Capítulo 5 – Minuto cero.

─¿A qué hora volviste anoche? – preguntó Mimi nada más despertarse al ver a Sora desayunando tranquilamente en la cocina a las siete de la mañana. La pelirroja la miró un tanto sorprendida, a su amiga le brillaban los ojos y estaba sedienta de cotilleos y todo tipo de detalles –. ¿Estuviste con Tai? – Sora dudó si contestar o no a la pregunta pero al final se resignó, al fin y al cabo, quien calla, otorga.

─A ver, anoche estuve con Tai, sí – dijo Sora mientras comía unas cuanta galletas mojadas en la leche.

─Ya, pero, ¿a qué hora llegaste? – siguió Mimi interrogando mientras tomaba asiento junto a su amiga. Sora se mordió el labio inferior temerosa de la reacción exagerada de Mimi en cuanto le dijera que había llegado a penas una hora antes y que solo le había dado tiempo antes de que se despertara a darse una ducha y cambiarse – Sora…

─Vale, vale, está bien. Anoche estuve bailando con Tai sin parar hasta que se nos hicieron las tres.

─¿Y luego?

─¿Cómo que "y luego"?

─ Sora, a esas horas estaba llegando yo aquí con Matt, que me acompañó a casa. Cuando llegué tú no estabas así que ya me estás contando qué pasó después.

─Estuvimos jugando al fútbol hasta las cinco y media – suspiró Sora, rindiéndose a la mirada inquisitiva de su amiga.

─¿Los dos solos? – preguntó Mimi acercándose cada vez más al rostro de Sora con una sonrisa de oreja a oreja.

─¿Quién querías que estuviera con nosotras a esas horas de la madrugada, Mimi? – repuso Sora alzando una ceja. Mimi no podía dejar de sonreír ya que al fin parecía que su amiga Sora empezaba a interesarse levemente por el sexo opuesto. La castaña llevaba años intentando que su amiga tuviese novio como ella pero hasta ahora no lo había conseguido aunque a lo mejor el cambio de instituto y la aparición de Tai en su vida le facilitaría la tarea.

─¿Y tú viniste con Matt hasta aquí? – preguntó Sora intentando desviar ligeramente el tema de la conversación. Mimi bajó un poco la mirada y la centró en sus manos que estaban entrelazadas encima de la mesa –. ¿Qué es lo que pasa?

─Nada – dijo Mimi con una pequeña sonrisa melancólica –. Ayer Matt estuvo distante conmigo, no sé. Sé que fui una tonta al pensar que me había acercado mucho a él tras el incidente del otro día con T.K. pero me dio la sensación de que podíamos llegar a ser buenos amigos. Estaba claro que él no pensaba igual porque básicamente me acompañó aquí por obligación, por ser un buen chico, nada más.

─Tampoco te calientes mucho la cabeza, Mimi. Tal vez, Matt solo sea un chico tímido que necesite abrirse a la gente.

─No creo que tímido sea lo que mejor lo describe. Para mí, Matt es como una fortaleza, ¿sabes? Es como si todo él estuviera recubierto de escarcha y no dejase a nadie acercarse.

─Tai parece ser prácticamente lo contrario – dijo Sora de manera automática mientras pensaba en el moreno y en su carácter agradable y desinhibido. Apoyó la barbilla en la palma de la mano recordando los momentos vividos con él durante la noche. Sonrió sin querer al pensar en cómo sus cuerpos bailaban a un mismo ritmo, como sus jugadas y sus pases con el balón parecían estar perfectamente sincronizados… Sacudió la cabeza para sacar a Tai de su mente durante unos instantes, miró a Mimi y ésta seguía con la mirada fija en sus manos. Las dos chicas estuvieron un rato más sentadas a la mesa hasta que cada una se retiró a su habitación para acabar de hacer sus deberes para el día siguiente.

