Ni los personajes ni la historia son míos.

….

Capítulo 4

-Papá vio tu foto en la página web del periódico de Chicago. ¿Sobornaste a los periodistas para que publicaran tu foto en las páginas de sociedad y así poder sacarlo de sus casillas?

La hermana menor de Natsu ni siquiera lo había saludado cuando él respondió a su llamada el jueves por la tarde. Había ido directa al grano, con un tono de regocijo en la voz.

-Hola a ti también, Wendy.

-¿Una subasta de solteros para recaudar fondos? Parecía que iba a atragantarse con las galletas del desayuno.

-¿Se encuentra bien?-preguntó Natsu, preocupado a su pesar. El viejo era un cascarrabias, pero no era razón para desearle nada malo. Lo único que Natsu quería era hacerle ver que, aunque hubiera dejado embarazada a su madre y luego la hubiera sobornado para que no se entrometiera en la vida de Natsu, no era el dueño de su hijo. Ni de su mente, ni de su cuerpo ni de su alma.

-Sí, muy bien… aunque no deja de despotricar y maldecir por toda la casa, preguntándose por qué no abandonas tu vida de playboy y vuelves a casa para ocupar el lugar que te corresponde, según sus propias palabras.

-Eso no va a suceder-dijo Natsu. Se pasó una mano por el pelo y se sentó en la enorme cama de matrimonio que dominaba la elegante suite del hotel-. Ya debería haberse convencido después de todo este tiempo.

-Oh, seguro que ya se ha convencido… Te echa terriblemente de menos, pero es demasiado orgulloso para admitirlo.

De eso no cabía la menor duda. Su padre era de la vieja escuela y jamás reconocería una derrota.

Natsu lo sabía muy bien, después de haberse criado en la finca familiar de County Wicklow, donde la tradición era tan sólida como los muros de piedra. El aire de la casa estaba cargado con una historia de doscientos años y con el peso de una sofocante responsabilidad que siempre había abrumado a Natsu.

Pero hasta que no cumplió veintiún años y descubrió hasta qué punto podía ser exigente el viejo no se dio cuenta de que tenía que marcharse. En aquel cumpleaños su padre le comunicó que había concertado su matrimonio. El padre de Natsu y un viejo amigo habían preparado una unión entre sus hijos antes incluso de que éstos hubieran dados sus primeros pasos, como un par de señores feudales en la Edad Media.

A Natsu aún le costaba creérselo.

-¿Crees que habrá aprendido la lección?-le preguntó Wendy, esperanzada-. Cumpliré veintiuno en otoño, y el hermano menor de Lissana sigue soltero.

Lissana era la chica con la Sean habría tenido que casarse para cumplir con la voluntad de su padre. Según había oído, se había casado unos años antes y vivía felizmente en Galway.

-Elfman era un abusón cuando éramos niños. A papá jamás se le ocurriría…

-Desde luego que no-corroboró Natsu-. Puede que sea incapaz de admitir que se equivocó conmigo, pero no es tan tonto como para cometer el mismo error contigo.

O al menos eso esperaba Natsu.

-Pero si lo hace… ¿Puedo irme contigo?

Natsu no tenía sitio en su vida para una chica de veintiún años. Ni siquiera tenía una residencia fija, sino unos cuantos apartamentos en distintas ciudades donde se alojaba temporalmente. Lo último que podría ofrecer era estabilidad, y tampoco creía que pudiera hacer feliz a Wendy. Él se había marchado de casa porque estaba desesperado, pero a su hermana menor le encantaba montar a caballo y salir con sus amigas en Wicklow.

No obstante, jamás la abandonaría si estuviera en problemas.

-No creo que sea necesario llegar a ese extremo, pero naturalmente podrás venirte conmigo si la ocasión lo requiere, Wendy.

Pero no sería necesario. La gente aprendía de sus errores, y su padre no se arriesgaría a perder también a Wendy. Bastante drama le había supuesto que Natsu le dijera lo que podía hacer con el horroroso anillo de compromiso, justo antes de marcharse de casa.

En los años siguientes su padre había probado todo tipo de tácticas para conseguir que Natsu acatara su voluntad. Amenazas, faroles, ataques ficticios al corazón… Incluso había pagado para publicar la noticia del compromiso en los periódicos, con la esperanza de avergonzar a Natsu y hacerlo regresar.

