Disclaimer: Seamos francos, si Harry Potter me perteneciera nunca habría sido un libro para niños. De hecho, ni siquiera se llamaría Harry Potter.
«No creo que los amigos sean necesariamente la gente que más te gusta, son meramente la gente que estuvo allí primero.»
Peter Alexander Ustinov
Muñecas y hoyuelos.
Millicent notó la tirantez de sus mejillas queriendo crisparse y esa pequeña palpitación bajo el párpado que solían aparecer cuando estaba rozando el límite de su paciencia. De nada servían ya los consejos de su madre: si intentaba respirar más hondo le reventarían los pulmones; como tampoco era capaz de cerrar los ojos y evocar cosas bonitas, relajantes y agradables. No con esa risa histérica taladrando sus oídos desde hacía un cuarto de hora según el reloj de la estación. De verdad, ¿cómo era alguien capaz de reírse tanto sin hacer implosión? Porque estaba claro, por la forma en que sus mejillas se habían tornado de un rojo vivo y su cuerpo se rebozaba con muy poca gracia sobre el asiento del vagón, que aquello no podía ser bueno para nadie.
Que sí, que reírse está muy bien y su padre decía que era muy saludable, pero todo tenía un límite. Sobre todo cuando el objeto de la gracia no era otro que ella misma. Tal cual. La muy puñetera tenía el descaro de estar descojonándose en su propia cara. La confianza era un asco, especialmente cuando venía de Tracey Davis.
La hija única de los Bulstrode trató de hacer un nuevo llamamiento a su paz interior a base de suspirar profundamente y pinzarse el puente de la nariz, después de todo era bastante consciente de lo fácil que le sería romper a esa bruja de menos de metro y medio —¿cómo, por lo más sagrado de la magia, podía caber tanta malicia en un cuerpo tan pequeño?— que se hacía llamar su mejor amiga. Y ahora no recordaba el porqué, pero algo debía de tener para haberle dejado quedarse con ese calificativo… o eso creía, porque la verdad es que en ese justo momento en que el ataque de risa era tan intenso que se quedaba sin aire y boqueaba, soltando una serie de pequeños pitidos al tratar de oxigenarse, Millicent se veía deseando que se ahogara de verdad.
—Ay, ay, no puedo… —se quejó la pelirroja, con un hilito nimio de voz, haciendo la croqueta por todo el largo del banco mientras se sujetaba el estómago con las manos.
Millicent la miró mal, ya que sabía que aquella atestación no era más que el preludio de un nuevo arranque de carcajadas aún más estridente que el anterior. Ya habían pasado por ello.
—En serio, ¿cuánto tiempo piensas seguir con esto? —se exasperó, haciendo una mueca y cruzándose de brazos ofuscada.
Tracey soltó un aullido por toda respuesta, aunque esta vez intentó aplacarlo llevándose las manos a la cara; sin embargo, ese cúmulo de vete-a-saber-qué tenía que salir por alguna parte así que se puso a patalear sobre el asiento como la desquiciada que era. Millicent resopló, aumentando la mueca huraña, y tironeó de las cortinas de la ventana en un intento de no añadir la vergüenza ajena a la lista de cosas que estaba sintiendo ahora que el andén estaba cada vez más lleno de alumnos y sus familiares. Porque una cosa era que testificaran la falta de salud mental de su compañera —amiga, en esos momentos, era un término que empezaba a replantearse— y otra era que se cuestionaran cómo debía estar su propia salud mental para poder aguantarla. Y por ahí sí que no pasaba.
Maldito fuera el momento en que a su padre se le había ocurrido usar su nombre completo al despedirse de ellas tras dejarlas en la estación. Hasta el momento nunca había tenido ningún problema con cómo sus padres decidieron que iba a llamarse: Millicent pegaba con su personalidad aunque no lo hiciera con su físico, y no podía evitar sentir cierto calorcito en el estómago cuando oía su forma acortada, ya que le recordaba a cómo solía llamarla su tía abuela; respecto al segundo… bueno, estaba ahí porque su padre se empeñó, la verdad sea dicha, a pesar de que ni siquiera él mismo se acordara de usarlo siempre. Y por eso aquello no podía ser aún más ridículo: tenía que escoger precisamente ese momento para acordarse de que tenía un segundo nombre que casi nunca usaba nadie para llamarla. Tracey había parpadeado una vez, la miró con esos grandes ojos completamente abiertos —y, ya que estaba con eso de la verdad: daba mucho mal rollo cuando lo hacía— y musitó, apunto de tener lo que parecía un brote psicótico: «Barbara Millicent, como la Barbie, tía, ¡te llamas como la puñetera Barbie!» Entonces explotó en carcajadas entre las que de vez en cuando, cuando aún le quedaba algo de aire para hablar, seguía repitiendo aquello de: «¡La Barbie, la Barbie!»
Daba igual que Millicent le hubiera señalado varias veces que el orden no era exactamente el mismo, que nadie la llamaba Barbara, que ni siquiera figuraba en su expediente escolar y que, en realidad, tampoco sabía de qué maldita muñeca le estaba hablando. Nada de eso importaba una vez se dejó llevar por el ataque de risa y así estaban, sin señal alguna de que fuera a detenerse en algún momento entre los próximo minutos y su graduación. Y a Millicent no sólo le molestaba lo ya enumerado, no, lo que realmente le enervaba era que hasta la aparición de la muñeca endemoniada todo había transcurrido a las mil maravillas:
Los Bulstrode tenían una tradición para el último día de vacaciones. Bueno, quizás el hecho de que sólo llevasen tres años haciéndolo no lo ameritaba para catalogarlo como tradición, pero a nadie le importaban esos tecnicismos, en su casa lo llamaban así y eso lo daba por válido. El caso es que el año pasado, como su abuelo estaba de viaje y su padre enfrascado en uno de sus negocios —que Millicent no entendía y Tracey tampoco, aunque la pelirroja fingiera que sí— Millicent la invitó a pasar el día con ellos y quedarse a dormir para así ir juntas a la estación. Tracey no lo admitiría nunca, pero Millicent sabía que solía ponerse bastante nerviosa el día antes de volver al colegio —y el último que pasaban allí al finalizar el curso, de ahí a que supiera los efectos de ese nerviosismo de primera mano— y hacía de las pequeñas cosas —como no encontrar determinada pluma o que por alguna extraña razón el baúl decidía no cerrarse de lo lleno que estaba— un auténtico cataclismo: ropa tirada por toda la habitación, libros apilados en delicado equilibrio sobre la cama, cajones fuera de sus respectivos muebles, armarios abiertos de par en par… y eso era lo más suave; sabía por el abuelo de Tracey el cómo se las gastaba con respecto a la "preparación de materiales" —todo para que luego la tía loca se dejara las plumas por todas partes durante el curso y ni usara la mitad de los libros "extra" que se llevaba porque ya los tenían en la biblioteca—. Y lo peor de todo no era verla crear semejante desastre si no el estado de irracionalidad que la empujaba a no darse cuenta que llevaba media hora buscando una túnica que llevaba puesta y que, por culpa de todo eso, siempre eran las últimas en abandonar el colegio y llegar al tren con la hora pegada al culo.
Sin embargo, tal vez por no querer romper la imagen que sus padres tenían de ella o, quizás, porque la calma y sosiego que siempre inundaba la residencia de los Bulstrode hacía maravillas con su no-tan-sosegada estabilidad mental, Millicent decidió invitarla ese año también. De hecho, la morena hasta había pensado que Tracey podía formar parte activa de la tradición el resto de años y no, no era un intento de evitar que acabara en casa de Higgs. Bueno, puede que un poco sí, pero no había necesidad de admitirlo en voz alta. Lo cierto es que se lo pasaba realmente bien compartiendo la tradición con ella: el paseo por el Callejón Diagon, la parada obligatoria en la heladería en cuya terraza contemplaban a los futuros alumnos de Hogwarts haciendo compras de última hora —y ellos hacían apuestas sobre en qué Casa podían acabar; no sabía cómo, pero su madre siempre acababa acertando—; la preparación de la cena familiar y el más que previsible intento de su padre por quemarla —a su madre echándole de la cocina y las protestas de él porque «¡aún es comestible, mujer!»—.
