Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños, de hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
This life is short, baby, that's a fact
Better live it right, you ain't coming back
Gotta raise some hell, 'fore they take you down
Gotta look this world in the eye
Gotta live this life until you die
(Curtis Stigers – This life)
Panem et circenses
Pestañeó varias veces, guiñando los ojos para que el penetrante sol al que acababa de exponerse no se los derritiera.
—Tienes que estar de coña —gruñó, una vez que sus ojos azules dejaron de lagrimear y consiguieron enfocarse en el paisaje que tenía delante: un completo y absoluto páramo en medio del campo. ¡Del campo!
—¿Minsy se ha equivocado de sitio? Minsy está segura de haber seguido las indicaciones que la ama le explicó para traer al joven amo…
—Estamos en el sitio correcto, sí. Estaba hablando conmigo mismo —aclaró, acallando la diatriba de la elfina que lo había traído hasta allí—. Ya puedes volver a casa, Minsy, encontraré a mis padres yo solo.
—Disfrute de la fiesta, joven amo —se despidió la criatura, haciendo una reverencia antes de desaparecer en un plop.
Adrian inspiró hondo, reteniendo el aire en sus pulmones mientras introducía las manos en los bolsillos y observaba las carpas abiertas que había debajo de la colina en la que su elfina los había hecho aparecer. No habría sitio en toda Inglaterra para celebrar esa dichosa fiesta que tenían que montarla en el puñetero campo. ¿Es que la vejez había empezado a atrofiar sus cerebros socialmente privilegiados? Arrugó la boca en una mueca de desdén y dejó salir el aire en una cadencia ronca.
Resopló, frustrado, notando como el sol empezaba a picarle en la coronilla y conseguía que el traje le sofocara. En fin, cuanto antes hiciera acto de presencia antes podría escabullirse para buscar a Terence y al resto de sus desgraciados compañeros que, como él, habían sido arrastrados a esa exhibición equina por la beneficia, o puja de caballos alados contra la extinción de Fwooper, o cualquiera que fuera la excusa que se habían inventado los aburridos dignatarios de la alta sociedad mágica para reunirse y compadecerse entre ellos por sus arrugas. Lo único positivo en lo que podía pensar es que al menos él había conseguido saltarse la parte más coñazo de aquellos despliegues de pomposidad elitista.
Trató de mantener la espalda erguida y no mirar mucho sus pies mientras descendía la colina, aunque tuviera que dar zancadas más cortas para prevenir cualquier tropiezo. Una cosa era sentirse fuera de lugar —y estaba claro que el campo no era para nada su sitio— y otra muy distinta el demostrarlo, pese a que le estuviera costando la vida reprimir las ganas de aflojarse la corbata y desabotonarse el cuello de la camisa. Consiguió llegar al llano sin haberse despeñado en el intento justo en el momento en que un enorme abraxas emprendía el vuelo para ponerse a hacer cabriolas en el aire, recibiendo un coro de exclamaciones y aplausos por parte de la congregación.
—Panem et circenses —suspiró, cogiendo una copa de hidromiel de la bandeja de uno de los elfos que se encargaban de pasearse con ellas entre todos esos ilustres y eminentes carcamales allí reunidos.
La criatura le miró con un pequeño atisbo de reprobación, pero siguió su camino con las orejas gachas en cuanto él alzó la ceja, desafiándole a decirle algo como que aquellas bebidas eran sólo para los adultos. Hacía mucho que había aprendido que si se comportaba como si estuviese en su legítimo derecho de hacer lo que le venía en gana el resto del mundo solía creérselo también. Y nacer entre privilegiados no hacía mucho por demostrarle lo contrario. Se adentró entre ellos, sintiendo cierto alivio en cuanto se refugió del sol bajo las carpas, mas éste no le duró mucho al percibir el discordante aroma entre túnicas de marca recién estrenadas, refinados perfumes y toda la esencia del maldito campo y esos puñeteros caballos. Definitivamente a quien fuera que se le ocurrió aquel evento debía tener un alto grado de endogamia. Con lo bien que podrían haber estado celebrando cualquiera de esas ridiculeces en el propio Ministerio, o incluso en las casas de algunos de sus dignatarios como habían hecho alguna que otra vez. Creía que la preferencia de la alta clase por pasar el día en el campo era cosa del siglo pasado, pero ahí estaban ellos: reafirmándose en su terquedad de mantenerse estancados en el tiempo.
Por suerte logró encontrar a su padre cerca de una de las mesas llena a rebosar de multitud de fuentes y bandejas de comida, por si acaso la que llevaban los elfos no era suficiente. Se apuró la copa de un trago, girándose para que su padre no llegara a verlo, y la dejó caer dentro de uno de los enormes jarrones dispuestos por todo el lugar antes de acercarse. Frunció un poco el ceño al no reconocer a uno de los hombres con los que hablaba; teniendo en cuenta que la comunidad mágica inglesa con semejante caché económico no era lo que se dice muy extensa, y la enorme frecuencia con la que encima habituaban a reunirse, aquello era cuanto menos curioso. Sobre todo teniendo en cuenta que no tenía pinta de extranjero.
