No soy la propietaria de la historia ni los personajes

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Capítulo 7

No era la primera vez que Lucy veía un descapotable de lujo como el que Natsu había alquilado, pero nunca se había subido a ninguno. Nunca había oído el rugido del motor desde el interior, donde sonaba más como un zumbido suave y apagado, ni había sentido su fuerza vibrando bajo los pies, como si el coche fuera una criatura viva e impaciente por ponerse en marcha.

-Es increíble-dijo, maravillada por la sensación de poder y velocidad mientras los anchos neumáticos devoraban un kilómetro tras otro sobre el negro asfalto.

-Se conduce muy bien-afirmó él, hablando en voz alta para hacerse oír por encima del viento y la música-. Podrías llevarlo un rato, más tarde.

Ni hablar. Con su suerte, acabaría despeñándose por un barranco y tendría que vender un riñón para pagar los daños.

-No es necesario. Voy muy bien aquí-dijo, y se acomodó en el cómodo asiento de cuero.

Normalmente, el trayecto de dos horas y media hasta la granja se le hacía interminable en la pesada y lenta furgoneta, y su estado de ánimo iba decayendo a medida que se acercaba a su destino.

Adoraba a su familia y le encantaba ir a casa para las vacaciones, pero siempre tenía que soportar la inevitable charla que trataba de evitar por todos los medios, cuando todos la arrinconaban y la obligaban a reconocer que llevaba una existencia solitaria y miserable en la gran ciudad, alejada de sus seres queridos.

Ella nunca lo había admitido, más que nada porque no era cierto, pero eso no impedía que volvieran a sermonearla en cada reunión o evento familiar.

Pero aquel viaje estaba resultando muy diferente. Tal vez se debiera al hombre que iba sentado a su lado, cuya presencia podría servirle de muro defensivo ante el acoso de su familia y, con un poco de suerte, conseguir que la dejaran en paz una temporada. O quizá se debiera al placer de sentir el viento en los cabellos bajo un cielo azul radiante mientras la música de rock duro atronaba por los altavoces.

Era una sensación increíble. Liberadora. Por una vez, se sentía libre de las presiones familiares, del estrés laboral y de sus fiascos amorosos.

Libre para disfrutar de la brisa en la cara y de la poderosa presencia masculina que viajaba a su lado. Nada le gustaría más que pedirle a ese hombre que detuviera el coche y le hiciera el amor bajo el cielo de verano, pero sabía que no tenían tiempo. No para la clase de pasión que quería compartir con él en esos momentos.

La noche anterior había sido frenética, salvaje, alocada.

Pero ahora, si pudieran hacerlo, querría pasarse horas y horas exprimiendo el placer y la sensualidad bajo los ardientes rayos de sol.

Se removió ligeramente en el asiento. Todo su cuerpo seguía recordando la noche anterior, lo que hacía aún más insoportable la espera.

-Gracias por conducir-dijo lo primero que se le ocurrió, pues necesitaba pensar en cualquier otra cosa-. Aunque, la verdad, creo que este coche es lo bastante caro como para que cualquier persona normal lo asocie con un traficante de drogas o similar…

-Les dejaremos claro que es un coche de alquiler-le puso la mano sobre la suya y la apretó ligeramente, como si supiera que había estado pensando en él-. Sería bonito seguir hacia el oeste hasta llegar al Pacífico-meneó las cejas-. O detenernos para un largo… picnic-sacudió la cabeza y se echó a reír-. Pero ya casi hemos llegado.

Lucy se quedó maravillada con su intuición, pues lo que más le gustaría en esos momentos sería seguir conduciendo hasta el océano y olvidarse de la fiesta de sus padres.

¿Por qué Natsu la conocía tan bien después de unos pocos días, mientras que su propia familia apenas la conocía después de veintisiete años?

¿Y quién la conocía realmente? No sólo sus objetivos, sino sus sueños más secretos, sus conflictos internos, su necesidad de vivir nuevas experiencias y ver mundo sin por ello tener que renunciar a la estabilidad de un hogar y una familia.

No, nadie la había conocido nunca hasta ese punto.

Natsu le soltó la mano al tener que cambiar de marcha.

-¿Cómo va el grandullón ahí detrás?