Y después venía lo mejor: cuando su padre las obligaba a todas a inventarse nuevos bailes vista la incapacidad de su mujer de acordarse de los pasos tradicionales, aunque nunca cejaba en su empeño de probar a recordárselos, era entonces cuando empezaban a ponerse pastelosos y las niñas eran mandadas a dormir; durante su primer año, Millicent se fue a dormir de verdad, pero con Tracey en su habitación aquello dejó de ser una posibilidad: apagaban las luces, encendían velas y se atrincheraban en el suelo —a pesar de que la cama tenía espacio más que suficiente para ambas—. A partir de ahí no había ninguna rutina. Podían ponerse a crear sombras esperpénticas usando la luz de las velas, a inventar hechizos ridículos que no servían para nada, a tratar de transformar cualquier cosa…; también hablaban, hablaban mucho, de todo y de nada: desde chiquilladas que las hacían reír en voz baja hasta temas serios que acababan en un silencio reflexivo, pasando, por supuesto, por las tesituras sobre qué podrían hacer ese nuevo año en el colegio y las discusiones sobre ya-sabes-quién —que era la más que adecuada forma en que Millicent había decidido referirse a Higgs—. Pero cualquiera que fuera el tema quedaba opacado cuando o bien Tracey la despertaba o bien las sorprendía el alba, momento en el que subían de puntillas hasta la azotea y podían decir que el nuevo año empezaba de verdad desde ese instante.
En definitiva, todo era maravilloso y bonito, tal y como le gustaban las cosas a Millicent, hasta que esa miniatura de persona tenía que estropearlo comparándola con una absurda muñeca muggle. Se pinzó el puente de la nariz, negando con la cabeza, cuando Tracey soltó un gorgorito y, como se veía venir ante tanta convulsión histriónica, se encontró con sus huesos en el suelo. Millicent asintió, aquello había tenido que doler.
—Te fastidias —reiteró, satisfecha con el equilibrio cósmico.
—Cállate, Barbie —atacó la otra, sobándose la cadera y dejando que un par de lágrimas desfilaran por el perfil de su nariz, aún desde el suelo.
Millicent le mantuvo la mirada, impertérrita; tal vez si ignoraba el dichoso nombrecito… No, estaba claro que su reacción daba exactamente igual, Tracey se bastaba solita para reírse de sus propias bromas, ya que volvió a subirse al banco carcajeándose como la maníaca en miniatura que era. La morena se dejó caer contra el respaldo de su asiento, rindiéndose ante lo imposible al ver que volvía a hacer la croqueta sobre el banco, a veces despanzurrada y otras despatarrada, sin importarle las filas de alumnos que pasaban por delante del vagón. Pero si pensaba que aquello ya no podría ir a peor, entre el ruido de dichos alumnos pudo percibir fragmentos de una conversación cuyas voces reconoció al instante:
—¿Quieres dejar de ser tan pesado? Ya te he dicho que estoy bien, ¿ves? Lo tengo como nuevo, puedo jugar este año sin ningún problema —constató una de ellas, con ese cariz rasposo y profundo que se acentuaba aún más cuando se hastiaba.
—Los cojones, Adrian, a Flint se la puedes colar pero a mí no. No tienes el hombro en condiciones para esta temporada y no hay más que hablar —zanjó otra, con ese peculiar tono entre mandatario y condescendiente que conseguía que hasta cuando pedía un vaso de zumo sonara imponente e irrevocable.
—A veces no sé por qué seguimos siendo tus amigos, eres insoportablemente adulto, Urquhart —le reprochó Pucey, picajoso.
—Porque soy el único que evita que os muráis en alguna de vuestras imbecilidades. Además, fue Terence el que me chivó lo que te dijo el sanador, yo sólo me encargo de hacer lo que él no tiene huevos de prohibirte por miedo a que rompáis…
Millicent juntó sus manos y cerró los ojos con fuerza, implorando a lo que fuera que pudiera escucharla por que pasaran de largo. Sin embargo, si el cosmos tenía cualquier clase de sentido de la identidad y poder de decisión sobre ellos, Millicent no debía ser una de sus personas favoritas, puesto que demostró lo mucho que le ignoraba cuando la puerta de su compartimento se abrió de un tirón mientras Pucey acusaba a Higgs de ser un traidor, y éste, en un ademán afectado, se defendía:
—Adrian, sabes que soy el primero en dejarte hacer lo que quieras pero hasta yo tengo un límite: no puedo arriesgarme a quedarme sin mi otra mitad. Me sentiría muy huérfano —se excusó, en una pantomima melodramática con la mano en el pecho y mirada de corderillo incluida, entrando sin más contemplaciones al compartimento con su baúl a rastras.
—Eso es cuando pierdes a tus padres, idiota —le corrigió Pucey, siguiéndolo y depositando su baúl en una esquina—. Y no ibas a quedarte sin mí, sólo fue un jodido hombro dislocado que ya está perfectamente bien.
Urquhart, que fue el último en entrar y depositar su baúl en el portaequipajes junto al de Higgs —sin importarle y, mucho menos, pedirles permiso a ninguna de las dos ocupantes—, se giró hacia él con una ceja arqueada por el escepticismo y sin mediar ni una sola palabra le asestó un puñetazo al hombro de Pucey que había generado la discordia, provocando un gruñido gutural y una acentuada mueca de dolor que crispó el rostro del chico.
—Con que perfectamente bien, ¿eh? —replicó, con recochineo, tras evaluar su reacción y, a su criterio, decidir que aquella no era la normal. Millicent nunca sería capaz de entender a esos brutos—. El sanador ya te dijo que podría volver a dislocarse si no te andas con cuidado, así que nada de quidditch hasta que se te cure de verdad —dictaminó, inmune a la mirada homicida que le lanzaban los ojos azules, dejándose caer en el banco donde estaba Millicent.
—Vamos, tío, tampoco es para tanto —trató de restarle importancia Higgs, palmeando las piernas de Tracey para que le hiciera sitio a pesar de tener todo el resto del banco a su disposición—. ¿Por qué estás llorando? —inquirió, dándose cuenta del reguero húmedo en las encendidas mejillas de la chica que, por suerte, había dejado de reírse gracias a la intrusión de esos tres.
—Tracey —advirtió la morena, tensa. Lo que menos necesitaba era que compartiera la gracia con ese despropósito de ser humano.
—Cosas de chicas —se limitó a contestar la pelirroja, risueña y con la voz gastada, palmeándose suavemente la cara para borrar el rastro de humedad y recuperar la sensibilidad, levantando las piernas de forma mecánica para permitir que el otro se sentara a su vera.
Millicent tuvo que tragarse un gruñido y reprimir un mohín cuando se dio cuenta de que parecía ser la única incómoda ante la presencia de esos tres. De hecho, no lo parecía, estaba segurísima de ello si tenía en cuenta el desparpajo y la desfachatez con la que los chicos se habían hecho sitio en el compartimento sin tener siquiera la decencia de interrumpir su conversación. No estaba segura de si quería tomárselo como una muestra de sobrada —y para nada deseada— confianza o era más bien una señal de indiferencia absoluta para con ellas; ninguna de las dos posibilidades le hacía sentirse mejor al respecto, precisamente. Y para colmo de males Tracey ni siquiera debía estar planteándoselo mientras se frotaba los ojos y pasaba las piernas por encima del regazo de Higgs, como si el que esos tres hubieran decidido hacer el viaje junto a ellas fuera lo más normal y cotidiano del mundo.
Que bueno, sí, vale que Tracey tuviera algo parecido a una relación de amistad con Higgs —Millicent se negaba a creer que el chico fuera capaz de tener una relación así con nadie que no estuviera igual de enfermo que él, y la pelirroja podía tener sus cosas pero hasta el momento era casi normal—, y que desde que empezó a juntarse con Farley la cohibición pasó a ser un término aún más vetado si cabe en su diccionario —incluso le había contado que se había estado reuniendo con ellos durante el verano, cual pandillita de siempre—; pero de ahí a esa especie de… de… ¡ni siquiera sabía cómo catalogarla! Lo único que tenía claro era que le resultaba extraño, incómodo y que no se veía para nada teniendo que compartir más espacio del obligatorio —pasillos y Sala Común, estando en puntas opuestas, a poder ser— con ellos. Conseguían que se sintiera pequeña, y, teniendo en cuenta que llegaba al metro setenta era algo bastante difícil de similar. Además, todos los chicos eran unos bestias que sólo pensaban en cochinadas.
