(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 50.
La pierna derecha de Candy apenas la sostenía, pero apretó los dientes con fuerza y se levanto. Irguió los hombros mientras Neil la miraba de hito en hito.
El viento le acaricio el rostro y su cabello dorado ondeo a su espalda como una capa reluciente. "No tengo miedo"- una marca de luz azul resplandecía en su frente.
-¿Qué tienes en la cara? –pregunto Neil.
El rey se levanto, ceñudo, y más cerca de Annie contuvo el aliento.
Con un brazo dolorido, casi inservible, Candy se limpio la sangre de la cara. Gruñendo, Neil blandió la espada, dispuesto a decapitarla.
Candy se abalanzo hacia delante, tan rápida como una flecha de Deanna.
Los ojos de Neil se abrieron de par en par al ver que le clavaba el extremo dentado del báculo en el costado derecho, tan desprotegido como Albert le había señalado.
La sangre se derramo por las manos de la muchacha cuando retiro el bastón. Neil, cogiéndose las costillas, trastabillo hacia atrás.
Candy olvido el dolor, el medo, al tirano que clavaba sus ojos oscuros en la marca azul que ardía en su frente. Retrocedió de un salto y, con el extremo punzante del báculo, le hizo un corte en el brazo que atravesó musculo y nervio. El la ataco con el otro brazo, pero Candy lo esquivo y le hirió ese miembro también.
Cuando el soldado trato de embestirla, Candy se hizo a un lado. Neil cayó despatarrado. La asesina le coloco un pie sobre la espalda y, cuando el levanto la cabeza, descubrió que el extremo afilado del báculo le apuntaba a la garganta.
-Un solo movimiento y te lo clavo en el cuello a suelo –resolló Candy con dificultad.
Neil se quedo inmóvil, y por un momento, la asesina habría jurado que sus ojos brillaban como ascuas. Durante el tiempo que dura un latido, considero la idea de matarlo allí mismo para que no pudiera contar a nadie lo que sabia; sobre ella, sobre sus padre, sobre los signos del Wyrd y su poder. Si el rey llegaba a enterarse de algo… Candy temblaba del esfuerzo que le suponía no clavarle la punta de la lanza en el cuello, pero por fin alzo su rostro magullado y miro al rey.
Los consejeros empezaron a aplaudir con timidez. En realidad, ninguno de ellos había presenciado el espectáculo: ninguno había visto las sombras que transportaba el viento. El rey miro en su dirección y Candy se obligo a si misma a permanecer erguida, a no doblegarse mientras el emitía su veredicto. Vivió cada segundo de silencio como un golpe en el vientre. ¿Estaría buscando el rey un modo de anular el combate? Tras lo que le pareció toda una vida, el rey hablo.
-La campeona de mi hijo es la ganadora –gruño.
Candy sintió que el suelo giraba bajo sus pies. Había ganado. Había ganado. Era libre, o cuando menos estaba mas cerca de la libertad de lo que nunca estaría. La nombrarían campeona del rey y luego seria libre…
De repente, tomo conciencia de todo lo que acababa de suceder. Dejo caer los restos ensangrentados del báculo y aparto el pie de la espalda de Neil. Se alejo canjeando y resollando con fuerza. Estaba salvada. Elena la había salvado. Y ella… haba ganado.
Annie seguía en el mismo sitio que antes, con una leve sonrisa en los labios, tan leve como si…
La princesa de desmayo, y su guardia personal corrió a socorrerla. Candy quiso acercarse a su amiga, pero le fallaron las piernas y cayo al suelo. Terry, como saliendo de un trance, se precipito hacia ella. Cayó de rodillas a su lado. Sin dejar de murmurar su nombre.
Candy apenas podía oírlo. Acurrucada, dejo que las lágrimas surcaran sus mejillas. Había ganado. A pesar del dolor, la asesina se echo a reír.
Mientras Candy reía en silencio, con la cabeza contra el suelo, Terry examinaba su cuerpo. La herida del muslo seguía sangrando, el brazo le colgaba inerte y su rostro y sus brazos era un mosaico de cortes y cardenales incipientes. Neil, con la furia grabada en el semblante, los observaba de cerca. La sangre le goteaba entre los dedos y se aferraba a su costado. Que sufriera.
-Necesito que la vea un sanador –le dijo Terry a su padre. El rey no respondió-. Tu, chico –espeto a un paje-. Ve a buscar a un sanador. ¡Tráelo cuanto antes!
Terry apenas y podía respirar. Tendría que haber puesto fin al combate cuando Neil había golpeado a Candy por primera vez. No habría debido quedarse mirando, cuando salaba a la vista que la habrían envenenado. De haber estado en su lugar, ella lo habría ayudado, sin titubear ni un instante. Incluso Albert le había prestado apoyo: se había arrodillado al borde del círculo. Y ¿Quién la había drogado?
Rodándola cuidadosamente con los brazos, Terry miro en dirección de Kaltain y Perrington. Al hacerlo, pasó por alto la mirada que intercambiaban Neil y su padre. El soldado saco una daga.
Albert, en cambio, si se percato. Neil levanto la daga para apuñalar a la chica por la espalda.
Sin pararse a pensar, sin preguntarse que estaba pasando, Albert se interpuso entre ambos de un salto y hundo en el corazón de Neil.
La sangre mano a brotes y empapo los brazos, la cabeza, la ropa de Albert. Un líquido que olía a muerte y podredumbre. Neil cayo de bruces en el suelo
Se hizo un silencio. Albert se quedo mirando como el soldado exhalaba su último momento hasta morir. Cuando todo hubo terminado y los ojos de Neil se pusieron vidriosos, el capitán de la guardia dejo caer la espada. Se arrodillo junto a Neil pero no lo toco. ¿Qué había hecho?
