Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.


6. Mascotas y Monstruos.

Gruñó por lo bajo y cerró con fuerza el libro que sostenía sobre las piernas, reprimiendo una maldición cuando todo el peso del enorme ejemplar le aplastó una de las rodillas. Motivada por el daño que acababa de recibir, más la suma del cansancio y la frustración, pateó el libro hasta tirarlo de su cama.

No podía creer que hubiera malgastado esa insana cantidad de horas en leer Historia de Hogwarts para que lo único que consiguiera fueran unos espantosos medios círculos azulados bajo los ojos. Se los frotó con irritación y se estiró sobre la cama, provocando un par de chasquidos por el agarrotamiento de su cuerpo. Si alguien se atrevía a recordarle que el conocimiento estaba en los libros le hechizaría para que su lengua se hinchara de tal forma que acabase ahogándose con ella.

Llevaba semanas malgastando el tiempo: ni Historia de Hogwarts, ni Historia de la magia, ni siquiera Historia del mal —que había tenido que traer a escondidas de la biblioteca de su abuelo— le habían servido para nada. Ni uno sólo hablaba de Salazar Slytherin más allá de los detalles que todo el mundo conocía: fue uno de los fundadores y tenía una política de segregación sanguínea que le llevaba a pelearse con Gryffindor y acabar marchándose del colegio que ayudó a construir. Era como si no existiera antes de Hogwarts y se esfumara del mapa después de abandonarlo. ¿Así cómo pretendían que ella pudiera dormir tranquila?

Porque no, saber que el encantador Fundador de su Casa construyó una Cámara Secreta y encerró a su mística mascota para que siglos después —justo cuando ella tenía que cohabitar en el castillo— pululara por Hogwarts, añadiendo a sus compañeros de colegio como elementos decorativos de la enfermería, no estaba haciendo mucho por mantener sus ciclos de sueño. Si a eso le añadía que muchos de los alumnos eran unos cachondos mentales que alimentaban su imaginación con sus ínfulas de morbosos inventa-cuentos, la sesión de pesadillas estaba garantizada.

Tracey no recordaba haber tenido nunca una pesadilla. Hasta ese momento se podía decir libremente que su vida había transcurrido con una apacibilidad pasmosa, sin los miedos comunes como a la oscuridad o a los monstruos dentro del armario. Como mucho sentía cierto repelús por los payasos y no le gustaban nada los insectos, pero ninguna de esas cosas le impidió jamás conciliar el sueño tranquilamente; al menos cuando mandaba a su padre o abuelo matar al bicho de turno que se colase en su habitación. Sonrió con una mezcla de desdén e irritación al pensar en lo irónico que le resultaba empezar a tener pesadillas cuando vivía en un castillo mágico, en un mundo que para el resto de niños no eran más que fantasías… y a ella le tocaba descubrir que la fantasía no estaba muy lejos del terror cuando se volvía una realidad.

Una realidad en la que ningún adulto les dejaba las cosas claras y un milenario bicho había hecho de los pasillos su coto de caza. Sí, vale, los profesores habían impuesto toques de queda y a los alumnos no les estaba permitido deambular solos por el castillo; incluso habían montado un ridículo intento de "club de duelos" que no sirvió para nada más que para demostrar la incompetencia de su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, dejando que los alumnos montaran su propio pressing catch en una versión no tan mágica. ¿Qué diablos tenían en la cabeza?

—¡Moon! Saca a tu estúpida bola de pelo de mi cama antes de que la saque yo de la habitación a patadas —comandó Millicent, sobresaltándola.

Tracey observó a la robusta morena poner una mueca asqueada al contemplar al gato rebozarse sobre su ropa, a ella no parecía afectarle demasiado todo ese drama sobre el monstruo de Salazar —se negaba a llamarle el "monstruo de Slytherin" porque eso implicaba que les pertenecía a ellos también, y teniendo en cuenta que no sabía si ese bicho quería comérsela no estaba muy dispuesta a acogerle bajo su tutela—. Claro que después de haberla visto vapulear a Granger como a una muñeca de trapo podía incluso sentir cierta compasión por el monstruo si éste le faltara al respeto.

La cara de la castaña fue todo un poema mientras Bulstrode la estrangulaba, en absoluto esperaba que su contrincante hiciera algo así. Pobre Granger, aún tenía mucho que aprender: lo importante del conocimiento no era sólo obtenerlo, sino saber usarlo. Y Millicent era perfectamente consciente de la diferencia de niveles que había entre ambas, sólo necesitaba una provocación para decidir que quería ganar… y hacerlo, sin más, usando el medio que le proporcionaba mayor ventaja.

Berenice salió rauda del baño a rescatar a su felino en cuanto oyó la amenaza, con una toalla a modo de turbante y restos de espuma aún por los brazos. Millicent sacudió con efusividad su ropa rezongando cosas entre dientes mientras la dueña del gato se metía de vuelta al baño consolando a su desagraviado minino.

—No entiendo por qué ese saco de garrapatas tiene tanta fijación por mi cama…

—No sé, ¿porque tienes una jaula llena de ratas en el cabecero que quiere comerse, tal vez? —sugirió Tracey, levantándose de la cama y volviendo a estirarse. Estaba muerta de cansancio.