—Como iba diciendo: tampoco es para tanto, sólo lo hacemos por tu bien —siguió Higgs, antes de carraspear y removerse. A Millicent no le pasó desapercibido el ligero apretón en el brazo que le dio Tracey—. No te enfades —pidió, elevando los ojos verdes hacia los de Pucey—: pero ya que te conozco como mi alma gemela y sé lo cabezón que eres, le he enviado a Snape una copia del informe del sanador por si tratabas de colarte en los entrenamientos a pesar de la rapaz vigilancia de nuestro padre putativo aquí presente —reveló, señalando a Urquhart, que se mantenía sentado con los brazos cruzados y asintió conforme con la decisión.
Millicent sintió un escalofrío desagradable al ver lo mucho que abría Pucey sus ojos azules, incrédulo ante la confesión de su proclamada alma gemela. Si la chica creyera que tenía corazón habría pensado que Higgs acababa de apuñalárselo dada su expresión; y por la forma en que el castaño bajó los ojos y se frotó la nuca, tampoco parecía muy a gusto con todo aquello. El vagón se quedó en un mutismo absoluto en el que Millicent se removió intranquila, temiendo que fueran a pelearse en cualquier momento; por lo cara que estaba poniendo Pucey tenía pinta de ser lo más plausible… Sin embargo, el moreno se limitó a apretar los dientes, lanzarle una muy mala mirada al castaño y salir con un sonoro portazo que hizo temblar los cristales del compartimento, provocando que Millicent diera un respingo que multiplicó su incomodidad.
—Te dije que lo de Snape iba a ser demasiado —gruñó Higgs, acodándose sobre las piernas de Tracey y enterrando las manos en su pelo.
Millicent arqueó las cejas, sorprendida, cuando se dio cuenta de que no se estaba dirigiendo a Urquhart cuando ladeó la cabeza y compartió una mirada con Tracey. La pelirroja se limitó a poner cara de resignación, encogiéndose de hombros y estirando una mano para acariciarle la cabeza.
—A veces tenemos que herir a los que queremos para evitar que se hagan un daño aún peor, has hecho lo correcto —le consoló, dándole unas palmaditas antes de recostarse de nuevo contra la ventana.
La estupefacción de Millicent alcanzó límites estratosféricos cuando observó como había un brillo de rencorosa satisfacción reluciendo en los ojos ambarinos y la comisura de su boca titubeó al alzar la vista hacia la puerta, reprimiendo por muy poquito la sonrisa cuando Higgs se incorporó.
—Pero a mí no me gusta hacer lo correcto —se quejó Higgs, haciendo un mohín de disgusto con la nariz y hundiéndose contra el respaldo—. Ahora tendré que lidiar con esa voz estúpida que suena como Lazarus, y, lo peor de todo: con la versión funesta de mi media naranja que seguro que debe estar planeando cómo hacerme zumo.
—A mí me gustan los zumos, seguro que serás un zumito muy rico —decretó Tracey, emulando la sonrisa perezosa del castaño que le dio una palmada en la pierna por no tomar en serio el problema en el que le había metido.
—Estarás contenta, Davis, has provocado su primera crisis de pareja desde que los conozco… que viene siendo casi toda mi vida —le recriminó Urquhart, más divertido que enfadado.
—Va, ya se le pasará —desestimó la pelirroja, encogiéndose de hombros—. Además, ¿no es lo que queréis vosotros? ¿No es preferible aguantarle un rato enfurruñado a dejar que acabe con un brazo inútil el resto de su vida? Está demasiado acostumbrado a salirse con la suya. Es un niñato caprichoso y egocéntrico sin ninguna concepción de lo que son los límites hasta para su propio bienestar. No le viene mal recibir algún que otro no de vez en cuando.
Retiraba lo dicho: la estupefacción de Millicent aún podía sobrepasar lo imposible gracias a ese discursito. Por un lado se sentía aliviada de cerciorar el poquísimo aprecio que le seguía profesando a Pucey ahora que estaba claro que había sido la que convenció a Higgs para meter a Snape en la baza y así impedir sí o sí de que jugara al quidditch con la excusa de su hombro herido —un golpe bajo y tremendamente frustrante para Pucey, sin duda alguna—; por otro… por otro estaba el que esas palabras podría haberlas usado la propia Millicent para describirla. Al final iba a terminar por creer en aquello que solía decir uno de sus tíos sobre que los polos idénticos se repelen, aunque aún no terminara de entender qué duendes era un polo.
Higgs chasqueó la lengua, malhumorado, y musitó algo que sonó parecido a: «tanta responsabilidad me está dando dolor de cabeza», recolocándose y repantigándose sobre el asiento hasta que acabó medio tumbado, para disgusto de Millicent, sobre Tracey. ¡Venga ya! ¿Acaso era la única que veía mal toda esa muestra de… de… ¡lo que quiera que fuese aquello!? Y al parecer así era, puesto que Urquhart se limitó a hacer lo propio en su parte del banco, estirando las piernas cual largo era y echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos en cuanto encontró una postura que no le desnucara ni le dejara con el culo fuera del asiento —cosa que Millicent pensó que sería impensable, pero que tras varios intentos pudo conseguir—, sin inmutarse lo más mínimo por la escenita que tenía justo enfrente; Higgs se alzaba un poco para que Tracey pudiera deslizarse hacia abajo y acomodarse también, usando el vientre de la pelirroja como almohada mientras la pelirroja, descocada como ella sola, estiraba las piernas para volver a subirlas sobre el chico y se dedicaba a deslizar los dedos por su cuello y rostro. ¡Y tan campante, oye! ¿Es que no se daba cuenda de lo tremendamente inapropiado que era todo eso?
Soltó un resoplido, barajando todas sus opciones: podría tirar a Higgs del banco y con suerte conseguir que se desnucara contra el suelo, pero no estaba muy segura de cómo podría tomárselo Urquhart y, la verdad sea dicha, el chico amedrentaba bastante; también podía imitar a Pucey y largarse del compartimento, pero no terminaba de fiarse de lo que podría pasar si la dejaba sola con ese degenerado… Porque a todas luces Higgs se estaba aprovechando de ella, ¡y la muy mema se dejaba por Merlín sabría qué clase de fantasía absurda que se había montado en esa retorcida cabeza colorada! Iban a tener una conversación muy seria en cuanto perdieran de vista a los intrusos, ¡oh, sí! Tracey Davis iba a escucharla y recapacitar por todas sus malas acciones, como que se llamaba Millicent Barbara Bulstrode. Pero de momento no le quedaba más remedio que cruzarse de brazos, emitir un prologando gruñido de desaprobación y trasmitirle toda su disconformidad visualmente, negando con la cabeza para darle mayor rotundidad a su rechazo.
Claro nada de eso sirvió de mucho puesto que Tracey se limitó a rodar los ojos y seguir con su mala conducta como si tal cosa. Para cuando el tren se puso en marcha y Millicent se cansó de mirarla tan fijamente sin resultado alguno, desvió la vista hacia el paisaje deslizante de la ventana, sintiendo cómo la hipnotizaba igual que siempre, relajándose con el traqueteo del tren y el sonido cada vez más pesado y rítmico de las respiraciones de los demás amodorrándola. No supo cuándo, porque para entonces el paraje era casi el mismo, acabó por cerrar los ojos y quedarse dormida también. Y así se quedó hasta que se dio cuenta de que las risas y los murmullos que oía no pertenecían a su sueño; trató de ignorarlos, queriendo dormir un ratito más, pero entonces el recuerdo de los acoplados al vagón y el nada apropiado comportamiento de Tracey para con ellos le hizo abrir los ojos de golpe.
