Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
Habilidades.
Inspiró hondo y dejó salir el aire en un lánguido suspiro, contemplando el desagradable deslizar de un Grindylow entre las algas al acecho de un pez no menos feo que intentaba no convertirse en su almuerzo. Hizo una mueca cuando el demonio verde lo atrapó entre sus largos dedos y entrecerró los ojos, con una mezcla de repulsión y morbosa fascinación, cuando el bicho lo devoró en cuestión de segundos.
—Que aproveche —susurró, casi inconscientemente, al ver las burbujas de aire salir de las fauces del Grindylow al terminar de comer.
Apoyó la cabeza contra la roca que formaba la ventana y pasó la vista por la Sala Común: Harper y Vaisey, dos de los nuevos, estaban tirados en el suelo inmersos en una batalla de snap explosivo; los sofás, principalmente los que estaban cerca de la chimenea, eran dominio de los mayores, con la mitad del equipo de Quidditch repanchingados en ellos comentando los puntos a reforzar en el próximo entrenamiento. Sonrió con algo de malicia al ver a Malfoy relegado a sentarse en el brazo de un sillón, cuyas sugerencias caían en el vacío de la conversación.
No iba a negarlo, le satisfacía que el rubio no obtuviera la atención que tan pomposamente había alardeado cuando entró en el equipo. Y, a pesar de que ese deporte no le llamaba en absoluto, sentía cierta comezón de orgullo al saber que no bastaba con comprarse un puesto, si quería tener la relevancia de la que presumía entre los mayores tendría que ganárselo en el campo, como todos los demás. Aunque por desgracia para la tirria que le tenía, al parecer el chico no era malo en el juego.
Volvió a suspirar, de nuevo con el escrutinio de la Sala, observando a Nott leyendo en una mesa alejada, con Greengrass a su lado, en completo y absoluto silencio… hasta la llegada de Parkinson y Zabini. Tracey no terminaba de entender cómo podían funcionar como grupo siendo tan distintos, claro que ella y Millicent tampoco es que tuvieran mucho en común. Suponía, tras reflexionarlo durante el verano, que las relaciones en Slytherin tal vez iban un paso más allá que las del resto.
Saltó del alfeizar de la ventana y emprendió el rumbo hacia la salida, sin estar muy segura de a dónde iría a continuación. Los fines de semana en aquel colegio eran los días más aburridos de toda la semana, y teniendo en cuenta que entre la misma se pasaba las horas entre clases y deberes, el nivel de ocio dejaba mucho que desear.
Su abuelo prácticamente se había reído en su cara cuando le reclamó el engaño sufrido, todo lo que no le gustaba de aquel colegio y las pocas ganas que tenía de volver a él ese año. Su risa se apagó lentamente cuando le contó, además, lo ocurrido durante el Banquete de Despedida. Un par de días después del berrinche su abuelo la despertó y la arrastró hacia el establo, donde la obsequió con un Aethonan, comprado y adiestrado por la mismísima Laurentia Fletwock.
No había más motivos para ese regalo que la compensación por su enfurruñamiento, Tracey era totalmente consciente de que con ese caballo trataba de comprar su entusiasmo nuevamente, y lo consiguió. Al fin y al cabo ella llevaba queriendo un caballo desde que tenía memoria, y éste encima era uno capaz de volar, ¿qué niña de casi doce años no habría saltado feliz y jurado que su abuelo era el mejor del mundo mundial después de aquello?
—Millicent —se autocontestó al pensamiento, con un asomo de sonrisa en las comisuras mientras vagabundeaba por los pasillos.
La hija única de los Bulstrode se había negado en redondo a montarse con ella en el caballo, había admitido que era un ejemplar maravilloso, pero ni loca se subiría a él para echar a volar. Ese verano había descubierto otra de las fobias de su compañera: separar los pies del suelo. A una parte de ella le parecía divertido, la otra aún no entendía cómo había acabado teniendo por amiga a una bruja a la que le daban miedo los fantasmas y volar.
