Buenaaaas, ni los personajes son míos, ni la historia tampoco
Siento muchísimo no haber actualizado en este tiempo, me fui de vacaciones y pensé que podría actualizar en ese tiempo o por lo menos avisar de que no podría hacerlo, pero me fue imposible, así que sin más dilación os presento este nuevo capítulo.
….
Capítulo 5
En aquella visita a Chicago, Natsu había recurrido a los taxis para desplazarse por la ciudad. Pero para ofrecerle a Lucy el paquete completo de una cita romántica había alquilado una limusina. Cuando salieron del apartamento de Lucy y ella vio el largo y reluciente vehículo negro aparcado junto a la acera, sus ojos se abrieron como platos en una expresión de sorpresa y deleite.
-Gracias-murmuró mientras él la llevaba hacia la puerta, donde estaba esperando el chófer-. Te ha debido de costar una fortuna… No tenías por qué hacerlo.
Natsu podía permitirse cualquier gasto, pero no se lo dijo. Lucy no le había preguntado por su trabajo ni cómo se ganaba la vida, y él quería mantenerlo en secreto un poco más.
-¿Cómo que no? Te gastaste mucho dinero en la subasta…
-Para el fin de semana-aclaró ella mientras se acomodaba en el asiento de cuero y le hacía sitio a su lado. Al sentarse junto a ella Natsu le rozó la pierna con la suya y tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para apartar la mirada. Apenas la oyó mientras ella seguía hablando-. Y ya me estás compensando demasiado al ayudarme con mi familia-hizo un gesto con la mano para abarcar el interior del vehículo-. Te has pasado un poco con todo esto.
Él sonrió con picardía.
-¿Quieres decir que prefieres volver a tu casa y ofrecerme una pizza para nuestra segunda cita?
Ella se echó a reír y negó con la cabeza.
-De eso nada.
De camino al restaurante Lucy estuvo examinando hasta el último detalle de la limusina. Le echó un vistazo al minibar y golpeó con la uña el borde de una copa de cristal. Lo único que le faltó fue abrir el techo corredizo y asomarse por el hueco, pero por lo demás pareció disfrutar del trayecto como una cría. Sin duda era la primera vez que se subía a una limusina.
Él tampoco las usaba mucho. Normalmente prefería moverse en taxi por las ciudades que visitaba o en sus propios coches cuando estaba en casa. Pero le resultaba muy divertido observar el entusiasmo de Lucy. Después de haber visto su modesto apartamento, su sencillo vestuario, sus joyas baratas y sus orígenes humildes, sospechaba que no disfrutaba de muchos lujos.
Para él sería un placer concederle esos lujos. Y se alegraba de poder hacerlo.
No siempre había sido así.
Él había crecido en una familia rica, y aunque a su padre no le gustaba mimar en exceso a su hijo y heredero nunca le había faltado de nada. Pero todo cambió cuando se hizo independiente. No llegó a verse en la indigencia, pero el dinero que su abuelo paterno le había dejado no le duró eternamente. Lo alargó todo lo posible, viviendo en hostales baratos y yendo de un lado para otro con una mochila al hombro mientras pensaba qué quería hacer con su vida, pero llegó un momento en el que tuvo que buscar otros ingresos para salir adelante. Entonces descubrió su verdadero potencial con las personas y con los negocios, y rápidamente empezó a ganar dinero a raudales.
Nunca más volvió a mirar atrás.
-¿Adónde vamos?-le preguntó Lucy.
Natsu le dijo el nombre del restaurante, y no le sorprendió que ella jamás lo hubiese oído. Al fin y al cabo, no la estaba llevando a uno de los locales típicos de la ciudad, sino a un selecto restaurante situado en lo alto de un rascacielos privado. Natsu lo había descubierto en su última visita a Chicago y sabía que su ambiente, su emplazamiento cerca del agua y su exquisita comida eran perfectos para aquella ocasión.
La única pega era que no estaba muy lejos de casa de Lucy, por lo que no podrían disfrutar mucho tiempo de la intimidad que proporcionaba la limusina. De modo que ni siquiera se planteó sugerirle a Lucy la posibilidad de tener sexo en el interior del lujoso vehículo.
Aún estaban en la segunda cita…
-Podría acostumbrarme a esto-dijo ella cuando se hundió finalmente en el asiento y cerró los ojos. Sus largas pestañas rozaron sus pómulos marcados, y Natsu volvió a sentir el impulso de besarle los párpados y seguir hasta la sien y el delicado lóbulo de la oreja.
Pero se contuvo. Tenían toda una velada por delante y luego les esperaba un fin de semana con su familia. Tenía que controlarse y reprimir el deseo que llevaba acosándolo desde que vio a Lucy por primera vez el lunes por la noche. Para ser un hombre acostumbrado a tomarse las cosas con calma, que anticipaba y saboreaba con deleite los placeres de la vida, aquel deseo desmedido lo estaba volviendo loco.
Cuando llegaron al restaurante. Natsu le dio una propina al maître por conseguirle la mesa deseada. Estaba situada en un rincón apartado junto al gran ventanal con vistas al lago, cuya superficie verde y cristalina relucía bajo los últimos rayos del sol estival.
-Precioso-murmuró ella.
Ella era preciosa, pensó él. Aunque la vista tampoco estaba nada mal.
-Se te pierde la mirada en el horizonte-siguió ella-. Cuesta creer que el océano sea mayor que este lago. Aunque tampoco puedo saberlo con certeza.
