Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
Contradicciones.
Fantástico. Sencillamente maravilloso. Tan chupi-guay-que-te-despeinas, como escuchó exclamar a Berenice Moon —una de sus compañeras de cuarto— cuando el profesor Bins les mandó el primer trabajo del curso, sus primeros deberes oficiales en aquel colegio. Por supuesto, aquella situación era exactamente igual de nefasta y desmoralizante: la profesora Hooch acababa de cancelar la clase de Vuelo. En serio, ¿podía defraudarle más ese puñetero colegio?
Tracey tiró de mala gana la escoba en el cobertizo del que la había sacado veinte minutos antes, refunfuñando. Ese paleto de Longbottom había echado a volar para, como estaba cantado, terminar estrellándose. Pero lo peor no había sido la visión de ese rechoncho niño estampándose contra el suelo desde algo más de seis metros de altura, no. Lo peor había venido cuando, una vez Hooch les dejó solos para llevarse al pobre crío —con sólo una muñeca rota, cosas de la magia, suponía— a la enfermería, Potter y Malfoy empezaron a rezumar lo que Bridget llamaba "el poder de la testosterona". O lo que es lo mismo: cómo disputarse el puesto al imbécil del año y conseguir que la profesora McGonagall les mandara de vuelta a sus Salas Comunes. Todo ello antes de Tracey consiguiera levantar los pies del suelo.
Fulminó con la mirada la nuca rubia que andaba junto a sus amigos a varios metros por delante de ella, de vuelta al interior del castillo. A Potter se lo había llevado su Jefa de Casa, esperaba que para recibir uno de esos espantosos castigos de los que el conserje no paraba de alardear. Le caían como una patada en el hígado, los dos. Aunque si lo pensaba con calma, no había nadie en ese castillo que le cayera bien.
Se revolvió el pelo con frustración, desde aquella fiesta de bienvenida no había ocurrido absolutamente nada interesante, ni divertido; los mayores iban a su aire y los niños de su edad eran mortalmente insípidos, aburridos. Las clases transcurrían entre incidentes tontos y lecciones soporíferas. El único lugar medianamente interesante era la biblioteca, y no le hacía la más mínima gracia pensar que ese sería su lugar de recreo en los próximos siete años… Frunció los labios e hinchó los mofletes, ya se estaba viendo como la señora Pince si no encontraba a alguien con quien entretenerse cuando una voz ronca la sobresaltó:
—¡Davis, espera!
Tracey ladeó la cabeza observando a Millicent Bullstrode subir las escaleras hasta ella. Retrocedió un paso inconscientemente cuando, aunque aún le faltaran un par de escalones, la muchacha se puso a su altura. Era la niña más grande que había visto en su vida, de hombros anchos y tez dura, fácilmente podía pasar por una alumna de tercero. Apenas habían cruzado un par de palabras en lo que llevaban de curso, mayormente relacionadas con pasar condimentos durante la cena.
—Se te ha caído esto —explicó, con esa voz ronca que la hacía sonar enfadada todo el rato, al tiempo que extendía la mano para mostrar un anillo y un par de pequeñas gemas ambarinas que se habían soltado de su engarce.
Tracey se miró la mano derecha y maldijo por lo bajo, era el anillo de su madre. Su padre le había advertido que le quedaba demasiado grande y que acabaría por perderlo, pero se había emperrado en llevárselo. Se mordió el labio mientras lo recogía de la mano de Millicent, las minúsculas clavijas de plata se habían doblado, iba a ser imposible arreglarlo.
—Tíralo, ya no sirve de nada —claudicó, volviendo a ponerlo sobre la palma de la muchacha, dándose media vuelta con los dientes apretados. El día no podría ir mejor.
—¿Por qué? Es bonito —inquirió Millicent, frunciendo el ceño, terminando de subir las escaleras.
—Porque está roto —indicó, de mala gana, retrocediendo de nuevo para no tener que alzar la cabeza.
Bulstrode frunció aún más el entrecejo, provocándose una apariencia aún más hosca y cuasi agresiva. Tracey la miró de reojo, nerviosa, Bidget le había repetido infinidad de veces que no debía prejuzgar a la gente, claro que parecía olvidarse de todas sus enseñanzas sobre talante y educación cuando se cruzaba con sus ex-compañeras de universidad por la calle.
—¿Qué? —exhortó, sin poder contenerse.
—¿Quieres tirarlo sólo porque se le han salido las piedras? —cuestionó, y Tracey se dio cuenta de que su ceño fruncido era más un producto de la incredulidad que de lo que le había parecido enfado.
