Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
«Entre la idea y la realidad, entre los actos y el gesto, cae la sombra.»
(T.S. Eliot)
Revelaciones.
Levantó la cabeza, dejando que los leves rayos de sol le calentaran el rostro, manteniendo las manos bien al fondo de los bolsillos de su capa, con los brazos pegados al cuerpo, tratando de resguardar el poco calor que no llegaba ni de lejos a templar el ambiente. Por suerte parecía que la época de lluvias torrenciales había terminado ya, aunque con el clima escocés nunca se sabía. Se mantuvo quieta, con los ojos cerrados, notando como poco a poco sus mejillas recuperaban algo de color y un escalofrío agradable le reconfortaba el cuerpo.
Inspiró, hinchando bien sus pulmones de aire, sin dejar que el fresco que sintió colarse en su interior le rompiera el encanto. Tenía la sensación de que se había pasado eones encerrada dentro del castillo, primero por la nieve y después por las lluvias que habían mantenido los terrenos anegados; y aunque éstos últimos aún estaban llenos de barro y charcos de agua, la falta de viento le permitía distraerse en las almenas. Durante unos minutos se olvidó de todo: de los ataques —que habían añadido a Granger y una prefecta de Ravenclaw a la colección de estatuas—, del aumento en la cantidad de deberes que les mandaban los profesores en un vano intento de mantener a los alumnos bajo control, distraídos con la cercanía de los exámenes finales; y sobre todo alejarse de la agobiante efervescencia de éstos últimos, más insoportables que nunca entre sus cuchicheos conspirativos y sus disputas, divididos entre la infecta esperanza de que todo hubiese terminado ya cuando arrestaron al semi-gigante como culpable de soltar al monstruo, y las corrosivas dudas de lo que podía estar por venir cuando les dejaron sin Director.
Sacudió la cabeza, chasqueando la lengua con irritación, toda esa historia le estaba sacando de quicio. No soportaba ni a los que se pavoneaban contentos alegando el nuevo porvenir de la escuela ahora que se habían librado de la pésima regencia de Dumbledore, ni a los que le defendían a capa y espada aumentando el temor de que el asunto no se daba por terminado, que sin el director estaban más indefensos que nunca. Soltó un bufido, sin saber muy bien cuál de ambos bandos le resultaba más estúpido.
Por supuesto que estaba de acuerdo con que Dumbledore no había hecho una mierda, pero también estaba muy lejos de sentirse segura. No veía el sentido a estar contentos ni a avivar el desconcierto entre los alumnos por la misma razón, y todo ese debate de «Director bueno versus Director malo» los estaba alejando de la raíz principal del dilema. Al fin y al cabo seguían conviviendo con un monstruo que aún no había sido cazado.
Entrecerró los ojos, vislumbrando la cabaña del guardabosques entre la calima, con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. No sabía muy bien por qué pero no se lo tragaba. Y no era sólo porque Hagrid le gustase. De hecho, ni siquiera tenía una razón exacta para que el semi-gigante le cayera bien, después de todo para él no era más que otra Slytherin y sus atenciones se veían absorbidas por el niño dorado y sus amiguitos. Y tampoco es que hasta el momento le viera algún tipo de utilidad a su persona más allá de que si algún día le castigaban a adentrarse en el Bosque Prohibido, como le pasó a Malfoy en primero, seguro que las bestias que vivían allí se lo pensarían dos veces antes de enfrentarse a un coloso como él. Pero aquello era una posibilidad muy remota y poco probable, así que seguía siendo inútil para ella. Tal vez fuera por el hecho de que no podía evitar compararlo con un enorme oso panda, de que había algo en sus pequeños ojos oscuros que apenas podían verse entre la espesa barba y las pobladas cejas que le transmitían… ternura, como si el saber que todo lo que tenía de grande lo tenía de idiota le trajera a la mente la imagen de un peluche gigantesco. ¿De verdad alguien así había sido capaz de soltar a un monstruo con intenciones de matar alumnos? ¿Y no era que Slytherin valoraba la pureza de sangre? ¿Cómo podía ser un semi-gigante medio squib su heredero?
Parpadeó, irguiéndose, al hacerse esa pregunta. ¿Acaso Las Genealogías no apuntaban a un tal Tom Riddle como el último heredero de Salazar?
—¿Qué divaga tan intensamente, Miss Davis? Casi puedo oír los engranajes de su mortal cerebro chirriando —la sobresaltó, haciendo que pegara un salto y soltara un chillidito, la voz cascada y gruesa del Barón Sanguinario detrás de ella
Tracey se llevó una mano al pecho, boqueando, dándose media vuelta para fulminar con la mirada la translucida y mortecina presencia, blasfemándole mentalmente al ver que su susto le curvó sus fantasmales comisuras en una mueca que mucho tiempo atrás pudo ser una perversa sonrisa de satisfacción.