Natsu arqueó una ceja con escepticismo.
-¿Quieres decir que nunca…?
-Nunca he visto el mar-concluyó ella-. Pero tengo intención de hacerlo. Quiero ver todos los mares del mundo.
¿Incluso el Ártico?, estuvo tentado de preguntarle jocosamente Natsu. Pero se abstuvo de hacerlo por la firme determinación que había percibido en su voz. Aquella mujer tan dulce y delicada tenía una voluntad inquebrantable, y ya había demostrado hasta dónde podía llegar para conseguir lo que quería… como un fin de semana con él.
Aun así, la idea de que nunca hubiera viajado hasta la costa de su propio país le desconcertó bastante. Tal vez porque él procedía de un país, Irlanda, que podía recorrerse de un extremo a otro en un solo día.
O tal vez porque le costaba ver a Lucy en ese mundo. ¿Cómo era posible que aquella mujer valiente y decidida procediera de una familia tan cerrada?
Aún estaba sacudiendo la cabeza con pesar cuando el camarero les llevó el vino que había pedido. Mientras llevaba a cabo el típico ritual de la cata se percató de que Lucy lo estaba mirando atentamente y con el ceño fruncido.
-¿Qué ocurre?-le preguntó Natsu cuando volvieron a quedarse solos.
-Nada-respondió ella-. Es sólo que… no sé cómo acabará este fin de semana.
-¿Te preocupa porque somos unos desconocidos y tenemos que fingir que mantenemos una relación íntima?
El rubor cubrió las mejillas de Lucy y Natsu supo que estaba pensando en lo que habían hecho en su apartamento.
-Tenemos una relación íntima-siguió él. Aunque no lo suficientemente íntima para su gusto-. Pero es verdad que apenas nos conocemos.
-Y eres muy diferente.
-A tu familia, querrás decir.
Ella asintió.
-¿Insinúas que no soy el tipo de hombre al que tus padres estén deseando conocer?
-Olvida lo que he dicho-dijo ella-. Les causarás muy buena impresión. Aunque no seas exactamente lo que yo esperaba.
-¿Y qué esperabas?
Ella tomó un sorbo de vino y arqueó las cejas en una mueca de aprobación.
-Para empezar, no esperaba a un irlandés. A juzgar por la información, esperaba encontrarme con un chico decente de clase obrera que creció enganchado a la serie Urgencias y que decidió convertirse en paramédico.
-¿En… qué?
-En paramédico-repitió ella, mirándolo a los ojos con expresión interrogativa-. Eso es lo que eres, ¿no? O a lo mejor me he equivocado con el término. ¿Eres técnico sanitario en emergencias?
-Lucy, me temo que no tengo ni la menor idea de lo que me estás hablando.
Ella dudó un momento, como si estuviera asegurándose de que la confusión de Natsu era sincera, y entonces sacó un papel doblado del bolso.
-Agarré esto antes de salir de casa. Tenía el presentimiento de que había algo extraño en todo esto. Léelo por ti mismo-le dijo, empujando la hoja hacia él-. No dice nada de que seas irlandés… sólo que pertenecías a un equipo de socorro.
Natsu agarró la hoja, la leyó atentamente y sacudió la cabeza absolutamente perplejo. Las palabras que acompañaban su foto no tenían el menor sentido.
-Este no soy yo.
-Claro que lo eres-insistió ella.
-Me refiero a la descripción. Yo no soy ese hombre-frunció el ceño, incapaz de comprender qué significaba todo aquello-. Envié la información correcta sobre mí, diciendo que era…-¿cómo se había descrito?-. Un hombre de negocios que viajaba mucho y no sé qué más.
Los ojos de Annie se abrieron como platos. Le arrancó la hoja de las manos y volvió a leer las palabras que aparecían bajo la foto del soltero número diecinueve.
-¡Ajá! ¿Es… esto lo que escribiste?
Natsu leyó el párrafo que le indicaba. «Hombre de negocios europeo. Curtido y experimentado. Le gusta viajar, las mujeres y los juegos». Sí, aquello le sonaba más familiar. No había querido describirse como «acompañante de pago para mujeres ricas», ni tampoco «asesor de empresas internacionales para negocios difíciles», de modo que había optado por exagerar un poco y emplear las palabras que pudieran atraer a sus potenciales postoras.
-Sí, eso es. Parece que alguien se confundió al maquetar el folleto-sonrió al ver la foto que acompañaba su información-. Me pregunto si a ese tal Jake le habrá gustado que lo confundan conmigo…
-Esperemos que la mujer que se gastó veinticinco mil dólares no estuviera buscando a un hombre con acento.
Natsu guardó silencio un momento y entonces se echó a reír al pensar en las mujeres que habían apostado tan fuertemente por el paramédico de aspecto sencillo. ¿Sería posible que la errónea información que lo describía, la información personal de Natsu, hubiera llevado la puja a una cifra tan exorbitante?
De ser así, se compadecía por el otro soltero. El pobre iba a pasar un mal rato teniendo que darle explicaciones a la mujer que se había gastado una fortuna para disfrutar de la compañía de un ejecutivo viajero y sofisticado.
Natsu, en cambio, no tenía esas preocupaciones. Las razones por las que Lucy había pujado por él ya se las había expuesto con toda claridad, lo cual suponía una refrescante y sincera novedad, teniendo en cuenta cómo habían sido sus relaciones con las mujeres durante los últimos años.
-Bueno… ya no me siento tan mal por haber sido vendido por una cantidad inferior.