Su sugerencia logró que Bulstrode abriera mucho los ojos, espantada, y pasara revista a las que ella consideraba unas adorables e inteligentes criaturas que tenía por mascotas. Una vez comprobado que no le faltaba ninguna fulminó la puerta del baño y repitió la táctica de amenazar:

—Si ese bicho tuyo vuelve a acercarse a mis pequeñas deseará haber sido la Señora Norris, ¿me has oído, Moon?

—Lady no se acercaría nunca a tus asquerosas ratas —se defendió la otra tras la puerta.

Tracey rodó los ojos y huyó de la habitación antes de que su amiga se tomara a pecho el insulto y soltara su recalcitrante discurso pro-ratas. Si tenía que oírlo una vez más se las llevaría a Mandy para que se diera un buen banquete. No entendía el pique que tenían esas dos por ver cuál era mejor mascota, sobre todo cuando la de su Fundador se llevaba el premio de barrida ese año.

Subió hasta la habitación de los chicos de cuarto en busca de Terence para que la entretuviera, nada de lo que estaba sucediendo ese año era lo que tenía previsto para combatir la aburrida monotonía que había intentado romper para sí misma cuando se coló en la fiesta de Halloween. Pero el cuarto estaba vacío. Volvió a bajar las escaleras arrastrando los pies, toda esa situación estaba empezando a ponerle los nervios de punta: los ataques, los rumores, los toques de queda, las miradas esquivas, los susurros histéricos, los amuletos contra cosas de las que ni había oído hablar y probablemente ni existían… y el tema del estatus de sangre.

Hizo un mohín con la boca mientras jugueteaba con la varita entre sus dedos —no sabía contra qué se enfrentaban y, por ende, no sabía cómo combatirlo, pero había cogido la costumbre de llevarla siempre encima: el tacto suave y firme de la madera lograba relajarla—. Su abuelo le había explicado esas navidades el conflicto que parecía dividir la sociedad mágica desde tiempos inmemoriales, el mismo dilema que parecía motivar al bicho de Salazar a la hora de elegir a sus presas. Y si no fuera por la incertidumbre de no saber si debía contarse o no entre ellas, a Tracey le habría dado exactamente igual todo ese puñetero tema.

Al principio no lo había entendido y, francamente, le resultaba muy gracioso que los magos se diferenciaran de los demás como si fueran caballos. No por nada usar términos que suelen referirse más al pedigrí de los animales que a esa supuesta superioridad mágica le parecía un tanto… paradójico. Pero después de hablarlo con Millicent y Terence, sobre todo para confirmar que su abuelo no le tomaba el pelo, empezó a entenderlo. Y ser más consciente de cómo afectaba el asunto a su alrededor. Por supuesto aún le quedaba mucho camino para atisbar todos los trasluces, pero no tenía ninguna prisa por recorrerlo, es más, lo consideraba una pérdida de tiempo.

Para Tracey toda esa división le resultaba absurda. Le importaba muy poco la casta de la que procediera una persona siempre y cuando le fuera útil en la necesidad del momento. Todo lo demás era aumentar innecesariamente el número de etiquetas cuando sólo se necesitaban dos: útiles o inútiles, así de sencillo. No entendía por qué los adultos tenían que complicar tanto las cosas. Ni por qué no cerraban el colegio y se ponían a darle caza al monstruo de las narices. Por no contar con cómo era posible que ese bicho hubiera estado ahí dentro mil años sin que nadie se hubiera tomado la leyenda en serio.

Eso último era precisamente lo que más la desquiciaba, esa absurda manía de vendarse los ojos a la realidad hasta que ésta les mordía el culo. Y después de haber perdido tanto tiempo tratando de investigar a Salazar Slytherin, sin resultados, la irritación la carcomía por dentro. Podía entender que su política fuera controversial, pero esa no era excusa para borrarlo de la historia, para fingir que no fue nadie: ¡Fue un jodido Fundador! ¡Hasta Merlín acabó en su Casa! ¿De verdad que nadie se molestó en tomárselo un poquito en serio? Le crispaba los nervios.

Fue entonces, mientras arrastraba los pies por la Sala Común y fulminaba con la mirada a las criaturas marinas que se veían desde los ventanales, que se quedó completamente quieta, abotargada por el impacto mental que acababa de iluminar sus pensamientos: Había alguien que sí se lo había tomado en serio, alguien que se había adelantado a los demás y, por encima de todo, había obtenido la clave de liberar al monstruo. Alguien lo suficientemente listo para borrar sus huellas, para burlar a Dumbledore en sus mismas narices.

¿Cómo no se había dado cuenta antes? No necesitaba averiguar cosas de su Fundador para tratar de entender qué era ese bicho ni saber si los mestizos estaban o no en su menú. Lo que tenía que descubrir era quién podía ser ese alguien. Era tan absurdamente sencillo que estuvo apunto de golpearse la frente por no haberlo visto: el monstruo no era el problema, si no quien lo manejaba. Y ella sabía exactamente cómo averiguar quién era.

Porque, por supuesto, no se había tomado en serio que Potter pudiera ser el "hostigador de sangre-sucias". Nadie de su Casa lo había hecho. No es que no fuera extraño que precisamente el-niño-que-vivió-para-ser-el-centro-de-atención hablara la lengua de las serpientes, y que no fuera sospechoso que justamente ese Hufflepuff con un trabalenguas como apellido acabara de estatua humana junto al acosador de Potter tras reconocer su ascendencia no mágica. Pero, como todos parecían coincidir, la situación desprendía un tufillo de que faltaban piezas.