Pero Natsu no cedió. Contaba con un pequeño fondo fiduciario que su padre no podía tocar, y aunque no era ninguna fortuna sí le bastó para empezar una nueva vida. Y ésa había sido precisamente su intención. Quería ver mundo, explorarlo todo, vivir todo tipo de experiencias…

Y encontrar a su madre.

Aquél había sido el mayor temor de su padre, y paradójicamente, lo único que logró suavizar la actitud de Natsu hacia él. Cuando finalmente la encontró, comprendió la verdad. Al oír la terrible historia de labios de su madre, cómo había sido una drogadicta y un peligro para todos los que la rodeaban, se dio cuenta de que su padre había hecho lo correcto al separarlo de ella.

Algún día se lo diría cara a cara… si alguna vez volvía a verlo. Lo cual no parecía muy probable en un futuro cercano, viendo cómo iban las cosas.

-Podría irme ahora-le dijo Wendy. Me encanta tu apartamento.

-Casi nunca estoy allí, cariño-repuso Natsu amablemente. No quería herir sus sentimientos, pero la sugerencia le hacía estremecerse-. Te sentirías muy desgraciada en la ciudad.

Wendy había visto su apartamento de Londres, pero no sabía que tenía uno en París y otro en Nueva York. Aquello suscitaría muchos interrogantes sobre su costoso estilo de vida, y Natsu no estaba dispuesto a dar explicaciones al respecto.

Ahora vivía muy bien, pero no siempre había sido rico. Al principio sólo le guiaba la determinación por ser independiente y no volver a casa, y Wendy lo sabía.

Le había bastado con llevar una vida austera y no despilfarrar el dinero para no necesitar la ayuda económica de su padre, por lo que las amenazas y los chantajes habían resultado tan inútiles como cualquier posible remordimiento o sentido de la responsabilidad familiar. Si le debía algo a los huesos de seis generaciones de Dragneel que descansaban en el panteón familiar, que se lo dijeran personalmente. Hasta entonces, no le debía nada a nadie y no habría nada que le hiciera volver.

Salvo un supuesto problema de salud.

Un año después de haberse marchado de casa, recibió la noticia de que su padre había sufrido un ataque al corazón. Se disponía a subirse a un avión para volver a Irlanda, cuando su hermana lo llamó y le reveló que todo era una farsa y que en casa lo estaba esperando la fiesta de compromiso.

Aquélla fue la gota que colmó el vaso. Que su padre hubiera fingido estar al borde de la muerte sólo para intentar salirse con la suya acabó por convencer a Natsu de que tenía que poner toda la distancia posible entre ambos.

Y eso fue exactamente lo que hizo. Ciudad a ciudad. Trabajo a trabajo. Mujer a mujer.

Empezando por Singapur.

En su largo periplo descubrió que tenía otras habilidades además de entretener a mujeres adineradas. También superó la obsesión por escandalizar a su padre. Si al viejo le interesaba saber la verdad, no le costaría nada descubrirla en los diarios económicos de medio mundo. Natsu era un hombre de negocios codiciado por muchos empresarios y magnates para negociar y conseguir lucrativos acuerdos internacionales.

Que el viejo pensara si quería que su hijo se había prostituido para hacerse rico. Natsu sabía que no era cierto, y ya no le importaba lo más mínimo lo que pudieran pensar los demás.

-¿Por cuánto te has vendido?-le preguntó Wendy.

-Cinco mil.

Wendy ahogó un grito.

-¿Cinco mil dólares?

-En Chicago no se paga con euros, hermanita.

La risa desdeñosa de su hermana le indicó que no estaba sorprendida porque la cantidad le pareciera alta, sino más bien porque fuera tan baja.

-Estás perdiendo facultades… Seguramente esa mujer no sabía por quién estaba pujando, señor Misterioso.

-Sí, ése soy yo… James Bond-sonrió al pensar en su primera conversación con Lucy.

-Yo estaba pensando más bien en Austin Powers-se burló Wendy, pero sin el menor atisbo de malicia. Tan sólo una pizca de curiosidad.

Su hermana no sabía mucho sobre su vida, y Natsu quería que así siguiera siendo.

Por suerte, su padre no parecía darse cuenta de que Natsu quería proteger a Wendy de la verdad. Aquel chantaje sí podría haber funcionado, y por ello Natsu le había pedido a Wendy que mantuviera en secreto sus llamadas telefónicas, la correspondencia y los encuentros ocasionales fuera de la ciudad.

-¿Cómo está tu madre?-le preguntó, cambiando de tema.

-Rica, desgraciada y bebiendo martinis al mediodía. ¿Y la tuya?

