Disclaimer:Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
And it's peaceful in the deep,
Cathedral where you cannot breathe,
No need to pray, no need to speak
Now I am under.
Never let me go – Florence and The Machine.
Victoria.
No lo entendía. Miraba hacía arriba, a los estandartes que se movían sin aire, de ese rojo que desentonaba tanto por debajo del azul del cielo nocturno y ese dorado que trataba de eclipsar el brillo de las auténticas estrellas. Al frente: los gritos, los aplausos, los aullidos de júbilo y el inmenso regodeo de alegría de las tres Casas restantes. No podía entenderlo.
Una vez, cuando era muy, muy pequeña, tenía una vecina con una muñeca de trapo. Tracey tenía muñecas mucho más bonitas, casi de todas clases y de todas partes del mundo, pero ella quería esa simple muñeca de trapo, a pesar de estar un tanto ajada ya por el traqueteo al que la sometía su dueña. Trató de intercambiarla, darle a esa niña de la que ya ni recordaba el nombre o su rostro una de sus muñecas más valiosas por aquella de trapo; la niña aceptó y, a pesar de que la muñeca que le había dado era mucho más bonita y cara que aquella, estuvo inmensamente feliz jugando con ella. Pero cuando cayó la noche, justo cuando ya se estaba yendo a la cama con su nueva muñeca, la madre de aquella niña se presentó en su casa y exigió que se la devolviera, acusándola de haberla robado.
Tracey no lloró, ni siquiera trató de contar la verdad y decir que no la había robado, que sabía que robar estaba mal y que le había dado a cambio una de sus muñecas, aquella que su abuelo le había traído de su viaje a Suecia. Simplemente se quedó quieta, dejando que aquella mujer le arrebatara la muñeca de trapo de las manos y que toda su familia la regañara y castigara por algo que no había hecho.
No estaba segura de cuándo fue aquello, pero esa noche se sentía exactamente igual: confusa, decepcionada, aislada. Miró al fondo del Gran Comedor, el orgulloso brillo azul sobre las gafas de media luna, la media sonrisa satisfecha entre las miles de arrugas. Se mordió los labios y se apretó la tripa, tratando de paliar la comezón de su estómago. ¿Por qué estaba toda esa gente tan feliz? ¿Por qué no lo habían estado cuando hacía diez minutos el verde y plata brillaba sobre sus cabezas?
—Larguémonos de aquí —escuchó decir a una de las chicas de segundo, antes de levantarse y emprender la marcha junto a otros miembros de su casa.
Tracey miró a Millicent, que aún mantenía la vista sobre los estandartes, le cogió de la mano y tiró de ella para levantarse. Las dos niñas arrastraron los pies de camino a su Sala Común, en completo silencio, escuchando la algarabía de fondo llenar los pasillos.
—La hundí —dijo de pronto, apretando la mano que Millicent aún le sostenía—. Nunca he robado nada en mi vida, pero me castigaron cuando creyeron que lo hice. Esa muñeca me pertenecía, la había intercambiado, era mía, pero me obligaron a devolverla y me castigaron. Así que cuando pude volver al parque y vi a esa niña jugando con esa estúpida muñeca… la hundí en el estanque.
—¿A la niña? —El tono de Millicent rozaba entre el espanto y la morbosa curiosidad.
Tracey la miró de inmediato, casi más sorprendida que ella por semejante pregunta. Millicent alzó las cejas ante su silencio, y Tracey se vio de pronto explotando en una súbita carcajada. No debía verle la gracia, la pregunta de Millicent dejaba implícita la velada insinuación de que ella podría haber hecho algo realmente horrible, algo monstruoso por una mera muñeca. Pero no podía dejar de reírse.
—He de suponer que hundiste a la muñeca, o eso, o voy a tener que pedirle al Director que me cambie de cuarto. No quiero que me acuchilles un día mientras duermo —indicó Millicent, palmeando suavemente la espalda de Tracey cuando empezó a ponerse roja por el ataque de risa.
Sin embargo, más que aplacar la gracia, consiguió que aumentara de intensidad y volumen, viéndose contagiada por la misma aunque intentara morderse los labios. Millicent había tomado la decisión de mostrarse cabreada por lo que acababa de suceder en el Gran Comedor, pero el aleteo histérico de las manos de Tracey intentando conseguir algo de aire mientras se descojonaba resultaba hilarante.