Irguió la cabeza, preocupada por lo que pudiera encontrarse, y la chaqueta de Tracey le cayó echa una bola sobre el regazo desde la posición en la que había estado entre su cara y el cristal de la ventana. Y aquello tuvo que conmoverla o hacerla sentir cualquier emoción parecida puesto que no le importó mucho descubrir que Pucey había regresado al compartimento junto a un añadido más: Bole. Es decir, sí que le fastidiaba el que siguieran ahí y no fueran un simple mal sueño, pero tenía que admitir que la escena que se encontró tampoco estaba tan mal: estaban todos sentados en el suelo con los uniformes ya puestos jugando a las cartas. Casi parecían normales. Casi. Porque estaba claro que tratándose de ellos no podían faltar las acusaciones de trampas y complots varios que se lanzaban unos a otros en su intento de hacerse con la mayor cantidad de chucherías que apostaban —que, bueno, al menos no era ropa—, y por los montoncitos que veía le habían hecho el año a la señora del carrito.
—No pienso apostar mis regalices, apuesta tú tus ranas de chocolate —se negó Tracey, que le daba la espalda, teniendo más cuidado de proteger su atesorada bolsa de varitas de regaliz que sus propias cartas.
—Es tu mano, ¿por qué tendría que apostar yo nada? ¡Encima que te estoy ayudando! —se indignó Bole, sentado a la derecha de la pelirroja, con los brazos estirados sobre el banco a su espalda.
—No te he pedido que lo hicieras, si estás aburrido no haberte rajado hace un rato. ¡Y deja de mirar mis cartas que sé que se las estás chivando a Lazarus! —le riñó la chica, empujándole con el codo mientras echaba el culo hacia el lado contrario.
—No necesito que me las chiven, tu cara es como un libro abierto, Davis —acotó Urquhart, aburrido de la discusión de los pelirrojos, revisando su montón de chucherías antes de añadir—: Veo las cuatro babosas de gelatina de Terence y subo dos donut de calabaza.
—Una caja entera de Grageas —le siguió Pucey, colocando la misma en el montón del centro—. Te toca, Davis.
Millicent tuvo que morderse los labios al ver a Tracey subir las cartas hasta taparse la cara y hacerse a un lado para que nadie las viera. Gracias a esa postura pudo comprobar cómo se mordía el labio, señal de que no tenía ni idea de qué hacer, y miraba las cartas con intensidad, como si esperase a que se lo dijeran ellas. Bole soltó una risita ufana ante el minuto de silencio y acabó echándose hacia delante:
—Anda, boba, hazme caso y ven con el tiíto Lucie —sugirió, dando palmaditas en el suelo a su lado, con aquella sonrisita socarrona que a Millicent le puso los pelos de punta.
Y, sin pensárselo mucho, se levantó del banco, se acercó a ellos y le dio un manotazo en la frente al pelirrojo para que volviera a su sitio, haciéndose un hueco entre ellos. Tracey la miró sorprendida, pero entonces se acordó de la cantidad de veces en las que la propia Millicent había intentado enseñarle a jugar a un montón de juegos de cartas durante los días de aburrimiento en el colegio, así que le mostró sus cartas y esgrimió una sonrisa de pronta victoria contra los demás. Sonrisa que se evaporó de su rostro en cuanto la morena abrió la boca:
—Vemos la caja y la subimos a una bolsa de varitas de regaliz —proclamó, poniendo la caja en el botín y tratando de echar mano de la bolsa—. Hazme caso y dame la bolsa —pidió, al ver la reticencia de la otra a soltarla.
—Pero estas dos no son iguales que estas y yo quiero el muro de color—rechazó la pelirroja, señalándole las cartas que no le gustaban.
—Eso no existe, ¿por qué siempre te empeñas en inventarte las jugadas? Que a ti te suene mejor no implica que sea algo real —aleccionó Millicent, con el tono de quien ha repetido aquello un millar de veces. Por el rabillo del ojo vio como Pucey asentía, al parecer aquella discusión debían de haberla tenido mientras estaba dormida—. Además, no tienes con que más igualar y subir la apuesta —razonó, pese al compungido puchero que le dedicaba Tracey—, ¿prefieres plantarte?
—Esta bien, pero sólo porque este año podemos ir a Hogsmeade y ya no tengo que depender de éstos para que me los traigan —se enfurruñó Tracey, contemplando la varita que ya tenía en la mano con avidez al ser la última que le quedaba.
—Si es por chupar cosas duras, Davis, yo tengo algo aún más rico —anotó Bole, sonriendo impune a la lascivia que acababa de soltar por la boca.
—Y qué tal si contrastamos tu dureza contra la de mis nudillos, gorrino —amenazó Millicent, cerrando el puño cerca de la cara del pelirrojo para que tuviera una buena perspectiva de los mismos. Ya sabía ella que ese aire de inocencia que reinaba en el compartimento no podía durar mucho entre esos depravados.
—Gorrino, zoquete, merluza empanada, carajote, enano mental, ameba con patas… Tu léxico peyorativo me deja patidifuso, Bulstrode. Un día de estos sueltas un jopelines y nos matas a todos de la impresión —se mofó Higgs, totalmente serio a pesar del estallido de risas que creó a su alrededor.
Tracey actuó rápido tirando del brazo de Millicent para impedir que ésta se levantara y le explicara gráficamente la clase de muerte que le encantaría producirle, asegurándose de mantenerla a su lado, antes de girarse y darle un palmetazo en el muslo al castaño como reprimenda —a pesar de estar mordiéndose los carrillos para no reírse también—, levantándole un dedo como aviso de que para la próxima no iba a contenerla.
—Toma, te he guardado las grageas que te gustan y una tartaleta, por si despertabas con hambre —ofreció la pelirroja, en un intento de distraerla, pasándole los dulces que había reservado sobre el banco—. Y un zumo de calabaza.
Millicent farfulló entre dientes, pero acabó aceptando la ofrenda de paz, después de todo sí que se había despertado con hambre y no le apetecían nada los bocadillos que les había preparado su madre. Se echó hacia atrás para tener algo más de espacio y observó el resto de la partida, procurando que Tracey no se deshiciera de su full en pos de conseguir su ansiado e inexistente muro de color. Si hacía oídos sordos a los continuos comentarios salidos de tono de Bole y el resto de piques que tuvieron a bien seguir lanzándose, procurando no dejarse llevar por la animadversión personal que sentía por ellos… bueno, podría admitir en su fuero interno —y jamás, jamás de los jamases lo admitiría en voz alta— que la experiencia no estaba resultando tan desagradable como pensó en un principio. De hecho, gracias a ser tantos, el hechizo de calefacción del compartimento conseguía mantener bastante bien a raya la tormenta que se estaba fraguando al otro lado del cristal de la ventana, cuyo viento lograba que la lluvia azotara con furia el tren. Resultaba casi… confortable, incluso, el sentir el calorcito y oír el calmado bullicio que producían.
Tracey acabó soltando un gritito de euforia al mostrar sus cartas y ver que, tal y como sospechaba Millicent, era la mano más alta pese a la incredulidad del resto de jugadores. Incredulidad que no se calmó hasta que Higgs inspeccionó las mangas de Tracey para asegurarse de que no tuviera cartas escondidas, mientras Pucey le instaba a bajarse las calcetas por si acaso las tenía metidas ahí. Al final tuvo que ser Urquhart el que diera por válida la victoria cuando se llevó una patada sin querer por parte de Trace debido a las cosquillas.
—¿Qué hacemos ahora, otra partidita? —les animó, con una sonrisilla complacida tras recoger su botín y, sobre todo, su ansiada bolsa de regalices, llevándose de inmediato una de las varitas a la boca y degustándola con pleitesía—. Creo que he empezado a pillarle el truco.
—Va, ¿por qué no apostamos dinero esta vez? O ropa. No me motiva una mierda jugar con caramelos —se quejó Bole, lanzando una indiscreta mirada a Tracey que apartó en el instante en que escuchó el crujir de nudillos de Millicent—. Sólo era una sugerencia, Bulstrode, deja de ser tan… tú, deja de ser tan tú.
