La historia no es mía ni los personajes tampoco, hago esto por el mero hecho de divertirme.
…
Capítulo 2
-Buenas noches-murmuró Natsu al llegar junto a la mujer que lo había comprado-. Lamento haberte hecho esperar.
-¡Tienes acento!
Natsu soltó una risita.
-Tal vez seas tú quien lo tenga.
-Oh, Dios mío, he sido increíblemente grosera, ¿verdad?-le ofreció una mano tan diminuta que desapareció en la mano de Natsu-. Soy Lucy Heartfillia. Y tú eres…
-Natsu. Natsu Dragneel.
-Igual que Bond-murmuró Bond.
-No exactamente-replicó él-. Yo nunca digo: Dragneel. Natsu Dragneel. Además, Bond era inglés.
-¿Y tú no?
-No, por Dios.
La mujer se mordió el labio, como si se diera cuenta de que lo había ofendido.
-Lo siento. Es que me gustan mucho las películas antiguas, y me has recordado a Sean Connery.
Al menos tenía gusto para el cine, aunque no tuviera muy buen oído para los acentos.
-Sean Connery es escocés.
Viéndola tan avergonzada pensó que no debería tomarle el pelo, pero no pudo evitarlo. Parecía un poco más joven que él, alrededor de los veinticinco años, y ofrecía una imagen encantadora. Sobre todo cuando intentaba encontrar algo que decir sin meter la pata.
-¿Y se puede saber que eres tú?
-Un hombre, o al menos eso me han dicho. Irlandés. Un hombre por el que has pagado.
Ella retiró la mano, como si acabara de darse cuenta de que él seguía sosteniéndola, y se la llevó a la cara para frotarse la sien.
-No se me dan muy bien estas cosas.
-Te estoy tomando el pelo-admitió él.
-Eso tampoco se me da bien-le advirtió ella, frunciendo el ceño-. Mi hermano mayor se despertó una mañana con un pescado crudo en la boca por haberme llamado Miss América cuando tuve mi primera regla.
Su bonito rostro se cubrió de rubor y se tapó la boca con la mano.
-Dime que no he dicho lo que acabo de decir…
Natsu no pudo evitar una sonora carcajada.
-Me temo que sí.
-Tengo que salir de aquí.
Natsu se interpuso en su camino para impedir que se dirigiera hacia la puerta. Aquella mujer le gustaba más a cada momento, y no solo por su belleza.
-Prefiero el marisco… y a ser posible que no esté crudo.
-¿Me disculpas mientras me escondo debajo de una mesa?
-No, nada de eso, céadsearc-la agarró del brazo y notó la suavidad de su piel y el agradable olor a melocotón.
Reacio a perderla de vista, la llevó a un rincón oscuro junto al bar. Tenía el presentimiento de que saldría huyendo si no manejaba la situación con cuidado. Pero no lograba imaginarse por qué una mujer se gastaría cinco mil dólares para pasar una noche con él y luego esfumarse a las primeras de cambio.
-¿Qué me has llamado?-le preguntó ella.
-Corazón mío-admitió Natsu.
-Eso es sexista.
-Las americanas siempre estáis en guardia… Sólo ha sido una palabra de afecto.
-¿Cómo puedo ser tu corazón si acabamos de conocernos?
-No eres mi corazón-aclaró él-. Pero no me importaría que lo fueras, viendo las sonrisas que me has provocado en los últimos minutos… aun arriesgándome a acabar con un pescado crudo en la boca-añadió con otra sonrisa mientras le soltaba el brazo-. Estoy impaciente por conocerte, Lucy Heartfillia.
Lo dijo en serio, pero sus propias palabras le sorprendieron. Normalmente no bajaba la guardia tan rápido, pero aquella mujer tenía algo que le hacía olvidar su faceta más sofisticada e hipócrita. No estaba intentando seducirla con modales refinados ni palabras bonitas. Simplemente estaba hablándole con toda franqueza y naturalidad, algo que rara vez podía hacer con las mujeres. Por lo general, las mujeres le pagaban para que dijera lo que ellas querían oír. Cualquier cosa menos un no. No toleraban de buen grado una negativa, aunque él no tenía el menor reparo en ofrecerla.
-Se supone que tenemos que conocernos, ¿no?-dijo él-. Háblame de ti.