—¿Qué eres, una especie de defensora de las joyas rotas? Las piedras se han salido y los enganches están aplastados. No puede arreglarse. Está roto. Y las cosas rotas que no pueden arreglarse se tiran. Punto.
Tracey volvió a darse media vuelta y retomar el rumbo, sin molestarse en mirar a la chica ni el anillo de su madre. Se sentía frustrada y odiaba esa sensación, nunca había sabido cómo solucionarla. Cuando quería algo lo conseguía, cuando no le gustaba se deshacía de ello, cuando se ponía triste se concentraba en otras cosas y cuando se enfadaba simplemente las rompía; todo solía ser fácil. Pero en ese colegio, en ese lugar, a pesar de toda esa magia, nada era tan sencillo. Ni siquiera el poder conservar un estúpido anillo.
—Oye, Davis, ¿quieres parar un momento? ¡Davis! ¿Qué eres tú, una de esas debiluchas que cuando no pueden hacer algo sólo saben enfurruñarse? —le espetó Millicent, alcanzándola y sujetándola por la túnica para hacerla parar.
—¡Sí! —gritó Tracey, dando un tirón con el brazo para soltarse del agarre.
El silencio se apoderó del pasillo y ambas se miraron directamente a los ojos por primera vez. Tracey temió, muy en el fondo, que Bulstrode le soltara una bofetada por su arranque, pero la chica sólo sonrió con condescendencia; como si no sólo fuera físicamente más grande si no que además ya supiera, o al menos intuyera, que ella estaba teniendo una pataleta infantil.
—Tus ojos son del mismo color que las piedras —observó Millicent, ladeando la cabeza.
Tracey entrecerró los ojos, todo lo que tenía Bulstrode de grande lo tenía de rarita, ¿es que no podía encontrarse a nadie normal en ese colegio? Aunque por culpa de ese comentario Tracey se fijó en que la castaña tenía los ojos celestes, con las pestañas tupidas y largas; unos ojos que habrían sido preciosos de no tener esa permanente arruga en el entrecejo que se los achicaba. Sacudió la cabeza, ¿de verdad estaba pensado en lo mal que lucía esa niña sus ojos después de haberla llamado debilucha? ¿Y en qué demonios estaba pensando cuando asintió a esa pregunta?
—No soy debilucha, puede que me haya enfurruñado porque era el anillo de mi madre y lo he roto, pero no soy una debilucha. Ni soy infantil —aseveró, recobrando la compostura, o al menos se cruzo de brazos ufanamente para intentarlo.
—No te he llamado infantil. Y si lo hubiera hecho no sería algo malo porque sólo tenemos once años, ¿qué pretendes ser con esa edad? Mi madre dice que ya tendremos tiempo para no poder ser infantiles aunque queramos serlo, porque los adultos que se comportan como niños son ridículos y los niños sólo lo son una vez. ¿Quieres que te lo arregle o no?
La morena parpadeó, estupefacta, ¿de dónde diablos había salido esa niña?
—¿Por qué ibas a hacerlo? —inquirió, recelosa. Tal vez fuera porque nada le estaba saliendo bien desde que llegó a ese colegio, o quizás se trataba de un mero instinto escondido en alguna parte de su subconsciente, pero sabía que las cosas no se solucionaban simplemente por las buenas, ni gratuitamente.
—Por que puedo hacerlo. Me gusta arreglar cosas, sobre todo las pequeñas y bonitas…
Tracey frunció el ceño al ver cómo la pequeña sonrisa que iba creciendo en la cara de Millicent al hablar de su afición desaparecía de pronto al elevar los ojos por encima de su cabeza, perdiendo todo atisbo del poco color que tenía en el rostro. Fugazmente se le pasó por la mente la frase de "ni que hubieras visto a un fantasma", pero aquello no tenía sentido porque ahora resultaba que éstos sí existían y no daban nada de miedo.
Aquella reflexión le acojonó bastante. Bulstrode no era como ella, había crecido en el mundo mágico, y si a Tracey no le daban miedo los fantasmas a pesar de no haber visto uno en su vida hasta que entró en el colegio, aquello que había paralizado a esa robusta chica debía ser realmente aterrador.