Necesitaba con urgencia un nuevo pasatiempo, Millicent le gustaba, la chica tenía una capacidad de razón y lógica que las mantenía hasta las tantas hablando; Tracey no lo admitiría, pero era consciente de que su compañera le hacía pensar más de lo que lo había hecho en toda su vida. Y aunque también disfrutaba de los ratos en silencio, e incluso cuando discutían por tonterías, había un hueco en ella que necesitaba ser llenado. Tracey necesitaba algo más, pero no tenía ni remota idea de qué era.
Siguió a un grupo de Hufflepuff hasta la biblioteca, por el mero hecho de resultarle curiosa la forma en que éstos se movían por el colegio: siempre en grupo, todos a una, estudiaban en grupo, se movían en grupo, se sentaban todos juntos en clase… No todos, claro, pero la mayoría de los que tenían un tejón bordado en la túnica le recordaban a una manada de ratoncillos temerosos de quedarse solos en algún momento. Y a pesar de aquello pasaban ligeramente desapercibidos por la falta de ruido que hacían, no como los Gryffindors.
Los leones tenían una idiosincrasia particular y, en opinión de Tracey, sobradamente escandalosa. Se movían en grupos de dos a tres repartidos por los pasillos, hablando a gritos los unos a los otros, llamándose con aspavientos de los brazos, siendo capaces de llenar el ancho de un pasillo como si les perteneciera... o estampando coches voladores contra árboles. Tracey aún les guardaba un ligero rencor por lo del año pasado, y el hecho de que pareciera imposible para un Gryffindor el tratar de no llamar la atención no ayudaba a ignorarlos.
Sus favoritos eran los Ravenclaw, obviando a su casa, por supuesto. Pero es que ese colectivo de niños no podía ser más estrambótico. No eran tan afines a moverse en grupo, pero se notaba la presencia de uno sólo de ellos aunque no abriera la boca, todos tenían un algo diferente, ya fuera la vestimenta, la forma de moverse, la de hablar… e incluso la de mirar. Siempre había algo, por muy iguales al resto que parecieran, que los destacaba.
Se plantó en medio de la biblioteca, oteando a su alrededor sin ser consciente de qué estaba buscando. Su abuelo había conseguido sonsacarle al menos una cosa que le gustaba del colegio: la biblioteca. La inmensa y hechizante biblioteca, con ese singular olor a polvo, a cuero viejo, a celulosa gastada, a tinta; ese sonido del raspar de pergaminos y pasar de hojas, de cuchicheos. La infinidad de colores y la sensación de perpetua imperturbabilidad. Todo aquello le había atrapado como la luz a una polilla, incapaz de negarse a su encanto, de ocultar que la había hechizado como ningún otro lugar en el mundo.
Conforme paseaba por las estanterías recordó la promesa de su abuelo: la grandeza de Hogwarts no está en el colegio, si no en lo que vives con él. Tracey se había mostrado escéptica, pero no pudo reclamarle nada más cuando el hombre zanjó el tema con un «si esperas que las cosas vengan a ti, no obtendrás nada, tienes que hacerlas llegar». El problema era que Tracey no sabía qué era lo quería, hasta que lo vio al hacerse a un lado para dejar pasar a una pareja de Gryffindors:
Uno de los miembros de su casa, Higgs creía recordar, de cuarto curso, sentado en una de las largas mesas transversales del fondo. Lo más reciente que recordaba de él eran los gritos que le dirigió a Flint en plena Sala Común cuando se enteró de que iban a sustituirle por Malfoy hacía un par de días. Hasta ese momento jamás había visto al chico sin su sonrisa perezosa y esa expresión de que todo era un juego, desde entonces el cabreo había bajado de intensidad, pero seguía palpablemente molesto.
Se dirigió hasta la mesa a saltitos, contenta por saber por fin qué quería: a Higgs, un pase directo al mundo de los mayores, a esa visión que la hizo quedarse en el colegio la noche en que planeaba fugarse, a una diversión que sabía que era poco adecuada para su edad y difícil de conseguir, pero que ahora que lo había descubierto la deseaba con todas sus ganas. Respiró hondo y dejó los saltitos cuando estuvo a un par de pasos, tratando de tragarse esa abrasiva impaciencia que burbujeaba en su estómago.