Por mucho que no aguantara a Potter, era precisamente ese aire de Santo Mártir que tanto le irritaba lo que indicaba que no podía estar detrás de aquello. No tenía nada que ver con el hecho de ser un Gryffindor o que pareciera el nieto predilecto de Dumbledore; y aunque le daba la impresión de que fuera imposible para él tener la inteligencia o los arrestos suficientes para soltar al monstruo, eso tampoco era lo que le excusaba. Para Tracey, Potter quedaba descartado por el hecho de considerarlo incapaz de fingir tan bien su inocencia. Así de simple: Potter no era tan buen mentiroso. ¡Si tenía a Granger y Weasley como mejores amigos, por favor! No, el héroe del mundo mágico sólo desempeñaba el papel que mejor le cuadraba: una perfecta cabeza de turco.

No tenía ni remota idea del por qué, o aún más importante: para qué. Pero el escalofrío que le recorrió en ese instante le dejó claro que, cualquiera que fuera el plan, era escabrosamente brillante. O astutamente enfermizo. Sobre todo teniendo en cuenta que estaba consiguiendo afectar la reputación, no sólo del propio Dumbledore, si no del colegio en sí: el padre de Malfoy no era el único metiendo presión a la Junta Escolar, Perks, una de sus compañeras de curso de Ravenclaw, también le había confirmado que muchos otros padres se estaban sumando al carro de poner en tela de juicio la incapacidad de sus dirigentes.

Si la cosa seguía transcurriendo igual estaba claro que la primera cabeza en salir rodando del colegio sería la del Director, pero aquello abría la veda para seguir tirando del hilo y conseguir que un par de mandatarios más acabasen fuera de sus puestos. Su padre le había explicado alguna vez lo fácil que era tomar el control de una empresa si, con la estrategia adecuada, has conseguido que los propios afectados se libren de sus líderes y así poder introducir a tu propio personal dentro… ¿pero para qué iba nadie a querer tomar el control del colegio de esa forma?

Se frotó las sienes con los dedos, aquello le estaba produciendo un horrible dolor de cabeza y, además, ni ella misma entendía sus propios pensamientos. Sólo quería que se deshicieran del dichoso bicho de una vez por todas, le daba igual si para ello tenían que reformar la plantilla completa del profesorado o hasta del Ministerio, quería tener un puñetero año normal en el que los únicos planes brillantes en los que tuviera que pensar fueran cómo colarse de nuevo en la siguiente fiesta.

Giró sobre sus talones dispuesta a salir de la Sala Común y buscar a Higgs por todo el maldito colegio si hiciera falta, necesitaba a un alumno mayor para que sacara el libro que le haría descubrir al merluzo que había soltado al monstruo de marras. Tan metida estaba en sus elucubraciones sobre qué haría una vez le pillara, que apenas miró al salir de la pared secreta y tuvo que aferrarse a lo primero que pilló cuando se chocó de bruces con alguien.

Se quedó quieta unos instantes mirando la hebilla plateada que tenía entre los dedos, soltándola inmediatamente como si se hubiera vuelto incandescente cuando se dio cuenta de dónde se estaba agarrando. El estómago se le encogió por un retortijón incómodo al alzar la vista y encontrarse con unos burlones ojos azules enarcados por unas cejas alzadas en una mueca socarrona.

—Lo siento, Cachorrita, pero por muy audaz que sea tu técnica aún tengo cierta ética: no se tocan a las que no hayan entrado en celo al menos una vez—. Como si no tuviera bastante con el bicho de Salazar tenía que toparse con el auténtico monstruo de Slytherin en persona—. Tú todavía no lo has hecho, ¿verdad?

El retortijón que había empezado en su estómago le contrajo el cuerpo entero, con una mezcla de repulsa e inmovilidad muy desagradable. No sabía qué le hacía sentir peor, si la manera en que sus ojos podían hipnotizar a la gente o la perturbadora sonrisa que emitía cuando jugaba con ellos. Pero sobre todo, lo que menos le gustaba de Pucey era que la hacía sentir… volátil, imprudente, asqueada y fascinada al mismo tiempo.

—No es asunto tuyo —afirmó, con ese lacerante impulso de ponerse a la defensiva que la hacía sentir estúpida. Odiaba esa necesidad porque le confirmaba el hecho de que se encontraba expuesta, vulnerable, y aquello le ponía los pelos de punta—. ¿Dónde está Terence?

—Tu amo va a tardar en llegar, tenía cosas que hacer. ¿Por qué, necesitas que jueguen contigo? ¿Que te arrasquen tras las orejitas, tal vez?

Ahí estaba. Esa asquerosa sonrisa que provocaba que se sintiera infinitamente pequeña y le daba unas inmensas ganas de huir que le tensaban el cuerpo. Se esforzó por respirar hondo, concentrándose en lo verdaderamente importante: necesitaba el dichoso libro y a falta de Terence bien podría usar a su mejor amigo, después de todo, lo único imprescindible era que pudiera manejar a Pince y no hiciera demasiadas preguntas. También se recordó que las alusiones a ser la mascota de Terence no debían molestarla, no cuando se pasó toda la santa noche de Halloween llamándola así, hasta el punto de que los demás acabaron por referirse a ella de esa forma. Por muy humillante que fuera tenía su ventaja, al menos ahora la reconocían entre los cientos de alumnos; si se mostraba molesta la etiqueta se fundiría con su persona, si lo dejaba estar e incluso simulaba estar a gusto con el apelativo sería mucho más fácil de cambiar con el tiempo, cuando fuera algo más que la mascota.

