
-Lo siento –dijo Candy-. No debería haber…
Oyeron ruido de pasos a sus espaldas ya antes d que Candy pudiera volverse, una voz de hombre dijo.
-Vaya, fíjate.
Candy se puso tensa al ver a Neil allí plantado, medio escondido bajo la sombra de la torre del reloj. Verin, el ladrón bocazas de pelo rizado, estaba a su lado.
-¿Qué quieres? –pregunto ella.
La curtida cara de Neil se torció en una sonrisa. A Candy le pareció que se había hecho más grande…, o quizás sus ojos la estaban traicionando.
-Que te hagas pasar por una dama no significa que lo seas -dijo.
Candy miro rápidamente a Annie, pero la princesa estaba mirando fijamente a Neil con los ojos entornados y los labios increíblemente relajados.
Pero aun no había acabado, y a continuación se dirigió a Annie. Sonrió de oreja a oreja y dejo a la vista sus brillantes dientes blancos.
-Tampoco llevar una corona te convierte a ti en una princesa de verdad… ya no.
Candy se acerco a el.
-Cierra esa estúpida boca si no quieres que te haga tragar todos los dientes y te la cierre yo.
Neil soltó una carcajada aguda y Verin lo imito. El ladrón se coló tras ellas y Candy se puso tensa al preguntarse si querrían enfrentarse a ella allí mismo.
-El perrito faldero del príncipe ladra mucho –dijo Neil-, pero ¿tiene colmillos?
-Lo averiguaras cuando te clave los colmillos en el cuello –contesto Candy.
-Y ¿Por qué no ahora? –susurro Neil-. Vamos, pégame. Pégame con toda la rabia que sientes cada vez que te obligas a no acertar en la diana, o cuando vas más despacio a propósito para escalar las murallas tan rápido como yo. Pégame, Lillian. .susurro para que solo ella pudiera oírlo-, y veamos que aprendiste en el año que pasaste en Endovier.
A Candy se le acelero el corazón. Lo sabía. Sabia quien era y lo que estaba haciendo. No se atrevió a mirar a Annie y confió en que su comprensión del idioma común aun no fuera bastante buena para haberlo entendido. Verin seguía mirándolas desde atrás.
-¿Crees que eres la única cuyo patrocinador esta dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de ganar? ¿Crees que tu príncipe y tu capitán son los únicos que saben lo que eres?
Candy apretó el puño. Con dos golpes podría tumbarlo y dejarlo en el suelo respirando con dificultad, un golpe más y Verin correría su misma suerte.
-Lillian –dijo Annie en el idioma común, cogiéndola de la mano-, tenemos cosas que hacer. Vamos.
-Eso es –respondió Neil-. Síguela como el perrillo faldero que eres.
A Candy le tembló la mano. Si le pegaba… Si le pegaba, si comenzaba una pelea ahí mismo y los guardias tenían que separarlos, Albert podría no dejarle ver a Annie nunca mas, aparte de no dejar que saliera de sus aposentos después de las clases ni que se quedara hasta tarde entrenando con Nox. Candy sonrió, echo los hombros hacia atrás y contesto:
-Que te den por el culo, Neil.
Neil y Verin se echaron a reír, pero Annie y ella se marcharon, con la princesa agarrándola con fuerza d la mano. No por miedo o rabia, sino para decirle que la comprendía… y que estaba allí. Candy también apretó la mano. Hacia mucho tiempo que nadie se preocupaba por ella, y Candy sintió que podía acostumbrarse a aquella situación.
Albert estaba de pie al lado de Terry entre las sombras, en lo alto de la entreplanta, mirando a la asesina mientras esta golpeaba el muñeco situado en el centro de la sala, por debajo de ellos. Candy le había enviado un mensaje en el que le decía que iba a entrenar durante varias horas antes de cenar, y el había invitado a Terry a presenciar el entrenamiento. Quizás ahora Terry viera por qué ella suponía una amenaza para el. Y para todos.
Candy soltó un gruñido y dio un puñetazo tras otro, izquierda-derecha-izquierda-izquierda-derecha. Una y otra vez, como si por dentro le bullera algo que no podía expulsar.
-Parece mas fuerte que antes –dijo el príncipe en voz baja-. Has hecho un buen trabajo volviendo a ponerla en forma –Candy siguió dándole puñetazos y patadas al muñeco y esquivando golpes invisibles. Los guardias de la puerta se limitaban a mirar con el rostro impasible-. ¿Crees que tiene alguna posibilidad contra Neil?
