Ni los personajes ni la historia me pertenecen….
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Capítulo 6
Natsu tenía que salir de allí, ahora, mientras pudiera salvar la cara. Porque a juzgar por la furia asesina que ardía en los ojos de Lucy, quizá no pudiera salir ileso en los próximos minutos.
Y todo por culpa suya.
Su intención había sido conseguir la información que necesitaba y, en todo caso, satisfacer sus ganas de ver a Lucy y así poder esperar hasta el día siguiente. Pero de una manera casi inconsciente se había adentrado en un terreno peligrosamente sexual.
¿Qué clase de idiota había que ser para preguntarle si dormía desnuda y el tamaño de su cama? Tendría lógica si pensara hacer algo al respecto, pero no era el caso. Le había prometido a Lucy que esperaría hasta la tercera cita, y lo de aquella noche no contaba… por mucho que él quisiera saltarse las reglas y considerarlo una cita.
Además, cada vez disfrutaba más de aquella relación. Era una agradable novedad estar con una mujer sin presiones ni expectativas, y no quería precipitar nada.
Pero si no salía de allí inmediatamente, no sólo acabaría precipitándolo todo, sino que además batiría su propio récord en el tiempo empleado para desnudar a una mujer. Y otro más para estar dentro de ella antes de que ninguno de los dos pudiera pronunciar las palabras: «no deberíamos hacer esto».
Miró su reloj y se percató del largo rato que habían estado hablando. Eran casi las once. Habían perdido la noción del tiempo y se habían aislado por completo del mundo exterior.
-Deberíamos irnos. Es tarde, y mañana nos espera un día muy largo.
Ella lo miró con ojos muy abiertos y se derrumbó en su silla.
«No lo digas. Por favor, no lo digas», le suplicó él mentalmente. Si Lucy le formulaba la temida pregunta… «¿Por qué no me arrancas la ropa de una maldita vez?», perdería el poco control que le quedaba y la poseería allí mismo, en una guardería. A cualquier hombre aquel escenario le resultaría tan erótico como un convento, pero en aquellos momentos serviría igual que un hotel de cinco estrellas o una cama con sábanas de raso.
Finalmente, después de un largo silencio, Lucy asintió brevemente y se levantó. La silla salió despedida hacia atrás con más fuerza de la necesaria, pero Natsu no iba a hacer ninguna observación. Ni a preguntarle qué le ocurría.
Sabía muy bien lo que ocurría. Ocurría que él era un idiota integral. Un estúpido redomado que siempre había insistido en dejar para el final el mejor de sus regalos de cumpleaños y que siempre se comía las verduras antes de pedir el plato fuerte. Siempre había creído que las cosas buenas de la vida eran aún mejores si se hacían esperar.
La espera aumentaba la emoción. Pero dudaba que su corazón pudiera soportar más emoción con lo que estaba pasando entre Lucy y él.
-Lo has fastidiado todo, maldito imbécil-se murmuró a sí mismo mientras salía de la oficina. Lucy tal vez hubiera estado ardiendo de deseo. Pero ahora sólo ardía de furia.
Recorrió el corto pasillo hacia la sala de juegos principal, pasando junto a la puerta cerrada de la enfermería y a otra con un letrero que rezaba «¡SÓLO CHICOS GRANDES!». Todo el local estaba en silencio y la oscuridad era casi total, ahora que Lucy había apagado la luz de la oficina. Cerró la puerta tras ella y metió el brazo por una puerta para pulsar otro interruptor.
La oscuridad lo engulló todo, salvo por los letreros luminosos que señalan la salida y los débiles rayos de luna que entraban por las ventanas. Suficiente para que Natsu distinguiera los relucientes cabellos rubios de Lucy al acercarse. Y, cuando se acercó un poco más, vio el brillo de sus ojos marrones.
Sus ojos chocolate ardiendo de furia…
-Lucy…
-Aún no he acabado-dijo ella, comprobando el termostato-. Puedes irte cuando quieras.
-No voy a dejar que salgas sola a estas horas-declaró él.
La guardería estaba en una zona comercial, no residencial. Cuando Natsu salió horas antes a tomar una copa, se había fijado en que todos los edificios cercanos estaban cerrados y a oscuras.
