(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 36.
Paso varios días sin ver a la princesa, y Candy no conto nada sobre el incidente a Albert ni a Terry ni a nadie que la visitara en sus aposentos. No podía enfrentarse a Annie con contar con pruebas mas tangibles si no quería echarlo todo a perder. Se pasaba el tiempo libre buscando información sobre las marcas del Wyrd, desesperada por hallar el modo de descifrarlas, encontrar aquellos símbolos, averiguar que significaban y que relación tenían con el asesino y su bestia. En medio de tanta preocupación, se sometió a otra prueba sin que produjera incidentes ni bochornos –aunque no podía decir lo mismo del soldado que lo había mandado a casa-, y mantuvo su intenso ritmo de entrenamiento con Albert y los demás campeones. Ya solo quedaban cinco y faltaban tres días para la última prueba y el duelo tendría lugar dos días después.
Candy se despertó la mañana de Yulemas y saboreo aquel momento de silencio.
Había algo inherentemente tranquilo en aquel día, a pesar de su siniestro encuentro con Annie. De momento, todo el castillo se había quedado en silencio para oír como caía la nieve. La escarcha adornaba los cristales de las ventanas, el fuego ya ardía en la chimenea y las sombras de los copos d nieve iban y venían por el suelo. Era una mañana de invierno tranquila y encantadora que podía imaginarse. No podía estropearla pensando en Annie, ni en el duelo, ni en el baile al que no le permitían asistir esa noche. No, era la mañana de Yulemas y quería ser feliz.
No parecía una festividad para celebrar la oscuridad que dio paso a la luz de la primavera, ni una festividad para celebrar el nacimiento del primogénito de la diosa. Simplemente era un día en el que la gente era mas educada, miraba dos veces a un mendigo en la calle y recordaba que el amor era algo vivo. Candy sonrió y se dio media vuelta en la cama, pero se interpuso en su camino. Estaba arrugado, resultaba áspero al tacto y tenia el inconfundible olor de las…
-¡Golosinas!
Una enorme bolsa de papel descansaba sobre la almohada; vio que estaba llena de todo tipo de delicias de confitería. No llevaba nota, ni siquiera un nombre garabateado en la bolsa. Candy se encogió de hombros, le brillaron los ojos y saco un puñado de caramelos. ¡Adoraba los dulces!
Soltó una carcajada y se metió unos cuantos caramelos en la boca. Uno por uno fue masticado la mezcla, cerró los ojos y respiro hondo mientras disfrutaba de todos los sabores y texturas.
Cuando por fin dejo de masticar, le dolía la mandíbula. Vacío el contenido de la bolsa sobre la cama, sin hacer caso de los montoncitos de azúcar que caían también, y se quedo contemplando el delicioso paisaje que tenia delante.
Allí estaban todas sus favoritas: frutas confitadas cubiertas de chocolate, chocolate almendrado, goma de mascar en forma de baya, trozos de azúcar en forma de joya, crocante de cacahuate, crocante normal, galletitas con bordados de azúcar, regaliz rojo escarchado y, sobre todo chocolate. Candy metió una trufa de avellana en la boca.
-Alguien –dijo entre bocado y bocado- se ha portado muy bien conmigo.
Se paro a examinar la bolsa de nuevo. ¿Quién se la habría enviado? Quizá Terry. Desde luego, ni Annie ni Albert. Ni tampoco las Hados del Hielo que repartían regalos entre los niños buenos. Habían dejado de visitar la primera vez que hizo sangrar a ser un humano. Quizá Nox. Ella le caía bastante bien.
-¡Señorita Candy! –exclamo Philippa desde el umbral boquiabierta.
-¡Feliz Yulemas, Philippa! –contesto Candy-. ¿Te apetece una golosina?
Philippa avanzo apresuradamente hacia Candy.
-¡Conque feliz Yulemas! ¡Mira esta cama! ¡Fíjate en este desastre! –Candy se estremeció-. ¡Tienes los dientes rojos! –grito Philippa.
Estiro el brazo para coger el espejo d mano que Candy guardaba junto a la cama y lo sostuvo para que la asesina pudiera verse reflejada en el.