Lucy tomó otro sorbo de vino. Sus bonitos ojos marrones relucían a la tenue luz del local. El sol se había ocultado y las velas sumían el interior del restaurante en un ambiente íntimo y acogedor. El trémulo resplandor de las llamas arrancaba reflejos dorados en los rubios y largos cabellos de Lucy y realzaba la suavidad de su mandíbula y su esbelto cuello. Irradiaba una sensualidad y una feminidad exquisitas por todos los poros de su piel. Cada palmo de sus rasgos estaba perfectamente definido, y Natsu estaba tan cerca de poseerla que casi podía saborearla.
Melocotones…
-¿Sabes?-dijo ella, interrumpiendo sus pensamientos eróticos-. No puedo evitar preguntarme qué habría pasado si el folleto no hubiese estado equivocado.
-Yo también me lo pregunto.
-Tu foto me atrajo nada más verla. Pero si hubiera leído tu biografía verdadera, tal vez habría intentado pujar por cualquiera de los otros… los tipos heroicos y decentes.
-¿Estás diciendo que no soy un tipo decente?-le preguntó, fingiendo estar ofendido. Ella ahogó un gemido de vergüenza y él se echó a reír para hacerle ver que no hablaba en serio-. Tranquila, sé lo que quieres decir.
La mirada furiosa de Lucy le recordó lo poco que toleraba las burlas.
-Un hombre que trabajara en un equipo de socorro habría ganado muchos puntos en mi familia. Nunca me habría imaginado que un hombre de negocios, amante de las mujeres y los viajes, pudiera formar pareja con la encargada de una guardería, con la nariz llena de pecas y originaria de Green Springs, Illinois.
Natsu no dijo nada, sabiendo que Lucy no estaba buscando sus halagos. Estaba siendo tan abierta y sincera como siempre.
Y él no podía ser menos.
-Qué gran pérdida hubiera sido-murmuró con toda la sinceridad posible.
Ella se lamió los labios y se quedó callada, como si estuviera repitiéndose las palabras de Natsu en su cabeza… y también las que no había dicho, como que estaba muy contento de haberla conocido, de que ella lo hubiera elegido y que se moría de ganas por ver qué pasaría a continuación.
Todos esos pensamientos resonaban en la cabeza de Natsu. Tácitos, implícitos, innegables…
-Me alegra que nos hayamos conocido, Natsu-susurró ella finalmente.
-Yo también-corroboró él, y alargó la mano para acariciarle los dedos y entrelazarlos con los suyos sobre el mantel blanco-. Quienquiera que se equivocara con la información del folleto me hizo un tremendo favor.
-Creo que a mí también me lo hizo-dijo ella. Mantuvo su mano derecha pegada a la de Natsu, pero con la izquierda levantó la copa de vino en un brindis-. Por la persona que hizo tan mal su trabajo.
Natsu no dudó un instante en levantar su copa.
-Por ella.
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A las tres de la tarde del viernes. Natsu supo que no podría esperar hasta la mañana siguiente para volver a ver a Lucy. Tal vez si fueran a pasar el fin de semana en un hotelito romántico podría armarse de paciencia. Pero la idea de estar rodeados por una familia entrometida y muy protectora, sin poder disfrutar de un momento a solas durante dos días, le restaba bastante atractivo a la escapada.
Lo único que quería era pasar más tiempo con ella, sobre todo después de haber disfrutado tanto de su compañía la noche anterior. Le encantaba oír su risa y ver el brillo de sus ojos al sonreír, el entusiasmo que se reflejaba en su rostro cuando probaba algo nuevo, como el paseo en limusina o el caviar que él le había convencido para que probase. El paseo que dieron después de cenar por la orilla del lago para ver las estrellas puso punto y final a una de las veladas más agradables que Natsu había pasado en aquella ciudad.
Había disfrutado de su compañía, de acuerdo. Pero tenía que admitir que, después de haberla tenido en sus brazos antes de cenar y haberla vuelto a besar cuando la acompañó a su puerta, se moría de ganas por hacer el amor con ella. Y lo haría.
La haría suya, saciaría el deseo que lo consumía por dentro y seguiría su camino. Tenía muchos lugares a los que ir, muchos trabajos que culminar, y de ninguna manera podía quedarse en Chicago después del fin de semana.
Pero entonces, ¿por qué la idea de abandonarla tan pronto le retorcía las entrañas? No lo sabía, pero sí sabía que no podía permanecer en un mismo lugar mucho tiempo. No podía entablar un vínculo personal que durase más que unas pocas semanas como mucho.
Pero antes de irse necesitaba poseerla.
Aquella certeza acuciaba aún más su deseo por verla. No quería malgastar el poco tiempo que le quedaba. Y otra masturbación solitaria en la ducha no lo ayudaría a saciar su deseo salvaje por Lucy.
Tenía que hacer algo. Lo que fuera. El recuerdo de sus pechos desnudos apuntándolo desde el sofá, de su cuerpo vibrando por recibir sus caricias, no lo dejaba en paz.
Tenía que verla.
Pero ella trabajaba aquella noche. Tendría que esperar.
-Maldita sea-masculló. Nunca se le había dado bien esperar.
Finalmente desistió de fingir que podía esperar y llamó al móvil de Lucy. Tenía una buena excusa para hacerlo. Después de la conversación que mantuvieron en la cena, había empezado a pensar en el calvario que lo aguardaba. Lucy decía que su familia habría recibido con los brazos abiertos a un hombre de clase trabajadora e integrante de algún equipo de socorro, y Natsu no hacía más que darle vueltas a la farsa que iban a representar delante de la familia.