—¿Tanto aprecio me tiene que quiere que nos reunamos en la otra vida antes de lo previsto? —le espetó, cogiendo y exhalando un par de bocanadas de aire para recuperar el ritmo cardiaco.
—El hábito, nada personal —desestimó, haciendo un vago gesto con la mano, sin ocultar lo pagado de sí mismo que estaba por ello—. ¿Qué hace aquí fuera?
—Se está más seguro que dentro. ¿Y su Sanguinaridad?
—La ronda —explicó, haciéndola alzar las cejas—. Dada la incompetencia que están demostrando los mortales para encontrar a la bestia hemos decido que nosotros también deberíamos hacer una búsqueda por nuestra cuenta.
Tracey no fue capaz de distinguir si la irritación más acentuada de lo normal en su voz era producto de tener que rebajarse a tratar al resto de fantasmas y trabajar en equipo o por verse arrastrado a cuidar de la integridad de los alumnos. En parte pensaba que nada podía obligarle a hacer algo que no quisiera, al fin y al cabo ya estaba muerto y pocas amenazas podían hacérsele, por otra sabía que la bestia también podía afectar a los fantasmas, lo que convertía al monstruo en una criatura bastante más temible de lo que ya se especulaba. En definitiva, nunca terminaría de saber lo que motivaba a ese fantasma.
—¿Y bien? ¿Qué dudas le carcomen? —insistió, instándola a caminar con él de vuelta al interior del castillo.
—¿La existencia del mismo monstruo que está buscando no le parece suficiente motivo para tener de qué pensar?
—Definitivamente, aunque tal vez no con tanta intensidad ni siendo tan joven. Después de todo, la mayoría de sus congéneres están más calmados ahora que han arrestado al guardabosque. Pobre desgraciado, con pisar una vez Azkaban ya es suficiente para toda una vida, hacerlo una segunda…
—¿Hagrid ya fue arrestado antes? —le interrumpió, deteniéndose en seco.
—Y por la misma acusación. Aunque le soltaron por falta de pruebas y porque Dumbledore abogó por él, el hecho de que la víctima no recordara nada concluyente le ayudó bastante a librarse de la pena. Por supuesto le rompieron la varita y se le negó el volver a cursar sus estudios en la escuela pero…
—¡Quieto ahí! ¿Qué me está contando? —se exasperó, con los ojos muy abiertos, incrédula.
—¿Qué es exactamente lo que no entiende? —inquirió el Barón a su vez, con una mueca cercana a la indignación por la alusión a la poca claridad con la que se explicaba.
—¡Todo! ¿La Cámara ya fue abierta antes? ¿Qué es eso de que la victima no recordase nada concluyente? ¿Cómo es posible que si ya le consideraron una vez como culpable Dumbledore le permitió seguir en el colegio al volver a abrirse la Cámara? Por todos los dragones, ¿cómo es que si ya pasó una vez no se esforzaron por encontrar la dichosa Cámara y mantener cerrado el colegio hasta que el monstruo estuviera muerto? ¿Es que son todos una manada de inútiles irresponsables? —barbotó, sintiendo la cólera obnubilar su cabeza.
Le parecía increíble lo que el Barón le estaba contando. Indignante. Detestaba a todos y cada uno de esos adultos que habían permitido que tuviera que pasar por todo aquello. Deseaba que el dichoso monstruo dejara de cazar niños y se comiera a los verdaderos culpables de todo eso. Tal vez si fuera algún adulto el que aparecía muerto o petrificado se dignaran a cerrar el colegio y tomarse las cosas en serio.
—La existencia de la Cámara y su monstruo ha sido una leyenda desde los tiempos del propio Salazar. Sólo sus herederos parecían ser capaces de averiguar dónde estaba y de presumir que eran capaces de hablar con el monstruo. Pero aunque consideraba a mi mentor muy capaz de haberla creado, ni los mismos Fundadores pudieron encontrarla. La historia se mantuvo como una leyenda.
—Pero ha dicho que ya fue abierta una vez, que hubo una víctima —le recordó, esforzándose por mantener las emociones bajo control—. Y definitivamente lo han hecho otra vez. ¿Quién fue la victima? ¿Cuándo pasó? ¿El propio Slytherin fue mentor suyo?