—¿Qué es? ¿Uno de esos monstruos del Bosque Prohibido? No entiendo por qué no está vallado o algo así si realmente hay bichos que pueden engullirte de un solo bocado o algo peor. ¿Qué clase de sistema de seguridad tiene en este estúpido colegio? ¿No se dan cuenta de que lo mismo que puede matarte ahí dentro puede salir y venir a por nosotros aquí? ¿Sabes repeler bichos? Tú te has criado entre magos debes saber cómo defenderte de las cosas, ¿no, Bulstrode? ¡Bulstrode reacciona! No quiero ser el mondadientes de ningún monstruo…
A medida que la verborrea histérica iba saliendo a trompicones de la boca de Tracey —efecto inmediato del nerviosismo por el silencio de su compañera—, sus manos revoleaban frenéticamente por los bolsillos del uniforme en busca de su varita. A pesar de ser plenamente consciente del hecho de que si hubiera cualquiera de las criaturas que se estaba imaginando detrás de su espalda, no iba poder hacer absolutamente nada por impedir convertirse en un aperitivo ¡porque no le habían enseñado a protegerse!
—¡Estúpido e inútil sistema de educación mágica! —exclamó, congelándose cuando oyó una especie de tintineo a su espalda.
—Coincido. Pero esa no es la forma más adecuada de expresarse para una señorita, Miss Davis —adoctrinó una voz gutural y espantosa detrás de ella.
A Tracey se le escapó el alma por la boca al oírlo. Una oleada de alivio inundó su sistema cuando oteó de reojo al Barón Sanguinario flotando a un metro de ella, sin ningún terrorífico monstruo asomándose por ninguno de los recovecos del pasillo. Las rodillas le fallaron momentáneamente y tuvo que cerrar los ojos para concentrarse en retomar su respiración. Casi le da un puñetero colapso. ¡Casi se muere del susto por un simple fantasma!
—¡Debería darte vergüenza! —Acusó, golpeando el brazo de Millicent—. Casi consigues que me de un infarto, idiota. ¿Un fantasma? ¿¡Con todo lo grande que eres y te has puesto así por un fantasma?
Tracey manoteó un par de veces más a Millicent, descargando toda la adrenalina que se le había acumulado en apenas un minuto. Bulstrode no se defendió, ni siquiera hizo ademán de apartarse o empujarla —cosa que habría provocado que se estampara contra la pared, dada la diferencia de tamaños—, más bien lo contrario: agarró el antebrazo de Tracey y la atrajo hacia ella, como si fuera un escudo contra el fantasma.
La menuda chica lo flipó en colorines cuando la sintió temblar, tanto que ni siquiera se rió de la absurdez de intentar "cubrirse" con ella, no sólo porque apenas le llegase a los hombros y sobresalía claramente a su espalda, si no porque los fantasmas no podían hacerle daño, aunque quisieran, no tenían materia para hacerlo. Hasta ella, que debería ser quién más miedo sintiera por ellos, lo sabía.
—Barón, mis disculpas, pero está aterrando a mi compañera y temo que se haga pis sobre mi túnica. Además me está cortando la circulación de las manos. ¿Podríamos divagar sobre lo mal que va este colegio otro día? —invitó, sonriendo con cierto esfuerzo al fantasma y luchando contra las ganas de soltarse del agarre de Bulstrode, iba a ser una pérdida de energías.
El Baron Sanguinario emitió una espeluznante sonrisa de satisfacción, pero asintió con la cabeza y atravesó el techo. Tracey se mantuvo inmóvil, aún cuando Millicent apoyó la frente en su nuca y respiró hondo varias veces, tratando de serenarse.
—Tampoco tenías por qué decirle que me iba a hacer pis —refunfuñó, soltándola lentamente.
—¿Y cómo iba a saber yo que no ibas ha hacértelo? Era eso o que te desmayabas. Lo del pis, aunque más repugnante, es mejor para su orgullo. Le gusta ser consciente de que aún infunde respeto.
—¿Tú hablas con él? De todos los fantasmas que hay en el colegio, el Barón da miedo incluso a los mayores de nuestra Casa, dicen que fue un mercenario al servicio de la Corona y que mató a tanta gente que por eso está aquí: no le dejan irse —cuchicheó, mirando disimuladamente por todo el pasillo como si le estuviera dando información confidencial, o tal vez simplemente le preocupaba que apareciera de nuevo.
—Puede ser —asintió Tracey, encogiéndose de hombros, como si el hecho de que el rumor fuese verdad no le impresionara en absoluto, la verdad era que no le importaba—. No le gusta hablar de lo que hizo en vida, y nadie sabe bien qué pasa cuando te mueres, ni siquiera ellos. ¿Por eso te da miedo?
