La vez pasada hice que Ártemis jurara por la cabeza de Zeus, pero después me di cuenta que para el castigo que le tenía preparado no servía eso, así que lo cambié y la hice jurar por el Estigia. Así la podía castigar, hehehe. Ya lo arreglé :v

Capítulo 3

El monte Parnaso

Apolo abrió los ojos y se quedó mirando el techo. Sentía en los huesos que ése día era cuando se iba a cumplir la sentencia del oráculo. Se dio la vuelta hacia el santo dorado, todavía algo adormilado. Su mano palpó el colchón vacío y ya frío. Áquello lo despertó del todo y se sentó de un tirón, buscando al joven con la mirada. Al no encontrarlo, se levantó con precipitación con el corazón latiéndole desordenadamente en los oídos. En el pasillo se topó con Sinope. La sacerdotisa lo saludó con el respeto de siempre.

-¿Dónde está Mu?, preguntó, sin poder evitar el ansia en su voz.

-El joven Mu está afuera, en el bosquecillo de laureles. Me dijo que quería daros una sorpresa, repuso ella.

El dios sintió cierto alivio. Despidió a la muchacha con un gesto de la mano y salió a la superficie. Caminó a paso rápido por el bosque hasta sentir el cosmos del santo de Aries. Lo encontró sentado al pie de uno de los árboles más robustos.

-¡Buenos días!, saludó con buen humor,-Toma, añadió, levantando la copa.- ¿Qué tal si desayunamos al aire libre hoy?

El dios no tuvo valor para regañarlo viéndolo tan contento, así que se tragó sus reproches y se sentó en el suelo, mientras lo besaba en la cabeza con ternura. El joven le pasó la copa de ambrosía.

-Eres un carnero madrugador, repuso sonriendo.- ¿Había alguna razón para que te levantaras tan temprano?

-Quería sorprenderte. Ya sé que me pediste que no saliera de tu campo de visión, pero pensé que sería una buena idea, se justificó.

Febo se recostó sobre los codos.

-Está bien, comentó, mientras cogía la copa y la vaciaba de un trago.-De todas formas, no quiero restringirte mucho.

-Estuve dando una vuelta por ahí. ¿Esto está de veras enclavado en las laderas del Parnaso?

-Sí, así es, comentó el dios,-¿por qué?

-Quiero ir, repuso.-Me gustaría conocerlo. Estoy seguro que en ése lugar se respira inspiración por los cuatro costados.

Apolo se carcajeó.

-Está bien, repuso,-te llevaré al monte si es lo que quieres. Por lo que veo, quieres conocer cada centímetro de éste lugar.

El santo dorado se subió sobre el regazo del dios y se sentó a horcajadas sobre él.

-Es normal que se quiera conocer acerca de la persona con la que te acuestas, ¿o no? Además, quiero contárselo a Kiki. Será un buen método para lograr que se duerma el mocoso ése. Cada vez cuesta más.

El hijo de Leto sonrió mientras daba la vuelta y lo estampaba contra el árbol.

-Sí, si lo ves por ése lado es muy normal, gruñó.-Pero yo tengo otras cosas en mente ahora, expuso, besándolo con ganas.

Mu abrió los ojos con sorpresa, pero casi inmediatamente se dejó llevar. Le intrigaba enormemente como como la pasión del dios nunca parecía agotarse y estaba presente en absolutamente todo lo que hacía. Sintió las manos de éste deshacerse de la ropa con celeridad y empezar a acariciar su torso desnudo. El mortal echó la cabeza hacia atrás, sabedor de lo mucho que le gustaba al dios prestarle atención a su cuello. Oyó un gemido y sintió los labios y la lengua del dios acariciar su pescuezo de una manera casi desesperada.

-Tranquilo, jadeó, empujando la cabeza del dios para separarla.-Tranquilo.

-Sabes que la tranquilidad no va conmigo, le digo mirándolo con ojos que quemaban.

-Lo sé, y me gusta. Pero no hay prisa para nada. Tiempo para todo sobra, ¿no crees?

-Si tanto te gusta no te quejes, gimió contra sus labios.

-No quiero ir tan rápido, dijo, tratando de esquivar las manos de Apolo.-Amor...

Éste se separó, sintiendo el tono de reproche. Su rostro lo decía todo.

-No te molestes, comentó, algo apenado.-Solo tenme paciencia. Es mi primera relación y no sé muy bien de estas cosas.