Lucy miró detrás de los asientos, donde Happy dormía plácidamente en su caja, o al menos daba esa impresión. En la furgoneta siempre viajaba muy inquieto y nervioso, pero ahora parecía estar disfrutando de la brisa en el lomo y no se había movido ni maullado ni una sola vez.

Lucy aún no podía entender cómo aquel gato tan arisco había aceptado a Natsu nada más verlo. Era obvio que le gustaban sus caricias tanto como a su dueña.

Pasaron una señal que indicaba la salida a Green Springs a quince kilómetros y Natsu apagó el equipo estéreo.

-Creo que deberíamos hacer un repaso.

-¿Cómo dices?

-Anoche te pregunté muchas cosas, y tal vez deberías ponerme a prueba. Aunque no llegaste a decirme lo que te pones para dormir… ni dónde tienes más cosquillas exactamente.

Oh, Cielos. Lucy volvió a removerse en el asiento. De repente sentía más calor de lo que le había provocado el sol hasta un momento antes.

-Claro que no creo que nadie vaya a preguntar esas cosas-añadió él.

-Desde luego que no-era un gran alivio poder concentrarse en la inminente llegada, en vez de pensar en lo mucho que desearía que Natsu detuviera el coche y le hiciera todas las cosas que no le había hecho la noche anterior-. ¿Cómo se llaman mis hermanos?

-Jed es el mayor, y está comprometido con Becca. Luego está Steve, un año mayor que tú-repasó los detalles rápidamente-. Randy es el más pequeño y quiere alistarse en las Fuerzas Aéreas, aunque aún no tiene las agallas que tú tuviste para decírselo a tus padres.

Lucy lo tomó como un cumplido.

-Eso es. Pero no vayas a decirles nada.

-Jamás se me ocurriría-entornó los ojos y siguió concentrándose-. Mmm… qué más… Ah, sí. Randy va a cumplir veintiún años. Eso es fácil de recordar, pues tiene la misma edad que mi hermana.

Era la primera vez que mencionaba a un miembro de su familia aparte de sus padres, y su sonrisa de afecto insinuaba una relación especial.

-¿Hermana? ¿Dónde está?

-En Irlanda.

-¿La ves muy a menudo?

-Muy poco. Wendy y yo mantenemos el contacto por teléfono y por email-guardó silencio un momento y pareció decidir que podía confiar un poco más en Lucy-. Hace años discutí con mi padre y desde entonces no he vuelto a casa.

-Entiendo.

-No, no creo que lo entiendas-murmuró él-. Tú adoras a tu familia, aunque a veces te saquen de tus casillas.

-Cuando no quiero arrojarlos a todos a un río.

Natsu se rió.

-Aun así, los quieres de verdad.

-¿Tú no quieres a tu familia?

Él se apartó un mechón de pelo del rostro. El viento le había soltado la coleta y Lucy se preguntó qué opinaría su padre de sus largos cabellos y del pendiente de oro que relucía en su oreja.

-Quiero a mi padre-admitió, como si le resultara doloroso expresarlo en voz alta-. Pero el afecto tiene un precio en mi familia. Si lo pagas, todo es perfecto. Pero si no…

-Tienes que limitarte a mantener el contacto con tu hermana a través del teléfono y los emails-concluyó ella.

-Exacto. Pero cada vez que sale de la isla en un viaje de estudios, intento organizar un viaje de negocios para encontrarme con ella-se le escapó una risa maliciosa-. Cuando tenía diecisiete años, le enseñé los sitios más divertidos de Praga, y un año después… los locales de Amsterdam.

Lucy resopló al imaginarse la escena.

-¿Intentas corromperla a propósito?

-Sólo intento que se divierta un poco. Nuestro padre y su madre se lo hacen pasar muy mal por culpa de las decisiones que yo tomé en su día.

-Es una pena.

Natsu no parecía disgustado ni arrepentido por haberle hablado de su familia, pero volvió inmediatamente al tema que tenían entre manos.

-¿Se parece a la relación que tienes con tus hermanos?

-Mis hermanos no sabrían ni encontrar Praga en un mapa-murmuró ella, y enseguida soltó un suspiro arrepentido-. Son buenos chicos. Steve y yo éramos inseparables de niños.

-¿Pero?