Esperó en una distancia cortés, con las manos tras la espalda e irguiendo ésta todo lo que el traje le permitía, a que su padre se diera cuenta de su presencia e hiciera un alto en la conversación que mantenía. Estiró un poco el cuello para ver si podía atisbar a alguno de sus amigos por allí, pero no había señal alguna de ellos. En su lugar se topó con la mirada displicente de su madre, cerca de las vallas dispuestas para que los presentes pudieran hacer alarde de su nulo conocimiento equino, sacar los trapos sucios del grupo de al lado y, si eso, comprar un carísimo caballo que se pavoneaba frente a ellos por el bien de los squibs, o a quien fuera que estuviese destinado ese dinero. Sonrió ante el guiño cómplice que le dedicó su señora madre tras escrutarle en la distancia, pero antes de que pudieran intercambiar más señales la buena mujer tuvo a bien ignorarle dándose media vuelta.
Adrian parpadeó, atónito y un pelín irritado. Frunció el ceño y se puso de puntillas, estirando aún más el cuello para intentar ver quién había osado robarle la atención de su madre, pero sólo fue capaz de atisbar una cabeza de un rojo muy intenso —demasiado para ser natural— adornada con una diadema verde oscuro. Genial, su madre osaba ignorarle por los cotilleos de una liliputiense que sería la pesadilla de un daltónico. Dio un paso hacia la izquierda, reclinándose totalmente hacia ese lado mientras se mordía el labio inferior, entrecerrando los ojos en un intento de ignorar a la gente que le entorpecía el campo visual. Ladeó la cabeza, picajoso, al darse cuenta de que lo que fuera que estuviesen hablando no parecía ser una muestra de educada deferencia por parte de su progenitora, sobre todo cuando la vio cubrirse la boca con la mano para ocultar la sonrisa y atisbó aquella mirada brillante y maliciosamente divertida que él mismo había heredado.
Arrugó la nariz y ahogó un gruñido, haciendo un mohín con la boca. Él solía ser el único que provocaba esas reacciones en su madre cada vez que tenían que acudir a estos eventos y su cinismo ayudaba a aliviar la monótona pesadez que les invadía. Recompuso la postura y se tironeó la chaqueta para eliminar las arrugas, dispuesto a descubrir quién era aquella ladrona de madres, pero su padre tuvo que elegir ese preciso instante para llamar su atención e introducirle en el grupo de adultos.
Inspiró hondo y estrechó pacientemente las manos de todo aquel grupito de hombres a los que ya había sido presentado un millón de veces, apretando los dientes y reprimiendo el impulso de quejarse y apartar la mano de aquel hombre nuevo cuando éste se la apretó con más fuerza de la que esperaba.
—Encantado, Señor Roxton —masculló, recogiendo las manos tras su espalda para poder sobársela. Por Merlín, casi le rompe los jodidos dedos. ¿De dónde diablos salía ese carcamal y porque iba por ahí dando esos apretones?
—¿Y bien, Adrian, nervioso por empezar tu quinto año? A mí aún me entran sudores fríos sólo de recordar cuando tuve que pasar mis TIMOS, claro que fue mucho peor al llegar a los ÉXTASIS —aseveró uno de los Ogden, nunca conseguía distinguirlos.
—No le hagas caso, todo su nerviosismo se debía más al miedo de que le pillaran haciendo trampas que por la complejidad de los exámenes —rebatió Yaxley, tras aparecer por detrás de Wiggleswade y uniéndose a la conversación—. Estoy seguro de que un chico como tú no debería tener problemas con nada de eso.
Adrian sonrió, haciendo un gesto ambiguo como respuesta al propio tono del hombre, aunque por la forma jocosa en que le miraba estaba plenamente seguro de que se refería más a lo de hacer trampas que a lo de aprobar limpiamente.
—Oh, mira, por ahí anda Lazarus. Estoy seguro de que estás deseando reunirte con ellos en vez de seguir aquí oyendo las viejas batallitas de estas reliquias —avisó su padre, señalando un punto inconfundible en la distancia y dándole unas palmaditas en la espalda para animarle a marcharse.
Podía parecer afable y risueño, pero a Adrian no le pasó desapercibida la tensión de sus sienes y la tirantez de sus comisuras, intentando mantener el semblante desde que Yaxley había aparecido. Además, ya empezaba a ser obvia la rapidez con la que le despachaba cada vez que ese hombre aparecía. Normalmente siempre intentaba retenerle y hacerle hablar con todos sus conocidos, por aquello de reafirmar los contactos que podría necesitar en un futuro, pero con Yaxley y Avery… cualquiera diría que estaban en una lista de pedófilos dada la forma en que su padre y el tío de Lazarus intentaban mantenerles lejos de ellos. Tanto sus amigos como él tenían una idea más próxima sobre en qué tipo de lista podrían estar en realidad, pero se limitaban a dejar todo aquel quebradero de cabeza a sus mayores.
Por esto mismo se encogió de hombros y, tras despedirse y devolverle un apretón vengativo a Roxton —cuya nueva firmeza pareció complacerle más que otra cosa—, se encaminó hacia donde su amigo llenaba la bandeja de un elfo de comida como si se preparase para alimentar a un batallón especialmente hambriento. Mierda, esos cabrones habían empezado sin él. Capullos.
—Genial, toma tú esta y empieza a llenarla también —comandó el grandullón a modo de saludo, colocándole una bandeja sobre las manos—. ¿Cuándo has llegado?
—Hace un rato. ¿Dónde os estáis escondiendo? —inquirió, tratando de colocar los platos con cuidado para que ninguno llegara a mancharle el traje.
Lazarus inspiró entre dientes, haciendo una mueca y mirándole de reojo.