-Haz lo que quieras-repuso ella-. Pero no tienes por qué esperarme. Ya sé que no quieres estar aquí.
Al oír su frustración, un claro reflejo de la suya propia, Natsu dejó de resistirse. No podía dejar las cosas así. De ninguna manera podía permitir que Lucy se fuera a casa pensando que él no la deseaba.
Pero antes de que pudiera decir ni sugerir nada… por ejemplo, que pasaran la noche juntos en casa de Lucy para ganar tiempo por la mañana… sintió que algo lo golpeaba en el pecho. Un objeto pequeño y ligero.
-¿Qué demonios…?
Otro objeto colorido salió de la oscuridad, pero esa vez reaccionó a tiempo y lo agarró al vuelo. Era una pelota roja de plástico.
-¿Me estás tirando cosas?-exclamó con incredulidad.
-Estaba apuntando al cajón-replicó ella airadamente-. Algunas pelotas se han desparramado.
-El cajón de las pelotas está por ahí-dijo él, apuntando a su derecha.
-Parece que no tengo mucha puntería.
Se agachó para recoger otra esfera de plástico y la lanzó directamente hacia Natsu. El se agachó para esquivarla, sin saber si reírse o agarrarla para obligarla a escucharlo.
Al ver que ella se agachaba en busca de otro proyectil, sus pies tomaron la decisión por él. Antes de que ella pudiera arrojar la pelota, presumiblemente apuntando a la cabeza esta vez. Natsu se lanzó hacia delante y le sujetó la mano.
-Ya es suficiente-murmuró, empujándola suavemente contra la pared.
En el momento que sus cuerpos entraron en contacto, las curvas de Lucy cedieron a los fuertes músculos de Natsu y una ola de deseo sexual barrió su irritación palpable.
El cuerpo de Natsu reaccionó al instante. Su miembro, que ya había empezado a erguirse con la conversación iniciada en el despacho, terminó de endurecerse por completo. Incapaz de resistirse, Natsu se apretó contra ella en busca del calor que lo aguardaba entre sus muslos. Incluso a través de la ropa podía sentir que estaba tan excitada como él, húmeda y preparada para recibirlo.
Gimió y volvió a empujar, haciéndole ver cuánto la deseaba.
-¿De verdad ibas a marcharte así?-le preguntó ella. De repente parecía más excitada que indignada-. ¿Con… eso en tus pantalones?
-Normalmente me acompaña a todos sitios-respondió él sin poder evitar una carcajada, a pesar de la tensión sexual que ardía en el aire.
Lucy se arqueó hacia él y ahogó un gemido al recibir el contacto que tanto necesitaba.
-Me refiero a…
-Sé exactamente a qué te refieres-gruñó él, frotándose el rostro contra su melena rubia-. He intentado darte tiempo.
-El tiempo está sobrevalorado.
-Yo también empiezo a creerlo-murmuró él, un segundo antes de cubrir la distancia que separaba sus bocas.
Sus lenguas se encontraron y enzarzaron en un duelo salvaje y frenético, hasta que ambos tuvieron que interrumpir el beso para respirar.
Natsu se dio cuenta de que seguía agarrándole la muñeca y la soltó inmediatamente, pero no se apartó. Una fuerza tan poderosa como la gravedad lo arrastraba irresistiblemente hacia ella.
Lucy levantó la mirada hacia él. Sus ojos relucían en la oscuridad que los rodeaba.
-¿Y bien?-le preguntó en tono exigente, apremiándolo a que tomara una decisión.
Él no tuvo que pensarlo mucho.
-Sí.
Podría haberla llevado a la furgoneta. O haber intentado llevarla a su casa. O al menos haber regresado al despacho y haber cerrado la puerta tras ellos, antes de sucumbir a lo inevitable.
Pero era demasiado tarde. El tiempo se le había acabado, así como el sentido común, y lo único que controlaba sus movimientos era un deseo feroz.
Acuciado por la irrefrenable ansiedad, levantó a Lucy por la cintura y la llevó hacia el cajón de las pelotas… adonde ella no había estado apuntando. La arrojó en el interior y acto seguido se tumbó de espaldas y tiró de ella para colocársela encima. El peso de sus cuerpos los hundió en el mar de pelotas, pero a Natsu no le importó lo más mínimo. Sin perder un solo instante, agarró a Lucy por la cabeza y le dio otro beso ardiente y voraz.