-Pobre, feliz y sobria-«al fin», añadió para sí mismo.

-Está visto que el dinero no da la felicidad.

Natsu se echó a reír.

-No, pero no creo que aguantases un solo día sin tu tarjeta de crédito-en ese aspecto, su hermana era igual que su madrastra.

Todo lo contrario a la madre de Natsu. En su día se dejó comprar para salir de la vida de su hijo, pero ahora no aceptaría ni un solo penique que Natsu le ofreciera y vivía felizmente en San Francisco como una artista muerta de hambre.

Una lección para ser tenida en cuenta.

Siguieron charlando unos minutos más, y cuando Natsu colgó y miró la hora, le agradeció mentalmente a Wendy que le hubiese llamado. Al menos había conseguido distraerle durante un buen rato.

Pero ¿cómo pasaría el resto del día, cuando lo único que deseaba era volver a ver a Lucy? El día anterior lo había pasado de una reunión a otra. Negocios financieros únicamente, nada de relaciones sociales. Había muchas mujeres deseosas de compartir con él algo más que un informe de ventas, pero Natsu sólo estaba interesado en la rubia hermosa y sensual que lo había comprado para el fin de semana. La mujer a la que aún tendría que esperar unas horas para ver.

Miró a su alrededor y de repente deseó haberse alojado en otro hotel. Su habitación era impecable y estaba decorada con un gusto exquisito, pero se le antojaba demasiado fría e impersonal.

Y aquello le hizo pensar en el sexo. Sexo frenético y salvaje. Había ido a Chicago siguiendo un impulso, después de haber estado allí poco después de Año Nuevo. En aquella ocasión lo había invitado un amigo al que conoció en Japón. Gray había querido ofrecerle a su novia la fantasía sexual que muchas mujeres anhelaban pero que muy pocas llegaban a cumplir.

Una noche con dos hombres.

Natsu había accedido, aunque con algunas reglas establecidas de antemano. Habían llegado muy lejos, pero no hasta el final… lo cual, sospechaba, fue un gran alivio para Gray.

La noche había sido increíblemente erótica y placentera, pero por nada del mundo Natsu podría compartir a una mujer a la que amara con otro hombre. Ni siquiera para satisfacer las fantasías que ella pudiera albergar.

Él no compartía. Punto. Y la simple idea de ver a otro hombre poniéndole las manos encima a Lucy hacía que le hirviera la sangre.

-Estás desvariando, tío-se murmuró a sí mismo mientras se incorporaba en la cama-. Apenas la conoces.

No se explicaba por qué su nombre y su rostro lo asaltaban de improviso ni por qué le provocaban una reacción semejante. Ni siquiera estaba seguro de que le gustase. Aquella clase de reacción insinuaba una especie de enamoramiento o vínculo emocional, y su interés era meramente físico.

«Retírate», le susurró una vocecilla en su cabeza. Sería lo más sensato, antes de que el deseo se le escapara de las manos. No podía dejarla plantada el fin de semana, pero ¿y aquella noche?

Miró la hora. Eran más de las cuatro. Si iba a verla, debería ir preparándose. Y si no…

No sabía qué hacer. Pero en cualquier caso no tenía tiempo que perder, de modo que se metió en la ducha e intentó que el agua caliente lo ayudara a pensar con claridad.

¿Una segunda cita o no?

La pregunta le recordó la conversación que mantuvieron en el bar, cómo ella le había hecho sudar para conseguir una segunda cita. Y con suerte, una tercera. Era una mujer realmente encantadora.

Los recuerdos de su risa, de su sonrisa y de su cuerpo le habían llenado la cabeza desde entonces. Pero ahora lo que más recordaba era su olor. Aquella suave y deliciosa fragancia a melocotón. No sabía si era su champú, una loción corporal o un perfume. Sólo sabía que cada vez que pensaba en su olor quería saborearla a fondo, como una fruta madura y jugosa.

El cuarto de baño sería un buen lugar para empezar a hacer todas las cosas que quería hacer con ella. Le encantaría tener a Lucy delante de él en la ducha, bajo el chorro de agua caliente.

Se colocaría detrás de ella, apretaría el pecho contra su espalda y el sexo contra su bonito trasero. Sus cuerpos estarían húmedos y resbaladizos por el jabón. La tensión acuciaría a Natsu a penetrarla por detrás, pero él se obligaría a esperar y proceder con calma y lentitud.