-Pero…-se encogió de hombros-nunca se marcharon de casa y nunca lo harán. Randy quiere alistarse en el Ejército ahora que es joven y patriota, pero si lo hace, volverá a casa para el resto de su vida.

-Mientras que tú te morías de impaciencia por irte a vivir a cualquier otro sitio.

-Eso es. Tenía las paredes de mi habitación cubiertas de pósteres de ciudades extranjeras, folletos del Cuerpo de Paz e incluso propaganda del Ejército. Cualquier cosa que me llevara lejos de aquí.

Natsu la miró sorprendido.

-El Cuerpo de Paz tal vez, pero… ¿el Ejército?-sacudió la cabeza y ni siquiera tuvo que decir lo que pensaba al respecto.

-Sólo estaba considerando todas las posibilidades-protestó ella, y puso una mueca al recordar el revuelo que se formó en su casa cuando llegó un sobre del Ejército con su nombre-. Nunca llegué a planteármelo en serio. Mi padre me amenazó con encerrarme en el sótano si me atrevía a pensar en alistarme.

Natsu se echó a reír y Lucy siguió hablando.

-Mi madre fue aún peor. Me dijo que, si se me ocurría alistarme, pondría en peligro las vidas de mis hermanos, porque todos ellos tendrían que alistarse para protegerme. Incluido Randy, quien sólo tenía once años por aquel entonces.

Tenía que admitir que su madre sabía cómo salirse con la suya… O al menos lo fue en su día. Porque Lucy ya no estaba dispuesta a renunciar a su libertad.

-Es otra razón más por la que Randy aún no les ha dicho que quiere alistarse.

-Mejor con veintiún años que con once-dijo él, riendo. Pero enseguida se puso serio-. Chicago no está lo bastante lejos para ti, ¿verdad? Me refiero a largo plazo.

La intuición de Natsu la desconcertaba cada vez más.

-Me encanta Chicago y no puedo decir que sea desgraciada viviendo ahí. Tengo un buen trabajo y muchos amigos, y algún día echaré raíces del todo y formaré una familia.

-¿Pero?

-Pero… quiero ver mundo antes de que llegue ese día-sacudió la cabeza y miró los árboles que se alineaban junto a la carretera-. Para el resto de mi familia el mundo se limita a Green Springs.

-Cada uno tiene sus propios sueños-dijo él, en una voz tan baja que Lucy casi no lo oyó-. No son mejores ni peores. Tan sólo diferentes.

Sueños diferentes… Con aquellas simples palabras Natsu había vuelto a dar en el clavo. A eso se reducía todo. Por qué ella se había marchado de casa, por qué su familia había intentado disuadirla, por qué detestaba recibir las mismas críticas una y otra vez. Y también por qué Natsu estaba dispuesto a ayudarla aquel fin de semana con una mezcla de excusas y verdades a medias.

Ella tenía sueños distintos a los de su familia… y ellos no podían entenderlo.

Pero el hombre que viajaba a su lado, el hombre que sólo hacía una semana que la conocía… sí lo entendía.

.

.

.

Natsu no sabía qué iba a encontrarse mientras avanzaban por el estrecho camino hacia el lugar donde Lucy había pasado su infancia. Había visto muchas granjas en Irlanda, muchas de ellas propiedad de la familia Dragneel que su padre alquilaba a otros. Pero casi todas eran pequeñas haciendas familiares con rebaños de ovejas marcadas para diferenciarlas de las de otro ganadero, casitas de campo salpicando el paisaje, graneros destartalados y viejos arados oxidándose en los campos.

Ninguna se parecía a aquello.

-Santo Dios… ¡Parece una fábrica!-exclamó al pasar junto al enorme granero de dos pisos.

Una pequeña flota de camiones estaba aparcada al final de la inmensa estructura, todos con el logotipo de una vaca lechera. A través de las puertas abiertas de otro edificio se veía una maquinaria impecablemente conservada, y había varios trabajadores con uniformes caquis.

-Me imaginaba algo más parecido a…

-¿Green Acres?

Natsu miró a Lucy, quien parecía encontrar muy divertida su sorpresa.

-¿Qué es eso?

-Una serie de televisión que trataba de… No importa-señaló la cima de una colina más allá de los graneros y de un extenso campo donde los caballos pastaban perezosamente bajo el brillante cielo de junio-. Allí está la casa.