Claramente tenia los dientes teñidos de rojo. Se paso la lengua por los dientes y luego intento quitarse manchas con un dedo, pero no desaparecieron.
-¡Malditos dulces!
-Si –le espeto Philippa-. Y eso que tienes por que la boca es chocolate. ¡Ni siquiera mi nieto se como las golosinas así!
Candy se echo a reír.
-¿Tienes un nieto?
-Si, y sabe comer sin manchar la cama de comida. ¡Y sin mancharse los dientes y la cara!
Candy tiro de las mantas y el azúcar salto por los aires.
-Toma un dulce, Philipa.
-Son las siete de la mañana –Philippa recogió el azúcar de la mano-. Va a sentarte mal.
-¿Mal? ¿A quien pueden sentarle mal los dulces?
Candy puso mala cara y le enseño los dientes teñidos de rojo.
-Pareces un demonio –dijo Philippa-. Si no abres la boca, nadie se dará cuenta.
-Tú y yo sabemos que no es posible.
Para su sorpresa, Philippa se echo a reír.
-Feliz Yulemas, Candy –le deseo. El hecho de oír a Philippa llamarla por su nombre le hizo sentir una oleada de placer-. Ven –añadió la criada con un gesto de reconvención-. Vamos a vestirte. La ceremonia comienza a las nueve.
Philippa se dirigió afanosamente al vestidor y Candy la vio marcharse. Tenia un corazón enorme, y tan rojo como sus dientes. Había gente buena: en el fondo, siempre había pizca de bondad en todo el mundo. Tenía que haberla.
Candy salió un poco mas tarde, ataviada con un vestido verde de aspecto solemne que Philippa había considerado el único vestido apropiado para asistir al templo. Los dientes de Candy seguían estando rojos, por supuesto, y se le revolvía el estomago al mirar la bolsa de golosinas. Sin embargo, las nauseas se le olvidaron rápidamente al ver a Terry Grandchester sentado a la mesa en su dormitorio con las piernas. Llevaba una preciosa chaqueta blanca y dorada.
-¿Tú eres mi regalo, o hay algo en esa cesta que tienes a tus pies? –pregunto la muchacha.
-Si quieres desenvolverme a mi… -dijo Terry poniendo la enorme cesta de mimbre sobre la mesa-, aun tenemos una hora hasta que comience el servicio en el templo.
-Feliz Yulemas, Terry.
-Igualmente. Veo que… ¿Tienes los dientes rojos?
Ella cerró la boca con fuerza y negó con la cabeza para protestar.
Terry le agarro la nariz y se la pellizcó. Por más que lo intento, Candy no logro zafarse de sus dedos. Abrió la boca y el soltó una carcajada.
-Veo que has estado comiendo golosinas.
-¿Me las has mandado tú? –pregunto abro la boca lo menos posible.
-Por supuesto –Terry cogió de la mesa la bolsa de golosinas marrón-. ¿Cuál es tu…? –comenzó a preguntar, pero se quedo callado al sopar la bolsa-. ¿Acaso no te he enviado tres libras de golosinas?
Candy sonrió con picardía.
-¡Te has comidos media bolsa!
¿Acaso tenia que reservarla?
-¡Me habría gustado probarlas!
-No me lo habías dicho.
-¡Porque no esperaba que te la zampases todas antes del desayuno!
Ella le arrebato la bolsa y volvió a dejarla sobre la mesa.
-Bueno, so demuestra lo mal que se te da juzgar a la gente.
Terry abrió la boca para replicar, pero la bolsa de dulces se volcó y se derramo sobre la mesa. Candy se volvió justo a tiempo para ver el esbelto hocico dorado que se asomaba de la cesa avanzado lentamente hacia las golosinas.
-¿Qué es eso? –pregunto.
Terry sonrió.
-Un regalo de Yulemas para ti.
La asesina abrió la tapa d la cesta. El hocico volvió a esconderse rápidamente y Candy descubrió un extraño cachorro de pelo dorado que temblaba en un rincón con un lazo rojo al cuello.
-Pobrecita –dijo con suavidad, y la acaricio. La perra tembló y Candy fulmino a Terry mirándolo por encima del hombro-. ¿Qué has hecho, bufón? –susurro
Terry levanto las manos.
