Capítulo 4 – Cruce de miradas.
La primera semana de curso pasó para todo el instituto sin ningún altercado más. Sora y Mimi aprovecharon esos días para recorrer el recinto, conocer a gente de su curso y de otros, en fin, dedicaron el tiempo a acostumbrarse a su nueva situación. Estuvieron recorriendo la ciudad, visitando los monumentos más importantes, yendo a comer a algunos de los restaurantes que aparecían en la guía gastronómica que Mimi había adquirido, entre otras cosas.
El sábado, las muchachas fueron a tomar un café con Kari, quien todavía no había visto a T.K. desde la pelea. El rubio no había aparecido por clase, no contestaba a las llamadas que le hacía al móvil y cuando llamaba a su casa su madre, Natsuko, siempre le decía que estaba descansando.
Ni Sora ni Mimi supieron qué decirle a su nueva amiga para hacer que se sintiese un poco mejor, todavía no la conocían muy bien y no se sentían capaces de decirle algo para intentar animarla.
Mientras estaban en la cafetería, sentadas en una pequeña mesita en el exterior del local, Tai cruzó la calle. El chico iba vestido con una camiseta negra de manga corta y un pantalón de chándal y llevaba una pelota de fútbol en los pies. Sora alzó la cabeza, se percató de la presencia del chico y se lo quedó mirando. Apenas unos segundos después, Tai se dio cuenta de la mirada que la chica tenía clavada en él, esbozó una sonrisa sesgada.
Mimi se dio cuenta de ese cruce de miradas, cogió a su amiga del brazo y le susurró al oído.
─ ¿Qué ha pasado con Tai?─preguntó con una gran sonrisa consciente de que su amiga no le había contado un par de cosas.
─ ¿A qué te refieres con eso? – Preguntó Sora, sorprendida por la reacción emocionada de Mimi.
─Vamos, Sora – dijo Mimi haciendo un mohín.
─A ver, Mimi. No ha pasado nada, tan solo estuvimos jugando al fútbol – Obviamente, la pelirroja no le había contado a su amiga que desde el martes cada vez que salía a correr iba a jugar un rato al fútbol con Tai.
─ ¿Los dos solos? – Sora no tuvo tiempo de contestar pues Tai ya estaba frente a ellas. El moreno se acercó a su hermana, le acarició el pelo con cuidado. Acto seguido, se centró en sora y la observó de arriba abajo.
─¿Qué hacéis vosotras aquí? – les preguntó en general.
─He quedado un rato con ellas para charlar – explicó Kari a su hermano –. ¿Adónde ibas tú, Tai?
─He quedado con Matt y algunos más para jugar un rato al fútbol. Y, esta noche saldremos a una nueva discoteca que han abierto cerca del centro. ¿No crees que es un planazo, hermanita? – dijo él con una amplia sonrisa como si aquel fuera el plan más perfecto de todos, como si no se le hubiera ocurrido a nadie antes que a él.
─Sí, es genial – dijo Kari enarcando una ceja, Seguramente, esa noche allá las tres o las cuatro de la mañana su hermano la despertaría al entrar borracho en casa tropezando con todo lo que se pusiera por en medio. Suspiró, odiaba que aquello ocurriese porque una vez que se desvelaba le era muy difícil volver a conciliar el sueño.
─¿Por qué no vienes conmigo? – sus ojos color chocolate se clavaron en los rubíes de Sora. La pelirroja que no había estado prestando demasiada atención a lo que había dicho su compañero de clase se sobresaltó por la inquisitiva mirada de él.
─¿Qué estabas diciendo?
─¿Quieres venirte conmigo esta noche a una discoteca? – Mimi giró la cabeza para mirar a Sora. La cabeza de la castaña estaba pensando en esos momentos a toda velocidad. En el caso de que Sora aceptase la invitación de Tai tal vez ella pudiese tener la oportunidad de ver a Matt en la fiesta ya que desde el día de la pelea el rubio no había vuelto a dirigirle la palabra. Así que tomó una decisión y habló antes de que la otra pudiese siquiera procesar la información.
─Iremos las dos – dijo Mimi sonriendo al moreno. Tai agradeció internamente que la otra chica le ayudar de manera inconsciente en su plan y le sonrió mostrando una gran hilera de dientes blancos.
Sora boqueó un par de veces intentando buscar alguna excusa con la que replicar a Mimi que había dicho una estupidez tan grande. ¿Cómo se le había ocurrido decir que iban a ir las dos? La pelirroja alternó la mirada entre su amiga y Tai sin saber cómo salir de aquella encrucijada en la que la habían metido.