Sora fue la que primero tomó asiento en su escritorio, esparció por allí todos los libros, libretas y bolígrafos y se disponía a revisar su agenda cuando su móvil empezó a vibrar sobre la mesa. La pelirroja descolgó, era Kari. La otra muchacha llamaba tan solo para decirle que si podían pasar a recogerla por su apartamento para ir juntas a clase al día siguiente. Por supuesto, Sora aceptó sin ningún tipo de reticencia pero antes de permitir que Kari cortase la llamada le preguntó qué tal estaba. La pelirroja desde el primer segundo había notado que algo no iba bien, la voz apagada y sombría que Kari tenía no presagiaba nada bueno. Aunque tardó unos segundos, la castaña empezó a hablar y le contó a Sora que la noche anterior, después de separarse de ellas tras pasar la tarde en la cafetería, había ido a ver a T.K. Pero, cuando se presentó en su casa fue su madre la que le dijo que había salido con sus amigos. En realidad, Kari se alegraba de que T.K. ya tuviese fuerzas y se encontrase bien como para salir con sus amigos pero le dolía que no hubiera contestado ni una sola de sus llamadas o mensajes. Kari intuía que el rubio estaba molesto con ella aunque no entendía el porqué de ese repentino enfado ya que ella no tuvo culpa de que se iniciase la pelea porque en el fondo era un ajuste de cuentas con su hermano.

Sora escuchó atentamente durante un buen rato las preocupaciones de Kari hasta que la otra pareció quedarse un poco más tranquila tras contárselo todo. Cuando colgó, Sora todavía estuvo dándole vueltas al asunto de T.K. y Kari y solo podía llegar a una conclusión: no tenía ningún tipo de sentido que T.K. primero se metiese en una pelea por Kari y que luego no quisiese ni hablar con ella. No, no lo tenía. Si los conociese mejor se atrevería a ir y hablar con T.K. del asunto pero en este caso no estaba en sus manos poder arreglarlo así que sacudió la cabeza de un lado a otro y decidió que ya era hora de meterse de lleno con las tareas o nunca acabaría.

Su móvil volvió a sonar al cabo de hora y media. En un principio, estaba tan concentrada que ni siquiera se enteró de que estaba sonando bien fuerte junto a ella. Una vez se centró lo cogió y descolgó sin mirar de quién era la llamada entrante.

─¿Diga? – preguntó ella mientras se pegaba el teléfono en la oreja para poder seguir haciendo el trabajo que le quedaba.

─¿Sora? – la joven dio un respingo.

─¿Tai? ¿Eres tú? – preguntó ella un poco confusa porque que ella recordase no le había dado su número de móvil.

─¿No me habías reconocido? Sora, Sora… – en ese instante, Sora se imaginó a su compañero de clase con una ceja enarcada mientras negaba con la cabeza.

─¿Quién te ha dado mi número? – preguntó la chica.

─No sé si te habrás dado cuenta de que tengo una hermana que es amiga tuya, que hace un rato estaba hablando contigo…

─¿Kari te ha dado mi número? – preguntó Sora un tanto molesta con Kari. No quería que todos fuesen teniendo su número por ahí.

─No, no me lo ha dado. Simplemente, he aprovechado el momento en que se ha ido a almorzar para hacer una revisión de sus últimas llamadas y he grabado en mi móvil tu número de teléfono – explicó él sin cortarse ni un pelo. Sora dejó caer la cabeza sobre la mano que tenía libre, ¿qué iba a hacer con aquel chico?

─¿Y qué querías? – una vez hubo lanzado la pregunta la joven se mordió la lengua por bocazas ya que con aquello le daba más juego a Tai.

─Solo quería preguntarte si te apetecería salir un rato conmigo esta tarde.

─No sé si eres consciente de una cosa, Yagami…

─¿Por qué te empeñas en llamarme por mi apellido? – dijo Tai divertido desde el otro lado de la línea.

─No es que me empeñe pero es lo correcto, ¿no crees? Y no sé si eres consciente de que tú y yo no somos amigos ni somos nada. Ayer me lo pasé muy bien contigo y ya está. Fin de la historia, ¿entiendes?

─¿No me dijiste que no te arrepentías de haber ido a la discoteca como te dije? – dijo él para picarla todavía más.

─Sí, lo dije y que sepas que como sigas insistiendo voy a retirarlo.

─¿Por qué? ¿Tan mal te caigo que no quieres verme más? – dijo con un tono de voz fingidamente triste.

─No, pero no eres mi amigo, no te conozco. No puedo ir quedando contigo como si fueras mi…

─¿Tu qué? – inquirió él instándola a acabar la frase.

─Nada.

─Ibas a decir… ¿novio? – dijo él entre risas. Sora bufó, exasperada.

─Déjame en paz, por favor – rogó Sora. Tai estalló en risas definitivamente.