Al principio le había parecido algo muy simple. Pero ahora se sentía abrumado por semejante perspectiva. Tal vez porque ahora conocía lo bastante a Lucy como para saber cuánto significaba todo aquello para ella. Y porque ya le gustaba lo suficiente como para querer que todo saliera bien.
Fuera cual fuera la razón, no quería que todo se fastidiara. Y eso significaba que tenían que preparar bien el montaje. Si habían estado saliendo durante meses, él debería saber al menos el segundo nombre de Lucy y cómo le gustaba el café. En una relación normal, Natsu conocería las posturas favoritas de su pareja para hacer el amor y también sus zonas más erógenas. Pero eso tal vez fuera demasiado para un fin de semana con los padres de ella.
El teléfono sonó y sonó, pero Lucy no respondió. Le había dicho que muy rara vez atendía el teléfono cuando estaba en el trabajo, de modo que Natsu esperó hasta las seis, pensando que para entonces ya volvería a tener el móvil encendido. Pero nada.
A las ocho seguía sin responder y Natsu empezó a preocuparse. Lucy le había dicho que aquella noche estaría rodeada de críos, pero él no la había tomado en serio. Las guarderías no estaban abiertas por la noche. Seguramente tendría que asistir a alguna reunión o resolver algún papeleo, pero eso no era motivo para no responder al teléfono.
De repente resonaron en sus oídos los comentarios que Lucy había hecho sobre las predicciones de su familia acerca de las violaciones y los asesinatos que se cometían diariamente en Chicago.
Había perdido su tarjeta de visita, pero recordaba el nombre de la guardería y la zona, aunque no la dirección exacta. Impulsado por la preocupación y por el deseo de verla, tomó un taxi para ir a Lincoln Park. Veinte manzanas después, vio el letrero luminoso de Baby Daze en un pequeño edificio de ladrillo.
-Ahí-le dijo al taxista. Había una furgoneta verde aparcada en la puerta. Viéndola, no se extrañó que a Lucy le hubiera gustado tanto la limusina.
Después de pagarle al taxista, caminó hasta la puerta, se pasó las manos por el rostro y se atrevió a echar un vistazo al interior.
Lo que vio le provocó un inmenso alivio… Lucy estaba allí, sana y salva. Pero también lo llenó de pánico.
Porque no estaba sola. Estaba sentada en una sillita infantil, rodeada por una turba de críos que se atiborraban de galletas con los bigotes manchados de leche.
Y todos ellos empezaron a chillar cuando vieron a Natsu a través del cristal de la puerta.
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Dos viernes al mes, la guardería Baby Daze permanecía abierta hasta las nueve de la noche para que los padres pudieran disfrutar de un poco de tiempo libre. Tres miembros del personal se quedaban a cargo de una docena de chicos, no más, de tres años en adelante. La iniciativa había tenido tanto éxito que la lista de espera se alargaba hasta el próximo otoño.
Era uno de los pequeños servicios que habían hecho de Baby Daze un éxito rotundo. El negocio marchaba tan bien que Lucy quizá pudiera volver a disponer de unos cuantiosos ahorros para casos de emergencia.
-¡Un hombre!-gritó un crío, y enseguida fue coreado por todos los demás-. ¡Un hombre, un hombre, un hombre!
Lucy dio un respingo en la silla, dejó caer las toallitas húmedas con las que estaba limpiando un montón de manos pegajosas y miró hacia la puerta, adonde apuntaban una docena de brazos diminutos.
El corazón le dio un vuelco al ver el rostro sorprendido y acongojado de Natsu Dragneel. Llamó rápidamente a Levy para que acabara de supervisar la cena de los críos y fue a abrir la puerta. Al salir al exterior y abandonar el aire acondicionado del interior, se preguntó si el repentino calor que sentía era por las altas temperaturas veraniegas o, como siempre, por la imagen irresistiblemente sexy de Natsu.
-Hola.
-Lo siento. No quería molestar. Pero no respondías al móvil y estaba un poco preocupado.
Estaba preocupado por ella. Cuando su familia actuaba de aquella misma manera, la sacaba de sus casillas. Pero que lo hiciera Natsu… Un estremecimiento de placer la recorrió al saber que había estado pensando en ella. Igual que ella había estado pensando en él.
-Esta mañana salí a toda prisa de mi casa y me olvidé el móvil.
-Ah-murmuró él, y miró otra vez por la puerta acristalada. Los niños estaban limpiando las mesas y lamiéndose los dedos. Parecían haber agotado su curiosidad inicial por el extraño que habían visto en la puerta. Obviamente se imaginaban que no debía de ser un hombre malo, ya que la señorita Lucy estaba hablando con él. En esos momentos, las migas y los restos de galletas les parecían mucho más interesantes.
-Será mejor que me vaya-dijo Natsu-. De verdad que no quería molestar.
-¿Por qué me estabas llamando?
-Se me ocurrió que tal vez podríamos preparar mejor nuestro papel antes de ir a casa de tus padres.
-¿Nuestro papel?
-Ya sabes… Nuestra historia personal. Cómo nos conocimos… cómo os conocisteis Loke y tú, quiero decir… Ese tipo de cosas. Anoche no pensamos en eso.
Lucy sintió que se ponía pálida y se apoyó de espaldas contra la puerta. Cómo se conocieron Loke y ella… Era lo último en lo que quería pensar, y mucho menos ahora, con el sentimiento de culpa y humillación en su punto álgido.