Se enjabonaría las manos y empezaría a hacer lo mismo con ella. Suavemente, delicadamente, prestando una atención íntima y especial a su cuello y sus hermosos pechos…

Deslizaría una pierna entre las suyas, separándole los muslos para exponer su sexo al chorro de agua. Y entonces emplearía sus manos para avivar el placer líquido de la ducha. La acariciaría a conciencia con sus dedos y su aliento y le susurraría palabras prohibidas para llevar su excitación hasta el límite.

-Sí…-gimió con fuerza al darse cuenta de que él ya estaba excitado. Su cuerpo había reaccionado a los pensamientos y al tacto de su mano mientras se lavaba.

De ninguna manera perdería la oportunidad de verla aquella noche. Necesitaba desesperadamente aquella segunda cita para llegar a la tercera.

Las imágenes de Lucy lo invadían sin tregua. La imaginaba con la cabeza hacia atrás, perdida en el placer que él le daba. Sus pechos turgentes apuntando a su boca… Su mano bajando hasta su miembro, rodeándolo, acariciándolo hasta volverlo loco…

Una vez más volvió a evocar el olor a melocotón. Apoyó un brazo en la pared de azulejos y apretó el puño, imaginando cómo los músculos de Lucy se contraían alrededor de su sexo y lo exprimían hasta vaciarlo de pensamientos y sensaciones. Todo su cuerpo se puso rígido. Un rugido de calor le recorrió las venas y un largo gemido de placer acompañó la eyaculación.

Por ahora era suficiente. Pero no podía ni compararse a lo que le aguardaba cuando hiciera el amor con Lucy Heartfillia.

Y para ello, tenía que acudir a la segunda cita.

.

.

.

Lucy no necesitó ir de tiendas para buscar un vestido. No era una fanática de la ropa ni de la moda, y muy rara vez tenía ocasión de ponerse algo elegante. Pero sucumbía a las compras cada vez que se topaba con unas rebajas o con un vestido negro de fiesta a precio de saldo.

Se había olvidado de los vestidos que había almacenado al fondo de su armario durante los últimos años. No sólo de color negro, también rojos y azul marino… Todos con la etiqueta de compra todavía colgando.

Pero Lucy no se decidió por ninguno de ellos. Porque tenía un problema. No sabía si Natsu iba a llevarla a un sitio lo bastante elegante. Por lo que había descubierto hasta el momento, bastaría con unos vaqueros y una gorra de béisbol.

-Eres un cúmulo de contradicciones-murmuró, mirando la foto de Natsu en el folleto de la subasta.

Lo había recogido de la furgoneta al volver a casa del trabajo, entre los objetos habituales que llenaban el salpicadero del vehículo… botellas vacías, un sonajero, un biberón, una manta… Esperaba encontrar el nombre del restaurante donde el soltero invitaría a cenar a su compradora, y así poder decidir qué ropa ponerse. Pero cuando leyó el párrafo que acompañaba la foto de Sean se quedó tan desconcertada que tuvo que volver a leerlo.

-«Un partido de béisbol en Wrigley… Unas cervezas en un pub».

No se parecía en nada a la clase de cena que ella se había imaginado. Natsu había mencionado expresamente su vestido amarillo, y hasta el más bruto de los hombres, que no era el caso, sabía que una mujer no se ponía un vestido como aquél para ver un partido de béisbol.

Happy levantó la cabeza desde el sofá, donde estaba despatarrado en su posición favorita y no precisamente felina, para ver si le estaba hablando a él. Era extraño que le hiciera el menor caso a Lucy, a menos que tuviera comida.

-Sigue durmiendo-le dijo ella-. O mejor todavía, ve a mi habitación y quédate allí para que no molestes a Natsu.

Happy la ignoró, como siempre. No se podía decir que fuera un animal muy amistoso. Cuando su hermano Jed había ido a visitarla, el gato se orinó sobre sus zapatos.

Lucy se estremeció de horror al pensar que pudiera hacerlo lo mismo con Natsu, de modo que agarró a su indolente mascota y se lo llevó al dormitorio junto al folleto. No podía dejar de mirar la foto, ni podía creerse que fuera a tener una cita con aquel hombre tan atractivo.

Siguiendo un impulso típico de su adolescencia, arrancó la página de Natsu del programa para conservarla. Por un momento temió que acabara escribiendo «Natsu ama a Lucy» y dibujando corazones alrededor de su rostro, igual que hacía con las fotos de sus ídolos cuando tenía doce años. Pero enseguida se echó a reír de sí misma y se dio cuenta de que apenas le quedaba tiempo para arreglarse.