─Yo no quiero ir – balbuceó Sora con un hilo de voz. Tai enarcó una ceja, se acercó a ella y se agachó hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
─¿De verdad que no? Creo que tu amiga sí que está muy entusiasmada con la idea. No la dejarás en la estacada, ¿verdad?
La pelirroja ladeó la cabeza, le echó un vistazo a Mimi que le rogaba con la mirada que aceptar y luego sus ojos se clavaron en los de Tai. Aquellos ojos color chocolate la atrajeron como un imán y la hicieron sentir completamente desprotegida durante unos breves instantes. Finalmente, la chica no tuvo más remedio que resignarse aunque con toda probabilidad le echaría a Mimi la bronca del siglo en cuanto llegasen a casa después de jugarle esta mala pasada.
─Que sepas que no me apetece nada ir y que solo voy a ir por Mimi – dijo Sora frunciendo los labios.
─Bueno, mejor eso que nada. Os veré en Night a las doce, es la discoteca que van a abrir hoy en el centro, es muy fácil de encontrar – repuso el muchacho incorporándose. Se despidió con un movimiento de la cabeza antes de marcharse. En cuanto el chico desapareció por la calle, Sora empezó a ponerse roja y de todos los colores posibles, Mimi estuvo a punto de levantarse de la silla para evitar que la ira de Sora la alcanzara pero fue demasiado tarde.
─¿En qué demonios estabas pensando? – exclamó Sora, exasperada. Mimi agitó las manos ante ella para intentar tranquilizarla, sin ningún resultado –. ¿De verdad crees que es bueno salir por la noche y con alguien como él? Explícame tus razones porque no las entiendo.
─Pues…
─No, no me digas que es por Matt porque entonces sí que te hundo en el suelo de un puñetazo, Mimi – dijo Sora masajeándose el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice.
─Entonces no te lo digo – dijo Mimi con una pequeña risa. En realidad, aquella situación la divertía. Sora hacía mucho que no salía por la noche de fiesta, a decir verdad, ella no era capaz de recordar ni una sola vez en la que hubieran salido las dos juntas. Sin embargo, aunque el motivo principal de querer salir era ver a Matt tampoco estaría mal sacar un poco a Sora de casa para que conociera a gente y demás.
─Estás loca – dijo Sora en voz baja mirando con resignación a Mimi, su amiga se había salido definitivamente con la suya.
─Venga, Sora, no seas tan terca. ¿No piensas que puede ser algo divertido? – dijo la castaña con mirada soñadora.
─También pienso que puede ser un desastre – Kari miró a las dos chicas, primero miró a Mimi que se veía más feliz que un niño con un caramelo y luego Sora que parecía que le hubieran notificado que se le acababa de morir el gato. Esbozó una pequeña sonrisa, no se fiaba mucho de su hermano pero dudaba que la noche fuese a ser un desastre. De todas maneras, fuese como fuese, ella se acabaría enterando. Mimi cogió el bolso que había dejado colgado en el respaldo de la silla e instó a Sora para ir yendo a casa porque iba a necesitar un tiempo para arreglarse debidamente. Sora resopló, se notaba que no estaba entusiasmada con la idea. Sin embargo, finalmente accedió. Kari las acompañó un tramo hasta que sus caminos se separaron. La castaña las vio marchar medio discutiendo hacia su casa para prepararse para lo que les esperaba esa noche y cuando las vio desaparecer empezó a caminar, ella también tenía algo que hacer esa noche.
Sora estaba sentada en la cama, llevaba puesto desde hacía más de media hora un vestido color rojo oscuro y unos zapatos negros con un poco de tacón. No le había costado demasiado elegir la ropa que se iba a poner ya que solo tenía un vestido para salir y casi nunca lo había usado. Por eso, ahora estaba esperando a que Mimi acabase de vestirse. Nada más llegar a casa, la castaña había corrido hasta su habitación, había abierto las puertas del armario y con los brazos en jarras se había puesto a deliberar que ropa ponerse. Al final, había decidido que se pondría un vestido blanco que se ajustaba a la cintura con una cinta negra y unos zapatos del mismo color. Ahora bien, tras escoger el vestido se había metido en el cuarto de baño y se había pasado un buen rato probándose distintos tonos de sombra de ojos y de lápiz de labios. Y, luego, había empezado con el pelo aunque finalmente había decidido que lo mejor era dejar su larga melena suelta con los tirabuzones que se le formaban de manera natural cayendo en cascada por su espalda.