Esperó sin poder imaginarse cómo respondería aquella rubia que olía a melocotón y que lo observaba con expresión dubitativa.
-Esa palabra que has dicho… ¿qué idioma es?
-Irlandés. Algunas personas lo llaman gaélico.
Ella frunció el ceño.
-¿Puedes hablar sin acento?
-Aún ni hemos corroborado que tenga acento-murmuró él. Por algún motivo le gustaba provocarla, aunque se estuviera jugando un pescado crudo.
Ella apartó la mirada y frunció sus bonitos labios.
-Nunca me hubiera imaginado que tuviera acento.
-¿Quién?
-Tú.
-¿Cómo dices?
-Quiero decir… él.
-Te lo pregunto otra vez. ¿Quién?
-No importa. Estaba hablando de ti… el hombre que quiero que seas, si estás dispuesto.
Natsu suspiró.
-Creo que necesito una copa. ¿Quieres una?
Ella rechazó el ofrecimiento y Natsu avisó al camarero. Le señalo una botella de whisky y le hizo un gesto con los dedos para que le sirviera uno doble.
Segundos después, tenía la copa en la mano, servida por una atenta camarera con una minifalda negra. La chica le sonrió tímidamente, le rozó la mano con la suya por más tiempo del escrupulosamente necesario para servirle la copa y se alejó con un marcado contoneo de caderas.
-Qué mala educación…
-¿Qué?
-Esa camarera me ha ignorado por completo. No me ha ofrecido una copa y ni siquiera se ha dignado a mirarme. Como si yo no estuviera-puso los ojos en blanco-. Le ha faltado poco para rasgarse el uniforme y escribir su número de teléfono en esos pechos operados.
-¿Cómo sabes que son operados?
-Oh vamos…-empezó ella, pero entonces debió de advertir la ironía de Natsu y le preguntó lo mismo-. ¿Cómo lo sabes tú?
-Oh vamos…-respondió él de igual manera.
Un brillo fugaz destelló en sus ojos marrones y sus labios se curvaron mínimamente.
A Natsu le gustó aquel atisbo de humor y la recorrió con la mirada de arriba abajo. Aparte de su bonito rostro, su peinado sencillo y su discreto atuendo, se fijó en la delicada forma de sus pechos bajo el vestido de seda. Sus curvas eran tan naturales y perfectas como el resto de su persona.
Muy lentamente tomó un sorbo de su copa.
Sus hombros y brazos parecía fuertes y al mismo tiempo deliciosamente frágiles y esbeltos. Todo su cuerpo estaba proporcionado y su estatura encajaba a la perfección con la de él. Le bastaría con echar ligeramente la cabeza hacia atrás para que él la besara.
Y de repente lo invadió un deseo casi incontenible de besarla.
-Parece que tienes mucha experiencia con las mujeres-comentó ella, sin parecer muy complacida por la observación.
Natsu tenía la experiencia suficiente para saber que ahora estaba con una mujer cien por cien femenina. Y que, inconscientemente, era ella quien lo estaba provocando a él…
¿Qué haría si él se inclinara para rozarle los labios con los suyos? ¿Intentaría apartarse si la agarraba por la cintura y tirase de ella para apretarla contra él? ¿Cómo verían las demás personas de la sala el roce de sus cuerpos… como un abrazo casto e inocente o como una invitación a los placeres de la carne?
-Debería darle las gracias a la camarera-dijo ella, esfumándose todo atisbo de sonrisa-. Por recordarme lo ridículo que es todo esto.
A Natsu le costaba creer que se hubiera puesto celosa por una camarera con pechos de silicona.
-Tal vez no haya sido muy atenta contigo, pero tampoco es para ponerse celosa…
Ella movió bruscamente la cabeza y él se dio cuenta de que no estaba celosa. Más bien parecía abatida.
-¿Celosa? En absoluto. Me refiero a que toda esta situación es un disparate. Renuncio. Nadie se va a creer que somos pareja.
¿Por qué tendría alguien que creérselo? Era la pregunta más obvia, pero Natsu le hizo una mucho más interesante.
-¿Por qué no?
Ella volvió a fruncir el ceño e hizo un gesto para compararlos a ambos.
-No somos lo que se dice una pareja ideal.
-Somos el resultado de una subasta-le recordó él-. Y eso es todo lo que importa.