-Está bien, te..., se interrumpió de repente, sintiendo un cosmos cerca, entre los árboles. Se levantó, y cubrió a Mu con su cuerpo mientras el arco aparecía en sus manos. La saeta temblaba, lista para ser disparada.- ¡Ártemis! ¡No te escondas!

La diosa se dejó ver con cara de circunstancias. Escondía el arco detrás de su espalda.

-Relájate Apolo, comentó.-Solo vine a ver cómo estabas. No creí que lo trajeras aquí. ¿Por qué te tomas tantas molestias?

-¡No trates de mentirme, hermana! Sé por qué estás aquí. Ahora vete.

-No quiero, rechazó la diosa, desafiante.-Pero descuida,-hizo una mueca,-veo que es inútil decirte que no metas el pie en el mismo hoyo dos veces.

El rostro de él, semejante a la noche, se contrajo.

-Déjame en paz, Ártemis. Yo no te digo qué hacer con tu vida. No hagas lo mismo conmigo.

-No me metería si no fueras tan incapaz de tener una buena relación amorosa.

La saeta salió disparada tratando de clavarse en la diosa de la caza. Ésta la esquivó por un pelo.

-¡Hermano! ¿Cómo te atreves a usar tus flechas contra tu hermana? ¿Acaso no tienes vergüenza?

-Te advertí que lo haría si no me dejabas estar. Está bien que odies la vida en pareja, pero déjame ser feliz a mí. Tanto te lamentas de lo mal que me va, ¡y tú misma lo quieres provocar!, le recriminó.

-Si lo hicieras bien no tendrías que andarte lamentando. Si buscaras a alguna diosa, en vez de seres inferiores...

-¡Cállate!, vociferó él.-No me hables de eso, que tú no lo contemplaste mucho que digamos cuando te enamoraste de Orión.

-¡Orión! ¡Siempre Orión!, chilló ella.

-¿De qué otro quieres que te hable? Deja de ser tan hipócrita.

La diosa montó el arco y apuntó directamente al santo de oro. Apolo se giró bruscamente y lo empujó.

-¡Vete Mu!, rugió.- ¡Ahora!

El joven se teletransportó inmediatamente, y el flechazo atravesó el hombro del dios en vez. Apretó los dientes para contener el dolor mientras se sacaba la flecha del hombro. El dulce icor salpicó el suelo.

-¡Idiota!, chilló ella.- ¿Por qué te has metido en medio?

-Porque lo amo, dijo, simplemente.-Y es algo que tú no comprendes.

Ártemis parpadeó.

-¿Que yo no comprendo?

-¡No, Ártemis, no lo comprendes! ¿Recuerdas acaso como le recriminaste a Athena haberse enamorado del santo de Pegaso cuando intentó salvarlo de morir por la espada de Hades? Nunca has entendido que hay muchas clases de amor en el mundo. No solo el amor erótico. Athena ama a todos sus santos por igual, así como al resto de la humanidad. Sin preferencias. Si hubiera sido otro santo ella hubiera hecho lo mismo. ¿O vas a decirme entonces que el sentimiento que sientes por nuestra madre o por mí no es amor?

-¿Qué tratas de hacer?

-Me estás pidiendo que no sienta el que acaso es el sentimiento más inherente a los seres vivos de todos los que se conocen. No puedo, Ártemis. Yo no he elegido ser casto como tú. Tienes que respetarlo, por el amor de Zeus. Si quieres mantenerme lejos de esto, dile a Afrodita que mantenga a Eros alejado de mí. Pero mientras eso no suceda, debes tratar de no meterte en mis relaciones. Sé lo que vas a hacer, y si esto arruina lo que tengo con Mu, tú serás la culpable de mi sufrimiento. Pareces no entenderlo, ¿verdad? Tú solo me quieres para tí, ¿no es así?

La diosa levantó la barbilla con desdén, tratando de ocultar la turbación que las palabras de Apolo habían causado en ella.

-Solo quiero que seas feliz.

Apolo le tomó la cara entre las manos.

-Yo soy feliz así. Es mi elección. No puedes protegerme de mis elecciones. Entiéndelo de una vez, hermana.

Ella se desasió con brusquedad.

-Tú tampoco puedes evitar que haga lo que yo quiera, hermano. Si quito al santo de en medio...Te librarás de la influencia de Eros...y todo volverá a ser como antes.

-Ártemis...si lastimas a Mu, estarás faltando al juramento que le hiciste a Athena. Sabes que es lo que les pasa a los que juran en vano...y sabes que las consecuencias para los inmortales son terribles, ¿no te importa?