Candy dio una patada y alcanzo el muñeco en la cabeza, y esta se balanceo hacia tras. Aquel golpe habría dejado sin conocimiento a un hombre.
-Creo que podría, siempre y cuando no se irrite demasiado y mantuviera la calma cuando se enfrentaran en un duelo. Pro es… salvaje. E impredecible. Necesita aprender a controlar sus sentimientos…, sobre todo esa ira imposible.
Era cierto. Albert no sabía si la culpa era de Endovier o simplemente se debía a que era asesina a sueldo; fuera cual fuera la causa de aquella ira persistente, nuca podría controlarla del todo.
-¿Quién es ese? –pregunto Terry cuando vio que Nox encontraba en la sala y se acercaba a Candy. La asesina se quedo parada, se froto los nudillos envueltos, se seco el sudor de la frente y lo saludo con la mano.
-Nox –dijo Albert-. Un ladrón de Perranth. El campeón de ministro Joval.
Nox le dijo algo a Candy que la hizo reír. El chico también se echo a reír.
-¿Ha hecho otro amigo? –pregunto Terry arqueando las cejas a l ver que Candy le enseñaba un movimiento a Nox-. ¿Lo esta ayudando?
-Todos los días. Normalmente se quedan después del entrenamiento, cuando ya han acabado los demás.
-Y ¿tú lo permites?
Al oír el tono de pregunta, Albert frunció el ceño, pero no dejo que Terry lo viera.
-Si quieres que le ponga fin, lo hare.
Terry siguió mirándolos durante unos instantes.
-No. Deja que entrene con el. Los campeones son unos brutos, podría venirle bien un aliado.
-Y tanto.
Terry se alejo del balcón y se interno en la oscuridad del pasillo.
Albert vio desaparecer al príncipe con su capa roja ondeando tras el y dejo escapar un suspiro. Sabía identificar los celos a primera visa, y aunque Terry era listo, se le daba tan mal como a Candy esconder sus sentimientos. Quizá llevando al príncipe al entrenamiento había logrado un efecto contrario al que buscaba.
Albert echo a andar tras el príncipe arrastrando los pies, con la esperanza d que Terry no estuviera a punto de meterlos a todos en un buen lio.
Unos días después, Candy estaba pasando las quebradizas y amarillentas páginas de un pesado tomo retorciéndose en su asiento. Al igual que los muchos otros que había intentado leer, eran páginas y más páginas de garabatos sin sentido. Pero valía la pena investigar, habiendo como había marcas del Wyrd en el lugar donde habían asesinado a Xavier y en la torre del reloj. Cuanto mas supiese de lo que quería aquel asesino –por qué y cómo mataba-, mejor. Aquella era la verdadera manzana a la que debía enfrentarse, y no el mal misterioso e inexplicable que había mencionado Elena. Por supuesto, no había logrado encontrar casi nada. Con los ojos cansados, la asesina levanto la visa del libro y suspiro. La biblioteca estaba en penumbra y, de no haber sido por el sonido que hacia Albert al pasar las paginas, habría esta completamente en silencio.
-¿Has acabado? –pregunto el capitán cerrando la novela que estaba leyendo.
Candy no le había contado que Neil le había revelado que sabia quien era en realidad, ni la posible conexión del asesinato con las marcas del Wyrd…, no todavía. Dentro de la biblioteca no tenía que pensar en brutos y competiciones. Allí podía saborear el silencio y la tranquilidad.
-No –protesto ella tamborileando con los dedos sobre la mesa.
-¿Así es como pasas de verdad el tiempo libre? –pregunto esbozando una sonrisa-. Espero que nadie se entere de esto: arruinaría tu reputación. Nox te dejaría por Neil.
Se rio para si y volvía a abrir el libro, arrellanándose en si asiento. Candy se quedo mirándolo un momento y se pregunto si dejaría de reírse de ella si supiera lo que estaba investigando. Y como podría ayudarlo a el también.
Candy se enderezo en la silla y se froto una fea magulladura en la pierna. Naturalmente, era el resultado de un golpe intencionado de Albert con el garrote de madera. Lo fulmino con la mirada, pero el capitán siguió leyendo.
En los entrenamientos era despiadado. La obligaba a hacer todo tipo de actividades: andar con las manos, hacer malabarismos con los cuchillos… No era nada nuevo, aunque le resultaba desagradable. Peo su genio había mejorado un poco. Parecía lamentar haberla golpeado en la pierna con tanta fuerza. Candy supuso que le gustaba el capitán.