—Más bien necesito que me acompañes a la biblioteca y saques un libro por mí de la Sección Prohibida —trató de modular la voz para que sonara mínimamente afable, en vano.

Pucey arqueó la ceja para finalmente pasar por su lado con un encogimiento de hombros y un lánguido «paso, que te saque otro a pasear». Tracey no se dio tiempo a pensar y, cuando lo hizo, se encontró agarrando al chico por la muñeca con ambas manos y los talones firmemente clavados en el suelo.

—Por favor —se obligó a musitar, utilizando la misma expresión que usó contra el Prefecto cuando la pilló en la fiesta, solo que esta vez no pensaba sacar a relucir sus lágrimas como arma de extorsión definitiva. Dudaba mucho que fueran a servir de algo con Pucey, de todas formas—. Necesito ese libro, no es que apele a la conciencia que sé que no tienes pero no puedo vagabundear sola por los pasillos con todo el rollo del bicho de Salazar y tú puedes engatusar a Pince para que no haga preguntas. Será rápido y… —inspiró hondo, sabiendo que lo siguiente sería lo único que funcionaría con él—: te deberé un favor.

Le soltó la mano cuando le vio ladear la cabeza, pasándose lentamente la lengua por la comisura izquierda, considerándolo. Tracey reprimió el escalofrío que le surcó la espina dorsal y volvió a punzar su estómago cuando sonrió.

—Me deberás dos: uno por el libro y otro por escoltarte. Sería una lástima que Terence perdiera a su juguete tan pronto —arguyó, dándole un golpecito en la frente antes de pasar por su lado de vuelta al pasillo.

Tracey se tragó el gruñido que quemaba en su garganta y estranguló el aire antes de darse media vuelta y seguirle a base de zancadas para tratar de igualar su paso.

—Sólo te debo uno, el otro que te lo pague Terence si tanta lástima te da —claudicó, con retintín, negándose a resoplar por el paso rápido que se veía obligada a tomar por culpa de las largas piernas del otro, y a no mirarle, sobre todo cuando le oyó reírse.

Se mordió los labios, retorciéndose las manos tras su espalda, con la cabeza totalmente dividida entre la satisfacción de estar a punto de conseguir el dichoso libro y acabar con toda la situación del monstruo de una vez por todas; y la absoluta imposibilidad de ignorar el hecho de que iba con Pucey. De todos los amigos de Terence que podía haberse encontrado y usado, tenía que toparse y pedírselo al mayor degenerado de la historia de ese colegio. ¿Cómo, por todas las criaturas muggles y mágicas, ese chico conseguía desequilibrarla tanto?

Porque estaba enfermo, se contestó, bufando irritada cuando se tuvo que parar en las escaleras y mirar atrás para verle coquetear descaradamente con una chica que bajaba las que tenían enfrente… junto a su novio. Definitivamente no había ni una pizca de recato en toda su persona. Por un segundo se vio deseando que ese robusto Ravenclaw le viera, saltara las escaleras hasta donde estaba y le partiera la cara, pero luego se dio cuenta de que con su suerte le tocaría a ella llevarle a la enfermería, lo que retrasaría su encuentro con el libro y prolongaría más de lo que estaba dispuesta a soportar la compañía del chico. Puñetero Pucey, parecía que hasta los hados estaban encaprichados con él.

—¿Nos movemos ya o piensas quedarte a esperar para ver si puedes mirar bajo las faldas de más chicas? —azuzó, exasperada, pateando el suelo impaciente con la punta de su zapato.

—¿El cachorrito tiene malas pulgas o es una invitación para que mire debajo de la tuya? He de admitir que siento cierta curiosidad por saber si aún las llevas de florecillas o ya te crees lo bastante mayor para unas más delicadas.

Tracey retrocedió un paso, tensándose, cuando empezó a subir los escalones hasta ella pasando las yemas de los dedos por ambas balaustradas al tiempo que ensanchaba esa sonrisa suya plagada de depravado encanto. La chica irguió la cabeza, ignorando el sofocante rubor que golpeaba su rostro, y pisoteó cada escalón que les quedaba hasta el cuarto piso imaginando que eran la cabeza de su acompañante. Sin olvidarse de bajar las manos hasta asegurar la parte de atrás de su falda mientras ascendían, simulando que no escuchó la carcajada de Pucey a su espalda.

No le esperó para entrar en la biblioteca, localizó a un grupito de Hufflepuff de su curso apostados en una mesa alejada de la rapaz mirada de Pince y se dirigió hasta ellos para pedir una pluma y algo de pergamino, que con todo el barullo mental se había olvidado de lo más importante: para sacar ese libro necesitaban el permiso firmado de algún profesor. Sonrió a la pánfila de Abbott cuando le prestó las cosas y, sólo por fastidiar, corrigió por encima del hombro a Macmillan las propiedades de la luparia para la poción sobre la que iba su ensayo.