Lucy no se quedó a la zaga y empezó a devorarle la boca con una avidez insaciable. Sin despegar sus labios y lenguas los dos empezaron a desnudarse frenéticamente. Ella le sacó la camisa de los pantalones y él le desabrochó los pantalones.
«Despacio», le exigía una voz interior a Natsu. Sabía cómo hacer el amor con una mujer, sabía cómo sortear las defensas naturales de su cuerpo y cómo avivar su deseo con caricias extremadamente ligeras hasta volverla loca de impaciencia.
Pero ahora estaba muy lejos de poder hacer algo semejante. El deseo se había apoderado de su cerebro y no había lugar para los cálculos, las estrategias ni los planes de seducción. Actuar con calma y lentitud era imposible con Lucy, sobre todo oyendo sus gemidos desesperados, sintiendo la dulzura de su boca y oliendo la fragancia a melocotón mezclada con el olor almizclado de su excitación femenina.
-Tengo que sentirte-murmuró, metiendo la mano bajo su polo para tocarle los pechos.
Pero Lucy tenía otras ideas. Le agarró la mano y la bajó hasta su entrepierna, donde más necesitaba que la tocase.
Al parecer, ella tampoco quería andarse con rodeos ni sutilezas.
Natsu no dudó en complacerla y deslizó la mano por la bragueta abierta. Apartó el elástico de las bragas y tanteó con los dedos entre su vello púbico. Deseaba ver su sexo húmedo y palpitante, pero por ahora tendría que contentarse con tocarlo. Sus dedos encontraron el clítoris y ella movió con fuerza la lengua, ordenándole en silencio que no se detuviera.
Antes que dejar de tocarla, Natsu sería capaz de detener sus propios latidos.
Siguió acariciándola con más y más ahínco, hasta que ella tuvo que apartar la boca en busca de aire. Entonces él bajó la mano para separar los jugosos y dilatados labios de su sexo y ella se deshizo en un grito de placer.
-Dulce Lucy…-susurró él. Nunca había sentido nada tan cálido y mojado-. Me muero de impaciencia por estar… ahí dentro.
Metió un dedo por la resbaladiza abertura y sintió cómo lo envolvía su cremoso calor interno.
-¡Natsu!-gritó ella. No dijo nada más, y tampoco era necesario. Tomaba todo lo que él le ofrecía y parecía saber que Natsu estaba disfrutando tanto como ella.
Estaba hecha para el sexo… Y él sentía el flujo líquido del deseo corriendo por sus venas.
Cuando hizo ademán de retirarse, ella se empujó contra él, exigiéndole más. Y entonces, él le introdujo otro dedo, deleitándose con la expresión de placer que contraía su rostro.
Sabía cómo redoblar aquel placer, y profundizó aún más con sus largos dedos hasta localizar el punto exacto que la llevaría a una clase de orgasmo desconocido para muchas mujeres.
Supo que lo había encontrado cuando ella dejó de agitarse y lanzó un grito ahogado.
A continuación, empezó a acariciarla por dentro y por fuera, empleando el pulgar para frotarle el clítoris, como si estuviera rasgando las cuerdas de un precioso y delicado instrumento.
No tardó en obtener su recompensa. Lucy echó la cabeza hacia atrás, se retorció con fuerza contra su palma y todo su cuerpo fue sacudido por una violenta convulsión que la dejó lánguida y exhausta.
Durante un largo y silencioso rato, Lucy yació encima de Natsu, oyendo sus furiosos latidos y sintiendo el movimiento de su pecho al respirar. Entrelazó los dedos en sus cabellos, deleitándose con su sedosa textura, y también jugueteó con el pequeño pendiente de oro. Ahora más que nunca le recordaba a uno de esos piratas legendarios, después de que la hubiera agarrado en sus brazos y la hubiera arrojado a la superficie más próxima para poseerla a su antojo.
Finalmente, empezó a moverse. El orgasmo sólo la había dejado momentáneamente satisfecha, pues aún quedaba mucho por hacer.
Pero no allí. No sólo estaban junto a una ventana con vistas a la calle, sino que se encontraban en una zona de juegos infantiles.