—En un establo —contestó, compungido. Adrian chasqueó la lengua, asqueado—. Pero antes de que empieces a protestar mira a tu alrededor: no se puede decir que haya mucho donde elegir, ¿verdad? Hacemos lo que podemos con lo que tenemos, así que nada de remilgos.
—En serio, deberían sacrificar al que tuvo la idea de venir al puto campo, se nota que esto es un grito de auxilio para que paliemos su sufrimiento —rezongó, fulminando a la multitud a través de su flequillo.
—Tú y Terence sois demasiado urbanitas, en serio, tendrías que haberle visto al llegar: casi le da un pasmo al no ver los baños…
—¿¡No hay baños!? —exclamó Adrian, horrorizado.
Lazarus suspiró, rodando los ojos y negando con la cabeza, terminando de llenar su bandeja y volviéndose hacia él con una expresión de paciencia infinita.
—Tío, estás en el campo, todo esto es un baño —indicó, mostrando con un amplio gesto de su brazo libre el espacio que les rodeaba—. Y antes de que me sueltes la misma gilipollez que ha dicho Terence, recuerda: eres un mago...
—Tendría que haber meado antes de salir de casa, joder —se lamentó Adrian, enfurruñado e ignorando a su compañero.
—Vamos, anda —instó Lazarus, colocando un par de platos más sobre la bandeja de Adrian, más por joder que por el hecho de que no llevasen ya suficiente comida.
Un evento social en pleno campo. Obligados a esconderse en un establo. Y nada de baños. El mundo mágico estaba cada vez más hundido en la decadencia.
—Por cierto, ¿sabes quién nos ha acosado nada más vernos preguntando por ti? Ackerley —informó Lazarus, provocando una sonrisa ladina en el rostro de su amigo—. ¿Cuándo has tenido algo con ella?
—En la fiesta de fin de año del Ministerio —contestó, logrando que su amigo se parara en seco y le mirase justo al pie de las escaleras del establo.
—¿Así que ella fue…?
—Ajá —asintió el moreno, ampliando la sonrisa.
—Bastardo con suerte —le reprendió Lazarus, soltando una carcajada y empezando a subir las escaleras.
—Mira quien fue hablar, tú fuiste el primero de todos nosotros —replicó Adrian, golpeando la punta de sus zapatos en los escalones para librarse del exceso de polvo que se había pegado a estos.
—¡Pero mirad quién nos hace el honor de aparecer por aquí! —Exclamó Terence, nada más aparecieron sus cabezas por el segundo piso del establo—. ¿Dónde coño estabas? Llegas como tres horas tarde, tío.
—Eso —convino Lucian Bole, tirado en el suelo al lado del castaño, apuntándole con un dedo acusador—; nosotros hemos tenido que aguantar todo el puñetero manifiesto sobre la responsabilidad de los pudientes para con los monos del Amazonas…
—¿Los monos del Amazonas? ¿Pero la venta de caballos no era para San Mungo? —inquirió Gemma Farley, deteniéndose en su pelea con el montón de paja que intentaba convertir en un asiento decente. Al parecer el tiempo que llevaba ya perjudicándose con ellos en aquella reunión clandestina le había hecho olvidar que era bruja, de ahí que intentara infructuosamente evitar que el fajo de paja se deshiciera manualmente una y otra vez.
—Perdí el hilo al ver el escote de una de las Montgomery, ¿qué más da? Todos esos discursos vienen a ser lo mismo. —Bole se encogió de hombros, arrancando la bandeja de comida de las manos de Adrian en cuanto éste estuvo lo bastante cerca—. El caso es, ¿por qué tu madre no es como las nuestras y te arrastra puntualmente a que sufras junto a todos nosotros?
—Le dije que tenía que terminar el trabajo para Binns. Ya sabes cómo es: de qué sirve codearte con los altos cargos cuando no tienes ni los TIMOS, la educación antes que los deberes sociales… —Adrian hizo un gesto de etcétera con la mano, apilando un par de montículos de paja con magia para que se mantuvieran estables antes de sentarse sobre ellos.
—Oh, ¿cómo no he caído antes? ¿Dónde está mi varita? —inquirió Farley, tras observarle con el ceño fruncido.
—¿El mismo trabajo que nos envió Davis hace como tres semanas y que no tenemos que entregar hasta noviembre? —cuestionó Lazarus, tras poner su bandeja sobre otro montículo de paja, deteniendo a Farley de dar vueltas sobre sí misma y señalándole la bota derecha.
—Uy —exclamó la chica, antes de empezar a reírse tontamente y llevarse las manos a la boca para intentar evitarlo—. En serio, ¿qué mierda le has echado a esos cigarrillos esta vez, Higgs? Siento como si estuviera perdiendo neuronas por segundo.
—Nueva remezcla: Artemisa, una pizca de cálamo y esencia de ipomoea… Te dije que estos eran fuertes, deberías sentarte antes de que te de el viaje —advirtió Terence, recostado entre la pared y el suelo, sonriendo satisfecho ante la eficacia de sus productos—. Oh, tío, por cierto, tienes que probar esto —indicó, incorporándose y arrastrando su chaqueta por el suelo hasta que llegó a los pies de Adrian—: en el bolsillo. Láudano de verdad, no es mierda que nos salió las navidades pasadas. Montague ha conseguido robárselo a su tío.