La pelirroja suspiró aliviada al verla salir del cuarto de baño, por suerte a Mimi no se la había tragado el lavabo. Eran las once y media cuando las dos amigas salieron de su piso en dirección al centro de la ciudad donde habían quedado con Tai en media hora.
─¿Seguro que no vas a cambiar de idea? – dijo Sora a su amiga a medida que se acercaban al centro de la ciudad. En el fondo, todavía tenía la esperanza de que su amiga decidiese no salir para así poder volver a casa.
─Claro que estoy segura – la frase de Mimi acabó de echar por tierra las escasas esperanzas que albergaba Sora. Suspiró, estaba claro que no había marcha atrás.
Cuando llegaron a la zona de la discoteca, se encontraron con que la cola para entrar llegaba muy, muy lejos. Mimi parpadeó, nunca en su pueblo había visto a tanta gente junta, era increíble. Por encima de todo el gentío, desde la entrada de la discoteca vieron a Tai que las llamaba, agitando el brazo en alto. Las chicas avanzaron a empujones hasta él, Tai ayudó a Mimi a subir los escalones de la discoteca tomándola de la mano pero cuando iba a hacer lo mismo con Sora ésta se negó a recibir ayuda. Tai se adelantó, cruzó dos palabras con el de seguridad y enseguida los dejaron pasar a los tres.
Nada más pasar el cordón de seguridad, la música empezó a llegar a sus oídos, estaba muy fuerte y eso hacía que el suelo temblase bajo sus pies. Unas potentes luces y unos focos de colores alumbraban la pista en la que bailaban cerca de sesenta personas, algunas de ellas con vasos llenos de cualquier licor en las manos. Tai esbozó una sonrisa y guió a las muchachas hasta donde estaban sus amigos, que también eran compañeros de clase de las chicas. Mimi fue la que más se lanzó, los saludó a todos con una sonrisa y los enamoró inmediatamente. La castaña los observó uno a uno y finalmente se dio cuenta de que Matt estaba sentado en la barra del fondo, mirando hacia allí. La chica esbozó una sonrisa tímida sintiendo como sus mejillas enrojecían ante la intensidad de la mirada del rubio y dio gracias de que el lugar estaba oscuro porque así no se notaría. El chico se llevó el vaso lleno que tenía en la mano derecha y le dio un sorbo. Se lamió los labios y aquel gesto le pareció a Mimi condenadamente sexy.
Por su parte, Sora estaba cruzada de brazos. Había saludado a sus compañeros con cortesía pero sin muchas ganas y se había quedado un poco apartada. Se sentía fuera de lugar, tenía claro que se había equivocado al ceder ante Mimi, este ambiente no era para ella y ahora iba a tener que aguantar toda la noche así. Frunció el ceño, eso le pasaba por ser demasiado buena…
Un vaso lleno de algo que no reconoció apareció ante sus ojos, guió la vista hacia arriba recorriendo el brazo que lo sostenía hasta llegar a encontrar un rostro. El de Tai.
─¿Qué es eso? – preguntó ella intentando averiguar qué había metido Tai en aquel vaso.
─Es vodka rojo, tranquila no te va a matar.
─No, gracias. No bebo.
─Venga, ¿qué dices? Pruébalo, te gustará.
─¿Es que nunca escuchas? – Tai bajó el brazo que sostenía el vaso, se acercó más a ella.
─Me gusta hacerte enfadar – susurró él mientras le apartaba un mechón de pelo que le caía entre los ojos.
─Apártate un poco, apenas nos conocemos – dijo ella apoyándole las manos en el pecho en un intento por poner distancia entre ellos.
─Tranquila no voy a hacerte nada. Además, cuando jugamos a fútbol tenemos mucho más contacto – replicó él con una sonrisa traviesa.
─Es que el fútbol es un deporte de contacto, idiota – se quejó ella empujándolo hacia atrás un poco más. Tai dejó un espacio un poco mayor entre ellos y la chica volvió a cruzarse de brazos, giró la cabeza a otro lado como si estuviera mirando algo a la otra punta de sala que fuera realmente interesante.
─Entonces, ¿qué quieres hacer? – preguntó él.
─Nada, quiero irme a mi casa, ¿qué te parece eso?
─Me parece mal – Sora lo miró de reojo, asesinándole con la mirada. Él rio, divertido.
─De todas maneras, no iba a tener en cuenta tus juicios de valor.
─Algún día te importará mi opinión – dijo él guiñando un ojo con picardía.