—Ahí va otra sugerencia: ¿y si jugamos a ver cuántos dientes puedo sacarte de un puñetazo?
—Que agresiva eres siempre, por Merlín —le reprochó el pelirrojo con una mueca desdeñosa—, ¿por qué no puedes ser más como mi Tracey y darme al menos el beneficio de la duda?
—¿Tu Tracey? —repitieron, con igual tono de incredulidad, Higgs y Millicent.
—Pues claro, ¿a qué viene el que se haya tintado de pelirroja si no es para llamar mi atención? —Aseveró Bole, con una mueca de egolatría a pesar de la carcajada que soltó la propia Tracey—. No hace falta que lo escondas, pequeña, no hay vergüenza alguna en tus deseos.
—Cada vez tengo más claro que debes de vivir en una realidad paralela, tío —se río Urquhart, palmeándole el hombro en su camino a dejarse caer en el banco—. Los deseos de Davis son obvios pero no van precisamente en tu dirección, ¿cierto, pelirroja?
—No es nada personal, es sólo que tú eres demasiado tú para mí y, bueno, Terence siempre irá antes —asintió Tracey, mientras guardaba sus chucherías en la mochila, tras reservar unas pocas fuera para lo que quedaba de trayecto.
Millicent casi se ahogó con el trozo de pastel que estaba masticando al oír la aplastante franqueza con la que había dado su respuesta, como si más que una confesión confirmada fuera un axioma inquebrantable, sin ningún asomo de pudor o incomodidad ante los presentes. Más allá de eso, incluso le apartó el pelo de la cara mientras compartían una mirada y éste le guiñó un ojo cuando la muchacha se levantó para arrebujarse junto a Millicent en el banco. La morena parpadeó, estupefacta, mientras tragaba el trozo de comida con bastante esfuerzo, para acabar negando con la cabeza en desacuerdo.
—En cuanto lleguemos vas de cabeza a ver a Pomfrey, que lo sepas. Lo tuyo, definitivamente, acaba de cruzar la línea de todo lo permisible —dictaminó, frunciendo el ceño en una mueca concienzuda en señal de que no habría pucheros que valgan capaces de hacerla cambiar de opinión.
Sí, y puede que después de eso hiciera una visita a la lechucería, también, quizás el viejo Roxton tuviera alguna idea de la clase de deficiencia congénita que podría haber afectado a su nieta. «Terence siempre irá antes» ¡sus narices y las de Merlín! Ya se encargaría ella de quitarle la tontería de encima, ya, porque por más que lo intentase no podía comprender qué diantres veía en ese exhibicionista zarrapastroso.
Tracey se limitó a rodarle los ojos de nuevo, echándose la túnica por encima a modo de manta y hacerse un hueco sobre ella para aprovecharse del calor que desprendía la morena, riéndose cuando esos palurdos empezaron a picarse entre ellos para comerse las grageas de dudoso sabor y tratando de contener las muecas de asco cuando las probaban. ¿Cómo era posible que todo aquello pudiera sentirse como algo tan normal, y, al mismo tiempo, tan incorrecto? Sacudió la cabeza, resoplando, y frotó con la manga el vaho del cristal, teniendo que pegar la cara al mismo para tratar de otear lo que había fuera. El cielo se había vuelto casi negro, no el gris turbulento que solía ser normal, como si la tormenta se hubiera tragado toda la luz; y la lluvia tronaba con tanta fuerza que era aún más imposible intentar contemplar más allá de un metro de distancia. Frunció el ceño, extrañada, cuando sintió como el tren empezaba a disminuir la velocidad.
—¿Estamos llegando? —preguntó Tracey, curiosa, encaramándose sobre su espalda para poder pegar también la cara al cristal.
—No es posible —contestó Millicent, tratando de enfocar su visión con las manos, sin divisar luz alguna en la distancia que le indicara que estuvieran cerca de la estación.
El tren dio un fuerte traqueteo y la morena tuve que agarrarse del portaequipajes para no caerse del banco, haciéndose daño en la mano, mientras que Tracey no tenía tanta suerte y se llevaba un segundo topetazo contra el suelo en lo que llevaban de viaje.
—¿Qué demonios pasa? —exclamó Pucey, que casi se ahogó cuando el tren se sacudió por estar haciendo gárgaras con el zumo para quitarse el mal sabor de boca de las grageas.
Urquhart se levantó del banco, pasando por encima de Tracey que se sobaba el codo y pateaba a Bole por reírse de ella, abrió la puerta y asomó medio cuerpo fuera. Ante el jaleo de voces que ahora se colaba en el compartimento y llenaba el pasillo, los demás terminaron por levantarse también y arremolinarse tras la espalda del más grande, intentando cotillear qué pasaba. Pero sólo descubrieron cabezas como las suyas asomadas desde sus respectivos compartimentos y algún que otro alumno de arriba-abajo por el pasillo, todos con la misma incomprensión de la situación que ellos.
—La tormenta habrá tirado algún árbol a las vías, quizás —desestimó Urquhart, dándose la vuelta para tropezarse con todos ellos en un confuso montón.
Justo en ese momento, mientras trataban inútilmente de no pisarse unos a otros de vuelta a los bancos, escuchando el canturreo de dos críos cerca de su puerta, las luces tintinearon una vez y se apagaron de golpe después. Los seis Slytherin se quedaron inmóviles, sorprendidos ante la repentina oscuridad, sobresaltándose cuando un fuerte golpe se escuchó muy cerca de ellos seguido del quejido de uno de los niños y las risitas del otro.
—¡Eh! ¿Dónde te crees que estás tocando, tío? —espetó Higgs, en medio de quién sabe dónde.
—Mierda, pensaba que… ¿por qué hueles a regaliz tú también? —se quejó Bole, cuyos sentidos le habían hecho equivocarse de víctima.
Millicent sintió una mano moverse hacia ella, proveniente de donde había sonado Bole, y logró atraparla, retorciendo sus dedos y haciéndole soltar un aullido quedo. Intentó pegarle también una patada, pero como no le veía erró el tiro y el siguiente en quejarse fue Pucey, cuyo dolor provocó una risita cantarina por parte de Tracey aunque no supiera qué había pasado.
—Todos quietos y en silencio, joder —comandó Urquhart, que por su voz debía seguir cerca de la puerta, con un tono lo bastante disuasorio para cortar el revuelo que se había formado dentro del compartimento—. Que alguien convoque la luz.
—¿Cómo pretendes que lo hagamos si tenemos que estar quietos y en silencio, tío listo? —rebatió Bole, picajoso y enfurruñado por la reciente agresión contra su persona.
—Déjate de gilipolleces y hazlo —exigió Urquhart, cuyo tono empezaba a rozar una seriedad imponente.
—A sus órdenes, capitán. ¡Hágase la luz, nuestro amo y señor te lo ordena! —se pitorreó el pelirrojo, nulo como él solo para poder leer la tensión creciente en el ambiente.
—¡Bole! —gritaron los demás, todos a una.
—Eh, eh, eh, menos humos que no he sido yo quien ha apagado la luz. A ver si podéis follar más y así no tenéis que desquitaros conmigo, que no soy el sparring de nadie —aclamó el pelirrojo, todo peripuesto e indignado—. Además, si ni siquiera sé dónde estoy yo mucho menos voy a saber dónde he dejado la varita.
—Pues estás pisándome un pie, tarado, ¡deja ya de moverte! —se exasperó Millicent.
Había algo en la voz de Urquhart que la había puesta nerviosa y, al parecer, todos menos el memo de Bole habían sido capaces de distinguirlo también, puesto que nadie más se movía ni decía nada.
—Vosotros dos a dentro, ya. —Se escuchó que decía de pronto, removiéndose como hacia fuera del compartimento.
Instantes después éste se llenó de las protestas de los dos críos que habían estado escuchando en el pasillo seguido del ruido de la puerta cerrándose con un tirón seco.
—¡A callar! —Bramó Urquhart, empujando a los niños—. Dementores.
Todos —bueno, salvo los dos niños anónimos que seguían protestando, quejándose cada vez que alguien los iba empujando hasta que quedaron relegados al fondo del compartimento— fueron presa de un absoluto y tembloroso silencio. Ni siquiera osaron poner en duda el testimonio del enorme Slytherin, simplemente se limitaron a removerse en sus sitios con un espasmo nervioso.