-¿Qué son dieciocho años para un dios? No son nada, y no voy a dejar que algo así me detenga, dijo.

-Ártemis...

-¡Olvídalo, Apolo! Sabes que no podrás evitarlo. Solo lo has retrasado.

La bofetada resonó con fuerza entre los árboles. La diosa cayó al suelo, con la mejilla ardiendo. Desde ahí, volvió a montar el arco y lo apuntó. Su hermano la imitó. Las cuerdas emitían un sonido peculiar al ser estiradas al máximo, esperando para relajarse.

-Si tengo que lastimarlos a ambos lo haré. Y lo sabes.

-Te tomas tantas molestias por un mortal, hermana. Por un mortal del que algún día me voy a aburrir. ¡Madura de una vez!

-Al menos sé que voy a ganar yo, se ufanó ella, bajando el arma.-Solo espero que puedas salvarlo, sonrió.-De verdad lo espero, se carcajeó mientras desaparecía.

El dios tiró el arco a un lado con rabia. Sus pies aplastaron la hierba. Sentía que las entrañas le ardían.

Se encaminó de nuevo hacia la gruta, agudizando los sentidos, tratando de percibir el cosmos del joven. Lo encontró sentado en la cama, arrugando las sábanas entre los dedos con ansiedad. Cuando lo vio entrar, se levantó como un resorte y lo abrazó. Apolo gimió cuando sintió su hombro ser presionado por el abrazo.

Mu se separó inmediatamente. Cuando vio la herida de la flecha afeando aquel hombro tragó saliva y lo miró con ansiedad.

-¿Te ha lastimado?, se inquietó.-Ha sido por mi culpa, lo lamento.

La mano de Febo silenció sus labios.

-Tranquilo, no es nada. No es nada.

-Pero...protestó.

-¡Mu!, su voz tenía un tono demandante,-Cálmate. No es nada, dijo, mientras se tendía con cuidado en la cama.

-¿Qué ha pasado?, preguntó con un hilo de voz.

-Está celosa porque no le presto atención. Debí haberlo supuesto, repuso, mientras se cubría el hombro herido con la mano y empezaba a curárselo.-En cierto sentido, era de esperarse, resopló.

-¿Siempre iremos al monte? ¿O prefieres descansar?

-Lo menos que quiero ahora es quedarme aquí encerrado todo el día, explicó.-Déjame descansar unos momentos y luego iremos.

-¿Puedo ir a la fuente?, preguntó.

-No, no quiero perderte de vista.

-Pero eso se cumplirá de todas formas, ¿no?, adivinó.

-Así es, pero prefiero retrasarlo lo más posible. Y quiero estar ahí cuando suceda, explicó, besándole la cabeza.

-¿Le dirás a la señorita Athena?

-Por supuesto, no puedo ocultarle algo así, repuso.-Pero si alguno de tus compañeros pregunta, les dirás otra cosa.

-¿Y eso por qué?, se sorprendió.

-Los conozco. Son capaces de hacer un escándalo. Y no quiero que me molesten, por algo que no pasará a mayores.

-¿Por eso quieres estar ahí, verdad? Para controlar el daño si es que puedes…

-¿Tú crees que voy a dejar que mi hermana se salga con la suya?, repuso, mirándolo tranquilamente.-Claro que no.

-Me gusta esa actitud, comentó, levantándose y sentándose sobre el regazo de Apolo, como solía. Le dio un beso en la nariz. El otro le dio la vuelta para quedar él arriba.

-¿Quieres un poco de amor, verdad? ¿Quieres?

-Creo que es bastante obvio. Pero solo un poco, ¿eh? Todavía no es de noche y tenemos que ir allá arriba, dijo, tomando la iniciativa.

El hijo Leto sonrió mientras sus labios eran besados. Se relajó completamente dejando que el joven tomara las riendas. Mu volvió a impulsarse para quedar arriba y empezó a besar aquellos labios divinos con ganas. Apolo le correspondió, enredando las manos entre aquellos áureos cabellos con igual ímpetu. La pasión empezó a impregnar el ambiente con rapidez.

-Debemos…parar…, murmuró, con esfuerzo el santo de Aries.

-No…quiero, la voz inmortal salió casi como un gruñido.

Para subrayar sus palabras, mordió el cuello del joven con fuerza, dejando una marca.

Mu se estremeció al sentir aquellos dientes en el cuello y abrió los ojos tratando de detener aquello antes de que fuera demasiado tarde y no pudieran dar vuelta atrás.