Natsu volvió a quedarse boquiabierto de asombro.

El hogar de los padres de Lucy era una casa de tres pisos, pintada de amarillo y con los postigos blancos. El porche delantero estaba rodeado por unos parterres llenos de narcisos que le recordaron a Natsu a su hogar natal. Una hilera de árboles altos y frondosos delimitaba una gran extensión de césped, separada del pasto por una valla de estacas. En el extremo de una loma se levantaba un bonito cenador con un columpio de dos plazas.

En conjunto, el hogar de los Heartfilia no se parecía en nada a lo que Natsu había imaginado. Y mientras conducía hacia lo alto de la colina, se preguntó si también habría subestimado a la familia a la que estaba a punto de conocer.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Tal vez aquello no fuera el juego de niños que se había esperado…

Aparcó en un lateral de la casa, entre dos grandes camionetas y un gigantesco todoterreno, y oyó que Lucy suspiraba con resignación.

-¿Qué ocurre?

-Ya están todos aquí-dijo ella, mirando los vehículos.

-¿Tus hermanos?

-Esperaba poder presentarte poco a poco a mi familia, no a todos de golpe.

-Creía que todos vivían aquí.

-Randy, sí. Pero Steve y Jed se construyeron sus propias casas cerca de aquí.

A Natsu lo asaltó una repentina sospecha.

-¿En la finca de tu padre?

-Les entregó a cada uno cien acres de terreno cuando cumplieron veinticinco años.

Natsu empezaba a hacerse una idea…

-¿Y dónde están tus cien acres?-preguntó, y sus sospechas se vieron confirmadas cuando Lucy se pasó una mano sobre los ojos, suspiró y señaló hacia el este.

Lucy no era la chica sencilla y pueblerina que fingía ser. Su familia debía de ser tremendamente rica para poseer una próspera granja lechera y unas tierras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Aquello explicaba lo celosos y protectores que eran hacia Lucy…

Hasta el momento a Natsu no lo había preocupado mucho la idea de conocerlos, gracias a sus habilidades sociales para ganarse a todo el mundo. Se había preparado para la posibilidad de no gustarles, naturalmente, pero no era un motivo de inquietud.

Ahora, sin embargo, habiendo visto dónde y cómo vivían, empezaba a sospechar hasta dónde podía llegar ese rechazo inminente.

Lucy era la única hija de una familia rica y tradicional cuyos miembros vivían a escasos kilómetros unos de otros para mantener unido al clan, mientras que Natsu era el único hijo de una familia rica que aún creía en los matrimonios concertados.

Se preguntaba qué diría Lucy si supiera lo similares que eran sus familias y que él la entendía mucho más de lo que ella pudiera imaginar.

También se preguntó si seria bueno o malo que el corazón se le encogiera al darse cuenta de que Lucy hablaba en serio cuando se refería a sus problemas familiares.

Había creído que sus temores eran los típicos de una chica que no se atrevía a ir a casa soltera y sin novio. Pero ahora veía que no exageraba en absoluto. La situación de Lucy era tan difícil como la suya propia. Ambos habían escapado de casa. Ella había optado por cuidar de niños pequeños. Él, por satisfacer las necesidades de las mujeres. Caminos distintos, pero los dos siguiendo el mismo deseo de independencia y libertad.

Lucy y él tenían los mismos sueños.

Se quedó aturdido por la repentina e intensa conexión que sentía hacia aquella mujer hermosa, fuerte y decidida. Tal vez no hubiera llegado tan lejos como él, pero había luchado muy duro para conseguir lo que tenía. Incluso había desembolsado una enorme cantidad de dinero, que presumiblemente no podía permitirse, para pujar por él en una subasta y conseguir que la ayudara a mantener su independencia.

Y él haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarla. Cualquier cosa, excepto confiarle sus secretos. Por mucho que comprendiera su situación, no estaba preparado para revelarle cuál era la suya.

Nunca le había importado mucho lo que los demás pensaran de su estilo de vida, con la única excepción de su hermana. Pero ahora… ahora estaba Lucy.

Maldición. Estaba metido en un buen lío. Quería escapar de allí a toda velocidad, y también quería estrecharla en sus brazos y decirle que la entendía, que no estaba sola.

