Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños; de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
Esencias
El corazón le bombeaba con fuerza, notando cómo la sangre se concentraba en su rostro y fluía con tanta rapidez que le embotaba la cabeza. Trató de inspirar hondo pero el aire pasó entrecortadamente, formando nudos en su garganta. Las comisuras de la boca le temblaron cuando volvió a sentir su respiración aproximarse. Cerró los ojos ante el chisteo que la instaba a controlarse y concentrarse en lo que estaban haciendo.
Fue inútil. En el momento en que sintió esos dedos volver posarse en su nuca y guiarla hacia delante, la risilla nerviosa que le inundaba por dentro retomó su camino serpenteante y la hizo agachar la cabeza para evitar el contacto, teniendo que morderse los labios para librarse del cosquilleo y evitar que la carcajada saliera.
—Lo siento, de verdad, no he podido evitarlo —repitió, carraspeando para tratar de serenarse cuando escuchó el quinto resoplido, esta vez con un deje bastante claro de molestia en la forma de expulsar el aire.
—Te recuerdo que esto ha sido idea tuya, ¿por qué no eres capaz de controlarte? —le espetó Farley, dejándose caer contra el poste del dosel de su cama, cruzando los brazos con hastío.
—¡Lo intento, de verdad! Es sólo que es más difícil de lo que pensé —se excusó, llevándose una mano a la boca para ocultar la sonrisilla que seguía aflorando y que terminaría por sacar de quicio a la Prefecta si volvía a verla.
Tracey sacudió las manos para librarse del inquieto e infantil reparo que la arrastraba a ponerse nerviosa, respirando hondo varias veces, antes de llevárselas al pecho como si así fuera a conseguir que éste latiera con normalidad. Se irguió, asintiendo con la cabeza como señal de que estaba preparada.
Farley la miró con una ceja arqueada por la suspicacia, suspiró y deshizo su cruce de brazos a medida que se acercaba, logrando que la niña cerrara los ojos antes de tiempo, arrugando el ceño y tensando todo su rostro en un intento de mantener el control de sí misma. La Prefecta negó con la cabeza al ver su expresión, elevando la mano derecha hasta colocarla encima de la frente de Tracey, formando una «O» con los dedos corazón y pulgar, soltando el primero con fuerza sobre el entrecejo de la menor.
—¡Auch! —Se quejó, llevándose inmediatamente una mano a la zona golpeada, entrecerrando los ojos con rencor por semejante traición—. ¿A qué ha venido eso?
—A que cualquiera diría que estabas a punto de ser besada por un escreguto. Otra cosa no, pero el ego bien que sabes joderlo —le riñó la mayor, recostándose otra vez sobre la columna del dosel, hastiada y ofendida—. Así no vamos a ninguna parte.
—Lo siento —reiteró Tracey, suspirando y dejando caer sus hombros en señal de abatimiento—. No entiendo por qué contigo es distinto.
Y aquello era absolutamente cierto. No tenía ni pajolera idea de por qué en todo el tiempo que llevaban intentándolo le resultaba imposible controlarse y evitar que la risilla nerviosa la hiciera parecer imbécil. Le frustraba el no ser capaz de quedarse quieta y dejarla hacer lo que ella misma le había pedido que le enseñase. Farley le gustaba, mucho, y le resultaba mil veces más fascinante que el bastardo de Pucey. No tenía sentido que con ella se apartase aún cuando quería que la besase y sin embargo con él se quedó estática a pesar de que no quiso que lo hiciera.
—Tal vez funcionaría si imaginaras que soy quien te gusta —sugirió la Prefecta.
—¡Pucey no me gusta! —se reveló de forma automática, haciendo un mohín de protesta antes de ver las cejas arqueadas de Gemma por su respuesta.
—No he dicho a quién debías imaginarte, pero supongo que el subconsciente te acaba de traicionar —alegó, formando una medio sonrisa socarrona.
—No es lo que estás pensando —rebatió, irguiéndose de nuevo con cierta fanfarronería—. Me ha traicionado en el sentido de que estaba pensando que no entendía por qué dejé que ese cerdo me besara cuando no me gusta nada. Supongo que es porque me pilló con la guardia baja y contigo son los nervios los que me traicionan porque soy consciente de lo que estamos haciendo.
Tracey se mantuvo seria y firme en su planteamiento mientras Farley la escrutaba, para terminar encogiéndose de hombres con desinterés.