—De sus últimos estudiantes. Abandonó poco antes de que me graduara. Como he dicho, aunque lo consideraba capaz, la Cámara nunca se encontró y sus herederos nunca hicieron otra cosa que alardear. De hecho se dudó de que éstos supieran realmente dónde estaba. Hasta hace… bueno, el tiempo transcurre de una forma distinta una vez que estás muerto, así que no soy capaz de fechar cuándo ocurrió, pero Dumbledore aún no era el Director del colegio, era Dippet. Un completo incompetente —afirmó, acerando la voz y arrugando el rostro en una mueca asqueada, como si el sólo hecho de nombrarle ya le molestara—. Y la victima está en el colegio, es esa fantasma llorica cuyos berreos son capaces de provocar un dolor de cabeza hasta a los muertos. El colegio no se cerró porque ya se culpó al semi-gigante de lo ocurrido y aunque seguía sin saberse dónde estaba la Cámara, Dippet no consideró prudente ni adecuado seguir removiendo el tema que afectaba tanto a la reputación del colegio. Como he dicho, era un completo imbécil. Una desgracia para la magia.
Tracey se mordió el labio, tratando de absorber toda esa información y encajarla en el puzzle en el que se habían convertido sus pensamientos. Se removió inquieta, sacudiendo las manos para hacer algo con el exceso de energía que la abotargaba, sintiendo cómo la forma del puzzle se desfiguraba una y otra vez delante de sus narices, sabiendo que podía reconocer la figura pero no entendía el significado.
—Salazar Slytherin… ¿Él de verdad odiaba tanto a los hijos de muggles? ¿Los despreciaba hasta el punto de encerrar a un monstruo para que sus descendientes los destruyeran? ¿Alguna vez lo intentó él mismo? —inquirió, mirando con fijeza al Barón, acercándose a él, notando como el frío que transmitía el fantasma le aclaraba las ideas.
—No le gustaban, en absoluto. Eran un retraso para el resto de los estudiantes pero jamás se dignó ni a mirarles, no fue más peligro para ellos de lo que lo eran para sí mismos. Eran tiempos diferentes, concepciones distintas, los muggles de hoy no son como lo fueron antaño, su forma de ver el mundo no está tan… podrida —afirmó el Barón, irguiéndose, visiblemente incómodo por tener que hablar de ello y al mismo tiempo esgrimiendo la soberbia de quien se sabe con la verdad del asunto.
—¿Y si no se dignaba ni a mirarlos por qué creó la dichosa Cámara? ¿Por qué encerró al monstruo en ella? ¿Acaso no se atrevía a eliminarlos por sí mismo? —cuestionó, ignorando la entereza del fantasma, sabiendo que esa última pregunta podría molestarle bastante pero necesitaba encajar esas piezas, algo le decía que eran las que realmente importaban.
—La historia varía dependiendo de quién la cuente, Miss Davis, sobre todo en una en la que los detalles tienen diferentes interpretaciones. Ya le he dicho que Slytherin los detestaba pero nunca los consideró algo en lo que tuviera que malgastar el tiempo; sus ambiciones, así como sus odios, tenían unas miras mucho más altas. Pensé que alguien como vos podía ver más allá de esos detalles, yo ya le he contado todo cuanto necesita saber. Es cosa suya decidir qué historia quiere entender.
Tracey abrió la boca para protestar, pero el Barón desapareció dentro de una pared, dejándola sola en mitad del pasillo. Pateó el suelo con frustración, maldiciendo para sus adentros. ¿A qué había venido eso? ¿Cómo que le había contado todo lo que necesitaba saber? ¡Ella aún tenía montones de preguntas que hacerle! ¿Acaso los sangrepura venían con algún tipo de tara que les impulsaba a hablar con acertijos? Y si… ¿y si no había querido contarle más porque había averiguado que era mestiza? Sacudió la cabeza, si ese fuera el caso no habría hablado con ella desde el principio. No, su salida se debía más bien a algún tipo de retorcido juego, al parecer ni la muerte lo había disuadido de ser Slytherin hasta la médula. Él le había dado las semillas, ahora era cosa de Tracey averiguar qué hacer con ellas.
Se llevó una mano a la boca, dándose pellizquitos en el labio, emprendiendo el rumbo de forma inconsciente hacia ningún lugar en particular. Había dicho que se estaba centrando en los detalles, y por su frase final estaba segura de que se refería a esos mismos detalles que volvían la historia hacia una sola dirección. Es decir, se estaba enfocando en que la Cámara, el monstruo y sus intenciones eran contra los hijos de muggles, eso era lo que había quedado hoy en día de la leyenda, era lo que todo el mundo pensaba. ¡Era lo que estaba ocurriendo! ¿Y si no era contra ellos entonces para qué servía? ¿Con qué otro motivo iba a crearla? ¿A quien se suponía que odiaba más que a los impuros?