─Vamos, acaba lo que estés haciendo y salgamos esta tarde, ¿qué puedes perder? – dijo él, insistiendo nuevamente.

─Está bien – dijo Sora, resignada, preguntándose por qué últimamente le resultaba tan fácil y sencillo a todo el mundo doblegar su voluntad.

─Pasaré a recogerte a las seis – dijo con un tono triunfal. Sora cortó la llamada, se negaba a humillarse más ante Tai pues él ya había conseguido lo que quería. La joven dejó el móvil sobre los libros, caminó hasta la puerta y al abrirla casi hace caer a Mimi que desde hacía rato tenía la oreja pegada contra la puerta de madera de su amiga. La castaña emitió una risa nerviosa sin saber muy bien dónde meterse pero Sora no la regañó, simplemente la tomó del brazo, la hizo pasar a su habitación, la hizo sentarse en la cama y ella se sentó en la silla del escritorio frente a ella.

─¿Qué demonios voy a hacer con ese chico? – dijo Sora con cara de desesperación. Hundió el rostro entre las manos pero entreabrió los dedos para poder ver la expresión divertida de Mimi a través de ellos.

─¿Le has dicho que sí? – preguntó la castaña.

─Sí, ¿qué querías que le dijera? Que sepas que puede ser bastante insistente y persuasivo – argumentó Sora para que Mimi no la tildara de tonta por aceptar tan pronto la invitación de Tai.

─Mira, Sora, si quieres saber mi opinión… ¡Eres la mujer más afortunada del mundo! ¿Has visto a ese chico? Todas las chicas del instituto van detrás de él todo el tiempo buscando su atención y tú, que no llevas ni una semana metida allí, lo has cautivado por completo. Vamos, Sora, ¿por qué no lo aprovechas? Es muy atractivo, es guapo, es perfecto, juega a fútbol y encima se preocupa por ti. ¿Qué más quieres?

─Pero, es que no le conozco. Realmente, cuando le hablo a la cara no sé quién es, no sé nada de él.

─Sora, por favor, vamos a simplificar las cosas. Estamos viviendo solas en una ciudad distinta a la de nuestros padres, somos libres, podemos hacer lo que queramos dentro de uno límites, claro. Pero, justo ahora que eres libre se te presenta alguien como Tai, ¿de verdad estás pensando en huir de él? Si yo fuera tú ya haría rato que me tendría en sus brazos – dijo Mimi haciendo aspavientos con las manos para imitar un abrazo entre dos personas.

─Tú lo que pasa es que eres muy lanzada, no te cuesta nada confiar en la gente pero sabes que yo no soy así – dijo Sora bajando la cabeza – Además, tengo miedo, nunca antes había salido de esta manera con un chico.

─Por eso, es una buena oportunidad, aprovéchala. Si ves que no funciona vuestra relación…

─Espera, espera – dijo Sora cortando en seco a Mimi - ¿Quién ha hablado de relación de ningún tipo?

─Bueno, solo quería decir que si no te llevas bien con él siempre puedes dejar de verle y ya está. Al fin y al cabo tienes que tener en cuenta que tal vez este sea el único año que lo tengas en clase – apuntó Mimi. Sora suspiró, clavó sus ojos rubíes en los ojos miel de su amiga. En el fondo, sabía que Mimi tenía su parte de razón, no podía cerrarse en banda, tampoco perdía nada por salir un rato con él. Una vez Mimi se cercioró de que había logrado convencer a Sora, la chica abrió de par en par el armario de la pelirroja para escogerle la ropa adecuada. La otra se quejó un poco pero finalmente dejó que Mimi la asesorara.

Era bien entrada la tarde cuando el timbre de la casa sonó. Mimi fue a abrir corriendo a toda velocidad mientras Sora acababa de sujetarse el pelo con una pequeña horquilla. En cuanto la castaña abrió se encontró a Tai en el rellano luciendo un gran sonrisa en el rostro. La chica lo miró de arriba abajo, el chico llevaba unos vaqueros, una sudadera azul oscuro y una chaqueta blanca.

─Enseguida sale – informó Mimi que se apoyó contra la puerta. El chico asintió y poco después Sora salió de la casa. Tai no pudo evitar mirarla durante unos segundos.