-No, no es así-murmuró ella, y una vez más volvió a apartar la mirada, como si hubiera algo más que no quisiera compartir con él.
-¿Qué es lo que te preocupa exactamente?
-Cualquiera que nos conozca me confundiría con tu secretaria.
Natsu soltó un bufido por la idea de tener una secretaria.
¿Alguien que controlara sus citas? Por favor…
-O con tu higienista dental. Pero nunca con tu novia.
¿Novia? Él nunca había tenido novia.
El propósito de aquella subasta era ofrecer una sola cita, siendo además lo máximo que Natsu podía brindar. Al menos había sido durante los últimos años, desde que le dijo a su padre que renunciaba a su herencia y a sus planes para casarlo y se marchó en busca de su madre y de la otra mitad de su vida.
Pero en vez de objetar nada, siguió intentando averiguar adónde quería llegar Lucy.
-También podrían confundirme con tu mecánico. ¿A quién le importa lo que piensen los demás?
Una carcajada escapó de sus apetitosos labios, y a Natsu le sonó tan sincera, que no pudo evitar reírse él también.
-Claro… Remington Steele arreglando mi furgoneta. Así nos verían los demás.
¿Una furgoneta? Horror.
-¿Quién es Remington Steele?
-Era un personaje de una serie de televisión. A mi madre le encantaba cuando yo era niña-su frente se arrugó en una mueca de concentración-. Espera un momento… Pierce Brosnan es irlandés, ¿verdad?
-Ah, esa serie…-comprendió él-. Sí, es irlandés.
-¡Y también hizo de James Bond!-exclamó ella en tono triunfal-. No estaba tan desencaminada.
Él asintió.
-Pero Sean Connery sigue siendo el mejor.
Ella puso otra mueca de exasperación.
-Bueno… Te resultaría muy fácil ganarte a mi madre-hablaba en voz baja, como si estuviera maquinando algo en su cabeza-. No haría preguntas en cuanto te viera y oyera tu voz.
-¿Nos estamos acercando al tema?
Ella negó con la cabeza, percatándose de que había estado divagando en voz alta.
-No, no. Es una locura y no funcionaría. Nadie que nos viera juntos podría ver lo que esperan ver, teniendo en cuanta las cosas que he dicho de ti.
-¿De mí?
-¡De él!-exclamó, ruborizándose otra vez-. Lo siento… No puedo creer que me haya gastado ese dinero-dijo en voz baja-. Al menos podré deducirlo en mi declaración de la renta-se mordió el labio-. O eso espero.
-De verdad que me encantaría saber de qué estás hablando.
-Vamos-espetó ella-. No solo no encajarías en mi mundo, sino que cualquiera que nos viera se daría cuanta de que no tenemos absolutamente nada en común. Ni los mismos gustos, ni las mismas ideas, ni…-tragó saliva-. Ni siquiera hay química.
En eso se equivocaba. Natsu estaba seguro de ello, igual que sabía que seguiría pensando en esa extraña conversación mucho después de que se hubieran separado. Y que recordaría el eco de aquella risa alegre y desinhibida mientras intentara conciliar el sueño.
Había química. Tanta, que podía sentir como palpitaba entre sus cuerpos y como el deseo latente brotaba en estallidos de luz y calor. No sólo se estaba esforzando por descifrar lo que ella le decía, sino que tenía que reprimirse para no agarrarla y besarla hasta dejarla sin aliento.
-Lucy-levantó una mano y le tocó un mechón de cabellos dorados-. Sí que hay química entre nosotros. No podríamos ni acercarnos a un laboratorio sin provocar una explosión.
No había muchas explosiones en su vida. Había disfrutado del placer en muchas ocasiones, pero hacía años que no deseaba a una mujer a primera vista, simplemente por el placer que prometía la unión de sus cuerpos. Y mucho menos a una que no supiera con quien estaba tratando.
Era evidente que Lucy no tenía ni idea de quién era el hombre al que acababa de comprar.
-Te sigues burlando de mí…-murmuró ella.
-No, nada de eso. Tú también la sientes. Admítelo.
El roce de sus dedos se prolongaba por el resto de sus cuerpos, reverberando con tanta intensidad que era imposible negarlo.
Estaban lo bastante cerca para compartir el mismo aire, para sentir el roce de sus ropas y la tensión que los rodeaba.