—Gryffindor —musitó, cuando un par de remolinos idénticos de pelo rojizo pasaron cada uno por un lado de ella, jugando a lanzarse una pelota.
La enemistad entre Gryffindors y Slytherins era inmemorial, provenía de los propios Fundadores de ambas Casas. Aún cuando la mayoría de ellos ni siquiera tenían una razón exacta a esa animadversión, simplemente se repelían mutuamente. Ella misma se había visto afectada por ello, le parecían ruidosos, simples, hipócritas... Hipócritas. ¿No había dicho el Barón que las historias siempre dependían de quién las cuente? ¿Y su abuelo no le había contado siempre que la historia la escribían los vencedores? Salazar Slytherin se había marchado del colegio dejando tras de sí un confuso legado, una leyenda que si permanecía viva era porque otros la habían terminado por él. Y Tracey sabía lo fácil que era manipular una verdad a medias.
Pero, aún cuando no le interesase eliminar a los hijos de muggles, ¿para qué la Cámara? ¿Por qué introducir un monstruo en ella que sabía que iba a sobrevivir siglos? Se envaró, parpadeando lentamente, tratando de aferrarse a esa brizna de nitidez que había despejado durante unos segundo la borrosa figura. ¿Y si Slytherin sólo quería que el resto se mantuviera alejado de sus secretos? Por lo que sabía de él, o precisamente por lo poquísimo que había quedado de él, el hombre era un paranoico de cuidado.
Una mano le aferró del brazo, sobresaltándola y arrastrándola hacia un lado, haciéndola perder totalmente el hilo de sus pensamientos.
—Mira por dónde andas, has estado apunto de comerte esa armadura —le aleccionó una voz suave, casi cantarina, a su derecha.
Tracey sintió como las mejillas se le ponían rojas, tanto por la torpeza que había estado apunto de cometer como por hecho de haber sido salvada por Farley, la Prefecta de sexto de su Casa. La chica la miró de arriba abajo, como evaluando lo que Tracey supuso que sería el grado de estupidez que podía tener una persona que había estado apunto de dejarse los dientes contra una jodida armadura. Lo que le faltaba.
—Estaba… pensando y… no prestaba atención a por dónde… andaba —se excusó, plisándose la falda para hacer algo con las manos, dándose un golpe mental por el cuasi tartamudeo que le había salido. Genial, había pasado de retrasada a subnormal profunda en menos de una frase.
—¿Y en qué pensabas para no ver siquiera semejante armatoste? —cuestionó la mayor, cambiando los libros que llevaba de un brazo a otro, ladeando la cabeza con ligero interés.
—La Cámara, su monstruo, Slytherin, sus herederos y las historias manipuladas para entender una única verdad —enumeró. De pronto el hilo de sus pensamientos volvió a tejerse y la pregunta brotó de sus labios antes de poder contenerla—: Si tú tuvieras algo, como una habitación secreta en la que no quieres que nadie entre simplemente porque es tuya, ¿qué harías para asegurarte de que nadie lo hiciera?
Farley arqueó las cejas, mirándola con genuina sorpresa. Tracey se removió incómoda durante el largo silencio en que la otra se mantenía mirándola. Lo más seguro es que acabase de confirmarle que además de idiota estaba totalmente desquiciada. Después de todo no era el típico tema que una persona podía sacar tan campante a relucir con alguien con quien ni siquiera había hablado nunca. Y mucho menos cuando ese alguien parecía ser la criatura más perfecta que había germinado en las profundidades de las mazmorras: alta, de piernas quilométricas y curvas generosas, guapa con avaricia, con esa melena negra de tirabuzones vivos y ese rostro anguloso, soberbio, encantadoramente simétrico. Y encima era listísima, la primera de su promoción desde hacía tres años, según le habían dicho. Todo indicaba que podría ser la Premio Anual del año que viene si a ese tal Weasley le daba por dejar de lamerles el culo a los profesores. Sí, Tracey se sentía como un pequeño, insignificante y aplastable insecto a su lado.
Sin embargo, por motivos que la niña fue incapaz de deducir por mucho que más adelante se devanara los sesos intentándolo, Farley le tendió sus libros y la instó a seguirla con un regio gesto de cabeza.
—¿Suponiendo que a pesar de ser una habitación secreta alguien fuera capaz de encontrarla? —inquirió, haciéndose a un lado los rizos mientras caminaba unos pasos por delante de ella.
—Ajá —cabeceó Tracey, sin poder creerse que la Prefecta le estuviera siguiendo el acertijo.
