(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

Capitulo 30.

-No te estás concentrando.

-¡Claro que sí! –dijo Candy entre dientes, tensando aun mas la cuerda del arco.

-Pues adelante –contesto Albert señalando un objeto en la pared, en el otro extremo del pasillo abandonado. Una distancia imposible para cualquiera…, menos para ella-. A ver si lo consigues.

Candy puso los ojos en blanco y estiro la espalda ligeramente. La cuerda del arco tembló en su mano y la asesina levanto un poco la punta de la flecha.

-Vas a darle a la pared de la izquierda –dijo el capitán cruzándose de brazos.

-Voy a darle tu cabeza si no te callas –respondió ella, y giro la cabeza para mirarlo a los ojos. Albert aqueo las cejas y Candy, sin dejar de mirar, sonrió malévolamente y disparo la flecha a ciegas.

El zumbido de la flecha resonó por todo el pasillo de piedra antes de oírse el ruido sordo y leve del impacto. Pero ambos se quedaron mirándose el uno al otro. El capitán tenia unas ligeras ojeras… ¿Acaso no habría dormido en las tres semanas que habían pasado desde el asesinato de Xavier?

Desde luego, ella tampoco había dormido bien. Cualquier ruido la despertaba y Albert aun no había descubierto quien podía estar matando a los campeones uno tras otro. El quien no importaba tanto como el como: ¿como los estaba seleccionando el asesino? No había ninguna pauta; cinco habían muerto asesinados y no había ninguna relación entre ellos aparte del hecho de que todos participaban en el torneo. Candy no haba podido ver ninguna otra escena del crimen para saber si allí también habían pintado marcas del Wyrd con sangre. La asesina dejo escapar un suspiro y echo los hombros hacia atrás.

-Neil sabe quien soy –susurro bajando el arco.

-¿Cómo? –repuso Albert con el rostro inexpresivo.

-Se lo dijo Perrigton. Y Neil me lo dijo a mí.

-¿Cuándo?

Candy nunca lo había visto serio. Aquello la hizo ponerse tensa.

-Hace unos cuantos das –mintió. Había pasado semanas desde su enfrentamiento-. Estaba en el jardín de Annie… y con mis guardias, no te preocupes…, y se acerco a nosotras. Lo sabe todo sobre mi… y sabe que me contengo cuando estoy con los otros campeones.

-¿Te insinuó que los otros campeones también lo saben?

-No -contesto ella-. No lo creo. Nox no tiene ni idea.

Albert puso una mano sobre la empuñadura de su espada.

-No pasa nada. Solo hemos perdido el elemento sorpresa, nada más. Aun así, vencerás a Neil en los duelos.

Candy esbozo una sonrisa.

-¿Sabes? Empiezas a hablar como si confiaras en mí. Mas te vale tener cuidado.

Albert comenzó a decir algo, pero los pasos de alguien que corría se oyeron al doblar la esquina y se quedo callado. Dos guardias se detuvieron ante ellos y lo saludaron. Albert les dio unos segundos para recuperar el aliento.

-¿Si? –pregunto.

Uno de los guardias, un hombre mayor con el pelo ralo, lo saludo por segunda vez.

-Capitán…, lo necesitan.

Aunque sus rasgos no se alteraron, Albert movió los hombros y levanto ligeramente la barbilla.

-¿Qué sucede? –pregunto un poco demasiado rápido como para parecer indiferente.

-Otro cadáver –replico el guardia-. En los pasillos de los criados.

El segundo guardia, un hombre delgado y con aspecto delicado, estaba mortalmente pálido.

-¿Has visto el cadáver? –le pregunto Candy. El guardia asintió con la cabeza-. ¿Está fresco?

Albert la fulmino con la mirada.

-Creen que es de anoche… por que la sangre esta medio seca –contesto el guardia.

Albert tenía la mirada perdida. Estaba pensando…, planteándose que hacer. Se puso resto.

-¿Quieres demostrar lo buena que eres? –le pregunto a Candy.

La asesina puso los brazos en jarras.

-¿Crees que necesito hacerlo?

Albert les hizo una seña a los guardias para que encabezaran la marcha.