Rápidamente se duchó, se maquilló y se dejó el pelo suelto como siempre. Pero seguía sin resolver la cuestión de la ropa. Y cuando oyó unos golpes en la puerta de su apartamento a las siete en punto, aún estaba en ropa interior y con una bata corta de color azul.

Al abrir y ver a Natsu con un impecable traje oscuro a medida, supo que tendría que haberse puesto un vestido.

-Santo Cielo… ¿pretendes matarme aquí mismo?-exclamó él, mirándola de arriba abajo desde la puerta.

Sus ojos se entornaron al contemplar el profundo escote de la bata y el cinturón ceñido a la cintura. El deseo que despedía su mirada era casi palpable, como una ola de agua caliente.

-Pidamos una pizza-murmuró él-. Será nuestra segunda cita y volveré dentro de una hora para la tercera.

Una pizza no era el tipo de comida que podría relacionarse con un hombre así. Al menos aquella noche. Llevaba su largo pelo rosa recogido en una coleta y estaba recién afeitado. La chaqueta realzaba sus anchos hombros y los vivos colores de la corbata le daban un toque alegre y desenfadado. Sus pantalones parecían hechos a medida y Lucy juraría que sus zapatos eran italianos.

¿Y un hombre así trabajaba en los equipos de rescate? Por su aspecto podría aparecer en cualquier revista o en cualquier película de Hollywood, interpretando a un intrépido conductor de ambulancia…

Tenía que saber dónde trabajaba realmente. Pero fuera lo que fuera, la pizza no parecía lo más apropiado. El caviar, tal vez… aunque Lucy nunca lo había probado ni tenía intención de hacerlo.

-¿O es que has cambiado de opinión sobre el requisito de la tercera cita?-preguntó él con expresión esperanzada mientras cruzaba la puerta.

Lucy cerró tras él y lo miró, conteniendo el deseo de ponerse de puntillas y morderle el pendiente dorado de la oreja.

-No sabía qué ropa ponerme-admitió.

La voz le temblaba y seguía con la mirada fija en el pendiente de oro. Estaba segura de que, si lo mordía, acabaría desnuda y tumbada de espaldas en cuestión de segundos.

«Muérdelo».

-Por favor, dime que no eres una de esas mujeres…

-¿Esas mujeres?

-Ya sabes… una de esas mujeres que se pasan una hora probándose toda la ropa de su armario y preguntando la opinión de su acompañante mientras éste se arma de paciencia-la miró con un brillo de picardía en los ojos-. Aunque si quieres mi opinión sobre lo que lleves debajo del vestido, estaré encantado de dártela.

Mmm… Tentador. Sobre todo teniendo en cuenta que llevaba un conjunto de lencería color melocotón que le añadía un cálido resplandor a su piel.

«Olvídalo. Tienes que andarte con cuidado, ¿recuerdas? Puedes esperar hasta la tercera cita».

La mujer que había sufrido un reciente desengaño amoroso sabía reconocer la voz de su conciencia cuando tenía razón.

Una mujer que llevaba un año sin tener un amante y que ahora se encontraba frente al hombre más sexy que había visto en su vida.

Un hombre que, por desgracia, sólo estaría con ella aquel fin de semana. Después, se marcharía y volvería a… donde fuera. Saldría de su vida tan rápidamente como había entrado.

La idea le resultó muy dolorosa y la removió por dentro, allí donde ningún desconocido debería afectarla.

«Hazlo. Aprovecha la oportunidad mientras puedas».

La tentación era demasiado fuerte. Y de no haber sido por su reciente experiencia con Loke, tal vez habría cedido al impulso.

-Creo que me las podré arreglar yo sola. Estaré lista enseguida y podremos irnos.

Él no le estaba prestando atención. Había bajado la mirada, y su mandíbula encajada y hombros rígidos insinuaban que la imagen le estaba afectando profundamente.

Lucy también bajó la mirada y supo por qué. Ella tal vez hubiera dicho que tenían que marcharse, pero sus manos no habían captado el mensaje. Porque había dejado de aferrar los bordes de la bata y la prenda se había abierto desde los pechos hasta el nudo aflojado en la cintura, revelando el sujetador y una gran porción de piel desnuda.

-Melocotón-susurró él-. Mi nuevo color favorito…

La estaba mirando con un deseo tan descarado e intenso, que Lucy no sabía si arrojarse a sus brazos o echarse hacia atrás.