Se mordió los labios, concentrándose en seguir sus pasos. De imitarlos. Se estiró todo lo que daba su espalda de sí, tratando de relajar los hombros al mismo tiempo. Tropezó con sus propios pies intentando caminar en línea recta, haciéndose daño en uno de los tobillos, logrando que los libros acabaran en el suelo. Chaqueó la lengua mientras se agachaba para recogerlos, maldiciendo el hecho de que jamás podría andar con la misma envolvente elegancia con la que lo hacía ella. Al parecer debía de ser una de esas cosas con las que hay que nacer para que tuvieran esa naturalidad. Lo cual la fastidiaba hasta el infinitivo porque si había algún don con el que había nacido era, precisamente, el de falsificar lo que otros tenían. Fingirlo hasta que también fuera suyo.
—Las puntas de tus pies tienen que apuntar hacia delante. No importa si no consigues trazar una línea recta, lo que cuenta es la firmeza con la que pisas, la seguridad de hacia dónde vas —le adoctrinó, parándose cerca de uno de los tapices, mirándola con los brazos superpuestos uno encima del otro bajo el pecho.
—¿Cómo…? —quiso preguntar, acercándose rápidamente hacía donde la Prefecta la esperaba, disminuyendo el ritmo y volviendo a erguir la espalda cuando Farley la miró con una ceja arqueada.
—Los secretos tienen su propia idiosincrasia, sólo tienes que disfrazar algo de confidencial para que en pocas horas sea la comidilla de todo el mundo. Aunque la mayoría no sepa dónde suenan las campanas, ni quién las hace repicar. Cosa que a nosotros se nos suele dar demasiado bien —apuntó, sonriendo con cierto orgullo pícaro, antes de apartar el tapiz con un giro de varita y adentrarse en el pasillo escondido. Tracey trató de recordar el atajo: el mosaico horrible que cambiaba de forma—. La cuestión es que si quieres mantener algo oculto tienes que asegurarte de que todo el mundo lo sepa y, al mismo tiempo, darles una razón importante que los disuada de encontrarlo. Eso sería lo que yo haría.
—Y no hay nada más imponente que usar a un monstruo que sólo tú puedes controlar —asintió Tracey, sonriendo al encajar esa pieza—. Pero, ¿para qué tantas molestias? ¿Por qué dejar esa Cámara si se iba a ir de todas formas?
—Puede que aún no supiera que se iba. Tal vez la Cámara siempre estuvo ahí, que quisiera tener un espacio alejado del resto de Fundadores. Tengo entendido que Slytherin era demasiado reservado, muy propio. El Barón me contó que no le gustaba que los otros Fundadores o los profesores que fueron apareciendo se metieran en sus prácticas, en lo que les enseñaba a sus pupilos.
Tracey miró a Farley con los ojos muy abiertos, sin verla realmente. ¡Eso era! Cuando leyó Historia del mal, a pesar de que no encontró referencia alguna a Slytherin, sí que recordaba la advertencia del libro de que muchas prácticas mágicas estaban prohibidas hoy en día, pero en aquella época solo se consideraban mal vistas. En ese entonces no había tanta hegemonía con lo que se debía o no enseñar, era más una cuestión de capacidades o moralidad, no una norma escrita. Puede que fuese aquella la verdadera razón de las disputas entre Gryffindor y Slytherin: «sus ambiciones, así como odios, tenían unas miras mucho más altas». Salazar deseaba la grandeza en los miembros de su Casa, y para que un mago fuera grande tenía que estar dispuesto a rebasar los límites.
Estaba segura de que aquello era algo que no le hacía ni pizquita de gracia a Godric Gryffindor. Y puede que al resto de los Fundadores tampoco. Pero Godric debió ser el verdadero detonante, podía imaginárselo metiéndose en las clases de Salazar, reprendiéndole por el tipo de lecciones que daba, acusándole de fomentar prácticas poco adecuadas para los estudiantes. Tan propio de su estandarte moral, de los prejuicios que habían calado hasta el día de hoy, tan simple en su visión de qué es la magia. Vale que muchas de las cosas que Tracey había visto en ese libro le dieran auténtico repelús, y que estaba de acuerdo en que bastantes de esas prácticas estuvieran prohibidas, pero aquello también se lo había mostrado el Barón: «eran tiempos distintos, concepciones diferentes». Lo que hoy en día se consideraba bárbaro fue porque alguien se dio cuenta de que había otras formas de hacerlo, igual que en un futuro habrá magos que consideren prehistóricos sus métodos; pero para lograrlo alguien tiene que investigarlo, que explorar sus fronteras, que entenderlo y mejorarlo. Y nada de eso se consigue quedándose quieto entre lo que está bien y lo que está mal.