Pero él sí estaba solo. Siempre había estado solo. Y siempre lo estaría. Así era su vida y así debía seguir.

¿O no?

-Creo que este lugar es mayor que la hacienda de mi familia-dijo, contemplando el paisaje que se extendía a sus pies. Las verdes laderas y el valle estaban salpicados de ovejas, cómo no.

-¿Hacienda?-preguntó ella con una risita, sacudiéndose su melancolía-. ¿Acaso eres un niño rico y mimado?

-Mimado no-aclaró él, girándose hacia ella. No se ofendió por su risa. Lo que importaba era que al fin se había relajado un poco y que sus ojos volvían a brillar de regocijo.

-¿Debería llamarte lord Dragneel, tal vez?

A su padre le encantaría, desde luego.

-Claro que no. Uno de mis antepasados perdió el título, y la mitad de sus pertenencias, al beber más de la cuenta y ofender a un miembro de la realeza.

Lucy lo miró boquiabierta. Ella había estado bromeando, pero él no.

-Vaya…-murmuró finalmente-. Parece que yo también tendría que haberte hecho algunas preguntas personales.

Eso sí que no. No si él podía impedirlo.

Aunque sí podría ofrecerle algunos detalles personales sin importancia. Sobre todo porque aquel fin de semana no iba a ser tan fácil como había pensado en un principio.

-Bebo té, no café. Sin leche y con azúcar-dijo, intentando pensar en los interrogantes que podrían surgir durante su breve visita-. Sólo tomo cerveza negra… La blanca es bebida de niños. Murphy's es la mejor, pero en América es imposible encontrarla en barril-se estrujó a fondo los sesos-. Estudié en el Trinity Collegue en Dublin, jugaba al rugby y dejé inconsciente a más de un rival en el campo… y hablo seis idiomas.

Lucy abrió los ojos como platos.

-¿Seis?

-Supongo que tendré el don irlandés para las lenguas-repuso él, y siguió hablando rápidamente antes de que alguien los interrumpiera-. Nunca permanezco mucho tiempo en un mismo lugar. Tengo varios apartamentos en diversas ciudades, pero ninguno de ellos es un verdadero hogar.

-Qué triste-murmuró ella.

Tal vez lo fuese para ella. Para él, era la única vida que quería llevar. Pero no quería profundizar en el tema. Y menos en esos momentos, cuando no les quedaba tiempo y cuando aún no sabía hasta qué punto quería que Lucy supiera la verdad sobre su vida.

Ni cuánto estaría dispuesto a cambiar esa vida si podía mantener en ella a Lucy un poco más.

Se sacudió aquel pensamiento absurdo de la cabeza y volvió a lo que tan bien se le daba… Las insinuaciones.

-Una cosa más que deberías saber sobre mí…-le dijo con una pícara sonrisa-. Duermo desnudo.

La revelación tuvo el efecto deseado. Lucy se lamió los labios y lo miró de arriba abajo con unos ojos llenos de lujuria. Parecía una criatura felina dispuesta a lanzarse sobre su presa, y Natsu daría lo que fuera por sacarlos a ambos de allí y dejar que lo devorase como prometía su mirada.

-En ese caso… me muero por verte en la cama.

-No seas mala. ¿Qué diría tu familia?

Ella se encogió sensualmente de hombros y se inclinó hacia él.

-¿Cuántas horas tenemos que estar aquí?

Natsu pensó en todas las cosas que quería hacer con ella y se recriminó a sí mismo por ser tan idiota. No habían hecho nada durante todo el trayecto. ¿Por qué demonios tenía que provocarla ahora, justo en la puerta de sus padres? Y encima cuando seguía desconcertado por la conexión que había descubierto entre ellos y las consecuentes emociones.

Ella también pareció lamentarse por el momento y carraspeó incómodamente mientras hacia un gesto con la mano.

-Olvida la pregunta. Además, he estado contando los minutos desde que salimos del hotel.

Él también lo había estado haciendo.

-Reanudaremos esta conversación en el viaje de vuelta, ¿de acuerdo?-le propuso ella.

-De acuerdo.

-Tal vez…-volvió a relamerse-podemos explorar algunas carreteras secundarias antes de salir a la autopista.

