(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 37.
Sentada en un banco al fondo del espacioso templo, Candy mantenía la boca cerrada con tanta fuerza que le dolía. Aun tenia los dientes rojos y no quería que nadie mas se diera cuenta.
El templo era un hermoso lugar construido enteramente de cristal. La piedra caliza que cubierta el suelo era lo único que quedaba del templo de piedra original, que el rey de Adarlan había destruido cuando decidió sustituirlo por aquella estructura de cristal. Dos hileras de unos cien bancos de palisandro se extendían bajo una bóveda acristalada que dejaba entrar tanta luz que durante el día no precisaban velas. Sobre el tejado translucido se amontonaba nieve, de tal modo que los rayos de sol se filtraban creando formas caprichosas. Como los muros también eran de cristal, las vidrieras dispuestas sobre el altar parecían flotar en el aire.
Candy se levanto para mirar por encima del mar de cabezas que tenia delante. Terry y la reina estaba sentados en el primer banco, precedidos por toda una fila de guardias. El duque y Kaltain se habían acomodado al otro lado del pasillo, detrás de ellos estaban Annie y varias personas mas a las que Candy no reconoció. No busco a Nox ni a los demás campeones… ni tampoco a Neil. ¿Por qué le habían permitido presenciar aquel acto pero no la dejaban asistir al baile?
-Siéntate –gruño Albert a la vez que tiraba de su vestido verde.
Candy puso mala cara y se dejo caer sobre el almohadón del banco. Varias personas se quedaron mirándola. Llevaban vestidos y chaquetas tan recargados que la asesina no pudo evitar preguntarse si habrían adelantado la hora del baile.
La suma sacerdotisa se situó sobre el altar de piedra y levanto las manos por encima de la cabeza. Los pliegues de su vaporosa túnica de color negro azulado cayeron a su alrededor. Tenia una larga melena blanca que llevaba suelta. En la frente tenia tatuada una estrella de ocho puntas en un tono azul que hacia juego con su ropa. Las finas líneas de su figura se extendían hasta el nacimiento del pelo.
-Bienvenidos todos, recibid las bendiciones de la diosa y de todos sus dioses.
Su voz resonó a través de la sala hasta llegar a los oídos de los que se encontraban mas al fondo.
Candy reprimió un bostezo. Respetaba a los dioses –si acaso existían y solo le convenía pedirles ayuda-, pero las ceremonias religiosas eran… atroces.
Llevaba muchos años sin asistir a ese tipo de rituales, y mientras la suma sacerdotisa baja los brazos y se quedaba mirando a los allí presentes, la asesina se removió inquieta en el asiento. Primero serian las oraciones de costumbre; luego, las oraciones especiales de Yulemas; a continuación, el sermón, seguido por las canciones, y por ultimo, la procesión de los dioses.
-Deja de moverte –la reprendió Albert entre dientes.
-¿Qué hora es? –susurró ella, el le pellizco el brazo.
-Hoy –prosiguió la sacerdotisa- estamos aquí reunidos para celebrar el final y el principio del gran ciclo. Hoy conmemoramos el día en que la gran diosa dio a luz a su primogénito, Lumas, señor de los dioses. Con su nacimiento, el amor llego a Erilea y desterró el caos procedente de las puertas del Wyrd.
A Candy le pesaban los parpados. Se había despertado muy temprano… y había dormido poquísimo desde su encuentro con Annie. Incapaz de evitarlo, Candy se adentro en el reino de los sueños.
-Despierta –le gruño Albert al oído-. ¡Ya!
Candy se incorporo sobresaltada. De repente, el mundo era brillante y nebuloso. Varios nobles de rango inferior que compartían banco con ella se rieron en voz baja. La asesina miro a Albert como disculpándose y acto seguido dirigió la vista al altar. El sermón de la suma sacerdotisa haba llegado a su fin, y las canciones de Yulemas habían terminado. Solo tenia que soportar la procesión de los dioses y luego seria libre.
-¿Cuánto rato he dormido? .pregunto en susurro. El no contesto-. ¿Cuánto rato he dormido? –volvió a preguntar, y se fijo en que Albert se había ruborizado-. ¿Tú también te has dormido?
-Hasta que has empezado a babearme el hombro.
-Menudo hipócrita – susurro ella, y Albert le dio un golpe en la pierna.
-Presta atención.
El sonido de los pasos resonó por el templo y la congregación se puso de pie. Ninguno de los niños de ojos vendados que recorrían el templo tendría mas de diez años, y aunque ofrecían un aspecto bastante ridículo vestidos de dioses, la escena no carecía de encanto. Todos los años escogían nueve niños. Si uno de ellos se detenía ante alguno de los presentes, el elegido recibiría las bendiciones del dio en cuestión y un pequeño regalo que el niño llevaba como símbolo de favor divino.
Farnor, dios de la guerra, se detuvo en la primera fila junto a Terry, pero luego se desplazo hacia la derecha, al otro lado del pasillo para dale la espalda de plata en miniatura al suque Perrigton. "Menuda sorpresa"
Ataviado con unas alas brillantes, Lumas, dios del amor, paso por delante de Candy. Esta se cruzo de brazos.
"Que tradición ridícula"
Denna, diosa de la caza y las doncellas, se le acerco. Candy se removió inquieta y deseo no haberle pedido a Albert que le permitiera sentarse junto al pasillo. Para su horror, la niña se detuvo ante ella y se quito la venda que le tapaba los ojos.
Era una monada: el pelo rubio le caía por la espalda en una cascada de rizos y sus ojos marrones tenían motitas verdes. La niña sonrió a Candy y estiro el brazo para tocarle la frente. Un sudor frio recorrió la espalda de la asesina cuando noto cientos de ojos clavados en ella.
-Que Deanna, diosa y protectora de los jóvenes, te bendiga y te proteja este año. Te hago entrega de esta flecha de oro como símbolo de su poder y gracias –la niña hizo una reverencia mientras le ofrecía la delicada flecha. Albert le dio un ligero codazo y Candy tomo el objeto-. Bendiciones de Yulemas para ti –prosiguió la pequeña y Candy asintió en señal de agradecimiento.
Cogió la flecha y la niña se alejo dando saltitos. No servía para disparar, pro estaba hecha de oro macizo.
"Cazare una buena presa".
Encogiéndose de hombros, Candy le entrego la flecha a Albert.
-Supongo que no se me permite tener esto –dijo, y volvió a tomar asiento con el resto de la multitud.
El volvió a depositarla en el regazo de Candy.
-Preferiría no poder a prueba a los dioses.
La asesina lo miro de hito en hito durante unos instantes. ¿Qué le pasaba al capitán? Algo en su expresión había cambiado. Candy le dio un ligero codazo y sonrió.
Continuara…