No estaba acostumbrada a provocar aquel tipo de reacción masculina. Ella, Lucy Heartfillia, la modesta cuidadora de niños, nunca había visto un deseo semejante ardiendo en los ojos de un hombre. Y por muy excitante que fuera, también la hacía estremecerse de temor. Porque todas sus protestas y reparos estaban a punto de volatilizarse en el aire cargado de tensión sexual.

-Tengo que probarte-dijo él.

Y eso fue lo que hizo.

Cruzó la escasa distancia que los separaba y fue directamente a por la boca de Lucy. En cuanto sus labios entraron en contacto empezó a saquearla con su lengua voraz e imparable. Ella le rodeó el cuello con los brazos y ladeó la cabeza para recibir todo su calor, su fuerza y su pasión salvaje.

Las grandes manos de Natsu le abrieron completamente la bata y sus dedos empezaron a recorrerle la piel, bajando por el vientre y deslizándose alrededor de sus caderas. Tiró de ella contra él y Lucy sintió el durísimo bulto de su erección.

El deseo la embriagaba. El sexo le palpitaba enardecidamente, y la necesidad por saciar su lujuria era tan desesperada, que la dejaba sin aliento y sin fuerza en las piernas.

-Natsu-gimió contra su boca pegada.

Él apartó sus labios y fue besándola, lamiéndola y mordisqueándola por la mandíbula y el cuello. Cada roce de sus labios y dientes le provocaba una violenta convulsión por todo el cuerpo.

-No he dejado de soñar con melocotones-dijo él mientras seguía besándola. La empujó suavemente hacia atrás hasta que las piernas de Lucy chocaron con el borde del sofá, y entonces la hizo descender sobre uno de los brazos-. Vamos a comprobar lo dulce que eres…

Lucy no podía ni pensar en rechazarlo. Quería sentir su boca por cada palmo de su cuerpo.

-Hazlo, por favor-le rogó en un agónico susurro mientras retorcía el torso para que la bata se deslizara por sus hombros. La quitó de en medio y llevó las manos hasta el pelo de Natsu, entrelazando los dedos en sus negros mechones.

Natsu se inclinó para besarla entre los pechos y aspiró profundamente, como si quiera empaparse de su olor. A Lucy se le puso la piel de gallina y los pezones se le endurecieron contra el encaje del sujetador. Natsu se dio cuenta y frotó su mejilla contra una de las puntas mientras acariciaba la otra con el dedo.

Lucy se arqueó al recibir sus caricias. Deseaba mucho más que un roce tan ligero. Pero Natsu siguió torturándola y jugando con sus pezones a través del sujetador, hasta que Lucy no pudo seguir aguantando y cayó de espaldas en el sofá.

-¿Adónde vas sin mí?-preguntó él, riendo, mientras se arrodillaba delante de ella.

-A ninguna parte-respondió ella con una voz cargada de deseo e insinuación.

-No sé, cariño-repuso él mientras empezaba a lamerle la piel ultrasensible bajo los pechos-. La verdad… me gustaría ver hasta dónde puedes llegar.

Y nada más decirlo se dispuso a descubrirlo. Muy lentamente, le retiró el tirante del sujetador mientras iba besando cada palmo de piel expuesta. Lucy era un manojo de nervios. Se moría por sentir la boca de Natsu en su pezón… y se deshizo en un grito de placer cuando finalmente la recibió.

Natsu la saboreó y chupó ávidamente mientras le descubría el otro pezón y usaba los dedos para provocarle unas sensaciones tan deliciosas como su boca.

Finalmente, Natsu se desplazó hacia el vientre, le lamió brevemente el ombligo y siguió descendiendo hasta que sus labios tocaron el elástico de las bragas. Su cálido aliento impregnó la tela y la pegó a los pliegues carnosos de su sexo.

Estaban alcanzando el punto de no retorno.

O seguramente ya lo habían pasado, porque Lucy necesitaba desesperadamente que Natsu le arrancara las bragas y la penetrara con el mismo ímpetu que un muerto de hambre delante de un banquete.

Pero en vez de eso, Natsu la sorprendió al volver a subir hasta su boca y deslizar la mano en sus cabellos.

-Segunda cita… Segunda base, ¿no?

Lucy dejó escapar una temblorosa espiración.

-No recuerdo las bases… pero creo que superamos la segunda y estábamos llegando a la tercera.

-Soy irlandés. ¿Qué sé yo de béisbol?