Se oyeron pasos por el pasillo y una sacerdotisa irrumpió en la habitación.

-Mi señor, yo…..oh, lo siento, se excusó, mientras se ponía roja como la grana.

Apolo se separó de Mu a regañadientes y le dirigió una mirada que quemaba.

-Yo…mejor me voy…, se excusó ella, dándose cuenta del enfado del dios.

-No. ¿Qué es lo que quieres?, escupió, mientras se separaba completamente, sentándose al borde del lecho.

-Eh…Arsínoe ha tenido otra visión. Creí que era importante que lo supierais.

Él cerró los ojos frunciendo el ceño, mientras resoplaba con fastidio.

-Asegúrate de estar afuera en quince minutos, le dijo a Mu sin mirarlo. Salió de la habitación a paso raudo.

-Lo siento, se excusó ella-No fue mi intención arruinarles el ambiente.

-Descuida, la tranquilizó él-De todas maneras teníamos que parar.

-¡Daphne!

-¡Ya voy!, exclamó, mientras salía corriendo.

Mu sonrió y se encaminó hacia la salida. Desde la parte posterior de la gruta se veía la elevación del monte.

-Parece que va a ser sencillo llegar hasta allá, se dijo, pensativo. Se sentó en la entrada de la gruta a esperar a Apolo. Un pequeño jacinto le acarició la pierna. Cuando bajó la mirada para ver qué era, se encontró con el grupo de flores blancas inclinándose hacia él con gentileza. Arrancó uno y se lo acercó a la nariz, aspirando el olor.

Cuando el dios salió y lo vio sentado en el suelo con el jacinto entre las manos, se enterneció recordando al desgraciado Jacinto. Aquella vez también las cosas se habían torcido por culpa de un tercero. Pero esta vez estaba decidido a evitar que las cosas pasaran a mayores.

Mu levantó la vista al oír los pasos de su compañero. Lo sorprendió con la mirada tierna y añorante, lo que le dio curiosidad.

-¿En qué piensas?, preguntó.

Loxias volvió en sí con un sobresalto.

-Pensaba en Jacinto, reconoció.-Me recuerdas mucho a él. Pero no te preocupes, tú no terminarás igual, le prometió.-Haré lo posible porque no sea así.

Mu sintió celos. Aunque sabía que no podía pedirle al dios que se olvidara de sus amores pasados y solo pensara en él, quería que lo hiciera.

-¿Soy muy parecido a él?, preguntó, con cierto resentimiento.

El dios se dio cuenta y sonrió. Si estaba celoso, significaba que le importaba. Se acercó y le acarició la nariz.

-No, no es así. Tú eres un guerrero y él no lo era. Talvez la única similitud estribe en la edad. Y en cómo se han dado las cosas. Pero en realidad, no es lo mismo.

El joven se mordió el labio, poco convencido. Pero terminó por aceptar las razones dadas y se adelantó.

Apolo le cogió una mano y se la besó.

-No estés celoso, amor. Eso fue hace mucho tiempo.

-No estoy celoso, negó con dureza, caminando más rápido. Su brazo dio un tirón al ser retenido y acabó contra el pecho de su amante.

-Déjame tranquilo. ¿No teníamos que ir arriba?

Una suave risa abandonó el pecho de Febo y simplemente lo soltó. Las laderas del monte estaban cubiertas por vegetación.

-Ven por aquí, le indicó,-pon los pies donde yo los pongo para que no te caigas.

El joven obedeció, todavía algo molesto por la discusión previa. La vegetación aumentaba conforme subían y el aire se volvía más y más frío. Sintió un escalofrío y se abrazó a sí mismo para combatir el frío. Poco a poco le fue resultando más y más difícil respirar.

-¿Estás bien?, se preocupó su acompañante.

-No me siento muy bien.- ¿Podríamos descansar?

-De acuerdo, ven. Siéntate, le indicó, acomodándose al pie de un abeto. Acercó su cuerpo al de Mu y encendió su cosmos en un intento de calentarlo.

-No es un frío físico, le explicó.-Es como un mal presentimiento.

Apolo entrecerró los ojos.

-Aguarda aquí, le dijo.-No te muevas.

No había ni bajado un par de metros cuando su aguda visión fue capaz de divisar a su hermana, bien escondida detrás de un árbol, extendiendo el arco lo más que daba, en dirección al joven.