Le hizo un gesto a Pucey con la cabeza para que la siguiera a otra mesa más resguardada, de mejor humor tras oír a Bones riéndose de los refunfuños de Macmillan y a Abbott soltar un «¿Ves como no todos los Slytherin son tan malos? Davis es una chica muy maja», los Hufflepuff siempre le levantaban el ánimo. Aplanó el pergamino sobre la mesa y cerró los ojos, haciendo florituras con la pluma en el aire ensayando la caligrafía del profesor Binns, pensando que dada la asignatura que impartía sería más fácil colarle la necesidad del libro a la bibliotecaria.

Justo cuando se erguía para contemplar el permiso se topó con que tenía a Pucey pegado a su espalda, fue el único instante en que dio infinitas gracias por su corta estatura y apenas llegarle a los hombros, si sentir su respiración en la coronilla fue perturbador no quería ni pensar en cómo habría sido de tenerlo más cerca de su rostro. No sabía por qué le costaba tanto respirar cuando lo tenía tan cerca, lo acabó achacando a que esa insana costumbre de invadir el espacio ajeno que tenía el chico le ponía enferma, sin más.

—Empiezo a entender porqué te quiere Terence de mascota, eres una cachorrita que sabe hacer trucos interesantes.

Puede que en la retorcida mente del chico eso hubiera sido algo así como un halago, solo que Tracey lo sintió más bien como una punzada a su orgullo, rematándola con unas palmaditas en la cabeza.

—¿De dónde te crees que salen los comprobantes para quedaros con el campo de Quidditch justo cuando los otros equipos lo han reservado para entrenar? La letra de Snape fue la primera que aprendí a falsificar y tu equipo mis primeros clientes —le informó, con ácida soberbia, dándose media vuelta para extenderle el permiso—. Más vale que tus dotes de convicción estén a la altura de tu reputación, te espero en las mesas del fondo.

Tracey se encaminó hacia las entrañas de la biblioteca, con el nerviosismo burbujeando en su estómago. Se humedeció los labios varias veces, mordiéndose el inferior, repitiéndose que esa cosa extraña que le invadía el cuerpo no era más que la emoción por estar tan cerca de descubrir al pirado que había soltado al monstruo de Salazar. Se pasó las manos por la cara y se revolvió el pelo, inspirando y expirando hondo cuando se asomó al borde del pasillo y vio a Pince guiando a Pucey hasta la Sección Prohibida. Sonrió con entusiasmo cuando la bibliotecaria traspasó de nuevo el cordón que separa esa zona del resto para entregarle un enorme mamotreto, que el chico recibió con algo de esfuerzo por el peso, antes de repetirle las consabidas amenazas que dirigía a todos los que consideraba un peligro potencial para sus libros… que venían siendo la mayor parte de todo el personal que pisara el colegio.

Una vez segura de que Pince había vuelto a su atril, hizo señas al chico para apurase el paso y encendió las velas que había por su zona, bajándolas un poco para que la luz no sobrepasara las estanterías. Dio un par de palmitas flojas debido a la excitación cuando Pucey dejó caer el grueso y añejo libro sobre la mesa.

—Gracias, ya puedes irte —le despidió, soplando la portada para eliminar el exceso de polvo, abriendo y cerrando los dedos para librarse del nerviosismo antes de tocarlo.

—¿Perdona? —le espetó el mayor, sin hacer amago de moverse.

—Que ya puedes irte —repitió, más interesada en abrir el tomo con cuidado y buscar en el índice la letra que quería.

—Te recuerdo, Davis, que tú me has arrastrado hasta aquí, no esperarás que me largue sin saber a qué viene tanto alboroto por… ¿Genealogías? —Inquirió, tras levantar la tapa y revisar el título del libro—. ¿Para qué quieres tú unas genealogías? ¿Tu familia no tiene su propio árbol?

—No es mi familia la que quiero rastrear. Y quita tus sucias manos del libro —comandó, palmeándole el dorso de la mano cuando intentó arrastrar el libro hacia un ángulo en el que él también pudiese leerlo.

—¿Qué diablos tienen de importante unas puñeteras genealogías para que las quieras tanto? ¿Y por qué estaban en la Sección Prohibida?

—Porque no son unas simples genealogías, son Las Genealogías Mágicas… o más bien su copia, las verdaderas están en el Ministerio de Magia. Y están protegidas porque son como un Organigrama de Empresa —adoctrinó, apoyando una rodilla en la silla mientras se inclinaba sobre el libro una vez encontró el apartado que albergaba a todas las familias que empezaban por la letra «S».

—Y eso en lenguaje de magos significa…

—Significa que no me dejas concentrarme. ¿No tienes a alguna pobre chica a la que mancillar por ahí? —le invitó, señalando la salida con una mano mientras se apoyaba en la mesa con la otra.

—No, creo que podría tener a una mucho más cerca —decretó, aunque a Tracey le sonó más como una amenaza cuando se apoyó a su vez en la mesa y se inclinó hacia ella, provocándole un escalofrío brutal que desembocó en otro ataque de color en sus mejillas.

—Los Organigramas de Empresa sólo son públicos en parte —comenzó a explicar de inmediato, tomando fuerzas de la distancia que había conseguido reunir y concentrándose en todo lo que le había enseñado su padre para remitir la velocidad que habían alcanzado sus latidos—: Pueden parecer información irrelevante pero en realidad son el eje de todo el espionaje industrial, en ellos está la clave del éxito de cada empresa: sus líneas y cadenas de mando, qué departamentos se encargan de qué, de cuántos recursos disponen para manejar su parte… son como un mapa en el que pueden verse, si sabes leerlos, las bases de su estrategia ante el mercado.