-Acompáñame –le dijo a Candy por encima del hombro.

Esta, a pesar del cadáver, esbozo una sonrisa y echo a andar tras él.

Cuando ya se marchaban, Candy miro la diana.

Albert no se había equivocado. Había fallado el tiro por quince centímetros… a la izquierda.

Afortunadamente, alguien había creado algo parecido al orden antes de que llegaran. Aun así, Albert tuvo que abrirse paso a través de una multitud de guardias y criados ahí reunidos, con Candy siguiéndolos de cerca. Cuando llegaron al lugar donde esta el cadáver y lo vieron, las manos de Candy cayeron flácidas a ambos lados de su cuerpo y Albert maldijo con violencia impresionante.

Ella no supo adonde mirar primero: si al cadáver, con la caja tortica abierta y el cerebro y la cara ausentes; si a la marcas de garras en el suelo; o si a las dos marcas del Wyrd dibujadas con tiza a ambos lados del cadáver. Se le helo la sangre. Ahora ya no había manera de negar la relación.

La gente siguió hablando mientras el capitán se acercaban al cadáver. Se gro en dirección a uno de los guardias que lo observaban.

-¿Quién es? –pregunto.

-Verin Ysslych –dijo Candy antes de que el guardia pudiera contestar. Habría reconocido el pelo rizado de Verin en cualquier parte. El ladrón había estado a la cabeza de la competición desde el principio. Fuera lo que fuera lo que había matado…

-¿Qué clase de animal deja marcas como esas? –le pregunto a Albert, pero no necesitaban oír su respuesta para saber que el capitán tenia tanas probabilidades como ella de acertar. Las marcas de garras eran profundas: al menos un cuarto de centímetro. Candy se puso en cuclillas junto a una y paso l dedo por el borde inferior. Era irregular, pero el corte en el suelo de piedra era limpio. Frunció el ceño y examino las otras marcas.

-En estas marcas de garras no hay sangre –dijo girando la cabeza a Albert por encima del hombro. El capitán se arrodillo a su lado mientras ella las señalaba-. Están limpias.

-¿Qué significa eso?

Candy frunció el ceño y un escalofrió le recorrió los brazos.

-La criatura que hizo esto afilo las uñas antes de destriparlo.

-Y ¿Por qué te parece importante?

Candy se levanto y miro a ambos lados del pasillo. Luego volvió a agacharse.

-Significa que esta criatura tuvo tiempo de hacerlo antes de atacarlo.

-Pudo haberlo hecho mientras lo esperaba tumbada.

La muchacha negó con la cabeza.

-Las antorchas de la pared están prácticamente consumidas. No hay nada que indique que se apagaron antes del ataque. No hay ni rastro de agua con hollín. Si Verin murió anoche, esas antorchas seguían ardiendo cuando murió.

-¿Y?

-Fíjate en este pasillo. La puerta mas cercana esta a doce metros y el recodo mar cercano esta un poco mas lejos. Si esas antorchas estaban encendidas…

-Verin lo habría visto mucho antes de llegar aquí.

-Y ¿Por qué se acerco? –pregunto ella, mas para si misma que otra persona-. Y ¿si no era un animal, sino una persona? Y ¿si esa persona hubiera incapacitado a Verin durante el tiempo suficiente para invocar a la criatura? –Candy señalo las piernas de Verin-. Alrededor de los tobillos tiene unos cortes limpios. Le cortaron los tendones son un cuchillo para impedirle huir –se acero al cadáver con cuidado de no tocar las marcas del Wyrd grabadas en el suelo. Levanto la mano rigida y fría de Verin-. Fíjate en sus uñas –trago saliva-. Las puntas están agrietadas y rotas –utilizo su propia uña para sacer suciedad de debajo de las uñas del muerto y la restregó por la palma de su mano-. ¿Lo ves? –le enseño a Albert-. Polvo y trocitos de piedra –aparto el brazo de Verin para ver las tenues rayas en el suelo de piedra-. Marcas de uñas. Intento huir desesperadamente…, arrastrándose, si era necesario. Estaba vivo mientras esa criatura se afilaba las uñas en la piedra y su amo miraba.

-Y eso ¿Qué significa?