-Es una suerte que no dejemos jugar en el cajón a los niños que aún no saben usar el baño-susurró-. Y que el personal de limpieza desinfecte las pelotas todos los sábados.
Natsu guardó silencio unos segundos más, hasta que emitió un débil gemido y retiró lentamente la mano de sus pantalones.
-Creo que te podrías haber ahorrado esa información.
-Lo siento. Quería decir que no lamento en absoluto lo que hemos hecho-«ni lo que, con suerte, vayamos a hacer a continuación»-. Pero en cuanto al lugar… bueno…
-¿Tienes una cama plegable en tu despacho?-le preguntó él en tono esperanzado.
-No-respondió ella-. Pero mi mesa, en cambio…
Natsu ni siquiera esperó a que acabara la frase. Se incorporó entre las pelotas y salió rápidamente del cajón.
-Vamos-la apremió, tendiéndole una mano.
Ella lo miró fijamente y se lamió los labios mientras contemplaba el brillo de la luna reflejado en sus ojos. Tenía el pelo alborotado, los labios entreabiertos y respiraba aceleradamente, como si le costara mantener el control.
Lucy no había conseguido quitarle la camisa y los faldones le colgaban sobre el cinturón, pero no podían ocultar el enorme bulto que asomaba en su entrepierna.
Cómo lo deseaba…
Se puso rápidamente los pantalones y dejó que él la sacara del cajón. Pero en vez de erguirse del todo, se agachó y acercó deliberadamente la cara a los pantalones de Natsu para rozarle el bulto con los labios.
-Quiero verte-le pidió.
Natsu envolvió las manos con sus cabellos.
-Comerte.
Las manos la aferraron con fuerza.
-Tragarte.
-Santo Dios-gimió él.
De nuevo corrían peligro de olvidar dónde estaban, de modo que Lucy se levantó y tiró de él hacia su despacho. Apenas habían cruzado la puerta cuando él volvió a tenerla entre sus brazos y a invadir su boca con una lengua implacable.
La camisa de Natsu desapareció rápidamente entre un beso y otro.
Y también la de Lucy, entre una caricia y otra.
Natsu le tomó el rostro entre las manos y la besó en el cuello.
-Está demasiado oscuro.
Ella no dudó un instante en complacerlo y se apartó para encender la lámpara de la mesa. Un resplandor dorado barrió la oscuridad y les brindó la ocasión de devorarse mutuamente con la mirada.
Por unos momentos ninguno de los dos habló ni se movió, separados por medio metro. Pero Lucy dudaba que él se hubiera quedado tan impactado como ella por la imagen que tenía delante. Sobre todo porque él ya la había visto desnuda la noche anterior en su apartamento.
Ella no había tenido esa suerte, y lo que ahora veían sus ojos la dejó sin respiración. Nunca había contemplado una perfección semejante.
No era extraño que su esmoquin pareciera hecho a medida, porque Lucy no se imaginaba que una talla normal pudiera contener aquella imponente musculatura. Una tenue espiral de vello rosaceo realzaba los poderosos pectorales y las marcadas líneas del abdomen antes de desaparecer bajo sus pantalones.
-¿Se puede saber qué me estás haciendo?-preguntó con un hilo de voz.
Él chasqueó con la lengua y sacudió la cabeza, sin apartar la mirada de su cuerpo.
-No eres consciente de tu propio atractivo, ¿verdad?-levantó una mano para tocarle la mejilla y bajó la mirada por su cuerpo-. Eres increíblemente hermosa… Tan sensual, tan delicada, tan femenina…
Lucy no se sentía muy femenina ni delicada. Normalmente reservaba esos adjetivos para las mujeres pequeñas. Ella tenía una estatura normal y nunca se había sentido diminuta ante los hombres. Pero en las grandes manos y fuertes brazos de Natsu se veía extremadamente minúscula e indefensa.
-Eres todo lo que una mujer desearía ser-insistió él.
El sujetador blanco de encaje era muy bonito y favorecedor, pero no hacía maravillas con unas curvas que ella no poseía. Y sin embargo él la miraba como si fuera la encarnación de la belleza y la sensualidad. Como si no pudiera esperar para saciar todos sus sentidos con ella.
Y así se lo confirmó al levantarla en brazos y depositarla sobre la mesa, separándole los muslos para colocarse entre ellos. Lucy agradeció mentalmente que el escritorio estuviera limpio y despejado y se sumergió por entero en la pasión del momento.