—Pues si tan segura estás y de verdad quieres seguir adelante, esta vez serás tú quien lo haga —decretó, reacomodándose mejor en su posición.
A Tracey se le secó la garganta en cuanto la vio cruzarse de nuevo de brazos, alzando el mentón con severidad. Quiso tragar saliva, pero era como si todos los fluidos de su cuerpo, incluida su sangre, se hubiesen evaporado al saber que la Prefecta iba totalmente en serio. El nudo nervioso de su estomago dejó de ser un cosquilleo para convertirse en una férrea presión que hacía palpitar aún más fuerte su corazón por la supuesta falta de riego. Y debía de tenerla, a todas luces su cerebro debía de haber colapsado porque justo en ese momento era incapaz de sentir la claridad que le había inundado cuando todo aquello se le ocurrió. No es que ya no pensara que fuera una buena idea, era que no terminaba de encontrarle el sentido a cómo habían llegado a éste punto cuando abordó a la Prefecta hacia escasamente una semana:
Se mordió el labio inferior, insegura, recargándose contra la columna de piedra como si así pudiera absorber un poco de su firmeza. Frotó el fajo de pergaminos que tenía medio escondido en una de las manos para recordarse el porqué estaba ahí, observando a la Prefecta caminar acompañada de un par de compañeras entre el cambio de clases.
Desde aquella conversación que tuvieron en la biblioteca no habían vuelto a encontrarse más allá de compartir mesa durante las comidas. Y todo el caos que aconteció cuando Potter volvió a salvar el año y librarles de la pesadilla del monstruo no ayudó demasiado a que pudiera propiciar un encuentro. No con la algarabía que llenó el colegio cuando los exámenes finales fueron suspendidos y los rumores corrieron como la pólvora convirtiendo todo aquel tema en una nueva leyenda: ¡Un basilisco! Un. Jodido. Basilisco. ¡Y Potter había vuelto a ser el héroe del mundo mágico deshaciéndose de él!
Tracey no tenía ni remota idea de cómo narices pudo ser posible para un crío de doce años deshacerse de esa bestia. Ni cómo la encontró. Ni por qué la gente seguía sin saber nada del misterioso heredero. Pero claro, ahora que Dumbledore había sido restituido de su cargo, el semi-gigante había sido puesto en libertad y todas las nuevas estatuas volvían a ser alumnos vivarachos, ¿qué importaba que la historia siguiera sin estar completa? El bien había vuelto a ganar, ¡si hasta habían echado al padre de Malfoy del Consejo Escolar! Potter no debía caber en sí de gozo por tan noble acto y el resto le hacía la ola rebuznando pleitesía ante su salvador. ¿Qué más daba que las preguntas siguieran creciendo sin respuestas? Nadie las quería ya.
Inspiró hondo, tratando de desalojar esos pensamientos de su cabeza. No es que no se sintiera aliviada, era que no le resultaba tan simple ponerle el broche final al asunto como parecían estar haciendo todos los demás. Ella seguía necesitando respuestas, y las obtendría, pero incluso aquello tenía que esperar. Ahora necesitaba hacerse con una cuestión aún más valiosa.
Aprovechó ese momento de confianza que despejó su mente para salir de su escondite y acelerar el paso entre la marea de alumnos que recorrían el pasillo. Se llevó las manos al pecho, apretando contra sí el fajo de pergaminos. Éstos iban a ser su salvoconducto hacia su nueva meta. Más bien, la única meta que se había llegado a proponer en serio desde que pisó aquel colegio. Le había costado, pero por fin se había dado cuenta de que ya no debía mirar a los miembros de su Casa como si fuera un ente aledaño. Ella era uno de ellos. Y en ese momento se dirigía a la única persona que podía enseñarle cómo lustrar sus escamas.
Se interpuso en su camino con más brusquedad de la que había planeado, prácticamente tropezando con ellas en su intento de alcanzarlas. Se encogió en sí misma cuando tuvo los tres pares de ojos clavados en su persona. ¿¡Por qué las cosas no podían salir tal y cómo las imaginaba!? Carraspeó, temiendo que las palabras no le salieran o, peor, que Farley no diera indicios de acordarse de ella.
—Tengo que… No… ¿Podrías…? —balbuceó, ante la mirada inquisitiva de las tres alumnas de sexto. Se aclaró la garganta y fijó los ojos en sus zapatos, si evitaba el contacto visual podría fingir que no se sentía tan infinitamente pequeña—. Farley, ¿podemos hablar un momento?