Candy le sonrió gravemente.

-Significa que estas metido en un buen lio.

Y, mientras Albert palidecía, Candy se sobresalto al darse cuenta de que quizás el asesino de campeones y la misteriosa fuerza malvada de Elena fueran la misma cosa.

Sentada a la meda del comedor, Candy fue pasando las paginas del libro.

"Nada, nada, nada". pagina tras pagina fue buscando cualquier pista de las dos marcas del Wyrd que habían dibujado junto al cadáver de Verin. Tenia que haber alguna relación.

Se detuvo al encontrar un mapa de Erilea. Los mapas siempre le había interesado; había algo cautivador en el hecho de conocer la ubicación precisa de uno mismo en relación con otros en la tierra. Suavemente recorrió con un dedo el contorno de la costa este. Comenzó por el sur, en Banjali, la capitán de Eyllwe, y fue subiendo, girando y serpenteando hasta Rifthold. Luego subió hasta Meah, y a continuación hacia el norte y en el interior, hasta Orynth, para retroceder hasta el mar, de la costa de Sorian, y llegar por fin a la parte alta del continente y al mar del Norte, que se encontraba mas allá-

Se quedo mirando el punto que señalaba Orynth, aquella ciudad de luz y aprendizaje, la perla de Erilea y la capitán de Terrasen. Su lugar de nacimiento. Candy cerro el libro de golpe.

La asesina echo un vistazo a sus aposentos y soltó un largo suspiro. Cuando lograba dormir, sus sueños se llenaba de antiguas batallas, de espadas con ojos, de marcas del Wyrd que daban vueltas alrededor de su cabeza y la cegaban con sus intensos colores. Podía ver la brillante armadura de hadas y guerreros mortales, oír el ruido metálico de los escudos y los gruñidos de bestias salvajes y oler la sangre y los cadáveres en descomposición a su alrededor. La carnicería la perseguía hasta el momento del despertar. La Asesina de Adarlan se estremeció.

-Bien. Esperaba que siguieras despierta –dijo el príncipe heredero, y Candy se levanto del asiento de un salto y vio que Terry se acercaba a ella. Parecía cansado y despeinado.

La asesina abrió la boca y negó con la cabeza.

-¿Qué haces aquí? Es casi medianoche y mañana tengo una prueba.

No podía negar que su compañía resultaba un alivio: el asesino únicamente parecía atacar a los campeones cuando estaba solos.

-¿Has pasado de la literatura a la historia? –Terry echo un vistazo a los libros que había sobre la mesa-. Breve historia moderna de Erilea –leyo-. Símbolos y poder. Cultura y costumbres de Eyllwe –arqueo la ceja.

-Leo lo que me place.

El príncipe se dejo caer en una silla junto a la de ella; su pierna rozaba las de Candy.

-¿Hay alguna relación entre todos estos?

-No.

No era del todo mentira…, aunque habría deseado encontrar en todos ellos algo sobre las marcar del Wyrd, o sobre su significado junto a un cadáver.

-Supongo que te has enterado de la muerte de Verin.

-Por supuesto –contesto el, y una expresión oscura se instalo en su atractiva cara.

Candy era muy consiente de lo cerca que estaba la pierna de Terry, pero no hizo nada por moverse.

-¿No te preocupa que la Bestia salvaje de alguien haya asesinado brutalmente a tantos campeones?

Terry se inclino hacia ella y la miro a los ojos.

-Todos esos asesinos se produjeron en pasillos oscuros y solitarios. A ti siempre te acompañan varios guardias… y tus aposentos están ben vigilados.

-No estoy preocupada por mi misma –dijo ella bruscamente, apartándose un poco. No era del todo cierto-. Solo creo que lo que está sucediendo da una mala imagen de tu estimado padre.

-¿Desde cuando te preocupa a ti la reputación de mi "estimado" padre?

-Desde que me convertí en la campeona de su hijo. A lo mejor deberías dedicar mas recursos a resolver estos asesinatos, antes de que gane esta aburrida competición solo porque sea la única que quede viva.

-¿Alguna exigencia mas? –pregunto Terry, que aun estaba lo bastante cerca para que los labios de Candy rozaran los suyos s ella se atrevía a tal cosa.