Volvió a besarla, con tanta delicadeza que Lucy temió que estuviera a punto de retirarse y acabar con aquel interludio erótico. Una parte de ella quería bendecirlo por tener la fuerza necesaria para respetarla… cuando ni ella misma podía hacerlo, pero otra parte quería agarrarlo por el pelo y no soltarlo hasta que la llevara al orgasmo.

-Lucy-murmuró él mientras se erguía-. No he venido aquí para hacerle cambiar de idea… Deja que te invite a cenar y respetemos nuestro acuerdo-la agarró de la mano-. Pero vete preparando… Porque cuando volvamos aquí el domingo después de nuestra tercera cita, en casa de tus padres, no me marcharé hasta pasadas… muchas horas.

Ni la sonrisa letal que acompañó su promesa pudo sofocar el dolor que palpitaba entre los muslos de Lucy, pero al menos alivió momentáneamente la inquietud que la había invadido al darse cuenta de que el placer se iba a acabar.

No soportaba pensar lo que pasaría después del domingo. Adónde se iría Natsu, y si volvería a saber de él…

-Ahora vete a vestirte.

-De acuerdo-dijo Lucy, y dejó que tirase de ella para levantarla. La mirada de Natsu se posó en sus pechos desnudos, y las llamas que despedían sus ojos casi la hicieron volver al sofá. Pero él agarró su bata y se la tendió.

Maldición…

-Ya sé lo que voy a ponerme-susurró ella mientras se colocaba el sujetador en su sitio y se envolvía con la bata-. Sólo tardaré un minuto-añadió con una sonrisa forzada, confiando en poder camuflar su excitación.

Natsu arqueó las cejas.

-Entonces… ¿lo de abrirme la puerta en bata no era necesario?

-Oh, claro que era necesario-respondió ella por encima del hombro mientras atravesaba el salón-. No sabía si ibas a llevarme a un restaurante elegante o al pub que ofrecías en el folleto de la subasta. Tenía que esperar a ver cómo ibas vestido para estar segura.

-¿Qué folleto?-preguntó él.

Pero Lucy no se giró para responderle. Le estaba costando un enorme esfuerzo contenerse y apartarse de él, y no le quedaban fuerzas para mantener ninguna charla por superficial que fuera. Se encerró en su habitación y se apoyó de espaldas contra la puerta para intentar recuperar el aliento.

Le costó más de un minuto, pero finalmente consiguió que sus pulsaciones volvieran al ritmo normal. Sin perder más tiempo, se cepilló el pelo y se retocó el maquillaje, aplicándose un poco más de sombra de ojos. Para un partido de béisbol, el beige claro habría estado bien, pero un restaurante exigía algo más sofisticado. Al menos, todo lo sofisticado que pudiera conseguir en sesenta segundos.

Por último, se puso el vestido rojo. Normalmente prefería colores más suaves y primaverales, pero aquella noche quería destacar entre todas las demás mujeres como una fulgurante llama roja. Una mujer deslumbrante y portentosa, digna de acompañar a un hombre tan apuesto como Natsu.

Al pensar en el desconcierto de Natsu cuando le preguntó por el folleto, agarró la página que había arrancado del mismo. El comentario que había hecho sobre el béisbol, afirmando no tener ni idea del juego, le hizo preguntarse a Lucy por qué le ofrecía a su futura compradora un partido de los Cubs. No tenía ningún sentido.

Algo no encajaba. Lucy decidió que se lo preguntaría durante la cena y dobló cuidadosamente la página para meterla en su bolso.

Cuando volvió al salón, cinco minutos después de haberse marchado, el pulso le latía con normalidad, se había cambiado de ropa y tenías las bragas completamente secas.

Aunque no lo estarían por mucho tiempo…

-Muy bien, ya es…-empezó a decir, pero la voz se le apagó al ver que Natsu sostenía un bulto en los brazos.

Era Happy. Y estaba ronroneando…

-¿Lo has drogado?-fue lo único que se le ocurrió preguntar-. ¿Como en la película Algo pasa con Mary? Nunca lo había estado tan dócil.

-¿Me tomas el pelo? Le encantan los mimos-dijo él, rascando al gato bajo la barbilla. Happy frotó su peluda cabeza contra aquellas manos tan expertas.

Tal vez no fuera tan sorprendente que Happy sucumbiera a las caricias de Natsu. Sus manos podrían hacer ronronear a cualquier mujer… ¿por qué no a un gato?

-Suelta mucho pelo-le advirtió, intentando apartar el recuerdo de aquellas manos en su cuerpo-. Te va a poner la ropa perdida.