Farley volvió a tironear de ella, agarrándola de la capucha de su capa y guiándola hacia la izquierda para salir del atajo. Riéndose silenciosamente.
—Si vas a ponerte a divagar en mitad del colegio hazte un hechizo para aumentar tus reflejos antes. No sé cómo no te has roto algo en el tiempo que ya llevas aquí, te abstraes tanto que hasta parece que eres capaz de caerte por el vacío de las escaleras. ¿Qué he dicho que te haya hecho pensar tanto? —indagó, encaminándose hacia la biblioteca.
—Una de las razones que podría haber creado la auténtica discordia entre Gryffindor y Slytherin. Irse del colegio sólo porque admitieran a hijos de muggles me parece demasiado absurdo, sobre todo cuando él podía evitarlos no seleccionándoles para su Casa y negándose a darles clase. Sige siendo segregacionista y éticamente reprochable pero así podría seguir instruyendo a los magos y brujas que quería, que supongo yo que sería el motivo por el que participó en la fundación del colegio, ¿no crees? Uno no ayuda a construir un colegio de la nada simplemente por amor a la arquitectura, se supone que lo hicieron para que las generaciones mágicas inglesas tuvieran un lugar propicio donde desarrollar sus dones. Y si él no quería participar en ello bien que podría haberse ido desde el momento en que terminaron de colocar la última pierda.
Farley carraspeó, haciendo que Tracey la mirase pensando que tal vez la estaba aburriendo y esa era su forma de darle la oportunidad de largarse antes de que ella misma la echara. Pero la llamada de atención no era para Tracey, sino para el trío de alumnos sentados en la mesa hacia la que se habían acercado. La vio sacar una silla de debajo de la misma y arquear la ceja aún con la mirada fija en los estudiantes de Gryffindor, haciendo un gesto de desidia con la mano como si espantara una mosca, apartándose los tirabuzones que cubrían su insignia de Prefecta.
—¿Eso no es abuso de poder? —inquirió Tracey, tratando de mantener la expresión seria cuando esos tres se fueron.
—¿Y a quién van a quejarse, a McGonagall? La vieja urraca no tiene potestad para quitarme la insignia. ¿A Snape? Se mearían encima antes de adentrarse en las mazmorras para molestarle. Como mucho podrían decírselo a Weasley para que él hiciera el reporte a Snape, que no le haría ni puñetero caso y eso me daría a mí la escusa que necesito para poner en vereda a ese paria relamido de una vez por todas. Estoy deseando comprobar si realmente tiene una escoba metida por el culo y ver qué pasa si intentas introducirle otra.
Tracey hizo una mueca asqueada ante la imagen mental, antes de sonreír de todas formas por el insolente desparpajo de la que debería ser un modelo de conducta ejemplar para el resto de alumnos. Y puede que para el resto no, pero para ella sí que empezaba a ser alguien a quien quería imitar.
—Me gusta esta mesa: tiene la ventana orientada al lago por lo que dispone de luz natural la mayor parte del día, no está ni muy lejos de la puerta para cuando me aburro de estudiar ni demasiado cerca para que no me molesten las idas y venidas de los demás. Es perfecta. Y si tengo los medios para hacerme con ella aún estando ocupada, ¿por qué iba a reprimirme de conseguirla sólo porque otros han llegado antes? La ambición no consiste sólo en desear las cosas, chica de los acertijos, si no en saber hacer lo que tengas que hacer para conseguirlas.
—Davis, Tracey Davis —se presentó, al darse cuenta de que aún no lo había hecho, aunque ese mote no le molestaba en absoluto. Sí, definitivamente Farley podía ser un buen referente a seguir.
—Bien, Davis, ¿por dónde íbamos? —Cuestionó, cogiendo sus libros de los brazos de Tracey y apartándole la silla que estaba a su lado como invitación a que se sentara—. ¡Oh, ya! Las inquinas entre Gryffindor y Slytherin. Tiene sentido, nuestro Fundador no gozaba precisamente de una buena reputación mágica tal y como se conoce hoy en día, se necesita algo más que simple curiosidad o ansias de conocimiento para explotar todas las vertientes de la magia. Y Slytherin lo tenía, mal que les pesara a los puritanos que aún nos juzgan.
Tracey asintió. Viéndolo de aquella forma, o más bien escuchando el tono altivo con ciertas dosis de desafección por el estigma que cargaban las serpientes —y que la propia Tracey había vivido en primera plana cuando llegó al colegio y se encontró con todas las opiniones en contra que tenían la mayoría de alumnos—, empezaba a entender dónde estaba realmente la brecha que separaba al mundo mágico. O al menos dónde comenzó.