—¿Y ésta quién es? —cuestionó la rubia de la izquierda.
—Sea quien sea tendrá que esperar, ya llegamos tarde a la clase de McGonagall —avisó la otra, ¿Selena? ¿Serena? ¿Selina? S-cómo-fuera Capper.
A Tracey le resultó curiosa la falta de acento irlandés en su voz, claro que la única vez que la había escuchado hablar estaba tan borracha que lo único que se distinguía de sus palabras era la entonación con que las pronunciaba. El caso es que para esa respuesta sí estaba preparada:
—En realidad, esto podría serviros de ayuda —acotó, revolviendo los bolsillos de su túnica hasta encontrar los pergaminos que buscaba—: Justificantes firmados por Snape y Pomfrey, sólo faltan vuestros nombres para que saltarse un par de clases no sea ningún problema.
—¿Cómo los has…? —empezó Capper.
—¿Podemos hablar a solas? —La interrumpió, alzando por fin la vista para clavarla en Farley.
—Supongo que es lo menos que puedo hacer después de regalarnos un día libre —asintió la Prefecta.
Tracey trató de simular compostura y tragarse la sonrisa cuando la mayor se despidió de sus amigas. Se quedó inmóvil mirándola con lo que trataba con fuerzas de que fuera una expresión imperturbable, hasta que cayó en la cuenta de que Farley esperaba que la guiase hasta donde se sintiera más cómoda para su charla. Se sintió estúpida mientras avanzaba por el pasillo por haber sido tan lenta de reflejos, y Farley seguía sin dar muestras de que la reconocía.
No dio demasiados rodeos, o sería más correcto decir que los nervios la estaban destrozando a cada paso que daba en silencio para alargarlo aún más, así que decidió que aquel atrio era tan buen lugar como cualquiera para afrontarla.
—Esto es para ti —le ofreció, tendiéndole el fajo de pergaminos que había estado aferrando todo este tiempo. Esperaba que aquello fuera moneda de cambio suficiente para que Farley aceptara su oferta. O al menos para que no la mandara a la mierda a la primera de cambio—. Por desgracia no están completas, es todo lo que he podido conseguir en una semana y con todo lo del fin del monstruo de Salazar…
—¿Son las preguntas de los EXTASIS? ¿¡Con mi letra!? —exclamó la Prefecta, con una mezcla de asombro e incredulidad que aflautó su voz. Carraspeó al darse cuenta de su tono y miró a su alrededor para asegurarse de que no había llamado demasiado la atención de los alumnos que aún rezagaban por los pasillos, antes de girarse hacia Tracey para susurrar—: ¿Cómo demonios has conseguido esto? ¿Y cómo es que parece que he sido yo la que ha escrito estas fichas?
—Me fijé en tu letra el día que estuvimos en la biblioteca y te la copié. Tienes una caligrafía bastante estándar así que no me ha costado mucho imitarla. Los justificantes que se han llevado tus amigas también son falsificaciones. Y en cuanto al cómo he conseguido las fichas… digamos que voy a pasarme la mitad del verano haciendo los trabajos de los chicos de cuarto; y uno de Flint que se acabó apuntando también aún no sé ni cómo ni por qué, pero curiosamente fue el que más apuntes me trajo. Eso sin contar mis propios deberes para el verano, claro. El caso es que son tuyas, no están completas y puede que no te sirvan de mucho para tus propios EXTASIS pero… al menos ya tienes información de antemano para el año que viene.
Farley parpadeó, miró el fajo de pergaminos, alzó la mirada hasta Tracey, de nuevo a los pergaminos y acabó parpadeando otra vez. Inspiró y alzó la cabeza para mirarla con el desconcierto pintado en la cara.
Tracey dejó salir la sonrisa, mordiéndose la punta de la lengua y arrugando la nariz en una mueca traviesa y divertida por el descoloque de la Prefecta. Hasta el momento, sólo Pucey sabía de dónde sacaba Terence las falsificaciones que vendía. Era él el que se había encargado de "hacer los contactos" aprovechando el hecho de que conocía prácticamente a todo el mundo, o todo el mundo parecía saber que eran a esos dos a quienes debían dirigirse si necesitaban conseguir ciertos «menesteres que hicieran la rutina más llevadera», como Terence llamaba a sus trapicheos. A Tracey le había dado igual que él manejase ese asunto, principalmente porque hasta ahora no había tenido mucho interés en ver todo lo que podía conseguir con ello y, por supuesto, porque también era consciente de que una niña de doce años no iba a conseguir mucha clientela y credibilidad por sí sola.