-Lo supuse, suspiró, subiendo a toda velocidad, hasta donde estaba el muchacho. Pero no llegó a tiempo.

La primera flecha disparada fue percibida por la intuición del santo de Aries. Instintivamente, levantó el Crystal Wall y la saeta rebotó al chocar contra la pared de energía. Pero la segunda, cargada de cosmos divino no pudo ser frenada. Rompió el muro y se clavó, sin posibilidad de error, en el hombro del santo dorado atravesándolo. Éste jadeó, por el dolor mientras sus pies retrocedían. Intentó teletranportarse, pero una tercera flecha le impactó en el vientre. La negra sangre brotó y salpicó el suelo.

La diosa apuntó una cuarta saeta, decidida a acribillarlo. Pero otra flecha, salida en dirección contraria la hirió en la muñeca e hizo que errara el blanco. Se volvió hacia los lados furiosa, intentando ver quién se había metido en su camino. Del otro lado, se topó con su hermano. El dios sostenía el argénteo arco con firmeza con tanta fuerza que se le blanqueaban los nudillos. Su rostro volvía a semejarse a la noche y sus ojos ardían con ira. Soltó una segunda flecha que cruzó el aire y se clavó en el hombro de la diosa haciéndola retroceder. Ésta chilló, furiosa.

-¡Apolo! ¿Estás demente? ¡Cómo te atreves a herirme!

-¡Retrocede, Ártemis! Ya el oráculo se ha cumplido. Ahora ya no debes hacer nada más que esperar tu justo castigo por lo que has hecho.

-¡No te atrevas…! chilló la diosa fuera de sí, mientras lo veía correr hacia el santo herido.

Lo levantó con ansiedad, y examinó su rostro en busca de señales de vida. Los párpados temblaban levemente. El dios lo levantó, sacándole las flechas y encendió su cosmos sin tardanza, curando las heridas y revitalizándolo. El joven emitió una especie de suspiro y abrió los ojos.

-Apolo…susurró débilmente.

El dios puso una mano en sus labios acallándolo.

-Ssssssh. No te preocupes. No dejaré que nada te pase.

-No…, insistió en un susurro apremiante,-…necesito decirte esto.

-Después, comentó, acariciándole la sudorosa frente.-Después. Ahora solo descansa.

-No, insistió, incorporándose, trabajosamente.-Yo…yo te amo. Quería decírtelo.

El dios sonrió con una acongojada ternura y lo besó en la frente.

-Gracias por decírmelo, repuso, todavía concentrado en curar el daño causado por las flechas.

-¿Necesitas ayuda, Apolo?, se oyó una tercera voz. El hijo de Zeus se volvió bruscamente y distinguió nueve siluetas entre los árboles. La que había hablado era una joven ataviada con un peplo rojo como la sangre. Los cabellos del mismo color, le ocultaban el rostro.

-Erato, susurró, comprendiendo la súbita declaración de Mu.-Sí, por favor, llévenselo de aquí.

La musa asintió y se volvió hacia el resto de sus hermanas. Euterpe y Terpsícore se adelantaron y la ayudaron a cargarlo.

El dios volvió la atención hacia la diosa de la caza. Ésta se había hincado en el suelo y lo miraba con resentimiento.

-Iris, vocalizó él. La voz le tembló.

La mensajera divina apareció llevando un jarrón en sus manos.

-Sujétela, recomendó.

El dios sujetó a su hermana por los hombros con fuerza. Con la otra mano le presionó la mandíbula para que abriera la boca. Ella se debatió desesperada.

-¡Suéltame!

-Debes tener tu castigo. Estarás contenta. Una vez más voy a sufrir. Y esta vez será por tu culpa, murmuró tratando de que la voz no le temblara. Iris vertió el contenido del jarrón en la garganta de Febe. El agua del Estigia descendió por la garganta, sellando su castigo.

Ártemis sintió que le faltaba la respiración.

-Quedas excluida del consejo y los banquetes de los dioses por un Gran Año, recitó la hija de Taumante, con voz firme.-No podrás poner un pie en el Olimpo y alguien deberá sustituirte en las reuniones del consejo olímpico. Por otro Gran Año perderás la voz y la respiración.

Apolo la soltó y se arrecostó sobre un árbol sintiendo la desesperación que lo corroía por dentro. Cerró los ojos, respirando con pesadez mientras se llevaba una mano a la boca y sus ojos derramaban lágrimas.

-Lo lamento, mi señor, se excusó la mensajera.-No os preocupéis más. El santo dorado no morirá, habéis actuado con rapidez. Será mejor que vayáis con él. Vuestra madre está en camino.