—Ten uno de estos a mano antes —aconsejó Bole, tendiéndole un canapé de a saber qué, justo antes de que Adrian se llevara la petaca a la boca.
El chico le hizo caso y recogió el canapé, dándole un trago a la petaca cuyo líquido le rajó toda la garganta y abrasó sus intestinos; se llevó el bocadito a la boca de inmediato, pero aquello le supo a puro barro y encima acabó por morderse la lengua.
—¡Hifos ne puda! —gruñó, mientras el resto explotaba en carcajadas. Se levantó, pateando las piernas de Bole en su camino hasta la ventana para escupir aquella masa pastosa por ella, aquel líquido le había matado por completo el sentido del gusto y le había adormecido la boca—. Ne vas a cagar, dan sólo espérane a que ne pille con la guadia baja —amenazó, arrancando la botella de Whiskey de fuego de las manos de Lazarus para ver si así conseguía eliminar el hormigueo que le recorría la boca.
—No, no, ¡no! ¿Me lo he perdido? —Exclamó una voz, apareciendo rápidamente por el hueco de las escaleras—. Anda que esperáis, cabrones —les reprendió Davis, fulminándoles con la mirada, enfurruñada.
Y Adrian por fin le puso cara a la ladrona de madres. ¿Qué demonios hacía Davis ahí? ¿Y qué mierda se había hecho en la cabeza?
—¿Ne has daido a du masnoda? —Cuestionó a Terence—. ¿Y cuando mieda voy a dejad de hablar como un duenne gangozo?
Adrian contuvo un gruñido en cuanto Davis soltó una risotada al oírle y empezó a carcajearse como la pequeña desquiciada que era. En serio, ¿qué cojones hacía ahí?
—Ay, al menos eso ha valido la pena —suspiró la ahora pelirroja, risueña pese a la mirada hosca que le dirigía Adrian—. Por cierto, Pucey, acabo de comprobar que tienes que ser adoptado. Es biológicamente imposible que un ser como tú provenga de unos padres tan encantadores.
El moreno fue a replicar, pero aún notaba el hormigueo y la falta de control que tenía sobre su lengua, cosa que aquella mocosa debía tener en cuenta dada la sonrisilla expectante que le dedicaba, arqueando una ceja a la espera de que le diera la oportunidad de volver a reírse de él. Mocosa insufrible. Al final tuvo que limitarse a apretar los dientes y taladrarla con la mirada, soltando un gruñido bajo, pero aquello sólo sirvió para que se ufanara más y cambiara la sonrisilla por una más amplia de recochineo.
—En fin, menudo coñazo termina por ser estar ahí fuera. Y yo que pensaba que las fiestas de empresa de mi padre eran aburridas… —suspiró Davis, tras lanzarle una mirada desdeñosa y encaminarse hacia Farley, que la dejó sentarse entre sus piernas y empezó a jugar fascinada con su pelo—. He tenido que salir por patas para quitarme de encima a Brandstone, mi abuelo se va a poner insoportable en cuanto se de cuenta de que he huido dejándole solo con éste, los Ogden y su cháchara interminable sobre Merlín sabrá qué pestiño.
—¿Bradstone, el primo político de McPhile? Ugh, ese cavernícola fue la razón de que saliera del armario tan rápido —le compadeció Farley, que a pesar de estar tan concentrada jugando con el pelo radiactivo de la menor señaló a Bole con la mano libre y amenazó—: Ni una palabra. Una sola bromita más sobre mis inclinaciones sexuales y limpiaré mis tacones con tus vísceras.
—Deberías hacerte mirar esa agresividad, Farley, ya no tengo ningún interés en ofrecerme como voluntario para devolverte a la senda correcta. He asumido que eres una de los míos —adoctrinó Bole, llevándose una mano al pecho y asintiendo con la cabeza, como si su deferencia fuera un gran honor que reconocía con humildad—. Lo cierto es que le iba a preguntar a Davis cuántos recién nacidos había tenido que sacrificar para teñirse con su sangre.
Adrian se rió ante la pulla, pero Davis se limitó a bufar como si ya hubiera tenido que soportar bromas así durante toda la mañana. Y, conociéndoles, estaba seguro de que así era. Se desesperó al mirar a Lazarus y comprobar la lentitud con la que trataba de liar el cigarrillo que le había dado hace un rato y acabó por quitárselo de las manos para hacerlo él, cosa que el otro aprovechó para descorchar una botella de jarabe de cerezas y sacar la de vodka que había robado de los elfos.
—Tú aún no —reprendió, golpeando la mano de Davis en cuanto ésta trató de agenciarse el vaso que acababa de llenar.
—¡No es justo! —Protestó la chica, indignada—. ¡Gemma, dile algo! —exigió, apartando las manos de la Prefecta de su cabeza para que le prestara atención.
—No seas aguafiestas y deja a la niña beber, Urquhart, ¿no ves lo adorable que es? ¿Cómo puedes resistirte a estos pucheros?—inquirió la morena, sujetándole la cabeza a la menor por la barbilla y aplastando sus mofletes con los dedos—. Eres una ricura, ¿a que sí? —cuestionó, girándole la cara para plantarle un beso rápido en la boca.