-Ya te lo are saber si se me ocurre.

Sus miradas se cruzaron y Candy esbozo una leve sonrisa. ¿Qué clase de hombre era el príncipe heredero? Aunque no quería reconocerlo, le gustaba tener a alguien cerca, aunque fuera una Havilliard.

Aparto de sus pensamientos las marcas de garras y los cadáveres sin cerebro.

-¿Por qué estas tan despeinado? ¿Es que Kaltain te ha estado arañando?

-¿Kaltain? Afortunadamente, no en los últimos tiempos. ¡Pero vaya día tan deprimente he tenido! Los cachorros son chuchos y… -se llevo las manos a la cabeza.

-¿Cachorros?

-Una de mis perras ha parido una camada de perros mestizos. Antes eran demasiado pequeño para saberlo, pero ahora… En fin, me esperaba animales de raza.

-¿Estamos hablando de perro o de mujeres?

-¿Qué prefieres? –Terry sonrió con picardía.

-Oh, cállate –dijo Candy entre dientes, y el se echo a reír.

-¿Se puede saber por que estas tan despeinada? –al príncipe se le orto la risa – Albert me ha dicho que te llevo a ver el cadáver; espero que no fuera eso una experiencia demasiado terrible.

-En absoluto. Lo que pasa es que no he dormido bien.

-Yo tampoco –reconoció Terry, y se estiro -. ¿Puedes tocar el pianofote para mi?

Candy dejo caer el pie hasta el suelo y se pregunto como podía haber cambiado el tema con tanta facilidad.

-Por supuesto que no.

-Tocabas de maravilla.

-De haber sabido que alguien me estaba espiando, no habría tocado.

-¿Por qué la experiencia de tocar es algo tan personal para ti? –pregunto Terry reclinándose en la silla.

-No puedo escuchar ni tocar música sin… Da igual.

-No, di lo que ibas a decir.

-Nada interesante –contesto ella apilando los libros.

-¿Te trae recuerdos?

Candy lo miro en busca de alguna muestra de burla.

-A veces.

-¿Recuerdos de tus padres? –Terry estiro el brazo para ayudarla a apilar los libros restantes.

Candy se puso de pie de repente.

-No me hagas preguntas estúpidas.

-Lamento haberme entrometido.

Ella no contesto. La pregunta había abierto una rendija en la puerta mental que siempre tenia clausurada, y ahora estaba intentado cerrarla a toda costa. Al ver la cara de Terry y al verlo tan cerca de ella… La puerta se cerro y Candy echo la llave.

-Lo que pasa… -dijo el, totalmente ajeno a la batalla que acababa de de liberar Candy-. Lo que pasa es que no se nada de ti.

-Soy una asesina –contesto ella mientras se tranquilizaba-. No hace falta que sepas nada mas.

-Si –dijo Terry con un suspiro-. Pero ¿Qué tiene de malo que quiera saber mas? Por ejemplo, como te convertiste en asesina… y como era tu vida antes de eso.

-No es interesante.

-No lo encontraría aburrido.

Ella no contesto.

-Por favor. Una pregunta… y prometo que no será nada demasiado delcado.

Candy torció el gesto y se quedo mirando la mesa. ¿Qué tenia de malo una pregunta? Podría elegir no responder.

-De acuerdo.

Terry sonrió.

-Necesito un momento para pensar en una buena –ella puso los ojos en blanco, pero se sentó. Pasados unos segundos, el príncipe pregunto-: ¿Por qué te gusta tanto la música?

Candy hizo una mueca.

-¡Has dicho que nada delicado!

-¿Tanto me estoy entrometiendo? ¿Qué diferencia hay con preguntarte por que te gusta leer?

-No, no. La pregunta esta bien –dejo escapar un largo resoplido por la nariz y miro la mesa-. Me gusta la música –dijo lentamente- por que cuando la escucho me… me pierdo dentro de mi misma, no se si eso tiene sentido. Me vacío y me lleno al mismo tiempo y siento que el mundo entero gira a mi alrededor. Cuando toco, no estoy…, para empezar, no estoy destruyendo, sino creando –se encogió de hombros-. La música me recuerda esa sensación –echo a reír entre dientes-. Nunca se lo he contado a nadie –reconoció, y entonces vio a Terry sonreír-. No te burles de mi.