Por primera vez desde que llegó a la subasta, empezó a preguntarse si se quedaría en aquel hotel hasta la mañana siguiente. Había cientos de habitaciones esperando a los amantes para sumergirlos en los placeres de la tórrida noche veraniega.
¿Cómo respondería ella a una sugerencia semejante? ¿Saldría despavorida o desistiría de seguir manteniéndolo a raya con su cháchara?
-Lo siento-reconoció ella, abandonando finalmente todo disimulo.
No dijo nada más. Se limitó a observarlo, intentando, al igual que él, descubrir qué estaba pasando allí.
Porque era innegable que estaba pasando algo.
Sus labios temblaban y el pulso le latía frenéticamente en la garganta. Natsu no pudo seguir reprimiéndose. Tenía que saborear aquella boca tan apetitosa y aquella piel de aspecto suave y cremoso.
-Dulce Lucy-murmuró, antes de cubrir la escasa distancia que separaba sus labios.
No intentó presionar ni invadir su boca. Se limitó a saborearla superficialmente, a compartir un aliento fugaz, a aspirar la fragancia que emanaba de sus cabellos… ese delicioso olor a melocotón que se fundía con el suave olor de su piel.
Nada más. Se obligó a romper el contacto y retroceder un paso.
-Ha estado bien-susurró ella.
-Muy bien-corroboró él en voz baja.
Demasiado bien para precipitarse, por mucho que lo deseara.
Las aventuras rápidas no eran nada nuevo para él, pero sabía por experiencia que todo sería mucho mejor si se obligaba a tener paciencia.
Además, no quería ser una de esas parejas que se escabullían de la sala, intercambiaban las llaves de sus habitaciones y se dirigían sigilosamente a los ascensores. Y tampoco quería que ella lo fuera.
Recuperó el control de su cuerpo y carraspeó ligeramente.
-Con eso basta por ahora. Cuando salgamos juntos hablaremos un poco más sobre esta conexión que hay entre nosotros.
-¿Conexión?
-No me hagas volver a demostrártelo.
Ella levantó una mano hasta la oreja y se retorció el pendiente de oro. Fue un acto casto e inocente, y al mismo tiempo increíblemente íntimo y personal.
-¿Lo harías si te lo pidiera por favor?-le preguntó en tono maravillado, mirándole la boca mientras se lamía los labios. El gesto era tan descarado y tentador que Natsu ahogó un gemido.
-Lucy…
-Quiero más-ordenó ella, y se lanzó hacia él con tanta fuerza, que a Natsu no le quedó más remedio que agarrarla para que no cayera al suelo.
El siguiente beso no fue tan dulce y suave. Y mucho menos tan inocente…
Cuando sus bocas se encontraron, ella le pasó la lengua por los labios, exigiéndole que empleara la suya. Él no vaciló ni un instante y sus lenguas se enzarzaron en un baile frenético y salvaje mientras ella le rodeaba los hombros y entrelazaba las manos en su pelo. Natsu no tardó en olvidarse de los demás presentes en la sala y se abandonó a las sensaciones que le provocaba aquel cuerpo tan exquisito y voluptuoso.
Así fue hasta que una carcajada chillona y femenina procedente de un rincón cercano pareció recordarle a Lucy lo que estaba haciendo. Rápidamente, apartó la boca y las manos y se echó hacia atrás.
-Ha estado bien-murmuró él, repitiendo sus mismas palabras.
Ella asintió.
-Muy bien-dijo, y se quedó callada y mirándolo fijamente, como si no supiera que hacer a continuación.
Las habitaciones seguían esperando… y podrían estar en una de ellas en cuestión de minutos.
La tentación era demasiado fuerte.
Pero no. Aquella era la primera vez en mucho tiempo que Natsu deseaba a una mujer sin relacionarla con su propia vida, su trabajo, su familia y su pasado.
La deseaba por él mismo. Y por eso estaba dispuesto a esperar, a ignorar el deseo primario que ardía en su cuerpo y que le hacía vibrar de impaciencia.
-Dime dónde te recojo el sábado por la noche.
Ella parpadeó un par de veces y lo miró boquiabierta, enmudecida por el asombro. Natsu vio que no estaba acostumbrada a una situación semejante y decidió aprovechar la ventaja inicial. No quería discutir si volverían a verse o no. Se verían y no había más que hablar al respecto.