Un hombro chocó con el costado de Millicent y enganchó al niño extraviado por el brazo, obligándole a quedarse detrás de ella y en silencio. Dementores. Si los fantasmas le daban miedo, lo de esas criaturas no tenía ni punto de comparación. Engendros del averno, como los llamaba su padre. Monstruos capaces de robarte el alma… ¡Y estaban en ese jodido tren! Un escalofrío le sacudió toda la espina dorsal y le contraía el estómago por el pánico.
—¿Terence? —buscó entonces Pucey, con la voz trémula.
—Siempre detrás de ti, colega —contestó Higgs, antes de que sonara una palmada suave.
—Pero qué maricones que sois a veces —se mofó Bole, aunque su voz había perdido estabilidad y no había gracia ninguna en su timbre.
—¿¡Por qué nos secuestráis!? ¿Dónde está Graham? —Gritó uno de los niños, que aún debía seguir vagando por el compartimento—. Uy, qué blandito.
—Quita la mano de ahí, niño —riñó Tracey, antes de que se escuchara un palmetazo y al susodicho quejándose—. Pega el puto culo al asiento y como se te ocurra abrir la boca dejaremos que el Dementor te de uno de sus besos, ¿entendido?
—Sí, señora —musitó el mocoso, que pareció tomarse en serio la amenaza.
—Están revisando los compartimentos, manteneos juntos y no os mováis —dispuso Urquhart, echándose hacia atrás para apartarse un par de pasos de la puerta.
Millicent reculó, pudiendo percibir el banco en el que había estado sentada y lanzó al niño que tenía sujeto sobre éste, obligándole mediante tirones a irse hasta el lado de la ventana; después tanteó, sirviéndose del banco como guía, para encontrar al otro y así averiguar dónde estaba Tracey. Habría tratado de llamarla, pero el nudo que comprimía su garganta apenas le dejaba pasar el aire como para intentar que soltase algún sonido. La encontró al otro lado de la mano del chaval.
—Siéntate, Millie, cierra los ojos y piensa en tus cosas bonitas —le aconsejó la pelirroja, con una cantarina media voz que no engañó a nadie, teniendo que carraspear cuando se le quebró un poco.
La morena notó la mano de Tracey en su hombro, empujándola un poco hacia el banco e insistiéndole en que se sentara. Sintió después como alguien tanteaba cerca y acabó sentándose a su lado, aunque supo que no se trataba de Tracey dada su corpulencia y se echaba hacia el lado contrario, donde el otro crío dejó salir un pequeño gimoteo.
—Venga, chaval, no es para tanto. Sólo son feos que te cagas, pero si tú también haces lo que ha dicho Davis ni te enterarás de que han estado aquí —le consoló la presencia a su lado que, dejando a Millicent algo boquiabierta por ello, se trataba de Bole.
Luego escuchó como Urquhart había podido echar mano de su varita y prendía la luz, consiguiendo que los demás pudieran respirar algo más hondo gracias a dejar de estar a ciegas. El enorme Slytherin hizo un recorrido rápido con la vista por los presentes y dio un paso para quedarse en diagonal al banco en el que estaban los niños, ella y Bole, girándose hacia la puerta y casi cubriéndola enteramente de la vista de los que estaban sentados.
Millicent observó la tensión en los hombros del chico y le pareció mucho más grande de lo que ya de por sí era. Desvió la vista hacia la izquierda y se topó con la sonrisa forzada de Tracey, que le asintió con la cabeza para que le hiciera caso, aparentemente tranquila y despreocupada. Y, por primera vez desde que tenía que soportar la existencia de Higgs, no le molestó que éste estuviera a su lado, de espaldas a ella, con los dedos entrelazados a los suyos. Casi pegado al otro hombro de Higgs estaba Pucey, en el que ya no quedaba rastro de la discusión que habían protagonizado esa mañana y pasaba la vista de Urquhart, a la puerta y a Higgs, visiblemente inquieto ante la horripilante expectativa. Miró a Bole por el rabillo del ojo debido al movimiento de sus manos, dándose pequeñas y acompasadas palmaditas en las rodillas, meneando la cabeza como si siguiera el ritmo de una canción que sólo él oía. El niño rubio del final del banco era el único que se mantenía con los ojos fuertemente cerrados y el ceño fruncido, concentrando.
Millicent ahogó un respingo cuando la puerta del compartimento se abrió y escuchó a Tracey jadear, mientras Urquhart daba un paso involuntario hacia atrás y terminaba de taparle por completo la presencia del ser en el umbral. El otro niño, el castaño, se levantó del asiento como movido por un resorte y trató de hacerse un hueco entre Tracey y Urquhart, Millicent suponía que para ver al dementor, pero el Slytherin le sujetó por el brazo y chistó, manteniéndolo tras él con un tirón. El silencio era tan grande que parecía un ocupante más del compartimento, uno tenebroso y opresivo, expectante y aterrador. La criatura aspiró, sonando como un extractor, y el frío les caló a todos hasta los huesos. Quiso cerrar los ojos pero no pudo.
Observó cómo el niño rubio metía la cabeza en el costado de Bole y se aovillaba contra él, temblando ante la caída de la temperatura que estaba provocando ese engendro. El pelirrojo hizo un amago de apartarlo, pero terminó por pasarle el brazo por encima sin interrumpir el rítmico palmeo casi imperceptible al oído, usando su muslo y la espalda del chico, con la vista clavada en la pared de enfrente y el bamboleo de cabeza ante su canción muda. El otro crío había conseguido colarse por fin entre la barrera que le suponía Urquhart, metiendo la cabeza por debajo de su brazo, y en cuanto tuvo al dementor delante se pegó a la espalda del Slytherin y soltó una ristra de palabrotas que no se cortó hasta que Tracey le dio un manotazo en la nuca.
El extractor volvió a sonar y, junto a él, pareció llevarse la respiración de todos ellos. Millicent sintió cómo se le aguaban los ojos y le temblaba el labio, forzándose en recordar todas sus cosas agradables y bonitas para no echarse a llorar: sus mascotas, sus padres, el olor que salía de la cocina los domingos por la mañana, la risa de Tracey de aquella mañana, lo calentita y a gusto que había llegado a sentirse en ese mismo compartimento pese a la presencia de los chicos. Se aferró a ello con fiereza, apretando los dientes y notando cómo se le tensaba la piel de los nudillos, negándose a que aquella cosa se lo quitara. El tarareo de Bole aumentó de volumen y dejó que también fuera parte de ella, aunque estuviera desafinado y no tuviera ni remota idea sobre qué canción se trataba. Levantó la vista, preocupada por Tracey; la pelirroja tenía los ojos clavados en la figura de la puerta, sin parpadear, como si la criatura le hubiera robado la expresión de su rostro. Un gemido le trepó por el pecho, dividida entre querer moverse y hacer que dejara de mirar a ese monstruo y su propia necesidad de luchar contra la esencia del dementor.
Y aunque por culpa de la maldición del engendro no fue capaz de sentir el chispazo de alivio, supo que cuando todo aquello pasara le costaría un poquito más de la cuenta el detestar al zoquete de Higgs tras su reacción. El castaño se removió sobre sí mismo, golpeando con su hombro el de Pucey y tirándole del brazo hacia atrás, sin llegar a soltarle después, al mismo tiempo que baja la mirada hacia Tracey y le pasaba el brazo por los hombros, pegándola a su costado y elevándole la barbilla con la mano, obligándola a que dejara de mirar a la criatura. La pelirroja parpadeó, por fin, contrayendo el rostro en una mueca indescriptible y crispando los dedos contra la tela de la camisa del chico. Después vino el movimiento de Urquhart, que se sacudió como si se quitara algo de encima, y dio un paso hacia delante hasta ser el único que quedó en primera línea frente a la puerta.
—Sea lo que sea lo que buscas no está aquí —dictaminó, con la voz tan crispada que Millicent asumió que apenas había separado los dientes para hablar, y tenía que admitir que a pesar de ello logró sonar bastante contundente.