Los ojos verdes del chico se elevaron del pergamino hasta la altura de su corbata cuando notó su presencia, desfrunciendo el ceño y volviendo a su tarea sin haberla mirado directamente a la cara. No dijo nada mientras Tracey se sentaba frente él. Los Slytherin tampoco eran afines a ir en grandes grupos, mucho menos a formar escándalos por los pasillos, pero al contrario que los Ravenclaw, sí que era común ver a miembros menores cerca de los mayores. De hecho, había un par de Slytherin de séptimo a dos mesas de distancia.
Su Casa parecía tener una idiosincrasia aún más particular que la del resto: Higgs estaba cabreado con Flint, pero seguía caminando con él y el resto de su ex equipo como si nada por el colegio; eran en su mayoría individualistas, pero allá donde había un Slytherin sólo tenía que mirar a su alrededor para ver a otros. Todos iban a su aire y pocas veces veía interacción directa entre miembros de diferentes grupos dentro de la Sala Común, pero rara vez se quedaban solos estando fuera. Ella misma lo había hecho inconscientemente: en el momento en que otro grupo de Slytherin se marchaba de la biblioteca, Tracey y Millicent habían recogido sus cosas también.
Se suponía que hasta tercero no podía asistir a las fiestas, pero no le habían faltado guiños cómplices y ofrecimiento de bebidas a escondidas. Dudaba que a toda su Casa les gustara el Quidditch, pero el sentimiento de derrota o de victoria se hacía permeable por todos sus miembros durante días. A ella misma le habían tomado el pelo y gastado bromas, pero recordaba con claridad reconfortante cómo Gray y Montague habían apaciguado la ira de Flint cuando Harper lo tiñó de verde sin querer; y cómo éste había amedrentado a un Ravenclaw mayor cuando el mismo crío había repetido la jugada y casi le parten la cara por ello.
Era infinitamente curiosa la forma en que los miembros de su Casa sacaban pecho y reclamaban airados cuando les caía alguna bronca por parte de los demás, pero se dejaban dar collejas y órdenes por los suyos. O cómo espantaban a los que perturbaban su tranquilidad, pero sólo debían ver el color de su corbata para dejarles sentarse a su lado en la biblioteca. Aún y cuando no hubiesen compartido palabra nunca. Como ella con Higgs.
Antes de darse cuenta, había rellenado medio pergamino —que le había cogido a Higgs sin permiso, igual que una de sus plumas— por el simple hecho de hacer algo con las manos para aplacar su impaciencia. Frunció el ceño al ver que se le resistía la caligrafía del chico en algunas de las letras, y ni corta ni perezosa alargó la mano para coger uno de sus pergaminos acabados y tenerlo más cerca para copiarlo.
Higgs dejó su pluma aún lado, con el desconcierto pintado en la cara, y apoyó la frente en tres de sus dedos para ver qué narices hacía.
—¿Cómo diablos haces esa erre tan rara? —se quejó Tracey al ver que esa era la letra culpable de que lo que copiaba no le saliera exacto a lo que Higgs había escrito.
El chico arqueó la ceja y atrajo el pergamino de Tracey para mirarlo con más detenimiento, alzándolas con sorpresa al reconocer su letra casi por completo. Aplanó el papel sobre la mesa y, volviendo a coger su pluma, escribió un par de erres más, una mayúscula y otra minúscula.
—¡Claro! —Exclamó Tracey, contenta por ver el fallo—. Es que tú coges la pluma de forma muy rara. Normal que la letra te salga toda doblada y tus erres sean tan… amorfas.
Tracey recogió el pergamino y emuló la forma que tenía Higgs de coger la pluma, repitió algunas frases y sonrió satisfecha cuando por fin le salió en condiciones.
—¿Y tú cómo puedes calcarme la letra? —cuestionó el chico, con un asomo de su sonrisa perezosa y un brillo que Tracey no supo definir en los ojos, pero que le indicó que estaba cerca de tener lo que quería.
—Me he pasado muchas horas en la oficina de mi padre, ahí no hay mucho para entretenerme así que cogí la costumbre de empezar a copiar los papeles que veía sueltos— explicó, irguiéndose en el asiento como había visto hacer a su padre cuando quería que otros le vendieran algo que él fingía que no le interesaba.