Natsu dejó al gato en el sofá y empezó a sacudirse los pelos del traje, impecable hasta unos minutos antes. Pero Lucy se acercó y le apartó las manos para hacerlo ella.

De repente la asaltó una extraña sensación. Parecían una pareja normal que se disponían a salir como hacían todas las parejas.

Y era una sensación deliciosamente íntima.

-Así está mejor-dijo al apartarse-. Parece que ya estamos listos.

Natsu la miró de arriba abajo.

-No sabía que las mujeres pudieran arreglarse tan rápido.

-No debería ser así. Al fin y al cabo, no visto ropa como ésta todos los días. Pero sí tengo experiencia de sobra para cambiarme de camisa por otra que no esté manchada de potitos o guisantes.

-Gajes del oficio-dijo él con una sonrisa.

-Sí. Pero es agradable hacer algo diferente. Ahora, al menos, si mi madre me pregunta si me has llevado a algún sitio especial, podré decirle que sí.

La sonrisa de Natsu se esfumó, y Lucy se arrepintió de haberle recordado cómo se habían conocido y cuál era el fin de todo aquello. Demasiado para una pareja normal. Había sido muy bonito fingir que lo eran, pero… no lo eran.

Tal vez fuera mejor recordarlo. Tuvieran o no una tercera cita, con todo lo que ello implicaba, aquella relación ficticia no tenía ningún futuro. ¿Cómo iba a tenerlo? Lucy no sabía casi nada de aquel hombre. No sabía dónde vivía, dónde trabajaba ni adónde se iría después del fin de semana. Lo único que sabía era cuánto le gustaba a ella.

«¿Y no basta con eso?», le preguntó su vocecita interior. Una aventura con un hombre apuesto e interesante sería lo que el doctor Amor le recetaría después del fiasco de Loke.

Una receta a tener en cuenta, desde luego.

-¿Le has dicho a tu familia que tienes un nuevo novio?

Lucy echó la cabeza hacia atrás y se preguntó si Natsu había reconocido el sentimiento de culpa en sus ojos. Rápidamente recorrió el apartamento con la mirada, buscando algo que delatara una relación reciente. No se imaginaba qué prueba podría haber, ya que Loke había estado muy pocas veces en su casa.

-Deben de pensar que es alguien muy especial si vas a llevarlo a casa para un evento familiar.

Naturalmente. No estaba sospechando de ella. Tan sólo le estaba formulando una pregunta lógica.

-Oh… sí.

-¿Y tengo algún nombre?-preguntó él en tono resignado-. Por favor, dime que no me has puesto un nombre ridículo como Pierce o Todd.

-Loke-susurró ella.

-Puaj…

-No les he dado ningún detalle sobre tu aspecto, personalidad, edad ni nada de nada-añadió ella rápidamente-. Lo único que saben… eh… lo único que creen es que he estado saliendo con alguien.

Y menos mal que así era. El hecho de que no le hubiera contado a su familia nada sobre Loke, ni siquiera que tenía un hijo, podría ser la prueba de que, en el fondo, Lucy siempre había sabido que algo no marchaba bien en su relación. Y ese mismo instinto tal vez había sido lo que le impidió acostarse con él.

-Debería haberlo imaginado después de oírte decir tantas cosas sin sentido en la subasta.

Lucy se había olvidado por completo de las cosas que había dicho cuando conoció a Natsu.

-Bueno, supongo que podremos hacer algo, pero… ¿por qué demonios has escogido un nombre tan cursi y afeminado? ¿Es que te has propuesto que tus hermanos se sigan burlando de ti o qué?

Ella se mordió el labio para no reír. Le encantaría ver la cara de Loke si oyera lo que un hombre tan varonil decía de su nombre.

No, en realidad no quería ver su cara. No quería volver a verlo ni volver a pensar en él, ni siquiera recordar que una vez se permitió creer que estaba enamorándose de aquel tipejo.

Pertenecía al pasado. El futuro permanecía incierto. Pero el presente era Natsu y solamente Natsu.

-Fue sólo un desliz-admitió, tanto para sí misma como para él-. Un simple error que debo olvidar.

Empezando por ese mismo instante.

Continuará…

…..

¿Qué tal?¿Merece esta humilde servidora algun comentario?

Gracias por los comentarios, me ayudan mucho a seguir subiendo esta historia con emoción:

-meli-kun

-Little Luce

-Mori Summer

MUCHAS GRACIAS POR VUESTRO COMENTARIO.