Le vio entrecerrar los ojos y ladear la cabeza, procesando lo que acababa de decirle. Aquella muestra de interés volvió a producirle un escalofrío, infinitamente más reconfortante que los que había sentido hasta ahora por su culpa. Sacudió la cabeza y volvió a enfocarse en el libro que tenía entre manos.

—Entiendo lo de que los organigranos…

—Organigramas —corrigió, con una sonrisilla, pasando las páginas del libro con cuidado. Eran tan finas que parecía que casi se fueran a romper si las tocaba demasiado.

—Como se llamen. Entiendo que esas cosas estén protegidas y tal, ¿pero qué tienen que ver con los árboles genealógicos? Todas las familias que se precien tiene uno y no están… —Pucey se calló, frunciendo ligeramente el ceño.

Tracey levantó la vista ante su silencio y sonrió al verle pensando, con la vista fija en la pared. Casi podía ver los engranajes de su cerebro girando y, sin que sirviera de precedente, no le espantaba saber lo que podía estar pensando. A ella siempre le había resultado curioso que el árbol de su familia materna se encontrara en el ático de la casa de su abuelo, donde casi nunca subía nadie. Después vio el de la familia de Millicent, en la última habitación del pasillo que daba a las escaleras del sótano. Seguramente la mayoría de los hijos de familias mágicas ni se habían dado cuenta de ese pequeño detalle puesto que no estaban realmente escondidos, para ellos no eran más que un elemento decorativo impuesto por las costumbres de su sociedad, algo inocuo que como mucho alentaba al orgullo interno de la familia… o a mantener las desgracias no tan a la vista.

—Así que así es como localizan a los hijos de muggles —adivinó, estirando una de las comisuras en una mueca, como si se acabara de dar cuenta de lo obvia que resultaba la respuesta y lo absurdo que resultaba no haberlo sabido antes—. ¿Y tú como sabías todo eso?

—Me lo contó mi abuelo cuando le pregunté cómo es que sabían qué niños tenían magia y cuales no para enviarles la carta. Ahí me contó primero todo el asunto del Rastro, pero claro, éste solo localiza el lugar donde se hace magia, no quién la hace; y no todos los niños producen magia accidental para poder localizarlos antes de que cumplan los once años. El sistema de las Genealogías es mucho más antiguo y práctico que el del Rastro…

Y más peligroso, añadió para sí misma, recordando toda aquella conversación con su abuelo. Por lo que ella había logrado entender cribando toda la palabrería legal y genetista que había soltado su abuelo, la teoría de que la magia se llevaba en la sangre no estaba tan sacada de contexto: la magia no parecía ser algo que simplemente dejara de existir en las personas o aparecía aleatoriamente en la gente. O al menos eso era lo que ellos habían averiguado hasta ahora, usando a Las Genealogías como clave para conseguir una especie de censo que registrara a todas las personas mágicas del Reino Unido, y que por lo que su abuelo le había dicho parecía ser una práctica común en todo el mundo mágico.

Tracey lo vio lógico, y muy útil para poder encontrar a los niños mágicos nacidos de muggles, pero ese año estaba empezando a entender el doble fondo que todo aquello podía tener escondido. Un doble fondo que podía usarse desde el chantaje a las familias que no estuvieran muy orgullosas de tener squibs en sus senos hasta recabar esa información para atacar a todos los que no consideraban "mágicamente puros". Bajo ese prisma entendía que el auténtico libro estuviera a buen resguardo y no todo el mundo fuera consciente de su existencia, y que la copia que había en Hogwarts le acabase de llevar a un callejón sin salida, por mucho que le repateara darse cuenta.

Entrecerró los ojos al llegar a la familia Slytherin, resultándole curioso el hecho de que Salazar fuera el primero del linaje, sin ninguna señal que lo vinculara a otras familias, como si hubiera aparecido de pronto. Aunque teniendo en cuenta lo poco que había en los libros de historia de su persona empezaba a pensar que su Fundador fuese un pelín paranoico con eso de dejar mucho rastro detrás de él, o puede que simplemente su rastro anterior se perdiera entre las secuelas de las guerras; su abuelo le había dicho que Las Genealogías habían tenido que reconstruirse varias veces, y que el rastro de muchas familias mágicas se habían perdido entre ellas o por venir de otros países.

Inspiró hondo para serenarse y repasar de nuevo el final de la estirpe de Salazar, pegando casi la nariz al pergamino tratando de buscar algún apóstrofe medio borrado en el mismo que indicara que su linaje estaba oculto en esa copia porque sus sucesores habían nacido sin magia, y que por tanto podía continuar en Las Genealogías auténticas, pero no había nada.

—¡El último vástago de Slytherin es un señor de más de sesenta años! —exclamó, palmeando la mesa con frustración.

—¿Estabas tratando de rastrear al Heredero de Slytherin? —inquirió Pucey, con una marcada mofa en su timbre de voz.

—No, quería averiguar si tú eres tan desagradable porque desciendes de alguna clase de bicho como las Gorgonas, ¿tú qué crees? —rebatió, cerrando con brusquedad el mamotreto. ¿Y ahora qué?