La asesina cerro el tomo de golpe y del libro salió una nubecilla de polvo. Aquello era inútil.
-¿Qué? –pregunto él estirándose.
-Nada –murmuro ella.
¿Qué eran las marcas del Wyrd y de donde venían? Y, lo que era aun más importante, ¿Por qué nunca había oído hablar de ellas? Cubrían toda la tumba de Elena. Un antigua religión de un tiempo olvidado…, pero ¿Qué hacían allí? ¡Y en el lugar del crimen! Tenía que haber alguna relación.
Hasta el momento no había descubierto gran cosa: según un libro, las marcas del Wyrd era un alfabeto. Aunque, según aquel libro, no existía gramática alguna de las marcas del Wyrd: no eran más que símbolos que tenían que hilar. Y cambiaban de significado según las marcas que estuvieran a su alrededor. Eran increíblemente difíciles de dibujar; requerían longitudes y ángulos precisos; si no, se convertían en otra cosa totalmente distinta.
-Deja de fruncir el ceño y de enfurruñarte –la reprendió Albert, y se quedo mirando el titulo del libro. Ninguno de los dos había mencionado el asesinato de Xavier, y ella no había logrado obtener más información sobre ello-. Recuérdame que estas leyendo.
-Nada-repitió ella tapando el libro con los brazos. Pero el capitán entorno sus ojos azules aun más y ella dejo escapar un suspiro-. Solo es…, solo es sobre las marcas del Wyrd, esas cosas que parecen relojes dl sol que hay junto a la torre del reloj. Me llamaron la atención y empecé a buscar información sobre ellas.
Al menos, era una verdad a medias.
Espero su sonrisa burlona y su sarcasmo, pero no hicieron acto de presencia.
-¿Y? ¿A que viene la frustración?
Candy miro al techo haciendo un mohín.
-Lo único que he podido encontrar son… son teorías radicales y estrafalarias. ¡Nunca había oído hablar de nada de esto! ¿Por qué? Algunos libros dicen que el Wyrd es la fuerza que mantiene unida y gobierna Erilea…, ¡y no solo Erilea, si no también numerosos mundos aparte de este!
-He oído eso antes –dijo Albert recogiendo su libro. Pero su mirada seguía fija en la cara de Candy-. Siempre pensé que el Wyrd era una palabra para designar el hado… o el destino.
-Yo también. Pero el Wyrd no es una religión, al menos no lo es en las zonas mas al norte del continente, y no esta incluido en el culto a la diosa ni a los dioses.
Albert dejo el libro sobre su regazo.
-¿Tienes esto algún sentido más allá de tu obsesión con esa marcas de jardín? ¿Tanto te aburres?
"¡Mas bien diría que estoy preocupada por mi seguridad!"
-No. Si. Es interesante: algunas teorías sugieren que la diosa madre no es más que un espíritu de esos otros mundos, y que se perdió y entro por algo llamado la puerta del Wyrd y descubrió Erilea necesitaba de forma y de vida.
-Eso suena un poco sacrílego –la advirtió el capitán.
Era lo bastante mayor para recordar más vívidamente las quemas y las ejecuciones de diez años antes. ¿Cómo habría sido sobrevivir a la sombra del rey que había ordenado toda aquella destrucción? ¿Como habría sido vivir allí cuando masacraban a familias reales enteras, quemaban vivos adivinos y magos y el mundo caía en la oscuridad y tristeza?
Pero ella seguía hablando, ya que necesitaba dar salida a todo lo que le preocupaba por si acaso encajaban todas las piezas al hablar de ellas en voz alta.
-Existe la idea de que antes de llegara la diosa ya había vida: una antigua civilización que, no se sabe como, desapareció. Quizás a través de esa puerta del Wyrd. Existen ruinas…, ruinas demasiado antiguas para ser obra de las hadas.
Lo que no entendía era que relación tenía aquello con el asesinato de los campeones. Desde luego, estaba agarrándose a un clavo ardiendo.
Albert puso los pies en el suelo y dejo el libro sobre la mesa.
-¿Puedo serte sincero? –se inclino para cercarse a ella y Candy también se inclino hacia el para oír sus susurros-: Hablas como una loca de atar.
Candy emitió un ruido d indignación y volvió a sentarse, hecha una furia.