Había observando lo bastante a los miembros de su Casa como para saber que era algo más que la mala reputación lo que les distinguía de los demás. No era que los Slytherins no se merecieran esa mala fama, muchos la disfrutaban, otros la aumentaban hasta crispar cualquier límite de tolerancia en los demás. Se trataba de algo mucho más profundo, más innato, como si aparte de las diferencias individuales tuvieran su propio código que los unía como colectivo y los distanciaba aún más del resto de estudiantes, aún cuando en un principio dos Slytherins no tuvieran nada en común o ni siquiera una razón exacta para soportarse u odiarse. Y era esa especie de hegemonía que transpiraban, conscientes o no, lo que conseguía que el resto les viera como si todos fueran iguales; ignorando los matices, las motivaciones, las características propias de cada individuo. Eran serpientes, bajo todos los efectos. Fueron serpientes desde que Salazar Slytherin se apropió de una parte del castillo y lo seguirían siendo cuando ya no tuvieran que llevar los uniformes. Y lo que es más relevante, todos disfrutaban revestidos de escamas.
Tracey no tenía ni idea de si aquello era una razón, una consecuencia, o sencillamente una fusión de ambas. Quizás nunca pudiera llegar a descubrirlo. Pero sí tenía claro que desde el propio Salazar todos los que llevaban su emblema en las túnicas tenían un denominador común, un espíritu propio de lo que consideraban los límites… y la afición a rebasarlos para explorar más allá, sin importar las consecuencias.
—Davis, no es que hablar de lo que hacía especial a nuestro Fundador no me entretenga pero, ¿a qué viene tu obsesión por él? —interrogó Farley, sacándola de nuevo de esa ensoñación meditabunda.
—Soy mestiza —contestó con simpleza.
—Y no sabes en qué posición te deja eso con todo el rollo de los ataques a los sangresucias, ¿no? —recabó Farley, con naturalidad, como si aquello fuera una especie de dilema común—. Pues la figura de Salazar no va a darte muchas pistas. Más que nada porque las teorías de sangre empezaron a fraguarse entorno al siglo diecisiete.
—Pero todo el mundo dice que fue Slytherin el que empezó…
—A Slytherin no le gustaban los muggles porque eran un retraso para él: eran analfabetos de nuestro mundo, sin ningún tipo de noción mágica, había que enseñarles prácticamente desde cero. Puede que muchos tuvieran grandes dotes, o la capacidad para aprender rápido, pero la mayoría no sabía ni leer ni escribir. A parte de ciertos estigmas preconcebidos por sus condiciones no-mágicas. ¿Te haces una idea del esfuerzo extra que había que dedicarles? Salazar no debía tener ni el ánimo ni la paciencia suficiente para soportarlos.
—Los detalles tienen diferentes interpretaciones —atajó Tracey, volviendo a reactivarse como si acabara de sufrir una descarga—. Si juntamos eso con el haber dejado un monstruo místico como guardián de una habitación secreta… eso era lo que quería decir el Barón, ¿no? Y también explica por qué sus primeros herederos nunca llegaron a abrir la Cámara, ¡su intención nunca fue purgar el colegio de muggles! ¿Pero cómo ha llegado a trastocarse tanto la historia? ¿Crees que fueron los enemigos de Slytherin los que empezaron ese rumor?
—No —sentenció Farley, con cierta acidez despuntando en un matiz más apagado de su voz—. Davis, sé que quieres creer que todo sea el producto de un malentendido, pero nuestra fama nos la ganamos a pulso. Puede que no desde el origen, y por supuesto no todos estamos cortados por el mismo patrón, pero las cosas no son tan simples. Hoy en día hay gente que cree en esa purga, han surgido guerras por ella. Lo que está pasando con la Cámara sólo es una de sus consecuencias.
Tracey apretó los dientes y desvió la mirada con un deje de terquedad y desdén, tratando de evitar a toda costa demostrar que el brillo de profunda condescendencia que había en los ojos oscuros de la Prefecta le había sentado como una bofetada de realismo. Y que su voz adoptara un timbre tierno cuando volvió a hablar acabó por machacarle el orgullo:
—Te gusta ser Slytherin. Es normal que idealicemos aquello que nos gusta, sobre todo cuando no hemos terminado de entender todos sus transluces. Y si bien es cierto que las ilusiones siempre tienen su base en la realidad, si hay algo que nos destaca es que no estamos hechos para vivir bajo esa pompa. Es cruel, pero es justamente eso lo que nos hace diferentes: vemos, o al menos lo intentamos, más allá de lo que nos gustaría ver.