-Seguro que podemos resolverlo mañana, de camino a casa de mis padres-murmuró, lamentando tener que esperar hasta entonces para pasar más tiempo con él.
Oyó un grito procedente del interior y se giró para mirar por el cristal. Dylan McFee había tirado al suelo a Jessie Sims, a quien intentaba robarle un juguete. Levy intervino rápidamente y lo mismo hizo Cana, la otra trabajadora que se había ofrecido voluntaria para el turno de noche.
-Debería irme-dijo Sean-. Estás ocupada.
-Sí-afirmó ella en voz baja. Volvió a mirarlo a los ojos y vio su expresión divertida-. Hay una cafetería un poco más arriba en esta calle-se sorprendió a sí misma diciendo-. Podrías ir a tomar algo allí hasta que yo acabe. Luego, puedes venir para… hablar.
Contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta, y no pudo evitar una sonrisa de alivio cuando él asintió.
-¿A qué hora?
-La hora límite de recogida es a las nueve. Siempre hay alguien que se retrasa un poco, pero creo que a las nueve y media habré acabado. A las diez menos cuarto como muy tarde.
-Perfecto. Hasta luego, entonces-echó un último vistazo al interior, con una expresión de horror tan cómica que hizo reír a Lucy, y se alejó a grandes zancadas. Su pelo largo y rosa le caía suelto por los hombros.
¿Cómo era posible que la imagen de su pelo bastara para que a Lucy le temblaran las rodillas y la invadiera un hormigueo por las partes más femeninas de su cuerpo?
Volvió a entrar en la guardería. Levy y Cana la miraron con curiosidad y expectación, pero estaban muy ocupadas preparando a los niños para la llegada de sus padres y no tenían tiempo para hablar de ello. El último de los padres no llegó hasta las nueve y veintiocho minutos. Para entonces Lucy ya había mandado a Cana a casa y estaba esperando las inevitables preguntas de Levy.
Estas empezaron en cuanto la puerta se cerró detrás del último crío y sus padres, después de que se hubieran deshecho en disculpas.
-Era él, ¿verdad? Maldita sea, no pude verlo bien.
Lucy asintió mientras recogía los juguetes desperdigados por la sala.
-Sí, era él.
-¿Y qué quería?-preguntó su amiga, echando fuego por los ojos-. Espero que no se haya atrevido a dejarte plantada el día antes de ir a ver a tus padres.
-No, no, nada de eso. Sólo quiere que nos veamos para preparar una historia convincente que ofrecerle a mis padres.
-Sabia precaución-aprobó Levy con una sonrisa-. Y tal vez deberíais hacer algo más que hablar… para constatar que estáis cómodos el uno con el otro. O al menos deberías besarlo, no vaya a ser que no sepa cómo hacerlo y te entren arcadas en el momento menos oportuno.
Lucy no le había hablado a Levy de sus dos citas con Natsu. Normalmente se lo contaba todo a su amiga, pero aquello le parecía demasiado nuevo y personal.
-No vamos a hacer nada-declaró. Al menos hasta el domingo-. Y te aseguro que sabe cómo besar.
Fue entonces cuando oyó una tos masculina detrás de ella. Fulminó a Levy con la mirada y se giró lentamente. Natsu estaba en la puerta.
Por desgracia, las mesas de Baby Daze eran mucho más pequeñas que las del hotel y era imposible esconderse bajo una de ellas para escapar de la humillación.
-La puerta no estaba cerrada con llave-explicó Natsu con un brillo muy revelador en los ojos. Definitivamente lo había oído todo.
-No pasa nada. Ya estábamos acabando-dijo Levy, acercándose a él con la mano extendida-. Soy Levy. Yo también estaba en la subasta, de modo que sé quién eres. Y te advierto que, si intentas alguna jugarreta, tendrás a la poli pisándote los talones como perros de caza.
-Lárgate, Levy-le espetó Lucy, sin mirarla siquiera.
-Bueno, ahora que estás avisado, ha sido un placer conocerte-dijo Levy. Le ofreció a Natsu una amplia sonrisa, como si no acabara de amenazarlo, y se dirigió hacia la puerta-. Tienes razón-le dijo a Lucy antes de salir-. El pendiente le da un aspecto muy sexy.
Lucy se apresuró a cerrar la puerta tras ella y apagó las luces y el letrero de la entrada, retrasando todo lo posible el momento en que tuviera que enfrentarse a la expresión burlona de Natsu.
Finalmente se quedó sin razones para postergar lo inevitable y se giró hacia él.
La sala de juegos había quedado a oscuras, y las únicas luces procedían del despacho y de la cocina. Sin niños ni ruidos parecía una caverna desierta e inmensa, cuyas sombras se veían interrumpidas aquí y allá por el color amarillo de la casa de muñecas o las pelotas de plástico amontonadas en el cajón donde a los críos les encantaba jugar.
-Así que sé cómo besar, ¿eh?-dijo él, y se acercó tanto a ella que Lucy pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, aunque sus ojos aún no se habían acostumbrado a la penumbra y no podía verlo-. Es un alivio saber que no te provoco arcadas.
Lucy agachó la cabeza y cerró los ojos al tiempo que suspiraba.
Él le tocó la barbilla y le acarició la piel con la punta de los dedos, como si estuviera deleitándose con su suavidad.
-Pero…-murmuró, haciéndole levantar el rostro-. ¿puedo preguntar por qué no quieres hacer nada más conmigo?