-Podría pasarme horas diciéndote lo mucho que me gustas y cuánto te deseo-dijo él mientras la besaba en el cuello-. Pero… prefiero demostrártelo en vez de decírtelo.
Lucy sólo pudo emitir un gemido inarticulado cuando Natsu le desabrochó el sujetador. El brillo de sus ojos hablaba por sí solo.
No, no le hacía falta decir nada… A juzgar por el fuego de su mirada, su respiración acelerada, la tensión que irradiaban sus músculos y el inmenso bulto de sus pantalones, estaba claro que la deseaba desesperadamente.
En esa ocasión no fue tan salvaje ni desenfrenado como había sido en el cajón de las pelotas, pero a Lucy ni siquiera se le ocurrió quejarse. No cuando su boca la estaba colmando de sensaciones deliciosas al besarle y lamerle los pechos.
-Por favor…-le suplicó cuando él se empeñó en evitar los pezones. Estaban durísimos y apuntaban tentadoramente a su boca, pero Natsu se limitó a acariciarlos con su cálido aliento.
Lucy apretó las piernas alrededor de las suyas y empezó a frotarse contra él a través de la ropa, torturándolo tanto como él la estaba castigando a ella.
-Lucy…
-Dame lo que quiero y tendré piedad de ti-le dijo ella, echando la cabeza hacia atrás hasta tocar la superficie de la mesa con el pelo.
Y él la complació. Se llenó la boca con su pecho y succionó el pezón con tanto deleite, que Lucy se vio sacudida por una descarga de placer tras otra, concentradas en la palpitante región de su entrepierna.
Lucy gritaba y se retorcía sin parar, sin mostrar la menor clemencia en el frenético movimiento de sus caderas. El roce de la erección de Natsu la enloquecía aún más, a pesar de la ropa que se interponía entre ambos.
-¡Lucy!
Ella lo agarró por el pelo y le levantó la cabeza para poder mirarlo a los ojos.
-Tómame, Natsu. ¡Ahora!-introdujo la lengua en su boca e imprimió el ritmo que esperaba de él.
-Me vuelves loco-dijo él, y todo resto de resistencia se esfumó cuando empujó contra ella-. Completamente loco-se desabrochó rápidamente el cinturón y se bajó los pantalones, seguidos por sus calzoncillos negros y ajustados.
Lucy se mordió el labio al ver la enorme verga que estaba a punto de llenarla. Había estado con hombres bien dotados, pero ninguno había desatado en ella un deseo tan febril que barriera todos sus pensamientos e inhibiciones.
Temblaba tanto por la anticipación que le costaba mantener las manos firmes para bajarse los pantalones. Natsu lo hizo por ella y le quitó también las bragas, aprovechando que ella levantaba las caderas de la mesa.
Lucy se quitó los zapatos con la punta de los pies y arrojó la ropa al suelo con una patada. Entonces vio que Natsu la estaba mirando con una sonrisa hambrienta y depredadora.
-Tengo intención de explorar a conciencia esta zona…-dijo, sin apartar la mirada de su sexo húmedo y palpitante-. Después.
La promesa bastó para que Lucy se replanteara sus exigencias. Una exploración exhaustiva de las zonas más sensibles de su cuerpo con aquella boca y aquella lengua tan increíbles le sonaba a música celestial.
Entonces vio cómo se colocaba un preservativo en su enhiesto falo y se relamió los labios, sabiendo lo que más deseaba en aquellos momentos.
Que él la llenara por completo.
Le rodeó las caderas con sus piernas desnudas, deleitándose con el roce de su vello contra la suave piel de sus muslos, y tiró de él hacia donde más lo necesitaba.
Esa vez fue él quien no mostró piedad alguna. Porque en vez de hundirse en ella, deslizó la erección contra su sexo para empaparse con su humedad, y siguió frotándole el clítoris hasta que Lucy apenas pudo respirar.
-¡Natsu!-exclamó con voz ahogada, desesperada por que la penetrara de una vez.
-Lo sé-murmuró él, y de una sola embestida la penetró hasta el fondo.
Lucy dio un respingo y se apretó instintivamente contra la superficie de la mesa.