Millicent cabeceó, reticente a contestar a la pregunta. Emprendió la marcha, y esta vez fue Tracey quien tuvo que correr para tratar de alcanzarla.
—Oye, ¿no eras tú quien hace un minuto me reñía porque "los niños tienen que ser infantiles"? Es un poco estúpido que intentes ocultarlo después de que me usaras de escudo, prometo no burlarme… mucho.
Bulstrode gruñó ante la puntualización de la promesa, aún así se detuvo y volvió a enseñarle el anillo.
—Si te lo arreglo, jamás de los jamases, aunque te sometan a tortura, se lo contarás a alguien. Ni te burlarás de ello —negoció.
Tracey sonrió, en parte porque estaba apunto de cubrir su curiosidad, por otra porque por fin parecía que estaban hablado el mismo idioma: negocios. Habiéndose criado con un "tiburón" de las finanzas como padre, toda la perspectiva de Tracey recaía bajo es permisa.
—Puedo mantener el secreto a cambio del anillo; si de verdad puedes arreglarlo, claro. Sin embargo, podré burlarme de tu pánico por los no-muertos, o sí-muertos-pero-no-idos o como quiera que se catalogue a los fantasmas, si la ocasión lo amerita y estamos en privado. El día que descubras un secreto mío, estará bajo la misma cláusula, ¿hecho? —ofreció, tendiendo la mano a Bulstrode.
No iba a admitirlo, pero se sentía muy pegada de sí misma por haber conseguido decir todo eso sin que se le trabara la lengua ni una sola vez.
—No estoy muy segura de lo de la cláusula, pero por supuesto que puedo arreglarte el anillo —asintió Millicent, apretando la mano tendida de Tracey con más suavidad de lo que la chica esperaba.
Caminaron en silencio, y no fue hasta que llegaron a las mazmorras, después de cerciorarse por enésima vez de que no había nadie —o nada— acechándolas, que Bulstrode se sentó en uno de los sobresalientes de la piedra, entre dos antorchas.
—Me gusta arreglar cosas. Cuanto más pequeñas y complicadas sean, más me gusta. Siempre me ha gustado reparar mis juguetes, aunque pudiese comprarme otros, a veces incluso los rompía yo misma para arreglarlos porque me entretenía más que jugar con ellos.
Tracey alzó las cejas, no comprendía el punto, ni sabía qué diablos tenía que ver aquello con lo de los fantasmas, pero se encandiló con la serenidad que desprendía la chica al hablar de ello.
—En realidad, hasta llegar al colegio, nunca había visto a un fantasma. No son tan comunes como crees. No sé qué son los fantasmas, pero sé que están rotos, son algo roto que no puede arreglarse. Las cosas que no pueden arreglarse me frustran, no entiendo por qué siguen aquí. Y eso me asusta.
Se quedaron en silencio, y Millicent levantó la vista para mirar a la otra por debajo del flequillo, pensando si sería ese el momento en el que se burlaría de ella. Pero Tracey no se burló, lo consideraba cómico, sí: una chica tan grande con un miedo tan absurdo, un temor que, a pesar de ser más pequeña, más infantil y menos experimentada con el mundo mágico, ella no poseía.
—Es lógico —se limitó a decir.
—¿Tú crees? —inquirió, algo insegura.
Tracey asintió, sonriendo. Tal vez no sólo había conseguido a alguien que le arreglara el anillo —y ahorrado el momento de angustia cuando descubriera que lo había perdido—, puede que hubiese encontrado a alguien con quien pasar el rato. Aunque fuera una enorme chica con miedo a los fantasmas.
Siete mil siglos y un lustro después, he aquí el segundo capítulo/viñeta. Por supuesto, el mismo no está para nada a la altura de tanta espera, pero ya os lo advertí en la nota del primero: mi sentido de la constancia me viene defectuoso de fábrica. Lo he mandado a arreglar, pero creo que la garantía está caducada.
El caso es que otro de los "problemas" de la tardanza (al margen de esa mala bruja conocida como responsabilidades) es que los dos/tres primeros años de la saga son, hablando en plata, un soberano coñazo (pocas cosas divertidas pueden hacer con esa edad sin caer en el despropósito, ante todo hay que ser coherentes). Pero por suerte serán pocos, una viñeta más (que ya está algo más que a medias) y cerramos el primer año, son viñetas introductorias antes de entrar en el jugoso País de la Depravación.
Sin más, gracias a los que lo leyeron y a los que lo leerán. Seguro que encontráis el botón de Reviews antes de que yo averigüe cómo contestaros.
Be free. Dixit.