—Las Gorgonas se extinguieron hace mil años. Y no estoy muy seguro de que pudieran procrear con humanos… De todas formas no tengo ningún antepasado griego para comprobarlo. —Pucey se encogió de hombros, antes de recostarse sobre el mamotreto y apoyar la barbilla en el cruce de sus brazos—. ¿Te asusta que el monstruo pueda ir a por ti por ser mestiza?

Tracey se envaró, como si la brusquedad de aquella pregunta tan directa le hubiera pinchado en las costillas. Resoplando incómoda por tener esos ojos azules tan fijos en ella. Recolocó la silla en su lugar para hacer algo con las manos y se planteó seriamente el largarse sin contestarle, después de todo a él no tenía por qué darle explicaciones, y mucho menos contarle algo que ni siquiera había hablado con Millicent aún.

—Piénsalo de esta forma: para que el monstruo vaya a por ti antes tiene que liberarse de todos los sangre-sucias del colegio…

—Que te crees tú que voy a ser tan imbécil de quedarme aquí mientras esa cosa se merienda a más gente —afirmó, parándose en seco al darse cuenta de lo que acababa de decir.

Se llevó una mano a la boca para pellizcarse el labio, clavando la vista en el suelo cuando vio a Pucey esgrimir una medio sonrisa sibilina ante su conmoción. Vale que hasta el momento se hubiera estado preocupado más por sí misma que por lo que le pasaba al resto de estudiantes, ella podía estar también en la lista de victimas, era lógico, ¿no? Pero lo cierto es que con esa afirmación había dejado tangente que salvar su pellejo era lo único que le motivaba a indagar en todo ese asunto, que incluso cabía la posibilidad de que si ella se hubiera sentido a salvo de la caza del monstruo tal vez ni se hubiera inmutado. Y una cosa era ser medianamente consciente de aquello, otra muy distinta era proclamarlo en voz alta, se trataba de personas… ¡Eran sus puñeteros compañeros de colegio! ¡Daba clases con uno de ellos! ¡Y el otro hasta era más pequeño que ella!

—¿Qué clase de monstruo soy? —musitó, abotargada por su propio espanto.

—De la clase que son todos los humanos —le oyó decir, tan cerca que saltó hacia atrás hasta toparse con la estantería a su espalda. Ni siquiera le había oído levantarse.

—Pero ellos no…

—Ellos no importan —le cortó, agachándose para que sus rostros quedaran a la misma altura—. Cuanto antes lo asumas antes dejará de perturbarte, ¿o de verdad vas a decirme que te da pena que ese mocoso pegado a una cámara de fotos esté postrado en la enfermería? Si no fuera por ese hecho ni siquiera sabrías quién es. ¿Y el Hufflepuff? Te he visto antes con ese grupito de ellos, están en tu curso, ¿no? De no ser por eso ni te molestarías en hablarles. Deja de engañarte, te relacionas con ellos porque puedes usarlos de una forma u otra, pero a la hora de la verdad es tu pellejo el que importa, tú misma lo has dicho.

—Yo no quería decirlo así —se negó, apretando los dientes cuando esa opresiva sensación de estar expuesta la hizo sentir como si tuviera un agujero en el pecho. Y tenerlo tan cerca no le ayudaba a respirar mejor, precisamente.

—¿Entonces no les usas? ¿Llorarías si alguno de ellos no consigue despertarse nunca? Es curioso porque, hasta donde sé, tú no eres capaz de llorar de verdad —claudicó, ampliando la sonrisa con el reto a ser contradicho bailándole en los ojos.

Tracey tragó saliva, notando como el aire pasaba entrecortadamente por su nariz. Quedándose inmóvil en esa mirada imperturbable aún cuando su cabeza le gritaba por salir corriendo y huir del veneno que le abría los ojos a sí misma. Era inútil negárselo, no sabía cómo ni por qué él parecía saber esas cosas, pero ahora entendía por qué siempre le había incomodado: podía reconocer a una parte de sí misma al fondo de esos ojos.

—Creo que ya sé cómo voy a cobrarme el favor que me debes, aunque esto será una excepción —dijo de pronto, estirando la mano hasta colocarla en la estantería, muy cerca de su cabeza, pasando las yemas de los dedos por el lado derecho de su rostro, apartándole los mechones de pelo.

Los ojos de Tracey se abrieron con espanto cuando le vio aproximar aún más su rostro al de ella, su cuerpo hizo un amago de empujarle pero sus manos se quedaron laxas sobre la camisa del chico. Su cabeza ni siquiera se movió cuando los ojos de él se convirtieron en un borrón que la obligó a cerrar los suyos para no bizquear por el desenfoque. No quería que lo hiciera y, sin embargo, no hizo absolutamente nada por impedirlo.

El cruce entre quejido y gemido que salió de su garganta cuando sintió los labios de Pucey sobre los suyos fue indescriptible, ni ella misma entendía qué era esa marea en su cabeza que amenazaba con tragársela de un solo suspiro. No podía definir el origen del estremecimiento que le hizo temblar cuando apresó su labio inferior, ni por qué no lo apartaba de una vez cuando su cabeza entendió qué estaba pasando: le estaba robando su primer beso. Pucey, el tío más desagradable que se había echado nunca a la cara, se estaba cobrando el favor besándola. En la biblioteca. En plena situación de monstruos milenarios y niños convertidos en estatuas. Tras la desilusión de no haber encontrado al heredero de Slytherin y la certeza de haber descubierto una parte más retorcida de sí misma. ¿Eso era lo que quería? ¿No le bastaba con robarle su primer beso y posiblemente contagiarle algo repugnante si no que además quería humillarla un poco más destrozando parte de quién creía que era?