-¡Es un regalo! A punto he estado de quedarme sin un brazo… y sin otras partes importantes… al intentar ponerle ese lazo, ¡y luego no ha parado de aullar hasta que llegamos aquí!
Candy miro compungida al animal, que ya estaba chupándole el azúcar de los dedos.
-¿Qué voy a con ella? ¿No has podido encontrarle dueño y por eso has decidido dármela a mi?
-¡No! –exclamo el-. Bueno, si. Pero… no parecía tan asustada cuando tu estabas cerca, y recordé como te habían seguido mis perros en el desde Endovier. A lo mejor confía lo suficiente en ti para adaptarse a los humanos. Hay gente que tiene es don –levanto una ceja mientras se paseaba por la habitación-. Es un regalo horrible, lo se. Debería haberte traído algo mejor.
La perra levanto la vista para mirar a Candy. Tenia los ojos de un color entre dorado y marrón, como el caramelo fundido. Parecía estar esperando a que alguien le pegara. Era preciosa, y sus enormes patazas hacían sospechar que algún día se haría grande… y rápida. Candy esbozo una sonrisa. La perra movió el rabo…, una vez y luego otra.
-Es tuya –dijo Terry-. Si la quieres.
-Y ¿Qué voy a hacer con ella si m envían de vuelta a Endovier?
-Yo me ocupare de eso.
Candy acaricio sus suaves orejas aterciopeladas y luego se atrevió a rascarle la barbilla. El cachorro movió la cola a conciencia. Si, había vida en aquella criatura.
-Entonces, ¿no la quieres? –murmuro el príncipe.
-Pues claro que la quiero –replico Candy, y luego comprendió lo que implicaban sus palabras-. Pero quiero adiestrarla. No quiero que se orine por ahí no que destroce muebles, zapatos y libros. Y quiero que se siente cuando se le ordene y se tumbe y se de media vuelta y todas las demás cosas que haces los perro. Y quiero que corra…, que corra con los otros perros cuando estén entrenando. Quiero que de uso a esas patas tan largas.
Terry se cruzo de brazos mientras Candy levanta a la perrita.
-Que lista de exigencias tan larga. Quizá debería haberte comprado joyas.
-Y cuando yo este entrenando… -beso la suave cabeza de la mascota, y esta enterró su fría naricita en el cuello de Candy-, quiero que ella este también entrenando en las perreras. Cuando vuelva por la tarde, me la pueden traer. Me la quedare por la noche –Candy levanto a la perra a la altura de sus ojos. La perra pataleo en el aire-. Si me estropeas algún zapato –le dijo-. Te convertiré en un par de zapatillas. ¿Entendido?
La perra se quedo mirándola, con el ceño arrugado, y Candy sonrió y la dejo en el suelo. Comenzó a olisquear a su alrededor, aunque no se acerco a Terry, y enseguida desapareció bajo la cama. La asesina levanto la colcha para mirar debajo. Afortunadamente, las marcas del Wyrd habían desaparecido por completo. La perra prosiguió con su exploración, olisqueando todo.
-Tendré que ponerle nombre –mustio y se puso de pie-. Gracias –añadió dirigiéndose a Terry-. Es un regalo precioso.
Terry era tan amable…, anormalmente amable, tratándose d alguien que había recibido su educación. Candy comprendió que el príncipe tenía corazón y conciencia. Era diferente a los demás. Tímida, casi torpemente, la asesina do una zancada hacia el príncipe heredero y lo beso en la mejilla. El tenia la piel sorprendentemente cálida, y Candy se preguntaba si lo habría besado adecuadamente cuando se retiro y vio que Terry tenia los ojos brillante y abiertos como platos. ¿Habría sido descuidada? ¿Su beso habría sido demasiado húmedo? ¿Tendría los labios pegajosos de las golosinas? Confió en que no se limpiara la mejilla.
-Lamento mucho no tener un regalo para ti –dijo ella.
-No… eh… no lo esperaba –se puso como la grana y miro el reloj-. Tengo que irme. Te veré en la ceremonia… o quizás esta noche, después del baile. Intentare escaparme tan pronto como pueda, aunque me juego algo a que, sin ti allí, Annie seguramente hará lo mismo…, así que no quedara tan a ml si yo me voy pronto.