─Lo dudo mucho, Yagami. Lo dudo mucho.
─Sora, Sora – él se aproximó de nuevo. Dejó el vaso de Sora en manos de uno de sus amigos, le tomó la mano a la chica y de un tirón la empujó hacia la pista de baile. Ella lanzó una exclamación ahogada de sorpresa al verse allí en medio rodeada de gente a la que no conocía y con Tai frente a ella. Abrió la boca para replicar pero Tai le puso un dedo sobre los labios, callándola antes de que empezase a quejarse de la situación. La tomó por la cintura y la apretó contra su cuerpo haciendo chocar las caderas de ambos.
─¿Qué haces? – dijo Sora apoyando las manos en el pecho de él.
─Intentar bailar contigo.
─¿Sabes qué? Que el baile es cosa de dos y yo no quiero bailar – refunfuñó la muchacha empujándolo hacia atrás.
─Cuando estuvimos haciendo tu prueba de entrada y te cogí de la cintura no te quejaste, ¿sabes? – dijo él con una media sonrisa.
─Ya te he dicho que el maldito fútbol es un deporte de contacto, Yagami.
─¿Ahora me llamas por mi apellido? Creía que ya te atrevías a llamarme Tai.
─No me gusta llamarte así, no te tengo tanta confianza.
─Sabes que no es cierto, ya nos conocemos un poco, Sora.
─Tú tampoco deberías llamarme por mi nombre – repuso ella sin dejar de forcejear contra él y sus potentes brazos.
─Lo cierto es que me gusta tu nombre. A más de una le gustaría que mi nombre saliese de mis labios.
─Mira que justo que te has encontrado con una que no es así – replicó ella. Tai aflojó un poco y Sora se separó un poco de él. El chico la miró fijamente a los ojos.
─Solo bailemos un rato, anda – dijo él tendiéndole la mano. Ella lo miró con desconfianza, dudando entre aceptar esa invitación y salir corriendo de allí pero aquellos malditos ojos la atraían con fuerza y al final le tomó la mano. Tai sonrió cuando la chica se acercó un poco a él y apoyó la mano en su cintura.
Mimi, por su parte, estuvo un rato hablando con los chicos de su clase mientras Matt acababa su consumición. El rubio la observaba desde lejos, no había vuelto a hablar con ella desde que le dio las gracias por sacar a su hermano de en medio de la pelea mientras él se encargaba de esos mamarrachos. Aquella chica suponía una incógnita para él, era extraña. Apuró su bebida y cuando dejó el vaso en la barra se fijó en que en el centro de la pista de bailes estaba Tai acompañado de Sora. El moreno se movía con facilidad junto a la pelirroja cuyos movimientos eran aunque no lo pretendiera tremendamente sensuales. El chico los observó durante un rato, sabía perfectamente lo que Tai se proponía ya que su amigo ya le había contado algo acerca de la apuesta que había hecho con Keichi. Sin embargo, en el fondo sentía pena por aquella chica que no sabía que iba a ser utilizada por Tai de forma cruel. Tal vez Tai no lo hubiese hecho pero él sí que le había estado dando vueltas al asunto, Tai pensaba que aquello iba a ser coser y cantar pero…
Tai había tenido muchas chicas detrás de él desde niños y desde que había entrado en la adolescencia no le habían faltado novias de fin de semana aunque nunca se había enamorado. Pero, ¿qué pasaría si se enamoraba de Sora? ¿Sería capaz de decirle la verdad? ¿La engañaría? ¿La dejaría? Sora no era como todas aquellas que habían pasado por los brazos de Tai, a su manera era diferente pero por lo visto Tai todavía no se había dado ni cuenta.
Se levantó del taburete que había ocupado desde que había llegado allí con sus amigos y decidió que lo mejor sería ir a tomar un poco el aire, le agobiaban mucho aquellos lugares y únicamente había aceptado porque Tai había insistido hasta la saciedad para que fuera también. Pasó entre la gente, por detrás de sus amigos con las manos hundidas en el bolsillo de los vaqueros. Estaba subiendo las escaleras de salida cuando alguien lo tomó por el brazo, se giró sobre sus propios talones, era Jun. Aquella muchacha de cabellos alborotados unos años menor que él no dejaba de atormentarlo, parecía que tenía un radar y siempre sabía cómo encontrarlo.
─Matt – la voz de Mimi fue como música celestial. El chico la miró por encima del hombro de Jun, bajó un par de escalones, se posó junto a ella y le susurró al oído.