Sintió sus dientes morderle suavemente el labio, haciéndola abrir los ojos justo antes de que él se apartase y ladeara la cabeza, fijando de nuevo la mirada en la suya, deslumbrándola con esa sonrisa socarrona y perversa a partes iguales, desparramando ese diabólico atractivo que le hizo soltar un resuello ahogado.

—Ten cuidado al volver a la Sala Común, cachorrita, no vayas a perderte entre las sombras —se despidió, revolviéndole el flequillo.

Tracey se mantuvo estática, sintiendo las baldas de la estantería clavarse en su espalda y el roce de la textura de los libros como los únicos anclajes que mantenían su cabeza de una sola pieza. Por un segundo, un sólo segundo, se dejó llevar por el maremágnum que azotaba sus pensamientos, pero aquello fue como si una ola enorme intentara tragársela y hacerla girar en multitud de direcciones, por lo que acabó aferrándose con más fuerza a la estantería, recordándose que no era real, que no se estaba ahogando, que nada amenazaba con hundirla.

Cerró los ojos y respiró hondo muchas veces, aún notando el tembleque que sacudía sus entrañas, tratando de no dejar que la ponzoña se extendiera. Pero era inútil, no podía simplemente apartarlo de su cabeza, no podía limitarse a fingir que nada de aquello había pasado, que no se había visto reflejada en esa voz sibilina rasgar el velo que le había servido de parasol durante toda su existencia.

No, ella no lloraría si alguno de sus compañeros no despertaba nunca. Tampoco se habría molestado en aprenderse sus nombres si no tuviera que verles día tras día en las clases, en los pasillos. Siempre lo había sabido, nunca se esforzaba por interesarse en los demás, iba de uno a otra exprimiendo lo que necesitaba de ellos y si desaparecían… solo tenía que mirar a su alrededor para encontrar a otros. Sin cuestionarse nada, sin dejar que hicieran huella en su persona. Todos eran reemplazables.

Tragó saliva y se dejó resbalar hasta que se sentó en el frío suelo de piedra, observando las grotescas figuras que dibujaba la luz de las velas a su alrededor. Embotada por la cantidad de pensamientos, de momentos, de decisiones que ahora veía bajo una extraña penumbra, oyendo el eco de sus propias palabras bajo un nuevo transfondo. La comisura de la boca se le estiró, sin ser consciente, en otra mueca irónica:

Tracey había venido a buscar a un monstruo… y se había encontrado a sí misma.


Nota de autora: POR FIN. No os hacéis una idea de lo que me ha costado terminar la puta escena (que de viñeta no tiene nada, diecisiete paginitas nada menos), hasta he estado apunto de pillarle tirria. Eme es la sacrificada y torturada testigo de ello (no sólo en esta, aunque no lo diga en cada publicación, siempre aguanta estoica mis neuras como la honorable Hufflepuff que es). El caso es que odio este puñetero capitulo con toda mi pútrida alma. Lo he reescrito mil veces y aún hay cosas que no he terminado de cuajar.

Sé que la gran mayoría (de las poquitas que sois) pensaba y quería que esta actualización fuera la consiguiente a la fiesta de Halloween. Ya oigo los abucheos, no os dejéis la garganta, el caso es que, con la coherencia por delante y teniendo en cuenta lo niñas que son/eran… ¿qué esperáis de esa primera fiesta? Dejémosla apartada por la dignidad de las implicadas, que ya habrá muchas más que contar. Y en esas no habrá inocencia alguna que salvaguardar.

En fin, os dejo con unos apuntes para terminar: el detalle de que Binns, a pesar de ser un fantasma, es capaz de escribir porque si no… ¿cómo leches corrige los exámenes o trabajos? Myrtle es capaz de tirar agua y supongo que de algún lado sacará el Barón sus cadenas para hacerlas tintinear y aterrorizar a los incautos. Así que Binns puede coger una puta pluma y por tanto Tracey tiene a alguien más a quien falsificarle la letra.

Después está el tema de las Genealogías… la verdad es que eso fue lo que me llamó la atención a mí: cómo localizan a los vástagos mágicos de los muggles. Así que fusionando eso, con el tema de la obsesión de la pureza sanguínea más el momento en que Harry se topa con el árbol de los Black de casualidad, me he sacado el temita de la manga. Yo le veo sentido, puede que a vosotros os parezca un despropósito, como sea, dejádmelo saber.

Y para terminar, como habréis supuesto el pelo que consigue Hermione de la túnica de Millicent en su pelea durante el club de duelos pertenece a Lady, el gato de Moon, que tiene la insana manía en rebozarse en la cama de la grandullona, cosa que le revienta el hígado porque ella prefiere a sus ratas. La idea de que Bulstrode tuviera ratas de mascota fue de Metanfetamina y, aunque a mi esos bichos me dan grima, me hizo gracia de que a la moza le gustaran, así que adjudiqué el gato de la habitación de Berenice para ajustarlo a lo que ocurre en el libro.

Be free, mis monstruosas hadas.