Él asintió convulsamente y apareció en la cima del monte con solo pensarlo. Debajo de un frondoso árbol de laurel, las musas habían acomodado al santo de Aries.

-Pregunta por ti, le reveló Calíope, adelantándose.-Lo lamento.

-Gracias, expresó con sinceridad.-Por favor, déjennos a solas.

Las jóvenes se retiraron y los dejaron solos.

-¿Cómo te sientes?, preguntó, viéndolo despierto, mientras se arrecostaba a su lado y le besaba la frente.

-Todo lo bien que puedo sentirme después de recibir dos flechazos. Y todo es gracias a ti.

-Te dije que no iba a permitir que sucediera lo mismo otra vez. Pero también debo darle gracias a tu resistencia. Cualquier otra persona no hubiera resistido.

-Te dije que no te preocuparas, sonrió-Auch, se quejó.-Yo podía resistirlo

-Ahora descansa. Descansa, mi querido carnero, repuso dándole un beso en los labios.

Ártemis es una pequeña desgraciada. Pero ya está, ya tuvo su merecido.

Una de las funciones de Iris es llevar un jarrón consigo. En este jarrón, ella lleva parte del agua del río Estigia y rocía o da de beber a todo aquel que rompe el juramento que hizo por dicho nombre. El dios afectado queda afónico y pierde la capacidad respiratoria por un Gran Año. Es excluido de los consejos y banquetes de los dioses por otro Gran Año. Éste periodo de tiempo equivale a nueve años normales. Es decir, es un castigo que se extiende por dieciocho años en total. Por eso los dioses se abstienen de abjurar cuando éste nombre está de por medio. En éste caso, pudieron más los celos de Ártemis y pagó las consecuencias de ello.

La vez pasada mencioné el icor y creo que no expliqué qué era, ni nada XD El icor (gr. ἰχώρ) era elmineral presente en lasangrede los dioses, o la propia sangre divina. Esta sustancia mítica, de la que se decía a veces que también estaba presente en laambrosía o elnéctarque los dioses comían en sus banquetes, era lo que los hacía inmortales. En apariencia dorado, cuando un dios era herido y sangraba, el icor eravenenosopara los mortales, matando inmediatamente a todos los que entraban en contacto con la sangre de un inmortal.

"Semejante a la noche" Es una expresión que se usa en la primera rapsodia de la Ilíada, cuando Crises le ruega al dios Apolo no dejar impune la afrenta hecha por Agamenón al tomar como cautiva a Criseida, su hija. La Ilíada dice: "…Tal fue su plegaria. Óyola Febo Apolo, e irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj sobre los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del dios cuando éste empezó a moverse. Iba semejante a la noche" Aunque al principio la expresión suena rara para referirse a Apolo, el dios de la luz, toma sentido si se la toma como una metáfora para la expresión "negro de rabia" Según esta misma parte, Apolo es el dios "del arco de plata" Por eso, lo del arco argénteo

Igual, "negra sangre" es una expresión tomada de Homero. Por el color oscuro de sustancias como la sangre o el vino, solía usar el color negro para describirlas en vez del rojo.

Delfos se haya incrustada en la ladera septentrional del monte Parnaso. Por eso, esta montaña es consagrada a Apolo y es el hogar de las nueve musas, las diosas que inspiran las artes cuyo patronazgo posee Febo Apolo, las hijas de Zeus y Mnemósine. Las iba a poner en el otro capítulo, pero pensé que con semejante alboroto, no iban a quedarse tan tranquilas ahí arriba. Aquí hablan Erato (gr. Ἐρατώ, 'la amorosa') la musa de la poesía elegíaca (amatoria) y Calíope (gr. Καλλιόπη, 'la de la bella voz') la musa de la poesía épica. A Calíope es a la que le debo yo mayor parte mi inspiración, creo yo, porque utilizo mucho la épica como inspiración de mis escritos, eso ya ustedes lo saben, son frecuentes las menciones que hago de Homero y Hesíodo ^_^ También se menciona a Terpsícore (gr. Τερψιχόρη, 'la que deleita en la danza') la musa de la danza y la poesía coral y a Euterpe (gr. Ευτέρπη, 'la muy placentera') la musa de la música. En el próximo capítulo, el epílogo, harán su aparición las otras cinco. Como siempre, imágenes de referencia en mi Facebook

¡Gracias por los comentarios!

¡Un beso grande!