-No debiste oír eso.
-Pero aun así lo he oído.
-La tercera cita, ¿recuerdas? Casi no nos conocemos.
Era cierto, pero también tenía que admitir que cada vez se sentía más cómoda con él… y que lo deseaba con una intensidad que rayaba en la desesperación.
-Vamos a cumplir el requisito de la tercera cita-dijo él-. Y estoy aquí para remediar que casi no nos conozcamos. Dentro de poco ni siquiera te servirá esa excusa.
¿Excusa? ¿Le estaba dando excusas? No, en absoluto. Sólo estaba protegiéndose tras las pocas defensas que le quedaban, porque si no lo hacía, acabaría arrojándose a sus brazos y suplicándole que la conociera a fondo.
Tenía zumo de naranja y galletas en la cocina de la guardería. ¿Podría considerarse aquello una cita?
Natsu se apartó y miró alrededor. Parecía saber muy bien hasta dónde podía presionarla.
-¿Estás lista para nuestra pequeña charla?
-¿Aquí?-exclamó ella, sorprendida de que se hubiera apartado sin besarla. Se preguntó si la decepción que sentía se reflejaría en su rostro.
-Debería saber algo acerca de tu trabajo, ¿no crees?
El verdadero Loke no había sabido nada de su trabajo, salvo que una guardería era un lugar idóneo para seducir a mujeres solteras. Y que, con un poco de suerte, podría conseguir un descuento en las tarifas del centro.
Naturalmente, no iba a contarle a Natsu nada de eso.
-¿Eres la dueña del local?
-El edificio no es mío, pero el contrato de arrendamiento a largo plazo me permitió hacer todas las reformas necesarias.
-Y parece que has tenido éxito.
-Eso creo. Nadie esperaba que lo tuviera.
-¿Y qué esperaban?-preguntó él. Se paseó por la habitación mientras esperaba su respuesta y se puso a examinar los dibujos y pinturas que colgaban de la pared.
-Mis padres estaban convencidos de que mi título en educación infantil me preparaba para ser una buena madre.
-¿No sabían que tu intención era marcharte de casa?
Lucy se pasó los dedos por el pelo en un gesto de frustración.
-Pues claro que lo sabían. Llevaba años diciéndoles que mi intención era irme de casa, ver mundo, ser independiente…
-Pero no te creyeron-murmuró él.
-Exacto. Porque también saben que deseo casarme y formar una familia. Lo mismo que ellos quieren para mí, pero no con sus condiciones.
Natsu se puso visiblemente rígido, como cualquier hombre soltero que oyera palabras prohibidas como «casarse» y «familia».
Lucy no se ofendió. Desde que conoció a Natsu Dragneel no se hacía ilusiones sobre la clase de hombre que iba a presentarles a sus padres.
-Los padres siempre quieren hacer las cosas a su manera-dijo él en voz muy baja, como si la oscuridad de la sala exigiera estar en silencio.
-Tengo que cerrar el despacho… ¿Qué te parece si hablamos allí?-sugirió ella, al darse cuenta de que en la sala de juegos no había ningún asiento apropiado para Natsu. Las pequeñas sillas de plástico no soportarían su peso.
Él la siguió a su despacho y se sentó donde ella le indicaba, frente al escritorio. La pequeña oficina estaba bien para recibir a sus visitas normales, como el padre preocupado que visitaba la guardería por primera vez, o la chica recién graduada buscando trabajo. Pero no parecía el lugar más apropiado para aquel hombre alto y de anchos hombros que llenaba la estancia con su presencia.
Aquella noche Natsu no vestía vaqueros y camisa con botones en el cuello, ni tampoco un traje exorbitantemente caro. En vez de eso llevaba unos pantalones negros a medida y una camisa gris de manga corta. Y ella llevaba sus pantalones caqui de siempre y su polo azul de Baby Daze lleno de manchas.
Formaban la pareja ideal, desde luego…
¿Y qué? ¡Sólo se trataba de un fin de semana!
-No hay más que echarle un vistazo al sitio para ver que has tenido mucho éxito-dijo el finalmente, mirando los diplomas enmarcados en la pared-. Tu familia estará de acuerdo con eso, al menos.
-No estés tan seguro.
-Vaya, pues tendremos que convencerlos de que, al menos, has sabido elegir bien a los hombres.
El comentario le provocó a Lucy un sonoro bufido.
Natsu se recostó en la silla, extendió las piernas y cruzó los brazos sobre el pecho.
-A propósito… ¿cómo se supone que me gano la vida?
-No les he dicho nada al respecto.
Él asintió y lo pensó un momento.
-¿Qué te parece… mecánico?-sugirió con un brillo en los ojos, y Lucy recordó su primera conversación.
-¿Sabes qué aspecto tiene una llave de bujías?
-Buena observación. ¿Pediatra, tal vez?
Lucy sonrió con sarcasmo.
-Ya he visto cómo mirabas a los niños.
-Me gustan los niños-protestó él en tono indignado… pero no convincente.
-¿A la plancha?
La risa de Natsu le provocó un hormigueo por todo el cuerpo. Le encantaba su risa… Y su sonrisa. Y el brillo de sus ojos cuando algo le hacía gracia.
-Supongo que al verte rodeada por aquella jauría de pequeños monstruos me pregunté si necesitabas ayuda.
Lucy frunció el ceño.
-Son encantadores.
-Problemáticos.
-Adorables-insistió ella.
-Chillones.
-Fieles.
-Bajitos.