─Finge que esta noche estás conmigo, por favor – la castaña lo miró a los ojos y luego miró a la muchacha que había allí que parecía tener unas ganas increíbles de tirarla escaleras abajo. Mimi asintió levemente, luego le pediría a Matt las explicaciones pertinentes.
─Lo siento Jun pero mi acompañante me reclama – dijo él sin ganas. Tomó a Mimi de la cintura y la empujó hacia fuera. En cuanto salieron del campo de visual de la chica, Matt se separó inmediatamente de Mimi. En aquellos momentos seguía habiendo mucha gente esperando a entrar a la discoteca y el guardia de seguridad les puso a ambos un cuño en la mano para cuando quisiesen volver a entrar al local. Matt se abrió paso entre la gente seguido de Mimi que iba haciendo ruido al caminar con los tacones. El rubio consiguió salir de la marabunta de gente, se giró para ver a Mimi y ésta extendió la mano para que le ayudara a pasar entre la gente. No obstante, un chico de la cola se movió, empujó a Mimi y ésta empezó a caer hacia atrás. Con una rapidez asombrosa, Matt dio una larga zancada y rodeó a la chica con sus fuertes brazos unos segundos antes de que la chica cayera completamente de espaldas al suelo. La castaña que había cerrado los ojos esperando sentir el frío contra su espalda, un intenso dolor de cabeza o algo similar los entreabrió y lo único que sintió fue el vuelco que dio su corazón al tener el rostro de Matt tan cerca.
─¿Estás bien? – preguntó el rubio.
─Sí, sí, gracias – la chica con ayuda de Matt se levantó. El chico que la había empujado al darse cuenta de que casi la había tirado se disculpó al sentir sobre él la acusadora mirada de Matt.
Los dos se apartaron de la muchedumbre, Matt giró la esquina lejos de toda aquella gente y apoyó la espalda en la pared. Mimi se quedó a un metro de distancia, sin saber muy bien qué hacer o qué decir.
─Matt, ¿por qué me has pedido que finja? – preguntó ella con sus ojos claros perdidos en un punto de la acera.
─Es que esa chica no me deja en pez, perdona si te he incomodado – contestó el muchacho mirando hacia el final de la calle.
─Ah, no importa.
El silencio se estableció entre ambos, ninguno de los dos sabía muy bien como seguir con la conversación.
─¿Cómo es que habéis venido tú y Sora? – preguntó Matt en un arranque de valentía por romper aquel ambiente tenso.
─Nos ha invitado Tai.
─¿Y habéis aceptado? – dijo él con una sonrisa socarrona. Mimi se sonrojó un poco y bajó la mirada.
─En realidad, la que quería venir era yo. Sora ha aceptado simplemente por hacerme un favor – repuso ella con sinceridad.
─¿Para qué querías venir aquí? – Mimi guardó silencio y Matt se mordió la lengua por entrometido. La castaña no dijo nada pero lo miró con fijeza, no podía decirle que había ido para intentar verle, no podía mostrarse tan tonta ante él –. Lo siento, no quería inmiscuirme – dijo él.
─No, no pasa nada. Simplemente, me apetecía salir un poco.
Nuevamente el silencio volvió a establecerse entre ellos hasta que Matt se despegó de la pared, se quitó la fina cazadora que llevaba y se la puso a Mimi sobre los hombros.
─Por si no te has dado cuentas estás temblando – Mimi se percató de una vez por todas de que así era, tenía frío. El relente de aquella noche de finales de septiembre se le estaba calando en los huesos.
─Oh, no es necesario que me la dejes. De todas maneras, iba a irme ya a casa, ahora que he salido dudo que vuelva a entrar, supongo que Tai traerá a Sora a casa.
─¿Y con quién vas a tu casa? – preguntó él.
─Con nadie, me voy sola – dijo ella con diligencia.
─Te acompaño – ella abrió la boca pero la mirada de Matt no admitía réplicas de ningún tipo.
Sora bailó con Tai durante bastante tiempo. Al principio, se sentía incómoda cerca de él pero a medida que la música sonaba y sus cuerpos se buscaban se sentía más a gusto. Sin embargo, cuando vio la hora que era en el reloj de una chica que bailaba cerca de ellos se separó de Tai. El moreno se quedó un tanto perplejo.
─¿Qué pasa? – preguntó él.
─Tai, son más de las tres – dijo ella mientras se apartaba los mechones de pelo anaranjado que se le pegaban a la cara por el sudor que la empapaba. ¿Cuánto tiempo había pasado bailando con Tai? ¿Dónde estaría Mimi? ¿Cómo había podido perder así la noción del tiempo? –. Tengo que irme.