-¡Sí!-gritó. No le quedaban fuerzas para sostenerse, pues todas sus energías estaban concentradas en recibir las lentas y profundas acometidas de Natsu.
Pero ni siquiera eso parecía suficiente para él. Sin previo aviso, la agarró por las piernas y se las levantó. Ella estaba tan aturdida por las sensaciones que apenas se dio cuenta de lo que hacía hasta que le dio un beso en una pantorrilla y se la colocó sobre el hombro, después hizo lo mismo con la otra.
-Natsu…-gimió al sentir el placer adicional que le proporcionaba aquella penetración más profunda.
-¿Estás bien?-le preguntó, deteniéndose para asegurarse de que Lucy seguía con él.
Estaba con él, pero casi toda ella estaba flotando en una nube de placer divino.
-Muy bien.
-Estupendo…
Estaba cubierto de sudor y tenía todos los músculos en tensión. Empujó con fuerza unas cuantas veces y luego redujo el ritmo. Volvió a besarle la pantorrilla y le acarició la pierna con la punta de los dedos, y ella se retorció en desesperación. Quería que la penetrara con todas sus fuerzas.
El placer era tan intenso que parecía irreal. Pero no la estaba llevando al límite deseado.
Como si fuera consciente de ello, Natsu se detuvo y bajó la mano hasta la cara interior del muslo.
-Dame tu orgasmo, Lucy-le ordenó al tiempo que le acariciaba el clítoris con el pulgar.
El orgasmo la sacudió al instante, como si su cuerpo hubiera estado esperando la invitación de su voz ronca y sensual. Un grito de incontenible placer la recorrió por dentro y todos sus músculos se tensaron durante unos breves instantes de incomparable delirio.
Antes de que pudiera recuperarse, Natsu reanudó sus embestidas y al cabo de unos frenéticos segundos echó la cabeza hacia atrás, gimió con todas sus fuerzas y se abandonó a su propio clímax.
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Lucy insistió en llevarlo en coche al hotel, a pesar de las protestas de Natsu. Se negó a que pidiera un taxi y de ese modo Natsu se encontró en una minifurgoneta americana con el asiento trasero repleto de juguetes, unas zapatillas Nike colgando del espejo retrovisor y un imán en la puerta anunciando que viajaban niños a bordo. No era exactamente su medio habitual de transporte. Pero en aquellos momentos le importaba un pimiento.
-Me encantaría que subieras conmigo-dijo cuando Lucy aparcó frente al hotel. Un portero los observó dubitativamente, pero Natsu lo despidió con la mano cuando se acercó a abrirles la puerta-. ¿Qué te parece un baño caliente y un masaje para relajar los músculos… doloridos?
Lucy se mordió el labio inferior, que aún seguía hinchado por los besos. Natsu se imaginó que debía de tener la garganta seca e irritada por todos los gritos y jadeos que había soltado, e intentó tentarla un poco más.
-Puedo pedir que nos suban una botella de champán para aliviarte la garganta.
-Es una oferta muy tentadora, desde luego.
Pues claro que sí. Al fin y al cabo, era un profesional y sabía cómo hacer las cosas. Pero no estaba preparado para hacerle esa confesión. Aún no. Y tal vez no lo estuviera nunca, teniendo en cuenta que casi con toda probabilidad no volverían a verse después del fin de semana.
Intentó ignorar la consternación que le produjo aquel pensamiento, y se recordó a sí mismo que una breve aventura era todo lo que podía permitirse. Lo único que siempre había querido.
O lo que siempre había querido… hasta ahora. Pero no podía profundizar en el asunto por ahora. Para ello debería encontrar el momento y analizar cuáles eran sus verdaderos sentimientos hacia Lucy.
-Entonces… ¿vas a subir?-le insistió en voz grave y sensual, acariciando las palabras.
Ella apagó el motor y se giró en el asiento hacia él.
-¿Me seducirás?
-Desde luego.
-Si lo haces, acabaré quedándome toda la noche.
-Eso espero.
Ella suspiró, como si no le gustara nada lo que estaba a punto de decir. Y eso significaba que a él tampoco iba a gustarle nada.
-Natsu, apenas puedo juntar las piernas. Si paso toda la noche contigo, imagina el aspecto que tendré al caminar durante el fin de semana-Natsu no pudo evitar reírse, pero ella lo ignoró-. Van a ser dos días muy duros sin necesidad de parecer…
-¿Satisfecha?