—¡Eh! —exclamó Bole, señalándolas con los ojos muy abiertos, atónito ante lo que acababa de presenciar. Se notaba que aún debía estar procesándolo porque se mantuvo un poco más señalándolas y repitió, agitando el dedo de forma acusadora—: Eh, eh, ¡EH! —Pero Farley no se dio por aludida, dado que siguió jugando con los mofletes de Davis a pesar de los intentos de ésta por liberarse—. ¡Eso es trampa! —Y por fin consiguió arrancar, incorporándose en medio de su airada ofensa—. Hasta tercero son territorio vedado: no cazamos niñas, tía.
—Cumplió los trece la semana pasada, está en terreno de nadie y me ha elegido a mí, chaval —replicó la morena, lanzándole una mirada soberbia… sin dejar de apachurrar los mofletes de la otra que pasaba la mirada de uno a otra con perplejidad.
—Pero… pero… ¡Eso va contra todas nuestras reglas! El código de honor está para algo, no puedes romperlo sólo porque tú tengas tetas —razonó el pelirrojo, haciendo aspavientos con las manos para remarcar lo traicionado que se sentía—. Davis, aléjate de ella ahora mismo antes de que te convierta en una falofóbica.
—Pevo si do no… —intentó aclarar la chica, frustrada por el agarre de la Prefecta y fulminando a Adrian en cuanto éste volvió a reírse en medio de una bocanada de humo.
Y así es como el equilibrio volvía a su sentido original, pensó, divertido, pasándole el cigarrillo a Lazarus mientras se recargaba en el montón de paja, acomodándose para el espectáculo.
—Sólo estás picado porque el año que viene me largo del colegio y tú sigues siendo incapaz de romper mi record. Asume que soy mejor que tú y vive en paz como el segundón que eres —contrarrestó Farley, soltando por fin a la menor y encarándose a Bole con altanería.
El pelirrojo inspiró entre dientes, como si acabara de recibir una patada metafórica en la entrepierna, y terminó por levantarse del suelo.
—Es sólo un pequeño apunte, mis corruptos socios, pero para que quede claro —añadió Terence, incorporándose un poco para recoger la botella de Whiskey que había quedado abandonada—: Si alguien tiene la potestad de David soy yo. Tracey, ven con tu amo.
—Vete a la mierda, Terence —comandó la aludida, entre divertida por el pique que estaban teniendo Bole y Farley e incrédula ante ese arranque de propiedad que había lanzado el castaño.
—Mocosa ingrata, ¿cómo te atreves a rechazarme por una vagina en exceso sociable? —se indignó Terence, alzando mucho las cejas, casi lanzando el cigarrillo por los aires en su efusividad por señalar a la Prefecta.
—Mira quién fue a hablar, el explotador de infantes. Venga ya, tíos, admitid que lo que os jode es que os haya arrebatado a una de vuestras presas antes de que tuvierais la opción de catarla…
—Si vas a ir por ahí —la interrumpió Adrian, ignorando el siseo funesto que soltó la pelirroja—, tú también llegas tarde, Farley —indicó, guiñándole un ojo con socarronería.
—Puto bastardo pedante de mierda —masculló la menor de carrerilla, tan roja como su nuevo color de pelo, provocando una carcajada en Lazarus con la que casi se ahoga.
—¿¡Pero es que soy el único aquí que respeta el código!? —clamó Lucian, mirándoles a todos con estupefacción.
—Parece ser que sí, ¿quién iba a ser capaz de decirlo? Lucian Bole, el único con algo de honor entre todos nosotros —anunció Lazarus, volviendo a reírse por semejante disparate.
—No me estoy enterando de nada —admitió Davis, quitándose la diadema y sacudiéndose la coronilla con frustración.
—Pues a partir de ahora os vais a enterar. Paso de ser el único gilipollas que respeta unas reglas que al parecer nadie más tiene en cuenta —proclamó el pelirrojo, hinchando el pecho—. Y eso incluye ir a por Applebee —avisó, mirando desafiante a la Prefecta.
—Ella está fuera de los límites, tócala y serás serpiente castrada —siseó Farley, borrando cualquier asomo de diversión que había tenido hasta ahora en el rostro, provocando que Davis huyera ipso facto de su regazo ante semejante tono amenazante.
—Oh, ¿así que por Tamsin sí que estás dispuesta a apelar al código? Fíjate tú por dónde que ahora soy yo a quien no le da la gana obedecerlo. Veremos quién cata antes a esa Hufflepuff —retó Bole, inmune a la mirada homicida que le estaba lanzando la morena.
—Ahora sí vienes a mí, ¿no? Pues ya no te quiero, me buscaré a otra mascota a la que adiestrar en cuanto volvamos a Hogwarts. No eres tan especial —desdeñó Terence, con un vano intento de mirada seria y una mueca de reproche cuando Davis se acercó hasta él para estar a salvo del posible fuego cruzado que podía haber entre los otros dos.
—No seas rencoroso, lo mío con Farley sólo es algo platónico —afirmó, enseñándole los hoyuelos al sonreír mientras se sentaba a su lado—. Tú eres mi persona favorita —declaró, con una sonrisa pícara, golpeándole el hombro con el suyo para que dejara de mirar tozudamente en la dirección contraria—. Además, piensa que estando con ella he acabado por aprender unos cuantos trucos interesantes —azuzó, con tal tono ronroneante que Adrian tuvo que dejar de mirar la discusión entre Bole y Farley para girarse hacia ella, enarcando una ceja impresionado por semejante actitud descarada que estaba desplegando—. Mucho más interesantes de lo que puedas imaginarte… pero si no quieres, pues nada, empieza a buscar a otra capaz de falsificar caligrafías y malgasta tu tiempo tratando de enseñarle a mentir tan bien como lo hago yo —convino, soltando un resoplido y haciendo el amago de levantarse.