─¿Pasa algo? – preguntó Sora al sentir la mirada de Tai viajar sobre ella. La chica bajó la mirada, no sabía que estaba mirando Tai si solo llevaba puestos unos vaqueros, una camiseta ajustada y una chaqueta encima.

─Nada, nada. ¿Nos vamos?

─Sí, vamos. Volveré pronto, Mimi – dijo la chica desde el otro lado del rellano antes de desaparecer escaleras abajo.

Los pasos de ambos resonaban por las escaleras de hormigón del bloque de apartamentos. Sora fue la que se detuvo tras haber bajado un par de pisos en medio de la escalera, con los brazos cruzados. Al no escuchar los pasos de Sora tras él, Tai se giró sobre sus talones, se la quedó mirando con las manos en los bolsillos con una expresión de confusión.

─¿Vas a explicarme por qué quieres quedar conmigo? – dijo la chica, seria.

Tai esbozó una media sonrisa que hubiera derretido a cualquier chica antes de apoyar la espalda en la pared de la escalera.

─Veo que no te andas con rodeos…

─¿Por qué tendría que hacerlo?

─Hubieras provocado una situación menos agresiva.

─Contéstame.

El chico miró a un lado y a otro de la escalera antes de posar la mirada en un punto del suelo. En esos momentos, su cerebro estaba pensando una buena excusa que lo hiciese quedar como un galán para estar desperdiciando un fin de semana con aquella chica que había conocido hacía una semana en el instituto y que lo había machacado jugando al fútbol. Por supuesto, no podía decirle que aquello se trataba de una apuesta que había hecho con los del equipo de fútbol del otro lado de la ciudad para saldar un ajuste de cuentas, ni mucho menos. El moreno resopló porque aquella chica estaba empezando a mostrarse terca y él lo único que quería era enamorarla cuanto antes, ganar la apuesta y olvidarse de ella por completo.

─Me pareces interesante – dijo tras un par de minutos de deliberación. Sora lo miró con expresión de perplejidad. ¿Qué significaba aquello de que le parecía interesante?

─No te entiendo.

─Simplemente es así, me pareces interesante. Nada más. Eres un poco diferente de las otras chicas. ¿Te basta con eso?

Sora no dijo nada más y empezó a bajar las escaleras hasta colocarse a su altura. Tai la miró nuevamente con aquella sonrisa de suficiencia en los labios.

─Supongo que basta.

─Sora, Sora…

Los dos chicos bajaron a la calle y empezaron a pasear sin rumbo fijo. La chica observó a la gente que pasaba por su lado y por sus miradas notó que desde fuera el resto del mundo los veía como una pareja. Resopló porque la gente siempre juntaba a un chico y una chica cuando iban juntos, era exasperante.

─¿Ya has visitado algo de la ciudad, no? – preguntó Tai mientras caminaban por una gran avenida entre la gente.

─Sí, he visto ya bastantes cosas. Mimi y yo hemos aprovechado los primeros días que todavía no hay mucho trabajo para conocernos un poco la ciudad.

─¿Te ha gustado? – preguntó él mirándola a los ojos.

─Sí, me ha gustado mucho. Tokio es una ciudad realmente bonita, el ambiente aquí es muy diferente del que hay en mi pueblo.

─¿Qué antes vivías en un pueblo de cabras? – dijo Tai intentando chincharla de nuevo.

─No, para nada. Pero, en el pueblo nos conocemos absolutamente todos. En cambio aquí, la gente va a su bola sin pensar en los demás, no se conocen y tampoco les importa. Y, por cierto, no te metas con mi pueblo – replicó con el ceño ligeramente fruncido.

─Tampoco es tan así, es la sensación que da. Bueno, bueno, tu pueblo será muy bonito y lo que tú quieras pero te aseguro que no tiene el mejor restaurante de bolitas de pulpo – dijo Tai con cierto orgullo.

─¿Bolitas de pulpo? – Sora lo miró un poco extrañada, no le sonaba mucho ese plato de comida.