─¿Acaso vas a hacer como la Cenicienta? ¿Tienes toque de queda o algo?
─No, pero es tarde. Tengo que irme.
─Espera, no puedes irte sola a estas horas te acompañaré.
Sora no refunfuñó demasiado ante el ofrecimiento de Tai, que por primera vez estaba siendo mínimamente caballeroso. Los dos salieron de la discoteca a trompicones entre la gente que iba dando bandazos de un lado a otro, medio borrachos.
En cuanto salieron a la calle, pudieron respirar el aire fresco de la noche. Tai inspiró con fuerza, después de estar tan acalorado aquella brisa nocturna era una bendición. Sora se pasó la mano por la frente y empezó a caminar por la calle seguida de Tai. Ambos caminaban sin decir nada, en silencio, hasta que Tai la cogió del brazo, tiró de ella y la hizo girar por una calle que iba en dirección contraria a la casa de Sora.
─¿Qué haces? – preguntó ella intentando desasirse del agarre.
─No sé a ti pero a mí me apetece mucho una cosa – Sora le propinó una sonora bofetada para que la soltara. Tai se llevó una mano a la mejilla con cara de dolor –. Oye, que solo quería jugar un rato a fútbol – se quejó poniendo cara de cachorrito degollado. Sora se detuvo en seco, se lo quedó mirando con la boca abierta. Ella había supuesto que quería hacer otras cosas, se había puesto nerviosa antes de tiempo y…
─Lo siento – dijo ella inclinándose él para disculparse –. Lo siento mucho, no debería haberte golpeado, lo siento.
─Bueno, pues ahora vas a tener que jugar a fútbol conmigo – sentenció Tai con una sonrisa mientras seguía acariciándose la mejilla enrojecida. Sora esbozó una sonrisa y asintió, jugar al fútbol con él era lo menos que podía hacer. El chico se adelantó unos pasos, tendió la mano hacia ella. La chica se agachó un segundo para quitarse los zapatos de tacón para llevarlos en las manos, le tomó la mano. Tai empezó a correr seguido de Sora, ambos corrieron veloces hasta su instituto. Una vez allí, la valla les impedía el paso pero Tai fue decidido y se apresuró a trepar por la tela metálica hasta quedar con una pierna a cada lado de la valla. En ese momento, estiró la mano para ayudar a Sora a cruzar también. Una vez estuvieron los dos arriba de la valla, Tai dio un salto aterrizando en el interior del recinto del instituto y extendió los brazos para ayudar nuevamente a la pelirroja. Una vez los dos dentro volvieron a correr hasta el campo de fútbol y tuvieron suerte de que los últimos que habían entrenado se habían dejado un par de pelotas en el banquillo de lo contrario hubiesen tenido que entrar al armario donde guardaban el material.
Sora fue la primera que tomó el balón en los pies mientras Tai se quitaba las zapatillas para jugar en igualdad de condiciones. La pelirroja esperó hasta que él estuvo lo suficientemente cerca para esquivarlo, haciendo un regate magnífico. Tai se giró y vio que la chica ya estaba lejos de él, sonrió y empezó a correr tras ella.
Matt se marchó nada más dejar a Mimi en su casa, se largó casi sin despedirse de ella. La castaña subió en silencio hasta el piso esperando que Sora ya hubiese llegado pero se llevó una gran sorpresa al ver que el apartamento todavía estaba a oscuras tal y como lo habían dejado antes de marcharse. Entró y se sentó en el sofá, poco después ya se había quedado dormida.
Tai y Sora se dejaron caer en el césped rendidos después de estar un buen rato corriendo sin cesar. Al igual que mientras bailaban el tiempo no parecía pasar para ellos, era como si estando juntos el tiempo se detuviese, el universo se parase de golpe. Tai giró la cabeza para mirar a Sora que intentaba recuperar la respiración, su pecho subía y bajaba con rapidez. La chica también giró la cabeza para mirar a Tai y se encontró con la mirada de éste, ambos estallaron en risas al cabo de unos segundos. Cuando se relajaron, Sora esbozó una cálida sonrisa.
─Gracias por esta noche, Tai.
─¿Ahora ya no te arrepientes de que Mimi haya aceptado mi invitación?
─Idiota – susurró ella.
─Admítelo por lo menos – dijo él en voz baja.
─No me arrepiento.
─Sora, Sora…