La asesina nunca lo había visto balbucear así.
-Pásalo bien –le deseo mientras el retrocedía un paso casi estampándose contra la mesa.
-Te ver esta noche –contesto el-. Después del baile.
Candy oculto su sonrisa con la mano. ¿Tan nervioso lo había puesto su beso?
-Adiós, Candy –volvió a despedirse Terry, y miro hacia tras al llegar a la puerta.
Ella le sonrió, enseñándole los dientes rojos; el príncipe rio, hizo una reverencia y desapareció. Sola en sus aposentos, Candy estaba apunto de ver que hacia su nueva compañera cuando la asalto un pensamiento: Annie estaría en el baile.
Al principio no fue mas que un pensamiento sencillo, pero luego lo siguieron los pensamientos peores. Candy se puso a dar vueltas por la habitación. Si Annie estaba detrás de los asesinatos de los campeones –y, peor aun, tenia una bestia salvaje de la masacre a su pueblo…, ¿Qué mejor lugar para castigar a Adarlan que en el baile, donde tantos miembros de su realeza de celebración y desprotegidos?
Era irracional, Candy lo sabia, pero ¿y si…? ¿Y si Annie soltara en el baile a aquella criatura controlada por ella? no le importaría que Kaltain y Perrigton tuvieran unas muertes horribles, pero Terry también estaría allí. Y Albert.
Candy entro a su dormitorio retorciéndose los dedos. No podía avisar a Albert… porque si se equivocaba, eso no solo echaría a perder su amistad con Annie, sino también los esfuerzos diplomáticos de la princesa. Pero no podía limitarse a no hacer nada.
Oh, no debería pensar en eso, pro no era la primera vez que veía personas a las que consideraba sus amigas hacer cosas terribles, y se había vuelto mas seguro para ella suponer lo peor. Había sido testigo de lo lejos que puede llegar alguien por un deseo de venganza. Tal vez Annie no hiciera nada…, quizá Candy estaba comportándose de manera loca y ridícula. Pero si aquella noche pasaba algo…
Candy abrió las puerta que daban al vestidor y contemplo los brillantes vestido que colgaban de las paredes. Albert se pondría furioso si ella se colaba en l baile, pero podría soportarlo. También podría soportar que la encerrara en las mazmorras durante una temporada.
Porque la sola idea de que le pudieran hacer daño… o algo peor… le hacia esta dispuesta a correr cualquier riesgo.
-¿Ni siquiera en Yulemas vas a sonreír? –le pregunto Albert mientras salían del castillo en dirección al templo de cristal, que se encontraba en el centro del jardín del este.
-Si tuviera los dientes rojos, no sonreiría en absoluto –dijo el-. Date por contenta con una mueca d vez en cuando –Candy le enseño los dientes, pero el cerro la boca cuando se cruzaron con varios cortesanos seguidos por unos criados-. Me sorprende que no te quejes mas.
-Quejarme ¿de que?
¿Por qué Albert nunca bromeaba con ella como lo hacia Terry? Quizá no la encontrara atractiva. Aquella posibilidad le dolió más de lo que quería admitir.
-De no poder ir al baile esta noche.
La miro d soslayo. Sin embargo, el capitán no podía saber lo que estaba planeando. Philippa le había prometido guardar el secreto y no hacer preguntas cuando Candy le había pedido que le buscara un vestido y mascara a juego.
-Vaya, al parecer sigues sin fiarte de mi.
Quiso sonar descarada, pero no pudo evitar que su tono la traicionara. No podía perder el tiempo preocupándose por alguien que, obviamente, no tenia ningún interés por ella mas allá de aquella ridícula competición.
Albert soltó un bufido, aunque esbozo una sonrisa. Al menos el príncipe heredero nunca la haca sentir estúpida ni culpable. Albert no hacia mas que provocarla…, aunque también tenia su parte buena. Candy no tenia ni idea de cuanto había dejado de despreciarlo.
Aun así, sabia que no iba a gustarle verla aparecer en el baile de esa noche. Tanto si llevaba mascara como si no, Albert la reconocería. Solo esperaba que no la castigara demasiado severamente.
Continuara….