—Vale. Digamos que tienes razón, ¿qué sentido tiene? ¿Por qué iba nadie a querer mirar algo que sólo le hará daño?
—Porque así es como uno puede llegar a ser grande… o destruirse en el intento.
La niña se removió, cruzándose de brazos para contenerse a sí misma y protegerse de los efectos que habían tenido aquellas palabras en su cabeza, ocultando el temblor de sus manos. Cada vez estaba más segura de que debía haber algo mal en su forma de ser, ¿por qué no podía ser como los demás y aburrirse con los puzzles mentales imposibles? ¿Por qué tenía que tener ese absurdo impulso de seguir buscando respuestas cuando ya comprobó en propias carnes lo dañino que podría ser hacer demasiadas preguntas? ¿Por qué, a pesar de esa corrosión que sentía por dentro, ansiaba seguir hurgando en todo aquello, sabiendo que eso abriría aún más su propio agujero?
No se movió cuando Farley se levantó a buscar un par de libros más. Perdió la cuenta del tiempo en que llevaba —otra vez— inmóvil en la biblioteca. Se mantuvo quieta, entre inspiraciones lentas, visualizando la lucha que se fraguaba en el interior de su cabeza: una parte de ella, una gran parte de ella, se mantenía estoica y tenaz en su intento por seguir escudriñando los enigmas, en averiguar de dónde salía todo ese odio por los muggles, cómo empezó a calar tan hondo en la sociedad mágica, qué razón podía haber para fomentar esa división hasta el punto al que habían llegado, hasta la consecuencia de tener a un monstruo cazando niños. La otra se hacía cada vez más pequeña, acongojada entre fragmentos de ilusiones rotas y la absoluta certeza de que el parasol que la cubría se haría añicos cada vez más afilados, tratando de replegarse sobre sí en un intento de no cegarse ante la intensidad del mundo que tenía delante.
Se humedeció los labios, estirando al máximo el momento en que la pelea llegaba a su fin, sabiendo de antemano el resultado, saboreándolo a pesar del escozor que le punzaba el pecho. Sonrió al sentir el último crack en su cabeza.
Cuando entró al colegio quería ir a Slytherin porque era donde su abuelo le decía que tenía que ir. Le costó tiempo darse cuenta de que su Casa le gustaba y que eso conseguía que se habituara al colegio, lo que la llevó del tirón a idealizarla. Pero ahora podía sentirlo —de una forma distinta a cómo lo notaba antes—, más propia, más retorcida, más lacerante, saliendo desde sus propias entrañas: no es que le gustara, es que ella era una Slytherin. Las escamas formaban tanta parte de ella como su propia piel.
Y aquí acaba otra viñeta de las intensas reflexiones de Tracey en las que intenta descubrir un poquito más del mundo que le rodea (y de sí misma).
Sí, lo sé, soy una cabrona que no ha hecho más que jugar a darle vuelta a Mister S. sin terminar de mojarme con su persona. Pero esa es la gracia de nuestro Fundador: que nadie tiene ni idea de qué coño pasaba por su sibilina cabeza, sólo hay teorías y muchos matices para una misma historia que el protagonista abandonó (y que Jotaká nos dejó de forma tan sesgada y partidista). Y con esos matices son con los que he querido jugar, decidid vosotros con cuáles queréis quedaros y qué es lo que queréis entender de ella.
Respecto al Barón y su parlanchina presencia en este capítulo… sé que por el hecho de que como Harry nunca le ha oído hablar hay gente que creía que era mudo (coffEMEcoff), yo soy más de pensar que es un hombre que habla cuando quiere y con quien él quiere; aunque admito que sí que me lo imagino bastante parco en palabras. La razón de que en esta escena suelte semejantes diatribas para lo que es él es puro recurso literario: se haría muy coñazo leer toda esa conversación a base de preguntas insistentes-respuestas cortas. Espero que entendáis la licencia.
En cuanto a Gemma Farley… está sacada de Pottermore (el nombre y rango, al menos), fuente de la que también saqué algunos detalles de esta escena (como que los primeros herederos conocían la existencia de la cámara, que los Fundadores la buscasen y la fecha de cuándo empezaron a gestarse las teorías de sangre), y como se supone que Pottermore está bajo el escrutinio de Row-Row lo podemos tomar como canon, más o menos. Además, Slytherin no está lo que se dice repleto de personajes femeninos a los que echar mano y prefiero limitar el acudir a OC's lo máximo posible, aunque sea teniendo que tirar de apellidos sueltos o carcasas vacías.
En fin, creo que estas son todas las puntualizaciones que quería dejaros.