Albert no podía dejar de mirar la sangre que la empapaba las manos. Había puesto fin a una vida. Acababa de matar a Neil.
-Albert –jadeo Terry.
Candy se había quedado inmóvil en sus brazos.
-¿Qué he hecho? –pregunto Albert.
La asesina gimió y empezó a temblar.
Dos guardias ayudaron al capitán de la guardia a levantarse. Mientras se lo llevaban, Albert no dejaba d mirarse aquellas manos ensangrentadas.
Terry siguió a su amigo con la mirada. Cuando Albert desapareció en el interior del castillo, devolvió la atención a Candy. El rey gritaba algo. La muchacha temblaba tanto que las heridas le sangraban aun más profusamente.
-No debería haberlo matado. Ahora el… el… -se interrumpió con un resuello-. Ella me ha salvado –siguió diciendo Candy, que había hundido la cara en el pecho de Terry-. Terry, ella me quito el veneno. Ella… Oh, dioses, ni siquiera se lo que ha pasado.
El príncipe no tenia idea de lo que estaba hablando, pero la abrazo con más fuerza.
Terry poso la mirada en el consejo mientras sopesaba casa palabra que salía de la boca de la asesina, cada uno de sus propios movimientos o reacciones. Al infierno el consejo. La beso en el pelo. La marca había desaparecido de la frente de la muchacha. ¿Qué era aquel signo? ¿Qué había pasado allí exactamente? Neil había tocado la fibra sensible de Candy; cuando había mencionado a sus padres, la asesina había perdido el control por completo. Nunca la había visto tan furiosa, tan frenética.
El príncipe se odiaba a si mismo por no haber intervenido, por haberse quedado allí mirando como un maldito cobarde. Debería haber saldo en su defensa. Se aseguraría de que le fuera concedida la libertad y después… Después…
Candy no se resistió cuando Terry la llevo a sus aposentos tras pedirle al galeno que acudiera allí.
Estaba harto de la política y las intrigas. Amaba a Candy, y ningún imperio, ningún rey, ningún poder terrenal lo iba a aparar de ella. No, si alguien intentaba sepáralos, rompería el mundo en dos con las manos desnudas. La idea ni siquiera lo asustaba.
Desesperada y perpleja, Kaltain observaba como Terry se llevaba a la maltrecha asesina. ¿Cómo era posible que hubiera vencido a Neil, si estaba drogada? ¿Por qué no haba muerto?
Sentado junto al ceñudo rey, Perringtog echaba chispas. Los consejeros escribían a toda prisa. Kaltain se saco el frasco vacío del bolsillo. ¿Acaso el duque no le había dado suficiente acónito sanguino para dejarla fuera de juego? ¿Por qué Terry no estaba llorando ante su cadáver? ¿Por qué ella misma no estaba junto al príncipe, consolándolo? La migraña la asalto de repente, tan fuerte que se le nublo la visión y dejo de pensar con claridad.
Kaltain se acerco al duque y le susurro al oído:
-¿No me dijiste que acabaría con ella? –la dama intento no alzar la voz-. ¡Me dijiste que ese maldito veneno acabaría con ella!
El duque y el rey se volvieron hacia ella y los consejeros intercambiaron miradas. Kaltain se irguió. Despacio, el duque se levanto de la silla.
-¿Qué tienes en la mano? –le pregunto Perringtog en un tono mas alto de lo normal.
-¡Ya sabes lo que es! –replico ella entre dientes. Se esforzaba por no gritar, pero el dolor de cabeza le rugía en sus oídos. Apenas podía escuchar sus propios pensamientos; la furia se había adueñado de ella-. El maldito veneno que le he administrado –murmuro para que solo Perringtog pudiera oírla.
-¿Veneno? –pregunto el duque, en voz alta que Kaltain abrió los ojos de par en par-. ¿La has envenenado?¿Por que has hecho eso?
Llamo por gestos a tres guardias.
¿Por qué el rey guardaba silencio? ¿Por qué no acudía en defensa de Kaltain? Perringtog le había proporcionado la droga siguiendo instrucciones del rey, ¿no? Los miembros del consejo la miraban con expresión acusadora mientras cuchicheaban entre si.
-¡Tu me los diste! –le espeto al duque.
Las cejas de Perringtog se arrugaron.
-¿De que estas hablando?
Kaltain se abalanzo sobre el.
¡Tu, maldito conspirador hijo de perra!
-Prendedla, por favor –dijo el duque sin alterarse, como si Kaltain no fuera mas que una sirviente histérica. Como si no fuer nadie.
-Te dije –mustio Perringtog al oído del rey- que seria capaz de cualquier cosa con tal de atraer la atención del prin…
El final de la frase se perdió cuando los guardias apresaron a Kaltain. El semblante del duque no delataba nada, ninguna emoción en absoluto. Le había tomado el pelo.
-¡Majestad, por favor! ¡Su excelencia me dijo que usted…!
El duque se limito a mirar a otro lado.
-¡Te matare! –le grito Kaltain a Perringtog.
A continuación miro al rey, implorante, pero el también desvió la vista con una expresión de repugnancia en el rostro. No la escucharía, por mas que ella dijera la verdad. Perringtog debía de tenerlo todo planeado. Y ella había caído en la trampa. El duque había fingido ser un bobo enamorado para clavarle una daga por la espalda.
Kaltain pateo y se debatió para zafarse de los guardias, pero la mesa quedaba cada vez mas lejos. Cuando alcanzaron las puertas del castillo, el duque la miro sonriendo y todos los dueños de la nada se esfumaron.