─¿No has probado las bolitas de pulpo? Sora, Sora… – Tai tiró de ella para ir más deprisa entre la gente y tras cruzar varias calles giraron una esquina. Allí, en aquella nueva calle bastante menos transitada había como una especie de pequeña taberna cuyo cartel amarillo anunciaba el plato de la casa: las bolitas de pulpo. El chico desplazó hacia un lado la puerta corredera y como un buen caballero dejó que Sora pasase primero adentro. La pelirroja miró aquel pequeño local, limpio y ordenado, cuyo aire estaba impregnado de un delicioso olor. Tai se sentó en uno de los taburetes libres que había en la barra y le indicó a Sora que tomara asiento a su lado. Detrás de la barra, un anciano les dedicó una sonrisa en cuanto Tai le pidió que les preparara dos raciones de la especialidad de la casa. Poco tardó el hombre en servirles dos platos con seis bolitas en cada uno. En un principio, Sora las miró con extrañeza pero luego al ver como Tai las comía como si fueran auténticas delicias tomó el palillo, pinchó una y se la llevó a la boca. Sus ojos se abrieron al máximo al descubrir lo tremendamente buenas que estaban aquellas bolitas.

─¿Qué tal están? – dijo Tai con una sonrisa de oreja a oreja.

─Esto… Le tendré que decir a Mimi que aprenda a cocinarlo…

─Si es tu amiga y quiere aprender puedes venir con ella otro día – dijo el anciano, propietario del local –. Los amigos de Tai siempre son bienvenidos aquí.

Poco después, Sora y Tai se marcharon del pequeño restaurante tras despedirse del propietario.

─¿De qué conoces este lugar?

─No sé, un día lo descubrí por casualidad. De vez en cuando ese hombre me da un trabajo temporal y yo a cambio le traigo nuevos clientes que siempre acaban volviendo.

─No conocía yo esa faceta tuya de buen samaritano – dijo Sora con una pequeña sonrisa.

─¿Qué faceta de mí has visto tú? – preguntó él, con curiosidad.

─De momento, he visto la de chico prepotente a la que le resbala todo – el moreno no dijo nada durante un rato. Acompañó a Sora hasta la puerta de su apartamento – Tai, ¿estás bien?

─Eh, ¿qué decías? – preguntó el chico saliendo del estado de ensimismamiento en el que se había metido.

─Solo te preguntaba si te encontrabas bien.

─Sí, estoy bien – dijo él esbozando una sonrisa que a Sora no terminó de convencerle.

─¿Te ha molestado lo que he dicho antes? – preguntó la chica. A decir verdad se había propasado un poco al calificarlo de esa manera.

─No, no me ha molestado. Pero, ¿de verdad me ves así? – Sora no supo muy bien qué más decir porque el primer día que le vio tuvo esa impresión. Sin embargo, estos días que pasaba más tiempo con él parecía diferente. Tai negó con la cabeza, le dijo que no contestara, que no era necesario y se marchó.

Matt estaba tumbado en el sofá de su casa cuando el timbre sonó. Se pensó si abrir pero finalmente lo hizo.

─Matt, necesito hablar contigo – Tai estaba serio, allí de pie en el umbral de la puerta. Matt entró en la casa, su amigo lo siguió con un gesto.

─¿Ya te has dado cuenta de que ella no es como todas? Pensaba que te costaría más – dijo el rubio con una media sonrisa mientras sacaba un refresco de la nevera –. ¿Qué vas a hacer?

─Nada, voy a seguir con la apuesta. Cuando acabe todo esto me alejaré de ella sin más.

─Tai…

─Es lo mejor Matt, no quiero inmiscuir a más gente en esto. Sé que le haré daño pero no puedo permitir que más gente salga herida por mis estupideces, ¿crees que es lo correcto?

─No sé si es lo correcto. Sora es distinta de las demás, y lo sabes. La cosa es… ¿tu corazón va a poder soportarlo?

─No seas estúpido, no me voy a enamorar de ella – replicó Tai.

─No hables antes de tiempo, Tai. Tú mismo ya has dicho que ella no es como las demás.

─Esto es solo una apuesta. Nada más. La utilizaré y me apartaré de su lado. Tenlo por seguro – acto seguido, el moreno se dejó caer en el sofá, encendió la tele y se quedó mirando fijamente la pantalla. Matt tomó asiento a su lado.

─Espero que todo te salga tan redondo – murmuró casi para sí mismo. Aquello iba a ser como un partido de fútbol en el que uno gana y el otro, pierde. A partir de ahora, solo quedaba ver cómo evolucionaban las cosas. El reloj había empezado a contar ya los minutos, ¿qué ocurría cuando llegase al noventa?