(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

Capitulo 40.

Candy gruño cuando algo frio y húmedo le rozo la mejilla. Abrió un ojo y descubrió que el cachorro la miraba desde arriba agitando la cola. Cambio de postura y entrecerró los ojos para protegerlos de la luz del sol. No había tenido intensión de dormir tanto. Dentro de dos días se celebraba una prueba y debía preparase. Seria el ultimo examen antes del duelo final, la prueba que iba a decidir quienes serian los cuatro finalistas.

Candy se froto un ojo y rasco a la perrita detrás de las orejas.

-¿Te has hecho pipi en alguna parte y has venido a decírmelo?

-Ni hablar –respondió alguien abriendo la puerta del dormitorio; Terry-. La he sacado ala alba junto con los otros perros.

Ella sonrió con pereza mientras el se acercaba.

-¿No s demasiado pronto para las visitas?

-¿Pronto? –se rio el príncipe, y s sentó en la cama. Ella se aparto sobresaltada-. ¡Casi es la una de la arde! Philippa me ha dicho que llevas toda la mañana durmiendo como un tronco.

¡La una! ¿Tanto había dormido? Y ¿su entrenamiento con Albert? Candy se rasco la nariz y tomo n brazos al cachorro. Por lo menos, la noche había sido tranquila. De haberse producido algún ataque, ya se habría enterado. Tuvo ganas de suspirar de alivio, aunque el sentimiento de culpa por lo que había hecho –su falta de fe en Annie- la entristeció.

-¿Ya le has puesto nombre? –pregunto el; indiferente, tranquilo, compuesto. ¿Estaba fingiendo o sencillamente el beso no había significado nada para el?

-No –contesto ella.

Intentaba parecer serena, aunque habría querido gritar de tan incomoda que se sentía.

-Y ¿Qué tal –prosiguió el mientras se daba unos toques en la barbilla- Ter…ito?

-Es el nombre más bobo que he oído en mi vida-

-¿Se te ocurre algo mejor?

Candy tomo una de las patas de la perrita y examino las patas mullidas. Apretó la almohadilla con el pulgar.

-Ligera –era un nombre perfecto. De hecho, tenia la sensación de que había estado allí todo el rato, esperando a que ella fuera tan perspicaz para descubrirlo-. Si, Ligera le sienta de maravilla.

-Tiene algún significado? –pregunto el, y la perrita levanto la cabeza para mirarlo.

-Lo tendrá cuando corra mas que tus perros de raza.

Candy cogió al animal en brazos y le beso la cabeza. Meneo al cachorro arriba y abajo, y la perrita se quedo mirándola con el ceño fruncido. Era enternecedora, tan suave y adorable.

Terry soltó una risilla.

-Ya veremos.

La asesina dejo al perro a los pies de la cama. Ligera s metió rápidamente bajo las mantas y desapareció.

-¿Has dormido bien? –le pregunto el príncipe.

-Si. A juzgar por lo temprano que te has levantado, tu no puedes decir lo mismo.

-Mira –empezó a hablar Terry, y Candy quiso tirarse por el balcón-. Ayer por la noche… Lamento haber sido tan directo contigo –se interrumpió un momento-. Candy, ¿te burlas de mi?

Oh, no… ¿Le estaba haciendo muecas al príncipe?

-Ejem… Lo siento.

-Entonces, ¿te molesto?

-Si me molesto ¿Qué?

-¡El beso!

Incapaz de tragar saliva, la asesina tosió.

-No, claro que no, no fue nada –dijo a la vez que se golpeaba el pecho para aclararse la garganta-. No tuvo importancia. Pero tampoco me desagrado, si eso es lo que estas pensando.

Enseguida se arrepintió de haber dicho eso.

-Entonces, ¿te gusto? –pregunto Terry con una sonrisa lánguida.

-¡No! ¡Oh, déjame en paz!

Candy se dejo caer sobre las almohadas y se tapo el rostro con las mantas. Se moría de vergüenza.

En la oscuridad de la cama, Ligera le lamio la cara.

-Venga –se burlo el-. A juzgar por tu reacción, se diría que fue tu primer beso.

Ella arrojo las mantas a un lado y Ligera se escondió aun mas adentro.

-Claro que no –replico Candy mientras intentaba no pensar en Anthony y en lo que había compartido con el-, aunque ha sido mi primera experiencia con un principito creído, arrogante y estirado.

El se miro el pecho.

-¿Estirado?

-Oh, cállate –se desespero ella, y lo golpeo con la almohada.

Paso al otro lado de la cama, se levanto y camino hacia el balcón.

Noto que el príncipe la miraba. Observaba las tres cicatrices de la espalda que el escotado camisón no conseguía ocultar.

-¿Te vas a quedar aquí mientras me cambio?

Se volvió hacia el. La expresión de Terry no se parecía a la de la noche anterior. Su mirada parecía cauta e infinitamente triste. La sangre de la muchacha corría como un torrente por sus venas.

-Y ¿bien?

-Esas cicatrices son horribles –respondió el, casi en susurros.

Ella se llevo la mano a la cadera y se encamino al vestido.

-Todos tenemos cicatrices, Terry. Resulta que las mías son mas visibles que las de la mayoría. Quédate aquí sentado si te place, pero me voy a vestir.

Abandono el cuarto con un paso digno.