—¿De qué clase de trucos estamos hablado? —inquirió el castaño, sujetándola del codo antes de que terminara de levantarse y obligándola a volver a acoplarse a su lado. Adrian chasqueó la lengua, negando con la cabeza, pero Terence se limitó a encogerse de hombros y lanzarle aquella sonrisa perezosa tan suya—. Más vale que sean mejores que el que has usado para cambiarte el color del pelo, Tracey, ¿en qué estabas pensando para hacerte esto en la cabeza? —le espetó, cogiendo un mechón con las puntas de los dedos.
—Es que no le he pillado el punto el tinte, aún.
—Ah, ¿qué has usado un tinte de verdad? Pensaba que habías metido la cabeza en un bidón de residuos radiactivos —apostilló Adrian.
—No sabía que los sangrepura tuvierais la más mínima idea de todo el concepto de la radiación —fingió sorprenderse la chica, antes de asentir con la cabeza—. Cada vez lo tengo más claro: eres adoptado.
—¿De qué color se supone que querías teñirte? —siguió Terence, haciendo caso omiso al pique entre ellos y estirando el mechón para verlo a contraluz.
—Caoba. Estaba harta del moreno y quería probar un tono menos común, pero apliqué un aclarador ante el miedo a que no lo pillase bien, lo dejé demasiado tiempo y…
—Se ha vuelto radiactivo, ya —finalizó el castaño por ella, provocando que ésta le diera un codazo—. ¡Au! Que aún estás en periodo de prueba, todavía puedo cambiarte por otra que no intente parecer una manzana mutante.
—¡Vale, ya está bien! —Les sobresaltó Lazarus, poniéndose en pie de un salto—. Cada uno a un rincón del establo, ¡ahora! —imperó, interponiéndose entre Farley y Bole que, en algún momento de su disputa, habían acabado por apuntarse con las varitas.
—Reaccionas tan mal sólo porque sabes que vas a perder —concluyó el pelirrojo, pese los empellones que le daba Lazarus para llevarle hasta el lado de la ventana.
—No perdería ante ti ni aunque me rebajara a convertirme en gusarajo —zanjó Farley, volviendo a sentarse en su montón de paja, guardándose de nuevo la varita en la bota.
—Sé que Gemma puede llegar a tener muy mal pronto, ¿pero de dónde sale tanta carga hostil entre ellos? —cuestionó Davis, en un susurro.
—Es su forma de decirse que se quieren, no te asustes. Llevan así desde que Bole entró al colegio e intento ir a saco a por Farley, pero al enterarse de que a ésta también le iban las tías tuvo que desviar su amor por ella al terreno de la rivalidad —contestó Terence, encogiéndose de hombros con simpleza, estirándose para llevarse un canapé a la boca.
—Cada uno supera sus frustraciones a su manera —añadió Adrian, al ver el ceño fruncido de Davis, dándole un buche a la botella de Whiskey de fuego.
—Los sangrepuras estáis muy tocados de la cabeza —claudicó la ahora pelirroja, adelantándose a gatas para robar el vaso de Lazarus que había dejado en el suelo.
—Hablando de sangrepuras y chavetas, ¿os tragáis algo de que todo este circo no tenga absolutamente nada que ver con la fuga del último Black? —Inquirió Lazarus, en un intento de distender el ambiente y reconducir al grupo hacia un tema común que no provocase más conflictos—. ¿Y mi vaso?
—Ni por asomo, demasiada casualidad. Los Ogden se lo estaban comentando antes a mi abuelo: van a soltar a los Dementores para que lo encuentren —cuchicheó Davis, empujando el vaso, ya vacío, hacia el lado de Adrian.
Y, ante aquella revelación, del resto surgió un coro de diferentes ruidos y muecas que reflejaban tanto su consternación como su disgusto. Adrian volvió a darle otro trago a la botella para mitigar el escalofrío que le recorrió la nuca, hasta ignoró el hecho de que Davis intentara colarle el vaso de Lazarus y éste, tras negar con la cabeza, ni siquiera hizo el amago de molestarse porque se hubieran bebido el contenido.
—Tienen que estar realmente desesperados para llegar a eso, ni siquiera en las cazas de mortífagos soltaron a esos engendros —apuntó Farley, crispando el rostro en una mueca de desagrado.
—Es un Black, ya sabéis cómo estaba esa familia —indicó Bole, haciendo círculos con su dedo índice sobre su sien—. Y éste en concreto es una leyenda: se cargó a un centenar de personas e hizo falta todo un escuadrón para reducirlo. Lo que se me escapa es cómo demonios ha conseguido salir de Azkaban en primer lugar.
—A mí me preocupa más el porqué lo habrá hecho —objetó Terence, en uno de sus raros ramalazos de seriedad, dejando la vista perdida en el vacío.
—¿Crees que existe alguna razón más aparte de poder librarse de la maldición de los Dementores? —cuestionó Davis, frunciendo el ceño, reflejando por primera vez algo de conmoción ante el tema.
Y Adrian se dio cuenta de que lo hacía más por haber visto la reacción de Terence, puesto que se pegó más a él y le escudriñó el rostro tratando de sondear la expresión del castaño, que porque hubiese tenido algún interés en el asunto. Lo que no supo es si parecía preocuparle más aquella reacción, de forma aislada, o que ésta le había activado los reparos que debía tener para con el tema en cuestión.