-¡Perdón por interesarme un poco por la historia de nuestro mundo!
-Como has dicho, parecen teorías radicales y estrafalarias –empezó a leer de nuevo y dijo sin mirarla-: Te lo preguntare otra vez. ¿Por qué la frustración?
Candy se froto los ojos.
-Porque… -dijo con voz quejumbrosa-. Porque solo quiero una respuesta sin rodeos a la pregunta de que son las marcas del Wyrd y que hacen en el jardín precisamente aquí.
La magia había sido borrada del mapa por orden del rey; ¿Por qué había permitido que se quedaran algo como las marcas del Wyrd? Y el hecho de que hubieran aparecido en la escena del crimen tenia que significar algo.
-Deberías encontrar otra manera de emplear el tiempo –dijo Albert, y volvió a sumergirse en su libro.
Normalmente, los guardias la vigilaban en la biblioteca durante horas y horas, día tras día. ¿Qué hacia el allí? Candy sonrió y el corazón se le acelero. A continuación, se quedo mirando los libros que había sobre la mesa.
Repaso toda la información que había reunido. También estaba la idea de las puertas del Wyrd, que aparecían en numerosas ocasiones donde se mencionaban las marcas del Wyrd, días antes, le pareció interesante, y por eso se había puesto a investigar, rebuscando en pilas de viejos pergaminos, solo para dar con teorías aun más desconcertantes.
Las puertas eran al mismo tiempo reales e invisibles. Los humanos no podían verlas, pero podían ser invocadas y pasar por ellas usando marcas del Wyrd. A través de ellas se podía acceder a otros reinos; algunos buenos, algunos malos. Del otro lado también podían colarse cosas en Erilea. Por eso mucha de las extrañas y malignas criaturas de Erilea existían.
Candy cogió otro libro y sonrió. Era como si alguien le hubiera leído el pensamiento. Era enorme tomo negro con el titulo Los muertos vivientes en deslustradas letras plateadas. Afortunadamente, el capitán no llego a ver el titulo antes de que ella abriera el libro, pero…
No recordaba haberlo sacado de las estanterías. Apestaba a suciedad y Candy arrugo la nariz al pasar las páginas. Busco alguna mención de las marcas del Wyrd, o de una puerta del Wyrd, pero no tardo en encontrar algo mucho más interesante.
Una ilustración de una cara retorcida y medio descompuesta le sonrió con la carne desprendiéndosele de los huesos. El ambiente se enfrió y Candy se froto los brazos. ¿Dónde habría encontrado aquello? ¿Cómo había logrado escapar a la quema? ¿Cómo habían escapado aquellos libros a los fuegos purgadores diez años antes?
Volvió a estremecerse. Los huecos y dementes ojos del monstruo estaban llenos de maldad. Parecía mirarla a ella. Cerró el libro y lo empujo hasta la otra punta de la mesa. Si el rey supiera que aquella clase de libros seguían existiendo en su biblioteca, ordenaría destruirla por completo. A destruirla por completo. A diferencia de la Gran Biblioteca, de Orynth, allí no había maestros eruditos que pudieran proteger aquellos libros de valor incalculable. Albert seguía leyendo. Sonó un gruñido y Candy volvió la cabeza en dirección a la parte de atrás de la biblioteca. Era un ruido gutural, un ruido proferido por un animal…
-¿Has oído algo? –pregunto.
-¿Cuándo piensas marcharte? –dijo Albert por toda la respuesta.
-Cuando me canse de leer.
Volvió a tirar del libro negro, paso las hojas hasta dejar atrás el terrorífico retrato de aquella criatura muerta y acerco la vela para leer las descripciones de varios monstruos.
Bajo sus pies oyó una especie de chirrido, muy cerca, como si alguien estuviera arañando el techo del piso inferior con una uña. Candy cerró el libro de golpe y se aparto de la mesa. Se le erizo el vello de los brazos y estuvo a punto de tropezarse con la mesa mas cercana mientras esperaba algo –una mano, una boca abierta y llena de colmillos- apareciera y la agarrara.
-¿Has sentido eso? –le pregunto a Albert, que sonrió lentamente y con malicia. El capitán saco su daga y la arrastro por el suelo de mármol para producir el mismo sonido y la misma sensación-. Condenado idiota –gruño Candy.
Agarro dos pesados libros de la mesa y salió de la biblioteca, asegurándose de dejar Los muertos vivientes muy atrás.