Kaltain caminaba tras el duque Perrigton entre los inacabables planteles del invernadero. En la enorme construcción de cristal abundaban tanto la luz como las sombras, y ella s abanicaba son cesar para ahuyentar la pegajosa humedad que le empapaba la cara. Aquel hombre siempre escogía los peores lugares del mundo para pasear. A ella le interesaba tanto las plantas y las flores como un charco de barro en la cuneta.

Perrigton arranco un lirio –de un blanco inmaculado- y se lo tendió con una inclinación de cabeza.

-Para ti.

Ella intento no encogerse ante la visión de la piel rubicunda y el mostacho rojo. Solo de pensar que pudiera acorralarla le entraban ganas de arrancar todas las plantas de raíz y arrojarlas a la nieve.

-Gracias –dijo con voz ronco.

Perrigton se quedo mirándola.

-Se diría que estas algo desaminada, Lady Kaltain.

-Ah, ¿si? –ella ladea la cabeza con la expresión mas tímida que pudo adoptar-. Tal vez porque el día de hoy palidece ante la diversión del bale de ayer.

Poco convencido, el duque la siguió escudriñando con sus negros ojos. Con el ceño fruncido, la tomo por el codo para obligarla a seguir avanzando.

-No tienes que disimular conmigo. Me di cuenta d que mirabas al príncipe heredero.

Kaltain opto por disimular. Enarcando sus cejas bien perfiladas, lo miro de reojo.

-Ah, ¿si?

Con un dedo gordezuelo, Perrigton acaricio el tallo de un helecho. El anillo negro delato su pulso, y un dolor sordo volvió a latir en las sienes de Kalain.

-Yo también me fije en el. N la chica, para ser más exactos. Es engorro, ¿no es cierto?

-¿Lady Lillian?

Esta vez Kaltain pestañeo, sin atreverse a bajar la guardia todavía. El duque no se había dado cuenta de que deseaba al príncipe, mas bien se había fijado en que Terry y Lillian no se habían separado en toda la noche.

-Así se hace llamar, si –mustio Perrigton.

-¿No es su verdadero nombre? –pregunto ella sin pararse a pensar.

El duque se volvió a mirarla. La negrura de sus ojos hacia juego con el anillo.

-¿No te has tragado el cuento de que esa muchacha es una verdadera dama?

El corazón de Kaltain dio un brinco.

-¿No lo es?

Perrigton sonrió y, por fin, se lo conto todo.

Cuando el duque finalizo su relato, Kaltain lo miraba de hito en hito. Una asesina. Lillian Gordiana eran Candy White, la asesina mas famosa del mundo. Y había puesto las zarpas en el corazón de Terry. Si Kaltain quería casarse con Terry, tendría que ser mucho, muchísimo mas lista. Quizá bastante con revelar quien era Lillian en realidad. Pero tal vez no. Kaltain no podía correr ningún riesgo. El silencio reinaba en el invernadero, como si el mismo edificio contuviera el aliento.

-¡No podemos dejar que esto quede así! ¡No podemos permitir que el príncipe se ponga en peligro!

La expresión de Perrigton mudo un instante –en algo mas dolorido y feo-, pro el cambio fue tan rápido que ella apenas lo advirtió, torturada por una migraña cada vez mas fuerte. Necesitaba la pipa; tenia que tranquilizarse antes de que le diera un ataque.

-Claro que no –repuso Perrigton.

-Y ¿Cómo vamos a detenerlos?¿Revelándole la verdad al rey?

El duque negó la cabeza y se llevo una mano al sable con el ademan meditabundo. Kaltain examino un capullo de roda y resiguió el borde de una espina con su larga uña.

-Se va a celebrar un duelo entre los campeones supervivientes –dijo el hombre despacio-. En el transcurso del duelo, ella brindara en honor de la diosa y de los dioses menores –mientras el duque seguía hablando, Kaltain sintió que le faltaba el aliento, y no solo por la culpa del estrecho corsé. Separo el dedo de la espina-. Iba a pedirte que presidieras el brindis… en representación de la diosa. Tal vez podrías dejar caer algo es su bebida

-¿Matarla yo misma?

Una cosa era contratar a alguien que lo hiciera, pero asesinarla en persona…

El duque levanto las manos.

-No, no. Sin embargo, el rey esta de acuerdo conmigo en que debemos tomar medidas drásticas, y quiere que lo hagamos de tal modo que Terry atribuya los acontecimientos a… un accidente. Si le administramos sencillamente una dosis de acónito sanguino, nada letal, solo lo suficiente para asegurarnos de que pierde el control, Neil obtendrá la ventaja necesaria.

-Y ¿no puede matarla en propio Neil? Los accidentes abundan en los duelos.

El dolor de cabeza s le estaba agudizando, los latidos de transmitían a todo su cuerpo. Tal vez drogarla fuera mas fácil…

-Neil cree que si, pero prefiero no correr riesgos.

Perrigton le tomo las manos, Kaltain noto el helor del anillo contra la piel y reprimió el impulso de apartarlas.

-¿No quieres ayudar a Terry? Cuando se haya librado de ella…

"Entonces será mío. Será mío, como debe ser".

Pero matar… "Sera mío"

-Podemos devolverlo al buen camino, ¿no te parece?

Perrigton remato la frase con una gran sonrisa que la hizo estremecer. Su instinto le decía que echara a correr, que huyera son mirar atrás.

En su mente, en cambio, solo veía una corona y un trono, y al príncipe sentado junto a ella.

-Dígame que tengo que hacer –accedió por fin.