-Ni se te ocurra decirme que no hay química… ni después de lo que acaba de pasar.
Ella dudó un momento y negó lentamente con la cabeza.
-No, pero…
-No voy a aceptar ninguna negativa.
-Por Dios, eres un mandón insoportable-espetó ella, sacudiéndose la sensual confusión en la que parecía haber estado sumergida.
-En absoluto. En cuanto me conozcas, ya verás que soy encantador-replicó él con una sonrisa chulesca-. Vamos, no te resistas. ¿A qué hora te recojo?
Lucy se cruzó de brazos y Natsu bajó la mirada a su escote.
¿Tenía idea de lo atractiva y sugerente que resultaba?
No, no parecía ser consciente de su propio encanto. Al principio le había parecido bonita, pero ahora le veía tan hermosa que se negaba a dejarla escapar… y el creciente bulto de su entrepierna parecía estar de acuerdo.
Lucy intentó resistirse una última vez, pero pareció cualquier cosa menos convencida.
-Esto no puede salir bien.
-Claro que sí. Tenemos un acuerdo. Yo le he dado mi palabra a la gente que dirige esta subasta y tú has pagado un montón de dinero por conseguir lo que quieres. Si no te gusta lo que te sugiero, puedes proponer tú cualquier otra cosa. Pero vamos a salir juntos, así que ya puedes ir aceptándolo.
Ella dejó escapar un gruñido de disgusto y acabó riéndose.
-De acuerdo. Tú ganas.
Como si hubiera habido alguna duda…
Lucy lo miró fijamente, con un ligero mohín en los labios, como su estuviera calibrando hasta donde podía llegar.
-Puedes recogerme el sábado a las nueve de la mañana. Nuestra cita durará hasta el domingo a las seis de la tarde. Lleva ropa informal, elegante y al menos dos pares de zapatos por si… pisas algo.
Natsu se quedó boquiabierto.
-¿Qué…?
Ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró con expresión desafiante.
-Has dicho que podía elegir, y eso es lo que he hecho. Vamos a pasar el fin de semana en la granja de mis padres-esbozó una sonrisa maliciosa-. Espero que te gusten las familias numerosas… y las vacas.
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-No lo hará. Buscará cualquier excusa para librarse-murmuró Lucy mientras Levy y ella salían del hotel y se dirigían a la furgoneta manchada de escupitajos y zumo de manzana que usaba para llevar a los niños al campo. El tipo de vehículo en el que jamás se subiría alguien como Natsu Dragneel.
Levy no pareció oírla.
-¿De verdad son sus ojos tan verdes como en la foto? ¿No usa lentillas de colores?
-¿Has oído algo de lo que te he dicho?-espetó Lucy. Su amiga llevaba haciéndole preguntas sobre el físico de Natsu Dragneel desde que abandonaron la fiesta, y Lucy debía tener cuidado paraa no cometer un desliz y confesarle que la había besado. Dos veces.
No había sido más que un beso, un acto simple y natural. Y sin embargo, los besos de Natsu le habían provocado un revuelo de emociones tan confusas como deliciosas.
Su boca era tan fabulosa como el resto de su persona.
Cualquier mujer con un mínimo de estrógeno en las venas se moriría por degustarlo a fondo.
Pero no creía probable que ella fuera a probar mucho más. No después de haberlo arrinconado para endosarle un fin de semana en la granja de sus padres.
-¿Huele bien? Los hombres como él suelen oler muy bien. No como los actores… quienes solo huelen a café, sudor y tabaco.
Lucy se limitó a responder con un gruñido. El absurdo interrogante de Levy no la ayudaba precisamente a calmar sus nervios.
Aún le costaba creer lo que había pasado. Prácticamente le había ordenado a un desconocido que pasara un fin de semana con otros desconocidos en una granja perdida. Y lo más sorprendente era que él no se había echado a reír en su cara ni había puesto pies en polvorosa. Sí había arqueado las cejas y se había quedado sin habla durante unos segundos. Pero entonces le guiñó uno de sus bonitos ojos verdes… con cierto brillo dorado como aparecían en la foto, y le dio su consentimiento.
-Muy bien-aceptó la tarjeta que ella le ofrecía y le dio las buenas noches.
Así de sencillo.
Una auténtica locura.