-Oh, está bien-concedió ella, sonriente-. Son todo eso y más. Pero aun así los quiero con toda mi alma.
-Ya me he dado cuenta-murmuró él, mirándola fijamente y con una expresión de… ¿ternura? No tenía sentido, viendo su obvio desinterés por los niños-. Pero estoy hablando de los hijos de otros. Los míos… si alguna vez llego a tenerlos, cosa que dudo, no serían problemáticos, chillones ni bajitos.
Lucy no pudo menos que reírse.
-Eres un hombre muy presuntuoso, ¿lo sabías?
-No lo soy.
-Un poco-aclaró ella-. Y muy mimado.
-Tal vez lo fui en su día-reconoció él-. Pero ya no.
Se mantuvieron la mirada sobre la mesa y Lucy percibió su rechazo a hablar de su pasado. Era obvio que ocultaba una historia muy interesante, pero había levantado un muro infranqueable y se valía de su encanto para impedir que nadie lo traspasara.
¿Qué se encontraría la mujer que consiguiera pasar al otro lado?
-Aún no hemos decidido a qué me dedico-le recordó Natsu, carraspeando y rompiendo el contacto visual, como si sospechara que Lucy intentaba descifrar algo en su mirada-. Mmm… ¿Especialista? ¿Doble de Brad Pitt?
Lucy volvió a resoplar con desdén, pero enseguida se puso seria. Tenían que zanjar aquel tema cuanto antes y así poder memorizar los detalles. Lo último que quería era que su familia la pillara en una mentira.
-Algo más sencillo y creíble. Eres un hombre de negocios-decidió. Según la biografía verdadera de Natsu, aquello era cierto-. Cuanto más nos atengamos a la verdad, mejor. Y es verdad que eres un hombre de negocios… ¿no?
Natsu se removió en la incómoda silla.
-Más o menos. Soy asesor, pero también puedo pasar por hombre de negocios… ¿Dónde nos conocimos?
Lucy apretó los puños bajo la mesa e intentó que no se le encajara la mandíbula. Ni siquiera quería fingir que había conocido a Natsu de la misma manera que había conocido al verdadero Loke… allí, en su propio lugar de trabajo, donde debería haber estado más alerta que en cualquier otro sitio.
-¿A través de un servicio de citas?
Natsu puso una mueca.
-Patético. ¿Qué tal una cita a ciegas?
-¿Y eso no te parece patético?
Él frunció el ceño y siguió pensando.
-¿En una fiesta?
-Estupendo.
Se sentía como si estuvieran negociando un contrato, más que iniciando una relación. Y, en honor a la verdad, tenía que reconocer que Natsu parecía muy experimentado en los negocios.
Él le confirmó esa impresión al hacerle una serie de preguntas que a ella jamás se le habrían ocurrido. Su color, su música, su flor, su película y su sabor de helado favorito. Sus ideas políticas, sus sueños y ambiciones, en qué colegio estudió, cómo le gustaba el café y dónde tenía cosquillas.
Ella le reveló uno de sus puntos más sensibles, pero se calló el otro. Natsu había estado a punto de descubrirlo en el sofá el día anterior. De haberlo encontrado, ahora estarían compartiendo mucho más que una pequeña farsa para engañar a su familia
Todas las cosas que Natsu le preguntaba eran detalles sin importancia, pero que toda pareja debería saber. ¿Prefería la tarta o el pastel? ¿El chocolate o la vainilla? A veces se burlaba de sus preferencias… «¿Cómo puedes preferir la tarta de manzana a la crème brûlée?», pero seguía preguntándole sin perder tiempo en discusiones absurdas.
Podrían haber zanjado todos esos detalles durante la cena del día anterior, pero habían dedicado la segunda cita a reírse de los errores del folleto, y a especular sobre la reacción que tendría la mujer millonaria al descubrir que había comprado a un paramédico en vez de a un próspero hombre de negocios. Él la había convencido para que probase el caviar, aunque no había insistido con los caracoles, y ella había pedido que le envolvieran las sobras para llevárselas a casa, sólo para ver la reacción de Natsu. Como era de esperar, él respondió con una sonrisa, arqueó una ceja en un gesto de arrogancia y le espetó la orden al sorprendido camarero cuando éste pareció titubear.
De esa manera pasaron la velada, disfrutando de su mutua compañía y olvidándose de todo lo demás, como si no estuvieran a punto de enfrentarse al riguroso examen de su familia.
Pero ahora parecían conscientes del riesgo inminente y tenían que prepararse con cuidado. Durante unos minutos más la conversación, siguió por esos derroteros, hasta que él hizo una pregunta tan atrevida como inesperada.
-¿Duermes desnuda?
-¿Qué?
-Es una pregunta lógica.
-No, no lo es-respondió Lucy, aunque una parte de ella se moría por decírselo y otra parte preferiría mostrárselo-. Mi familia no va a preguntarte qué me pongo para dormir, porque mi padre te echaría a patadas de su casa si se te ocurriera responder.
-Qué anticuado…
-Ni te imaginas cuánto.
-Parece que tenemos mucho en común.
-Siguiente pregunta.
-No has respondido a la anterior.
Lucy le lanzó una mirada feroz.
-Siguiente pregunta.
-¿De qué tamaño es tu cama? Anoche no llegué a ver tu habitación.
Al parecer la conversación seria se había acabado. Lucy dejó escapar un gemido y se inclinó sobre la mesa.
-Grande. De uno noventa.