-¿Poco transitadas?

-Desiertas.

Mmm… Sexo en el coche bajo el sol. Sonaba demasiado idílico para ser cierto.

-Te tomo la palabra.

-Y yo a ti… Bueno, ¿algo más que debería saber antes de presentarte al clan de los Heartfilia? ¿Eres el décimo en la sucesión al trono de Inglaterra o algo así?

Natsu hizo una mueca y deslizó una mano en sus rubios cabellos. Quería tocarla una vez más antes de entrar en la casa.

-Estadounidenses… ¿Es que vuestra historia es la única que conocéis?

-Supongo que sí-admitió ella, y lo besó en la palma con sus labios húmedos y suaves-. Pero tú eres medio estadounidense, ¿no?

Él asintió. No quería seguir burlándose de ella cuando sus dulces labios lo estaban volviendo loco. Incapaz de resistirse, retiró la mano y cubrió el espacio que los separaba para besarla en la boca. Ella ladeó la cabeza para recibirlo, derramándose sus cabellos sobre el antebrazo desnudo de Sean.

Besarla a la luz del sol era una experiencia nueva e increíblemente placentera. El lento baile de sus lenguas le trajo a la memoria las tardes largas e indolentes de pasión aletargada que se prolongaba durante horas. Aquellas tardes en las que el fin no era el orgasmo, sino el placer tranquilo y pausado del acto en sí.

Podría haberse pasado todo el día besándola, acariciando su suave mejilla, aspirando la irresistible fragancia a melocotón que impregnaba todo su cuerpo… Pero entonces algo lo golpeó en la cabeza y Natsu se apartó bruscamente.

Esperaba encontrarse con uno de los furiosos hermanos de Lucy, pero lo que vio fue un… un…

-Dios mío, ¿qué es esta… cosa?

Con ojos desorbitados vio cómo un enorme pájaro se lanzaba en picado hacia el descapotable. Pero esa vez no apuntó con su durísimo pico a la cabeza de Natsu, sino hacia la meno extendida de Lucy.

-Es Radar-dijo ella con una sonrisa, y se puso de rodillas en el asiento para ver cómo el pájaro se posaba en el capó del coche, remontaba ligeramente el vuelo y volvía a posarse.

Natsu se quedó boquiabierto al ver las huellas de pájaro en el Ferrari. Y a juzgar por el tamaño del ave, las patas debían de haber dejado alguna que otra abolladura.

Sería muy interesante explicárselo a la agencia de alquiler.

-Hola, pequeño. Me has echado de menos, ¿verdad?-le dijo Lucy mientras alargaba el brazo para rascarle la cabeza.

-¿Qué clase de pájaro es éste?-preguntó Natsu, desviando la atención de las manchas circulares sobre el reluciente capó rojo.

-Un emú.

Un emú acababa de picotearle la cabeza. No era un buen presagio para el fin de semana.

Detrás de ellos, Happy se había despertado y había visto al recién llegado. El gato estaba sobre sus cuatro patas, con el lomo arqueado y los pelos erizados, y bufaba amenazadoramente a través de la jaula.

-A Happy debe de parecerle un buen bocado-dijo Natsu, frotándose la cabeza-. ¿Se puede saber por qué me ha atacado?

-Es muy protector-respondió ella, casi abrazando a la gran bola peluda, que ahora parecía estar buscando algún bolsillo en la camisa de Lucy, por si contenía comida.

Aquella mañana, cuando Lucy se presentó en el hotel. Natsu había examinado atentamente aquella camisa. La boca se le había hecho agua al recordar los pechos perfectos y suculentos que se adivinaban bajo la tela.

Y por eso podría haberle dicho al pájaro que no se molestara en buscar bolsillos. Sabía muy bien que no había.

-Los emús no son muy amistosos, pero he criado a Radar desde que era un polluelo. Fue mi proyecto de Biología en el instituto y me quiere mucho. Ahora es como el perro de la familia, revoloteando libremente por el jardín.

A Natsu no le gustaría pisar nada que aquel pajarraco dejara en la hierba.

-Normalmente es muy dócil, pero no le gustan los extraños. Tendrá que acostumbrarse a ti.

-Seguro que sabe ahuyentar como nadie a los intrusos.