La morena no estaba segura de qué pasaba, pero el aire dejó de ser tan pesado y ese gancho que había sentido en el pecho se soltó poco a poco, permitiéndole volver a respirar hondo y el poder dejar de aferrarse a sus pensamientos a medida que se liberaba de la sensación de que querían quitárselos. Pero aún seguía haciendo frío y no había vuelto la luz. Escuchó como alguien se movía por fin y cerraba la puerta del compartimento, antes de ver a Pucey desplomándose sobre el banco de enfrente suspirando con pesadez, con una curiosa expresión entre la molestia, la incomprensión y lo que fuera que hubiera pasado por su cabeza cuando el dementor todavía estaba ahí.
—Graham, ¿qué haces abrazado a ese tío? —inquirió el niño castaño, rompiendo el silencio que aún se mantenía en el vagón.
—Cállate, Malcom —imperó el rubio, soltándose de Bole y girándose sobre el asiento, agachando la cabeza para impedir que su cara se reflejara en la ventana.
—Nenaza —canturreó el tal Malcom.
—Eh, mocoso, te recuerdo que no hace apenas ni cinco minutos estabas abrazando mi pierna tan fuerte que casi me cortas la circulación, así que menos bravuconería —reprendió Urquhart, dejando caer la espalda contra la pared cercana a la puerta, vigilando con recelo el pasillo a través del cristal.
—¿Estás bien, colega? —cuestionó Higgs, evaluando a Pucey con la mirada.
El moreno soltó un gruñido por toda respuesta, pero levantó la vista para comprobar por sí mismo el estado de su amigo también, que ni se había movido de su posición ni parecía ser consciente de que aún mantenía a Tracey contra él.
—Bueno, ya puedo tachar otra cosa de mi lista de cosas pendientes antes de morir, aunque ésta fuera una que ni siquiera quería tener en ella —anotó Bole, carraspeando y removiéndose—. ¿Una rana de chocolate, chaval? —ofreció, tras sacársela del bolsillo.
El niño rubio, Graham, apenas se giró lo suficiente para ver su mano y coger el paquete con la chuchería, antes de volver a su posición sin decir nada.
—Oye, un gracias estaría bien, vas a conseguir que me sienta usado después de la manera en que te has rebozado contra mí —amonestó el pelirrojo, mirando mal al crío y negando con la cabeza—. Esta juventud de ahora no tiene ni respeto ni decencia. ¿Qué me dices de ti, Bulstrode?
—¿Yo qué? —ladró la morena, a la defensiva, previendo que el chico pudiera soltarle alguna de sus guarradas.
—Que si quieres una rana —se explicó Bole, tras arrancarle la cabeza de un mordisco a la que ya tenía desenvuelta en la otra mano. Sus comisuras se curvaron al ver cómo Millicent se removía y apartaba de la mirada de sus ojos grises—. ¿En qué estabas pensando, picarona?
—Vete a lanzar gnomos, Bole.
Las luces volvieron, por fin, y el pasillo no tardó en llenarse de movimiento y revuelo de voces, escuchándose aquí y allá multitud de preguntas, chismorreos y puertas abriéndose y cerrándose. Una de ellas fue la suya, mostrando la presencia de un adulto que no habían visto nunca en una no muy buena condición física, vestido con una túnica en peor estado, que recibió en el acto seis pares de miradas que iban desde el recelo común hasta la hosquedad más intransigente. A favor de los Slytherins habría que puntualizar que, tras la experiencia vivida con la visita inesperada del dementor, habrían mirado así hasta al mismísimo Ministro de Magia aunque viniera cargado con sacos de oro para compensarles el mal rato.
—¿Estáis bien? —inquirió el hombre, sin dejarse amilanar por la fría recepción. El silencio volvió a tomar presencia física ante lo cortante del ambiente, por lo que al final el hombre suspiró y acabó asintiéndose a sí mismo—. Ya veo que sí. Los dementores se han ido ya, no os preocupéis, pronto llegaremos a la estación.
Y sin más cerró la puerta, siguiendo con lo que fuera que estaba haciendo, justo en el instante en que el tren volvía a ponerse en marcha.
—¿Ese quién era, un profesor? —Cuestionó el niño castaño, Malcom, sentándose al lado de su amiguito y recostándose contra la espalda de éste, mordisqueando la pata de una rana de chocolate—. ¿Por qué no le habéis contestado?
—Porque ya no le necesitamos —contestó Lazarus, aún con la mueca hosca, chasqueando la lengua con desprecio, recibiendo un «Oooh» por parte del niño que estaba a medio camino entre el asentimiento y la admiración.
Millicent asintió, asimilando las palabras del Slytherin —y compartiendo un poquito de la fascinación que parecía haber engatusado al niño hacia éste—. Aquel hombre había aparecido de la nada justo cuando ya nadie le necesitaba, siendo un completo y absoluto extraño… ¿qué otro recibimiento se podría esperar?
La puerta volvió a abrirse, siendo Farley la que entrase esta vez —algo pálida y más seria de lo habitual—, consiguiendo que Millicent recibiera la respuesta a su pregunta cuando la prefecta obtuvo una bienvenida totalmente opuesta a la del adulto: antes de que pudiera abrir la boca, cómo mínimo para saludar en un principio, los chicos se abalanzaron sobre ella acribillándola a preguntas.
—¿¡Qué demonios está pasando!? —empezó Urquhart, arrastrándola de un codo para que terminara de adentrarse y cerrando la puerta tras ella.
—¿¡Dementores!? ¿Qué putas hacen unos dementores en el tren del colegio? —siguió Bole, tras levantarse de un brinco para encararse a la morena.
—¿Quién les ha autorizado? ¿Acaso están vagando sin ningún guardián que los controle? —recabó Pucey, terminando de cerrar el corrillo entorno a la prefecta.
—Eso por no olvidar por qué demonios han supuesto que Black está en el dichoso tren como para tener que registrarlo —constató Higgs, elevándose de puntillas para hacerse notar.
—¿Y ésta quién es? —inquirió Malcom, poniéndose en pie sobre el banco y dando saltitos para ver a la prefecta.
Millicent no pudo evitarlo, aunque supiera que no era el momento ni la situación más adecuada, acabó por reírse ante lo estrambótico que le parecía semejante cambio en el ambiente. En fin, ¿quién podía culparles por barrer siempre para Casa?
—Vale, ¡calmaos de una vez! —Exigió Farley, saturada ante tanta pregunta en tan poco tiempo, alzando las manos para hacer aspavientos con ellas en señal de que le dejasen espacio—. Tú, deja de pegar botes y siéntate antes de que te abras la crisma —comandó, al ver como el niño seguía pegando saltos sobre el banco—. Sé tanto como vosotros, ¿de acuerdo? No es como si nos hubieran dejado un memorándum en el compartimento de prefectos explicándonos que iban a dejar entrar dementores en el tren. Eso habría sido una demostración de eficiencia que está claro que ninguno de ellos tienen.
Millicent arqueó las cejas, impresionada y ligeramente intimidada ante el exabrupto final de la prefecta. Farley inspiró hondo, irguiéndose y plisándose las inexistentes arrugas de su uniforme, carraspeando y volviendo a adoptar la regia elegancia que solía portar siempre. Sin embargo, aún tenía cierta tensión arrugando su frente y crispando su mandíbula, con un brillo furibundo restallando en sus ojos oscuros.
—¿Ya está? ¿Nos meten dementores en el tren y eso es todo lo que tienes? —la picó Urquhart, frunciendo el ceño con desaprobación.
—Por desgracia, no puedo ir más allá de escribir una queja al Consejo Escolar, pero dudo que ellos vayan a poder hacer nada. Si los dementores han entrado al tren es porque el Ministerio lo ha ordenado y Dumbledore ha dado su permiso.
—Increíble, no les importamos una reverenda mierda —afirmó Higgs, negando con la cabeza.