Ninguna de las dos niñas era consciente de por qué aquello les resultaba tan gracioso, de cómo podían reírse tan alegremente cuando una parte de su interior se emponzoñaba ante la desilusión y la injusticia, pero lo hacían: se reían abierta y escandalosamente, trastabillando por los pasillos incapaces de mantener el equilibrio entre las carcajadas. Tampoco sabían que lo que había ocurrido aquella noche iba a dejar una marca, una de aquellas que por mucho tiempo que pasase seguiría escociendo, que aquello que sentían al fondo de sus gargantas —ese sabor empalagosamente ácido que oscurecía sus risas— era el principio de la devastadora y absoluta certeza de que estaban solas. Y cuando atravesaron la entrada oculta a su Sala Común, recibiendo ese olor ocre y almizclado, ese zumbido siseante que armaban el resto de Slytherin ahí congregados, lo sintieron hasta los huesos.
Nadie en el Gran Comedor se había molestado en fingir un mínimo de alegría cuando Slytherin encabezaba la Copa de las Casas. Todos habían aplaudido y celebrado cuando el Director les había robado su premio. Tracey no lo entendía, tal vez fueran celos, como oía aseverar a una de las chicas de cuarto quitándole importancia al hecho con una mano antes de alzar la otra y terminarse el contenido de su copa; quizás la alegría de los otros alumnos no se debía a que Gryffindor ganara, si no precisamente a que su victoria significaba la derrota de las serpientes, como le había dicho Nott a Greengrass en la mesa. Ninguna de esas razones aplacaba la turbación de Tracey, pero cuando alzó la vista y vio la pancarta colgada de lado a lado de la Sala: «Por la victoria de Slytherin» —con un gran tachón en "la victoria de"— dejó de importarle.
Puede que todo aquello no tuviera el más mínimo sentido, que toda esa celebración y risas hubieran estado mejor si no les hubieran robado el premio; y sin embargo ahí estaban: alzando las copas, bromeando en los sofás, picándose a juegos y apuestas absurdas desde las mesas. Un par de chicos irrumpieron en la Sala cargando cajas llenas de botellitas que no le dejaron probar bajo la mirada reprobatoria del Prefecto y un guiño cómplice ante la promesa de que en dos años más lo haría hasta hartarse. Un barullo de carcajadas y palmadas en la espalda...
—Están como cabras —se rió, saltando a un lado cuando una chica de cuarto escupió todo el líquido que llevaba en la boca sobre un compañero cuando la hicieron reír. —¿Por qué no están enfadados tras lo que nos han hecho?
—Lo están, puede que incluso más de lo que lo estamos nosotras —contestó Millicent, sacudiendo la cabeza para rechazar un vaso lleno de una sustancia verdosa que uno de los mayores le ofrecía, y que acabó en las manos de Tracey antes de que se diera cuenta.
—¿Y por qué montan una fiesta, entonces? —Inquirió, haciendo muecas de asco con el primer buche. Sabía a rayos, pero lo apuró hasta el fondo antes de que el Prefecto se diera cuenta.
—Ahí fuera puede que todos seamos unos perdedores, pero aquí abajo, entre nosotros, seguimos siendo los auténticos ganadores. Nadie puede robarnos eso.
Tracey miró a Millicent, a veces le costaba enfocar la imagen de esa niña con los pensamientos que soltaba, pero aquello apaciguó su estómago, haciéndola sonreír. Seguía sin entender por qué les habían hecho eso, pero ya no le importaba, ahora celebraban algo aún mejor: ser quienes eran, aunque a nadie más le importara, porque nadie podía quitárselo.
Y con esta viñeta cerramos el primer año.
Mención ultra-mega(chachi-que-te-peinas) especial a Eme(moncia) dado que fue con ella con quien la elucubré. Al principio pensaba cerrar el curso en la viñeta anterior, cosa que no me convencía pero no sabía de qué otra forma cerrarlo. Tenía mis reparos de meterme con este momento de ultraje para que no se me viera escandalosamente el plumero, pero la puffy-lerda me convenció de que no engañaba a nadie y, qué coño, los Slytherin se merecen la patada en culo a Potter por esa mirada de recochineo que cerraba la escena en el libro.
En la siguiente ya entramos en el Año del Basilisco, que también será cortito pero habrá más interactuación con los otros miembros de la Casa; la toma de contacto oficial con los cachondos Higgs y Pucey. Lo estáis deseando, lo sé, yo también lo hago.
PD. Disculpad las faltas orcográficas de la viñeta anterior, cuando le doy a editar el texto me sale corregido pero en la puñetera publicación tal cual… What the fuck? El caso es que no sé cómo arreglarlo. En cuanto a esta escena, sin exagerar, la he revisado hasta que casi he podido dictarla de memoria, pero seguro que se me han escapado más atentados contra los ojos, bienvenidas los tirones de oreja y los consejos de cómo solucionar lo del editor.
Be free. Dixit.