—Teniendo en cuenta de que éstos no van a parar hasta darle caza y comérselo no sé yo si eso puede considerarse mucha libertad. Esos monstruos son imparables y Black debía saber que su fuga no iba a tratarse a la ligera por parte del Ministerio. Esto tiene pinta de haber sido su todo o nada —divagó Lazarus, volviendo a producir un nuevo silencio contemplativo y algo denso, sólo roto por los relinchos de los caballos que descansaban en el piso de abajo, durante un rato.
—Exacto. Mejor es intentarlo que pudrirse ahí dentro, ¿no? Quiero decir, ¿de qué sirve seguir con vida a costa de tu propia cordura? Yo preferiría enfrentarme a su sentencia de muerte antes que pasarme el resto de mi existencia como su buffet personal —aseveró Bole, asintiendo con firmeza, agenciándose una de las bandejas de comida para ir picoteando sólo las cosas que le gustaban.
—Ninguno de nosotros tiene ni la menor idea de lo que sería estar cerca de un Dementor, a saber lo que su maldición nos haría sentir y lo que realmente quisiéramos conservar en ese momento —replicó Adrian, chasqueando la lengua hacia esa fingida entereza de Bole y contemplando cómo se llenaba la boca a dos carrillos para no tener que pensar en ello.
El pelirrojo le contestó abriendo la boca y sacando la lengua para que tuviera una buena perspectiva de lo que pensaba sobre su replica.
—¿Qué puede haber más importante que tú mismo? Se supone que esos bichos chupan toda tu alegría, te arrebatan las ganas de vivir, ¿qué te queda si te quitan eso? —arguyó Davis, haciendo un mohín de confusión y dándole un manotazo a Bole en la nuca cuando éste siguió exponiendo su comida a todo el que pudiese verlo.
—Existen más cosas para mantenerte con vida aparte de la alegría, Tracey, cosas que en vez de alimentarles a ellos te alimentan a ti —explicó Farley, volviendo a encenderse el cigarrillo que se había dejado a medias—. Los Dementores son espectros oscuros, avivan ese tipo de emociones, y si éstas son tu razón de existir pueden mantenerte cuerdo.
—O al menos hacerlo el tiempo suficiente como para buscar una forma de escapar y acabar lográndolo —asintió Terence, con un tono velado en el que no se podía distinguir si esa hazaña le resultaba admirable o acojonante. Puede que ambas.
Adrian asintió, dándole la razón. Qué tío más espeluznante, joder. Y cuanto más tiempo pasara fuera más histéricos pondría a los del Ministerio y, con estos, al resto de la élite social. Ahora entendía toda la pomposidad de este evento y por qué lo habían organizado en el campo: todos juntitos, como una gran y falsa familia feliz, dispuestos a pasar un buen día como si no existiera ningún psicópata que hubiera conseguido escapar de un pedazo de infierno sobre la tierra. Lo más gracioso era que, doce años después, ninguno de los miembros de esa familia podía confiar en quién no le apuñalaría por la espalda.
Elevó los ojos azules para observar a sus compañeros a través de su flequillo, preguntándose si entre ellos también acabaría por surgir esa semilla de la desconfianza algún día. Contempló a Farley, que soplaba el cigarrillo para hipnotizarse por el brillo de las chispas que lo consumían. Bole, no muy lejos de ella a pesar de la discusión que había protagonizado media hora antes, jugueteaba con la comida que tenía sobre las rodillas, despedazando los canapés sin llegar a mirarlos realmente. Se topó con los ojos oscuros de Lazarus en su recorrido, y, por ese amago de sonrisa agria y brillo determinante en la mirada, no le hizo falta mucho más para saber que estaban pensando en lo mismo. Sin embargo, el grandullón acabó negando con la cabeza y dándole una palmada en el hombro, aumentando la sonrisa a una más confiable, como una promesa muda de que no pensaba dejar que eso pasara. Por encima de su enorme cadáver. Capullo, siempre tenía que dárselas de líder.
Atisbó el movimiento de Terence a su izquierda, que estiraba los brazos para desperezarse y sacudía la cabeza para eliminar la bruma de sus pensamientos, enterrando los dedos en el pelo de Davis para revolvérselo, logrando que desfrunciera el ceño y dejara de trenzar la brizna de paja que tenía entre las manos. La menor lo miró y se le contagió la sonrisa perezosa que le dedicaba el castaño mientras se ponía el pie para asomarse a la ventana. Adrian ladeó la cabeza al ver a Davis volver su mirada a la trenza de paja y contemplarla con los ojos entrecerrados, girándola entre los dedos, y no supo por qué, pero sabía que las preocupaciones de ese Leprechaun no tenían nada que ver con las que tenían ellos. Había algo en esa mirada, en la forma en que se concentraba en esos nudos, que le dio mala espina. Como un ramalazo instintivo que trataba de ponerle sobre aviso respecto a ella. Chasqueó la lengua y resopló, negando con la cabeza, menuda tontería. Davis era inofensiva, molesta e irritante, pero inofensiva.
—Tíos, tíos, joder —exclamó Terence de pronto, separándose de la ventana y mirándoles con el pánico desbordando sus rojizos ojos verdes—. Adultos en camino.