-Me dejará plantada.
-¿Su esmoquin estaba hecho a medida?
-Ahora mismo debe de estar buscando un vuelo a Siberia.
-¿Es alto? Parece muy alto.
-En vez de negarse y deja que me preparase durante el resto dela semana para hacerlo yo sola, me tendrá esperando hasta el último momento y entonces me dejará en la estacada. Y yo no tendré tiempo para inventarme una excusa creíble, como que mi novio se ha idode misión secreta a Hungría o algo por el estilo.
-¿Estamos en guerra con Hungría?
-No soporto que te rías de mí-dijo Lucy, fulminándola con la mirada.
Levy sonrió y dejó de provocarla.
-¿Quieres dejarlo de una vez? Te ha dicho que lo hará y cumplirá su palabra. ¿Por qué iba a dejarte plantada?
-No lo sé. Quizá porque no haya estado en una granja en su vida y no sepa que el filet mignon que se tomó para cenar procedía de una vaca.
Levy, vegetariana, se llevó una mano a la boca y simuló tener arcadas.
-Lo siento.
Mientras subían en el ascensor hasta la cuarta planta del aparcamiento, Lucy seguía imaginándose las excusas que Natsu Dragneel se inventaría para no aparecer… por muy sensuales que hubieran sido sus besos y sus palabras al hablar de la química existente entre ambos.
-Debería haberlo seducido para pasar una noche de sexo salvaje y olvidarme de más tonterías.
-¡Eso es!
Lucy miró furiosa a su amiga.
-¿Tan fácil te parezco?
-No, no lo pareces, pero para un hombre así, cariño, hasta la madre del Papa sería fácil.
-Lo he fastidiado todo-murmuró Lucy. No quería comentar a Levy el irresistible atractivo de Natsu Dragneel, porque entonces acabaría hablando de lo bien que besaba. Y aquellos dos besos le pertenecían a ella y a nadie más.
Levy le puso una mano en el brazo.
-Tranquila, Lucy. No parece el tipo de hombre que falte a su palabra.
-A diferencia de Loke.
Los ojos marrones de Levy llamearon de indignación al oír el nombre del ex novio de Lucy.
-No he conocido en persona al hombre de la subasta, pero no permito que lo compares con ese saco de escoria, mentiroso y repugnante que trata a las mujeres como si fueran objetos desechables.
Lucy suspiró con remordimiento y asintió.
-Tienes razón. Natsu parece un hombre decente-un hombre decente e increíblemente guapo… Y además noble y heroico, a juzgar por su biografía. Un paramédico que se dedicaba a salvar vidas, no a intentar destruirlas como Loke había hecho con ella.
Tenía que admitir que no se parecía en nada a ningún hombre que hubiera conocido en su vida.
-No debería sacar conclusiones precipitadas. Puede que me esté metiendo en problemas.
-Seguro que sí. Y ahora cuéntamelo todo sobre él-le ordenó Levy sin el menor sarcasmo.
-Ya lo viste.
-Desde lejos. A las perdedoras no nos permitían entrar en la fiesta-arrugó la nariz-. Maldita jet set.
-Bueno… es alto.
-Eso ya lo sabía, cariño. Quiero detalles más jugosos.
-Lleva un pendiente y le da un aspecto muy sexy-aunque nunca se hubiera imaginado que un pendiente pudiera hacer parecer sexy a un hombre.
Levy se encogió de hombros, en absoluto impresionada. Al fin y al cabo, no leía novelas de amor como ella, por lo que un pendiente no debía evocarle fantasías de piratas con el pelo largo y mirada letal.
-Más.
-Tiene una voz increíble.
-¿Grave y profunda? ¿Una voz que te invita a decirle cosas sucias?
Lucy negó con la cabeza mientras salían del ascensor. La furgoneta estaba aparcada junto al pasillo central, en mitad de la planta oscura y vacía. Lucy se apretó el bolso contra el costado y miró a su alrededor. A pesar de lo que su familia pudiera pensar sobre la falta de seguridad en una ciudad como Chicago, Lucy sabía cómo defenderse. Aferró las llaves con fuerza, dejando los extremos más largos y afilados entre los dedos e imaginó que Levy se estaba armando con el pequeño spray de defensa personal que siempre llevaba consigo.