Los sentimientos de frustración y, una vez más, decepción planearon sobre las cabezas de los Slytherins durante los segundos en que cada uno de ellos tardó en tragárselos. Al fin y al cabo, tampoco es que fuesen algo nuevo que digerir. Millicent captó el intercambio de miradas entre Graham y Malcom, fijándose en el vacío de escudos en sus túnicas y la falta de colores en sus corbatas y sintió una punzada de pesada nostalgia, recordando cuando ella también era una pizarra en negro que desconocía por completo esa clase de emociones.
—Bienvenidos a Hogwarts, chavales —se rió Bole, con una mueca agria, dejándose caer en el banco y tragándose de un bocado su última rana de chocolate, masticándola con pesadez.
—Ey, no hay porqué ser… eh… sí, es una putada, pero tal vez podamos sacar algo bueno de esto, tal vez significa que se están tomando en serio lo de Black y están cerca de capturarle —les animó, para sorpresa de los que ya la conocían, Tracey, dando una palpadita entusiasta—. Seamos positivos.
—Creo que lo del dementor le ha terminado de fundir el núcleo —bisbiseó Pucey, inclinándose hacia Higgs, pero debido al silencio del compartimento se pudo oír con bastante claridad.
—No se me ha fundido nada —rebatió la aludida, sin dignarse a mirarle—. Es sólo que ya hemos tenido suficiente, ¿no? Copas robadas, basiliscos, asesinos que andan sueltos y dementores colándose en el tren. Creo que ya está bien de dejar que todo eso nos afecte. No podemos controlar lo que nos pasa pero sí el cómo nos sentimos respecto a ello. Y yo ya me he cansado de sentirme defraudada.
Millicent se removió, totalmente incómoda, cuando los Slytherin mayores pasaron su mirada de Tracey a ella, como si esperasen alguna clase de explicación por su parte. Por desgracia, aquel arranque de buenas vibras y positivismo que había poseído a la pelirroja era tan desconocido para ella como para los demás.
—Em… ¿por qué no me acompañas a ponerme el uniforme, eh, Tracey? —sugirió, recogiendo su mochila del portaequipajes.
—Por supuesto —sonrió la pelirroja, asintiendo con la cabeza.
—¿Estás bien? —inquirió, una vez estuvieron ambas en el pasillo.
—Perfectamente —aseguró, rebuscando por su mochila hasta sacar la bolsa de chucherías.
Y, o eso era una absoluta mentira, o al final Millicent iba a tener que darle la razón a Pucey con que algo se había fundido en la cabeza de la pelirroja, que se puso a saludar alegremente a todo aquel con el que se cruzaron por el pasillo como si estuviera encantadísima de verles, preguntando por sus vacaciones, marcando sus hoyuelos en una sonrisa perenne y ofreciéndoles sus golosinas. No iba a mentir, empezaba a darle más mal rollito que el propio dementor.
—Pareces un político en campaña electoral, tal sólo te falta coger bebés y besar a ancianos —le reprochó Millicent, tras la decimoquinta parada que tuvieron que hacer en el pasillo cuando se topó con Abbott y ésta se puso a contarle sus vacaciones.
—Sólo trato de ser amable para romper un poco con el aura del dementor, Millie —le recordó Tracey, dirigiendo sus hoyuelos hacia ella.
—En serio, ¿qué te pasa? —repitió la morena, cogiéndola de un codo y arrastrándola por el pasillo para evitar que volviera a detenerse—. Casi estoy por preferir tener que enfrentarme otra vez a lo del dementor antes que a esta venaza happy-flower que te ha dado de repente.
—Estás exagerando, ¿un caldero de chocolate? Siempre te pones de mal humor cuando te baja el azúcar —apuntilló, cuando llegaron al baño y Millicent la forzó a entrar con ella.
—¡No quiero tus estúpidas chucherías! Mi azúcar y mi humor están bien, es el tuyo el que está empezando a preocuparme. ¡Y borra ya esa estúpida sonrisa, no hay nadie más aquí! —exhortó, manoteándole las manos cuando hizo el intento de sacar los calderos de chocolate de su mochila.
—Au, ¿por qué estás tan gruñona? Ya te lo he dicho: estoy bien. Y también lo he dicho antes: estoy cansada de sentirme defraudada y cabreada y de dejar que las malas decisiones de otros me repercutan emocionalmente —proclamó, frotándose las manos y apoyándose en el lavabo—. Se acabó, así de sencillo.
—¿Y para ello tienes que ponerte así de… rara?
—Se llama ser feliz, deberías probarlo.
Millicent soltó un gruñido y empezó a cambiarse. La había perdido. No sabía qué diantres había pasado por su cabeza cuando estuvo bajo el efecto del dementor, pero fuera lo que fuese estaba claro que la había hecho esconderse tras toda esa alegre falacia. Que, a ver, a Tracey se le daba muy bien moldearse al gusto de los demás para ganarse lo que fuera que quisiera; verla saludar y hablar con otros alumnos no era tan descabellado, siempre era amable con todo el mundo porque nunca sabía qué podría obtener de ellos. Esa era su forma de mantener la mayor cantidad de puertas abiertas y favores en su haber. Y Millicent lo entendía, no le hacía demasiada gracia, pero lo respetaba. Cada uno jugaba sus cartas como quisiera. Pero ahí no había recompensas, ni favores, ni metas a conseguir. Sólo esa mentira clavada en sus hoyuelos, sin ninguna clase de razón detrás. Así que lo único que tenía claro era que se había refugiado en algún rincón de su cabeza, y cuando a Tracey le daba por perderse ahí dentro Millicent no tenía forma de traerla de vuelta.
Suspiró, dejando que le hiciera el nudo de la corbata y plisara por ella las arrugas de su camisa. Tal vez sólo necesitaba dormir. Eso era, dormir y dejar que el efecto del dementor pasara con los días. Dentro de nada ella misma se cansaría la pantomima y volvería a ser la descocada de siempre.
Salieron del baño justo cuando el tren se paraba, señal de que ya habían llegado a la estación. Millicent trató de abrirse paso entre la marea de alumnos, pero Tracey insistía en dejarles pasar: «de todas formas todos vamos al mismo sitio», como si el viento frío y la lluvia helada no le molestara. Al final tardaron más del doble en conseguir un carruaje, aunque por lo menos no tenía que compartir aquello también con los chicos. En su lugar lo hicieron con Megan Jones y Sally-Anne Perks, dos Hufflepuffs de su curso con las que Tracey se puso a parlotear enseguida.
Y, cuando llegaron por fin al portalón que delimitaba el camino hacia el colegio, los vio: apostados a cada lado de la verja, con sus capuchas negras y esa horripilante oscuridad que envolvía sus rostros. Más dementores. Por el rabillo del ojo observó a Tracey y maldijo por lo bajo, con una creciente y pesada inquietud royéndole la boca del estómago. Nada de sueños reparadores, al menos hasta que atraparan al puñetero Black.
*Nota: Más tarde que nunca pero, en fin, parece que he vuelto a tener a los musos bajo control. Como sé que no os interesa qué me los ha tenido alejados todo este tiempo, pasemos a un par de aclaraciones:
*He de admitir que yo de Poker tengo aún menos idea que Tracey, así que haced la vista gorda si habéis visto algo que os chirríe. O explicándomelo en un RR. CoffindirectadirectaCoff.
*Respecto al tema de verlos haciendo magia fuera del colegio, me explico: existe la teoría, y yo la sustento, de que el Rastro —y por tanto el Estatuto de Secreto y toda la parafernalia que va con él— detecta dónde se hace la magia y si ésta se efectúa cerca o no de los muggles. Sin más. De otra forma los del Ministerio hubieran sabido que fue Dubby el que hizo magia en la casa de los Dursley y no Harry. Por tanto, mientras estén acompañados de "adultos mágicos", los menores de edad podrían hacer magia perfectamente puesto que es difícil probar quién ha sido; a menos, por supuesto, que se realice en presencia de muggles, que es realmente lo que viola el Estatuto, y entonces se abriría la investigación pertinente y su consecuente castigo. En la viñeta once no sólo estaban rodeados de adultos si no que además no había muggles cerca. Y en esta, repitiendo la carencia de muggles, tienen al maquinista y la señora del carrito, que dudo mucho de que lo sean, amén de la presencia de Lupin en el tren.