—¿Y puedes calcar cualquier letra? —inquirió otra vez, haciendo que Tracey pusiera nombre por fin a ese brillo: interés lucrativo. Se lo había visto a su padre tantas veces…
—En realidad, puedo conseguir cualquier cosa que quiera —aseveró, dejando salir esa parte pagada de sí misma a la superficie. Higgs arqueó las cejas con escepticismo, y Tracey tuvo que pisarse un pie para mantener la expresión y no sonreír—. Por ejemplo, puedo conseguir que vuelvas a reírte, desde que Malfoy hizo que te echaran no has vuelto a hacerlo.
Higgs se reclinó en el asiento, cruzando los brazos sobre el pecho y la miró directamente. Tracey se mordió el labio, no la había echado, la estaba retando a intentarlo, ¡ya casi lo tenía! El entusiasmo se le vino abajo al pensar en la inmensa estupidez que había dicho, ¿y ahora cómo conseguía que éste se riera? ¡Si no era ni remotamente graciosa!
—A mí también me cae mal Malfoy, por cierto —dijo, tratando de ganar tiempo—. ¿Cómo te llamabas?
—Terence Higgs —contestó, seco, arqueando de nuevo la ceja y empezando a impacientarse.
Inspiró hondo y miró a su alrededor, acongojada, la había cagado. De pronto se le ocurrió, era una idiotez, una tremenda y absoluta memez. La haría quedar como una imbécil, pero era tan ridículo que tal vez… Se irguió, carraspeó y sacó la lengua, al principio en forma de U y al final consiguió tocarse la punta de la nariz con ella. Por mucho que lo intentara, no fue capaz de evitar el bizqueo pertinente.
Terence alzó la mano lentamente hasta cubrirse los ojos con ella, Tracey se mordió los labios y estuvo apunto de salir corriendo por el ataque de vergüenza, pero recordó lo que le había dicho su abuelo y se mantuvo clavada en el sitio; si no lo conseguía, lo volvería a intentar, pero tenía que ganarse a Terence como fuera. Para su suerte, entrevió el movimiento en el pecho del chico y vio cómo negaba con la cabeza, mordiéndose el labio inferior que tenía estirado en una sonrisa.
—¡Te estás riendo! —señaló, aliviada, con cierto matiz de acusación infantil.
El chico la miró entre los dedos y acabó por reírse de verdad, agachando la cabeza hasta recostarse en la mesa. Tracey se rió también, aunque lo suyo era más una risa nerviosa producto de todo lo que había sentido en menos de veinte minutos. Se relajó por completo y suspiró contenta, había quedado como una imbécil, pero lo tenía, eso era lo importante.
Después de unos minutos, Higgs apoyó la cabeza en sus brazos y la miró, de nuevo con esa sonrisa perezosa bailando en las comisuras y esa expresión relajada de que nada podía perturbarle.
—Y dime, chica capaz de tocarse la nariz con la lengua, ¿has pensado alguna vez lo mucho que podrías ganar con tu habilidad? —inquirió, para luego cerrar los ojos y reprimir una sonrisa, carraspeando—. La de la lengua no, esa ya la usarás cuando seas mayor, la de copiar la caligrafía de la gente.
Tracey se quedó en silencio, no entendía lo de la lengua, y tampoco había pensado nunca en qué beneficios podría traerle el ser capaz de imitar la letra de otras personas, así que negó con la cabeza y contempló cómo la sonrisa de Terence se aumentaba hasta rallar lo obsceno.
—Vamos a comer algo —imperó el chico, levantándose y recogiendo sus cosas.
—Pero aún falta una hora para que abran el Gran Comedor.
—Tengo mucho que enseñarte, pequeña serpiente, empezando con cómo entrar a las cocinas —contestó, palmeando su cabeza mientras la guiaba por los pasillos.
Esta vez no me enrollo mucho: esta escena llevaba eones en mi cabeza, cierto es que he modificado algunas cosas pero la esencia en sí es la misma. Puede parecer un comienzo simple, burdo incluso, pero como Tracey ha descubierto: las relaciones entre Slytherins siempre van un paso más allá.
Espero que lo poco que se ha visto de Terence os haya gustado aunque sea un poquito, más que nada porque sino acabaréis hartos de él de todo lo que saldrá más adelante.