Menudo par de Ángeles de Charlie… Si un ladrón surgiera de las sombras con un cuchillo, las dos le arrojarían sus bolsos y echarían a correr de vuelta al ascensor. Lo que sin duda sería la opción más sensata.
Pero, ¿y si el agresor quería algo más que un bolso? En ese caso las lleves y el gas eran imprescindibles para vivir en una gran ciudad. Además, le gustaba pensar que era una mujer dura, aunque sólo fuera para evitar que las preocupaciones de su familia la afectaran demasiado. Cuando anunció que se trasladaba a Chicago, después de pasarse cuatro años desplazándose a diario desde la granja a un pequeño y modesto instituto, le habían asegurado robos, atracos, violaciones… casi todo menos acabar mutilada y descuartizada. En los cinco años que llevaba viviendo allí le habían robado el bolso y le habían forzado en dos ocasiones la puerta de su primer apartamento, pero aparte de eso no había sufrido ninguna agresión, salvándose, hasta el momento, de los reproches de su familia en general, y de su madre en particular, por no haberles hecho caso.
A su madre le gustaría Natsu Dragneel… si éste no fallaba a su palabra.
A su padre le gustaría que trabajara en los equipos de salvamento… si no faltaba a su palabra.
Y a sus hermanos les gustaría que fuera grande y fuerte y que fuera aficionado al deporte, aunque los irlandeses fútbol antes que el rugby… si no faltaba a su palabra.
En cuanto al resto de parientes, lo verían como un gran avance desde el chico con el que Lucy había salido en el instituto. Aquella versión moderna de lord Byron, tan sensible, poético y delicado, con quien Lucy había creído que se iba a casa… Puaj.
Natsu Dragneel era un caballero, o al menos eso le decía su instinto, pero no era precisamente poético ni delicado.
-Tierra llamando a Lucy.
-Lo siento-murmuró, llegando a la furgoneta.
-¿Cómo es su voz?
-Tiene acento. Es extraño que el programa no lo mencionara, pero es extranjero.
-Oooh… Q ué sexy. ¿Francés?
-Irlandés.
-¡Mejor todavía! Como James Bond.
Lucy recordó la conversación con Natsu y no pudo evitar reírse.
-No, Bond es inglés. O escocés. Natsu es uno de esos irlandese de pelo rosa y ojos verdes que, cuando hablan, parecn que están dándole un pequeño mordisco a cada palabra que pronuncian.
Levy se quedó boquiabierta.
-Dios mío, chica… ¿has pasado veite minutos con él… o toda la noche? Lo has dicho como si hubiera estado mordiendote a ti.
A Lucy le dio un vuelco el corazón al pensarlo e ignoró el comentario de su amiga. Y siguió ignorandola mientras subían a la furgoneta y salían del aparcamiento en dirección a Lincoln Park.
Pero cuando dejó a Levy en su apartamento, no pudo seguir ignorando la voz que resonaba en su cabeza y que repetía las mismas palabras de Levy. Se había sentido como si Natsu Dragneel le hubiera estado dando mordiscos por todo el cuerpo, arrancándole pequeños pedazos de voluntad, bocados de inseguridad y grandes trozos de resistencia.
-Lo deseo-susurró mientras entraba en su apartamento.
Su gato de cuatro años, Happy, la oyó y acudió rapidamente a saludrla, aunque solo fuera para ver si conseguía algo de comer. Lucy se agachó para acariciarlo y se repitió la misma afirmación.
-Lo deseo.
No sólo lo deseaba para fingir en casa de sus padres, sino también para saciar sus necesidades sexuales. Hacía mucho que no deseaba a nadie de aquella manera, ni siquiera al imbecil de su ex.
No tenía sentido desear a nadie ni confiar en su criterio, teniendo en cuenta cómo había sido su experiencia reciente.
Pero aun asílos muslos le temblaban y el sexo le palpitaba sólo de pensar en los mordiscos de Natsu Dragneel. Sobre todo ahora que sabía lo suaves y cálidos que eran sus labios y los deliciosa que era su lengua.
Era una posibilidad tan descabellada como peligrosa, pero no pudo evitar preguntarse si la química de la que había hablado bastaría para prender el deséo físico entre ellos durante el fin de semana.
Y si ella lo permitiría.
Continuará…
…
Espero que os haya gustado este segundo capítulo y que caiga algún review.