El príncipe negó con la cabeza y la sonrisa se borro de sus labios.

-No me estoy burlando se ti. Simplemente no…

-¿No estas acostumbrado a que la gente te hable con el corazón en la mano?

-Exacto.

Candy esbozo una sonrisa.

-Ahora me toca a mi. ¿Hay alguna limitación?

-No –se puso las manos en la nuca-. No soy ni de lejos tan reservado como tu.

Candy hizo una mueca al pensar en la pregunta.

-¿Por qué no te has casado?

-¿Casado? ¡Tengo diecinueve años!

-Si, pero eres el príncipe heredero.

Terry se cruzo de brazos. Candy intento no fijarse en los músculos que se le marcaban por debajo de la camisa.

-Hazme otra pregunta.

-Quiero oír tu respuesta… Si tan vehementemente te resistes, debe de ser interesante.

Terry miro por la ventana los copos de nieve que se arremolinaban al otro lado del cristal.

-No estoy casado –dijo en voz baja- porque no soporto la idea de casarme con una mujer inferior a mi mente y espíritu. Eso supondría la muerte de mi alma.

-El matrimonio es un contrato legal…, no es algo sagrado. Siendo como eres el príncipe heredero, deberías haber renunciado a esas ideas descabelladas. Y ¿si te ordenan casarte por el bien de una alianza? ¿Declararías una guerra por culpa de tus ideales románticos?

-Las cosas no son así.

-¿Ah? ¿Tú padre no te ordenaría casarte con una princesa para fortalecer su imperio?

-Mi padre ya tiene un ejército para eso.

-Podrías amar a alguna mujer aparte. El matrimonio no significa que no puedas amar a otras personas.

Sus ojos color azul zafiro brillaron.

-Uno se casa con la persona que ama… y con ninguna otra –dijo, y Candy se echo a reír-. ¡Te estas burlando de mi! ¡Te estas rindo en mi cara!

-¡Te mereces que se rían de ti por tener esas ideas tan estúpidas! Yo te he hablado con el corazón; tu solo hablas desde el egoísmo.

-Eres increíblemente sentenciosa.

-¿Qué sentido tiene tener un cerebro si no lo usas para hacer juicios?

-¡Bien dicho, alteza! –Terry se quedo mirándola con resentimiento -. Vamos. No te he ofendido tanto.

-Has intentado echar por tierra mis sueños y mis ideales. Bastante tengo ya con mi madre. Estás siendo cruel conmigo.

-Estoy siendo practica. Hay una diferencia. Y tu eres el príncipe heredero de Adarlan. Estas en una posición desde la que tienes la posibilidad de mejorar Erilea. Podrías contribuir a crear un mundo donde no fuera necesario el amor verdadero para asegurar un final feliz.

-Y ¿Qué clase de mundo necesitaría crear para que eso sucediera?

-Un mundo en el que los seres humanos gobernaran a si mismos.

-Estas hablando de anarquía y traición.

-No estoy hablando de anarquía. Llámame traidora si quieres. Y me han condenado por asesina.

Terry se acerco a ella y sus dedos rozaron los de Candy: estaba encallecidos, calientes y duros.

-No puedes resistirte a responder a todo lo que digo, ¿verdad?

La asesina se sintió inquieta…, pero al mismo tiempo estaba increíblemente inmóvil. A ojos del príncipe, algo que cobro vida y volvió a dormirse.

-Tienes unos ojos muy curiosos –dijo-. Nunca había visto ningunos con un anillo dorado tan brillante.

-Si estas intentado de cortejarme con halagos, me temo que no va a funcionar.

-Simplemente estaba observando; no tengo nada en mente –se miro la mano, que aun estaba en contacto con la muchacha -. ¿D e donde has sacado ese anillo?

Ella cero el puño y lo parto de el. La amatista del anillo brillo a luz del fuego.

-Fue un regalo.

-¿De quien?

-Eso no es de tu incumbencia.