-Insaciable. Como alguien que se atiborra de un manjar exquisito hasta que no puede ni moverse.
-Eso me gustaría verlo. ¿Cuánto crees que tendrías que tomar para… atiborrarte?
La expresión ceñuda de Lucy le dijo que no estaba de humor para bromas.
-Mañana tenemos que salir muy temprano si queremos llegar para la hora de comer, tal y como les prometí a mis padres. Será mejor que me vaya a…
-¿Tomar un baño caliente de espuma y una copa de champán?-preguntó él tan inocentemente como pudo.
Lucy lo golpeó con los nudillos en el brazo.
-Cállate.
-Ni una palabra más.
-Y sal del coche de una vez.
-Tengo que admitir que empiezo a sentirme como un objeto de usar y tirar.
Ella ahogó un gemido de indignación, pero enseguida captó la ironía.
-Cualquier hombre soltero estaría encantado de serlo.
-Bueno… yo no he dicho que no esté encantado de serlo.
Lucy pulsó un botón para desbloquear las puertas. Debía de ser un mecanismo de protección para impedir que los pequeños demonios salieran del vehículo en marcha.
-Largo.
Estaba claro que no podría hacerla cambiar de opinión, de modo que Natsu agarró el tirador de la puerta.
-Está bien, está bien-aceptó, pero sabía que no podría aguantar las próximas cuarenta y ocho horas sin volver a saborearla, así que se inclinó hacia ella y la besó en los labios.
Sintió cómo el cuerpo de Lucy se relajaba al instante y cómo sus labios se abrían para recibirlo. Pero entonces se oyó un bocinazo que le hizo interrumpir el beso.
-Te veré por la mañana-dijo.
Ella sonrió dulcemente.
-Temprano.
-De acuerdo.
-¿Natsu?-tenía los labios mojados y la voz ronca-. Ojalá pudiera quedarme.
Parecía sinceramente arrepentida. Tanto como él.
-Sí, ojalá pudieras hacerlo… Buenas noches, Lucy-abrió la puerta y salió de la furgoneta-. Por cierto, ve buscando un sitio para dejar este bonito vehículo mañana. Seré yo quien conduzca.
Debería ofrecerse a recogerla en su casa, pero, sinceramente, le gustaba la perspectiva de volver juntos al hotel el domingo por la tarde.
-¡Creía que no tenías coche!
-No lo tengo-respondió él con una sonrisa-. Pero eso no será ningún problema.
-No puedo presentarme en casa de mis padres con una limusina.
-Claro que no. ¿Crees que quiero que me tomen por un niño de papá o un traficante de drogas?
Ella se echó a reír y puso los ojos en blanco.
-Desde luego que no.
-En serio, no te preocupes. El hotel tiene un servicio de alquiler de coches.
Era cierto. El hotel ofrecía coches de lujo a un precio exorbitante, pero merecería la pena. Así se evitaría otro viaje en la destartalada furgoneta y además podría conducir él, permitiendo que Lucy se relajara de camino a casa de sus padres.
-Muy bien-dijo ella, aceptando la explicación sin más preguntas. Seguramente estaba impaciente por marcharse de allí antes de que él la convenciera para quedarse.
Natsu sabía que podría convencerla. Y una parte de él deseaba hacerlo.
Pero otra parte podía ver el cansancio en sus ojos y cómo se removía incómodamente en el asiento, y sabía que era el momento de descansar.
A Lucy le quedaban dos días muy largos por delante, y necesitaría todas sus fuerzas físicas y mentales para superarlos.
Pero cuando volvieran a la ciudad el domingo… entonces sería el momento de exprimir al máximo el poco tiempo que les quedara. Y luego podría despedirse de ella con la certeza de que ambos habían amortizado con creces la cantidad que Lucy pagó por él en la subasta.
¡Tachaaaaaaan! Aquí traigo el ansiado lemmon que todos estabais esperando.
Muchas gracias Aquarius-chan por haber comentado en este capítulo, la verdad es que soy bastante patosa con las máquinas y a pesar de que intenté hacer lo que me recomendaste me resultó imposible, aunque creo que en este no he cometido error alguno, un besazo!...