Y casi siempre vacía. Happy solía dormir despatarrado y ocupando tres cuartas partes del colchón, dejando a Lucy acurrucada en el borde.
-Creo que debería verla-dijo él en tono inocente, como si no estuviera intentando llegar hasta su cama.
Todas aquellas artimañas no eran necesarias. Le bastaría con pedírselo… Se habían pasado más de una hora juntos, hablando, riendo, tonteando… Aquello debía contar como una cita.
-¿No estás de acuerdo en que debería… echarle un vistazo?-insistió él.
A Lucy le dio un vuelco el corazón y apretó con fuerza los muslos.
-¿Por qué?
-Estamos saliendo juntos, ¿no? Soy un caballero y se supone que te acompaño hasta tu puerta. Es más que probable que haya visto tu dormitorio… de reojo, al menos.
-Le caes bien a Happy. Eso es prueba más que suficiente de que formas parte de mi vida.
-Volvamos a la pregunta anterior. ¿Qué llevas puesto cuando te metes en esa cama tan grande con la única compañía de tu gato?
-Un camisón rojo de seda-le respondió en voz baja y ronca, incapaz de resistirse.
Falso. Falso. Falso. Para dormir se ponía una camiseta larga y holgada. Aunque sí era cierto que tenía un camisón rojo. Lo había comprado el invierno pasado, en las rebajas siguientes al Día de San Valentín, confiando en poder lucirlo ante un hombre especial. Tal vez pudiera ocurrir esa misma noche…
Natsu endureció la mandíbula y entornó ligeramente los ojos. Fue su única reacción, junto al siseo casi inaudible de su respiración.
-¿Largo o corto?
Mmm… hablando de medidas, Lucy podía imaginarse cierta longitud de su anatomía masculina. Y por lo que había sentido cuando se presionó contra ella el día anterior, parecía que sus sueños eróticos no andaban muy desencaminados.
La respiración se le aceleró al recordar esos sueños eróticos y cómo se había despertado a las cuatro de la mañana, sacudida por un orgasmo nocturno.
Tragó saliva e intentó apartar las vividas y coloridas imágenes que se reproducían en su cabeza, al menos el tiempo suficiente para responder a la pregunta que él le había formulado.
El atisbo de una sonrisa en los apetitosos labios de Natsu le confirmó que sabía lo que ella estaba pensando.
-Me refiero al camisón.
-Ya lo sé-declaró ella, tan convincente como uno de los críos cuando intentaba conseguir otra galleta.
-Claro que sí.
-Es…-intentó recordar cómo era el camisón. No lo había sacado del armario desde el día que lo compró-. ¡Largo!-sí. Definitivamente largo, o al menos eso creía.
-¿Qué tipo de rojo?
-¿Cómo?
-¿Rojo rubí?-preguntó él con voz suave y mirada penetrante-. ¿Escarlata? ¿Granate? ¿Suave como un capullo de rosa o intenso como una llamarada salvaje?
Oh, Cielos… Sus palabras evocaban imágenes prohibidas en su cabeza. Tenía los pezones duros como piedras puntiagudas, y cada vez le costaba más contenerse para no rodearle el cuello con los brazos y tirar de él hacia ella.
Los muslos le temblaban bajo la mesa. La llamarada que Natsu mencionaba había prendido entre sus piernas y se propagaba por todo su cuerpo. Estaba empapada de deseo y excitación, y su sexo demandaba a gritos el tacto de aquellas manos tan expertas y habilidosas.
Si Natsu seguía hablando así, provocándola con aquellos susurros letales, Lucy acabaría explotando sin remedio igual que le había pasado en sueños.
-Natsu…
Él la miró fijamente, sin duda reconociendo la reacción que estaba provocando en ella. Por un breve instante Lucy pensó que iba a actuar en consecuencia, que pondría fin a la agónica espera, que tiraría de ella para tumbarla sobre la mesa, que le arrancaría la ropa y que se colocaría entre sus piernas para penetrarla y poseerla como nunca la habían poseído. Y entonces, tal vez, los dos pudieran volver a pensar con claridad.
No fue eso lo que ocurrió. Natsu se limitó a levantarse lentamente de la silla y carraspeó antes de hablar.
-Bueno… creo que ya tengo todo lo que necesito.
¿Para hacer qué? La ávida lectora de novelas románticas que era ella le suplicaba una respuesta. ¿Para poseerla? ¿Allí mismo? ¿Ahora?
Pero Natsu no le dio esa ansiada respuesta, sino una frase escueta y sencilla que terminó de confundirla por completo.
Y que acabó con su paciencia.
-Supongo que es hora de irnos a casa.
Continuará…
…..
Jajajajajajaja se que os dejo con la intriga pero os daré un adelanto… en el próximo capítulo habrá lemmon.
Muchas gracias a todos aquellos que me habéis dejado algún review.
-Aquarius-chan: muuuuuchas gracias por tú consejo. La verdad es que paso tanto tiempo revisandolos que llega un momento en que no veo donde están los fallos, ruego que si ves alguno más vuelvas a hacermelo saber. Muchas gracias igualmente por los ánimos.
-MaruSchzimmy: adoro cuando dejas algún review, me animan mucho y la forma en que te expresas… me dan ganas de subir todos en un mismo día jajajaja… gracias por comentar.
-Mori Summer:no sé como lo haces, pero cada vez que leo tus comentarios me desternillo de la risa, le pones tanta emoción que hasta yo me contagio de ella, agradezco sinceramente tus palabras para animarme a continuar, un beso…