Si se hubiera topado con aquella bestia en una noche oscura, se lo habría pensado dos veces antes de intentar avanzar. Sobre todo si quería despertarse a la mañana siguiente sin el cráneo perforado.

Nada más pensarlo, volvió a recibir un golpe en el cráneo.

-¿Qué demonios…?

Se giró para encarar a lo que ahora sí tenía que ser uno de sus hermanos, pero en vez de eso se encontró con una criatura completamente irreconocible.

Soltó una palabrota, y la criatura respondió con una especie de balido más propio de un cordero que del mamut en miniatura que parecía. A pesar de sus viajes por todo el mundo, Natsu nunca había visto un animal semejante.

-¡Rex!-exclamó Annie.

La bestia levantó la cabeza al oír su voz y se olvidó del letrero invisible que invitaba a atizar la cabeza de Natsu. Rezando por que aquel monstruo no saltara como había hecho el pájaro, Natsu lo apuntó con el dedo y lo miró amenazadoramente.

-Ni se te ocurra, felpudo con patas.

-Es una alpaca. ¿Verdad que es una monada?

Lucy se puso de pie en el asiento, tan entusiasmada como una cría. Apoyó una mano en lo alto del parabrisas y se inclinó sobre Natsu para acariciar al extraño animal.

A Natsu no le importó mucho aquella nueva intromisión, porque había provocado que la cadera de Lucy quedase a un par de centímetros de su boca. Sus piernas bonitas y esbeltas se mostraban en todo su esplendor bajo la falda vaporosa de seda. La prenda se le había subido por detrás hasta casi revelar su trasero respingón. Y la camisa se le había salido de la cintura, exponiendo dos palmos de piel cremosa…

Un muerto de hambre frente a un bufé libre.

Incapaz de resistirse, deslizó una mano sobre una de las piernas, muy lentamente, deleitándose con su calor y textura, hasta llegar al muslo. La piel era extremadamente tersa y suave. Natsu respiró profundamente, recordando cómo aquellas piernas le habían rodeado las caderas la noche anterior.

El recuerdo le prendió en la entrepierna, y tuvo que moverse en el asiento mientras su miembro intentaba escapar de su confinamiento en los pantalones.

Si hubieran estado en algún lugar más privado, habría girado a Lucy hacia él. La habría apoyado de espaldas contra el parabrisas, le habría abierto las piernas y le habría devorado su hermoso y apetitoso sexo.

-Me siento como un toro a punto de embestir-murmuró, acercándose tanto que el olor de piel le embriagó los sentidos.

Ella lo miró y pareció darse cuenta de la tentadora que era su postura.

-¿Y quieres que yo sea el torero?

-Prefiero que seas la mujer desnuda con la que estaré haciendo el amor dentro de dos minutos…-levantó la mirada hacia ella y frunció el ceño-. Pero me temo que tendré que esperar otras veinticuatro horas.

No podría esperar tanto sin una simple degustación, al menos. Se irguió en el asiento y presionó la boca contra la deliciosa franja de piel desnuda en la cintura.

Ella gimió y cerró los ojos, permaneciendo completamente inmóvil. Él también gimió y volvió a besarla, y esa vez la mordió suavemente.

¡Zamp!

-¡Maldita sea!-espetó, preguntándose si toda la fauna salvaje del doctor Fecking Dolittle se había puesto de acuerdo para atacarlo.

Pero en esa ocasión no era una criatura peluda o con plumas. Media más de un metro ochenta y tenía piel, una cabellera del mismo color rubio que la de Lucy y unos ojos azules que despedían llamas asesinas.

Genial. Natsu tenía la mano en la falda de Lucy, acababa de dejarle una marca en la cadera y estaba frente a uno de sus hermanos muy protectores.

Bueno, bueno, bueno… pues este es el capitulo siete, espero que os haya gustado mucho, en el próximo capítulo se verá como sobrevivirán a un día con la familia de Lucy ¿habrá… o no habrá lemmon? Hasta el próximo capítulo!

Muchas gracias a:

-Mori Summer: me alegra mucho que te haya gustado el capítulo anterior, espero que con este te pase lo mismo, muchas gracias por haber dejado tu comentario y… nos vemos en este próximo!

-Y todas las personas que estais leyendo esta historia y la habéis seguido desde el principio.