Terry se encogió de hombros, aunque Candy sabia de sobra que no debía decirle quien se lo había regalado. Es mas, sabia que Albert no quería que Terry lo supiera.

-Me gustaría saber quien ha estado regalándole anillos a mi campeona.

El modo en el que el cuello de la chaqueta negra de Terry entraba en contacto con su cuello hacia que a Candy le resultara imposible sentirse quieta. Quería tocarlo, repasar con el dedo la línea entre su piel morena y el forro de la tela.

-¿Billar? –pregunto ella poniéndose de pie-. Me vendría bien otra clase.

Candy no espero su respuesta y echo a andar hacia la sala de juegos. Deseaba con todas sus fuerzas estar cerca de el y sentir el cálido aliento del príncipe en su piel. Le gustaba aquella sensación. Y lo que era peor, comprendió que le gustaba él.

Albert observo a Perrigton sentado a la mesa en el comedor. Cuando le conto al duque la muerte de Verin no pareció preocupado. Albert echo un vistazo por toda la sala, grande y oscura; de hecho, casi todos los patrocinadores de los campeones estaban haciendo lo de costumbre. Idiotas. Si Candy estaba en lo cierto, el responsable de la muerte de los campeones podía estar entre ellos. Pero ¿aucal de los miembros del Consejo del rey podía estar tan desesperado por ganar para hacer tal cosa? Albert estiro las piernas por debajo de las mesa y volvió a concentrarse en Perrigton.

Había crecido a la sombra del duque, y haba visto como este usaba su estatura y su titulo para ganar aliados en el Consejo del rey y evitar que sus rivales lo desafiaran. Pero esa noche eran sus estratagemas lo que había llamado la atención del capitán de la guardia, sino los momentos entre las sonrisas y la risa, cuando el rostro del duque se ensombrecía. No era una expresión de ira ni de asco, sino una sombra que le nublaba los ojos. Resultaba tan extraño que, al verlo por primera vez, Albert había decidido alargar la cena para ver si sucedía de nuevo.

Unos segundos después volvió a sucede. Los ojos de Perrigton se oscurecieron y su rostro se aclaro, como si lo hubiera visto todo tal como era en realidad y no le hubiera alegrado no divertido en modo alguno. Albert se reclino en la silla y le dio un sorbo a su copa de agua.

No sabia gran cosa del duque y nunca confiado plenamente en el. Terry tampoco, y menos después de los que había dicho de usar a Annie como rehén para obligar a los rebeldes de Eyllwe a que colaboraran. Pero el duque era el consejero mayor confianza del rey…, y no había dado razón alguna para desconfiar de el más allá de su firme creencia en el derecho de conquista de Adarlan.

Kaltain Rompier estaba sentada a unas sillas de ahí. Albert levanto las cejas ligeramente. La muchacha también estaba mirando a Perrigton: no con el deseo de una amada, sino con una contemplación fría. Albert volvió a estirarse y levanto los brazos por encima de la cabeza. ¿Dónde estaría Terry? El príncipe no había acudido a cenar y tampoco estaba en las perreras con la perra y sus cachorros. Albert volvió a mirar al duque. Allí estaba de nuevo… ¡durante un instante!

La mirada de Perrigton se poso sobre el anillo negro que llevaba en la mano izquierda y se oscureció, como si sus pupilas se hubieran dilatado para abarcar la totalidad de cada ojo. Luego desapareció… y sus ojos volvieron a la normalidad. Albert miro a Kaltain. ¿Se habría percatado ella d aquel extraño cambio?

No. Su cara había permanecido impasible. No se había reflejado en ella extrañamiento ni sorpresa alguna. La mirada de la muchacha se volvió superficial, como si estuviera mas interesada en el como podría hacer juego con la chaqueta del duque con su vestido. Albert se estiro y se levanto y se cabo de comer su manzana mientras salía del comedor dando grandes zancadas, por curioso que pudiera parecer, ya tenia bastantes preocupaciones. El duque era ambicioso, pero desde luego no suponía una amenaza para el castillo ni sus habitantes. Sin embargo, mientras se dirigía a sus aposentos, el capitán de la guardia no pudo evitar la sensación de que el duque Perrigton también había estado observándolo a él.