—¿Tú eres la escriba de Higgs? —Inquirió Farley, en un susurro cargado de conmoción—. Ahora entiendo por qué ese cabrón custodiaba tan bien el secreto. ¡Una cría! ¿Ese bastardo te está explotando? Si se está aprovechando de ti podría…
—No, no. No es nada de eso —se apresuró a corregir Tracey, negando con ambas manos—. En realidad fue él quien se dio cuenta de que lo que hago podría ser útil. Y a mí me gusta hacerlo, siempre que no me consuma demasiado tiempo o simplemente no tenga ganas. De momento dejaba negociar a Terence porque es a quien conoce la gente y podría sacar el mejor precio.
—¡Y tanto que puede! Me cobró dos galeones y las contraseñas del baño de los Prefectos para todo lo que quedaba de año por un volante para la Sección Prohibida. Supongo que lo del baño fue su comisión, ¿no? Pero, ¿por qué me has conseguido las fichas? Sólo tenías que presentarte con los justificantes y podríamos haber empezado a negociar directamente si lo que querías era romper tu anonimato.
Tracey inspiró hondo y volvió a morderse el labio inferior. Habían llegado exactamente al punto al que quería llegar. Ahora sólo era cuestión de exponerlo de forma en que la Prefecta mordiera la manzana:
—Porque no es sólo cosa del anonimato. Con esto quería mostrarte que puedo hacer mucho más que falsificar, sólo dime qué necesitas y lo tendrás.
—¿Y qué es lo que quieres a cambio? —cuestionó a su vez, empezando a formar una sonrisa sibilina mientras se acercaba un poco más hacia ella.
—Tu presencia. Quiero que me enseñes a moverme como tú lo haces, a andar como si el mundo fuera tuyo, a sonreír como si pudieras tenerlos a todos comiendo de tu mano. Enséñame a ser la serpiente que se cuela en el paraíso y rompe esa perfección para crear la suya.
Y aceptó. Tracey aún no podía creerse la facilidad con la que se había hecho cargo de su petición. A pesar de las horas que había pasado en su compañía, de las miradas reprobatorias cuando se impacientaba, de la lentitud que adoptaba cuando estaba a su lado para que pudiera absorber bien sus movimientos, de los siseos ladinos que vertía sobre sus oídos antes de presentarle a la gente… de estar esperando a que rompiera con sus reparos infantiles y se acercara a besarla de una vez para hacerse con el control definitivo de sus emociones. Seguía sin ser capaz de creerse que lo hubiera conseguido, pero ahí estaba, y era su propia impotencia lo que la estaba trabando para alcanzar su meta.
Inspiró hondo, fijando la vista en los nudos que formaban sus dedos entrelazados con fuerza sobre sus rodillas, dándose cuenta de que se había convertido en su propio lastre. No iba a conseguir nada quedándose a mitad de camino. Todo el esfuerzo gastado no tendría ningún sentido si no se ganaba a sí misma.
Apoyó las manos en el colchón mientras se inclinaba hacia ella, cerrando los ojos cuando los oscuros de Gemma se convirtieron en un borrón. Dejó salir el aire en un suspiro cuando estuvo prácticamente sobre su boca. Y se lanzó a absorber su esencia. A abrazar al hada de las mazmorras en la que había querido convertirse.
I know, I know, es extremadamente corto de la misma forma que es bastante posible que no le veáis el más mínimo sentido; ya puedo oír los «¿y esta mierda de qué va?» o «¿para eso tanta espera?» Respondo primero a lo segundo: esta escena llevaba mucho tiempo escrita, han sido las siguientes las que me han dado más quebraderos de cabeza y no quería subirla hasta no tenerlas listas. Y continuando con lo primero… es abrupto, caótico y sin ninguna intención de ser más que eso. Es lo que tiene que ser aunque aún no se entienda.
Eso es todo cuanto tenía que decir, y como diría alguien que estáis a punto de conocer: puedo poner las manos en las fauces de dragón al prometeros que el siguiente vendrá muy pronto, que sólo le queda el repaso final y el hueco que le haga entre mi montaña de apuntes. Necesito fines de semana de setenta y dos horas, como mínimo.