Y con esas tres palabras logró que cundiera el pánico entre ellos. Farley tiró el cigarrillo y empezó a pisotearlo como si así pudiera lograr hacerlo desaparecer entre la madera del suelo. Lazarus fue el primero en levantarse y asomarse también a la ventana, comprobando de cuánto tiempo disponían, y, por la ronquera de su voz cuando empezó a repartir órdenes a diestro y siniestro, no parecía ser mucho para que los mayores les pillaran. Davis le empujó para apremiarle a levantarse mientras barría las colillas con los pies para ocultarlas bajo los montones de paja. Bole, en sus prisas por incorporarse y bajo las insistencias de Lazarus, acabó volcando la bandeja de comida y desperdigándola por el suelo.
—¡Olvídate de eso, idiota, y esconde las botellas! —exigió Terence, absorbiendo el humo que se había congregado en el aire con la varita.
Adrian empezó a revolverse los bolsillos en busca de los chicles, aprovechando para sacudirse la ropa y que volviera a tener el aspecto impoluto con el que había venido. Farley sacó un pulverizador y empezó crear una lluvia de colonia a la que Davis saltó antes de encontrar la corbata de Terence y hacerle gestos de que se agachara para anudársela.
—¿Hay alguien ahí arriba? Qué manía tienen estos niños con ir escondiéndose siempre —reprobó la voz de una mujer en el piso de abajo.
Hubo un coro de «joder» y «mierda» siseados a toda prisa mientras se movían de un lado a otro, intentando esconder las pistas de su pequeña fiesta privada y adecentarse unos a otros. Adrian terminó de repartir los chicles y ayudó a Bole con el desastre en el que estaba hecho. Lazarus logró hacer desaparecer la última botella que habían traído a escondidas tirándola por la ventana justo en el instante en que tres cabezas asomaban por la escalera. Los seis jóvenes se giraron, todos a una, formando sonrisas y adoptando posturas de despreocupación para encararse con los adultos.
—¡Así que aquí estabais! ¿Por qué no ha contestado nadie? Anda, id bajando que ya casi es la hora de terminar la comida —anunció la mujer que encabezaba la marcha, alta, morena y soberbia.
—Sí, señora —contestaron, a la vez, el grupo de Slytherin, reprimiendo el suspiro de alivio cuando la madre de Farley pasó la vista por aquella cuadra y se giró, sin encontrar nada incriminatorio.
—Por los putos pelos, chaval —farfulló Bole, entre dientes, cuando el grupo empezó a bajar las escaleras en pos de los adultos como los dignos y respetables descendientes que esperaban que fueran—. Por cierto, Davis, ¿entonces te has decido por las tías o sólo estabas experimentando?
—Si ni siquiera ha sido capaz de experimentar el terreno en sí, aún tiene que aprender de qué va el juego antes de saber qué equipo le gusta. Ya sabes que cuando quieras puedo enseñarte las reglas —ofreció Pucey, más por el placer de hacerla sentir incómoda que porque lo pensara en serio.
—No empecéis y comportaos —comandó Gemma, enganchada al brazo de Lazarus, retomando su papel de Prefecta.
—¿Tu madre sabía que eras un enfermo mental antes de adoptarle o cuando lo descubrió ya era demasiado tarde para devolverte la cloaca de la que saliste? —contraatacó la pelirroja, terminando de sacudir la chaqueta de Terence y devolviéndosela—. Olvídalo, se lo preguntaré a ella misma —concordó, lanzándole una sonrisa amplia y dulce antes de golpearle el brazo con el hombro al adelantarse—. Abuelo, Livia, esperadme —llamó a los otros dos adultos que habían ido a buscarles.
—Oye, ¿quién te crees que eres para llamar a mi madre por su nombre? —amonestó el moreno al verla correr hasta colarse entre los dos adultos y engancharse del brazo del hombre que casi le rompe la mano cuando llegó. Davis se limitó a girar el rostro, tras hacer reír a su madre, y sacarle la lengua desde la distancia—. Jodido Leprechaun.
—Tómatelo con calma, tío, aún nos queda medio día por delante —le confortó Terence, pasándole el brazo por los hombros—. Joder, me estoy meando.
Adrian volvió a recordar que estaban en el maldito campo gracias a aquella notificación, y a darse cuenta de que también se estaba meando. Puta mierda.
—¿A qué vienen esas caras, colegas? —Les cuestionó Bole, saltando por detrás de ellos para pasar sus brazos alrededor de sus cabezas—. ¿A que aún no habéis visto a las Montgomery? Dejad que el tito Lucy os enseñe por qué el campo mola —invitó el pelirrojo, con un tono socarrón que provocó unas sonrisas entre ellos mientras les guiaba hacia las vallas donde aún quedaban caballos exhibiéndose.
Bueno, nadie había dicho que ser los herederos de la élite mágica estuviera reñido con la diversión. Y definitivamente ellos estaban dispuestos a divertirse a toda costa, aunque estuvieran en medio de la nada.
*Nota: Y eso es todo, por ahora. Voy a intentar escribir todo lo que pueda durante las vacaciones para tener material reservado mientras intento no morirme con las clases.
Disfrutad las navidades aquellos que podáis, y si no nos vemos mientras tanto, adelanto las felicitaciones de las Saturnales, el año caduco y renacido y todas esas polladas que los Gryffindors nos han usurpado. En serio, ¿sabíais que Papa Noel vestía originalmente de verde? Qué indignante, puto gordo chaquetero.
En fin, ¿reviews?
